Ritulata. 3

Entre nosotros hay un hombre y una mujer que han tenido éxito en su vida, son una pareja feliz y no echan de menos tener hijos. Sus empresas funcionan, sus amigos les envidian, su salud no se deteriora. Tienen una granja, tres pisos en alquiler y dos bicicletas relucientes. La suma total de sus ahorros asciende al infinito. Ahora vienen de Moscú, de comprarse dos abrigos de astracán y un par de gorros. Les encanta reunir en torno a su mesa a amigos y conocidos con problemas y ser amables y comprensivos con ellos, nada más. Si no aceptas su invitación, se enfadan.

Entre nosotros hay un hombre y una mujer que han tenido éxito en su vida, son una pareja feliz y no echan de menos tener hijos. Ya no trabajan, emplean el fruto de su éxito en vivir cómodamente, con las expectativas de un mayor confort, si cabe. Como no tienen preocupaciones, se preocupan por la falta de estímulos y proyectos en la vida de los otros. Son vegetarianos, fáciles para contradecir y difíciles de compadecer, a ella más que a él. Han hecho el amor en todos los continentes menos en uno.

Entre nosotros hay un hombre y una mujer que han tenido éxito en su vida, son una pareja feliz y no echan de menos tener hijos. Los dos leen mucho y han trabajado duro para merecerlo, pero han vivido de lujos sin tenerlos, y han parecido excéntricos sin serlo, y han amado ciertos vicios y han disfrutado de ellos con responsabilidad y control, sin perder la cabeza. Ya no trabajan y disfrutan de su presente sin lamentarse del pasado porque no encuentran razones para hacerlo. Sienten un gran cariño por los animales, sobre todo por los perros, pero son tacaños.

Entre nosotros hay un hombre y una mujer que han tenido éxito en su vida, son una pareja feliz y no echan de menos tener hijos. Él es discreto, amable y alérgico a la inflación. Obediente y comprensivo, no sabe decir nunca que no. Ella, una funcionaria de uniforme adaptable a todos los reglamentos salvo el de la procreación. Fieles a esa economía de vivir, han acumulado ahorros y sin dispendio gozan ahora del fruto de aquel cuidado. Viven bien, no tienen mascotas y no hay ninguna posibiidad de que te echen una mano: creen en los princípios del egoismo y la renuncia como forma de felicidad.

Entre nosotros hay un hombre y una mujer que han tenido éxito en su vida, son una pareja feliz y no echan de menos tener hijos. Van siempre juntos porque trabajan juntos y practican actividades que, pudiéndolas hacer por separado, las disfrutan más juntos. A duras penas, son amables cuando no son sonrientes y sonríen a duras penas cuando con ellos se es amable. Viven con lo justo pero no quieren más porque se tienen el uno al otro y eso es suficiente. Por supuesto, desean morir y ser enterrados juntos, lo más lejos posible, donde nadie pueda ir a molestarlos nunca. Como ahora.

Por suerte, no hay más gente así de feliz y triunfal entre nosotros. Ya es bastante. 

Resonancias. 2

Mientras leo, ya de noche, me llegan de la calle gritos de un hombre en una lengua ininteligible. Son los gritos broncos y asustados de alguien que se defiende o que lucha. No hago mucho caso. Un día sí y otro también un grupo de borrachines instala su campamento en un banco o en otro, beben, se cuentan cosas y se zarandean. A veces sus gritos son de júbilo frío, otros de broncas con las que marcan el territorio, otras veces gritos y empujones de machos cansados, exhaustos y ciegos. Pero este grito es diferente y suena otra vez con angustia y con socorro, y tiene un deje dramático de resistencia. Me asomo al balcón y veo a un hombre de raza negra que es arrastrado por tres policías locales que le arrumban contra uno de los bancos de la plaza y tratan de inmovilizarlo a fuerza de golpes. Mientras uno le sujeta la cabeza, por detrás del banco, otro le da puñetazos en el estómgo encogido y el tercero le golpea en los riñones. Dos coches de la policía están bajo mi balcón, y de un tercero que llega baja un grupo de cuatro agentes uniformados, entre ellos una mujer, que se lanza hacia el banco y ayuda a dominar al hombre que no para de gritar y resistirse. Con esfuerzo, entre todos, lo arrastran hasta uno de los coches y lo introducen, también con golpes y violentas presiones, en la parte trasera del vehículo. Luego, se van. Los seis hijos de puta y el negro, que a lo mejor también lo es, pero es el que ha recibido las hostias, no sé, yo sólo cuento lo que veo. Por lo demás, la plaza está hoy vacía. Hay un viento fuerte que levanta torbellinos de arena de grandes montones que invaden un tercio de la plaza, arranca chirridos irritantes de las vallas metálicas que parcelan algunos tramos de la calle en obras y agita con violencia los penachos de las palmeras.

De Operación Tortosa, un diario.  2010.