Cuaderno de verano. Voyeur

Alcancé a ver con los prismáticos un brazo levantado a la altura de la cabeza. Los dedos, finos, trenzaban el enmarañado cabello caído sobre unos hombros desnudos. Sorprendidos en un gesto de pícara indolencia, a su tiempo esos labios pedirían más caricias, más minutos, más bebidas refrescantes. Tapaba la visión del ojo izquierdo el largo mechón de un flequillo enroscado como cola de pez, símbolo inequívoco de una lujuria secreta. El derecho fijaba su posición en la negrura de la noche, donde yo me emboscaba. Un salto de cama azul turquesa gravitaba en sedosos pliegues con lentitud lunar, acercándose o alejándose de aquel cuerpo al impulso de mis mareas. A contraluz, la sutil transparencia perfilaba curvas icónicas y senos de gelatina. Una de sus piernas, la derecha, ofrecía al abrirse un ángulo de sombra llamado también de perdición. La otra descansaba firme y recta, ajena a la sincronía de la erótica creciente. Los pies no se veían porque en el suelo había geranios y hortensias y virginias de anchas hojas bajo cuya profusa expansión desaparecían. Debajo del balcón sobresalía un tejadillo metálico prolongado en una finísima linea de sombra que, a su vez, coronaba un rótulo enmarcado en un circuito de neón: MANIQUÍES.

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