el pakistaní encendió las lámparas (RL3)

Hasta que un día la pareja dejó de venir. O al menos, mi amigo no la veía. Podían estar en otra mesa, más lejos, fuera del alcance de su vista, pero no era probable, se había acostumbrado a tenerlos cerca y de un modo inconsciente, casi mecánico, encontraba cada día un hueco donde sentarse, muy próximo a ellos. A las personas que están muy solas a veces les ocurre, la ironía es un disparo que no siempre cruza el aire en línea recta, su velocidad es lenta, caracolea o sortea atajos o tropieza consigo misma y vuelve atrás, a su lugar de origen, a la mano que apretó el gatillo. Cuando dejó de verlos, mi amigo sintió que su soledad era mayor de lo que era antes, de modo que se alegró mucho al ver que un día, a pocos metros de donde él estaba comía, solo, el hombre días atrás felizmente enamorado. Comer es una manera como otra cualquiera de decir que se come, pero el hombre no comía. O comía poco, muy poco. En su bandeja, el pequeño plato de arroz hervido estaba intacto y la carne de pollo desmigajada, extendida aquí y allá en pequeños trozos apenas mordisqueados. La botella de vino, sin embargo, estaba casi vacía, y el semblante del hombre, triste y apesadumbrado. Los días siguientes fueron una repetición casi calcada de esa imágen, con la variante única de que las botellas de vino iban progresivamente aumentando. Un día quiso la casualidad que ambos se sentaran frente a frente. El hombre seguía sin comer, cada vez más pálido, cada vez más triste y ojeroso, cada vez más borracho. Es lo que tiene el amor, que te embriaga de alegría o te emborracha de pena. Porque el hombre estaba borracho de amor, le dijo a mi amigo. La confianza entre los dos se dio de manera natural, sin apenas prólogo, una intimidad surgida de repente al calor de dos necesidades complementarias: la de hablar y la de escuchar. Por lo general, la naturaleza de mi amigo tiende a inclinarse hacia la segunda, en eso consiste para él el placer de estar en buena compañía. En cambio, la naturaleza del enamorado triste o dichoso pide el monólogo, la perorata exultante o la retahíla desconsolada. Como la del borracho. Por uno de esos azares extraños que muy pocas veces en la vida se dan, mi amigo y el hombre iniciaron una amistad que duraría muchos años, toda la vida, pero eso nos aleja ahora de lo esencial, no nos vayamos por las ramas…”En ese punto, el pakistaní me interrumpió. No quería ni mucho menos ser ingrato, la historia le estaba interesando mucho y le entretenía mucho mi manera de contarla, es más, esperaba obtener de ella, dijo por cuarta vez, mucho. Yo creo que sus palabras exageraban en todo, pero como estaban dirigidas a abrir una pausa de avituallamiento, agradecí su amabilidad. Sin levantarse del sofá, dió un par de sonoras palmadas en el aire y al poco rato se abrió la puerta. Descalzos, vestidos con chalecos de seda sin abotonar y pantalones bombachos, entraron un par de jóvenes con turbante y depositaron sobre la mesita una bandeja colmada de manjares, varias botellas de vino caliente y humeantes tortas de pan recién hecho. Después, se desplazaron por diferentes rincones del cuarto y encendieron un sinfín de lamparitas estratégicamente colocadas en zonas de penumbra, un enjambre de luces de colores que embriagaba dulcemente los sentidos. El pakistaní me dijo que comiera a mi antojo, sin ningún pudor, estaba convencido de que el proyecto, del cual ya me podía considerar parte integrante, no tendría efectos indeseables sobre mi persona como, al parecer, daba a entender la historia que estaba contando sobre mi amigo. “Pero bueno, no es conveniente dictaminar un juicio sobre un desenlace que aún desconocemos. Siga, siga con su historia, por favor, le escucharé con mucha atención”.

Continuará (Cuando terminemos de comer)

Lámparitas de mesa. Medidas variadas. Malla metálica , cartón y papel japonés. Contacto eladiore@yahoo.es

lisboa. Album personal.

 ALBUMES DE FOTOS

Medidas 35cm×25cm     Materiales: cartón gris y papel nobel  Tripas :papel natural hecho a mano.

las libretas son para escribir (RL2)

La cosa iba en serio, no quería perder esa oportunidad. La habitación era la habitación de mis sueños, lo tenía todo, la luz, las vistas, la cítara, un instrumento que desde niño deseé aprender a tocar. Todo. Tenía que contestar que sí, con rapidez y firmeza, evitar cualquier señal de duda contenida en una respuesta ambigua. Me parecía un signo más de incertidumbre preguntar por la clase de proyecto que me proponía. No era conveniente. Era necesario evitar a toda costa cualquier amago de vacilación. Además, podría proponérselo a otros, descartar mi opción, destruir en un instante la ilusión recién nacida. La posibilidad de esa pérdida me produjo un temor absurdo e infantil. Ahora o nunca. Reprimí a tiempo el leve carraspeo de los titubeantes y le dije que sí, claro que sí, le dije, naturalmente que sí, me disgustaría mucho que una negativa mía hiciera posible el fracaso de su proyecto, puede usted contar conmigo, no quiero que me suceda a mí lo que le sucedió a un amigo mío. Me salió sin querer, la última frase me salió sin querer, consecuencia inevitable de quien está poco acostumbrado a la confianza de los demás. Pero ya estaba dicha. Creí, por un instante, que mi dulce y brevísima estancia en la habitación de mis sueños había llegado a su fin. El pakistaní me miró como se mira a quien por torpeza ha dejado escapar lo mejor que la vida le podía dar. Con conmiseración, con tristeza, con amarga decepción. Hice un último esfuerzo por corregirme, balbuceé unas palabras ininteligibles, casi me pongo a llorar. Y qué le pasó a su amigo?, oí que me decía, en un tono de imprevisible curiosidad. Me sentí renacer. Qué poco sabía yo y que mal interpretaba los mecanismos de la psicología indoeuropea. Adelante, me dije, adelante, no vuelvas a cometer el mismo error. De modo que empecé a contarle la historia:”Un amigo mío, uno de los mejores que tengo, viajó con poco dinero a una ciudad del Sur, una ciudad sin calles asfaltadas, sensible a los terremotos, permanentemente ahogada en su propia luz y no muy grande, abierta a un pequeño mar sin ambiciones. El carácter de sus gentes le era grato, sus modestas viviendas acogedoras, su puerto pesquero un rincón de calma y tranquilidad. Se quedó. Escaso de recursos como estaba, se acostumbró a comer en grandes establecimientos de comida a granel, un tipo de locales endémicos de esa zona en los que por precios más que módicos cubría su necesidad básica de alimentación. Las salas eran grandes, atestadas de mesas alineadas de un extremo a otro, siempre llenas y ruidosas por necesidad. Inconvenientes superables, nada que no se pudiera asumir con el bolsillo vacío.Mi amigo, persona buena pero poco inclinada al trato social, por lo general comía solo, depositaba su bandeja en un hueco libre de la mesa y callaba y comía sin más. Casi cada día, y a pocos metros de él, se sentaban, frente a frente,un hombre y una mujer de edades inalcanzables con feos síntomas de enamoramiento. Comían mal, bien pero a disgusto, con los dedos de las manos entrelazados sobre la mesa llena de migas, mirándole ella con ojos de muñeca hinchable y él con ojos de muñeco hinchado, o viceversa. Disfrutando, en suma,de una tardía y transitoria felicidad terrenal. Con algo de envidia, mi amigo miraba esa botella de vino compartida entre humanos y se sentía tiernamente ridículo. Amaba a la gente, claro que sí, y la respetaba, naturalmente que también, pero abusaba y de negativa manera del sarcasmo. No es perdonable, pero no lo podía evitar. Hasta que un día…

Continuará (cuando llegue el día)

Libreta de autor. Medidas 9.5cm×7.5cm. Edición original. Precio de salida 1€

los lapiceros de Danilo Manso

Danilo Manso dejó, al abandonar Lisboa en 1982, una disparatada cantidad de làpices desparramados por la habitación del ático que ocupó durante dos meses, en la rua dos Fanqueiros. Lápices la mayoría de ellos aún sin estrenar, de calibres diversos, de carbones y grafitos diferentes, algunos plastificados, otros cortos, apurados al máximo, con huellas de haber sido mordidos en su extremo, o masticados, como si hubiera estado sólo comiendo lápices. En la habitación no había más muebles que una cama y un estrecho armario desmontable, de cartón aragonés. Podemos suponer que Danilo viajaba entonces ligero de equipaje, y que los lapiceros allí abandonados imponían una carga. Es sólo una hipótesis, nada sabemos con certeza. El hecho de que las cuatro estrechas paredes de la habitación estuvieran saturadas de frases y fragmentos indican el precario desapego de Danilo ante lo material. O una falta de papel o un exceso de delirio. O ambas cosas a la vez. Sabiendo lo poco que aún sabemos de él, no es difícil imaginarlo escribiendo enfebrecidamente en noches dominadas por el insomnio. Astrid Rubio, una amiga del poeta acostumbrada a llegar tarde al lugar del crimen, visitó pocos días después esa habitación, alertada ante la falta de noticias. Antes de que las paredes terminaran de ser blanqueadas, tuvo tiempo de anotar parte de lo allí escrito y memorizar el resto. En su opinión, ese material fundamenta una antología. La editorial Beltrónica, con su asesoramiento, publicará en breve una corta selección de aquellos fragmentos y aforismos. Adelantamos en primicia uno de ellos, y nos adelantamos, también, a los juicios equivocados que puedan derivarse de su lectura. Es previsible que la mala digestión del carbón y la madera inspiraran en grado pésimo al poeta, más, creemos nosotros, que el comprobado empacho de sus lecturas nihilistas. Con todo, el aforismo mantiene, para quien lo sepa ver, el tono de humor resignado y levemente irónico empleado por el poeta en algunos de sus textos más conocidos. En el peor de los casos, una píldora que nos protege del irracional aprecio que hoy el éxito tiene: “Si lo que deseáis es prolongar la agonía del fracaso, no perdáis nunca la esperanza”.

BOTES PARA LÁPICES. Cartón y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es

 

 

las libretas son para escribir (RL1)

Me hospedé al llegar a Lisboa en una habitación reservada con antelación. En internet, las fotos de casi todas las habitaciones se ven bonitas. Los detalles no se aprecian. Se aprecia el tono general, la disposición más o menos correcta del mobiliario, la falta de luz o su exceso. Contaba con televisión, conexión a internet y derecho a cocina. Estaba la ficha escrita en inglés, pero fácil, asequible incluso para mí. El centro quedaba a diez minutos a pie, había una estación de metro a tiro de piedra, una iglesia con su plaza y una casa de caridad. Esto último no lo ponía, lo vi luego. Tampoco ponía que era un barrio fértil en soledades, pero aún no he encontrado uno que no lo sea. En fin, la habitación era una buhardilla y no tendría ni cinco metros. El armario y el escritorio, siameses enganchados por la pierna, encajaban difícilmente bajo el techo inclinado. La cama, enfrente, también encajaba. Sin necesidad de andar nada, abrías una puerta que daba a un pequeño balcón desde el que veías los tejados de Lisboa. Eso me gustaba. La cama era confortable, para qué mentir, y si no hacías otra cosa que echarte en ella todo el día y cerrar los ojos la sensación que conseguías era de suite. En la mesita de noche había una lámpara, pero no había enchufe. El único enchufe que había estaba entre el armario y el escritorio, detrás de la pata que los unía, y encima del primero, el televisor, pero no lo podías encender porque el cable no llegaba, y si intentabas, como intenté, bajar el televisor hasta el escritorio, entonces lo que no llegaba era el cable de la antena. La cocina estaba al final de un pasillo que estaba al final de un pasillo. Era la cocina de la familia. Yo nunca cociné, aunque hubiera podido hacerlo. Sólo ponía los yogures y el queso en la nevera. Vivían en la casa un matrimonio con un hijo pequeño y un señor con bigote y barriga con aspecto de suegro. Pakistaníes. La mujer era hermosa. Miraba de lado, con ojos de prohibición. Por la mañana, al coger mis yogures, yo la veía haciendo pan y decía para mí: qué hermosa es esta mujer que hace el pan. La cocina no era muy acogedora, más bien era oscura y cenicienta, pero los trajes de la mujer le daban un regocijante esplendor. Su marido era una persona amable y atenta. Me propuso que me quedara a vivir con ellos para siempre, si quería. Le dije que me lo pensaría,tampoco tenía otra cosa que hacer. Hablaba en inglés, muy parecido al de la ficha, pero me costaba un esfuerzo mayor poderlo entender. En todo caso, asentía cortésmente a lo que decía, o negaba, según fuera el caso. Me dijo que estaba trabajando en un  proyecto muy interesante. Me dijo que el proyecto en el que estaba trabajando estaría culminado en breve. Si quería, me dijo, podía unirme a él. Ya veré, ya veré, le dije yo. Entonces me cogió de la mano, abrió una puerta de una habitación que se encontraba a su espalda y me hizo entrar. La habitación era grande, confortable y luminosa. El suelo estaba alfombrado, la cama cubierta con dosel, un juego de sofás forrados con terciopelo miraban a la calle a través de grandes ventanales con arcos de herradura. En un rincón había una cítara apoyada en un cojín y una mesita con dulces, dátiles y almendras tostadas. Llegaban de la calle gritos y voces que se asemejaban al murmullo de  un río fértil y manso. Me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás y se sentó a mi lado. “En ningún sitio estarás mejor que aquí”, me dijo, dando a entender que aquella habitación podía ser mi nuevo hogar. “Te quedas o no?”

Continuará (si me quedo)

LIBRETAS.  Grandes: medidas 15cm×21cm   Pequeñas 11cm×15cm

MATERIALES: cartón gris y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es