Marosa entra en mi vida

Me he acostumbrado a recibir la visita de Marosa un día a la semana, a la hora de comer. Al princípio, cuando empezamos a vernos, Marosa aparecía por la linde de mi casa de manera irregular, siempre acompañada de su subalterno, en horas de faena, cumpliendo alguno de los cometidos de su rutina diaria. De hecho, nos conocimos porque traía una orden de detención derivada de una acusación que luego se demostró errónea. Se me acusaba, a mí, que centro mis intereses en asuntos de carácter puramente material, de ser el fantasma que deambulaba en la casa abandonada de las Frías, la comarca fronteriza. Que había voces, registros sonoros obtenidos por el cuerpo especializado que ella dirigía, en los que se habían detectado pausas y silencios reconocibles en los míos. Yo, que no creo en esas paparruchas, acompañé a Marosa hasta la comisaría y grabé, como prueba de cotejo que luego resultaría exculpatoria, un fragmento del Frisorium, aquel famoso diálogo que mantienen dos fantasmas sordomudos. Como era de esperar, ni mis pausas ni mis silencios se correspondían con los registrados en la casa abandonada. Más tarde se descubrió, en el sótano, un espectro masculino proveniente de una antigua mansión en Las Templadas, a más de cien km de aquí, de la que había huido por los malos tratos que recibía de sus actuales moradores, cartesianos convictos. Fue devuelto a su circunscripción de origen y el caso quedó cerrado. Como el error exigía un grado de disculpas acorde con la dimensión del mismo, Marosa y su ayudante se presentaron en mi casa y reconocieron humildemente su precipitación. A partir de entonces, la jefa de Asuntos Misteriosos de la Policia de la Región, como soy de carne y hueso, inauguró sin mi consentimiento un período de amistad que rompe en mil pedazos la fama de mi trato escaso y esquivo. Mañana, a lo mejor, viene. Ya la irán ustedes conociendo.

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Danilo Manso: orígenes.

El siguiente texto, que no es un poema, ni un fragmento de sus diarios, ni hay constancia de que lo haya escrito con otra finalidad que no sea la de fabricarse una patria en la que no podrá arraigar, un mapa escrito donde nacer, lo ha colgado en su página web un notario, coleccionista de poetas transeúntes y sospechosos. Asegura haberlo recibido de manos de Danilo Manso, quien agradeció con ello la hospitalidad que durante unos días le dispensó. Como de otros de los muchos textos que voy encontrando por aquí y por allá, que aseguran ser de Danilo, y a lo mejor no lo son, de este también podría o debería dudar. Pero si a los demás he acabado otorgándoles fe de verdad, a éste, que lo certifica un notario, aún más.

“Aquí he nacido yo, por lo visto, en este pueblo que si no tiene ya apenas nada de lo que fue, no sé por qué habría de tenerlo yo. Callejones estrechos y callejuelas que suben y bajan entre hileras de casas, unas blanqueadas y otras no. Tengo aún algún recuerdo feliz de una infancia que huye de su definición: el agua fresca de un cántaro cayendo sobre mis rodillas, el trote de una mula sobre un pavimento de cantos y polvo, algunas siestas dulces en desvanes donde el cereal se amontona, la poza de un río sombreada de árboles. Y otros asociados a amaneceres duros, a una madre sin rostro que espolea mi sueño, a una travesía en burro hacia una huerta dominada por el imperio generoso de una higuera. Nada me ata aquí, sin embargo. Esos recuerdos flotan solos, sin arraigo, como secuencias imposibles de una vida sin unidad. Miro con atención, desde la altura del cerro donde el pueblo se levanta, esos campos labrados con esmero y trabajo sin descanso y sé, pese a todo, que un trozo de mi alma es la herencia del espíritu que reina en ellos. El hecho de que yo haya nacido en este pueblo, no tiene mucha importancia, me siento más cerca de aquellas espigas que crecen amarillas, secas, desafiantes y promisorias en los extensos campos que se pierden en estos cuatro horizontes de intensa luz”.

Estuches para notarías, despachos y escritorios.   Contacto: eladiore@yahoo.es

Arte poética

Es algo tarde, es lunes, me resisto no ya a saltar de la cama, me resisto a abandonar el sueño, prolongo unos minutos más esa vida atada sin cabos. No oigo ruidos, no hay murmullos, no oigo ecos de voces ni ladridos de perros ni zumbidos. Planea sobre el campo casi escarchado un silencio fósil. Me resisto, me aguanto, me arropo y me defiendo de la mañana fría. Me quedo un poco más, soñando, escuchando una voz de ensayada declamatoria, grave, profunda, una voz con rostro de barba rala, una cara perfumada por noches de wisky, un rostro que no conozco y que no me conoce, alguien que me mira cerrando los ojos, que habla para mí, que arroja sus versos preciosos y absurdos sobre la almohada, alguien que me instiga, que me advierte, que me hace feliz…el sol se elevaba, gracioso, sobre la nuca del inodoro…inclinada sobre los picos de los pájaros, la bella señora recogió el peinado de su moño en la funda del paraguas…versos que se pierden en la nada íntima y caliente de la madrugada, hermosas frases sin sentido que morirán para siempre sin memoria. Quién las hace? Dónde está? Después, ya en la mesa, con una taza de café caliente en la mano, me acuerdo de la frase que anoche, antes de dormir, leí en un cuento de Benedetti: para Kant, los sueños son un arte poética involuntario.

2017-03-14 15.00.12

Collage: papel japonés sobre papel natural    Contacto: eladiore@yahoo.es

Una carta apócrifa

Ampanan, 2 de agosto de 1993

Querido Carlos:

Empiezo a sentir de nuevo la falta de gravedad necesaria. La poesía nos sirve para que nuestra atención hacia las cosas profundice en ellas. No pocas veces una palabra precisa, o un vocablo sugerente, nos procura una idea que trae consigo cierta inquietud, un áspero desasosiego. La belleza se resiste. Hay como una dureza de pedernal en lo que leemos. De repente nos damos cuenta de que es imposible atacar de frente un verso. Sufrimos. Sabemos que hay que golpear una y otra vez hasta que la piedra se abra y nos muestre la herida que encierra dentro. Su matriz, la generación de un mundo que intuíamos y al que no estábamos dispuestos a renunciar. La poesía no nos hace la vida más cómoda, pero sentimos, con lo que nos da, que la gravedad no nos arrastra hacia abismos sin fondo. La vida gana en materia y luz, y pierde el peso que le sobra. Nos acerca más al centro de lo que somos. Nos da conocimiento.

Leo cada mañana en los jardines del losmen, mientras desayuno. En los pétalos de las flores se mantiene aún el rocío glorioso que aporta el aire húmedo. No hay ruidos, ni sombra de ruidos. Los viajeros que aquí se hospedan duermen hasta tarde, los propietaros van al mercado. Me acompaña, como un manso animal que pide solo estar presente, el lento murmullo del agua que corre por las acequias. La mirada se me va, sin yo quererlo, del libro a la fronda verde y espesa que nos aisla de la calle. Del libro a los recuerdos. Los recuerdos me ven a mí, también, y se posan en mis manos. Yo, que siempre mantuve que la nostalgia es reaccionaria, tendría ahora que discutirlo contigo. Tú eres uno de los recuerdos que se me posan en las manos. Mi viaje está siendo ya muy largo. Boraima, melsuca, caliguan. Las palabras se me hacen brisa de agua en la boca. Viajo y no estoy. La escritura navega dentro de mí. Una corriente serena, de mar lejano y próximo, busca huecos y redondeces a los que dar forma. Lejos de tí la forma sacia su sed de perfiles. La gravedad es una esfera y en la palmera está el sueño único. Y la vida única. Viajo, y sin embargo, estoy más cerca de tí que cuando nos despedimos en la plaza. Los espacios. El corazón y los espacios. Por hoy ya es bastante. Recibe, amigo, el abrazo de quien te quiere.

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