Querido abuelo

No lo sé, abuelo, me gustaría desde la memoria blanca en la que estoy poder contestar algunas de tus preguntas desesperadas. También yo sé poco de tu vida, no te conocí, llegué muy pronto a este territorio inhóspito en el que viajo permanentemente a la deriva, sin rumbo y sin destino. Me dice mi madre en algunas de las cartas que nunca recibo, que no fuiste un hombre malo. Lo que mi madre entiende por hombre malo eso sí que yo no lo sé, siempre he creído que un hombre bueno y un hombre malo son una misma cosa. Te casaste cuatro veces, eso es verdad, y no creo que haya nada de malo ni de bueno en ello. Cuatro mujeres que murieron todas antes que tú, una tras otra, obedeciendo al misterioso y exigente destino. De haberte casado con la Dominga, aquella primera novia que perdiste por una apuesta entre machos, eso he oído decir, cuando estabas en África, tu trayectoria de varón hubiera sido muy distinta. Primero porque como bien sabes, y si no lo sabes porque no te acuerdas te lo digo yo, la Dominga fue, de las mujeres a las que quisiste, la única que vivió hasta muy pocos meses antes de que tú murieras. La única, fìjate, fíjate de que modo el destino nos devuelve las bromas mal improvisadas. Y te digo más, durante toda tu vida, la esperanza de que algún día pudieras recuperar su amor siempre la tuviste, seguro que eso no se te ha olvidado. Se te habrán olvidado otras cosas, pero eso seguro que no. En sus cartas mi madre dice que eras un sentimental, de la época dura en que los sentimientos y las piedras de los caminos poseían propiedades semejantes, pero un sentimental, al fin y al cabo. Y no mal hombre, dice mi madre, la que fue tu hija. Te quedaste viudo por cuarta vez y aún perseguías el deseo de casarte con la Dominga y cumplir tu sueño. Qué malo fuiste, abuelo, y qué tonto, se ve que aquel matadero que fue Marruecos te respetó la vida pero te quitó lo que aún te quedaba de inocencia. No sé abuelo, no sé donde pudiste aprender a leer y a escribir. Puede ser que fuera allí, en África, donde tú dices, pero díme dónde, en qué taberna, en qué burdel o en qué campo de batalla aprendiste porque no había entonces en esos años y en aquellas tierras feroces otras escuelas en las que pudieras aprender a leer y a escribir tan bien, tan claro, tan recto. Siempre he pensado, abuelo, que un hombre bueno y un hombre malo son la misma cosa, y a veces un hombre tonto y un hombre listo, también, y no lo digo por tí, abuelo, que salvaste el pellejo en medio de aquel fragor de muertes inútiles, arrastrado a la fuerza al servicio de una patria que sacrificaba a sus hijos más pobres con engaños y ambiciones e ideales espúreos. Te salvaste, pero no supiste conservar la esperanza de un amor que luego te perseguiría toda la vida. Ojalá pudiera decirte algo más acerca de lo que fuiste, abuelo, adivinar en qué momento de tu vida te sentiste el hombe más desdichado de la tierra y cuál fue de entre todas las que viviste tu hora o tu instante más feliz. Me gustaría mucho decírtelo, pero no lo sé. Sé poco de tí, muy poco, y me pesa, porque no son suficientes para acceder a tu memoria los libros sin hojas que en estas latitudes heladas puedo consultar, ni gentes con las que conversar ni paisajes de los que extraer los hilos invisibles que puedan llevarme hasta tí, hay sólo una débil luz más pálida que blanca que niega las sombras y destierra las penumbras y ahoga las melancolías. Sé, porque lo dices tú, porque alguien a quien un día confiaste la memoria de tus palabras y hoy te lo recuerda a tí, que fuiste cartero, un cartero listo y un cartero bueno hasta que la maldición de otra guerra, como perdedor en el bando de los perdedores, te condenó a dejar de serlo. Sé eso, lo que tú, y lo que las voces de una familia a la que yo no puedo convocar, también saben, las voces más antiguas, las que te recuerdan aún enfajado y tieso, con tu boina permanentemente calada. Te lo diré, de todos modos, fuiste también gorrinero. O porquero. Te pusiste, cuando el correo dejó por mandato ser cosa tuya, al frente de una piara de cerdos bajo el mando de otra estirpe menos noble, señoritos del bando vencedor cuya humillación hubo de servirte a tí para recuperar tu inocencia dignificada. Un gorrinero tonto fuiste, abuelo, un gorrinero bueno, pero tampoco esa historia me la sé muy bien, abuelo. Ya me dirás si mis cartas te llegan.

4 comentarios en “Querido abuelo

  1. … un hombre bueno y un hombre malo son la misma cosa, y a veces un hombre tonto y un hombre listo, también,….lo mismo pienso yo. La vida pasada nos deja más incógnitas que respuestas claras por esa misma razón – malo y bueno lo tenemos a la vez-. Un placer de leerte.

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