Notas para combatir el aislamiento. Cuarto lunes.

Cerca del río, al otro lado de la carretera, hay una columna de piedra alta como el más alto de los pinos a la que se ha subido un hombre del pueblo. Es un hombre soltero y barbudo, de edad indefinida, conocido entre los vecinos por su pasada vida errante. Que se sepa, no tiene familia y mantiene un trato escaso y huidizo con sus congéneres, más bien ninguno. Se le ha visto más de una vez hablar solo y muchas veces cagar en el lavadero público. El verano pasado prendió fuego a su casa, sin consecuencias dramáticas, y las noches previas, pasear con un perro al que besaba en la boca y que luego huyó y le abandonó por razones que aún se desconocen. Ahora, desde hace unas semanas, más o menos desde que empezó el confinamiento, está subido en la columna de piedra que hay cerca del río y se niega a bajar. Pregona que permanecerá en su cumbre cuarenta días con sus cuarenta noches, en ayuno, y entonces descenderá. Varias veces han intentado los forestales y los bomberos forzar su rescate sin éxito y la policía, pese a las amenazas de denuncia por atentado contra la salud pública, lo ha dejado por imposible. Ayer, después de varios días de lluvia, me he acercado a verle con un cesto de ropa y comida, por si tuviera necesidad. Aléjate de mí, Satanás!, me ha gritado desde arriba lanzándome sus calzoncillos, lo último que le quedaba. Según mis cuentas, lleva ya ahí más de veinte días. Con un poco de suerte, yo creo que aguantará.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo viernes.

De aquí a dos o tres días tengo que ir de nuevo al súper. Me tengo que preparar. Antes de esto, me había acostumbrado a no hacer ninguna lista, lo tenía todo en la cabeza, soy un máquina. Bajaba a un sitio, por ejemplo, y, al subir, de camino, me paraba y compraba lo que me faltaba. Si por lo que sea no bajaba a ese sitio y subía a otro, lo mismo, paraba de camino al bajar y compraba. En cualquier parte. Sin listas ni hostias. Yo soy cosmopolita y chulo y tengo pocos remilgos a la hora de comprar. Yo antes no cogía nada con guantes. Tocaba todo con las manos, directamente. Un defecto de fábrica. Soy artesano y a los artesanos nos gusta tocar todo con las manos. Sentir las texturas lisas o rugosas o pringosas de las cosas. Los artesanos, sin tacto, no podemos vivir. Si no tuviéramos algo que tocar, nos moriríamos. Es el tacto con las cosas lo que nos inspira. Cuanto más toquemos, mejor. Lo de la mascarilla lo llevo mejor porque los olores me importan una mierda. Tengo la pituitaria atrofiada de tanta cola y tanto barniz, asì que ya pueden oler las cosas lo que quieran que a mí me da igual. Lo que me molesta de llevar mascarilla es el vaho que se acumula en las gafas. A veces hay tanto vaho que no veo bien las cosas y me dan ganas de quitarme la puta mascarilla y mandarla ya saben ustedes donde. No lo hago no sé por qué, con lo mucho que me cuesta a mí contenerme. La gente del pueblo cree que yo soy un artesano tranquilo, que está encerrado siempre en su tallercito, con sus cosas, y no tiene prontos violentos ni se mete con nadie. Eso se creen, pero estoy cambiando, estoy cambiando, el aislamiento me está cambiando, el puto aislamiento me está cambiando. Mira, que quieres que te diga, si tenemos que estar separados dos metros unos de otros cuando compramos, mejor. Mejor, mejor, mejor qué quieres que te diga, así puedo ir a comprar tranquilamente sin quitarme la ropa de faena, y si no me da la gana de ducharme, pues no me ducho, a quién le va a importar estando yo a una distancia de dos metros. Pues no me voy a duchar, fíjate lo que te digo. Dentro de dos días, cuando vaya a comprar, no me voy a duchar. POR-QUE-NO-QUI-E-RO. POR-QUE-NO-ME-DA-LA-GA-NA. Quieren guerra, pues van a tener guerra. Esto es la guerra.*

*Borrador para un concurso familiar de videomonólogos.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo martes.

Tercer día de lluvia intermitente, cielo encapotado, aumenta la sensación de frío, cambio. Recibido. Ni caminar ni salir al camino. Como mucho, a ratos, cúbrase bien y merodee en torno a la casa, lo más cerca posible de la puerta. Póngase las botas de suela gorda, las gastadas, y espere nuevas instrucciones, cambio. Recibido. Suministro de agua óptimo, energía solar débil, reservas de gas escasas, leña mojada, cambio. Recibido. Apague la tablet, desconecte la radio, minimice el uso del móvil, extraiga el paquete de velas azules del cajón del escritorio. Ese no, el otro, el de abajo, cambio. Recibido. Despensa semivacia, paquete de arroz empezado, harina rancia, lata de atún caducada, cambio. Recibido. Movilice recursos de emergencia, desprenda con cuidado las suelas de zapatos viejos, triture periódicos atrasados y amáselos con harina. Espere pacientemente la hora de la cena, cambio. Recibido. Efectos sanitarios insuficientes, guante roto, mascarillas sin elásticos, orujo de baja graduación, cambio. Recibido, cambio. Recibido. Productos de higiene precarios, pastilla de jabón pequeña, champú sin huevo, seiscientos rollos de papel higiénico, cambio. Recibido. Manténgase alejado un metro de sí mismo, no toque objetos innecesarios ni se ensucie las manos caprichosamente. Controle el esfinter, cambio. Recibido. 7.30 pm. Listo para merodear, botas de suela gorda gastada calzadas, cazadora de piel de borrego puesta, gorro de lana en la cabeza, cambio. Recibido. Demasiado tarde. Quédese en casa, siéntese en la butaca de cojines, envuélvase en una manta y manténgase en la oscuridad con los brazos cruzados. De acuerdo con su rito confesional, rece, rece mucho. Cambio y corto.

Notas para combatir el aislamiento. Viernes

Como estoy casi aislado, vino mi cuñado ayer a traerme unos encargos y fui a darle un abrazo, pero dio un paso atrás y con cara de susto me dijo que no me acercara, que era peligroso estar a menos de un metro. Nada, nada que si no no pararemos nunca este virus. Me quedé extrañado porque precisamente acababa de enterarme que entre cuñados el virus no se propaga, que un cuñado puede contagiar a cualquier otro miembro de la familia, a conocidos o a amigos, pero que es prácticamente imposible, vamos, imposible, que contagie a otro cuñado. Se lo dije y me preguntó que dónde lo había leído, que quién me lo había dicho, en qué fuente. En la del pueblo, le contesté. Que había ido esta mañana a por agua, como todos los jueves, y me encontré con Roberto, el cuñado de Raúl, que se lo había dicho el cuñado de María, la de la sierra, que a un cuñado vecino suyo, del pueblo de al lado, se lo había dicho el facebook. Que en China no se había dado ningún caso, ni en Corea ni no sé en cuántas partes del mundo más. Anda, anda…me dijo con cariño pero con algo de malos modos, venga, coge las bolsas y entra en tu casa, que eso son todo mentiras y fakes news, es que no te das cuenta? Y cogí las bolsas y entré en casa, triste y afligido, con un montón de natillas y arroz con leche que me mandaba mi hermana. Pero no tenía ganas. Para qué quiere uno tantas natillas si ni siquiera puedes darle un abrazo a tu cuñado…

Notas para combatir el aislamiento. Jueves

Al parecer, la gente de los huertos está cumpliendo rigurosamente el confinamiento. Son casi todos hombres mayores, jubilados que con toda probabilidad no sin amarga desazón se someten a restricciones tan severas. El huerto es su vida, y si este período de aislamiento se alarga más de lo deseable, a muchos de ellos el encierro en sus casas les convertirá en seres mustios y apáticos, algo que el trato diario con la tierra consigue evitar. Sólo a uno de ellos le he visto llegar alguna vez, bajarse del coche, abrir la puerta de la cerca y sin parsimonia, como apurado por una necesidad perentoria, mover unos cubos, desplazar unos troncos o cortar unas cañas y largarse. Un hombre, precisamente, acostumbrado a pensar de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente el crecimiento lento de una mata o el manso correr del agua en las acequias. O, apoyado en el extremo de una azada, penetrar con la mirada el aire, como si en él fuera a encontrar una desconocida semilla de sabiduria. Un hombre que no me cae ni bien ni mal porque es seco, frío y parco en el trato, pero que desde lejos, cuando centra su pensamiento en la resolución de algún misterio, cuando le veo desde lejos parado y sumido en un interior desentrañable, siento irresistible la tentación de acercarme a él y preguntarle qué piensa, qué imagina, que rumia. Hoy ha demorado más su tiempo porque cumplía un requisito tolerado. Quemaba, en el rincón más apartado de su huerto, unos rastrojos de humo horizontal y espeso que, fiel a su costumbre, atravesaba con su mirada de filósofo ausente. En otras circunstancias, el alcance indefinido de esa mirada podría traer a su cabeza, pongamos por caso, la desoladora plaga de langostas que asola África, sin yo sospechar remotamente nada. O algo más simple como, por decir algo, la construcción de un aforismo. Como otras veces, le habría observado y, desde lejos, seducido por esa pose de Aristóteles rural, reprimiría la curiosidad que me despierta su figura pensante. Pero hoy no hacía falta. Hoy, en estas circunstancias, su pensamiento era transparente, y ni siquiera el humo espeso y turbio de la hoguera podía encubrir esa única preocupación latente en todos nosotros.

Notas para combatir el aislamiento. Miércoles

Salgo cada tarde a caminar una hora antes de que anochezca. Cierro los periódicos, apago la radio, me alejo por un rato de la realidad viciosa que procura el enclaustramiento. Tengo el hábito de cruzar el río y seguir su curso adentrándome en el bosque espeso, flanquaer una finca donde siempre me ladran dos perros y volver a casa por la carretera tranquila, entre campos de viñedos, de olivos, de almendros y de avellanos. Caminar ordena mis pensamientos, por lo general débiles, y fortalece mi optimismo, cuando mi optimismo está amenazado. A veces y por variar, como hoy, cojo desde la carretera una senda empinada y tortuosa y alcanzo con cierto sofoco una planicie ondulada y alineada de vides hasta un infinito tolerable. De tanto an tanto, me detengo a contemplar las montañas, las desafiantes crestas rocosas, mientras el pueblo, a mi espalda y en la lejanía, sumerge su perfil vacilante en un pigmento crepuscular. Frente a mí, más allá de unos terrenos arenosos poco productivos, paralelo a un amontonamiento de casas que fueron señoriales, corre un tren. Es un convoy largo, de vagones interminables, en cuyos nichos abiertos como carcasas viajan impecablemente ordenados los flamantes coches de serie, todos iguales. De repente, siento que la abrumadora pesadilla de datos y cifras que he querido dejar atrás, en el silencio mudo de mi casa, florece de modo lúgubre en mi imaginación, que ve un convoy inacabable de féretros atravesando un paisaje de tragedia. A veces ocurre, a veces, por variar, mis paseos desordenan aún más mis pensamientos, debilitan del todo mi optimismo y estimulan mi oscura imaginación.

Conocidos y saludados. 4

A Juliet, la carnicera, casi nunca la veo. Yo no como carne y en su pequeño establecimiento de salchichas y lomos no vende alimentos envasados. Juliet es una mujer rolliza y hermosa que no se desprende de su mandil floreado. Lo sé por mis pocos encuentros con ella en correos o en el lavadero de la fuente. Con motivo de no recuerdo qué gestión en el ayuntamiento, en el que ella se encontraba, escuché sus alegatos contra una amenaza expropiatoria. Con indiferente dramatismo, acusaba a su hermano de la dejadez de las granjas. Su hermano, desastrado y destructor hasta donde le era permitido, recorría con su camioneta decrépita los caminos entre las explotaciones. Talaba árboles de propiedades ajenas, inundaba con aguas residuales pastos comunales o pisoteaba él mismo con sus botas llenas de mierda los pequeños huertos de los jubilados. Durante mucho tiempo, sus fechorías estuvieron a cubierto por la autoridad sanitaria, que diagnosticó insanía mental. Más tarde, rehabilitado con terapias severas, se incorporó a la plantilla de la empresa familiar ayudando a los gorrineros. Su comportamiento ejemplar no duró mucho. De él se decían barbaridades acerca de sus prácticas reprobables con animales hembras de la cabaña. Volvió a un centro de rehabilitación y en el intervalo murieron sus progenitores. La carnicera, a la que casi nunca veo, asumió la responsabilidad tutorial a su regreso sin perder el carmesí esplendoroso de sus mejillas y abrió el establecimiento de carne al que nunca voy. Está registrado que sus proveedores suministran la mercancia al negocio a cambio de la explotación sin reservas de las propiedades familiares. Uno de ellos, un tal Fabián Ilustre, ambiciona apropiarse del total de las posesiones y señorear las tierras casándose con ella, quien de momento le niega todo amor. Se habla mucho de un complaciente trato con su hermano, cuyos nervios tranquiliza dejándose bajar por él las bragas. Eso le mantiene a raya y asegura su independencia. Viven los dos en la gran mansión inacabada de ladrillo amarillo, rodeados del permanente tufo a orines y podredumbre. Para muchos, entre los que me incluyo, tiene algo de milagroso verla siempre tan aseada y tan limpia, tan lustrosa, con su inmaculado mandil floreado.

es guionista de cine

Se sienta frente a mí una mujer. Es guionista de cine. Durante un tiempo, fuimos amantes. Cuando nos conocimos era joven, guapa y ambiciosa. Estaba casada con un hombre por el que sentía un afecto fundamentalmente paternal, un hombre mayor, casi un anciano, que conservaba una mínima vitalidad y un encanto enternecedor, pero vivía atado a una silla de ruedas y tenía mucho dinero. “Mátalo”, me dijo un día. Me lo pensé, era complicado, tenía que parecer un accidente. “Está bien, lo haré -le dije. Lo haré por tí, porque te quiero”. Así que lo maté. Cogí un cuchillo de la cocina, el de la carne, y, como por descuido, equivocadamente, se lo clavé tres veces en el corazón. “Oh, es horrible”, dijo ella, cuando vio la silla de ruedas cubierta de sangre. “Pero ahora somos libres. Ricos y libres. Ésperame abajo, mientras limpio un poco todo esto”. Naturalmente, no la volví a ver: se fugó con su productor. Como amante fue, sí, una decepción, pero hemos de reconocer que escribiendo guiones tampoco es que tuviera un don.

Mujeres sentadas   2012   Eladio Redondo   ed. Beltrónica

despertares. 2

Te despiertas a medianoche obsesionado con el final de la novela que estás escribiendo. La empezaste a escribir hace siete años, pero llevas casi seis buscando un final que nunca te satisface. Te da la sensación, esta vez, de que por fín lo has encontrado, de que la novela estará por fin terminada. A partir de entonces, como te ha ocurrido otras veces, ya no puedes dormir. Le das vueltas a la idea una y otra vez, tratas de desarrollarla, de encajarla en el relato de acuerdo con su función. También como te ha ocurrido otras veces, es decir, siempre, al cabo de varias horas de darle vueltas y más vueltas la buena idea empieza a desinflarse y el sueño sigue sin llegar. El sueño no llega y la idea no vale absolutamente para nada. La novela que empezaste hace siete años sigue sin tener un final. Ahora, lo único que deseas es dormir un poco y descansar. Pero no puedes, se te acaba de ocurrir una idea para arreglar de una vez por todas el problema de las hormigas, con el que llevas más de siete años, casi los mismos que los que llevas con la novela, luchando por encontrar una solución. La idea es buena, y, después de moverte alrededor de ella buscando los pros y los contras, concluyes que, por lo bestia, en el marco de la realidad no es aplicable, pero sería el excelente final de una novela, aunque no de la que empezaste a escribir hace siete años. Finalmente, resignado a no dormir, te levantas, te lavas la cara y te vistes. Lo mejor de empezar el día es que él solito se las apaña para encontrar un final. Te guste o no.