Escrito a mano. Ausencias.

Visito con interés una exposición colectiva sobre la ausencia. Uno de los siete artistas seleccionados es amigo mío, y su obra construye los silencios y las melancolías que sobre nuestra memoria deposita el viaje. En este caso, un viaje a Marruecos en el que yo estaba ausente. Estuve en otros, pero en este no. El artista evoca la nostalgia de la experiencia a través de materiales diversos, poéticos y audiovisuales, una maleta que contiene una cámara, unas cintas y una lamparita, un video que recoge escenas del viaje y un espacio circular hecho de arena sobre el que ha depositado una tetera y unos vasos de barro sin cocer. Contemplando esa instalación, deduzco que la ausencia es un plano de simetrías. En un lado están el espacio y el tiempo, que contiene todas las ausencias posibles, y en el otro el ausentado, que a su vez retiene las ausencias de los que están al otro lado. Como ausente, la instalación me permite sentir profunda nostalgia de aquel viaje que no hice. La conclusión admite que la ausencia es siempre permanente, y que vamos construyendo la vida con la engañosa idea de hacer desaparecer el vacío que deja lo que transcurre. Un imposible, por tanto. Cuanto más llenamos, más vacío creamos. Perdido en esas reflexiones un tanto inútiles, el itinerario de la exposición recupera ausencias que como fantasmas o sombras vagan por el territorio íntimo de mi memoria personal. En el catálogo de presentación, Esther Lozano escribe que “del mismo modo que los silencios comunican, las ausencias hablan. Las cenizas de un incendio recuerdan el fuego…la ausencia no es sólo muerte, es silencio, es lejanía, es vacío, es soledad, es quietud…”. Y escribir, añado yo, es un modo de recuperar y retener mediante el recuerdo y la imaginación la vida ausente. La literatura otorga presencia. O, dicho de un modo pretencioso, la literatura rehace la vida. Y la fija, detiene el ciclo continuado del vacío.

Escrito a mano. El primer vacío.

La de tu abuelo fue para tí la primera ausencia tangible, el primer vacío. Después, cuando él murió, tú solías sentarte en el sillón que habitualmente ocupaba, bajo la ventana. El cuarto, siempre en penumbra, agradecía la escasa luz que recogía del patio, una luz gris y cenicienta sobre la que caía, a horas muy determinadas, un discreto baño de sol desde lo alto. Ocupaste el hueco que dejaba su sillón y el que dejó su cama, otra manera de heredar. Hoy confirmas que la garrota que tomaste como recuerdo y como herencia y que has olvidado y cuelga huérfana de algún puntal en la casa de tu hermana, está más viva ocupando su hueco en tu memoria. La última vez que viste a tu abuelo fue en el pueblo, una mañana de sol radiante, alto y estirado y sonriente y alegre cuando inesperadamente recibió tu visita. Se apoyaba en esa garrota y vestía como siempre vestía, con su pantalón de pana, su camisa blanca y su chaleco negro y de brillante forro con el que prematuramente soñabas también tú vestir tu vejez. Y la boina, claro. El abuelo no era nadie sin boina. La imágen es ésta, las palabras no sabes las que fueron y no importa. Importa el encuentro, que fue feliz y transmitía sentimientos de amor inconfundible. A día de hoy, tampoco aquel hueco de amor que tu abuelo dejó abierto nada ha podido otra vez llenarlo. Esa ausencia aún permanece. Es una forma de amor que cuando muere deja un vacío irregenerable y que ni siquiera otras formas de amor bastan para sustituir su influjo. Sentirse huérfano de una forma, de una forma de amor, quizás sea otra manera de llamar a la ausencia.