Once

El hombre que ayer por la tarde entró en la tienda llevaba dos bolígrafos en la mano, uno azul y otro rojo. Al princípio, me asustó. Abrió la puerta despacio, la cerró suavemente y luego se abalanzó hacia el mostrador, donde yo estaba. Una vez frente a mí, esbozó una sonrisa franca y confiada y agitó los dos bolígrafos en el aire. Le dejé hablar. Se presentó como un honrado trabajador golpeado por la crisis. Desde que cerró su empresa, algo más de un año, trabaja donde puede y como puede. Ahora atraviesa un crítico momento sin dónde ni cómo. Va de aquí para allá, se hospeda en albergues municipales y come en comedores solidarios. Con los bolígrafos se gana algo. Tiene familia pero no quiere saber nada de ellos. No le comprenden. Su actual compañera, una mujer de cuarenta y dos años sin trabajo como él y con la que le gustaría compartir su vida, es una buena persona, aunque sus hermanos digan que no. Si tuviera trabajo, podría alquilar un piso y llevarla a vivir con él. Sus hermanos dicen que ella es la mujer que ha echado a perder su vida, que es mejor que se olvide, que la deje y que se olvide. Sus hermanos dicen que las mujeres ahora sólo buscan su propio interés. Que no sea tonto. Dicen que la mujer de la que él está enamorado es una caprichosa, y eso no es verdad. Bebe los vientos por él. Por eso no quiere saber nada de ellos. Para él, la familia es una mierda. Bah, la familia. No tiene una sola cosa buena que decir de la familia. Le dije que yo estaba empezando a escribir de la mía por orden alfabético. Ah, entonces no le vendrán mal un par de bolígrafos! Es la voluntad.

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Diez

Durante la cena, anoche, A me habla de la última historia de amor que aún arrastra. Como me pide mi opinión, en tono dramático y jocoso le conmino a que abandone para siempre a ese hombre. No sé, no le conozco. A me ha hablado de él poco, pocas veces, sin muchas ganas, no tiene por qué. Anoche se extendió algo más. Atraviesa uno de esos momentos de duda que sólo los resuelve el temperamento frío o el muy indiferente. A es risueña y alegre e inteligente, y si algunas veces cae en la ingenuidad es porque no tiene nada de fría y menos aún de indiferente. No voy a entrar en detalles. Las historias de amor son de cada uno, los consejos valen poco o nada y si te los dan estando aturdido es probable que los apliques al revés, a riesgo de acertar, y nadie le asegura a nadie que lo mejor para uno es acertar. Con el amor, nunca se sabe.

 

 

 

 

Nueve

Veo Los abrazos rotos en el Auditori Felip Pedrell. Me siento identificado con aquéllos que exigen la perfección en cada película de Almodóvar. Como es mucho pedir, no encontrarla constituye una decepción. La estética es siempre brillante, escenografías, cuadros, canciones y escenarios que son la firma incuestionable de un modo muy personal de hacer cine. Y sus historias también. Pero en Los abrazos…hay para mí un exceso de secuencias “secas”, inútiles, y falta puntería en la emoción. Abandoné enseguida la sala cuando la película terminó, salí rápido, no me demoré, como lo hago siempre que una película me gusta, leyendo minuciosamente los créditos (soy de ésos), aprendiéndome el reparto, los títulos de las canciones, las localizaciones…además, estaba harto de abanicos que se abrían y se cerraban y de suspiros y sofocos exagerados por un calor que yo no percibía. La importancia de Almodóvar ha colonizado los espíritus de esos matrimonios maduros adictos a los melodramas barrocos, el de esas señoras de floreados vestidos económicos que viajan solas a los escenarios de la cultura popular, con legados pobres en literatura, sin herencias cinéfilas, aficionadas a un cine de lágrimas y sentimientos donde brotan lazos de sangre desde el centro de una materia oscura o corrupta. Poco atentos, quizás, a una estética de línes perfectas, extrañados de una música no pocas veces superior a las secuencias que la inspiran, indiferentes a la luz, a las sombras, con convincente criterio (éso es lo que vale) centran todo su interés en la historia, en el choque, la colisión, la lucha cuerpo a cuerpo entre personajes tantas veces al límite de sus emociones. Adaptados ya a las nuevas formas que contiene la modernidad de su cine, asimilado su otrora escándalo, despliegan sus abanicos en las salas abarrotadas de congéneres, confiadamente, como en casa frente al televisor cuando miran cine de barrio. El de Almodóvar es cada vez más un cine para adultos, como el que abarrotaba la sala del  Auditori Felip Pedrell el pasado lunes. Un cine para pensionistas.

Ocho

De Duvravka Ugresić desconozco absolutamente todo. Lo que ahora sé es lo que me cuenta la contracubierta de un libro de crónicas suyo que esta mañana, antes de abrir la tienda, he comprado, editado por Anagrama. Hace ya tiempo que no compro novelas a ciegas porque el riesgo de decepción es cada vez mayor, y mi bolsillo cada vez más pequeño. No me pasa con los libros de crónicas, que tan poco abundan, por cierto. Estoy encantado. Me ha gustado este fragmento porque es divertido y ameno, y contiene una forma de mirar que adelanta perspicacias e ironías brillantes. Espero encontrar muchos de estos. Pero internet me da otras pistas: Duvravka Ugresić nació en Croacia en 1949 y la abandonó en 1993, perseguida por su antibelicismo y su antinacionalismo durante la guerra de Yugoslavia, algo entonces imperdonable. En una entrevista para El País del año 2003 enumeraba las tres humillaciones a las que se vió sometida, ella y los que padecieron la brutalidad y la estupidez de aquella guerra: la imposición de una identidad, la paranoia como forma de vida y  el olvido forzoso del pasado: “La destrucción no fue sólo material, fue mental y de manera constante”.  Seguiré rastreando.

“Hay personas que escribirían sus memorias ellos mismos, pero no saben cómo hacerlo. Para éstos, los mercados ofrecen servícios de entrenadores y terapeutas con licencia, así como instructores de escritura creativa especializados en libros de memorias. Los instructores ayudarán al principiante a “desenterrar sus recuerdos enterrados”, a vivir la “experiencia creativa” que supone el acto de escribir las memorias. Además, los instructores le enseñarán al estudiante cómo encontrar citas que son hermosas y están bellamente escritas. (“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”, Marcel Proust; o: “Hay dos maneras de difundir la luz: ser la vela o el espejo que la refleja”, Edith Warthon). Y, lo que es más importante, los entrenadores convencerán al alumno de que su vida debe ser escrita. Porque cada vida es “especial y única”. Una alumna de noventa años, que se sometió a la terapia de la escritura creativa y escribió sus memorias, declaró: “He tenido una vida maravillosa. Sólo lamento no haberlo sabido antes.”  D.U.

 

Vuelvo al chalé de Tortosa, pero la habitación que yo ocupaba antes, la mejor, está ahora ocupada por C, que a su vez estaba en la que yo ocuparé ahora, más pequeña, sin cuarto de baño propio y más rancia de estilo, más “sólo habitación”. Una cama grande presidida por un crucifijo discreto, dos mesitas de noche, un tocador de estilo clásico sobre el que descansa un pequeño televisor de pantalla plana, una mesita para poner algún libro y el ordenador y un armario de tres cuerpos, fenomenal e igualmente clásico. Lo mejor es el sillón de orejas al pie del gran ventanal, y la calidez del suelo de madera y las pequeñas alfombras repartidas aquí y allá. No es de mi gusto, ni lo que deseaba, pero ya estoy aquí. La sintonía con el resto de los inquilinos, que ya son amigos, la doy por asegurada. Si no, no me quedaría. Hoy he comido con A.

Desplazándose en el espacio, el nómada se mantiene al margen del tiempo.

Siete

Me ha pedido tantas veces dinero que ya me he cansado de decirle que sí. Es un caso extraño, el de esta mujer, porque su apariencia contradice su relato. Primero fueron diez euros, luego otros diez y otros diez y ahora veinte. Me los ha devuelto siempre, es verdad, pero por experiencia sé que hay una última vez en que el dinero ya no vuelve, y antes de que eso suceda, me he negado. Además, le he dicho que no soy un banco, ni un prestamista ni no sé cuántas cosas más. Su decepción ha sido enorme, pero aún así ha insistido, como si de la amistad que no hay entre nosotros dependiera su dignidad. Y no, no puede ser que yo, un desconocido al fin y al cabo, sea la única persona en el mundo que pueda dejarle dinero. Lo más sorprendente es que me habla con absoluta naturalidad de un marido que hace trabajillos esporádicamente, en lo que sale, y de una madre ingrata, “podrida de dinero”, que nunca ha llevado bien tener una hija que va a su aire. A mí todas esas cosas no me cuadran, pero a ella parecer ser que sí, y se ve que, en su conjunto, el mundo ha de agradecer que existan personas sensibles y comprensivas como ella, quien, a pesar de todo, no guarda a nadie ningún rencor. No, se acabó, ni un euro más, así que me ha pedido su book de acuarelas y, muy ofendida, ha salido de la tienda sin decir adiós.

En cambio, a mí, su actitud me ha dejado un denso poso de irritación. Por dentro, que no sé si es peor. Me ha pasado otras veces, lo de prestar dinero, así, a cualquiera, deben de ver en mi cara de tontaina o bobalicón. Como el joven aquél, pocos meses después de abrir la tienda. Entró una mañana a comprar unas barritas de incienso para su novia, “que le gustan mucho todas estas cosas”. Su desaliño no hacía desconfiar, su barba descuidada tampoco, su pelo revuelto o sin peinar menos porque le colgaba del brazo un viejo casco para la moto que seguramente acababa de aparcar. Lo dijo luego, además. Trabajaba de no sé qué, por temporadas breves, en el ayuntamiento, y venía desde no sé donde en la motillo de no sé quién. Bueno, era simpático y entretenía, y a lo mejor vendría un día con esa novia a la que tanto le gustaban aquellas cosas. Vino él, otro día, con no sé qué reclamo a cuenta de no sé qué asunto. Charlamos, me entretuvo, seguía sin afeitar. Que si le dejaba cinco euros, me dijo al final. Para la gasolina, que esa mañana se le había olvidado coger algo suelto. Me los devolvería, dijo. Y me los devolvió, pero no sé cuándo, ni cuánto, no conté aquel puñado de diminutas monedas que dejó sobre el mostrador. Con la misma camisa y el mismo pantalón, pero mojados, porque aquella mañana llovía bien, entró otro día en la tienda y con apremio y como con humilde necesidad, casi dando lástima, me pidió diez euros. Que ya no tenía la moto y tenía que ir en autobús, pero sólo unos días, hasta que le dejaran otra. Cómo no se los íba a dejar, así como estaba, empapado y triste, sin moto y a lo mejor ya también sin novia, si alguna vez la tuvo. No lo llegué a saber porque ni vino ni le he vuelto a ver más, desapareció para siempre y los diez euros desaparecieron con él, pero eso ya no importa, creo que en el fondo me gustaría verle aparecer, por verle aparecer, incluso estaría dispuesto a darle diez euros sólo por verle aparecer.

Seis

Amina quiere convertirme al Islam. Si lo hago, Alá borrará de mi pasado todas las malas acciones cometidas con o sin voluntad, perdonará todas las mentiras, absolverá toda mi crueldad. Me parece muy poco, yo quiero más. A ella, que equivocadamente ve en mí a un hombre bueno, le extraña y le sorprende que me niegue a arrojarme en los brazos de su dios, con lo bien que podría estar. Para las personas fieles a un credo, aquéllas que más firmemente están convencidas de la fuerza de su verdad, el proselitismo es una práctica más de la confirmación de esa verdad. Convencer al otro es un empeño decretado por la fuerza de esa fe. El error puede no estar en la doctrina, pero los fanatismos la debilitan. Pero no se lo discutas: la mayoría están convencidas de tener “la razón”.

Cinco

Hoy, como hace un día espléndido, no tengo ganas de hacer nada. De lo único que tengo ganas es de bajar al río y apoyarme sobre la fría baranda de hierro y mirar cómo pescan los pakistaníes y los negros, cada uno con su muy diferenciada manera de lanzar el sedal al agua. A los negros les gusta sostener el hilo desde lo alto, pegados al muro de contención, con la medida justa, como hecha a propósito, para que sus largos cuerpos se estiren hacia abajo, casi tocando el agua, y con sus ojos de luna de agosto penetren la superficie verdosa del agua. En realidad, pescan con los ojos, que es el arte que más dominan. Sin embargo, los pakistaníes bajan al río, se preparan, llevan largos hilos de nilon enrollados en palos que hacen las veces de cañas de pescar y los lanzan tan lejos como pueden con la mayor fuerza que tienen. Luego se quedan un rato mirando el horizonte burbujeante donde ha anclado la carnada, con la mano haciendo de visera, y esperan. Esperan todos, los tres o los cuatro que siempre son, los tres o los cuatro atisbando el manso horizonte fluvial, arrendijando los ojos y todo eso. Estos son los pakistaníes que comen pescado. Luego están los otros, los que llevan en el maletero de Mercedes relucientes las cajas de frutas, las de huevos, los sacos de azúcar y el pan y los distribuyen, vestidos con aseadas prendas de sport pasadas de moda, en sus tiendas de alimentación. Y luego los otros, en chanclas y pantalón de chándal todo el día, en calles estrechas entibiadas por el sol, mirándote cuando pasas con ojos de complicidad, por si tienen que subir y bajarte algo. Ni pescado ni pan. Otro negocio.

Cuatro

Maria Villa me llama para decirme que se va a Tierra Santa. Dice Tierra Santa aunque vaya a Israel porque Maria Villa es una mujer de devociones heredadas, respetuosa con las tradiciones, fiel a los santos principios. Ejerce, además, de viuda experimentada. Le gusta ver mundo, convocar a sus amigas en torno a un café y participar en torneos de brigde, ese juego de salón tan inglés en el que es una jugadora consumada. Maria Villa es una mujer de carácter resolutivo y firme que es al mismo tiempo el envoltorio transparente de sus intenciones rectas. Es aficionada a las novelas de grandes pasiones y discreta entusiasta de la música clásica. Por las mañanas escucha la radio en la cama. Lo sé porque su habitación, en la planta principal del chalé donde vive, coincide con la que durante los primeros meses del año ocupé yo en la planta superior. Me gustaba ese ronroneo ininteligible que llegaba desde abajo, al despertar. No era música, debían de ser las notícias, y yo me quedaba en la cama imaginando el despertar de la señora, que sería lento y quejumbroso primero, como el de alguna de esas viejas matronas que han dormido mal por el exceso de algún licor. Luego, espabilada por la presencia de la mucama, que entra cada mañana tocando suavemente la puerta, abriría sus ojos de búho y daría las primeras y enérgicas órdenes del día. Mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. La mucama existía pero no del modo en que yo quería imaginarla. Esa casa enorme, con tantas habitaciones, una viuda novelesca y una criada llegada de ultramar proponía una trama criminal, al estilo no de Agatha Christie, a quien apenas he leído, sino de Simenon, más negro, más compasivo y menos frío con sus personajes. Me ilusionaba imaginar a Maigret investigando el turbio caso de la muerte accidental de una viuda, una criada de la que se sospecha en primera instancia y una recua de inquilinos que ni vieron ni oyeron nada, todos asustados, hablando el mal francés de los bajos fondos de una París brumosa y húmeda. Lo cierto es que Mati, la asistenta, era ecuatoriana y se ocupaba de la limpieza de la casa, de las habitaciones de arriba, cinco, que María Villa alquilaba a precios más o menos discutibles, y de abajo, dominio exclusivo y personal de la patrona. La patrona. Probablemente, para Mati, el escenario y los personajes convocaban otros formatos de ficción más afines a sus intereses. Lo deducía yo por el rastro de su historial televisivo, el que registraba mi aparato durante sus turnos de limpieza, series y telenovelas que relataban amoríos y dramas al alcance de su fascinación. Además, como usaba esas formas de expresión respetuosa que heredan los pueblos colonizados, cuando me llamaba don Eladio me sentía superior e importante, uno de esos terratenientes de vastas y rancias herencias que sin duda aparecerían en sus melodramas televisivos. Me daban ganas de decir: mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. A lo que iba, que estoy aburrido de estar en X y quiero volver, por eso Maria Villa me llama, porque quiere confirmarlo antes de viajar a Tierra Santa.

Tres

Dejé de ir a ese bar de la plaza, aquí, en X, porque estaba harto de que me ignorasen. Ahora voy a otro donde casi agradezco que no me hagan ni caso.

Cada mes o mes y medio, una mujer visita mi tienda con su hijo para comprar un juego de madera y añadirlo a su colección. La mujer tiene el pelo corto, con reflejos de cobre, usa gafas redondas y es callada y tímida como la madera de la que están hechos los juegos. Cada vez que entra me recuerda a aquella chica neoyorquina con la que compartí una tarde de glacial en Islandia. Ambas tienen en común los rojizos reflejos del cabello, el pelo corto y las gafas, pero la manera de ser las distancia. La neoyorquina ni era tímida ni callada. La conversación entre los dos, con su inglés americano y mi chapurreo de escuela de barrio se hacía complicada en medio de tanto frío, quizá por eso me resultaba divertida su manera de hablar y explicar las cosas, a lo Woody Allen. Tampoco olvido que aquella tarde la niebla cubría la cuenca glacial como si fuera un cálido edredón, que llegamos cansados a un área de confortables cabañas de madera equipadas con generosisad nórdica, que tiré mi mochila a los pies de una litera y que en cinco minutos, cuando volvimos a salir al exterior, la niebla se había comido prácticamente la isla entera. Era imposible ver algo que estuviera más allá de un palmo de tus narices. Imposible. Así que me tiré en la litera, boca abajo, y entré en un sueño denso y profundo del que salí dieciséis horas más tarde, a las ocho de la mañana del día siguiente. Aún recuerdo maravillado y feliz cómo de tanto en tanto, sin abrir los ojos, sin salir del sueño -no podía- en el que estaba atrapado, sentía un placer inédito, el del silencio planetario circulando por el interior de mi cuerpo como si fuera un cosmos. Cuando desperté, la neoyorquina había cargado la mochila sobre sus espaldas y estaba preparada para partir. Le dije que yo aún me quedaría un día más. Entonces esbozó una sonrisa y, sin quitarse la mochila de la espalda, me contó todo lo que aquella larga tarde de niebla había estado haciendo por los alrededores del glacial: fotografîas, apuntes técnicos, dibujos, visita a un museo sismográfico y un sinfín de cosas más. Para estar en sintonía con el paisaje, me quedé abrumado, porque la niebla espesa, densa, devoradora, aún seguía ahí. Nos despedimos, en fín. Luego me he acordado mucho de esa mujer despierta, vivaz e intransigente con los tiempos muertos y durante algunos años, comparándome con ella, descubría con vergüenza las faltas y carencias que estaban haciendo de mí el ser poco provechoso que soy. Todo lo he llegado a admitir, y aún más, pero también sé, hoy, que aquella tarde de sueño y niebla glacial fue el instante, sólo hay uno, en que tus dedos tocan el misterioso corazón de la tierra.