El piso 81

HR no entendía el enfado de E. Entendía su posición, ese estado un tanto bipolarizado que forzaba la inclinación de su naturaleza hacia un lado o hacia otro, a la orden siempre de circunstancias externas, muchas veces no asumibles por su falta de lógica o efectividad. E seguía empeñado en subir más que nadie, elevar la plataforma por encima de las del resto, aprovechar la inercia, el impulso de un conjunto de maniobras bien gestionadas para alcanzar alturas insospechadas en el proyecto. Convertirse en el más visto, ganar terreno al horizonte, planificar sueños de conquista. HR consideró la conveniencia de establecer una tregua en sus disputas con E. El momento era delicado. El entusiasmo de E contenía una fuerza positiva, una ambición legítima, pero dejarse arrastrar por consignas de conquista o de arrogantes influencias era insensato. La fuerza, sí. El entusiasmo, también. La insensatez, no. Por no hablar del agua. La hierba en torno al edifício seguía incrementando su expansión, aseguraba su afán de permanecer. Desde arriba era una espesa mancha verde y oscura que albergaba floraciones inéditas: blancos, amarillos, púrpuras…Valía la pena conservar ese exquisito punteado de vida y color. Y subir más deprisa no garantizaba el éxito. Y llegaba el verano, y el agua escaseaba, y el calor zancadillearía la velocidad de los propósitos. Por no hablar del cansancio de los propósitos. HR no deseaba que esa confesión alterara el excelente ánimo de E. El sentido común orienta y dirige, pero el ánimo hace avanzar. Y el ánimo era ahora patrimonio de E. Urgía encontrar un punto intermedio. Seguirían subiendo, sí, como siempre, pero como siempre. O incluso más lentos. En contrapartida, HR no sabía aún qué podría ofrecer a E. El momento era delicado.

Anuncios

Revelaciones

Me pasaron dos cosas.

Una en Madrid, en la parte trasera de un vehículo conducido por no recuerdo quien. La radio estaba puesta, emitían un programa de poesía. El locutor recitaba fragmentos de un poema cuya música me petrificó en el asiento. Me costó trabajo abandonar el insólito estado de trance provocado por esos versos. No entendí nada, absolutamente nada, pero oyendo el poema sabía que estaba asistiendo al fundamento de una nueva religión personal. Tomé nota del libro. Lo he leído muchas veces, las mismas que me ha resultado tan impenetrable como hipnótico. Forma, ese libro, parte de mi liturgia literaria, ocupa un lugar preferente en mi altar privado. Esencialmente, estoy comprometido con su mensaje, aunque no sepa descifrarlo. No hace falta, por debajo de esas palabras y su cadencia motora serpentea una vibración divina, y eso sí lo capto. Lo capté al instante. A veces sospecho que mi verdadera exitencia comienza a patir de ese instante.

La otra pasó en Islandia, en el interior de otro vehículo, un autobús inverosimil que cruzaba ríos helados y praderas musgosas. Una voz masculina, grave y profunda, relataba en islandés fragmentos de antiguas sagas cuyos escenarios se correspondían con algunos de los que el autobús atravesaba. El sonido de aquel lenguaje, hecho de agua y piedras pulidas por las fuertes corrientes, y que tenía el eco de los despeñaderos abismales, y era claro, y hermoso, y verificable, también me hipnotizó y, sin comprenderlo, lo entendía. Y en cada árbol, cada camimo o cada fuente que el lenguaje parecía señalar visulizaba yo los hechos, tal como ocurrieron, tal como el poeta que en siglos pasados los escribió, y que el poeta era yo.

2017-06-04 12.47.56

Collage  Papel japonés sobre papel natural   Contacto:eladiore@yahoo.es

Un amor de Marosa

Marosa vino a verme ayer y se trajo sus cosas. Le venía bien, me dijo, estarse aquí unos días, olvidarse de algunos asuntos personales y centrarse en el censo de hombres-lobo que urge de una vez por todas renovar. La tarea no es suya, o no exclusivamente suya, pero sabe que si ella no lo hace, nadie, nunca, lo hará. Y para Marosa, como jefa de AAMM de la policía de la región, es indispensable actualizar ese censo. Cada vez hay menos hombres-lobo en el territorio, la caza furtiva está cebándose en ellos y teme Marosa que sin la protección de la Administración, la especie acabe por desaparecer. Primero, el censo, y luego, si es necesario, áreas delimitadas donde puedan practicar sus metamorfosis sin miedo durante las noches de luna llena. Y sanciones y condenas elevadas a los furtivos, no regañinas ni amonestaciones ridículas que evidencian una total falta de seriedad. “A este paso, nos vamos a quedar sin leyendas”, me dijo Marosa con desconsuelo mientras nos comíamos el arroz. Luego me contó la historia de su romance con Berto, un hombre-lobo de Las Frías con el que estuvo a punto de matrimoniar. Serio y responsable, Berto se transformaba puntualmente a las doce cada mes, en un claro del bosque Umbrío, en el extremo norte de la comarca. Antes de su amor con Marosa, Berto asediaba las cabañas de cabras y amenazaba a los pastores, al estilo clásico. Siguiendo las antiguas técnicas de la licantropía romana, depositaba sus ropas en el suelo y orinaba sobre ellas, para convertirlas en piedras. Pero tenía muchas dificultades con los aullidos. Según Marosa, por una alteración en las cuerdas vocales que la metamorfosis no corregía. Eso le hacía sufrir mucho. El problema, con el tiempo, se agudizó y Berto sufría a solas y en silencio la impotencia de la bestia. No atacaba, no asustaba, dejó de ser un peligro real. Una luna de agosto, en una ronda rutinaria, lo encontró Marosa sentado al pie de un árbol centenario, deprimido, débil, presa de una callada desesperación. Lo llevó a su casa y a partir de entonces comenzaron su romance. Milagrosamente, las noches de luna llena, cuando más encendidos estaban los deseos de ambos, los aullidos de Berto traspasaban la frontera territorial. De modo que Berto recuperó la vitalidad y regresó al bosque, a cumplir con su obligación. Fue entonces cuando iniciaron los furtivos su actividad despiadada, que aún dura, y Marosa tramitó con buena fortuna su traslado a la Selva Negra, donde existe una regulación que lo protege y ampara. “Aún le quiero”, me confesó Marosa. “Las noches de luna llena, sobre todo las de agosto, soy capaz de oir sus aullidos desde aquí. Al menos sé que está bien”. Nostalgias así despiertan en Marosa una poderosa ternura, pero se le pasa enseguida.

Relojes para licántropos  Cartón y papel Nobel   Contacto: eladiore@yahoo.es  

Ave de paso

Se sienta frente a mí una mujer. Es un ave de paso. Viene, come de mi mano, y se va. Antes de que se vaya, mucho antes de que se vaya, yo ya la espero. La espero mientras llueve, mientras nieva, mientras tengo las manos frias. Vuelve en abril y trae tormentas que no deseo. Aún así, le limpio las alas, le lavo el pelo, duerme feliz en mi cama de barro. Pero se cansa. Se cansa pronto y de todo. De las tardes lentas, de las noches largas, de los besos densos. Añora el cielo y añora las distancias, los meses sin mí. Me ama mientras vuela.

MUJERES SENTADAS   Eladio Redondo  ed. Beltrónica   2012

 

 

Amapolas

Danilo Manso, por lo que dicen las cosas poco creibles que de tanto en tanto encuentro en la red, era poco amante de las florecillas. Sí le gustaban los paseos, las caminatas y los periplos más o menos introspectivos. Desde un punto de vista sensorial, concebía la Naturaleza como un todo, y muchos de sus poemas sufren de ese ataque romántico que ambiciona una imposible totalidad. De sus etapas sedentarias, la última es la menos productiva, y dan a entender algunas bitácoras digitales que sus prosas son caprichosas o peregrinas. Como no hablaba nunca de flores, quiso hablar de una flor. La que tenía más a mano. Por puro capricho.

“Lo que admiro en la amapola es su forma irreverente de darse a conocer. Le va bien cualquier trozo de tierra, grande o pequeño, esté donde esté: igualmente ella germina. Con su color indica el sitio donde hallar la huella de un beso es posible. También hace, por encargo, de alfombra roja de sueños a cielo abierto. A mí me gusta verla sola, crecida, asomando su carmín entre hierbas furiosas de envidia, como una puta solitaria. En medio del campo, mejor, que me obligue la pasión a pagar un precio muy alto. Dan mucho y piden poco al borde del camino, hay tardes que me atraganta tanta humildad. Quiso una vez un amigo mío poner a cuatro en un jarrón, darles un trono, un hogar. Se cansó pronto, el placer que dan no es el mismo, entristece mucho verlas morir. Yo prefiero mirarlas, tocarlas, arrimarme a ellas cada día, ver sobre sus pétalos el agua una tarde caer, saber que están vivas siempre. Y la esperanza de ser un día la tierra donde ellas podrían volver a nacer.”

Papeles naturales  Estampación en batik  Contacto: eladiore@yahoo.es

La nueva vida

Me sentía angustiado, terriblemente angustiado, uno de esos días en que el abatimiento y la soledad, por no decir el dolor, se te clavan en el alma y ves tu presente lleno de nubarrones. Me senté en una terraza, al sol, y pedí un café con leche. Hice una foto del cruasán y la subí al facebook: “Desayunando, con un café calentito!!!” No encontraba sentido a la vida, ni encontraba tampoco razones para esperanzarme. Los días pasaban, uno tras otro, y no traían más presagios que desventuras y decepciones. Entré en el centro comercial y me entretuve viendo escaparates. Al final, me compré un par de camisetas, unos zapatos y un yo-yo, por comprar algo. Hice unas fotos de las camisetas y los zapatos y las subí al facebook. “De compritas!!!” Salí de nuevo a la calle y crucé la gran avenida. El zumbido de los coches es insoportable. Los ruidos, el jaleo, los humos. Me ponen histérico. En días así, se te pasan por la cabeza los peores pensamientos, los más siniestros. Por distraerme un poco, entré en el parque y me senté en un banco, de espaldas al lago. Me hice un selfie y lo subí al facebook: “De relax con los patitos, más feliz que una perdiz!!!” Sólo de pensar que mañana, otra vez, tendría que volver al trabajo, me entraban náuseas. Ocho horas allí, encerrado, viendo todas esas caras tristes y amargadas de gente haciendo las mismas cosas aburridas que tú. Sólo de pensarlo, me deprimía. Pasé luego por delante de un puesto con libros y me detuve. Me aburre leer, pero me aburre más tener que hacer la comida, así que les eché una ojeada y acabé comprando el último libro de Paulo Coelho, aunque seguro que es una mierda. Mientras preparaba la comida, hice una foto de la portada y la subí al facebook: “La felicidad no te busca, te encuentra”. Después de comer, me eché la siesta, que fue larga. No me gusta porque luego te levantas mal, con pesadez de todo, apático, sin ganas de hacer nada, ni siquiera soy capaz de distraerme con las tonterias y las gilipolleces que pone la gente en facebook. Mi foto de Paulo Coelho tenía 500 me gusta, casi tantos como la del cruasán. Y eso que yo creía que la gente no leía. Pero no se me iba de la cabeza lo mal que estaba. Qué sentido tiene vivir seguir así, sin Ana, sin los niños, sin las comidas de mi suegra. Salir a la calle me ayudaba, pero no lo suficiente. Todo es tan igual, tan gris, tan insípido. Mandé un guasat a Juanan y otro a Pedro y quedamos en el café nuevo. Hacía algún tiempo que no los veía, pero ví que les seguían yendo bien las cosas. Nos pedimos unas cervezas y charlamos un poco, pero la conversación la interrumpían a menudo los mensajes en los móviles. Al final, era al revés, y sólo de tarde en tarde los mensajes en los móviles eran interrumpidos por la conversación. Así que nos despedimos y nos fuimos, pero antes nos hicimos una foto, los tres sonrientes y felices. Esperé un poco hasta llegar a casa y cenar, porque arrastraba todavía un vago sentimiento de tristeza o de pesar. Antes de irme a dormir, la subí al facebook: “Con Juanan y con Pedro, disfrutando de la nueva vida”.

Carpeta de sueños

Me encuentro con el alcalde del pueblo. Hay algunas diferencias en su rostro que no se deben al paso del tiempo, aunque mantiene el cráneo despejado y su vieja camisa de cuadros rojos y negros, de manga larga. Cuando me estrecha la mano, siento el tacto áspero y cálido del labrador que nunca ha sido, una mano pequeña y gruesa a la que le falta el dedo anular. Su sonrisa es igual, discreta y amable, y el tono de su voz conserva la cordialidad que por lo general define su trato con la gente. Luego acerca su rostro al mío y me dice en voz baja no sé qué de unos ratones que saquean las despensas del pueblo. Le digo que yo no he sido, pero él me responde que si vivo solo será por algo. Y entonces, sin perder la sonrisa ni la cordialidad, su cabeza empieza a crecer y alcanza el tamaño de una calabaza gigante.

Le digo a la camarera de la barra que los mejores meses para comer arroz son diciembre y enero. Estamos en un local muy grande, del tamaño de una nave industrial, vacío y de contornos difuminados. La camarera tiene el pelo largo, liso y negro, pero no veo su rostro porque está de espaldas a mí, llenando un vaso de zumo que extrae de la aguja de un viejo gramófono que gira sin hacer ningún ruido. Al fondo de la nave hay una gran puerta abierta a través de la cual se ve una alambrada y un trozo de terreno cubierto de una amarillenta vegetación. Por megafonía, una voz masculina recomienda no dejar abiertas las jaulas para conejos, que están llenas de refugiados radiactivos.

Sentado en una butaca, al lado de la puerta de entrada, ojeo el periódico en el cuarto de la limpieza de una biblioteca. Una mujer, vestida con una bata azul, saca de un armarito palos de escobas, trapos y cubos. Leo en una entrada de Xibeliuss que las patatas están caras y lo van a estar mucho más, y cuando se asoma mi hermana E por la ventana y le digo que me traiga, me dice que ahora no puede, que ha quedado a las siete con Lucia Berlin.

Carpetas para sueños  papel italiano y papel reciclado  Contacto: eladiore@yahoo.es

Los solteros

Los solteros son cuatro. Cuando mi mujer y yo tenemos un mal día y nos enfadamos, por lo que sea, me voy al bar de al lado del puente, o al de la calle de abajo, donde muchas veces se juntan, y me tomo una cerveza con ellos. Son todos mucho mayores que yo, pero la diferencia de edad no discrimina nuestro mutuo entendimiento. De hecho, la primera vez que me uní al grupo, una de esas tardes aciagas y torpes que tristemente enturbia la relación de cualquier pareja, no sabían que yo estaba casado. Pensaron, por el modo no desganado y altivo de acodarme en la barra que era uno de ellos, de su gremio, y tuvieron que pasar varios días hasta que yo mismo les sacara de ese equivocado convencimiento.Entonces me dí cuenta de que, de habérmelo propuesto, yo hubiera podido llevar también esa vida fascinante y famosa de la que los cuatro solteros parecen estar tan orgullosos, por no decir el pueblo entero. Bien es verdad que no todo el mundo vale para ser soltero, hay que tener voluntad, y talento, y exige invertir en un sacrifício que puede llevar toda una vida en dar sus frutos. Algunas veces, mi mujer, cuando detecta en mi persona una inutilidad inédita, reprocha mi espíritu pusilánime y añade, con una crueldad que resulta innecesaria, que menos mal que la encontré a ella, porque yo no tengo madera de soltero. Entonces, justamente entonces, es cuando más necesidad tengo de ir al bar de abajo o al del puente y unirme a ellos y compartir su mundo y reivindicar un sueño que pudo también ser mío. Es entonces, justamente entonces, cuando añoro la vida solitaria y libre que, de no haberme enamorado a una edad tan temprana, el destino, con toda seguridad, me habría concedido. Da envidia ver el desenfado con el que los cuatro solteros hablan de la vida, cada uno con su cerveza delante, unas veces tranquilos, otras más entusiasmados, pero siempre con ese desaliño y esa familiaridad tan propios de los hombres sin obsesiones conyugales. Que no digo yo que mi vida matrimonial sea una carga, o una cruz, no, quiero a mi mujer y comparto con ella y con nuestro hijo la suerte de una modesta felicidad. Ahí estamos. Sí digo que hay felicidades, aunque sean modestas, que tienen sus ratos de tedio, o de cansancio o de simple mal humor y que, de ser soltero, carecerían por completo de importancia. Pero insisto, quiero a mi mujer. Algún día, si Dios quiere, nuestro hijo se hará mayor y entrará de modo natural en la vida adulta. Claro que el acontecimiento llenará mi vida de dicha, pero también de preocupación, la preocupación que tiene cualquier padre por tener asegurado el futuro de su hijo. Me gustaría que creciera fuerte y valiente y que el miedo no le impidiese alcanzar sus sueños. Pienso en eso algunos domingos, de noche, cuando pasamos delante del bar Deportivo y miro de reojo el interior, donde alguno de los solteros, allí, solo, sumido en un silencio extraño y letárgico, ojea con aburrimiento las páginas de un periódico o con desgana mira los registros de su móvil, hurgándose la nariz, como si fuera un viudo. Entonces, justamente entonces, rodeo los hombros de mi mujer con el brazo y la estrecho contra mí, como si quisiera protegerme de ese modo de la amenaza de los domingos, esos domingos tristes y resignados que le hacen sentirse a uno huérfano de algo o de no sé qué.

2017-04-24 10.10.53

Collage: papel japonés sobre papel natural   Contacto: eladiore@yahoo.es

La música de la memoria

Lo de mi madre fue distinto. No vienen al caso las horas de aquel lento y doloroso trajín. El afán de todos nosotros era sostener su renuncia, vigilar sus insomnios, procurarle un alivio. Los días y las noches eran todos iguales, una tormenta de arena que nos dejaba ciegos y exhaustos. Las últimas palabras de mi madre no las recuerdo, no sé cuales fueron sus últimas palabras. Las últimas palabras no son siempre lo último que oimos, lo último que oimos es siempre lo primero que recordamos. No se me olvidarán nunca porque le negué el único alivio que verdaderamente necesitaba, las tengo todavía aquí, dentro, como una música, vigilando constantemente los insomnios que le debo, fortaleciendo la renuncia que no supe sostener. Morir en su casa. No tenía ya fuerzas para desear otra cosa que no fuese morir en su casa. Esas fueron para mí sus últimas palabras. Dicen que lo primero que olvidamos de un muerto es su voz, pero no es verdad. Yo todavía las oigo. Como una música.