El piso 50

Cuando llegaron al piso 50, E le dijo a HR que por primera vez convenía mirar hacia abajo antes de seguir subiendo. Alrededor, la hierba había crecido muy poco y había sido mucha el agua usada para la ascensión. E no estaba seguro de que valiera la pena subir un sólo escalón más. HR trató de animarlo. Es verdad que la hierba era muy corta, y amarilleaba e incluso se secaba, a pesar del riego constante, en las zonas menos próximas a su centro de subida. Por no hablar del inmenso erial que se extendía hasta más allá de donde la vista podía alcanzar. Eso era verdad, le dijo HR a E, pero ahora había hierba donde antes había sólo un pedazo de tierra desnuda. Poca, muy poca, pero había crecido, y, pese a todo, resultaba satisfactorio contemplar su humilde brillo desde el piso 50. E miró hacia abajo y no contestó. Ciertamente, resultaba satisfactorio, pero E no contestó.

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Días seguidos

Jueves, 6 de octubre

Me quedo en la furgoneta, en la oscuridad de la furgoneta, pensando. Acabo de comprar cuatro cosas en el super y no sé cual de ellas ha hecho sentirme triste. Cuando llego a casa, abro una lata de cerveza y pongo la radio. La aviación rusa bombardea la ciudad siria de Alepo. Me siento en una silla y repaso el tiket de la compra. Parece que está todo bien, no falta nada y agradecen mi visita. He sido atendido por Inma. La llamo. Qué le pasa? Mi tiket, le digo, hay algo en mi tiket que no va bien. En el tiket, en la compra, no sé, hay algo que no va bien. Relájese, relájese me dice Inma. Relájese y haga el esfuerzo de no pensar, disfrute de su compra. Ya, ya pero es que…yo…Inma cuelga antes de que acabe la frase. Me bebo la cerveza y salgo al porche. El cielo está precioso, lleno de estrellas. Estoy seguro de que hay algo en el tiket que no está bien.

Viernes, 7 de octubre

En el camino hacia el río está Santi. Es un hombre mayor, recio, de voz serrrana. Castellano, no sé de donde. Cultiva un trozo de tierra al lado de mi finca. Los veranos los pasa aquí, duerme en la vieja cabaña de techo de paja y come a la sombra de una parra por la que siento envidia. Tiene algo de pastor. En el modo de hablar o de decir y en esa manera inimitable de poner sobre el trozo de pan cortado con navaja la longaniza, sentado sobre un trozo de piedra y mirando a los caminos con nostalgia, como el que mira el polvo dejado por el rebaño al pasar. Bebe en bota el poco vino que bebe, por el gusto de chasquear la lengua más que de beber, creo yo. Ya tiene preparado el morral para irse. Sin nueces, porque este año hay pocas nueces. Y las moscas, que son muy cansinas. No las mata porque tiene con todos los animales un respeto terrenal, pero se harta, naturalmente. Oye las noticias en un pequeño transistor que sale del bolsillo de su chaleco. Pobres gentes, dice, cuando dejan los aviones rusos caer sus bombas sobre Alepo.

Sábado, 8 de octubre

La vecina del huerto pequeño viene a ofrecerme uvas. Tengo uvas, le digo, la parra este año ha sido muy generosa. Siempre me habla con tranquilidad, me trata con cariño y consideración. Me gustaría que todo el mundo fuera asì, sencillo y considerado. Vivo solo, en medio del campo, pero todos los días encuentro a alguien con quien hablar. Y no siempre quiero, y no con todo el mundo quiero hablar. La vida en el campo no es tan salvaje como a veces yo desearía. Ni mucho menos. Me gustaría pintar mi rostro cada día con los signos o las señales de las emociones que siento, como las tribus amazónicas, para que la gente con la que me encuentro sepa ese día cómo me ha de tratar. La vecina del huerto pequeño es la única que sabe leer esas señales, aunque no estén dibujadas en mi rostro. También es la única que, desde aquí, oye el sonido de los aviones rusos cuando bombardean Alepo.

Domingo, 9 de octubre

Antes de salir a pasear por el monte leo un poco. Y después, también. No leo más porque sea domingo, aunque es un domingo lo menos parecido a un domingo que he tenido en mucho tiempo. Me he cruzado en el camino con un cazador y sus dos perros. Yo entraba en un campo de avellanos y él salía. Llevaba unas orejeras para protegerse del sonido de los disparos y la escopeta con el cañón apuntando al suelo, apretada contra un costado. Ha visto usted pasar algún avión ruso? me ha preguntado levantando una de las orejeras, por la que salía un cable. No, le he dicho, rusos, rusos…no, sin saber muy bien lo que decía. Van a Alepo, ayudan al régimen sirio a bombardear Alepo. Y pasan por aquí?, le pregunto, sin abandonar mi ofuscación. Yo me encargo de que eso no ocurra, pero nunca se sabe, peores cosas he visto. Luego ha silbado a sus dos perros y los tres se han adentrado en la espesura. He regresado a mi casa cabizbajo, mohíno, quizás me convendría no leer tanto los domingos.

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Danilo Manso no usaba maletín

Originalmente, este poema fue escrito en inglés y encontrado en un maletín. Todas las mentiras que se vierten en la red acerca de su paso por Florida, en cuya Universidad Internacional Danilo Manso asistió a uno de sus seminarios de Literatura Hispánica, son en esencia verdaderas. Ni hablaba inglés, ni entró en contacto con poetas americanos, ni tuvo una amante angloparlante ni, por supuesto, asistió nunca a cursos o seminarios en ninguna universidad. Probablemente, los testimonios acerca de Danilo Manso en Florida sean también falsos. Sin embargo, hay pruebas concluyentes de que el poema que sigue fue escrito originalmente en inglés, publicado en Florida y escrito de puño y letra por Danilo Manso. Misterios de la literatura.

De noche, al final,

cuando su cuerpo milimetraba

con cálculo infame la distancia

que nos separaba, yo sentía

su calor ligero y turbio como un mal

que avanzaba hacia mí.

La cama se hacía tan grande

como un océano frío, la oscuridad

estrecha y pequeña, el abatimiento

quizás desmedido.

                                     Y no era deseo

lo que yo esperaba sino algo

más simple y más torpe, más imposible,

un sencillo roce que me hiciera

sentir la vida.

No lo había, así que con impotencia

me abrazaba a esa sostenida respiración suya,

el último abismo de aquel cuerpo que

definitivamente huía.

 

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Fue mi mujer

Se sienta frente a mí una mujer. Fue mi mujer. Ahora está muerta, pero de tanto en tanto me visita. Trae con ella una lista de todo aquello que no debo olvidar hacer. Cosas de carácter doméstico, sobre todo. Tirar la fruta y la verdura podrida, fregar las pilas de platos y cacharros acumulados en la cocina, poner una bombilla nueva en el cuarto de baño, vaciar todos los ceniceros con colillas, lanzar al contenedor todas las botellas de cerveza y las de whisky. Intenta también animarme y consolarme. Me trae paquetes de pañuelos perfumados, galletas de chocolate, fruta en almibar y películas del gordo y el flaco. Si me ve muy mal muy mal, hasta me da un paquete de cigarrillos y las cervezas que con tanto rigor me recomienda no tomar. Luego se queda un rato conmigo, no mucho, no es bueno malacostumbrarme. Qué harás el día que yo te falte? me dice, mientras pone agua en una palangana, me moja el pelo y me peina, con la raya en medio. Cuando me echa colonia, invariablemente, me pongo a llorar

Mujeres sentadas    Eladio Redondo   ed. Beltronica    2012

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