Notas para combatir el aislamiento. Tercer sábado.

La lluvia de ayer no es una lluvia cualquiera, ni el trozo de cielo azul enmarcado entre nubes de hoy, tampoco. El sol hoy calienta de otra manera, nunca había calentado así, y en el camino la tierra roja siempre ha sido roja, impregnada de un hierro fino y polvoriento cambiante y permanente. Pero la tierra no es la misma porque conserva aún la humedad de ayer y la calienta el sol de hoy. Todo lo verde, o azul o rojo hoy es distinto, y lo será también mañana y para siempre. Porque el sol o la lluvia de mañana también lo serán. Oigo mis pasos, reconozco el sonido de la presión de mis pies sobre la tierra mojada, pero es un sonido nuevo, distinto, un crujir germinado en el suelo que piso y transformado en la pureza inédita del aire que atraviesa. No puede ser esta corteza del árbol que ahora toco, la misma corteza que fue ayer, ni el vuelo del pájaro al que mi vista alcanza en el aire diáfano, es el mismo vuelo. En el vuelo del pájaro y en la corteza del árbol que ahora toco, son invisibles las huellas de lo extraordinario que acontece, porque en ellos no acontece nada extraordinario, pero son lo que son, nuevos y distintos, por las huellas que dejan en lo extraordinario que acontece en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo viernes.

De aquí a dos o tres días tengo que ir de nuevo al súper. Me tengo que preparar. Antes de esto, me había acostumbrado a no hacer ninguna lista, lo tenía todo en la cabeza, soy un máquina. Bajaba a un sitio, por ejemplo, y, al subir, de camino, me paraba y compraba lo que me faltaba. Si por lo que sea no bajaba a ese sitio y subía a otro, lo mismo, paraba de camino al bajar y compraba. En cualquier parte. Sin listas ni hostias. Yo soy cosmopolita y chulo y tengo pocos remilgos a la hora de comprar. Yo antes no cogía nada con guantes. Tocaba todo con las manos, directamente. Un defecto de fábrica. Soy artesano y a los artesanos nos gusta tocar todo con las manos. Sentir las texturas lisas o rugosas o pringosas de las cosas. Los artesanos, sin tacto, no podemos vivir. Si no tuviéramos algo que tocar, nos moriríamos. Es el tacto con las cosas lo que nos inspira. Cuanto más toquemos, mejor. Lo de la mascarilla lo llevo mejor porque los olores me importan una mierda. Tengo la pituitaria atrofiada de tanta cola y tanto barniz, asì que ya pueden oler las cosas lo que quieran que a mí me da igual. Lo que me molesta de llevar mascarilla es el vaho que se acumula en las gafas. A veces hay tanto vaho que no veo bien las cosas y me dan ganas de quitarme la puta mascarilla y mandarla ya saben ustedes donde. No lo hago no sé por qué, con lo mucho que me cuesta a mí contenerme. La gente del pueblo cree que yo soy un artesano tranquilo, que está encerrado siempre en su tallercito, con sus cosas, y no tiene prontos violentos ni se mete con nadie. Eso se creen, pero estoy cambiando, estoy cambiando, el aislamiento me está cambiando, el puto aislamiento me está cambiando. Mira, que quieres que te diga, si tenemos que estar separados dos metros unos de otros cuando compramos, mejor. Mejor, mejor, mejor qué quieres que te diga, así puedo ir a comprar tranquilamente sin quitarme la ropa de faena, y si no me da la gana de ducharme, pues no me ducho, a quién le va a importar estando yo a una distancia de dos metros. Pues no me voy a duchar, fíjate lo que te digo. Dentro de dos días, cuando vaya a comprar, no me voy a duchar. POR-QUE-NO-QUI-E-RO. POR-QUE-NO-ME-DA-LA-GA-NA. Quieren guerra, pues van a tener guerra. Esto es la guerra.*

*Borrador para un concurso familiar de videomonólogos.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo jueves.

Por asociación de ideas, la entrada de ayer me trajo a la memoria un apólogo, o un cuento, vamos a llamarlo así, recogido en diferentes folklores populares de Oriente. Y de rebote, el cuento en sí me trajo a la memoria el nombre de Danilo Manso. Ambas cosas están relacionadas por un hecho puramente casual y literario. En su etapa de Serés, esa etapa entre dulce y rutinaria que confinó a Danilo en una comarca entonces muy cerrada al tránsito forastero, el poeta colaboró en una revista local de versos y melancolía que incluía cuentos y crónicas más o menos construidos con entusiasmo. La revista tuvo un solo número, el cero, y tardó varios años en componerse y llevarse a imprenta. Decir que se llevó a imprenta es demasiado solemne si tenemos en cuenta que sólo se imprimieron dos ejemplares y, hasta día de hoy, no hay datos que le atribuyan más de tres o cuatro lectores. Por lo dicho, una iniciativa así tenía que interesar forzosamente a Danilo Manso. De modo que, cuando le fue cursada una invitación para que se sumara al proyecto como colaborador, en contra de lo que se presentía, no se hizo de rogar. En ese ánimo colaborativo, tan alejado de las rumias introspectivas que desprenden algunos de sus poemas, intervino con toda seguridad su decidido propósito de incorporarse a lo real. De incorporarse por fin a una realidad en la que pudiera fusionarse como materia. Tal vez cansado de viajes, de dar tumbos y ser siempre un fugitivo de lo acechante y lo temporal, Danilo acordó un confinamiento territorial a través del cual pudiera trascender y enraizarse. Sabemos que no lo consiguió, pero hay pruebas, como la que ahora presento, que demuestran un honrado esfuerzo por intentarlo. Su sección reunía, a modo de antología, media docena de cuentos brevísimos de todas las épocas, seleccionados y comentados muy brevemente también por él. Ese apólogo al que hacía referencia al principio lleva por título Una buena protección, y Danilo presentaba a su personaje de esta manera: “La tradición cuentística de Oriente Próximo relata historias de un personaje ingenuo, en ocasiones estúpido, portador de todos los defectos del hombre, que da consejos tan absurdos como lógicos. Con nombres distintos aparece en recopilaciones turcas, persas, sírias o egípcias. El más conocido es el de Mulá Nasrudín. En la tradición popular judía el personaje se llama Ch’ha”. Y éste es el cuento:

Mulá Nasrudín estaba un día rodeando su casa con un círculo de migajas de pan. Un paseante se detuvo y le preguntó la razón de aquel singular proceder. 

-Es para protegerme de los tigres- contestó Nasrudín.

– Pero si aquí no hay tigres?

– Sí, dijo Nasrudín- ya ves que esto funciona. 

Notas para combatir el aislamiento. Segundo miércoles.

Aprovecho el insomnio para pensar en los repatriados de Wuhan. Me refiero a aquellos veintiún españoles que fueron evacuados durante el primer mes del brote del coronavirus en China. No queda tan lejos, pero hay películas que envejecen con rapidez. Porque entonces era una película, podría tener hasta título: los 21 de Wuhan. En cierto modo, tenían hechura de héroes. Seres rescatados de las garras de un monstruo que hace estragos en un país lejano. Una vez en casa, a salvo, se les confina en un centro hospitalario, por si acaso, no sea que el monstruo les haya inoculado su veneno y lo extiendan por toda la nación. Parecía una película de terror, pero luego no lo era tanto. Eran héroes fuertes, habían aguantado bien, no tenían nada, el país podía estar tranquilo. Hasta cierto punto, la película decepcionaba porque acababa demasiado bien. “Entraron sanos, y salen sanos”, sentenciaba el eslogan final. Basada en hechos reales. Pero era una película, lo peor de la película pasaba fuera de la película, pero en un pais lejano, grande, lleno de gente a reventar. Aquí eso no podía pasar. Por eso nos gustaba la película. Era emocionante, al princípio, ver llegar el avión, el traslado invisible de los héroes, su confinamiento misterioso. Qué harán, cómo vivirán, cómo estarán. Éstábamos en ascuas. Cómodamente instalados en nuestras butacas frente al televisor, seguíamos con interés, con pasión de cinéfilos, el relato de los hechos. Nos encantaba. Quizás eperábamos más, pero la película acabó bien. Además, contenía un mensaje de confianza y seguridad: hay un agujero abierto, lo tapamos y ya está. O eso queríamos como espectadores entender. Hay películas peores, puramente comerciales, que no tienen mensaje ni tienen nada. Con sus pequeños defectos, esta era una película buena porque contenía un mensaje que se adecuaba a nuestro interés. Tal vez porque lo que necesitamos son mensajes que sostengan la irrealidad que no queremos abandonar, esa película nos pareció buena. La irrealidad es segura. Sin embargo, la realidad es porosa y permeable, y frágil, y huímos de todo aquello que se tambalea bajo nuestros pies. El país lejano donde habita el monstruo que todo lo devora está también en nosotros, y lo olvidamos. Nos damos cuenta ahora, convertidos en actores protagonistas de la misma y única película. Que no está basada en hechos reales porque son los hechos reales. Los 21 de Wuhan no habrán salido aún de su asombro. Huían también del infierno de lo real, pero lo real les ha dado alcance. Es para perder el sueño.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo martes.

Tercer día de lluvia intermitente, cielo encapotado, aumenta la sensación de frío, cambio. Recibido. Ni caminar ni salir al camino. Como mucho, a ratos, cúbrase bien y merodee en torno a la casa, lo más cerca posible de la puerta. Póngase las botas de suela gorda, las gastadas, y espere nuevas instrucciones, cambio. Recibido. Suministro de agua óptimo, energía solar débil, reservas de gas escasas, leña mojada, cambio. Recibido. Apague la tablet, desconecte la radio, minimice el uso del móvil, extraiga el paquete de velas azules del cajón del escritorio. Ese no, el otro, el de abajo, cambio. Recibido. Despensa semivacia, paquete de arroz empezado, harina rancia, lata de atún caducada, cambio. Recibido. Movilice recursos de emergencia, desprenda con cuidado las suelas de zapatos viejos, triture periódicos atrasados y amáselos con harina. Espere pacientemente la hora de la cena, cambio. Recibido. Efectos sanitarios insuficientes, guante roto, mascarillas sin elásticos, orujo de baja graduación, cambio. Recibido, cambio. Recibido. Productos de higiene precarios, pastilla de jabón pequeña, champú sin huevo, seiscientos rollos de papel higiénico, cambio. Recibido. Manténgase alejado un metro de sí mismo, no toque objetos innecesarios ni se ensucie las manos caprichosamente. Controle el esfinter, cambio. Recibido. 7.30 pm. Listo para merodear, botas de suela gorda gastada calzadas, cazadora de piel de borrego puesta, gorro de lana en la cabeza, cambio. Recibido. Demasiado tarde. Quédese en casa, siéntese en la butaca de cojines, envuélvase en una manta y manténgase en la oscuridad con los brazos cruzados. De acuerdo con su rito confesional, rece, rece mucho. Cambio y corto.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo lunes.

Lo que había escrito ayer ya no vale para publicarlo hoy. Lo que escribí ayer es una toma falsa que, en el mejor de los casos, puede arrancarnos unas risas no mañana, ni pasado ni al otro ni al otro, con mucha suerte al final, cuando acabe esta pesadilla indeseable. Pero hoy no. De un día para otro la realidad, como nunca, siendo machaconamente igual, es distinta, y hoy, lo que escribí ayer, ya no tiene gracia, incluso tiene poca gracia, incluso tengo cierta vergüenza de que haga gracia, no quiero ser gracioso. Incluso ahora que escribir se ha convertido en algo urgente y las ideas son precarias y las palabras también lo son. El texto es una materia frágil e inflamable que puede arder hoy, instantáneamente, aunque haya estado expuesto ayer a la lluvia y al granizo. Lo de ayer ya no vale para hoy y lo de hoy es muy poco probable que valga para mañana. Instante a instante se diluye en su propio significado la frase recién engendrada, se come a sí misma y se destruye. Veo retorcerse esa frase y ser devorada por su propia agonía, muerta antes de nacer, enterrada antes de ver la luz y, sin embargo, qué otra cosa puedo hacer que no sea escribir, qué esperanza me queda si no es escribir.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo domingo.

Salgo como cada día hasta el camino pero no hay nadie, no encuentro a nadie, hace días que no pasa nadie. Ayer, o antes de ayer, qué más da, me había parecido oir la voz de Amancio. Como su huerto está a cien metros de mi casa, al otro lado de un campo de avellanos que impide vernos, algunas veces le oigo. Le oigo a él o a quien esté con él o a la vieja radio que tiene colgada de la rama de un cerezo. Normalmente, no le hago visitas. Nos encontramos cuando nos encontramos en el camino, junto a la balsa, y yo le cuento las cosas que se me ocurren y él asiente a todo. Bueno, no asiente asiente, en realidad repite siempre mis últimas palabras, lo que en el fondo es un modo de asentir. Hace dos años, un mes de enero que no recuerdo si era frío o no, me había dejado crecer la barba y me encontré con él. Al cabo de unos días, o de semanas, volvimos a encontrarnos otra vez, los dos con barba, algo que yo entendí como un gesto retroactivo de asentimiento por su parte. Como estaba de acuerdo conmigo en tener barba, él también se la dejaba. Tal vez me esté yendo por las ramas, pero bueno, qué más da. Oí lo que creía que era su voz, o la radio, pero era temeraria esa suposición. Amancio tiene aspecto de hombre recio y fuerte, y seguramente lo fue, pero tiene también una edad proclive estos días a absorber el mal que sacude al mundo. Dudo, además, que un hombre como él, que asiente a todo con facilidad, se rebele así como así contra un decreto real. Por no decir que es un hombre bueno, castellano viejo, que si se enfada se enfada porque te enfadas tú, por seguirte la corriente, alguien a quien le cuesta mucho pedir un favor, a quien le cuesta mucho ser el primero en pedir un favor. Sabiendo esto, yo se lo pedí un día, para que pudiera usar su turno cuando tuviera una necesidad. Y aun así. Vino un día a mi casa, cosa rara, y como le vi indeciso vagando como una sombra por el porche, le hice pasar. Le ofrecí una silla, le puse un café, asintió unas cuantas veces y, dándome las gracias, se fue. Yo también se las dí, porque es de bien nacidos, y le recordé que aquí estaba, para lo que fuese menester. Volvió al rato, diez minutos o por ahí, y con la vergűenza humilde de un tomate, me pidió la furgoneta, esta vez sí. Pagando, pagando…me decía, como si le fuera a denunciar por semejante atrevimiento. Un hombre bueno, ya digo, pero me estoy yendo por las ramas. Qué más da… Me ha parecido oir su voz, la de él o la de alguien que esté con él, o la de la vieja radio que tiene colgada de la rama de un cerezo, aunque a lo mejor son imaginaciones mías.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo sábado.

C me regalaba libros a menudo. Comprados por él mismo, para mí, o usados, de su propia biblioteca o de las de otros. A ninguno de ellos les faltaba nunca una dedicatoria o una frase en la que me expresara su cariño o un deseo de felicidad o de mejora cuando los días florecían turbios. Me conocía bien y sabía de la capacidad que los libros tienen para animarme, pero aquello no suponía que el libro acabara gustándome ni tan sólo que acabara leyéndolo. Era el libro, el objeto, y el afecto contenido en su gesto, lo que hacía sentirme bien. Ahora, cuando entre amaneceres y ocasos planean sombras de amenaza, C ya no está aquí para restablecer mi ánimo con su fórmula mágica y sencilla. Por eso, ayer, me dio por buscar en los estantes de mi biblioteca aquellos ejemplares que formaron parte de un presente esperanzador. Por tenerlos en las manos, por ojearlos y por hacer con ellos un balance fragmentario de una memoria común. Y por leerlos, también por leerlos, confiado de hallar en sus páginas el aliento de lo vital. Entonces ocurre que de entre esos libros abiertos ahora al azar emergen pruebas que confirman hechos corrientes olvidados: tikets de alguna compra, billetes de tren y de autobús, entradas de algún concierto, cosas así. Restos de un antiguo naufragio cotidiano apresados en la ordenada vorágine de la letra impresa.Con algún esfuerzo, la memoria podría hurgar en esos restos, rascar en su costra desgastada o pulida y extraer de ellos el débil hilo que marque la ruta de un deseado viaje atrás en el tiempo. Así que, con pausado afán, tomo los libros de uno en uno y escudriño en su interior y extraigo y deposito sobre la mesa esas arqueologías pobres entrañadas de secretos. Entre los puntos de libro, hay uno que destaca porque es grande y blanco, con un grabado en relieve de suaves geometrías orientales sobre el que hay una frase, escrita por la mano de C, en tinta azul. Pertenece a un cuento de William Goyen, incluído en un volumen de sus cuentos completos, editados en castellano por Seix Barral. ” Porque ahora estaba seguro de que todo sucedería después de un largo silencio y una espera de los sentidos”.  Recuerdo la tarde en que me lo regaló porque llovía y llovía, y eran para nosotros tiempos de tristeza impaciente en cuerpos plenos de deseo pero ya no tan jóvenes. Parecía una frase escogida para aquél momento, y no parecía tener más virtud que aliviar aquel instante. Pero no. Hoy, esa frase se abre y se extiende, crece, construye un gran paraguas en el que cobijarnos de este diluvio cuya fuerza se incrementa día a día. Un regalo que C me hizo hace años, pero que me volvió a entregar ayer.

Notas para combatir el aislamiento. Viernes

Como estoy casi aislado, vino mi cuñado ayer a traerme unos encargos y fui a darle un abrazo, pero dio un paso atrás y con cara de susto me dijo que no me acercara, que era peligroso estar a menos de un metro. Nada, nada que si no no pararemos nunca este virus. Me quedé extrañado porque precisamente acababa de enterarme que entre cuñados el virus no se propaga, que un cuñado puede contagiar a cualquier otro miembro de la familia, a conocidos o a amigos, pero que es prácticamente imposible, vamos, imposible, que contagie a otro cuñado. Se lo dije y me preguntó que dónde lo había leído, que quién me lo había dicho, en qué fuente. En la del pueblo, le contesté. Que había ido esta mañana a por agua, como todos los jueves, y me encontré con Roberto, el cuñado de Raúl, que se lo había dicho el cuñado de María, la de la sierra, que a un cuñado vecino suyo, del pueblo de al lado, se lo había dicho el facebook. Que en China no se había dado ningún caso, ni en Corea ni no sé en cuántas partes del mundo más. Anda, anda…me dijo con cariño pero con algo de malos modos, venga, coge las bolsas y entra en tu casa, que eso son todo mentiras y fakes news, es que no te das cuenta? Y cogí las bolsas y entré en casa, triste y afligido, con un montón de natillas y arroz con leche que me mandaba mi hermana. Pero no tenía ganas. Para qué quiere uno tantas natillas si ni siquiera puedes darle un abrazo a tu cuñado…