Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.

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Banderas y puertas

Paso cada día por la casa de T, cuando bajo del monte. Vivirá ahí, cuando esté acabada. Está acabada, el edificio está levantado y la bandera ondea en su tejado en señal de culminación. Falta el interior. El forastero que llegue a casa de T puede entrar por la puerta o por la bandera. No importa que la puerta esté cerrada. Las personas, sin que lo sepamos, la dejamos siempre abierta. Cuando entres por su puerta, te encontrarás con el hombre que es, que vive y que siente. Pasa con todos los hombres. Con casi todos los hombres. Si uno se empeña en entrar por la bandera, sólo conocerá una parte de ese hombre, sólo conocerá lo que la bandera le quiera dejar conocer, o lo que él quiera conocer a través de esa bandera. A veces porque la bandera ciega el conocimiento, otras porque las personas no quieren ver más allá de una bandera. Lo mejor, para conocer a un hombre que vive en su casa, es entrar por la puerta y esperar que no te haga salir por la bandera.

Conocidos y saludados. 2

Este, sin embargo, es un hombre que suele gritar para demostrar que tiene razón, y siempre quiere tener razón. En cualquier cosa, de importancia menor o mayor, le da igual. Por lo general, debate a gritos sobre tonterías y argumenta tonterías con las que demostrar que está de su parte la verdad. Con sus gritos y sus malas maneras de hombre resentido reduce a polvo lo que para él, cuando alguien le lleva la contraria, no son otra cosa que auténticas tonterias. Y cuando no lo son, o cuando la verdad o la razón pueden estar de su parte, el modo despreciativo o zafio de manifestarlo las desvirtúan. A veces, para dar por concluída cualquier refutación a sus razonamientos, golpea con agresividad la mesa y saltan por el aire todas las migas del pan. O se pone rojo y aliña la bandeja del pescado y la carne con salpicaduras de saliva. Antes tenía algo de gracia, pero ahora ya no, y, sin embargo, aprovecha la menor oportunidad para decir cualquier barbaridad con tal de llamar la atención y provocar. Desgraciadamente, la semana pasada despertó la ira de Tasio, un joven devoto de la música de Haendel que no soportó sus mamarrachadas mientras sonaba el Aleluya en su equipo de sonido analógico. Fuera de sí, después de gritar él también y ponerse a su mismo nivel extrajo el vinilo del aparato y lo lanzó con fuerza como si fuera un plato de frisbee, con tan mala fortuna que le rebanó una oreja. La familia emitió una nota reprobando el hecho.

cacahuetes

En el bar de ese barrio, cuando voy a comprar tachuelas, entro siempre después de las nueve. Si antes de esa hora he terminado mis quehaceres, mato el tiempo mirando la forma y el lustre de los zapatos de la gente, que para eso soy zapatero. No entro antes porque el camarero con bigote y pelo largo y lacio no me pone nunca cacahuetes como a los demás, no sé por qué. Me espero por eso, porque a las nueve entra en su lugar Manolo, un hombre más o menos de mi edad que celebra mi visita con natural cordialidad y me pone junto con la caña un plato de cacahuetes. El otro, sin embargo, es serio y ceñudo y me sirve la cerveza sobre la barra mojada como con desprecio, sin mirarme, como si estuviera haciéndome un favor. Todo lo contrario que Manolo. Manolo pasa primero un paño húmedo y coloca un posavasos de cartón de heineken y sobre él pone la copa. Y enseguida, al lado, el platito de cacahuetes. Ahí está, señor, su poquito de pienso. Con alegría, con soltura y con humor, como tiene que ser. No hay color. El otro se cruza de brazos, apoya la espalda en la cafetera y se pone a mirar la televisión. No me gusta. Por lo mismo, ya hace mucho tiempo que tengo el placer de no sentirme cerca de él. Más allá de esa seriedad y displicencia que define su manera de hacer, hay en él un poso melancólico y turbio, una suma de hastío y desgana en la que quizás, a la hora en que yo entro, ya no quedan fuerzas para para poner un puñado de cacahuetes. Algunas veces, por lo que sea, cuando llego ya pasadas las nueve, el relevo aún no se ha producido. Entonces me quedo agazapado en la sombra de la papelería de enfrente y espero a que salga el que no me gusta. Cuando aparece, aunque con dificultad, observo leves signos de mejora en su ánimo. Por un instante, el cambio de guardia parece proporcionarle un minúsculo chispazo de alivio. Aún en la puerta, bajo la marquesina, mira a un lado y a otro de la calle, enciende un cigarrillo y expulsa el humo como si expulsara una enorme masa de gas del interior de sus pulmones que le impedía respirar con normalidad. Luego se sube el cuello de la cazadora y echa a caminar calle abajo, con una barra de pan bajo el brazo. O con una bolsa de plástico de la compra, o a veces con dos. Hoy, serio y callado como no podía ser menos, se ha cruzado conmigo en la acera, camino yo del bar, y, sin querer, o porque es el hábito que me impone el oficio, he echado un vistazo rápido a sus zapatos. En realidad, no eran unos zapatos, sino unas zapatillas de andar por casa, una de esas zapatillas de cuadros marrones, viejas y gastadas, más propias de un anciano que de un camarero serio y ceñudo pero todavía joven, con un futuro aún por delante. Y lo que es peor, más propias del hombre que vive en soledad, y se abandona y deja que la vida le arrastre igual que el viento arrastra las hojas muertas en otoño. Entonces, sin poderlo evitar, he sentido lástima por él, pero pequeña, una lástima ruin y avara que desapareció enseguida, cuando llegué al bar y Manolo me puso una cerveza y un platito de cacahuetes.

Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

El soñador

Allí vive un hombre que es aún muy joven. Alquiló ese pequeño ático hace unos meses, en un barrio de una gran ciudad que no llegará a conocer ni siquiera mal, un barrio de reconocido prestigio popular, con playa propia, chiringuitos de comida y almacenes industriales de servicios portuarios. Del ático, que pasa por ser su vivienda, hace un uso muy precario. Viene a dormir, algunas veces se ducha y una vez, por motivos que no vienen al caso, calentó comida en el fogón. La cama donde duerme tiene el nombre común de colchón en el suelo, con aparato de radio incorporado. Los pocos sueños que tiene, todos de una callada grandeza, los alimenta una emisora que difunde música y cultura popular. Esa comida intangible la administra el joven en dosis pormenorizadas dos veces al día, una por la mañana, al despertarse, y otra por la noche, antes de no poder dormir. Le cuesta dormir porque siempre viene tarde, cargado de las preocupaciones propias de un joven despreocupado, con los signos de un cansancio urbano forjado en alcanzar quimeras poco nutritivas. Otros alimentos, algo más sólidos, le vienen al joven en forma de cenas solidarias, piscolabis alternativos y pan con chorizo en el gallego. Allí también le dan caldos y morriñas que endurecerán para siempre su espíritu de nómada melancólico. De los amigos que tiene, que son cuatro, dos le tienen en mucha estima y él a los otros dos, también. Por decirlo de alguna manera, comparten esa clase de amistad sustentada en un sueño común regado con cervezas medio calientes y atmósferas de tabaco barato. Admite que la diferencia con ellos estriba en su soledad restringida y en su reserva, una sustancia íntima que tira a gris y de cálculo torpe. De esa soledad se desprende un matiz que el futuro resolverá en estaciones lluviosas, y tendrá sexo y afecto como los que ellos ahora tienen, pero a plazos. Eso hace que en noches de turbulencia bohemia, en casa de uno del otro horneen una pizza o un tocino y regrese a casa cenado, sin otra fantasía que la de seguir tirando. Como es perezoso, no le sirve de nada el cacho tabla que cogió abajo para usar como mesa. Allí encima tiene aún todos los papeles en blanco, ideas de versos sin escribir, apuntes sin registrar, una novela larga que el día que se siente la redactará de un tirón, a lo Balzac. Porque está convencido de que su destino tiene esa forma imprecisa de los que quieren y no pueden, trabaja en lo que sale, casi siempre poca cosa, faenas sin oficio con poco beneficio. Con esos prácticos resultados cumple su objetivo de vivir a base de bien sin pagar el alquiler un solo mes. Y se lleva a la terraza, cuando hace sol, pensamientos graves y profundos con los que alcanza alturas y regiones con aspecto de trastero. Así, pasan dos meses de abril y el infortunio del amor le expulsa del paraíso tantas veces anunciado. Entonces le viene un ansia sin nombre de crecer al margen de futuros peores porque le cortan la luz y el agua y la poesía no acaba de arrancar. De modo que cierra la puerta, entrega las llaves y baja esas escaleras estrechas como si volara, a la velocidad del olvido.

Ritulata. 2

Entre nosotros hay un hombre de profesión pastelero que aún carga con el viejo sueño de abandonar su oficio, abandonar el pueblo y abandonarlo todo. En las tabernas donde se junta con otros de su misma edad lo dice bien alto y poco claro, añora la breve felicidad que tuvo cuando la música , los libros y el amor eran más que promesas y abandonarlo todo una decisión firme y llena de futuro. Ahora mira el ataúd cerrado con alegría, convencido de que algún día lo abandonará todo.

Entre nosotros hay un hombre fatigado por cada hora que pasa sin dejar ninguna esperanza, que son todas. Va con su melena suelta y gris de tasca en tasca ansioso de hallar una modesta pasión que haga crecer la vida que le empequeñece. Ya no tiene edad para más, dice él, y todo lo que necesita es una hora, una sola hora intensa que colme su modesta ambición. Pero mira el ataúd cerrado sin esperanza: la eternidad tampoco le satisface.

Entre nosotros hay un artista que ambiciona todo y pone en ello una voluntad indomable, de hierro. Sobre ese eje indestructible construye este hombre que aún es joven sus castillos de arena y con insistencia despliega sus proyectos sobre las mesas encharcadas de cerveza. Tiene arte, maña, fuerza y habilidades que muchos de nosotros quisiéramos. Y valentía y empuje, pero es vulgar y barato el material con el que pretende levantar sus imperios legítimos. Con franco pesar, mira el ataúd cerrado y calcula cuánto costará uno a la medida de su grandeza.

Entre nosotros hay un hombre que ya lo tiene todo, familia, coche, trabajo y vicios. Se peina hacia atrás, tiene barriga y fuma sus cigarrillos en una boquilla ridícula. Pero no tiene encanto y el dinero acumulado no es un pedestal seguro, hilvana frases hechas de lugares comunes, se ríe por lo bajo para ocultar su desengaño y anhela una soledad que le dé el honroso prestigio que cree merecer. Adscrito al ritual del café, soporta con polvorienta dignidad el paso de las estaciones. Al mirar con fijeza el ataúd cerrado, su discreta felicidad se marchita.

Entre nosotros hay un hombre cuyo anonimato ha dejado de serlo para siempre. Se presenta con barba y bajito, mirando a muestro alrededor con ojos medio sueltos, como los botones mal cosidos de una chaqueta mil veces usada. Y habla lento, débil, con prosa vieja y carcomida, ensayada en el silencio de su cuarto para la ocasión. La tristeza que le posee es sincera y las lágrimas a punto de estallar también. Mirando el ataúd se ve que desearía regresar cuanto antes al anonimato definitivamente perdido.

Entre nosotros hay un muerto que quería ser un muerto. Descanse en paz.

Marosa en Agraria

Ayer me llamó Marosa y me dijo que echaba de menos mis arroces, que cuando volviera de Agraria, la región limítrofe con la nuestra en su lado norte, pasaría por mi casa y se quedaría unos días. No se atrevía a darme fechas, me dijo, porque le ocupaba un caso que había entrado en aguas sumariales algo turbias y no había garantías de abandonarlas a corto plazo. Era raro que la investigación extendiese su radio de acción tan lejos, incluso fuera del ámbito de su control administrativo, que era la región, pero Marosa lo explicó todo muy bien cuando narró para mí los hechos. Por mi parte, desconocía que en la ermita del niño Jesús de Faros, en la rocosa serranía de Las Frías, hubiera un santo que sangraba. San Astenio. La alarma saltó cuando uno de los cabreros encargado de restañar las heridas del santo, descubrió una mañana que la hornacina de piedra que ocupaba estaba vacía. El cabrero dio parte a las autoridades locales y la desaparición de la figura pasó a manos de Marosa, la jefa de Asuntos Misteriosos. Descartada la primera hipótesis, que contenía un insostenible argumento de desaparición por arte de magia, Marosa y su equipo concluyeron que se trataba de un robo. El valor artístico de la talla era nulo, pero la escultura sangrante del santo sostenía la fe de los lugareños y la marca identitaria de la zona, que atraía cada cierto tiempo a peregrinos y devotos de San Astenio. Como las pesquisas efectuadas en el territorio resultaron infructuosas, Marosa solicitó ayuda exterior. La información se hizo esperar, pero una mañana llegó a la comandancia un documento policial en el que se daba cuenta del hallazgo. Lo firmaba S. Marcos, homólogo de Marosa en la delegación agrariense, donde se había encontrado la figura. A partir de ahí, el caso entraba en los espesos fanganales de la justicia devocional y su resolución parecía dificil. Los lugareños de Jolín, el pequeño pueblo de Agraria en cuya ermita de San Astenio había sido encontrada la pieza, negaron que se tratara de un robo. Los pies llagados del santo, las magulladuras en los brazos y su ropa de peregrino hecha jirones demostraban que San Astenio había llegado a Jolín por su propio pie, y que había elegido la ermita que lleva su nombre como residencia por voluntad propia. Argumentaban, además, que Jolín sufría los atrasos de un pueblo abandonado por sus gobernantes y San Astenio, abogado y protector de los desvalidos, había llegado para auxiliarlo. De modo que el pueblo entero, con su alcalde a la cabeza, defendía que el santo sangrante era ahora propiedad de Jolín y ahí debería quedarse para siempre. El debate estaba abierto, pero la Iglesia, a quien competía en última instancia la emisión de un parecer justo e irrevocable, declaró no estar ya para perder el tiempo en semejantes naderías. Cuando me llamó Marosa, el santo se encontraba en las dependencias policiales de Herniado, la capital comarcal, sometido a interrogatorio. Si hablara, sus palabras podrían aclarar de forma definitiva el misterio de su desaparición, por lo que no se descarta que ese milagro también se produzca. Pero va para largo, me dijo Marosa, no eches todavía el arroz.

Carpeta de sueños. (4)

Me esperan mis once hijos en el patio en formación de revista porque quieren enseñarme sus tatuajes. Al fondo, contra una espesa pared de matorrales, se amontonan cajas espachurradas de comida para avispas. El mayor, el primero de la fila, tiene un salvavidas de patito enrrollado a la cintura y la cara llena de granos. Me dice con lágrimas en los ojos que soy un mal padre que no se acuerda nunca de sus hijos. Desde el otro extremo de la fila, la más pequeña me tira un ladrillo de plástico a la cabeza mientras el resto se ríe. Mi  hermana Angelita asoma desde el interior de un contenedor y pregunta de donde ha salido toda esa chusma.

Veo a través del móvil unas montañas altas y hermosas cuyo nombre desconozco. Le digo a Fran que como él sabe de estas cosas quizás pueda acercarlas un poco más. Me dice que no puede porque tiene entreno, pero me escribe en un papel, con su cepillo de dientes, una dirección de confianza. Diles que vas de mi parte, dice, mientras hace ejercícios en la rueda giratoria de una jaula para hamsters.

Miguel y Eduard cocinan arroz en una perola grande, sobre un fogón pequeño al que Miguel zarandea con fuerza. Eduard lleva una cinta o un pañuelo alrededor de la cabeza y sonríe al verme entrar. En un rincón, sobre un suelo atestado de serrín, se amontonan huesos de jamón y cabezas enteras de vaca con la lengua fuera. Oigo la música o el ronroneo confuso de un transistor o algo similar que viene del exterior, de un jardín o de un patio. La perola está llena de burbujas grasientas y emite una música similar. Qué bonito, le digo a Miguel. Y Miguel me dice que es el último tema de Julio.