Resonancias. 2

Mientras leo, ya de noche, me llegan de la calle gritos de un hombre en una lengua ininteligible. Son los gritos broncos y asustados de alguien que se defiende o que lucha. No hago mucho caso. Un día sí y otro también un grupo de borrachines instala su campamento en un banco o en otro, beben, se cuentan cosas y se zarandean. A veces sus gritos son de júbilo frío, otros de broncas con las que marcan el territorio, otras veces gritos y empujones de machos cansados, exhaustos y ciegos. Pero este grito es diferente y suena otra vez con angustia y con socorro, y tiene un deje dramático de resistencia. Me asomo al balcón y veo a un hombre de raza negra que es arrastrado por tres policías locales que le arrumban contra uno de los bancos de la plaza y tratan de inmovilizarlo a fuerza de golpes. Mientras uno le sujeta la cabeza, por detrás del banco, otro le da puñetazos en el estómgo encogido y el tercero le golpea en los riñones. Dos coches de la policía están bajo mi balcón, y de un tercero que llega baja un grupo de cuatro agentes uniformados, entre ellos una mujer, que se lanza hacia el banco y ayuda a dominar al hombre que no para de gritar y resistirse. Con esfuerzo, entre todos, lo arrastran hasta uno de los coches y lo introducen, también con golpes y violentas presiones, en la parte trasera del vehículo. Luego, se van. Los seis hijos de puta y el negro, que a lo mejor también lo es, pero es el que ha recibido las hostias, no sé, yo sólo cuento lo que veo. Por lo demás, la plaza está hoy vacía. Hay un viento fuerte que levanta torbellinos de arena de grandes montones que invaden un tercio de la plaza, arranca chirridos irritantes de las vallas metálicas que parcelan algunos tramos de la calle en obras y agita con violencia los penachos de las palmeras.

De Operación Tortosa, un diario.  2010.

Tres miniaturas de Danilo Manso

Karen, una surfista californiana con casa en Australia y colecionista de mensajes en botellas, asegura que los siguientes textos fueron escritos por Danilo Manso en un lugar costero de las antípodas oceánicas. A falta de testimonios que corroboren la veracidad de sus afirmaciones, añade que el poeta los lanzó al mar encapsulados en un botella de gaseosa local, cuya marca irreconocible figura borrosa en el recipiente. La surfista, que conoció al poeta en un certamen internacional de la especialidad que practica, le compró un traje de neopreno cuando éste, temporalmente, trabajaba como empleado en un importante  establecimiento del ramo. Como le pareció un hombre triste y solitario, cortejó su intimidad pero no logró acceder a su cámara secreta. Varios años después, recogió en las playas del continente austral, en la forma que ya sabemos, el destilado lírico y ausente de su enigmática melancolia.

1) Durante el día exprimo las virtudes balsámicas del tedio. Lo que hay que hacer aquí propícia su entrega. Abro el negocio, enciendo todas sus luces y lo acondiciono de aire frío. Cuando toca, vendo vestidos de goma a mujeres de belleza huidiza y fugaz. Aunque muchas son jóvenes y hermosas, huelen a crema y dejan un rastro de arena fina en las alfombras de los vestidores, soy hoy por hoy incapaz de encontrar algo extraordinario en un cuerpo que no amo. Así, un minuto sucede a otro con la misma y precisa lentitud. Las horas de la siesta las ventilo sudando sobre cojines estampados de flores casi vivas, y si me tomo un café me lo tomo, y si me fumo un cigarrillo me lo fumo. Es lo que tengo, es lo que hay. Las sombras también queman en las calles calcinantes y vacías hasta de rumores. Se oye, si acaso, algún ventilador en la periferia del balcón abierto, el latigazo amortiguado, amortiguadísimo, del mar lamiendo la ancha extensión de la arena. Y nada más, porque el lento curso de mi vacío es silencioso e invisible, invisible y silencioso. 

2) Las calles están llenas de terrazas, gente y ruidosa alegría estival. La playa está cerca, a unos metros, y, a esta hora, silenciosos pescadores plantan sus cañas en la arena, impregnados de oscura humedad. Yo no dormiré hasta muy tarde, como cada noche, porque el calor es como una leve manta de plumas que se pega a la piel, y porque grupos de jóvenes ebrios de intrascendencia elevan cantos viriles y patrióticos al aire nocturno, y entra esa música como una bandada de truenos por mi ventana, distrayendo mi sueño. Cuando al fin puedo dormir, oigo en la lejanía un ligero tintineo de cucharillas que alguien agita desde el cielo, sueño con caballos galopando por suelos embarrados cubiertos de trozos de pan, cabañas de piedra por cuyas chimeneas un humo azul asciende hacia el cielo siguiendo las temblorosas huellas de unas manos. Y encuentro, en la hora previa al amanecer, un espacio donde la paz es la pura sustancia de lo que deseo ser.

3) Vengo de pasear, dormido, por la playa donde en la arena algún misterioso ser entierra llaves y lámparas de vidrio. Todas las puertas de mi casa están aún sin abrir, las habitaciones todas a oscuras. Los pescadores ya no pescan, se entretienen iluminando con sus luces de memoria la vida que hubo en los peces que mueren en sus manos. Por la pasarela de madera, algunos jóvenes entrelazan torpes gestos de amor y desaparecen en la noche húmeda. Veo, a lo lejos, un barrio de casas blancas y cúpulas de aljibes en azoteas dominadas por la nobleza de las banderas. Hay un jaleo inmóvil en las heladerías, luces fuertes y estridencia en las terrazas de suelo frío, voces lentas o sosiego en las penumbras de los pequeños cafés abiertos. Cerca de mi casa un payaso, experto domador de tristezas, saca de su bolsillo hondo una llave de cristal transparente y una lámpara de vidrio de murano. Nadie se ríe, sólo yo le encuentro la gracia. 

 

 

Papeles perdidos. 2

El primer capitulo de La fiesta del oso, la novela de Jordi Soler, es portentoso. Narra la huída, a través de los Pirineos, de algunos soldados del ejército republicano definitivamente derrotado. Uno de ellos, Oriol, es abuelo del narrador, quien busca y rastrea en documentos y testimonios lo que fue su vida a partir del dramático y triste final de la guerra civil. El resto de la novela completa la verdad de la búsqueda, revela el sentido que la determina. Al drama de una historia de vencidos que derraman virtudes de heroicidad antes de ser derrotados por la pena y la miseria de los campos de refugiados franceses, van añadiéndose pormenores donde la dignidad del personaje principal empieza a perder brillo, los nuevos descubrimientos maculan su coraje, su falta de integridad eclosiona en bajezas imperdonables, traiciones y abyección. El final de la novela le concede un premio que a mi modo de ver el personaje, como personaje, se merece, pero la novela tal vez no. La anécdota y la bufa acaban por imponerse a la gravedad y el dramatismo de un ser que comenzó inspirando estampas de grandeza y termina convertido en un individuo grotesco, un animal de circo. Es un final que está bien para un chiste, pero no para una novela cuyo magistral primer capítulo despierta expectativas más logradas. No necesariamente graves ni dramáticas, pero sí exentas de anticipación y debilidades imaginativas. La prosa, la excelente prosa de Soler, delira tanto con sucesos impresionantes como con aventuras con cuya fantasía espera encontrar uno más goce y menos deriva. Una parte de esa intensidad narrativa con la que arranca la historia se pierde en algún tramo del camino, el interés no se diluye pero se dispersa y el último tramo final avisa ya de lo que se avecina. Pero la lectura es gozosa y, pese a todo, total, vuelve a ganar la buena literatura. Y mientras yo leía entusiasmado ese primer capítulo que descompuso para bien la tranquilidad de mi sobremesa, pensaba en mi padre, en esos días finales de la guerra donde él también fue un protagonista vencido, y uno más de los miles de humillados en campos de refugiados franceses. Lo que me contó mi padre sobre eso es poco. Quizás fue más lo que contó de lo que yo creo que contó, pero yo recuerdo poco. Cuando era pequeño, aquella bomba que cayó a pocos metros de él, las zanjas que durante la noche cavaba para habilitar trincheras, los ecos de la batalla del Ebro y su destino fatal de refugiado y preso despertaban en mí una curiosidad amordazada por grandes dosis de silencio. Una curiosidad que luego yo no alimenté lo suficiente. Ahora tengo hacia esa forma imperdonable de olvido un cierto resentimiento. Sé que algo me duele cuando dentro de mí descubro la ausencia de memoria. Porque la historia de cada uno es también la de aquellos que han vivido no solamente antes que nosotros, sino también por nosotros, y que unos y otros somos los mismos. Cuando el hilo de la memoria se rompe es cuando entonces dejamos de ser esa unidad que da sentido a un proyecto de vida en un marco común. Tuve con mi padre largos periodos hechos de silencios e indiferencias que emanaban de personalidades y caractéres esencialmente no muy distintos. Ahora conozco mejor aquello que estando dentro de mí es en parte herencia suya, pero esos desencuentros generaron entonces una forma no hostil de alejamiento. No de su cariño, que estoy seguro de que siempre lo tuve, pero sí de esa memoria con la que perdí la oportunidad de continuar dando sentido a lo que somos. A veces ocurre que en la búsqueda desesperada de la propia identidad matamos para crecer a la figura del padre. Un error, porque alejándonos de él, nos exiliamos de la Historia. Y hay exilios de los que ya no se vuelve.

Nota para un dossier sobre mi padre. 2010.

 

Papeles perdidos. 1

A la memoria de Antonio Pavón Leal

Cuenta J.L. Borges en una entrevista que una televisión mexicana invitó a dos escritores y los sentó a una mesa, frente a frente, para que hablaran de literatura. Uno era él: el otro, Juan Rulfo. “En realidad -decía Borges- el único que hablaba allí era yo. Rulfo intervenía de vez en cuando con algún que otro silencio”. Las palabras de Borges, que se declaraba un admirador de la obra del escritor mexicano, señalaban con cariñosa ironía la fama de hombre callado que desde siempre había perseguido a Rulfo. Así contado, parecería que detrás de esa forma inocente de organizar un programa sobre libros, se tejía una misteriosa trama de complicidades. Literarias, naturalmente. Reunir en una misma mesa a dos de los mejores escritores del continente, que no sólo habían elaborado una obra distante y distinta en temática y estilo, sino que representaban dos modos opuestos de exteriorizar una personalidad, complacería, sin duda, los deseos de juego y paradoja de los seguidores del programa.

Rulfo prodigaba sus silencios en acontecimientos públicos, pero también en sus encuentros cotidianos con amigos y conocidos, y a ese silencio se oponía la rica locuacidad de Borges, un apasionado de la palabra y, por descontado, un excelente conversador. Hasta el punto de que hoy no puede faltar en la biblioteca de un lector borgiano alguno de los libros de conversaciones y entrevistas que el autor mantuvo con sus críticos y estudiosos. La obra del escritor argentino fue creciendo y extendiendo su influencia a lo largo de su vida, pero el personaje público crecía también imparablemente, sus apariciones generaban expectación y de sus palabras se esperaba recibir también el placer y el conocimiento que podían obtenerse en sus libros.

A los dos escritores les unía su genialidad. Cada uno de ellos, desde territorios temáticos muy alejados, construyó una obra que renovó radicalmente la literatura latinoamericana. Borges, que comenzó su carrera como poeta, publica Historia universal de la infamia, su primera colección de cuentos, en 1935. El llano en llamas, el primer y único libro de cuentos de Juan Rulfo, ve la luz en 1953, pero mientras el escritor argentino incrementó su obra con la aparición posterior de otros volúmenes, y siguió cultivando la poesía y el ensayo hasta su muerte, Rulfo, en 1955, publica su segundo libro, la novela Pedro Páramo, y en coherencia íntima con la reserva y la discreción de su verbo, guarda un absoluto silencio literario que dura hasta su muerte, en el año 1986. El mismo año en el que, para redondear este juego de espejos y paradojas, muere, en la ciudad de Ginebra, J.L. Borges.

Tanto El llano en llamas como Pedro Páramo son obras cumbres de la literatura mexicana y universal, y las dos contienen en su brevedad toda la soledad, el fatalismo y la mitología de una cultura que extrae de la muerte su contínua regeneración vital. Sus estructuras se construyen con vertiginosos silencios, y el estilo, como expresa con acierto Jorge Volpi, trata de acercarse una y otra vez a esa forma sublime y completa de expresión. Se diría que entre la obra y el autor hay una absoluta identificación de voluntades. De manera recurrente, a Rulfo se le preguntaba cuándo volvería a escribir un nuevo libro, algo que parecía lógico tras el éxito de sus dos primeras obras. Rulfo, naturalmente, callaba. Con los años, quizás por sortear los aburridos inconvenientes de una pregunta que llegó a ser insidiosa, o porque aprendió, como Borges, que la ironía sirve para crear una distancia con la realidad que no deseamos, contestaba, como recoge E. Vila-Matas: “Nunca, porque se murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”.

Artículo publicado en el número cero y último de la revista d.o.beltrónica. 2007

el vacío de Lisboa

En todas las ciudades del mundo hay un hombre sentado en la terraza de un bar comiéndose un bocadillo. Todos esos hombres llevan bigote, tienen los ojos tristes o acaban de perder a sus esposas. Cualquier visitante de cualquier ciudad del mundo puede ver a estos hombres sentados a la hora de siempre, en su sitio de siempre, masticando lo que mastican siempre. Cuando han acabado de masticar, apuran de un trago su copita de vino blanco y se entregan a reflexiones más o menos obsesivas. Y cuando la reflexión les agota porque no hallan en ella alivio a su desasosiego, combaten el desánimo con recuerdos rescatados de una vida pacientemente gris, resignada o tediosa. He estado buscando a este hombre cada día por las calles de Lisboa. Confiado al principio en la ciencia del azar, que tarde o temprano acaba por satisfacer nuestros íntimos antojos. Luego, impacientado por la larga demora del acaso, deliberadas pesquisas me han llevado de una calle a otra, de un barrio a otro, de un café  otro café. Dí en Benfica con un bar donde me habló un camarero de un cliente que se ajustaba a la descripción que le hice del hombre que buscaba. Era un habitual del café. Me señaló la silla donde por costumbre se sentaba, me habló de lo que comía, del vino que tomaba, de la pesadumbre en la que se hallaba sumido tras el fallecimiento de su mujer. Sin duda, el hombre que yo buscaba era él. Le pregunté por la hora en que solía venir. Me dijo que por la mañana, entre las diez y las once, pero hacía un par de días que no venía. Regresé algunos día mas tarde y al ver de nuevo aquella silla vacía pregunté otra vez por él. Con tristeza mal disimulada me dijo el camarero que había muerto la tarde anterior, no sabía muy bien a consecuencia de qué. Probablemente, dedujo el camarero, de saudade. La notícia de su muerte, sin conocerle, también a mí me apesadumbró. En todas las ciudades del mundo hay un hombre sentado en la terraza de un bar comiéndose un bocadillo. Hombres tristes, hombres resignados, hombres de monótono pasado que modestamente desempeñan su función en el mundo. Miré antes de irme por última vez aquella silla vacía y me marché esperanzado de que otro hombre, muy pronto, viniera a llenar el importante vacío que había sufrido la ciudad de Lisboa.

Ulises en Lisboa   2013

Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 3

Tres libros de la biblioteca que tenía que devolver, tuvieron síntomas. Dos de ellos muy leves, casi inapreciables, que puse en cuarentena en un estante superior, aislados del resto. El tercero con un grado de fiebre tan alta que muchas de sus palabras acabaron borrándose. Estuvo realmente mal. Contribuyó a su agravamiento la numerosa cantidad de páginas y la letra pequeña y apretada, una novela pesada que hubiera enfrentado mejor la enfermedad en forma de relato corto. Con una economía del lenguaje más sostenible la historia hubiera respirado sin necesidad de asistencia artificial. Demasiadas descripciones superfluas o injustificadas que impidieron una reacción rápida de anticuerpos. Los anticuerpos en los libros se desarrollan mal entre la paja y la maleza. Sobrevivió gracias a mis cuidados. Durante más de un mes, me mantuve alejado completamente de su trama infectada, abriéndolo sólo de vez en cuando para comprobar que sus personajes seguían vivos. Ilusionado también de pensar que sanos y salvos podrían iniciar una mejor historia en la novela de un autor más maduro. Ahora los tres libros están bien y pude devolverlos ayer a su sede original, la biblioteca comarcal, donde, de cualquier modo, permanecerán catorce días en cuarentena antes de ser prestados nuevamente, según me han dicho. Mejor cien días, estamos hablando de seres vivos, como acabo de demostrar. Cosas más ridículas se están viendo en esta desescalada.

Entre los libros que devolví y no enfermaron estaba Un día cualquiera, el último libro de relatos de Hebe Uhart. Libros como ése salen de la imprenta vacunados, aunque hay peligro de que su literatura contagie un modo de mirar y de decir. El lector que quiera permanecer inmutable, lo que iría contra natura, no debería acercarse nunca a los libros de Hebe Uhart, una escritora argentina que filosofa y cuenta como si nada, sin sobresaltos, el insondable cotidiano que sobresalta al lector. Mi curiosidad encuentra a esta escritora en su casa, en un apartamento de una novena planta del barrio de Almagro, en Buenos Aires, preparándose un café en su cocinilla de tres fuegos y regando las plantas en el modesto balcón. Todo en esta casa es modesto, como sus cuentos, y al mirarla con su modo de mirar es fácil deducir que ni la figura ni el entorno doméstico contradicen su perspicacia literaria. Por la cajetilla de tabaco medio abierta sobre una mesita estrecha arriesgo decir que fuma, y que algún licor bebe en ese vasito de cristal al lado del cenicero, del mechero y un paquete de klinex, todo bien apretado entre un manojo de cuadernos y un par de libros, todo lo que de necesario pide un día cualquiera.  Que muriera en el 2018 no quiere decir que Hebe Uhart no esté viva, y que su obra sea ya un poco conocida no quiere decir que haya estado hasta ahora muerta. En esas fotografías, con el pelo corto arreglado y teñido, una modesta señora de su casa ordena sus grandes pequeñeces antes de prepararse para salir. Si la mirase como ella mira, vería a una mujer mayor confinada, un confinamiento que empieza a hacérsele largo aunque haya aprendido a esperar. Hoy podría salir un poco, hay una franja horaria con la libertad restringida que no deja de ser una oportunidad para alcanzar la vida corriente que se va. Pero la señora Hebe Uhart ya no está, aunque siga viva, y ahora que “todo es como si fuese importante e irrelevante a la vez”, comprendo que la vida es apenas nada sin un día cualquiera, ese que tanto echamos de menos.

Jesús M. Tibau, un escritor ebrenc, venía de vez en cuando a mi tienda. En realidad, le arrastraba de la mano un niño pequeño de dos años que quería ver las lunas, unas lámparas con mucho colorido que llamaban la atención del pequeño. De hecho, acabó teniendo una, pero siempre que pasaban por delante de la puerta el niño, que era su hijo, quería entrar. De esa insistencia devino entre nosotros un trato cordial, de conversaciones breves sobre asuntos neutrales que no propició una amistad pero incentivó un afecto. Tengo ahora en mis manos su primer libro de cuentos, Postres de músic, del 2005, el ejemplar que un día me regalo para certificar ese afecto desinteresado. Para la botiga de les llunes, rezaba su dedicatoria. Lo tengo entre mis manos porque en el primer cuento de la serie, Virginitat, un libro relata en primera persona la angustia de vivir en un estante, completamente nuevo, sin abrir, y la esperanza nunca perdida de que algún día alguien le rescate de sus tinieblas. Al menos para la literatura, los libros son seres vivos que sufren en muchos casos el mal de la eterna soledad, una pandemia silenciosa.

Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 2

Un amigo mío al que visito poco me transmite su estado de ánimo. Desde que le conozco, tiende a la depresión, una clase de tristeza gris y lúcida enfrentada a la realidad vista siempre como un enemigo. El confinamiento no le duele, la zona oscura que le da cobijo no es acogedora en sí, pero goza a ratos de una indolencia balsámica que teme perder cuando la desescalada marque el final de algo, aunque él no lo cree. A su modo de ver, abandonaremos nuestras casas, saldremos a la calle y veremos a la gente que queremos atados a una cuerda mental que nos costará romper, que no romperemos. Seremos el perro de nosotros mismos, un animal sometido a las estrictas normas de su amo. Veremos pasar sin poder asirlas las cosas cuyo tacto materializa la sedimentación de la memoria, perderemos ese tacto válido, el que reconoce la dimensión en la que caben los otros, olvidaremos las texturas de un vaso que no sea el nuestro, de un cojín o de un cortauñas. Ya somos censores de los actos de los demás y reprimimos con severidad los nuestros. Poco a poco, el estado de alarma irá creando una necesidad de prevención permanente ante un peligro permanente, real o ficticio. Tal estado desaparecerá cuando el ciudadano lo haya hecho suyo por completo, cuando lo haya incorporado a su propio sistema mental y al Estado le salga gratis su mantenimiento. Es el sueño de cualquier Estado. A su modo de ver y de sentir, en voz queda me lo cuenta.

Unas calles más abajo vive otro amigo al que solía visitar con más frecuencia. Es un hombre bondadoso y frágil con escaso apego a los bienes materiales. Vive con poco y aspira a vivir con menos. Me dice que el confinamiento está poniendo a prueba los límites entre los cuales acostumbra a perimetrar sus necesidades. Tiene claro que ese perímetro personal puede reducirlo al mínimo, pero duda del todo que ese estrecho espacio sea respirable si por tiempo indefinido confiscasen su libertad y el contacto con los otros. Ve en la desescalada una puerta abierta cuyo peligro se duplica al traspasarla con temor. Él no quiere sentirlo pero acaba por aceptar que los largos días de confinamiento en gran parte han secuestrado sus sensibilidades primarias. Resumiendo mucho, desea lo que teme, y entre el salir o no salir alimenta una aprensión llevadera en la vida normal convertida ahora en hipocondria. Con pena constato que este amigo mío que ha resistido solo el confinamiento impuesto por el exterior, se somete no sin dolor al suyo propio, y que se perderá, si no vence el miedo, en los desolados laberintos de su mente.

Me la encuentro después de varias semanas en su pequeña parcela arbolada, donde hay una balsa con terraza en la que está tomando el sol. Una conversación con ella siempre trae alguna incomodidad postrera, pero me entretiene y es saludable su sonrisa y su simpatía singular. Tiene sobre el virus ideas sacadas de manuales esotéricos adaptables a su naturaleza parcialmente ingenua, ideas que aplica exenta de malícia al cosmos en su totalidad. Deriva de su argumentación una suerte de escarmiento al ser humano por su temeridad endiosada. El cambio climático, por supuesto, fruto de sus agresiones al medio, pero también el exceso de consumo y el afán de poseer y acumular. El alejamiento de la espiritualidad. Nos conviene regresar a ella, dice, y el confinamiento es una oportunidad para reflexionar sobre lo que somos y cambiar sustancialmente nuestro modelo de vida. Más importante que las vacunas y los tratamiento médicos es la conciencia de sentir el universo en cada uno de nosotros y utilizar su energía regeneradora como única fuente de salud. Confinarse propicia el viaje a ese misterio original cuya recompensa es la paz interior y su gozo. La desescalada es inútil si nos devuelve antes de tiempo al mismo patrón de realidad, termina diciendo. Cuando me encuentro con ella y hablamos, todo empieza bien y parece que nos entendemos, pero al final abandono mi asiento y con la excusa de las muchas cosas que tengo que hacer, me voy. Más que nada, por la sensación de que vivimos en mundos diferentes.

Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 1.

Me gusta entrar en el taller sobre todo ahora que está límpio y ordenado. Comienza la desescalada. Los días de sol saco el material afuera y sobre una mesa de tochos y planchas de aluminio, trabajo. He empezado a cortar cartón y a trazar el diseño de las cubiertas de las libretas. Poco a poco. Mientras trabajas, vas pensando cosas. Sobre la mesa tengo siempre una pila de periódicos que utilizo como base para encolar el papel cortado. Coges una hoja, encolas y lo tiras. Cada vez que se encola hay que tirar la hoja del periódico. Normal, es la manera más segura de no pringar el material encuadernable. Muchos de los periódicos que utilizo son viejos, quiero decir que son ediciones antíguas, de hace cinco, seis o siete años. Si un periódico del día de ayer ya es antiguo, uno de siete u ocho años es un resto arqueológico. Trabajo con restos arqueológicos de usar y tirar. De vez en cuando, antes de encolar, leo esas relíquias de pie, parado frente a la mesa de trabajo, por la curiosidad de saber cómo era la normalidad en tiempos remotos. Y la verdad, no siento nostalgia, se parece mucho a la que tenemos ahora. A la confinada, de la que muchos no querrían salir nunca y otros no encuentran sítio en el que meterse, y a la exterior, donde los normales día a día se suceden amparados en desigualdad e intolerancias. Convertidas en papel de periódico, dentro de unos años una y otra devendrán en restos arqueológicos, pero todo seguirá con normalidad.

He ído a un pueblo vecino a comprar cola y barniz al agua. Es un establecimiento de ferretería, maderas y herramientas en general. En un patio lateral de la nave, una empleada atendía al público para evitar el acceso al interior. El servício era lento porque aplicaba con rigor las normas de seguridad. Hacía cola a unos metros de mí Amancio, a quien he reconocido por el espesor de sus cejas cayendo sobre la mascarilla. Me grita que ha venido a comprar cinta para las moscas. Esas cintas engomadas que se cuelgan de cualquier sítio donde se quedan adheridas las moscas al posarse, hasta que mueren. Cualquiera que haya visto una cinta de ésas llena de cadáveres sabe que es asquerosa. Yo las recuerdo de cuando era pequeño, pero no las había vuelto a ver nunca más, creía que eran una relìquia del pasado, un resto arqueológico. Se ve que no. La realidad que vivimos tiene un cierto parecido a esa cinta, una lámina pegajosa y única donde un día tras otro acuden a posarse nuestros obsesionados pensamientos. Tenemos pocos, casi todos iguales, y aunque poseemos la capacidad de imaginar otras realidades, acudimos en masa a colocarlos en esa, donde la libertad parece estar esperándonos. Luego resulta asqueroso ver todos esos pensamientos convertidos en cadáveres.

Leo antes de encolar una notícia en La Vanguardia del 15 del 06 del 2015 que relata la conexión con la Tierra de la sonda Rosetta, tras más de seis meses de hibernación de su módulo Philae, el primer artefacto que aterriza en un cometa. La misión tiene como objetivo viajar con el cuerpo celeste en su aproximación al sol y obtener datos con los que investigar el origen de la vida. Por haber caído en una zona oscura del pedrusco volador, Philae perdió su carga de energía y entró en coma, hasta pocos días antes de la fecha, recuperado gracias a la cercanía del sol y al efecto gravitorio constante del propio cometa. He leído más tarde que, a pesar de incidencias posteriores que temían el fracaso del proyecto, la misión finalizó con éxito en septiembre del 2016 con el suicidio programado de Rosetta, que ahora está, apagada para siempre, en una grieta del P67, el nombre científico del anfitrión estelar. Esa cinta sideral tiene ya sus dos primeros  cadáveres, y en el vientre de Rosetta, la obsesionada esperanza de que el universo azaroso proporcione alguno más: por si tal cosa sucede y tiene pintas raras quien llegue hasta allí, en el interior de la nave hay una placa de níquel con mensajes en 1000 idiomas. Satisface pensar que tal vez la esperanza dormita en su cuna de origen, donde se han encontrado moléculas de oxigeno y compuestos orgánicos precursores de proteínas. Y si en todo ello ni siquiera hubiera esperanza, al menos hay poesía. La poesía es lo último que se pierde.

Notas para combatir el aislamiento. Séptimo jueves.

Estas notas empiezan hoy su desescalada. Los gráficos personales me indican que ya puedo dejar de escribir cada día. Al princípio del estado de alarma dibujé en un papel dos columnas en paralelo. La de la izquierda contenía las manías que tengo, y, en la de la derecha, he ído apuntando las adquiridas a lo largo de estos casi cincuenta días de confinamiento. En la medida en que el confinamiento nos condiciona y nos cambia, la aparición en mi vida diaria de manías nuevas convertía en obsoletas o anacrónicas las anteriores, que he ído eliminando de acuerdo a su falta de utilidad. A día de hoy, las manías de la columna derecha superan en número a las de la izquierda, bien que por muy poco, pero la tendencia parece indicar que, en no más de dos semanas, las manías antiguas quedarán reducidas a una o dos, lo que prácticamente impedirá su reproducción. En el muy hipotético caso de un rebrote, las combatiría de nuevo día a día hasta su total eliminación. O cambiamos de verdad, o no cambiamos. Salud y gracias.