Seis

Amina quiere convertirme al Islam. Si lo hago, Alá borrará de mi pasado todas las malas acciones cometidas con o sin voluntad, perdonará todas las mentiras, absolverá toda mi crueldad. Me parece muy poco, yo quiero más. A ella, que equivocadamente ve en mí a un hombre bueno, le extraña y le sorprende que me niegue a arrojarme en los brazos de su dios, con lo bien que podría estar. Para las personas fieles a un credo, aquéllas que más firmemente están convencidas de la fuerza de su verdad, el proselitismo es una práctica más de la confirmación de esa verdad. Convencer al otro es un empeño decretado por la fuerza de esa fe. El error puede no estar en la doctrina, pero los fanatismos la debilitan. Pero no se lo discutas: la mayoría están convencidas de tener “la razón”.

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Cinco

Hoy, como hace un día espléndido, no tengo ganas de hacer nada. De lo único que tengo ganas es de bajar al río y apoyarme sobre la fría baranda de hierro y mirar cómo pescan los pakistaníes y los negros, cada uno con su muy diferenciada manera de lanzar el sedal al agua. A los negros les gusta sostener el hilo desde lo alto, pegados al muro de contención, con la medida justa, como hecha a propósito, para que sus largos cuerpos se estiren hacia abajo, casi tocando el agua, y con sus ojos de luna de agosto penetren la superficie verdosa del agua. En realidad, pescan con los ojos, que es el arte que más dominan. Sin embargo, los pakistaníes bajan al río, se preparan, llevan largos hilos de nilon enrollados en palos que hacen las veces de cañas de pescar y los lanzan tan lejos como pueden con la mayor fuerza que tienen. Luego se quedan un rato mirando el horizonte burbujeante donde ha anclado la carnada, con la mano haciendo de visera, y esperan. Esperan todos, los tres o los cuatro que siempre son, los tres o los cuatro atisbando el manso horizonte fluvial, arrendijando los ojos y todo eso. Estos son los pakistaníes que comen pescado. Luego están los otros, los que llevan en el maletero de Mercedes relucientes las cajas de frutas, las de huevos, los sacos de azúcar y el pan y los distribuyen, vestidos con aseadas prendas de sport pasadas de moda, en sus tiendas de alimentación. Y luego los otros, en chanclas y pantalón de chándal todo el día, en calles estrechas entibiadas por el sol, mirándote cuando pasas con ojos de complicidad, por si tienen que subir y bajarte algo. Ni pescado ni pan. Otro negocio.

Cuatro

Maria Villa me llama para decirme que se va a Tierra Santa. Dice Tierra Santa aunque vaya a Israel porque Maria Villa es una mujer de devociones heredadas, respetuosa con las tradiciones, fiel a los santos principios. Ejerce, además, de viuda experimentada. Le gusta ver mundo, convocar a sus amigas en torno a un café y participar en torneos de brigde, ese juego de salón tan inglés en el que es una jugadora consumada. Maria Villa es una mujer de carácter resolutivo y firme que es al mismo tiempo el envoltorio transparente de sus intenciones rectas. Es aficionada a las novelas de grandes pasiones y discreta entusiasta de la música clásica. Por las mañanas escucha la radio en la cama. Lo sé porque su habitación, en la planta principal del chalé donde vive, coincide con la que durante los primeros meses del año ocupé yo en la planta superior. Me gustaba ese ronroneo ininteligible que llegaba desde abajo, al despertar. No era música, debían de ser las notícias, y yo me quedaba en la cama imaginando el despertar de la señora, que sería lento y quejumbroso primero, como el de alguna de esas viejas matronas que han dormido mal por el exceso de algún licor. Luego, espabilada por la presencia de la mucama, que entra cada mañana tocando suavemente la puerta, abriría sus ojos de búho y daría las primeras y enérgicas órdenes del día. Mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. La mucama existía pero no del modo en que yo quería imaginarla. Esa casa enorme, con tantas habitaciones, una viuda novelesca y una criada llegada de ultramar proponía una trama criminal, al estilo no de Agatha Christie, a quien apenas he leído, sino de Simenon, más negro, más compasivo y menos frío con sus personajes. Me ilusionaba imaginar a Maigret investigando el turbio caso de la muerte accidental de una viuda, una criada de la que se sospecha en primera instancia y una recua de inquilinos que ni vieron ni oyeron nada, todos asustados, hablando el mal francés de los bajos fondos de una París brumosa y húmeda. Lo cierto es que Mati, la asistenta, era ecuatoriana y se ocupaba de la limpieza de la casa, de las habitaciones de arriba, cinco, que María Villa alquilaba a precios más o menos discutibles, y de abajo, dominio exclusivo y personal de la patrona. La patrona. Probablemente, para Mati, el escenario y los personajes convocaban otros formatos de ficción más afines a sus intereses. Lo deducía yo por el rastro de su historial televisivo, el que registraba mi aparato durante sus turnos de limpieza, series y telenovelas que relataban amoríos y dramas al alcance de su fascinación. Además, como usaba esas formas de expresión respetuosa que heredan los pueblos colonizados, cuando me llamaba don Eladio me sentía superior e importante, uno de esos terratenientes de vastas y rancias herencias que sin duda aparecerían en sus melodramas televisivos. Me daban ganas de decir: mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. A lo que iba, que estoy aburrido de estar en X y quiero volver, por eso Maria Villa me llama, porque quiere confirmarlo antes de viajar a Tierra Santa.

Tres

Dejé de ir a ese bar de la plaza, aquí, en X, porque estaba harto de que me ignorasen. Ahora voy a otro donde casi agradezco que no me hagan ni caso.

Cada mes o mes y medio, una mujer visita mi tienda con su hijo para comprar un juego de madera y añadirlo a su colección. La mujer tiene el pelo corto, con reflejos de cobre, usa gafas redondas y es callada y tímida como la madera de la que están hechos los juegos. Cada vez que entra me recuerda a aquella chica neoyorquina con la que compartí una tarde de glacial en Islandia. Ambas tienen en común los rojizos reflejos del cabello, el pelo corto y las gafas, pero la manera de ser las distancia. La neoyorquina ni era tímida ni callada. La conversación entre los dos, con su inglés americano y mi chapurreo de escuela de barrio se hacía complicada en medio de tanto frío, quizá por eso me resultaba divertida su manera de hablar y explicar las cosas, a lo Woody Allen. Tampoco olvido que aquella tarde la niebla cubría la cuenca glacial como si fuera un cálido edredón, que llegamos cansados a un área de confortables cabañas de madera equipadas con generosisad nórdica, que tiré mi mochila a los pies de una litera y que en cinco minutos, cuando volvimos a salir al exterior, la niebla se había comido prácticamente la isla entera. Era imposible ver algo que estuviera más allá de un palmo de tus narices. Imposible. Así que me tiré en la litera, boca abajo, y entré en un sueño denso y profundo del que salí dieciséis horas más tarde, a las ocho de la mañana del día siguiente. Aún recuerdo maravillado y feliz cómo de tanto en tanto, sin abrir los ojos, sin salir del sueño -no podía- en el que estaba atrapado, sentía un placer inédito, el del silencio planetario circulando por el interior de mi cuerpo como si fuera un cosmos. Cuando desperté, la neoyorquina había cargado la mochila sobre sus espaldas y estaba preparada para partir. Le dije que yo aún me quedaría un día más. Entonces esbozó una sonrisa y, sin quitarse la mochila de la espalda, me contó todo lo que aquella larga tarde de niebla había estado haciendo por los alrededores del glacial: fotografîas, apuntes técnicos, dibujos, visita a un museo sismográfico y un sinfín de cosas más. Para estar en sintonía con el paisaje, me quedé abrumado, porque la niebla espesa, densa, devoradora, aún seguía ahí. Nos despedimos, en fín. Luego me he acordado mucho de esa mujer despierta, vivaz e intransigente con los tiempos muertos y durante algunos años, comparándome con ella, descubría con vergüenza las faltas y carencias que estaban haciendo de mí el ser poco provechoso que soy. Todo lo he llegado a admitir, y aún más, pero también sé, hoy, que aquella tarde de sueño y niebla glacial fue el instante, sólo hay uno, en que tus dedos tocan el misterioso corazón de la tierra.

Dos

Coincidí el domingo con X en casa de mi hermana. La presencia de X me alegra y me es indiferente a partes iguales. Me alegra porque es una mujer de entusiasmo casi permanente y cariñosa en las formas, sensible y creativa. Como me ocurre con otras, la amistad de X no es ni una elección personal ni una imposición ajena. Entre los dos no ha cristalizado un afecto que nos impulse a llamarnos o nos obligue a interesarnos el uno por el otro. Hay un afecto construído sobre la base de una buena voluntad de sentimientos, ciertas afinidades y el reconocimiento mutuo de una ausencia de maldad. Nos vemos cuando nos vemos y punto. La indiferencia que me provoca deriva de su marcado egocentrismo, superior a la suma de su entusiasmo, el cariño y la sensibilidad que la distingue. Paradójicamente, ese rasgo de su personalidad la convierte en una persona fría y desinteresada. La contradicción es tan irresoluble como real. X es generosa, desprendida e inquieta en la medida en que lo requiere su entusiasmo, pero en torno a su persona ha trazado un círculo de prioridades que empiezan y acaban en ella misma. Los asuntos de los demás, los proyectos, los planes, las intenciones o los deseos de los otros, tengan la importancia que tengan, ocupan un mínimo espacio en el périmetro de sus preocupaciones. Por todo ello, cuando la veo, me alegro, pero si no la veo, me da igual.

(B no provoca, asiente a todo, no se enfada con nada. Dice sí o dice no, lo que su interlocutor desee, le gusta complacer. En ocasiones, casi siempre, si alguien le ofende -hay mil maneras diferentes de ofender- no se indigna, no protesta, no lucha, adopta una posición pasiva y comprensiva, se esfuerza -eso dice él -en empatizar. B es cordial, afectuoso, mantiene por lo general un trato formal y accesible, habla lo justo pero a veces no escucha o parece no escuchar. Sin embargo, es atento y considerado y siente preocupación y sincero interés por los demás. Por sus amigos y por quienes no lo son. B es una persona que no desea mal a nadie y pese a aquella cuestionable indolencia ante los ataques a su persona, no es esencialmente indiferente ante las ofensas a los otros, más bien al contrario, porque reconoce en esas afrentas el abuso y la injustícia y se rebela, se pone del lado del ofendido e incluso delante, sin temor. B y yo, aunque nos vemos poco, nos tenemos cariño y respeto, pero me pasa con B lo contrario de lo que me pasa con X cuando coincidimimos en la casa de algún amigo común. B carece de entusiasmo, de alegría y no pocas veces de vitalidad. Le llamo poco, es verdad, y él a mí menos, pero ambos sabemos que de manera recíproca están nuestros pensamientos conectados. Sin embargo, cuando de tarde en tarde nos encontramos y conversamos, me invade un agonizante y culpable sopor. Sin que se sienta ofendido -hay mil maneras- podría decirle que me aburre, si no fuera porque a lo mejor -me pongo en su lugar- el aburrido soy yo.)

La Diada, la fiesta de la nación catalana. Yo no tengo patrias a las que celebrar. Me apunto a un verso de García Montero: vivir es ir doblando las banderas.

Uno

Por la mañana, se me acumulan las visitas. A la tienda ha regresado otra vez esa temporada poco deseable que ejemplifica la crisis. Los colegios tienen sus gastos, la lluvia pide zapatos nuevos, ropa de abrigo, no hay dinero para caprichos. Así que una mañana como la de hoy está bien para recibir visitas. A M, que hoy descansa de su trabajo, le forraré una mesita con papel japonés para que ponga encima su pequeño televisor. Amina tiene hoy el semblante oscuro, la disposición cansada. Se echa sobre el mostrador como si se tumbara sobre la arena del desierto, a la sombra de una roca calcinante. Lleva un caftán de paño recio, bermellón, y un pañuelo negro que ensombrece aún más su ánimo. Hoy no bien, me dice, y arranca a relatarme su pesar con las cuatro pedregosas palabras de castellano que conoce. No trabajo, no bien en casa con marroquina, difícil, vida dura. Para disimular que está confesándose con un infiel a los ojos de algún paisano que pasa frente a la tienda, mira los anillos, se los prueba, amaga algún disimulado comentario. Siempre lo hace. Aparece, a última hora, una mujer que está ya a punto de aburrirme. Bien pintada, bien vestida, obesa y reluciente. Sin trabajo. Me dejó, pese a sus reticencias, sus books, “por si alguien estuviera interesado”. Son acuarelas pintadas con poca destreza, con voluntad de gusto, pero de resultados raquíticos. Me parecía inncesario declarar con sinceridad lo que sentía hacia esos trabajos, pero supe encontrar la manera de decir que no me interesaban. Insistí en rechazarlos y durante algún tiempo lo logré. Que no me pregunte nadie por qué los tengo ahora al fondo de mi cajón, porque no lo sé. Así que, de vez en cuando, me pregunta por ellos y, últimamente, me pide dinero prestado. Yo se lo doy. Hay en esa mujer un fondo seguro de honestidad que convive a disgusto con la falsa mundanidad de su estilo. Y tiene algo de áspero y empalagoso, de pastel seco y duro. La frecuencia de sus visitas empieza a incomodarme.