Seducción

Cuando me dijo que le gustaba mucho el chocolate, enseguida le dije, sin saber por qué, que el chocolate era una metáfora del deseo. Sus ojos negros de oscuro e intenso misterio me miraron fijamente. Como llevaba alguna copa de más, aquella mirada de cálculos ambiguos no clarificaba su determinación. La mía intentó abrirse paso torpemente, avanzando a ciegas en lo desconocido. Le hablé de la taleguilla con semillas de cacao que Napoleón llevaba siempre consigo, de los calientes chocolates de los prostíbulos parisinos y de los rituales incas con pasta de xocoatl. Aquellos artificios de seducción parecieron despertar su interés. Pidió otra copa y se acercó un poco más a mí. Algo más seguro y confiado, alabé la exótica hermosura de sus ojos, donde ahora parecía haber dulzura e insinuación. Dí un paso más y le relaté las deliciosas perversiones del marqués de Sade, cuya imaginación febril responsabilizaba a las grandes cantidades de chocolate, vainilla y canela que tenía por costumbre tomar. Estreché su cintura con un abrazo sin rigideces y al oído le susurré las viejas recetas de las chocolaterías suizas, origen, para Calvino, de las tentaciones de la carne y los pecados de la lujuria. Nuestros labios, por fin, se rozaron, y de los de ella salieron las palabras rendidas que tanto deseaba escuchar. Y entonces me pasó lo que tantas otras veces, que esa victoria narcisista me dejó exhausto y sin apetito, saciado, y la única verdad que me quedaba, antes de disculparme y marcharme, fue confesarle que no me gustaba el chocolate.

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Escrito a mano. Puntos suspensivos

La señora Lorenzo se las apañó siempre sola, no necesitaba de nadie, pero los inviernos eran largos y las noches frías y solitarias. Después de cenar, bajaba a nuestra casa y se sentaba en el sofá, como una reina, bajo las cálidas faldas de la mesa camilla. Mi madre hacía ganchillo y mi padre cruzaba los brazos. Ya está aquí la vieja pelandusca, decía cuando oía arrastrar sus pasos por el patio. Lo decía con un cariño raro que mi madre le reprochaba a medias, en parte porque compartía con él esa misma desconfianza cariñosa y en parte porque convenía tener hacia su persona un respetuoso miramiento, por si acaso. En su condición de agente doble, la señora Lorenzo traía de los Medrano notícias que nos regocijaban, aunque no siempre fueran verdaderas, y nosotros le contábamos cosas muy verdaderas para que los Medrano las consideraran inciertas y regocijantes. Como la señora Lorenzo tenía el don de la acritud y de la presorbebia muy acentuado, todo lo que contaba poseía un revestimiento de reproche o de censura, y hacía uso de palabras cortas y tajantes cuando emitía un juicio concluyente sobre actitudes que no aprobaba. Es verdad que nunca elevaba la voz y hablaba de una manera tranquila y reposada, pero acumulaba sin ella percibirlo una tensión interior delatada en sus labios fruncidos, secos y apergaminados. Una noche dijo sin venir a cuento que lo más importante en la vida no era el amor. Mi madre y mi padre no dijeron nada probablemente porque la frase carecía de contexto y escapaba a su comprensión. La señora Lorenzo había estado diciendo que los Medrano harían de Camilín un niño caprichoso y un consentido. Luego calló un largo rato, suspiró y dijo como si lo dijera entre puntos suspensivos que el amor no era lo más importante en la vida. Volvió a callar y reanudó su relato sobre la incorrecta forma de educar que los Medrano estaban aplicando sobre Camilín. Ella con su hija no había sido así. A los hijos, dijo, hay que prohibirles y castigarles más, y que no se crea nadie que por eso van a salir peor que los otros. Su hija se había casado y vivía en Francia muy bien y no le faltaba de nada y ella, la señora Lorenzo, había educado a su hija con rigor y autoridad, y más mano dura todavía porque era una mujer. Lo más importante, dijo la señora Lorenzo, es esto. Esta vez, mi padre y mi madre sí entendieron lo que la señora Lorenzo quería decir. La prohibición y el castigo eran importantes para que los hijos no saliesen blandos, eso ellos también lo sabían. Ninguna madre y mucho menos ningún padre desea que sus hijos salgan blandos, era una cosa que no se podía discutir. Mi madre dijo, además, que ese consentimiento de los Medrano con Camilín no podía traer nada bueno. Y poco a poco, como cada noche, la conversación iba lentamente rindiéndose a la hipnosis de la televisión, hasta que la señora Lorenzo decidía irse porque no echaban nada que valiera la pena. Muchas veces era yo quien la acompañaba hasta la puerta y formalizaba educadamente la despedida. Luego volvía al cuarto de estar y me sentaba junto a mi madre, en el hueco que había dejado la señora Lorenzo. “Ay que joderse, la vieja pendona, decía mi padre, y que el amor no es lo más importante…”, “Vaya ocurrencias…”, añadía mi madre, sin apartar la vista del ganchillo. Entonces yo me quedaba mirando la televisión, fuera de contexto, porque todavía no comprendía muy bien la función de una frase entre puntos suspensivos, pero mis padres, sí. Y yo creía que era al revés.

Bestiario íntimo. El ratón

Soy poco amigo de las largas colas que se arrastran, no me dan confianza. Algo más de los amantes del queso. Hay personas tan parecidas a los ratones que huyo de ellas cuando me asomo a sus simpatías. La simpatía de muchos es como el hocico de estos roedores: entre sus bigotes se esconde una máquina trituradora. Lo peor es cómo te devuelven lo que acaban de quitarte: hecho mierda. En eso consiste su agradecimiento singular y detestable. No es agradable encontrarse charquitos de orina y excrementos en lugar de un simple gracias. Esa falta de educación asombrosa es tan real como el mito de su indefensión. Compagina esta criatura a la perfección su gracia menuda y su intolerable rapiña. Con ese pánico ciego que en ciertas sensibilidades femeninas genera, ha conseguido que sea la silla doméstica atalaya de salvación. Y un logro suplementario en tiempos de revuelta lila: estrado desde el que lanzar consignas y mensajes igualitarios.

Escrito a mano. “Bélgica”, Chantal Maillard. Pág. 75

Hubo un tiempo en el que las historias contaban el pasado de un pueblo. Se contaba para recordar, o para crear raíces y fundar el suelo común en el que hubiesen arraigado. Hoy, inventamos historias para ocupar el presente, para ocuparlo entre todos con historias ajenas. Contar es procurarse una continuidad. Argumentos prestados, historias con las que se hace el tiempo para ocupar la extensión inmensa, aterradora, que sin él se abre.

Escrito a mano. Raíces

Puede que fuese en El Médano, en Tenerife, donde vistes a aquel anciano solitario en su rectángulo de sol. Estaba alojado, como tú, en aquella pensión barata desde cuyas terrazas se divisaba milagrosamente el mar. Antes de llegar a él la vista tropezaba con una desordenada extensión de edificios sembrados de antenas, trastos y conductos de aire acondicionado. Veias al viejo cada mañana al salir y al mediodía, cuando volvías con el pensamiento cargado de fósforos mojados y el corazón envuelto en un manto de calima. El viejo estaba siempre sentado en una silla blanca de plástico sucio a juego con su indefensión y su canoso pelo revuelto, de espaldas a tí, frente al inalcanzable océano. Parecía extranjero, aunque eso nunca lo supiste. Supiste sólo que estaba solo y que estando de espaldas a tí estaba también de espaldas al mundo, solo con su pensamiento y su mirada perdida, echada como una red sobre aquel mar en el que parecía haber naufragado su vida. Quizás, pensabas entonces, había llegado demasiado tarde a una isla en la que a cambio de una dicha imposible encontraba el consuelo de un rectángulo de sol con vistas a un océano inalcanzable, su último sueño. Y a tí te llegaba a través de él un sentimiento de soledad y desarraigo identificado en tu interior como otra forma de naufragio. Entonces no sospechabas que ese hombre había llegado allí para que tú pudieras en el futuro cerrar una historia en la que tu identidad pudiera hallar su raiz. La historia la cerraba un hombre ya viejo que después de morir al poco de nacer huía de destino en destino, con el azar siempre a su favor pero con la suerte siempre en contra. Una historia que en los pasillos y los rellanos del vecindario de tu casa hubieras podido cambiar por cualquier otra, con escenas y escenarios distintos, tramas más complejas o más simples, con el personaje sujeto a los condicionamientos históricos y las imposiciones de su clase e insertado en un contexto familiar coherente, el tuyo. Pero éso, ahora lo sabes, no es lo relevante. El relato puede tener mil formas, mil maneras de ser contado, y poco importa lo que se diga o se deje de decir en él. Tus raíces no están en lo que el relato cuente, tus raíces son el relato.

Escrito a mano. Vidas paralelas

Decían que éramos ocho hermanos y que podíamos haber sido más, diez u once. Que dos, gemelos, habían muerto al nacer y otro al poco. Sobre la vida que vivieron después de morir tanto mi padre como mi madre guardaron un silencio riguroso. Casi todo en nuestra casa, como en tantas otras, se silenciaba. Se mantenían ocultos episodios del pasado por temor a ser descubiertos en una falta de culpa, por miedo a la sinrazón y a la arbitrariedad que reinaba o por obligada obediencia. La obligación del pobre era comer, ni más ni menos. Así que tuve que salir yo mismo en busca de la información que no tenía. A los corrillos en las terrazas y en los rellanos, donde los vecinos intercambiaban memorias ajenas a cambio de otras que consideraban propias, con las que podías construir el mundo que te faltaba o devolverlo de nuevo a la oscuridad de los tiempos si ese mundo no te convencía. Ahí fue donde oí todo lo que tenía que saber sobre la vida de mis hermanos muertos después de muertos. Unas vidas que luego yo mismo olvidé o que he callado porque el olvido me ha hecho callar. Gemelos. Y separados de vidas separadas. El que primero murió, Julián, fue arriero y capataz de poca fortuna en los campos de ajos. Tenía de joven un genio peleón que le dio fama y popularidad y muchas enemistades. Luego, después de mandar en los ajos, le calmó el genio el amor de una mujer que no fue para toda la vida. Durante un tiempo tuvo con ella un trato y un discurso parejos, casi exactos, y parecía que la labranza y la posesión de tierras explotables pasaría a sus manos y su destino sería el de ser esposo y propietario respetado. Pero no. El amor podía ser verdadero pero él era un intruso en la saga de los poderosos. El padre de la mujer a la que se atrevió a amar sí era poseedor de ese poder legítimo y lo usó contra él, torció la voluntad provocadora de un desheredado y puso freno a sus sueños de grandeza. Dónde se había visto. Mi hermano quemó los corrales y las caballerizas de los hacendados y juró una venganza mayor que estuvo muy lejos de cumplir. Escapó de la comarca a pie, de noche, y atravesó luego la raya de la provincia oculto en un tanque de agua tirado por un tractor renqueante. Del país salió embarcándose en el Saler, sin que nadie sepa cómo, y llegó a Marsella casi muerto el mismo día en que las radios del mundo anunciaban el hundimiento de un imperio. Como no era hombre de puerto ni quería serlo, pronto abandonó Marsella y se trasladó a la campiña en Vegués, más acorde con su condición natural. Conoció de nuevo el amor y el amor le dió a conocer como hombre bueno y provechoso y afortunado. Otra vez bajo las faldas de una mujer con paraguas económico, hija de un ganadero que comenzaba a invertir fuerte en la industria del queso. Se le aceptó mejor que en su tierra de origen aunque no le concedieran prebendas con las que poder enarbolar un orgullo ajeno a su casta. Lo que se ganó lo ganó con trabajo y humildad y durante csi veinte años llevó una vida dura y dulce que era otra forma de enarbolar orgullo. Sin hijos, porque la vida no le dio hijos y los hubiera querido. Cuando, inesperedamente, murió su mujer de un derrame fulminante, la atávica costumbre de agredir contra la injusticia de algo se reencarnó en su ser. No aceptó la pérdida y arremetió contra el mismo destino por arrebatarle un modo pactado de vivir en paz. Dicen que para ello, para confraternizar el argumento de su desdicha, inventó delitos de estafa que le llenaron de pagarés los bolsillos y también de perseguidores y nuevos enemigos. Parecía que lo de huir era su sello o una marca de nacimiento porque abandonó la República Francesa, de estrangis otra vez, disfrazado de predicador negro. Se le vió luego por el Cono Sur buscando nuevas fórmulas de arraigo, todas ellas naufragadas, y cuando parecía no encontrar su fin el impuesto infringimiento de la norma, otra vez el amor, tardío, le promete bonanzas que también naufragan. Los años acumulados pesan tanto como la suma de sus frustaciones, quizás más, y deja el Cono Sur tampoco se sabe exactamente cuando ni por dónde. Lo que dicen es que, en sentido inverso, los Alisios le traen hasta Canarias, donde desaparece su rastro entre barrancos colmados de helechos.

Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.

Banderas y puertas

Paso cada día por la casa de T, cuando bajo del monte. Vivirá ahí, cuando esté acabada. Está acabada, el edificio está levantado y la bandera ondea en su tejado en señal de culminación. Falta el interior. El forastero que llegue a casa de T puede entrar por la puerta o por la bandera. No importa que la puerta esté cerrada. Las personas, sin que lo sepamos, la dejamos siempre abierta. Cuando entres por su puerta, te encontrarás con el hombre que es, que vive y que siente. Pasa con todos los hombres. Con casi todos los hombres. Si uno se empeña en entrar por la bandera, sólo conocerá una parte de ese hombre, sólo conocerá lo que la bandera le quiera dejar conocer, o lo que él quiera conocer a través de esa bandera. A veces porque la bandera ciega el conocimiento, otras porque las personas no quieren ver más allá de una bandera. Lo mejor, para conocer a un hombre que vive en su casa, es entrar por la puerta y esperar que no te haga salir por la bandera.

Conocidos y saludados. 2

Este, sin embargo, es un hombre que suele gritar para demostrar que tiene razón, y siempre quiere tener razón. En cualquier cosa, de importancia menor o mayor, le da igual. Por lo general, debate a gritos sobre tonterías y argumenta tonterías con las que demostrar que está de su parte la verdad. Con sus gritos y sus malas maneras de hombre resentido reduce a polvo lo que para él, cuando alguien le lleva la contraria, no son otra cosa que auténticas tonterias. Y cuando no lo son, o cuando la verdad o la razón pueden estar de su parte, el modo despreciativo o zafio de manifestarlo las desvirtúan. A veces, para dar por concluída cualquier refutación a sus razonamientos, golpea con agresividad la mesa y saltan por el aire todas las migas del pan. O se pone rojo y aliña la bandeja del pescado y la carne con salpicaduras de saliva. Antes tenía algo de gracia, pero ahora ya no, y, sin embargo, aprovecha la menor oportunidad para decir cualquier barbaridad con tal de llamar la atención y provocar. Desgraciadamente, la semana pasada despertó la ira de Tasio, un joven devoto de la música de Haendel que no soportó sus mamarrachadas mientras sonaba el Aleluya en su equipo de sonido analógico. Fuera de sí, después de gritar él también y ponerse a su mismo nivel extrajo el vinilo del aparato y lo lanzó con fuerza como si fuera un plato de frisbee, con tan mala fortuna que le rebanó una oreja. La familia emitió una nota reprobando el hecho.