Dos

Coincidí el domingo con X en casa de mi hermana. La presencia de X me alegra y me es indiferente a partes iguales. Me alegra porque es una mujer de entusiasmo casi permanente y cariñosa en las formas, sensible y creativa. Como me ocurre con otras, la amistad de X no es ni una elección personal ni una imposición ajena. Entre los dos no ha cristalizado un afecto que nos impulse a llamarnos o nos obligue a interesarnos el uno por el otro. Hay un afecto construído sobre la base de una buena voluntad de sentimientos, ciertas afinidades y el reconocimiento mutuo de una ausencia de maldad. Nos vemos cuando nos vemos y punto. La indiferencia que me provoca deriva de su marcado egocentrismo, superior a la suma de su entusiasmo, el cariño y la sensibilidad que la distingue. Paradójicamente, ese rasgo de su personalidad la convierte en una persona fría y desinteresada. La contradicción es tan irresoluble como real. X es generosa, desprendida e inquieta en la medida en que lo requiere su entusiasmo, pero en torno a su persona ha trazado un círculo de prioridades que empiezan y acaban en ella misma. Los asuntos de los demás, los proyectos, los planes, las intenciones o los deseos de los otros, tengan la importancia que tengan, ocupan un mínimo espacio en el périmetro de sus preocupaciones. Por todo ello, cuando la veo, me alegro, pero si no la veo, me da igual.

(B no provoca, asiente a todo, no se enfada con nada. Dice sí o dice no, lo que su interlocutor desee, le gusta complacer. En ocasiones, casi siempre, si alguien le ofende -hay mil maneras diferentes de ofender- no se indigna, no protesta, no lucha, adopta una posición pasiva y comprensiva, se esfuerza -eso dice él -en empatizar. B es cordial, afectuoso, mantiene por lo general un trato formal y accesible, habla lo justo pero a veces no escucha o parece no escuchar. Sin embargo, es atento y considerado y siente preocupación y sincero interés por los demás. Por sus amigos y por quienes no lo son. B es una persona que no desea mal a nadie y pese a aquella cuestionable indolencia ante los ataques a su persona, no es esencialmente indiferente ante las ofensas a los otros, más bien al contrario, porque reconoce en esas afrentas el abuso y la injustícia y se rebela, se pone del lado del ofendido e incluso delante, sin temor. B y yo, aunque nos vemos poco, nos tenemos cariño y respeto, pero me pasa con B lo contrario de lo que me pasa con X cuando coincidimimos en la casa de algún amigo común. B carece de entusiasmo, de alegría y no pocas veces de vitalidad. Le llamo poco, es verdad, y él a mí menos, pero ambos sabemos que de manera recíproca están nuestros pensamientos conectados. Sin embargo, cuando de tarde en tarde nos encontramos y conversamos, me invade un agonizante y culpable sopor. Sin que se sienta ofendido -hay mil maneras- podría decirle que me aburre, si no fuera porque a lo mejor -me pongo en su lugar- el aburrido soy yo.)

La Diada, la fiesta de la nación catalana. Yo no tengo patrias a las que celebrar. Me apunto a un verso de García Montero: vivir es ir doblando las banderas.

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Uno

Por la mañana, se me acumulan las visitas. A la tienda ha regresado otra vez esa temporada poco deseable que ejemplifica la crisis. Los colegios tienen sus gastos, la lluvia pide zapatos nuevos, ropa de abrigo, no hay dinero para caprichos. Así que una mañana como la de hoy está bien para recibir visitas. A M, que hoy descansa de su trabajo, le forraré una mesita con papel japonés para que ponga encima su pequeño televisor. Amina tiene hoy el semblante oscuro, la disposición cansada. Se echa sobre el mostrador como si se tumbara sobre la arena del desierto, a la sombra de una roca calcinante. Lleva un caftán de paño recio, bermellón, y un pañuelo negro que ensombrece aún más su ánimo. Hoy no bien, me dice, y arranca a relatarme su pesar con las cuatro pedregosas palabras de castellano que conoce. No trabajo, no bien en casa con marroquina, difícil, vida dura. Para disimular que está confesándose con un infiel a los ojos de algún paisano que pasa frente a la tienda, mira los anillos, se los prueba, amaga algún disimulado comentario. Siempre lo hace. Aparece, a última hora, una mujer que está ya a punto de aburrirme. Bien pintada, bien vestida, obesa y reluciente. Sin trabajo. Me dejó, pese a sus reticencias, sus books, “por si alguien estuviera interesado”. Son acuarelas pintadas con poca destreza, con voluntad de gusto, pero de resultados raquíticos. Me parecía inncesario declarar con sinceridad lo que sentía hacia esos trabajos, pero supe encontrar la manera de decir que no me interesaban. Insistí en rechazarlos y durante algún tiempo lo logré. Que no me pregunte nadie por qué los tengo ahora al fondo de mi cajón, porque no lo sé. Así que, de vez en cuando, me pregunta por ellos y, últimamente, me pide dinero prestado. Yo se lo doy. Hay en esa mujer un fondo seguro de honestidad que convive a disgusto con la falsa mundanidad de su estilo. Y tiene algo de áspero y empalagoso, de pastel seco y duro. La frecuencia de sus visitas empieza a incomodarme.

Bando

El verano se acerca y las ocupaciones que impone también, de modo que para dedicarme a ellas y mantener activo este blog, he preparado un cuaderno de verano especial que empezaré a publicar en un par de semanas, con programa automático. Así me dejo de lios. A lo largo de estos meses aparecerán a un ritmo de tres posts por semana entradas de un diario escrito entre los años 2009-2010. Es un diario personal de perfil bajo porque no compromete seriamente a terceros y donde el narrador aguanta respirando plácidamente en la superficie. Algunos de esos fragmentos, pocos, ya se han publicado anteriormente en este blog; eso da una idea de lo que en líneas generales aquellos que estéis interesados en leerlo vais a encontrar. La mayoría de las entradas se escribieron en la tienda de artesanía que durante ese período mantuvo ocupado al autor y aparecerán, cuando inicie su publicación, numeradas correlativa y cronológicamente, lo que no supone que un día determinado dé paso al siguiente en el calendario. Os deseo por adelantado un feliz verano.

El ombligo de Danilo Manso

Nadie más lejos que Danilo Manso de ser un poeta social o comprometido. Lo que se difunde de su obra está en las antípodas de ese género, lo que se deduce de su vida no revela implicaciones en la política o en las mudanzas de la sociedad, él va a lo suyo. Cuando llega a un sitio pregunta, se interesa, se informa. Cuando por un tiempo se establece en un lugar rastrea acontecimientos, desde su falta de implicación los sigue, intercambia informaciones y se construye una opinión, nunca original, siempre lastrada por periódicos que no son de su confianza, por revistas o por tonterías que oye por ahí. Para los pocos amigos que hizo en Caracas es un indiferente, para los exaltados chilenos, un soso polemista, para los de Madrid, un pasota. Tiene que irse a las montañas para escribir algo que hable de las cosas del mundo: el que se levanta en el centro de su ombligo. En las paredes de una cueva en la sierra de Tramontana escribió esto:

Varias bombas, cientos de muertos, mercados reventados,

edifícios destruídos

en el país de un solo miedo. Interminables caravanas de

fantasmas atravesando

desiertos de hambre, niños a merced de ogros y mocos, animales

muertos, cosechas

aarrasadas en un continente a la deriva. Insurrecciones sangrientas,

torturas enmascaradas,

deportaciones clandestinas, penas de muerte desoídas por gritos

de clemencia en regímenes

inhumanos. Además, son notícia, mis pequeños miedos porque

anuncian debilidades,

mis pequeñas mentiras porque proclaman grandes cobardías,

mis mezquinas esperanzas

porque desnudan miserables proyectos.

 

Escrito a mano. Fábula y verdad.

En aluvión llegaban, no sólo a nuestro patio de vecinos, a otros muchos, a barrios y suburbios que acordonaban la gran ciudad por el sur desnudo y desnutrido, familias enteras que huían de la miseria rural. El éxodo y la carencia eran dos de las realidades colectivas de aquel tiempo. Las historias de cada grupo o de cada individuo se tejían con retales más o menos arrancados al mismo vestido generacional, la escasez y la represión moral y política. Renacer y sobrevivir eran palabras de afinidades semánticas. Y trabajar, la necesidad con la que alimentar el hambre de otras necesidades primarias. De modo que cuando, por fín, los asentamientos estuvieron más o menos completos y el flujo de rumores empezaba definitivamente a remitir, de entre todo ese barullo de invenciones y realidades que quería adquirir foma y cuerpo propios emergió, con respecto a la señora Lorenzo, una última verdad: tenía una hija, sí, pero no vivía en Francia, sino en Granada y que estuviera casada o no con un alférez que hizo la guerra en Rusia y obtuviera como consecuencia de ello míseras prebendas a las que su orgullo renunció, no era seguro. Se decía, decían, oíamos decir que no, que el marido ni era alférez ni batalló en Rusia. Fue soldado de algo, en el bando republicano primero y luego en el nacional, pero raso, y una herida de bala en el pecho casi le cuesta la vida. Para unos, cuando todavía defendía la República, en los primeros días del alzamiento. Para otros, en el bando nacional, que por eso fue nombrado alférez. Un hombre ya maduro, mayor, que se casa casi casi con una niña cuya madre, la señora Lorenzo, no puede tenerla en custodia vaya usted a saber por qué razones imaginables. Estas y otras parecidas fábulas sobre la señora Lorenzo o cualquier otro vecino no tenían la impugnación de los interesados. Corrían con autonomía por escaleras y rellanos y se dejaban hacer hasta que por sí solas se desinflaban, quizás porque el mero intento de corregirlas o censurarlas consolidaría su verdad o su realidad. Existían familias para quienes el pasado era un negro pozo de pobreza y abatimiento, y convenía sustraerse a él y al relato anónimo e intencionado que de él se diera. Subsistir, salir adelante, era la única consigna. Bajo el paraguas de esa consigna universal, para otras familias la tergiversación de su pasado era una conveniencia más oportuna que el conocimiento de la verdad. Si en la fábula había elementos punibles, o indeseables, se la dejaba correr. Si no los había, también, pero de modo indirecto se hacía llegar un consentimiento con el que era posible ocultar secretos mayores. En eso, la señora Lorenzo demostró tener un talento especial, una habilidad de agente doble, lo que hizo creer a algunos que tuvo compromisos de espionaje militar durante la guerra, al servicio simultáneo de los dos bandos. Una verdadera fábula.

Escrito a mano. Introducción a la señora Lorenzo.

La señora Lorenzo era viuda y amiga y confidente de los Medrano. De su pasado de mujer casada circulaban rumores difusos y poco confiables. Oímos decir que su marido murió muy joven, al acabar la guerra, y que la señora Lorenzo trabajó como gobernanta en haciendas administradas por antepasados de su marido y por su propio marido, de profesión contable. Se decía que su única hija, que, a la sazón, vivía en Francia, fue el fruto bastardo de una relación proscrita. El cruce de habladurías se alimentaba de versiones peor intencionadas y fundamentos menos sólidos. Según estas, la señora Lorenzo gobernó o fue patrona de casas poco nobles y muy transitadas y requeridas por sus servicios venéreos. De su matrimonio con Anibal Lorenzo, que fue apuntador de teatro y no contable, nació Silvia, la primera y única hija del matrimonio, quien, a la muerte de su padre, al acabar la guerra, los poderes nacionales dieron en custodia a una familia de fabricantes de queso franceses,  conniventes con la ocupación alemana. Fue entonces cuando la señora Lorenzo, apoyada económicamente por la jerarquía falangista, regentó una hospedería para señoritas complacientes. Otras voces, menos creíbles aún, alimentaban un romance con el anónimo redactor de los discursos del caudillo, falangista entonces de primera linea, que la sacó del burdel en el que ejercía no de gobernanta, sino de pupila. Como eran rumores aderezados en los patios y en los rellanos del vecindario, pronto, al cabo de una semana de su llegada, fueron sustituidos por otros, horneados con masas semejantes, que aludían a la vida y a la obra de vecinos que, en aquel invierno de frío y cansancio, iban tomando posesión de sus viviendas. Instalada en el tercero B, del pasado pecaminoso y novelesco de la señora Lorenzo ni se habló ni oímos nunca nada más. Era viuda, sobrepasaba visiblemente la edad madura y tenía una hija en Francia, esa era toda la verdad.

Escrito a mano. Los Medrano.

La casa de Los Medrano no tenía mesa camilla. Allí usaban el salón. En aquel salón aprendimos a ensuciarnos un poco por dentro los amigos, bajando de los estantes impolutos un libro gordo y pesado con ilustraciones informativas sobre sexo y procreación. Cuando se quedaba solo, Camilito nos llamaba a los tres y los tres acudíamos, veloces y excitados. Sin embargo, aquel primer idilio con la pornografía cientifica no nos ensuciaba tanto como queríamos. Por el ambiente. Era un ambiente aséptico y ordenado que ni inspiraba ni sugería lo que deseábamos desentrañar. La señora Flora y el señor Camilo cultivaban con ambición legítima un modo fino y educado de pobreza que contradecía nuestro contexto social. La señora Flora se dirigía a nosotros con respeto y amabilidad, eso siempˋre, pero marcaba, probablemente sin pretenderlo, o sin pretenderlo del todo, una frontera en el aire, un signo invisible de algo que nos distanciaba, un rango. Traducido a términos inexactos, una élite: desclasada, rebajada o condenada a una vida menestral. De aquel fingido status quedaba en la señora Flora un triste remilgo en la manera de vestir y en el andar, algo miedoso o preventivo, poco acostumbrado a los charcos embarrados. Sin duda, la parte alta de ese matrimonio simbiótico era la señora Flora. El señor Camilo tenía cuerpo y sonrisa de pícaro bonachón, de hombre tranquilo que viene cansado de la fábrica, con la cabeza puesta en los números de los negocios que más tarde emprenderá. Era callado, o poco hablador, y solo a través de una mirada finamente velada por un recóndito secreto trascendía su inteligencia natural. A veces, con aquella pose desganada válida para un hola y un adiós, parecía un agente de la clase media infiltrado en el extrarradio, o, yendo aún más lejos, un banquero sin puro disfrazado de comunista en la clandestinidad. No lo sabíamos. No sabíamos lo que teníamos que saber. Luego vimos que, sin perder la sonrisa ni el aire bonachón, tuvo garage y coche grande y autonomía empresarial. El libro gordo debió de formar parte de ese pasado misterioso y ambiguo que la apariencia de Los Medrano configuraba. Tampoco sabíamos, ni nos lo preguntábamos, si era una manda que la parte alta de la señora Flora legó al matrimonio o un artículo confiscado por el señor Camilo en alguna turbia operación. Da igual, estaba allí, en el estante aséptico e impoluto, y en sus asépticas páginas los asépticos dibujos de los órganos genitales nos dejaban casi indiferentes, casi decepcionados, con la excitación desinflada y la conciencia sucia de tanta limpieza. De modo que aquél era también un libro falso, solapado, como la doble apariencia de sus dueños, pero nosotros nunca supimos encontrar su lado guarro. Y mira que lo intentábamos.

Polgar, a 1 euro.

La vida en minúscula es el título de una recopilación de relatos y fragmentos de Alfred Polgar (Viena, 1875-Zurich, 1955). Lo compré en la mesita de saldos de una papelería y me costó un euro. Antes miraba mucho las mesitas de saldos y los puestos de rastros con libros viejos y usados. Ahora ya no, incluso huyo de ellas porque me cansan y me aburren los libros huérfanos, porque tiene uno la sensación de que son siempre los mismos libros, y porque, de hecho, lo son. Durante un tiempo, me divertía hacer listas top ten de los títulos que más aparecían en esas mesitas, y, hasta hace muy poco, retirado definitivamente de ese mal vicio, el primer lugar lo ocupó Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, por méritos propios. Los gozos y las sombras fue, probablemente, uno de los libros que más proliferaron en los estantes de la gente que no suele leer, porque hubo una edición gratuita de una entidad bancaria que coincidió con la emisión de la serie y las librerías de todos los comedores familiares se llenaron de esa edición en tres volúmenes. Y fueron también, probablemente, los años de más gozos y más sombras de nuestra historia reciente.  Sobraban libros, la nación vivió una hermosa época excedentaria. La novela será buena, como lo debió ser también la serie, pero de tanto verla tirada por el suelo, sobre mantitas y trapos gastados, rodeada de tantas porquerías inservibles a precios mendigantes, cuesta asimilar que nos encontremos ante una obra de calidad notable. No me importa decir que, aunque no la he leído, ni la leeré nunca, Los gozos y las sombras y la coleccción rtv de Salvat constituyen el fundamento de mi rastreadora educación sentimental. Sin haberla leído, digo, sé que uno de sus protagonistas, Carlos Deza, decide regresar a su tierruca natal y abandonar Viena, donde ha experimentado la decepción de un asunto amoroso y el fracaso como psiquiatra. Tanto Deza como Polgar, el primero en el plano de la ficción y el segundo en el de la realidad, fueron testigos de la descomposición anímica y social de la capital centroeuropea. Sin ese esplendor del pasado en el que tantas melancolías burguesas se reconocen, no había sitio para la esperanza. Con más o menos determinación, huir era una necesidad. Carlos Deza lo tenía más fácil, porque le esperaba una inconmensurable novela de tres tochos en cuya trama podría desarrollar su vida y realizarse como personaje principal. Pero Alfred Polgar, no, porque era judio además de escritor y escapar del acoso nazi era tan imprescindible o más que escribir sus obras completas en seis volúmenes. El tedio y el cansancio de una Viena sin luces, muerta, que arrastraba como una cadena su gloria fenecida tras el desastre de la Gran Guerra, le llevó primero a Berlín en 1925, luego a Zurich y a París y finalmente a EEUU, país que sistemáticamente negó a Hitler el visado de invasión. Los treinta breves, algunos brevísimos, relatos de La vida en minúscula están diseminados entre esas miles de páginas que forman sus obras completas. El criterio de la selección será arbitrario o no, poco importa, como lector me vale el argumento de su talento y el ejercício magistral de una literatura que registra las decadencias morales de su presente sin el recurso al género novelístico, que el escritor austríaco consideraba inservible. Para Polgar la forma breve era la única forma en que la vida, también breve, podía encajar. Un relato como El abrigo, por ejemplo, es ya demasiado largo. Tiene dieciséis páginas y es el más extenso de todo el repertorio, una obra maestra larga que contradice el gusto ponderado del autor por la simplificación de las tramas, pero perdonable por su excepcionalidad. Si no lo hubiera escrito Polgar, un ruso llamado Chéjov hubiera asumido muy gustoso su autoría. Para ser de Polgar, cuya esperanza en el progreso moral del ser humano es poco menos que irrisoria, en El abrigo la hay, y se sustenta en un personaje ridículo, de involuntaria ternura, que consigue hacerse perdonar por el lector. Y si el lector perdona, hay salvación. La ironía, la inteligencia, el elegante y transparente estilo, todas esas cosas que se encuentran con merecida fortuna en el resto de los relatos, se encuentran también en éste, una suerte de economía del espíritu que cultivó escribiendo en postales su colega contemporáneo, Peter Altenberg. Si se conocieron, no lo sé, pero es muy probable que coincidieran e intercambiaran estampas en alguno de los muchos cafés que Viena puso a disposición de sus artistas e intelectuales. En uno de ellos, uno importante, hacía su vida el bohemio Altenberg, que tuvo talento para escribir y vivir por la patilla hasta el día de su muerte. Ambas cosas, con mucho mérito. Las prosas y fragmentos breves de Altenberg alcanzaron popularidad y obtuvieron el aplauso de escritores y críticos coleccionistas, en unos años, el fin de siglo, en el que las postales hacían furor entre las familias burguesas. Fue una hermosa época excedentaria en postales. Los relatos y fragmentos de La vida en minúscula son también una especie de postales, escenas, escenarios y personajes encuadrados en el reverso a veces burlesco, a veces cínico, siempre agudo e inteligente, de un marco social burgués compˋlacido con su grandeza. La lectura de cualquiera de ellos es gozosa, y quien desee extraer enseñanzas y pareceres que cuestionen sus sólidas convicciones, puede empezar abriendo el libro por cualquiera de sus páginas. Si el azar nos concede la sesenta y tres, en un plis plas El globo desmonta la estructura evanescente y distraída de la clase social sobre la que el imperio austro-húngaro se sostenía. Una delícia de narración y una metáfora cariñosa en unos tiempos en que la producción de imperios también era -inútilmente- excedentaria. Como ahora. Como siempre.

El piso 100

Más o menos, tanto E como HR estaban satisfechos con el proceso de la tregua. La decisión de detenerse y esperar el paso del invierno parecía la correcta. Es verdad que su dureza obligaba no pocos días a mantenerse ovillado en un rincón caliente de la planta, con muchas horas de silencio, mientras la nieve caía y se adensaba en todo el páramo, pero hubiera sido peor seguir subiendo. Era sorprendente cómo, a pesar del hielo y el viento casi austral que soplaba un día sí y otro también, gran parte de los edificios más altos surgidos a su alrededor mantenían su ascenso. Durante la noche, HR y E observaban con nostalgia y melancolía sus luces esparcidas como estrellas en el universo. Había momentos en que una fuerza interior no desconocida para E le conminaba a romper el pacto. Veía que, pese a todo, se podía crecer. Que pese al viento, el frío y la nieve, podrían subir y ascender, como los demás. HR le hacía ver que esos altos edificios, los que más destacaban entre todos, llevaban años sin parar de subir, y eran sin duda la perseverancia y la voluntad de crecer lo que lo hacían posible. Pero advertía que su progreso se debía así mismo a la prudencia y la conciencia de sus limitaciones. Convenía no mirar tanto hacia arriba, decía HR, porque las alturas deslumbran, y que era abajo, en la base, donde se encontraba la razón de su éxito. A regañadientes, E aceptaba que una parada a tiempo contribuiría a ensanchar la base de su crecimiento y callaba. La nieve seguía cayendo y hacía mucho frío, pero no le importaba, cogía otra vez la manta y se ovillaba en su rincón.