despertares. 2

Te despiertas a medianoche obsesionado con el final de la novela que estás escribiendo. La empezaste a escribir hace siete años, pero llevas casi seis buscando un final que nunca te satisface. Te da la sensación, esta vez, de que por fín lo has encontrado, de que la novela estará por fin terminada. A partir de entonces, como te ha ocurrido otras veces, ya no puedes dormir. Le das vueltas a la idea una y otra vez, tratas de desarrollarla, de encajarla en el relato de acuerdo con su función. También como te ha ocurrido otras veces, es decir, siempre, al cabo de varias horas de darle vueltas y más vueltas la buena idea empieza a desinflarse y el sueño sigue sin llegar. El sueño no llega y la idea no vale absolutamente para nada. La novela que empezaste hace siete años sigue sin tener un final. Ahora, lo único que deseas es dormir un poco y descansar. Pero no puedes, se te acaba de ocurrir una idea para arreglar de una vez por todas el problema de las hormigas, con el que llevas más de siete años, casi los mismos que los que llevas con la novela, luchando por encontrar una solución. La idea es buena, y, después de moverte alrededor de ella buscando los pros y los contras, concluyes que, por lo bestia, en el marco de la realidad no es aplicable, pero sería el excelente final de una novela, aunque no de la que empezaste a escribir hace siete años. Finalmente, resignado a no dormir, te levantas, te lavas la cara y te vistes. Lo mejor de empezar el día es que él solito se las apaña para encontrar un final. Te guste o no.

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Conocidos y saludados. 3

Este es un joven alto y delgado de palabras las justas y de cariño justo y contenido. Se sienta a la mesa a comer y come como los demás o más, quizás un poco más, pero no visiblemente mucho más. Nunca pide que le pasen el pan, ni el agua ni la sal. Alarga él el brazo y él mismo se sirve agua de la jarra y coge la sal o el pan o lo que tenga que coger. Muy raramente participa en una conversación. Se mantiene callado y digno en su silla y cuando lo cree conveniente activa el móvil. Lo apaga y lo deposita sobre la mesa si la tertulia entra en terreno deportivo. En ese caso, interviene con discreta pasión. Cuando el debate abandona esa senda y entra en una parcela que no es de su interés, lo que casi siempre ocurre, activa de nuevo el móvil y amasa pantallas. Antes de que la sobremesa termine, él ya se ha sentado cómodamente en un sofá y sigue sin inmutarse concentrado en su móvil, nunca más allá. En ninguna circunstancia, ni siquiera de un modo excepcional, ayuda a quitar la mesa. Entre sus reconocimientos está el de hombre trabajador y responsable, y es respetado por ello, quizá en demasía. En honor a la verdad hay que decir que lleva ese triunfo con modestia. Los halagos no le afectan, ni le alteran los escasos reproches que muy pero muy ocasionalmente afean su conducta doméstica. Arruga el morro, eleva un instante la vista desde el sofá en el que está sentado y sigue con su móvil. Según él, trabajando, haciendo dinero. Consigue, de ese modo frío y neutral, un tanto apático, mantener las distancias entre los que sienten cierto afecto hacia él y los que no le tienen ninguno. Para los primeros, es la clara manifestación de una persona segura de sí misma. Para los segundos, la prueba evidente de su indiferencia y su ingratitud. Hace poco, sin embargo, causó mucho desconcierto su modo de reaccionar. Cayó en la cuenta de que no llevaba el móvil y dijo hostias en voz alta, casi gritando, mientras al mismo tiempo daba un manotazo en la mesa. A continuación dijo que la comida no estaba muy buena y pidió a alguien que le alcanzara el pan, y luego el agua y luego la sal. A esto le falta sal, dijo. Y después se puso a discutir con éste, con aquél y con el de más allá, con el de más allá incluso de malos modos. Y a un niño, en tono tan impertinente como imperativo le mandó bajar el volumen del televisor y luego apagarlo. Cuando desde un extremo de la mesa, la persona de más edad reconvino su actitud, se levantó y cogió su plato y su vaso y lo dejó en el fregadero de la cocina. Estoy perdiendo un montón de dinero, imbéciles¡, dijo desde allí, completamente fuera de sí. Luego se oyó un portazo. La familia espera aún sus disculpas.

zap

Me he cruzado hace un rato con el bueno de ZAP, siempre tan amable y tan cortés conmigo. Acaba de inaugurar el CSA, el Círculo de Solteros Activos, y es presidente del CBM, el Club de Bricolage y Manualidad que él mismo fundó hace poco más de un año. Durante mi breve encuentro con él, ZAP me ha dicho que en la FUI, la Federación de Usuarios Inusuales, de la que es miembro de su directiva, necesitan dos abrillantadores de metal. Los que había lo han dejado, y en el SUAM, el Sindicato Unificado de Abrillantadores de Metal, al que él pertenece, no tienen bolsa de suplencias. Como no tengo trabajo, me ha ofrecido hacer un curso en los TSADP, los Talleres Sociales de Ayuda al Desempleado y al Pusilánime, un centro de formación solidario que ha puesto en marcha con fondos del consistorio, ahora que es el alcalde. Le he dicho que lo de abrillantar metales no es lo mío, pero que me lo pensaría. Me ha insistido también, como otras veces, que vaya con él algún domingo a los ensayos de la FAF, la Federación de Amigos de la Farándula, de la que ZAP es socio y coordinador de bolos. Le he dicho a ZAP que los domingos no puedo, al menos de momento, ya veremos más adelante. Como siempre, ha expresado la alegría que siente de verme, pero tenía un poco de prisa porque le esperaban en el local de la HNDMDVYLP, la Hermandad Nazarena del Milagro del Vino y de los Peces, y como cofrade miembro de su junta está obligado a dar ejemplo de puntualidad, pero que un día, si me va bien, podemos quedar en la SGV, la Sociedad Gastronómica de la Villa -la nueva- y charlar tranquilamente mientras nos tomamos unos vinos. Ah, sí, estaría bien, le he dicho. Luego nos hemos despedido, no sin antes recordarme que el GEII, el Grupo de Excursionistas Independientes e Intrépidos, que él comanda, organizará este año la ruta de los lagos. Anímate y aprovecha la oportunidad, hombre, ha exclamado, eufórico. A lo mejor me apunto, le he contestado, ya desde lejos, pero tendría que comprarme unas botas!!!…El bueno de ZAP…si no fuera por él, este pueblo olvidado del mundo en el que ya sólo quedamos los dos, hace tiempo que estaría muerto.

Coda

No ahí, ni entre las piedras, ni entre esos matojos de hierba supurantes en la roca, ni en las sombras áridas y circulares del molino. Ni en el agua embalsada en la ciénaga ni en los cestos rebosantes de frutas maduras. En el cielo o allá en lo alto entre aquellos peñascos en los que las aves del dolor anidan, tampoco. En el horizonte de mortecina luz o en el otro, en el resplandor o en la ceguera no, ahí no, y en el otro tampoco. No dentro de la tempestad que atormenta el silencio. Ni en el silencio mismo ni en la música que suena entre lo que no suena. Ni entre lo que más suena, en esas faldas de lino en cuyos bolsillos aún duermen las tijeras que al despertar serán guadañas. En la tinaja secreta en el oscuro rincón secreto, en la hogaza de pan con el trapo cubierta, en los ajos en el almirez o en los armarios ya desnudos de tiempo y colmados de melancolía, no. En esos suelos duros de piedra traída en noches frías, tampoco. Ponte en el lugar del humo.

Crónica negra. La confesión. 3

Por eso digo que no fue el Damián, porque el Damián tuvo la idea enseguida, como él era, que era muy rápido en pensar lo que había que hacer. Pero el que entró en la casa fui yo, yo fui el que dió la patada en el ventanuco que gracias a que el viento empezó a arreciar aún más yo creo que fue por eso que no se oyó ná. Entré y a oscuras fuí tentando y toqueteando en el colchón por debajo y mira, muchas veces pasa que no das con lo que buscas aunque tengas toda la luz del día a tu favor pero otras, no sé por qué, tiene que ser la suerte, encuentras lo que quieres a la primera, y me dio un poco hasta la risa pensando que la maldad me daba un premio cuando tuve entre las manos aquel paquetón de billetes envueltos en un cacho papel marrón y áspero, como de tela de saco, que era lo que era. No lo conté ni lo ví cuánto había, pero yo creía que allí tenía que haber muchos jornales y muchos giros amontonaos, y hasta los recibos justificantes pensé que tenía que haber porque aquello hacía mucho bulto. Pero para salir salí por la puerta del corral, que estaba atrancá con un trozo grande de madera y me salté para la banda de un sendero de roca. Debió ser allí en un montículo que sobresalía por encima de otro corral que me debieron ver desde abajo, desde alguna casa a la contraluz de alguna estrella, digo yo, porque a esa hora todo eran sombras. Me verían pero luego se dijo y eso se creyó ya siempre, que era el Damián, porque teníamos ese parecido, y en la oscuridad más, y quedó la cosa siempre así, en esa sospecha, porque quién íba a ser si no. Así que desde la senda me fuí andando hasta coger el trozo de camino que va al cementerio, donde había quedao con el Damián para repartir, por la parte de la valla que da al molino. Y en cuanto me vió y antes de ver ni saber ná ya estaba diciendo que a él le tenía que tocar más porque a él se le había ocurrío y eso era lo que más valía. Entonces no sé que me pasó, que si sería porque llevaba el paquete pegao contra el pecho, por debajo de la camisa y muy ajustao que me tocaba casi el corazón que me entró un deseo que nunca me había entrao y le dije que no había encontrao ná, y que me tuve que salir corriendo por el corral porque oí que alguien entraba por el comedor. Yo ya me imaginaba que el Damián, como no es tonto, y de siempre me conocía muy bien como yo a él, no sería de creérselo. Y eso pasó, que me dijo empujándome contra la valla que me iba a mirar para ver si eso era verdad. No le dejé y yo también le empujé. Yo entonces y si hay Dios bien lo tiene que saber no tenía ná pensao en la cabeza, pero el Damián me empujó y yo le empujé otra vez y él al irse para atrás se torcería en una de las tantas piedras que había y cayó para atrás y la cabeza le chocó contra un saliente de roca. Muchas veces he pensao luego, porque he tenío tiempo pa pensarlo, de dónde me salió a mí aquella maldad tan mala, que debía creo yo tenerla muy adentro pa no verla como no la ví entonces. El caso es que viendo caído al Damián y ya herido cogí un peñasco de peso que había a un costao, y con todas las fuerzas que tenía que en ese momento eran muchas, otra cosa igual, le aplasté la cabeza como si fuera un melón. Cómo estaría tan fuera de mi control que todavía quería buscar otra piedra más gorda y estrellársela contra la cabeza otra vez. No era ansia tampoco de matar por matar, no sé cómo decirlo, fue una cosa que me salió que parecía que hasta no estaba siendo yo el que hacía aquello. En ese momento estaba como nublao, no sé, el caso es que ya la cabeza iba tan rápido que luego, esto también lo he pensao mucho después, yo creo que era así de rápido como íba muchas veces la cabeza del Damián, y que hasta en eso teníamos también la traza de ser hermanos. Así que me cargué con su cuerpo y como había en el cementerio muchas tumbas viejas sobre la tierra que a saber de quién serían ya aquellos huesos, sin cruces y sin señales ni ná, con una azada vieja que había apoyada en la valla de piedra, junto a la puerta, fui quitando la tierra de una y allí lo enterré. No recuerdo ahora muy bien si entonces emˋpezó también a llover, creo que sí, me parece que dije mejor, si llueve mejor, y me eché a andar por el monte sin un remordimiento ninguno y como si fuese al revés, como si por lo que había hecho me hubiese yo ganado un perdón, como cuando te sacas una china de la alpargata y sientes al final un gran alivio.

Crónica negra. La confesión. 2

Pero lo otro que pasó no fue el Damián. Fue cuando teníamos los dos unas noviejas de un pueblo cercano que eran hermanas y que si encontrábamos a a alguien que nos llevase en su carro o en su remolque íbamos a verlas. O muchas veces andando si nos pillaba cerca cuando estábamos con el ganado. Entonces ya éramos hombres, pero el Damián y yo seguíamos haciendo jornales con las cosas del campo que salieran, y como no teníamos familia hecha, el poco dinero que ganábamos nos lo gastábamos en lo que más nos gustaba, que eran las cartas y lo otro. Digo por eso lo de las noviejas, que eran hermanas y nos entendíamos muy bien con ellas, pero cobraban. Fue un día que no se me olvidará por lo frío y escarchado que estaba el campo a aquella hora tan de mañana. Me lo dijo el Damián, que había estado jugando a las cartas con el gallego, el rubio y el abuelo Cosme en la tabernilla del lagar, la vieja. Esos y nosotros pasábamos muchos ratos sentaos a la mesa con las cartas cuando era invierno, pegaos al fuego de leña que hacía el rubio en un rincón con piedras recalentás, pero esa tarde yo no estaba, no sé qué estaría haciendo. El caso es que el Damián le oyó decir al abuelo Cosme que el Julián, su yerno que estaba en Madrid en la construcción, mandaba tos los meses un giro con los dineros de los jornales a su mujer, que hacía bien poco que había parido, el cuarto creo que era, el cuarto o el quinto, eran muchos y más que fueron, entonces todos muy pequeños porque venían todos unos detrás de otros. Y que su mujer se había ido con el recién nacido a Madrid para no sé qué de unos papeles y visitar de paso a un familiar. El Damián cuando tenía esas ideas a mí me daba un poco de miedo porque ya otras veces, con poca cosa, porque era poco si robábamos en Villares o en Saelices unas perras de algún canastillo en los poyos de la venta, mientras la gente esperaba el autobús, a mí se me hacía de mal, pero luego con los dineros en el bolsillo, que siempre eran menos que los que se quedaba el Damián, se me olvidaba, y más cuando ya nos metíamos en la taberna y con el vino todas las cosas se dejan perdonar. Así que me lo dijo y me dijo que él no podía ser el que entrara en la casa porque era un medio pariente y era mejor que quien entrara fuera yo, que de mí iba a ser difícil que pudieran sospechar y que tenía que haber allí un buen dinero, me dijo. Era fácil, decía el Damián, porque había un ventanuco a ras del suelo en la calle para poderse colar que daba a la habitación del matrimonio, y allí entre las mantas o en el colchón o en el baúl tenía que estar el dinero. No era nada más que entrar y rebuscar y cogerlo porque sabía él que a esas horas las criaturas estarían con la más mayor en la otra casa por encima del corral, con la Sabina. Era también eso, que el Damián sabía convencerme o que yo no sabía nunca decirle que no y echarme atrás, por no acobardarme ni ser menos que él. Así que esa misma noche fue, más bien de atardecío, pero ya no se veía ná, y a esas horas con el frío y el viento que se levantó no quedaba en la calle ni la mismísima Ánima del purgatorio, las calles estaban más vacías y más quietas que las risqueras del cerro en una fría madrugá.

crónica negra. la confesión. 1

No, no fue el Damián, lo que pasa que el Damián y yo teníamos muchas cosas igual, nos parecíamos mucho, en el parecido mismo y en otras cosas peores. En el juego por ejemplo, y en lo de las mujeres. Nos gustaban a los dos, pero a mí casi más que a él, no sé de dónde nos venía pero siendo que teníamos la misma edad y que nos criamos juntos bastaba con que uno de los dos tuviera gusto de algo para que el otro ya lo tuviera también. Ya desde chicos nos gustaba mucho el gamberreo. No es que hiciéramos ná, porque aquí en el pueblo de conocernos nos conocíamos tós, es un pueblo mu chico, y poco podías hacer sin que en poco se enterara nadie, pero trastadas hacíamos todos los días y algunos bien grandes si nos alejábamos un poco, a otras pedanías y a otras majadas cuando llevábamos las cabras o las ovejas del tío Justo. Entonces sí nos despachábamos a gusto. Brutalidades de críos que eran eso, pero algunas muy malas, y el Damián en eso si que era peor que yo. Bueno, en eso y en todo, el Damián de to aprendía enseguida muy rápido, listo sí que era, pero tenía ya desde pequeño y mira si lo conocí bien, porque lo conocí bien, unas ganas siempre de ser más que muchas veces me emtraban ganas de no ir más con él. To lo repartíamos siempre, y ya cuando crecimos y con los pocos dineros que íbamos juntando y nos los gastábamos en vino y en cosas de hombres, ya entonces ya él seguía igual, como si fuese él más que yo. Que sí que nos entendíamos y nos arreglábamos en muchas cosas como si fuéramos hermanos, igual que hermanos, si hasta creo, porque nos llevábamos días, ná, poco, si hasta creo que mi madre le daba de mamar a él la leche que le sobraba, bueno, pues no, él tenía que quedarse si no siempre casi siempre con más o con lo mejor, como si fuera una revancha conmigo por haberle dejao de mamar sobras. Que se creía que él era mejor que yo y eso siempre lo tuve yo ahí dentro de mí con molestia, como una piedra en un zapato, pa entendernos. Como la vez que casi la liamos gorda, pero gorda de verdad. Entonces ya no éramos tan críos, que ya seríamos bien mozos, pero la cabeza y los sesos no los teníamos todavía en sazón ni los tuvimos nunca y yo menos. Que a mí no se me ocurrió, que fue a Damián, pero yo le seguí la gracia y gracias a que el percance no acabó en desgracia, porque metimos en un canastillo de paja que encontramos en un corral al recién nacío de la Dore y lo echamos al río pa dejarlo correr como le hicieron a Moisés. Mira, venía entonces el río mu lleno porque había llovido dos días antes, y no sé por qué tuvo esa ocurrencia el Damián, si sería porque le tenía tírria a la Dore o por lo que fuese, el caso es que fuimos corriendo a la vera del río hasta llegar al puente y cogerlo otra vez para que no pasara ná, na más que para divertirnos, pero poco antes el canastillo dio un vuelco y el niño cayó al agua. Dios mio, la que pasemos. Que menos mal que en llegar al puente, que ya quedaba poco, se metió el Damián y yo arriba como pude y entre los dos lo agarramos al pasar. Yo no sé luego la de cosas que tuvimos que inventar porque aquello no tenía justificación ninguna. Y eso tampoco se me olvida porque el Damián andaba diciendo entre unos y otros que el niño lo había cogido yo y que él lo había salvado en el puente, o eso decían algunos que a lo mejor querían malmeterse y ponernos entre nosotros a mal, no sé, el caso es que cuando ya eso pasó íbamos siempre juntos a todas partes como siempre, pero también eso me quedó dentro y como otra piedra en el zapato, pero más gorda.

La Reme. La mudanza

…y tú tampoco, claro, tú tampoco te puedes acordar, tú tendrías tres años, si la Angelita tenía un mes, tú tendrías tres años, y yo te llevo a tí nueve pues yo tendría once o doce cuando la mudanza, pero la mudanza la hizo padre que vino con un camión que le ayudó el tío Ángel, que se fueron con los muebles a Madrid con el camión, y a mí me dijeron, como estaba en Saelices que me había ido antes, unos meses antes, cinco o seis meses antes, que había ido a cuidar un niño de una familia que tenían una tienda y un bar en una esquina de la plaza, y como yo estaba allí en Saelices, me dijeron, cuando ya nos mudamos todos, que me esperara donde paraba el coche de línea, y nos fuimos a Madrid, pero yo estaba en Saelices, a mí me cogieron en Saelices y padre ya se había ido antes con los muebles en un camión, y a mí, me acuerdo igual que si lo viera, la familia del bar le decían a madre que me dejara allí con ellos, uy, si me querían mucho y decían que me dejara madre allí, que ya irían ellos algunas veces a Madrid y me llevarían para que nos viéramos, pero yo no quería, a mí aquel matrimonio me quería mucho pero yo no quería, y los que me trajeron del pueblo a Saelices, que fueron dos hermanos que vendían gaseosas con un camión, me trajeron a mí del pueblo a Saelices en su camioneta, yo iba entre medias de los dos me acuerdo, tenían la fábrica o donde hacían la gaseosa allí en Saelices y les decían o les llamaban los Pilarines o los Pilines algo así, y me querían también mucho, se cuidaban mucho de mí, como me habían traído, pues cuidaban mucho de mí, asi que…

Crónica general. El mirador del vallejuelo

La casa donde el viajero se hospeda lleva el nombre de El Mirador del Vallejuelo y es propiedad de su hermana Reme, que la compró y la restauró convirtiéndola más tarde en casa rural. Es una casa de planta alargada, de dos alturas, con un patio y una pequeña terraza elevada que es también un mirador. No hace falta acceder a él para contemplar la hondura de ese pequeño valle encajado entre discretos cerros, más allá de los cuales se extiende la llanura manchega en dirección sur. A la derecha, el río aprovecha la ligera depresión de los montes para encauzar su curso y la carretera discurre paralela a él. En sentido sur desemboca en la Autovia Madrid-Valencia y en sentido inverso asciende por las laderas del pueblo hasta darle alcance. Al otro lado del río levanta sus sedimentos rocosos el cerro de Galumbarde. Esas son las referencias básicas que desde el Mirador del Vallejuelo es posible contemplar, probablemente el único lujo que podían permitirse quienes lo contemplaran en los largos y penosos períodos de escasez, que fueron muchos. Pero al viajero no le faltan casas en las que poderse hospedar. Pared con pared de aquélla se levanta, de construcción nueva en gran parte, la casa de su hermana Nieves, una casa de estructura también singular asentada sobre la roca que conserva, en su parte más elevada, el viejo corral, otra atalaya para disfrutar de la belleza de un paisaje seco y duro en su entorno más amˋplio y algo más generoso en esta vertiente con olivos, almendros, encinas y la estrecha línea del arbolado fluvial. El viajero no puede decir mucho más porque no sabe mucho más. Sabe que el pueblo fue un enclave importante durante la ocupación árabe, que aprovechó su emˋplazamiento elevado para constituirse en una fuerte plaza de defensa. En lo más alto del crestón, a treinta metros escasos del corral, quedan los rastros pedregosos de lo que fue una alcazaba y restos, en la loma más baja, de la muralla que circunvalaba el asentamiento. Lo que ahora atraviesa el pueblo es un período de despoblamiento muy común en amplias zonas de la meseta castellana. Los residentes censados alcanzan un número aproximado de ciento cuarenta, la mayoría de los cuales vive de la agricultura. El viajero sí sabe, por tanto, que el moderado bullício que llega desde la plaza es puntual y acordado, porque en fechas de fiestas y efemérides acuden familiares y parientes o forasteros para encontrarse y celebrar el acontecimiento. Muchos de ellos tienen casas, nuevas o restauradas y pasan en ellas sus vacaciones y fines de semana. Lo normal. La casa donde el viajero se hospeda y la contigua, es un ejemplo, y suele ocurrir que en días así se junten en ellas veinte y más personas pertenecientes a las diferentes ramas de la familia, de por sí muy extensa. En esta ocasión, incluyéndole a él, el viajero cuenta dieciséis. No son muchos. La mañana en que llegó hacía sol y era agradabilísimo dejarse acariciar por la brisa fresca y suave que movía las ramas del almendro en el corral. La comida la preparaban, como siempre, las mujeres, una costumbre reprochable cuyas raíces alcanzan el tuétano de la cultura rural y patriarcal. Se turnaban moviendo el palo en la olla la Nieves, la mayor de las hemanas del viajero y la Esperanza, que aprovechó una pausa para contar en medio de risas y cachondeos la noche en que mano a mano con Sole, su sobrina, se pimplaron ellas solas dos botellas de vino mientras su marido lanzaba a través del ventanuco de la habitación que da al corral su colección de bragas. Momentos como ese no son pocos ni aislados en la familia del viajero. Es normal que alrededor de la mesa y entre los gritos de unos y otros la risa reparta una suerte de saludable alegría entre los comensales. Reirse es bueno, y la familia Redondo se ríe mucho. Lo normal, después de comer, es que la tertulia continúe acompañando los cafés y se prolongue de forma natural sin que las acostumbradas disidencias de los más jóvenes la alteren.