Bando

El verano se acerca y las ocupaciones que impone también, de modo que para dedicarme a ellas y mantener activo este blog, he preparado un cuaderno de verano especial que empezaré a publicar en un par de semanas, con programa automático. Así me dejo de lios. A lo largo de estos meses aparecerán a un ritmo de tres posts por semana entradas de un diario escrito entre los años 2009-2010. Es un diario personal de perfil bajo porque no compromete seriamente a terceros y donde el narrador aguanta respirando plácidamente en la superficie. Algunos de esos fragmentos, pocos, ya se han publicado anteriormente en este blog; eso da una idea de lo que en líneas generales aquellos que estéis interesados en leerlo vais a encontrar. La mayoría de las entradas se escribieron en la tienda de artesanía que durante ese período mantuvo ocupado al autor y aparecerán, cuando inicie su publicación, numeradas correlativa y cronológicamente, lo que no supone que un día determinado dé paso al siguiente en el calendario. Os deseo por adelantado un feliz verano.

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El ombligo de Danilo Manso

Nadie más lejos que Danilo Manso de ser un poeta social o comprometido. Lo que se difunde de su obra está en las antípodas de ese género, lo que se deduce de su vida no revela implicaciones en la política o en las mudanzas de la sociedad, él va a lo suyo. Cuando llega a un sitio pregunta, se interesa, se informa. Cuando por un tiempo se establece en un lugar rastrea acontecimientos, desde su falta de implicación los sigue, intercambia informaciones y se construye una opinión, nunca original, siempre lastrada por periódicos que no son de su confianza, por revistas o por tonterías que oye por ahí. Para los pocos amigos que hizo en Caracas es un indiferente, para los exaltados chilenos, un soso polemista, para los de Madrid, un pasota. Tiene que irse a las montañas para escribir algo que hable de las cosas del mundo: el que se levanta en el centro de su ombligo. En las paredes de una cueva en la sierra de Tramontana escribió esto:

Varias bombas, cientos de muertos, mercados reventados,

edifícios destruídos

en el país de un solo miedo. Interminables caravanas de

fantasmas atravesando

desiertos de hambre, niños a merced de ogros y mocos, animales

muertos, cosechas

aarrasadas en un continente a la deriva. Insurrecciones sangrientas,

torturas enmascaradas,

deportaciones clandestinas, penas de muerte desoídas por gritos

de clemencia en regímenes

inhumanos. Además, son notícia, mis pequeños miedos porque

anuncian debilidades,

mis pequeñas mentiras porque proclaman grandes cobardías,

mis mezquinas esperanzas

porque desnudan miserables proyectos.

 

Escrito a mano. Fábula y verdad.

En aluvión llegaban, no sólo a nuestro patio de vecinos, a otros muchos, a barrios y suburbios que acordonaban la gran ciudad por el sur desnudo y desnutrido, familias enteras que huían de la miseria rural. El éxodo y la carencia eran dos de las realidades colectivas de aquel tiempo. Las historias de cada grupo o de cada individuo se tejían con retales más o menos arrancados al mismo vestido generacional, la escasez y la represión moral y política. Renacer y sobrevivir eran palabras de afinidades semánticas. Y trabajar, la necesidad con la que alimentar el hambre de otras necesidades primarias. De modo que cuando, por fín, los asentamientos estuvieron más o menos completos y el flujo de rumores empezaba definitivamente a remitir, de entre todo ese barullo de invenciones y realidades que quería adquirir foma y cuerpo propios emergió, con respecto a la señora Lorenzo, una última verdad: tenía una hija, sí, pero no vivía en Francia, sino en Granada y que estuviera casada o no con un alférez que hizo la guerra en Rusia y obtuviera como consecuencia de ello míseras prebendas a las que su orgullo renunció, no era seguro. Se decía, decían, oíamos decir que no, que el marido ni era alférez ni batalló en Rusia. Fue soldado de algo, en el bando republicano primero y luego en el nacional, pero raso, y una herida de bala en el pecho casi le cuesta la vida. Para unos, cuando todavía defendía la República, en los primeros días del alzamiento. Para otros, en el bando nacional, que por eso fue nombrado alférez. Un hombre ya maduro, mayor, que se casa casi casi con una niña cuya madre, la señora Lorenzo, no puede tenerla en custodia vaya usted a saber por qué razones imaginables. Estas y otras parecidas fábulas sobre la señora Lorenzo o cualquier otro vecino no tenían la impugnación de los interesados. Corrían con autonomía por escaleras y rellanos y se dejaban hacer hasta que por sí solas se desinflaban, quizás porque el mero intento de corregirlas o censurarlas consolidaría su verdad o su realidad. Existían familias para quienes el pasado era un negro pozo de pobreza y abatimiento, y convenía sustraerse a él y al relato anónimo e intencionado que de él se diera. Subsistir, salir adelante, era la única consigna. Bajo el paraguas de esa consigna universal, para otras familias la tergiversación de su pasado era una conveniencia más oportuna que el conocimiento de la verdad. Si en la fábula había elementos punibles, o indeseables, se la dejaba correr. Si no los había, también, pero de modo indirecto se hacía llegar un consentimiento con el que era posible ocultar secretos mayores. En eso, la señora Lorenzo demostró tener un talento especial, una habilidad de agente doble, lo que hizo creer a algunos que tuvo compromisos de espionaje militar durante la guerra, al servicio simultáneo de los dos bandos. Una verdadera fábula.