LARGO DE TRINDADE

Me estaba tomando un café en un bar del Largo de Trindade cuando entró mi padre. En el bar no había nadie, sólo yo y un mozo de reparto que colocaba unas cajas en un armario chiquitín, junto a la puerta. Olía un poco a orines, el suelo un poco pegajoso, la penumbra un poco triste. Mi padre, que había entrado muy silenciosamente, iba en zapatillas de andar por casa, las de siempre, con el agujero que se hizo él para liberar el doloroso juanete. Llevaba también una gabardina azul y una boina, calada al modo rústico como se calan las boinas algunos artistas e intelectuales. Yo tenía abierta mi libreta sobre la mesa y apuntaba algunas cosas tontas que se me estaban ocurriendo. Pese a que había muerto hacía más de diez años, no me sorprendió verle. En todo caso, si algo me sorprendió fue que estuviera en Lisboa. “Hola, hijo”, me dijo, quitándose la boina con las dos manos. El saludo me llenó de ternura porque nunca me había llamado hijo. Le pedí que se sentara y le pregunté que estaba haciendo por aquí. “Me voy ya, me dijo, he venido solo para regalarte esta historia”. Me sorprendió la razón de su visita sí y no. Desde siempre, hubo en mi padre una inclinación natural al ingenio y las ocurrencias, al modo rústico, casi labriego, como las que tienen los intelectuales de hoy en día. No le pregunté nada más. Cogí el bolígrafo y escribí ansioso la revelación del regalo. Cuando terminé de escribir la última frase, alcé la cabeza decidido a manifestarle mi entusiasmo, pero ya no estaba. La boina, sin embargo, sí. De modo que me la calé, al modo rústico, y abandoné el café.

Ulises en Lisboa   Eladio Redondo   Ed. Beltónica    2013

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El piso ciento y pico

A E, esa forma segura y rápida de subir le aburría. Reconocía el mérito de HR, que, en cuestión de semanas, había dado un impulso extraordinario al ascenso. Sin apenas esfuerzo, los pisos se sucedían unos a otros a velocidad de vértigo. Quince, veinte, treinta, ya había perdido la cuenta. Sin duda, era meritorio, pero también aburrido. Para HR no, porque, mientras tanto, aplicaba cálculos rentables a corto plazo, perfeccionaba los sistemas de riego y registraba minuciosamente el avance de los edificios más altos, cuyo ascenso duplicaba el suyo con materiales a simple vista más endebles. Eso, a HR, le tenía permanentemente preocupado. Pero E se aburría. La nueva aplicación permitía un ascenso riguroso y automático. Abajo, la hierba crecía a ritmo constante alimentada por los aspersores binarios y el control ordenado de los materiales necesitaba una atención mínima. Pensaba dejarlo. Si el sistema no fallaba, HR podría subir solo, sin su ayuda. Ahora, la altura alcanzada permitía ver más lejos, y más allá de ese horizonte flanqueado por edificios resplandecientes, se atisbaba la destrucción que el cansancio o la falta de éxito habia provocado en tantas ambiciones: edificios altos o más altos que el suyo, abandonados a sus suerte, caían solos formando ruinosas montañas de desolación y tristeza. Si la disciplina se mantenía, eso no les pasaría a ellos. HR podría seguir así siempre, pero E se aburría. Con la vista fija en aquel insólito paisaje de escombros y ruinas, E se quedó un momento pensativo. ¿Acaso no era también su aburrimiento un signo de desolación y fracaso? Si el sistema era bueno, como el mismo reconocía, ¿entonces era él?, ¿el aburrimiento era una cosa de él? Antes de dejarlo, hablaría de ello con HR.

Y treinta y dos

La cama es pequeña, el colchón es ligero, las sábanas se salen y dejan los pies al descubierto. He pasado la noche más o menos bien, con el susurro martilleante y amortiguado de un generador o un aparato eléctrico de gran potencia funcionando a pleno rendimiento, en algún remoto lugar de esta casa de más de quinientos metros habitables. Un mal olor puede llegar a hacerse soportable, pero un ruido regular y constante alecciona nuestra irritación. No importa. El ambiente es más frío aquí, la luz más tímida y las vistas más aburridas. No importa. Tengo dónde sentarme cómodamente y una mesita sobre la que apoyar los pies y el mando a distancia de la tele. El escritorio, blanco como el color de una antígua colonia, hace juego con los bolígrafos que no tengo y las libretas que guardo en el cajón. Si me siento bien, con la cabeza previamente apoyada en el respaldo de la butaca, puedo incluso pensar mejor sobre el frío que está haciendo estos días y el inolvidable calor del verano pasado. Pensamiento y memoria juntos, qué más se puede desear.

No pocas veces los pequeños afectos y los apegos lastran la urgencia y la necesidad de un cambio. Yo mismo, sin ir más lejos, de haberme aferrado a la cama y a la luz de la otra habitación, no hubiera dado el gran salto hasta esta butaca pródiga en impaciencias y desasosiegos.

Treinta y uno

Ya estoy instalado en mi nueva habitación. Le he pedido a María Villa que limpie la alfombra y he quemado un poco de sándalo. El sándalo ayuda a descifrar el mensaje encriptado que encierran los olores de los fugitivos. D y E no lo son, pero eso no lo sabré del todo hasta que el mensaje no esté descifrado. Por lo demás, todos huímos de algo. Este aroma que flota en el aire ha estado encerrado demasiado tiempo aquí, huele a monte bajo perfumado por un río de frambuesas puestas a secar, es intenso y penetrante, tiene algo de adormecedor. Me disgusta porque es un artifício que borra las huellas sensoriales de los cuerpos, disimula su carga, pero no destruye su amenaza. Y tiene el color romántico y apastelado de la lamparita de la mesa, de las fundas de los cojines y los adornos de las cortinas, un color afeminado y pasivo, prácticamente descatalogado. En su vertiente más añeja, es un olor asociado a largas horas de espera sin amor. Lo que me revela su secreto confirma la ausencia de amor físico: un padre y un hijo no combinan bien. Un olfato más fino que el mío hallaría quizás matices de aromas algo más groseros, insultantes u ofensivos. Los de la cocina. Platos de carne guisada, potajes, plátanos fritos. D era aficionado a comer en su cuarto. Pero yo no los encuentro. Una prueba más del fugitivo experto en borrar las huellas que delatan su biografía interior, de confundir a sus perseguidores. La contribución de E despierta una primera impresión de afeites melosos y coquetos, una fragancia de alcoholes excesivamente gastados por un deseo de triunfo. Se desvanece enseguida, cuando el ojo alcanza a ver las paredes sucias, los pomos algo pegajosos de los cajones del escritorio, la fina capa de polvo en las láminas sin brillo de Van Gogh. Esa es la grandeza de los olores, que no huelen nunca a lo que somos, pero pueden ayudar a construir lo que fuimos. Me hubiera gustado que oliese a naranjas, no sé por qué.

Treinta

Mañana me cambiaré de habitación, probablemente. Podría hacerlo hoy mismo, pero me da pereza abandonar esta cama y despedirme de la maravillosa luz que cada mañana la inunda. A lo demás le he cogido poco afecto. Ninguno. El viejo sillón de orejas en el rincón no es suficiente, los libros los coloco mal, donde puedo, no tengo un espacio decente donde poner el ordenador (ahora escribo en la cama), y la decoración es rancia, anticuada: el armario, la cómoda, las mesitas de noche, el crucifijo…Y además, los ruidos de la cocina, que no pocas veces molestan. O los portazos imperdonables de C cuando cierra la puerta de su habitación y el chirrido enervante de no sé qué armarito de baño. Pese a todo, esa otra habitación que promete un mejor ordenamiento de propósitos, más comodidad y holgura, la habitación que han dejado D y E, no me acaba de convencer. Ha quedado en el aire un olor a la vida de otros que mi nostalgia no necesita. Meterse ya en alguna de sus camas es como arroparse con la piel de los que aún ayer dormían en ellas.

En aquella foto que ví en El País , Nelson Mandela, sentado en el suelo, se cosía un pantalón o una camisa en el patio de la prisión de Robenn Island, donde llevaba preso casi veintisiete años. El pie de foto anunciaba la probable liberación del lider del ANC. El impacto de la fotografía fue tan intenso que la imágen me quedó grabada para siempre en la memoria. Ayer fuí a ver Invictus, la película de Clint Eastwood que narra el triunfo de la selección sudafricana de rugbi en el campeonato del mundo y de cómo la capacidad de liderazgo, el carisma y el talento político de Mandela impulsa la reconciliación entre blancos y negros a través del deporte. La película, bueno… Comprendo que llevar a la pantalla un acontecimiento aún reciente, en el que la emoción desborda las fronteras de lo histórico y lo político es una tarea un tanto imposible para un creador. La grandeza de aquel acontecimiento es una obra de arte en sí misma, una obra original ante la que cualquier otra réplica artística está destinada a fracasar. Por eso, la película puede no emocionar al espectador, aunque sí emocione al admirador del lider sudafricano. Yo, que soy tanto un admirador del cine de Eastwood como de la figura política y humana de Mandela, me sentí simultáneamente frío y emocionado. El calor que recibía no me lo daba el personaje que interpreta Morgan Freeman, sino el espíritu y la personalidad de Mandela, esa obra de arte única y original, antepuesta a su representación o a su copia.

Veintinueve

No digo que me encuentre mal, una cierta rutina me favorece, una dosis moderada de tedio me concede o me regala inspiración, un poco de aburrimiento o normaliza mi vacío o es un atajo rápido y seguro hacia el sentido común. Un poco de cada cosa está bien, se ordena el inmediato pasado, va cayendo la fina arena del tiempo sobre el tamiz del olvido, gana el pensamiento en silencios y el corazón agradece esa calma y esa propuesta de paz. Instalado en esa tregua de condiciones pactadas -con la vida, o con sus representantes, no lo sé- las emociones, las fuertes, exhiben sus nuevos disfraces en escenarios de virtualidad. Entre un público anónimo que grita los goles frente al televisor o en el corazón de una plaza, entre un público bullicioso y alegre que espera un pregón. Camuflada, confundida entre las masas, la emoción sublima su necesidad de presencia. Mientras tanto, el amor está en la reserva. La pasión carnal, con un ojo abierto, duerme y despierta al vaivén de roces imaginarios, percibe la alusión de una mirada, se deja algunas noches convencer. Forzosamente, lo intenso no siempre tiene razones para ser dañino. Y sin embargo, sueño a veces con una intensidad que duela, con un deseo punzante, con un amor que hiera y rompa este pacto, plácido pero agonizante, con la indiferencia y la monotonía.

Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”

Veintisiete

Lo que otorgaba cierta familiaridad al viejo Street no era sólo su calculada penumbra. La hora en que yo entraba en él la propiciaba tanto como su escasa luz o su decoración y su mobiliario, cercano y doméstico, a medio camino entre ikea y un vestibulito de burdel. La barra estrechaba el espacio que conducía a un fondo algo más elevado, pero también reducido, donde había unos dardos y alguna cosa más. Para tomar mi cerveza yo elegía esa hora de clientela sosegada y poco numerosa en la que los hombres beben en silencio y las mujeres, o ya se han ído o ya no vendrán. Entraba, me sentaba en un taburete y Tais, después de servirme la cerveza, volvía a su parchis. Su compañera de juego era su hermana, una mujer de veintipocos años, delgada y con moderados sueños de modelo. Además de la sangre, a las dos las hermanaba la simpatía y la naturalidad. Mi silencio les caía bien. Yo, con mi cerveza y mis periódicos, me sentaba cerca de ellas para sentir mejor ese calor familiar, sin molestar. Me gustaba escuchar el sonido de los dados sobre el tablero y el batir de esa pequeña coctelera donde se gestionaba el azar. Y espiar sus rostros, con eficaz disimulo, para encontrar en ellos la vieja paz del hogar. La impresión de aquel cuadro era la de dos mujeres viviendo un instante tan cotidiano como feliz, un cuadro reconfortante para un corazón solitario. Snif. Luego supieron más de mí, yo también tengo mi simpatía.Vinieron a mi tienda, me compraron cosas, agregué sus nombres a mi cartera de clientes, se ensanchó nuestro círculo de relación. En definitiva, perdí el anonimato, pero yo seguía sin olvidar lo que tenía que olvidar. Luego el Street cambió de local y pasó todo lo demás.

La visita de Lina esta mañana, después de tanto tiempo, me trae de nuevo el recuerdo del Street. También aquello es recuerdo que hoy renace, porque Lina sigue presente, aún. Y el Street, con ella, también era otro. Me alegra mucho volver a verla. Lo que nunca sabré es de donde viene su fuerza, desde donde emana su belleza, en qué centro se origina el poder que domina mis sentimientos. El caso es que ese poder lo prejuzgo fatal, y me inhibo. En fin, el Street… que algo acabe indica no sólo que una época termina, también que contamos con un nuevo pasado. A la postre, todo acaba por perderse. Pero no hay memoria sin pérdida.

Veintiséis

Al princípio, poco tiempo después de abrir la tienda, de vez en cuando entraba en el Street a tomarme una cerveza. Hace ya tiempo que no voy. Me gustaba ir porque era otro de esos sítios en los que, a mi modo, disfruto de los privilegios que concede el anonimato. Me tomaba una cerveza, escuchaba música aceptable y leía algún periódico deportivo. Los periódicos deportivos son la mejor anestesia, el mejor sedante cuando uno tiene entre manos alguna cosa que olvidar, y yo tenía una. El Street era un local estrecho y con poca luz atendido por una camarera brasileña joven y simpática. Se llamaba, se llama, Tais. Hablaba poco con ella, yo iba a mis periódicos. Poco tiempo después, el bar cambió su emplazamiento. El local era mucho más grande, tenía más estilo, una estética aprovechada en parte de lo que antes también había sido un bar. Era mejor. Seguí yendo, pero ya no encontraba la intimidad casi familiar a la que me tenía acostumbrado el anterior. Fuí espaciando mis visitas. En parte, también, por algunas manías mías que no justifican razonablemente una decisión. Por eso son manías. El dueño me caía bien, tenía un modo de vestir a medio camino entre el macarra y el dandy que le concedía cierta personalidad. A través de Tais supo que tenía una tienda y una tarde me hizo una visita. Tenía también un negocio de condones en Olot, de donde procedía, y otro en la calle Santa Teresa, muy cerca de mi tienda. Él me confesó que le íba bien, pero estaba sorprendido de que un negocio así funcionara en una ciudad como T. No sé por qué. En todas partes se folla, le dije, aunque sea con la luz apagada. O a lo mejor no, no sé. El caso es que se interesó por unas lámparas en forma de maniquíes y prometió regresar, pero no volvió más. Dijo que lo consultaría con su mujer, pero no volvió más. Y aquí está la manía. Su mujer. Alta, delgada, de pelo y piel agitanados, nunca me cayó bien. Me daba la impresión de ser una de esas mujeres que cada mañana preguntan al espejo quién es la más bella, la más grande, la más sabia…la más mala…Esta mañana Tais ha visitado mi tienda y me ha dejado un curriculum. Como no pagaban el alquiler desde hacía meses, el Street ha cerrado por desahucio y Tais se ha quedado en la calle. Sin paro, porque no estaba asegurada y tampoco lo sabía. Lo que son las manías.