Ave de paso

Se sienta frente a mí una mujer. Es un ave de paso. Viene, come de mi mano, y se va. Antes de que se vaya, mucho antes de que se vaya, yo ya la espero. La espero mientras llueve, mientras nieva, mientras tengo las manos frias. Vuelve en abril y trae tormentas que no deseo. Aún así, le limpio las alas, le lavo el pelo, duerme feliz en mi cama de barro. Pero se cansa. Se cansa pronto y de todo. De las tardes lentas, de las noches largas, de los besos densos. Añora el cielo y añora las distancias, los meses sin mí. Me ama mientras vuela.

MUJERES SENTADAS   Eladio Redondo  ed. Beltrónica   2012

 

 

Amapolas

Danilo Manso, por lo que dicen las cosas poco creibles que de tanto en tanto encuentro en la red, era poco amante de las florecillas. Sí le gustaban los paseos, las caminatas y los periplos más o menos introspectivos. Desde un punto de vista sensorial, concebía la Naturaleza como un todo, y muchos de sus poemas sufren de ese ataque romántico que ambiciona una imposible totalidad. De sus etapas sedentarias, la última es la menos productiva, y dan a entender algunas bitácoras digitales que sus prosas son caprichosas o peregrinas. Como no hablaba nunca de flores, quiso hablar de una flor. La que tenía más a mano. Por puro capricho.

“Lo que admiro en la amapola es su forma irreverente de darse a conocer. Le va bien cualquier trozo de tierra, grande o pequeño, esté donde esté: igualmente ella germina. Con su color indica el sitio donde hallar la huella de un beso es posible. También hace, por encargo, de alfombra roja de sueños a cielo abierto. A mí me gusta verla sola, crecida, asomando su carmín entre hierbas furiosas de envidia, como una puta solitaria. En medio del campo, mejor, que me obligue la pasión a pagar un precio muy alto. Dan mucho y piden poco al borde del camino, hay tardes que me atraganta tanta humildad. Quiso una vez un amigo mío poner a cuatro en un jarrón, darles un trono, un hogar. Se cansó pronto, el placer que dan no es el mismo, entristece mucho verlas morir. Yo prefiero mirarlas, tocarlas, arrimarme a ellas cada día, ver sobre sus pétalos el agua una tarde caer, saber que están vivas siempre. Y la esperanza de ser un día la tierra donde ellas podrían volver a nacer.”

Papeles naturales  Estampación en batik  Contacto: eladiore@yahoo.es

La nueva vida

Me sentía angustiado, terriblemente angustiado, uno de esos días en que el abatimiento y la soledad, por no decir el dolor, se te clavan en el alma y ves tu presente lleno de nubarrones. Me senté en una terraza, al sol, y pedí un café con leche. Hice una foto del cruasán y la subí al facebook: “Desayunando, con un café calentito!!!” No encontraba sentido a la vida, ni encontraba tampoco razones para esperanzarme. Los días pasaban, uno tras otro, y no traían más presagios que desventuras y decepciones. Entré en el centro comercial y me entretuve viendo escaparates. Al final, me compré un par de camisetas, unos zapatos y un yo-yo, por comprar algo. Hice unas fotos de las camisetas y los zapatos y las subí al facebook. “De compritas!!!” Salí de nuevo a la calle y crucé la gran avenida. El zumbido de los coches es insoportable. Los ruidos, el jaleo, los humos. Me ponen histérico. En días así, se te pasan por la cabeza los peores pensamientos, los más siniestros. Por distraerme un poco, entré en el parque y me senté en un banco, de espaldas al lago. Me hice un selfie y lo subí al facebook: “De relax con los patitos, más feliz que una perdiz!!!” Sólo de pensar que mañana, otra vez, tendría que volver al trabajo, me entraban náuseas. Ocho horas allí, encerrado, viendo todas esas caras tristes y amargadas de gente haciendo las mismas cosas aburridas que tú. Sólo de pensarlo, me deprimía. Pasé luego por delante de un puesto con libros y me detuve. Me aburre leer, pero me aburre más tener que hacer la comida, así que les eché una ojeada y acabé comprando el último libro de Paulo Coelho, aunque seguro que es una mierda. Mientras preparaba la comida, hice una foto de la portada y la subí al facebook: “La felicidad no te busca, te encuentra”. Después de comer, me eché la siesta, que fue larga. No me gusta porque luego te levantas mal, con pesadez de todo, apático, sin ganas de hacer nada, ni siquiera soy capaz de distraerme con las tonterias y las gilipolleces que pone la gente en facebook. Mi foto de Paulo Coelho tenía 500 me gusta, casi tantos como la del cruasán. Y eso que yo creía que la gente no leía. Pero no se me iba de la cabeza lo mal que estaba. Qué sentido tiene vivir seguir así, sin Ana, sin los niños, sin las comidas de mi suegra. Salir a la calle me ayudaba, pero no lo suficiente. Todo es tan igual, tan gris, tan insípido. Mandé un guasat a Juanan y otro a Pedro y quedamos en el café nuevo. Hacía algún tiempo que no los veía, pero ví que les seguían yendo bien las cosas. Nos pedimos unas cervezas y charlamos un poco, pero la conversación la interrumpían a menudo los mensajes en los móviles. Al final, era al revés, y sólo de tarde en tarde los mensajes en los móviles eran interrumpidos por la conversación. Así que nos despedimos y nos fuimos, pero antes nos hicimos una foto, los tres sonrientes y felices. Esperé un poco hasta llegar a casa y cenar, porque arrastraba todavía un vago sentimiento de tristeza o de pesar. Antes de irme a dormir, la subí al facebook: “Con Juanan y con Pedro, disfrutando de la nueva vida”.

Carpeta de sueños

Me encuentro con el alcalde del pueblo. Hay algunas diferencias en su rostro que no se deben al paso del tiempo, aunque mantiene el cráneo despejado y su vieja camisa de cuadros rojos y negros, de manga larga. Cuando me estrecha la mano, siento el tacto áspero y cálido del labrador que nunca ha sido, una mano pequeña y gruesa a la que le falta el dedo anular. Su sonrisa es igual, discreta y amable, y el tono de su voz conserva la cordialidad que por lo general define su trato con la gente. Luego acerca su rostro al mío y me dice en voz baja no sé qué de unos ratones que saquean las despensas del pueblo. Le digo que yo no he sido, pero él me responde que si vivo solo será por algo. Y entonces, sin perder la sonrisa ni la cordialidad, su cabeza empieza a crecer y alcanza el tamaño de una calabaza gigante.

Le digo a la camarera de la barra que los mejores meses para comer arroz son diciembre y enero. Estamos en un local muy grande, del tamaño de una nave industrial, vacío y de contornos difuminados. La camarera tiene el pelo largo, liso y negro, pero no veo su rostro porque está de espaldas a mí, llenando un vaso de zumo que extrae de la aguja de un viejo gramófono que gira sin hacer ningún ruido. Al fondo de la nave hay una gran puerta abierta a través de la cual se ve una alambrada y un trozo de terreno cubierto de una amarillenta vegetación. Por megafonía, una voz masculina recomienda no dejar abiertas las jaulas para conejos, que están llenas de refugiados radiactivos.

Sentado en una butaca, al lado de la puerta de entrada, ojeo el periódico en el cuarto de la limpieza de una biblioteca. Una mujer, vestida con una bata azul, saca de un armarito palos de escobas, trapos y cubos. Leo en una entrada de Xibeliuss que las patatas están caras y lo van a estar mucho más, y cuando se asoma mi hermana E por la ventana y le digo que me traiga, me dice que ahora no puede, que ha quedado a las siete con Lucia Berlin.

Carpetas para sueños  papel italiano y papel reciclado  Contacto: eladiore@yahoo.es

Los solteros

Los solteros son cuatro. Cuando mi mujer y yo tenemos un mal día y nos enfadamos, por lo que sea, me voy al bar de al lado del puente, o al de la calle de abajo, donde muchas veces se juntan, y me tomo una cerveza con ellos. Son todos mucho mayores que yo, pero la diferencia de edad no discrimina nuestro mutuo entendimiento. De hecho, la primera vez que me uní al grupo, una de esas tardes aciagas y torpes que tristemente enturbia la relación de cualquier pareja, no sabían que yo estaba casado. Pensaron, por el modo no desganado y altivo de acodarme en la barra que era uno de ellos, de su gremio, y tuvieron que pasar varios días hasta que yo mismo les sacara de ese equivocado convencimiento.Entonces me dí cuenta de que, de habérmelo propuesto, yo hubiera podido llevar también esa vida fascinante y famosa de la que los cuatro solteros parecen estar tan orgullosos, por no decir el pueblo entero. Bien es verdad que no todo el mundo vale para ser soltero, hay que tener voluntad, y talento, y exige invertir en un sacrifício que puede llevar toda una vida en dar sus frutos. Algunas veces, mi mujer, cuando detecta en mi persona una inutilidad inédita, reprocha mi espíritu pusilánime y añade, con una crueldad que resulta innecesaria, que menos mal que la encontré a ella, porque yo no tengo madera de soltero. Entonces, justamente entonces, es cuando más necesidad tengo de ir al bar de abajo o al del puente y unirme a ellos y compartir su mundo y reivindicar un sueño que pudo también ser mío. Es entonces, justamente entonces, cuando añoro la vida solitaria y libre que, de no haberme enamorado a una edad tan temprana, el destino, con toda seguridad, me habría concedido. Da envidia ver el desenfado con el que los cuatro solteros hablan de la vida, cada uno con su cerveza delante, unas veces tranquilos, otras más entusiasmados, pero siempre con ese desaliño y esa familiaridad tan propios de los hombres sin obsesiones conyugales. Que no digo yo que mi vida matrimonial sea una carga, o una cruz, no, quiero a mi mujer y comparto con ella y con nuestro hijo la suerte de una modesta felicidad. Ahí estamos. Sí digo que hay felicidades, aunque sean modestas, que tienen sus ratos de tedio, o de cansancio o de simple mal humor y que, de ser soltero, carecerían por completo de importancia. Pero insisto, quiero a mi mujer. Algún día, si Dios quiere, nuestro hijo se hará mayor y entrará de modo natural en la vida adulta. Claro que el acontecimiento llenará mi vida de dicha, pero también de preocupación, la preocupación que tiene cualquier padre por tener asegurado el futuro de su hijo. Me gustaría que creciera fuerte y valiente y que el miedo no le impidiese alcanzar sus sueños. Pienso en eso algunos domingos, de noche, cuando pasamos delante del bar Deportivo y miro de reojo el interior, donde alguno de los solteros, allí, solo, sumido en un silencio extraño y letárgico, ojea con aburrimiento las páginas de un periódico o con desgana mira los registros de su móvil, hurgándose la nariz, como si fuera un viudo. Entonces, justamente entonces, rodeo los hombros de mi mujer con el brazo y la estrecho contra mí, como si quisiera protegerme de ese modo de la amenaza de los domingos, esos domingos tristes y resignados que le hacen sentirse a uno huérfano de algo o de no sé qué.

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Collage: papel japonés sobre papel natural   Contacto: eladiore@yahoo.es

La música de la memoria

Lo de mi madre fue distinto. No vienen al caso las horas de aquel lento y doloroso trajín. El afán de todos nosotros era sostener su renuncia, vigilar sus insomnios, procurarle un alivio. Los días y las noches eran todos iguales, una tormenta de arena que nos dejaba ciegos y exhaustos. Las últimas palabras de mi madre no las recuerdo, no sé cuales fueron sus últimas palabras. Las últimas palabras no son siempre lo último que oimos, lo último que oimos es siempre lo primero que recordamos. No se me olvidarán nunca porque le negué el único alivio que verdaderamente necesitaba, las tengo todavía aquí, dentro, como una música, vigilando constantemente los insomnios que le debo, fortaleciendo la renuncia que no supe sostener. Morir en su casa. No tenía ya fuerzas para desear otra cosa que no fuese morir en su casa. Esas fueron para mí sus últimas palabras. Dicen que lo primero que olvidamos de un muerto es su voz, pero no es verdad. Yo todavía las oigo. Como una música.

El piso 72

E se alegró, se alegró mucho, al ver que la hierba circundante al edificio por el que ascendían había ensanchado considerablemente su perímetro. Por primera vez desde que empezaron a subir, sentía que su optimismo y su entusiasmo crecían en proporcionada sintonía. La visión, cada vez más próxima y numerosa de los edificios que alzaban sus arquitecturas en torno al suyo, no le amedrentaba. Más bien al contrario, ver cómo ellos también se elevaban y respondían, en su crecimiento, a estímulos compartidos, constituía para E un aliciente prácticamente inédito. Estaba feliz. HR, sin embargo, seguía pensativo. Sin duda su convicción de que había que subir, era más firme que la de E, y como él, compartía el asombro del espectacular crecimiento de la hierba tras las nevadas. Y la proliferación de edificios, y la alegría de ver que no estaban solos en aquel inmenso desierto. Subir, decía HR, había que subir, pero no a cualquier precio. Intimamente consideraba que la felicidad de E, con ser legítima, era ciega, del mismo modo que antes lo había sido su desdicha. Había mucha hierba, sí, pero también zonas donde crecían matorrales o vegetación tóxica o insustancial que tarde o temprano, si no se remediaba, acabarían invadiendo el corazón de las sanas. Y muchos de esos edificios que veían elevarse de modo más o menos simultáneo al suyo, estaban apagados o crecían a pasos de gigante alimentados por una negra sombra de insolidaridad. O al contrario, brillaban, resplandecían permanentemente, irradiaban una fortuna y un éxito que el exceso de luz no permitía considerar con objetividad. No, eso E no lo veía.

La memoria de la música

Al final de su vida, cuando las carencias empezaron a manifestarse y el deterioro fue gradualmente extendiendo sus dominios, a mi padre sólo le quedaba la voluntad y la capacidad de un canto, una cancioncilla en forma de copla que durante sus últimos días tarareaba, cada vez de manera menos audible. Había que darle de comer, vestirle, lavarle…Mis hermanas lo sentaban en el sillón, frente a una ventana de visillos corridos, y en él se pasaba las horas, quieto, sin solicitar conversación, ni socorros, ni siquiera inmerso en los monólogos propios de un hombre que ya ha perdido casi todo. Sólo cantaba, cantaba esa canción en la que se hablaba de trigo, de promesas y de amor. Una canción, ahora que lo pienso, que lo contenía todo, el fruto de la esperanza y del deseo de vivir y la añoranza sin dolor de lo que se ha vivido, un fruto que sólo la música es capaz de conservar hasta el último instante de nuestras vidas. La música es lo último que se pierde.

2017-03-30 14.47.58

Cajas de música   Contacto: eladiore@yahoo.es

Marosa entra en mi vida

Me he acostumbrado a recibir la visita de Marosa un día a la semana, a la hora de comer. Al princípio, cuando empezamos a vernos, Marosa aparecía por la linde de mi casa de manera irregular, siempre acompañada de su subalterno, en horas de faena, cumpliendo alguno de los cometidos de su rutina diaria. De hecho, nos conocimos porque traía una orden de detención derivada de una acusación que luego se demostró errónea. Se me acusaba, a mí, que centro mis intereses en asuntos de carácter puramente material, de ser el fantasma que deambulaba en la casa abandonada de las Frías, la comarca fronteriza. Que había voces, registros sonoros obtenidos por el cuerpo especializado que ella dirigía, en los que se habían detectado pausas y silencios reconocibles en los míos. Yo, que no creo en esas paparruchas, acompañé a Marosa hasta la comisaría y grabé, como prueba de cotejo que luego resultaría exculpatoria, un fragmento del Frisorium, aquel famoso diálogo que mantienen dos fantasmas sordomudos. Como era de esperar, ni mis pausas ni mis silencios se correspondían con los registrados en la casa abandonada. Más tarde se descubrió, en el sótano, un espectro masculino proveniente de una antigua mansión en Las Templadas, a más de cien km de aquí, de la que había huido por los malos tratos que recibía de sus actuales moradores, cartesianos convictos. Fue devuelto a su circunscripción de origen y el caso quedó cerrado. Como el error exigía un grado de disculpas acorde con la dimensión del mismo, Marosa y su ayudante se presentaron en mi casa y reconocieron humildemente su precipitación. A partir de entonces, la jefa de Asuntos Misteriosos de la Policia de la Región, como soy de carne y hueso, inauguró sin mi consentimiento un período de amistad que rompe en mil pedazos la fama de mi trato escaso y esquivo. Mañana, a lo mejor, viene. Ya la irán ustedes conociendo.