Polgar, a 1 euro.

La vida en minúscula es el título de una recopilación de relatos y fragmentos de Alfred Polgar (Viena, 1875-Zurich, 1955). Lo compré en la mesita de saldos de una papelería y me costó un euro. Antes miraba mucho las mesitas de saldos y los puestos de rastros con libros viejos y usados. Ahora ya no, incluso huyo de ellas porque me cansan y me aburren los libros huérfanos, porque tiene uno la sensación de que son siempre los mismos libros, y porque, de hecho, lo son. Durante un tiempo, me divertía hacer listas top ten de los títulos que más aparecían en esas mesitas, y, hasta hace muy poco, retirado definitivamente de ese mal vicio, el primer lugar lo ocupó Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, por méritos propios. Los gozos y las sombras fue, probablemente, uno de los libros que más proliferaron en los estantes de la gente que no suele leer, porque hubo una edición gratuita de una entidad bancaria que coincidió con la emisión de la serie y las librerías de todos los comedores familiares se llenaron de esa edición en tres volúmenes. Y fueron también, probablemente, los años de más gozos y más sombras de nuestra historia reciente.  Sobraban libros, la nación vivió una hermosa época excedentaria. La novela será buena, como lo debió ser también la serie, pero de tanto verla tirada por el suelo, sobre mantitas y trapos gastados, rodeada de tantas porquerías inservibles a precios mendigantes, cuesta asimilar que nos encontremos ante una obra de calidad notable. No me importa decir que, aunque no la he leído, ni la leeré nunca, Los gozos y las sombras y la coleccción rtv de Salvat constituyen el fundamento de mi rastreadora educación sentimental. Sin haberla leído, digo, sé que uno de sus protagonistas, Carlos Deza, decide regresar a su tierruca natal y abandonar Viena, donde ha experimentado la decepción de un asunto amoroso y el fracaso como psiquiatra. Tanto Deza como Polgar, el primero en el plano de la ficción y el segundo en el de la realidad, fueron testigos de la descomposición anímica y social de la capital centroeuropea. Sin ese esplendor del pasado en el que tantas melancolías burguesas se reconocen, no había sitio para la esperanza. Con más o menos determinación, huir era una necesidad. Carlos Deza lo tenía más fácil, porque le esperaba una inconmensurable novela de tres tochos en cuya trama podría desarrollar su vida y realizarse como personaje principal. Pero Alfred Polgar, no, porque era judio además de escritor y escapar del acoso nazi era tan imprescindible o más que escribir sus obras completas en seis volúmenes. El tedio y el cansancio de una Viena sin luces, muerta, que arrastraba como una cadena su gloria fenecida tras el desastre de la Gran Guerra, le llevó primero a Berlín en 1925, luego a Zurich y a París y finalmente a EEUU, país que sistemáticamente negó a Hitler el visado de invasión. Los treinta breves, algunos brevísimos, relatos de La vida en minúscula están diseminados entre esas miles de páginas que forman sus obras completas. El criterio de la selección será arbitrario o no, poco importa, como lector me vale el argumento de su talento y el ejercício magistral de una literatura que registra las decadencias morales de su presente sin el recurso al género novelístico, que el escritor austríaco consideraba inservible. Para Polgar la forma breve era la única forma en que la vida, también breve, podía encajar. Un relato como El abrigo, por ejemplo, es ya demasiado largo. Tiene dieciséis páginas y es el más extenso de todo el repertorio, una obra maestra larga que contradice el gusto ponderado del autor por la simplificación de las tramas, pero perdonable por su excepcionalidad. Si no lo hubiera escrito Polgar, un ruso llamado Chéjov hubiera asumido muy gustoso su autoría. Para ser de Polgar, cuya esperanza en el progreso moral del ser humano es poco menos que irrisoria, en El abrigo la hay, y se sustenta en un personaje ridículo, de involuntaria ternura, que consigue hacerse perdonar por el lector. Y si el lector perdona, hay salvación. La ironía, la inteligencia, el elegante y transparente estilo, todas esas cosas que se encuentran con merecida fortuna en el resto de los relatos, se encuentran también en éste, una suerte de economía del espíritu que cultivó escribiendo en postales su colega contemporáneo, Peter Altenberg. Si se conocieron, no lo sé, pero es muy probable que coincidieran e intercambiaran estampas en alguno de los muchos cafés que Viena puso a disposición de sus artistas e intelectuales. En uno de ellos, uno importante, hacía su vida el bohemio Altenberg, que tuvo talento para escribir y vivir por la patilla hasta el día de su muerte. Ambas cosas, con mucho mérito. Las prosas y fragmentos breves de Altenberg alcanzaron popularidad y obtuvieron el aplauso de escritores y críticos coleccionistas, en unos años, el fin de siglo, en el que las postales hacían furor entre las familias burguesas. Fue una hermosa época excedentaria en postales. Los relatos y fragmentos de La vida en minúscula son también una especie de postales, escenas, escenarios y personajes encuadrados en el reverso a veces burlesco, a veces cínico, siempre agudo e inteligente, de un marco social burgués compˋlacido con su grandeza. La lectura de cualquiera de ellos es gozosa, y quien desee extraer enseñanzas y pareceres que cuestionen sus sólidas convicciones, puede empezar abriendo el libro por cualquiera de sus páginas. Si el azar nos concede la sesenta y tres, en un plis plas El globo desmonta la estructura evanescente y distraída de la clase social sobre la que el imperio austro-húngaro se sostenía. Una delícia de narración y una metáfora cariñosa en unos tiempos en que la producción de imperios también era -inútilmente- excedentaria. Como ahora. Como siempre.

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El piso 100

Más o menos, tanto E como HR estaban satisfechos con el proceso de la tregua. La decisión de detenerse y esperar el paso del invierno parecía la correcta. Es verdad que su dureza obligaba no pocos días a mantenerse ovillado en un rincón caliente de la planta, con muchas horas de silencio, mientras la nieve caía y se adensaba en todo el páramo, pero hubiera sido peor seguir subiendo. Era sorprendente cómo, a pesar del hielo y el viento casi austral que soplaba un día sí y otro también, gran parte de los edificios más altos surgidos a su alrededor mantenían su ascenso. Durante la noche, HR y E observaban con nostalgia y melancolía sus luces esparcidas como estrellas en el universo. Había momentos en que una fuerza interior no desconocida para E le conminaba a romper el pacto. Veía que, pese a todo, se podía crecer. Que pese al viento, el frío y la nieve, podrían subir y ascender, como los demás. HR le hacía ver que esos altos edificios, los que más destacaban entre todos, llevaban años sin parar de subir, y eran sin duda la perseverancia y la voluntad de crecer lo que lo hacían posible. Pero advertía que su progreso se debía así mismo a la prudencia y la conciencia de sus limitaciones. Convenía no mirar tanto hacia arriba, decía HR, porque las alturas deslumbran, y que era abajo, en la base, donde se encontraba la razón de su éxito. A regañadientes, E aceptaba que una parada a tiempo contribuiría a ensanchar la base de su crecimiento y callaba. La nieve seguía cayendo y hacía mucho frío, pero no le importaba, cogía otra vez la manta y se ovillaba en su rincón.