Amar en Islandia

Aunque era de Paris, vivía en Islandia, y allí la conocí, en un glaciar. Me gustó de ella su bien cortado pelo negro y las cejas, de espesura varonil. Se llamaba Marie y hablaba español con gracia, sin imperfecciones, pero su acento francés conservaba una seductora sensualidad. Viajamos juntos hasta Reykiavik. En el céntrico café Paris, precisamente, nos declaramos nuestro amor. Llovió, hizo sol y un vendaval helado arrasó las indefensas calles de la capital. Bajo el silencio de la nieve, esa misma noche, hicimos el amor. Me habló de sus proyectos y ella escuchó los míos con enamorada atención. Al amanecer, granizó. Desayunamos en la cama, mientras la lluvia azotaba los cristales de las ventanas, e hicimos nuevamente el amor. El sol salió y volvió a ocultarse con rapidez. Quiso que me quedara en Reykiavik, con ella, pero yo le propuse que viniera conmigo a Madrid. No la convencí. Una cortina de aguanieve oscureció las calles como una niebla. Te quiero, le dije, impetuosamente, mientras imaginábamos proyectos en común. Salió el sol un rato y después un viento helado y feroz barrió las calles de la ciudad. Quise besarla y acariciar sus pechos, pero no me dejó. Quizás sea mejor que no volvamos a vernos. Me atraes mucho, pero, no sé, dijo, mientras una niebla espesa se comía la poca luz del día. Con una moderada dosis de cansancio, hicimos otra vez el amor. Luego nos dormimos. Nos despertó un aguacero. Después salió el sol y ella me habló en francés. No la entendí mucho. Se vistió, antes que yo, y me dijo alegremente que sí, que vendría conmigo a Madrid. Por la ventana veíamos caer densos copos de nieve al tiempo que el sol luchaba por abrirse paso entre las nubes. Piénsatelo bien, le dije. Te quiero, pero piénsatelo bien. Pese a todo, el sol no salió. Llovió con fuerza y sobre la ciudad cayó un manto aplastante de oscuridad. Me quedo yo, le dije. No, me voy yo contigo, dijo ella. Bajaron las temperaturas de repente y las calles se llenaron de hielo. Nos metimos vestidos entre las sábanas e hicimos el amor. Te quiero, me dijo, pero es mejor que te vayas solo, necesito pensármelo bien. La densa niebla volvía a cubrirlo todo otra vez. Quizá sea lo mejor, sí, le dije, te llamo desde Madrid. No, ya te llamo yo, me dijo. Tengo frío, tú no? Tengo calor, le dije. Afuera, en la calle, las temperaturas subían y bajaban como una montaña rusa. Por fin, volví a Madrid y al cabo de unos días la llamé. Cómo estás?, le pregunté. Llueve y hace sol, pero esta mañana nevaba mucho. En breve el cielo se nublará. Y tú, qué tal? Bien, hace calor, el anticiclón durará dos semanas. Le dije que la llamaría otra vez, cuando acabase el anticiclón, pero no la he llamado, y  me parece que ella a mí tampoco.

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Un café, no muy lejos de aquí.

Para C., que se sabe la otra historia.

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a pisar este bar porque siento añoranza de los cafés largos que con tanta diligencia prepara Mohamed, el de las manos de algodón, pero también por los periódicos, las nubes de humo de los cigarrillos rubios que fuman las chicas desprevenidas, el silencio marfileño de los negros -un silencio de música roto a veces por cortas palabras de madera que suenan y se encadenan como los collares de ébano que cuelgan de sus cuellos-, y la sonrisa de Hannah, enmarcada en la puerta vidriada que separa la barra de la cocina, donde desarrolla, entre constantes vapores de caldos que hierven y mantequilla que se funde, el arte poco común de la cocina gozosa y lúbrica. Arriba, en una salita con biombos, Tessa sirve los ricos platos especiados a funcionarios de curriculos todavía breves, mujeres jóvenes y hombres también jóvenes que intercalan proyectos de ocio en secas y ajadas conversaciones sobre trámites, archivos y registros. Normalmente, cuando yo llego para tomarme mi primer café, ya se han extinguido los últimos ruidos de cubiertos. Entonces, bañada en un sudor mineral de sales picantes, aparece Hannah con su sonrisa blanca, se sienta en mi mesa y enciende un cigarrillo, que fuma con insobornable deleite. Hannah, fervor y mito, oscuro e incombustible carbón vegetal ardiendo siempre en su vientre, gorda y desbordada, abundante, pícara, dulce y hermosa. Inalcanzable, quimérica Hannah. Un safari, su vida. Seis hijos, dos maridos muertos y una ristra de amantes crápulas y viciosos con los que satisface su secreta condición de santa y mártir. Con cincuenta años, Hannah es el estímulo cardinal del aburrimiento que me persigue. Ahora está aquí, sentada a mi lado, y mientras reorganiza su larga, dura y apelmazada cabellera negra, como si la fatiga fuese la única elegancia que la naturaleza ha negado a su distinción natural, me habla sin parar de un gitano, de varios robos, de la policia implacable, de la cada vez más acuciante necesidad de arrebatar el fuego de las manos de esos dioses codiciosos que gobiernan nuestras vidas. Y a renglón seguido, sin pausas, de alguno de sus hijos, o de los inmigrantes que acuden cada día a su casa buscando un lugar caliente donde dormir o con papeles a medio cumplimentar. No sé de donde saca el tiempo, y menos aún las ganas y la energía y esa incansable disposición para vivir una vida con semejante entrega. Me sorprende que, al final del día, le queden todavía fuerzas y voluntad para invitar a una ronda de copas, y de follar, rápidamente, con el amante de turno, en el portal de su casa o en cualquier otro, antes de que comience su ronda de ángel de la noche curando las heridas de los borrachos que son apaleados y robados por jóvenes miserables, o de acudir a las comisarías para auxiliar a las mujeres escapadas vete tú a saber de qué clase de infierno. En realidad, yo la llamo Hannah, y se llama Hannah, pero podría llamarse también ser maravilloso. Sé que algunas madrugadas, para poder alcanzar el sueño, tiene que sentarse frente a una mesa repleta de limones, en la diminuta cocina de su casa, y descargar las energías aún sobrantes exprimiéndolos en sus manos, al máximo, hasta la sequedad. Sin ese vacío físico, total, el descanso no encuentra acomodo en su cuerpo. Y el sueño, que incomprensiblemente no la mantiene más de tres o cuatro horas en la cama. Cuando Hannah se fuma su segundo cigarro, ya con más prisa que con pausa, y vuelve a la cocina, yo sigo todavía tomando cafés y leyendo periódicos, hasta que la tarde se hace muy tarde, casi de noche, y la barra y las mesas multiplican por mucho la bulliciosa babel de lenguas y nacionalidades que en este café concurren.

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Sin azúcar

Me quedé sin azúcar. Me ha pasado otras veces. Preparo el café, caliento la leche, saco el embutido de la nevera y me siento a la mesa. Entonces alzo la tapa del azucarero y lo encuentro vacío. Mira que lo sabía. Llevaba días diciéndomelo, no he hecho caso y al final ha pasado lo que tenía que pasar. Es una torpeza, ya lo sé, pero ayuda poco a mi temperamento perezoso y olvidadizo el presente poco esperanzador de la economía. La crisis. Vivo en el campo y siempre calculo mal, o no calculo, en el pueblo todo es más caro, ya lo compraré, me digo, mientras añado un nuevo agujero al cinturón. Hasta que pasa lo que pasa. Entonces, me quedo un rato mirando cómo se enfría el café y hago intentos inútiles por bebérmelo sin endulzar. Es imposible, sin azúcar no soy capaz de arrancar. A duras penas sí puedo levantarme de la silla y alcanzar el móvil, hoy, precisamente hoy, en el extremo más alejado de la mesa. Me da rabia porque situaciones así obligan a una movilización de recursos que implica a terceros, y eso me entristece. Me abruma, me desespera, me hunde. Debería cambiar, tener presente siempre, siempre, siempre y en todo momento esa circunstancia, pensar en los demás, ir al pueblo, comprar el azúcar, pagarlo un poco más caro y evitarles molestias a terceros. Pero no aprendo. Vienen los terceros, me traen el azúcar y, al cabo del tiempo, me olvido de ese siempre, siempre, siempre y en todo momento y me vuelve a pasar. Vergonzoso. El otro día, por eludir ese compromiso, llamé al seguro. Por muy poco dinero, pensando que los efectos de la crisis no dan señales claras de acabar, contraté una póliza de subsistencia básica: azúcar, aceite y sal. Siempre es mucho mejor que la vergüenza frente a terceros, pero igualmente es doloroso mostrar esas miserias íntimas a desconocidos. Esto es negligencia, fue lo primero que me dijo el amable profesional que acudió en mi ayuda. Bueno, sí, el azucarero estaba vacío y en el recipiente no había señales o indícios de fuga que acreditaran un desperfecto técnico, como se especificaba en el contrato, pero me había quedado sin azúcar. La culpa es suya, insistió, sin perder la amabilidad, así que no le podré abastecer. Yo bajé la cabeza y miré al suelo, tratando de hallar en las baldosas del suelo sin fregar un recurso que argumentara una remota posibilidad de justificar causas ajenas a mi voluntad, pero no me alcanzó la imaginación. Le llevo hasta el colmado más próximo, me dijo entonces el profesional, que era joven y parecía comprender la difícil situación en la que me hallaba, inmovilizado, allí, en la oscura cocina, frente al café frío. Me ayudó a subir al coche y me dejó en el surtidor de la carretera, a tres kilómetros de mi casa, donde venden el azúcar más caro de toda la comarca. No me hicieron descuento porque los benefícios de mi contrato se obtienen a partir de un año, aunque el surtidor es propiedad de la entidad aseguradora. Además, tuve que tomarme un horrible café azucarado de la máquina, porque si no a ver cómo íba a hacer, andando, los tres kilómetros para volver a mi casa.

2016-11-10-11-04-14

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El piso 51

Convencido a medias de la necesidad de subir más, E siguió los pasos de HR y alcanzó con él el piso 51, donde nuevamente se detuvo. Pasó por alto la inconveniencia de mirar abajo otra vez y luego miró a HR con amistoso recelo. Cómo era posible que de un piso a otro, en un intervalo tan corto, la hierba que amarilleaba estuviese completamente seca y la hierba, poca, pero esplendorosa, que rodeaba el inmediato centro de subida, empezara también a marchitarse. No se lo podía explicar. La conquista de cada nuevo piso exigía un consumo de agua inversamente proporcional al retroceso manifiesto del suelo fértil. Para E, subir más constituía una inutilidad. HR, que no deseaba oscurecer aún más el ánimo de su amigo, no gastó palabras en reproches. Mira allá, a lo lejos, le dijo, señalando con el brazo extendido el horizonte brumoso. Por encima de aquella linea inestable hecha de polvo y arena, asomaban los extremos de edificios similares al que ellos ascendían. Hacia allí, hacia el frente, es adonde debemos mirar, no hacia abajo, dijo HR. E mantuvo la vista fija en aquellas moles rectangulares y firmes, pero la visión provocó en él un efecto contrario al deseado: una leve decepción se sumó a su ánimo abatido. Aquellos edificios, invisibles desde el piso 50, debían de ser por lo tanto altísimos. De cuatrocientos, quinientos e incluso mil pisos. Cómo lo hacían? Hay que subir, hay que subir! insistía HR. Hasta dónde!?, hasta cuándo!? gritaba E, que pateaba sin control unas papeleras similares a las que había en el piso 5. No lo sé, dijo HR, no lo sé, pero hay que subir, hay que subir!

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