El tesoro

Finalmente, nuestro sueño se cumplió. Allí estaba, bajo la arena, en el centro de un inmenso desierto abrasado por el sol. Ahora que lo habíamos encontrado, qué podíamos hacer con él? Lo enterramos de nuevo. El tesoro es el excremento de los sueños de los hombres.

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Collage. Título: excreción   Papel japonés sobre papel natural   Contacto: eladiore@yahoo.es

Bando

LA LITERATURA VIAJA EN REGIONAL EXPRESS fue publicada en el mes de diciembre de 2016, de modo que much@s de vosotr@s ya la conoceréis. Un inesperado movimiento del sistema en el momento de su edición fracturó la entrada y dividió el blog en dos estructuras casi inalcanzables. Quienes accedían a traves de su página de inicio, no podían ir más allá de aquella entrada partida, y, además, abría un abismo de ingrata impaciencia en el visitante. He eliminado la entrada original que ahora reedito tal como era entonces para mantenerla en los archivos, y quedará vinculada de nuevo al blog sin el añadido de esta nota, que eliminaré en el plazo de una semana. Anuncio, también, la apertura desde ya de una categoría nueva, ANTOLOGÍA 2016, una selección de las 16 entradas más representativas del blog durante ese año. Gracias y un saludo.

 

LA LITERATURA VIAJA EN REGIONAL EXPRESS

Cuando la mujer con el perrito baja del tren y se pierde en el horizonte definitivo del paso subterráneo, yo sigo con la imaginación sus pasos y la acompaño hasta el autobús urbano en que ha de subirse, bajo con ella en un barrio periférico, entro en un portal oscuro y maloliente y accedo, a su lado, a un estrecho apartamento de dos habitaciones, discretamente higiénico y decorado con gusto pobre. Imagino comidas rancias, visitas muy esporádicas, una radio encendida, una televisión apagada, una bata siempre puesta, olor a café, olor a flores marchitas, olor a perro encerrado. Sé que cuanto más imagino, más me alejo de la mujer que viajaba en el tren con un perrito, más lejos estoy de la verdad de esa vida definitivamente disuelta en un paso subterráneo. Y, sin embargo, tengo el convencimiento de haber creado, a partir del alejamiento de esa verdad, la vida de una mujer que existe, una mujer que vive en un barrio periférico, en un apartamento estrecho y oscuro de escaleras malolientes y penumbras ácidas. Una mujer madura cuya soledad comparte poco, que gasta poco dinero porque no lo tiene, que no sale de casa porque tiene pocos sítios a donde ir, que intenta reirse y no puede, que llorar también le cuesta, y que a veces también sonríe, involuntariamente, sonríe, y no sabe por qué. Una mujer que no tiene gatos pero tiene un perrito al que un día, mientras sonríe sin saber por qué, introduce en una cesta y abandona la casa y se sube con él a un tren, a cualquier tren.

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Libretas para escribir en un regional express. Contacto: eladiore@yahoo.es

Elogio del abandono

A unos cientos de metros, en el camino que sale de mi casa, hay una caseta abandonada. Está al final de un tramo sombrío, pavimentado siempre de hojas dulces y secas, entre altas paredes de roca rojiza e higueras invasivas. Siempre me detengo a mirarla. Tanto las paredes como el techo están cubiertos de hiedra, y es inútil esforzarse en encontrar un punto de luz por el que indagar en su interior. Es imposible, todo está tapado, no hay nada que hacer. Me detengo porque la construcción posee ese encanto romántico de la ruina como fruto del tiempo. Me detengo porque siempre, aunque es inútil, encuentro un modo de imaginar lo que contiene ese interior, lo que fue, lo que hubo, lo que ahí dentro se vivió. Y siempre me voy, cuando me alejo de ella, con una sensación hermosa y plácida, como si todo ese tiempo ya muerto fuese el que entrega al abandono en que se encuentra, su belleza. Hoy he llegado a ella siguiendo el camino contrario. Desde lejos, el humo que salía del espacio que ocupa se confundía con el de las hogueras de invierno, la quema de rastrojos en los huertos y los campos de avellanos. Después de tantos años, por fin he podido ver sus paredes desnudas. De su interior emergía una densa humareda que se extendía por los viñedos y no quedaba en su perímetro inmediato ningún resto de matorral. Frente a la puerta de entrada, humeaban papeles y material desbrozado, y dentro de la caseta quedaban los restos chamuscados de viejos enseres y un colchón. Ahora que por fin podía mirar libremente en su interior, no había ya nada que ver, nada que imaginar, nada con lo que soñar. El hermoso abandono había sido destruído, la palpitante vida imaginada bajo aquel manto de vegetación, había sido aniquilada. Como si una guerra inesperada hubiera acabado con todo. La destrucción. Todo acaba siendo destruído. Incluso el abandono, como forma de belleza, acaba también siendo destruído. Abandonándose, la caseta había encontrado una forma hermosa de morir, pero la destrucción la ha matado.

Diciembre, 2016.Notas a pie de feria.(y 3)

Un conocido me ha dicho esta mañana que tiene la cabeza llena de grillos. Yo creo que la tiene llena de grilletes.

De la mujer que acaba de hablar conmigo, veinticinco años después me siguen gustando: la belleza imperfecta, la inteligencia esforzada, el carácter sin gobierno, el erotismo blindado, el hondo silencio que habita en su deseo. Por lo que se ve, no he cambiado nada en todos estos años.

No podemos evitarle ningún dolor ni aliviarle ningún sufrimiento: tiene demasiada imaginación.

Podemos seducir, día tras día, noche tras noche, y acabar agotados de la belleza de los artifícios, exhaustos y vacíos. Porque podemos seducir, pero sólo el SER enamora.

T me cuenta que su amigo L es callado, una clase de silencio próxima al atontamiento. No lo era, dice T, hasta hace dos años, cuando se separó de su mujer porque la encontró en la cama con su hermano, que ahora está liado con T, a quien ha dejado embarazada, pero L no lo sabe. Es mejor que no lo sepa, dice T, por lo menos hasta que pase Navidad. Claro.

Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.2

Un hombre tropieza y cae de bruces en la acera. Del bolsillo de su chaqueta sale rodando un puñado de monedas que, la gente, se apresura a recoger para entregárselas…antes incluso de ayudarle a que se levante.

Curioso. Carson McCullers se casa con un tal Reeves, también escritor, con el que establece el siguiente pacto: un año se dedica uno por entero al cuidado de la casa mientras el otro lo dedica a la escritura. Empieza ella, pero el relevo no llega a producirse: solo hay espacio para un talento, y Reeves no es el agraciado. Se suicida en 1953.

Tenía ilusiones, pero ha ído tantas veces a comprar el pan, que ya las ha perdido.

Dos muletas en la calle, tiradas, abandonadas, indefensas, parecían como muertas.

Me compra una libreta un hombre de una cincuentena años, suizo, afincado aquí. Trabajaba en un banco y lo dejó, abandonó un modo de vida que le resultaba vulgar. Se separó, también. Abandonó a su mujer y a sus hijos y comenzó a viajar. Al cabo de un tiempo, se instaló aquí, y vive en el campo, solo, cultivando sus tomates. No pocas veces, como personas escapamos de una vida vulgar, pero como personajes no dejamos de ser un caso típico.

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Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.

Abro la cortina, un día más. Al tajo. La falta de madurez consiste en no acabar de entender, ni de aceptar, que haya que trabajar para vivir.

Por las mañanas me encuentro casi a diario con ese hombre calvo, presumiblemente viudo, jubilado, cumpliendo su riguroso programa de actividad fisica. Caminando deprisa, con diminutos auriculares en las orejas, los dientes apretados, como si no viera a nadie. Siempre he pensado en él como en un hombre que huye de la muerte, de una muerte tan avara como él mismo, y en ese andar constante, diario y afanoso, el rencor de un hombre cuya venganza sobre los demás se satisface siendo el último en morir.

Si algo no le podemos reprochar a las manifestaciones de odio es su falta de franqueza.

“No tengo capacidad, no reuno condiciones, no soy apto para…” Tranquilo, hombre, para fracasar no se necesita ser virtuoso de nada.

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Contacto : eladiore@yahoo.es

El piso 60

Desde el piso 60, el paisaje que HR y E contemplaban era un desierto blanco y helado. La nieve lo cubría todo. Ni siquiera era posible adivinar el estado de la hierba circundante. E aprovechó para relajarse y repasar sin ansiedades los resultados de aquel ascenso sin sentido. Subían, había que subir, subir, decía HR. Pues subirían. Mientras aquel paisaje blanco y cegador se mantuviera estable, irreferenciado, E subiría sin rechistar, se concedería una tregua y valoraría en positivo los logros obtenidos. El piso 60, qué barbaridad. HR, sin embargo, manifestaba una preocupación inédita, casi metafísica. Para no quebrantar el silencioso entusiasmo de su compañero, HR se calló. Subiría, era la consigna, pero le atemorizaba el enorme vacío aparecido bajo sus pies en el piso 57. El vacío, ese era el único miedo que HR sentía, un agujero tan hondo que tenía la sensación de subir sin cimientos. Era solo un vacío o era la nada? Por primera vez, la firmeza y la determinación de HR se tambaleaban. El ascenso le prometía lo absoluto, pero la nada aparecía bajo sus pies. No lo entendía.

Saudades

Para Leandre, que anda por ahí

A los vendedores de paraguas les gustaría que este tiempo de lluvias no acabara nunca, que fuese interminable, un eterno diluvio universal. A los vendedores de paraguas les entusiasma que no salga el sol. Un cielo encapotado y oscuro,amenazador, es la esperanza segura de una dádiva. Los temporales imperecederos, un edén. No hay nada más triste que la felicidad de un vendedor de paraguas. En el verano se esconden en sus madrigueras oscuras, duermen una siesta larga, húmeda y agitada, no quieren ver la luz. Abren los ojos a ratos, contemplan con nostalgia los paraguas amontonados en los viejos roperos chinos y añoran intensamente los dichosos días de agua que en el futuro vendrán. Es la saudade de los vendedores de paraguas.

A los vendedores de gafas de sol les duele profundamente este tiempo de continuos aguaceros. Están tristes, melancólicos, abatidos, sentados en sus bancos gitanos de algún portalón de la Baixa, en algún rincón sombrío de cualquier estación. A ellos les gustaría que el sol reinara siempre en su imperio de pandereta, que la claridad fuera intensa, que cegara la luz. Una breve y repentina franja de cielo azul ahuyenta de inmediato su pena. Con invisible rapidez se levantan, cogen los racimos de anteojos con graciosa y experta mano y buscan ojos huérfanos donde colocar su suerte. Dura poco, nada, lo que una esperanza sin fe. La larga etapa de sol, calor y luz es la que ellos esperan y añoran con ansiedad, su Arcadia está en el verano que ha de llegar. Es la saudade de los vendedores de gafas de sol.

ULISES EN LISBOA    Eladio Redondo    Ed. Beltronica 2013

Avellanos

Arsenio Miró, en su blog de poesía, habla de una antología de poetas itinerantes, intermitentes y torpes publicada por un editor aficionado a las rarezas y a la poesía de la mediocridad en la década de los ochenta. La lista es larga. Como me he aficionado a rastrear con lupa todas las entradas que posibiliten el hallazgo de algo relacionado con Danilo Manso, la perseverancia, por una vez, ha dado suz frutos. El editor declara haber tomado el poema de un libro que Danilo escribió, pero no publicó, durante su estancia en Ferés, un periodo voluntario de aislamiento y meditación en la campiña sierense. Es el único poema en prosa de toda la antología. Copio y pego. “Es invierno, aunque no hayamos entrado del todo en él. Del otoño va quedando una extensa colección de hojas secas que se amontonan en los márgenes de los campos de avellanos, y que luego arden con una fiebre lenta y fría, y el humo de su fuego, azul y silencioso, busca una salida a la luz entre la niebla, donde hay gritos sordos de aves que batallan con el frío de la escarcha. Están los campos ahora límpios, y los árboles solos, desnudos y bellos. El invierno regala a sus esqueletos la hermosura de los desiertos, y el árbol despliega su verdadera grandeza porque resiste. Sólo de ese modo podrá luego dar”.