Un café, no muy lejos de aquí.

Para C., que se sabe la otra historia.

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a pisar este bar porque siento añoranza de los cafés largos que con tanta diligencia prepara Mohamed, el de las manos de algodón, pero también por los periódicos, las nubes de humo de los cigarrillos rubios que fuman las chicas desprevenidas, el silencio marfileño de los negros -un silencio de música roto a veces por cortas palabras de madera que suenan y se encadenan como los collares de ébano que cuelgan de sus cuellos-, y la sonrisa de Hannah, enmarcada en la puerta vidriada que separa la barra de la cocina, donde desarrolla, entre constantes vapores de caldos que hierven y mantequilla que se funde, el arte poco común de la cocina gozosa y lúbrica. Arriba, en una salita con biombos, Tessa sirve los ricos platos especiados a funcionarios de curriculos todavía breves, mujeres jóvenes y hombres también jóvenes que intercalan proyectos de ocio en secas y ajadas conversaciones sobre trámites, archivos y registros. Normalmente, cuando yo llego para tomarme mi primer café, ya se han extinguido los últimos ruidos de cubiertos. Entonces, bañada en un sudor mineral de sales picantes, aparece Hannah con su sonrisa blanca, se sienta en mi mesa y enciende un cigarrillo, que fuma con insobornable deleite. Hannah, fervor y mito, oscuro e incombustible carbón vegetal ardiendo siempre en su vientre, gorda y desbordada, abundante, pícara, dulce y hermosa. Inalcanzable, quimérica Hannah. Un safari, su vida. Seis hijos, dos maridos muertos y una ristra de amantes crápulas y viciosos con los que satisface su secreta condición de santa y mártir. Con cincuenta años, Hannah es el estímulo cardinal del aburrimiento que me persigue. Ahora está aquí, sentada a mi lado, y mientras reorganiza su larga, dura y apelmazada cabellera negra, como si la fatiga fuese la única elegancia que la naturaleza ha negado a su distinción natural, me habla sin parar de un gitano, de varios robos, de la policia implacable, de la cada vez más acuciante necesidad de arrebatar el fuego de las manos de esos dioses codiciosos que gobiernan nuestras vidas. Y a renglón seguido, sin pausas, de alguno de sus hijos, o de los inmigrantes que acuden cada día a su casa buscando un lugar caliente donde dormir o con papeles a medio cumplimentar. No sé de donde saca el tiempo, y menos aún las ganas y la energía y esa incansable disposición para vivir una vida con semejante entrega. Me sorprende que, al final del día, le queden todavía fuerzas y voluntad para invitar a una ronda de copas, y de follar, rápidamente, con el amante de turno, en el portal de su casa o en cualquier otro, antes de que comience su ronda de ángel de la noche curando las heridas de los borrachos que son apaleados y robados por jóvenes miserables, o de acudir a las comisarías para auxiliar a las mujeres escapadas vete tú a saber de qué clase de infierno. En realidad, yo la llamo Hannah, y se llama Hannah, pero podría llamarse también ser maravilloso. Sé que algunas madrugadas, para poder alcanzar el sueño, tiene que sentarse frente a una mesa repleta de limones, en la diminuta cocina de su casa, y descargar las energías aún sobrantes exprimiéndolos en sus manos, al máximo, hasta la sequedad. Sin ese vacío físico, total, el descanso no encuentra acomodo en su cuerpo. Y el sueño, que incomprensiblemente no la mantiene más de tres o cuatro horas en la cama. Cuando Hannah se fuma su segundo cigarro, ya con más prisa que con pausa, y vuelve a la cocina, yo sigo todavía tomando cafés y leyendo periódicos, hasta que la tarde se hace muy tarde, casi de noche, y la barra y las mesas multiplican por mucho la bulliciosa babel de lenguas y nacionalidades que en este café concurren.

Posavasos   Nuevos modelos   Contacto: eladiore@yahoo.es

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