Conocidos y saludados. 5

Es mi amiga, pero me hubiera conformado con que fuera sólo una conocida, o más y mejor aún una saludada. Como es amiga, algunos días quedamos para tomar un café y más de tarde en tarde para comer o cenar, unas veces en su casa y otras en la mía. Como no tenemos amigos comunes, nuestros encuentros se producen siempre a solas, lo que es un horror. Sí que tenemos conocidos y saludados que son comunes, algunos de ellos amigos míos y otros amigos suyos, pero no amigos de los dos, lo que es una pena. Hubieran ayudado a que nuestros encuentros fueran más emocionantes e intensos. Ella es una mujer que habla poco, aunque posee el gran don de escuchar con atención. Pero habla poco, y eso determina que yo, hombre también de pocas palabras, aproveche su gran talento para escuchar hablando más de lo que normalmente hablaría. Lo que pasa es que muchas veces esos silencios tan prolongados exigen un esfuerzo que mi capacidad de comunicación o bien no soporta o bien se niega a soportar. Ella, sin embargo, no se cansa de escuchar. Es más, no pocas veces tengo la sensación de que su relajada y serena atención encierra una ávida voluntad de escuchar, más cercana al vicio y a la adicción que a un comportamiento acorde con su naturaleza tranquila. En definitiva, a ella su estado de escucha permanente le proporciona un permanente placer. Sin embargo, a mí, hablar más de lo que desearía me cansa, me angustía y me produce una inevitable sensación de frustración. Si ocurre que, por cansancio mío, la conversación se detiene y el silencio tenso se instala entre los dos, mi amiga, lentamente, despliega un amago de relato cotidiano en pocos minutos dificilmente soportable. Por soso, por aburrido o por banal. Cuando eso ocurre, saco fuerzas de donde no tengo y recupero, por mi propio bien, la iniciativa a la que había renunciado. Entonces, sus ojos se iluminan y vuelve a ella la contenida y silenciosa alegría que tanta paz al parecer le da. A menudo me pregunto qué ganancias obtengo yo manteniendo viva esta relación, pero enseguida me arrepiento y con dureza me reprocho esa debilidad mezquina. Por eso digo, para mí sería mejor que fuéramos conocidos, porque el azar nos encontraría en la acera de cualquier calle, nos saludaríamos con cordialidad, nos interesaríamos brevemente por nuestro estado de salud y nos despediríamos. Y no te digo ya si sólo nos saludáramos, de cerca, al cruzarnos en la calle, o de lejos, muchísimo mejor de lejos, levantando apenas una mano. O sin levantar apenas una mano.