Una historia real

Me encontré con M en la fuente, anoche. Siempre que nos vemos, M me da un abrazo grande, me besa en el cuello y en la boca y me coge la cara entre las manos, con fuerza, con alegría, como si quisiera estrujar un coco. Le tengo mucho aprecio, pese a todo. Nos conocíamos de antes, pero fraguamos nuestra amistad en el centro de rehabilitación de hombres separados, donde nos enseñaron a freir un huevo y a administrar nuestra desesperación. A él, su mujer le había abandonado por otro y a mí la mía por otra, en los tiempos aquellos en que un hombre tenía que empezar a espabilarse un poco, por su bien. Tanto a él como a mí, la rebelión nos pilló desprevenidos y el desasosiego y la inquietud, unidos a un angustioso desamparo, propició un início de decadencia que no supimos prever. Cómo íbamos a preverlo, si no habíamos hecho nada malo. El caso es que un familiar mío me agarró un día de las orejas y me ingresó en el centro aquel. “Para que aprendas”, me dijo. M estaba aún peor que yo, y eso que yo casi casi había perdido hasta el habla. Como nos conocíamos de vista, y a mí los hombres grandes y medio brutos siempre me han producido simpatía, conectamos enseguida y entablamos una amistad que, poco a poco, desde que abandonamos el centro, se ha ido fraguando con nuestros encuentros casuales en la fuente. A Dios gracias, yo ya he encontrado mujer, pero a él le está costando mucho, con lo mal que se está solo. En el centro nos enseñaron técnicas de galanteo adaptadas a la vida de hoy, y de ellas he sacado provecho. No así M, que arrastra además el grave inconveniente de las hijas, que no crecen como tendrían que crecer. En el centro te tratan muy bien y te enseñan muchas cosas y muy buenas, pero a un hombre como M, acostumbrado a servidumbres silenciosas, dos hijas para él solo le quedan un poco grandes. Fue porque la mujer no pudo llevárselas a Berlín, por papeles de aquí, y la suegra no las quiso entonces ni las quiere ahora. La suerte mía fue no tener nada. De hijos, digo. Todo es más fácil sin hijos. En el caso de M, un lastre que de manera harto injusta frena su incorporación a la vida sentimental. Mucho mejor hubiera sido para las niñas Berlín, donde el crecimiento de las mujeres es imparable. De modo que, para M, nuestros casuales encuentros en la fuente constituyen hoy por hoy su único motivo de alegría. Yo por mí le daría trabajo en el taller, haciendo lámparas, pero el problema son las niñas, que donde las metemos.

Lámparas de techo. Modelo Menuti. Contacto: eladiore@yahoo.es

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2 thoughts on “Una historia real

  1. Me quedo con la duda de si el narrador se ha enterado de algo.Uf, cuánta realidad en tan pocas líneas, esperemos que poco a poco superada.

    Abrazos, Eladio.

    Pd. ¡Bonitas lámparas! Tus trabajos artesanos son una auténtica maravilla

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    1. Como lector, comparto tus dudas con respecto al narrador, Xibeliuss. Ahora bien, no le preguntes al autor, nunca sabe nada de lo que escribe, y menos si es real. Gracias por el comentario y agradecido de que las lámparas te gusten. Un abrazo.

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