Crónica negra. La confesión. 2

Pero lo otro que pasó no fue el Damián. Fue cuando teníamos los dos unas noviejas de un pueblo cercano que eran hermanas y que si encontrábamos a a alguien que nos llevase en su carro o en su remolque íbamos a verlas. O muchas veces andando si nos pillaba cerca cuando estábamos con el ganado. Entonces ya éramos hombres, pero el Damián y yo seguíamos haciendo jornales con las cosas del campo que salieran, y como no teníamos familia hecha, el poco dinero que ganábamos nos lo gastábamos en lo que más nos gustaba, que eran las cartas y lo otro. Digo por eso lo de las noviejas, que eran hermanas y nos entendíamos muy bien con ellas, pero cobraban. Fue un día que no se me olvidará por lo frío y escarchado que estaba el campo a aquella hora tan de mañana. Me lo dijo el Damián, que había estado jugando a las cartas con el gallego, el rubio y el abuelo Cosme en la tabernilla del lagar, la vieja. Esos y nosotros pasábamos muchos ratos sentaos a la mesa con las cartas cuando era invierno, pegaos al fuego de leña que hacía el rubio en un rincón con piedras recalentás, pero esa tarde yo no estaba, no sé qué estaría haciendo. El caso es que el Damián le oyó decir al abuelo Cosme que el Julián, su yerno que estaba en Madrid en la construcción, mandaba tos los meses un giro con los dineros de los jornales a su mujer, que hacía bien poco que había parido, el cuarto creo que era, el cuarto o el quinto, eran muchos y más que fueron, entonces todos muy pequeños porque venían todos unos detrás de otros. Y que su mujer se había ido con el recién nacido a Madrid para no sé qué de unos papeles y visitar de paso a un familiar. El Damián cuando tenía esas ideas a mí me daba un poco de miedo porque ya otras veces, con poca cosa, porque era poco si robábamos en Villares o en Saelices unas perras de algún canastillo en los poyos de la venta, mientras la gente esperaba el autobús, a mí se me hacía de mal, pero luego con los dineros en el bolsillo, que siempre eran menos que los que se quedaba el Damián, se me olvidaba, y más cuando ya nos metíamos en la taberna y con el vino todas las cosas se dejan perdonar. Así que me lo dijo y me dijo que él no podía ser el que entrara en la casa porque era un medio pariente y era mejor que quien entrara fuera yo, que de mí iba a ser difícil que pudieran sospechar y que tenía que haber allí un buen dinero, me dijo. Era fácil, decía el Damián, porque había un ventanuco a ras del suelo en la calle para poderse colar que daba a la habitación del matrimonio, y allí entre las mantas o en el colchón o en el baúl tenía que estar el dinero. No era nada más que entrar y rebuscar y cogerlo porque sabía él que a esas horas las criaturas estarían con la más mayor en la otra casa por encima del corral, con la Sabina. Era también eso, que el Damián sabía convencerme o que yo no sabía nunca decirle que no y echarme atrás, por no acobardarme ni ser menos que él. Así que esa misma noche fue, más bien de atardecío, pero ya no se veía ná, y a esas horas con el frío y el viento que se levantó no quedaba en la calle ni la mismísima Ánima del purgatorio, las calles estaban más vacías y más quietas que las risqueras del cerro en una fría madrugá.

crónica negra. la confesión. 1

No, no fue el Damián, lo que pasa que el Damián y yo teníamos muchas cosas igual, nos parecíamos mucho, en el parecido mismo y en otras cosas peores. En el juego por ejemplo, y en lo de las mujeres. Nos gustaban a los dos, pero a mí casi más que a él, no sé de dónde nos venía pero siendo que teníamos la misma edad y que nos criamos juntos bastaba con que uno de los dos tuviera gusto de algo para que el otro ya lo tuviera también. Ya desde chicos nos gustaba mucho el gamberreo. No es que hiciéramos ná, porque aquí en el pueblo de conocernos nos conocíamos tós, es un pueblo mu chico, y poco podías hacer sin que en poco se enterara nadie, pero trastadas hacíamos todos los días y algunos bien grandes si nos alejábamos un poco, a otras pedanías y a otras majadas cuando llevábamos las cabras o las ovejas del tío Justo. Entonces sí nos despachábamos a gusto. Brutalidades de críos que eran eso, pero algunas muy malas, y el Damián en eso si que era peor que yo. Bueno, en eso y en todo, el Damián de to aprendía enseguida muy rápido, listo sí que era, pero tenía ya desde pequeño y mira si lo conocí bien, porque lo conocí bien, unas ganas siempre de ser más que muchas veces me emtraban ganas de no ir más con él. To lo repartíamos siempre, y ya cuando crecimos y con los pocos dineros que íbamos juntando y nos los gastábamos en vino y en cosas de hombres, ya entonces ya él seguía igual, como si fuese él más que yo. Que sí que nos entendíamos y nos arreglábamos en muchas cosas como si fuéramos hermanos, igual que hermanos, si hasta creo, porque nos llevábamos días, ná, poco, si hasta creo que mi madre le daba de mamar a él la leche que le sobraba, bueno, pues no, él tenía que quedarse si no siempre casi siempre con más o con lo mejor, como si fuera una revancha conmigo por haberle dejao de mamar sobras. Que se creía que él era mejor que yo y eso siempre lo tuve yo ahí dentro de mí con molestia, como una piedra en un zapato, pa entendernos. Como la vez que casi la liamos gorda, pero gorda de verdad. Entonces ya no éramos tan críos, que ya seríamos bien mozos, pero la cabeza y los sesos no los teníamos todavía en sazón ni los tuvimos nunca y yo menos. Que a mí no se me ocurrió, que fue a Damián, pero yo le seguí la gracia y gracias a que el percance no acabó en desgracia, porque metimos en un canastillo de paja que encontramos en un corral al recién nacío de la Dore y lo echamos al río pa dejarlo correr como le hicieron a Moisés. Mira, venía entonces el río mu lleno porque había llovido dos días antes, y no sé por qué tuvo esa ocurrencia el Damián, si sería porque le tenía tírria a la Dore o por lo que fuese, el caso es que fuimos corriendo a la vera del río hasta llegar al puente y cogerlo otra vez para que no pasara ná, na más que para divertirnos, pero poco antes el canastillo dio un vuelco y el niño cayó al agua. Dios mio, la que pasemos. Que menos mal que en llegar al puente, que ya quedaba poco, se metió el Damián y yo arriba como pude y entre los dos lo agarramos al pasar. Yo no sé luego la de cosas que tuvimos que inventar porque aquello no tenía justificación ninguna. Y eso tampoco se me olvida porque el Damián andaba diciendo entre unos y otros que el niño lo había cogido yo y que él lo había salvado en el puente, o eso decían algunos que a lo mejor querían malmeterse y ponernos entre nosotros a mal, no sé, el caso es que cuando ya eso pasó íbamos siempre juntos a todas partes como siempre, pero también eso me quedó dentro y como otra piedra en el zapato, pero más gorda.

Crónica general. La larga sombra del Ánima

La mañana del último día el aire corría un poco más fresco, pero el sol seguía brillante y el cielo limpio y azul. Cuando el viajero se levantó, en la penumbra de la cocina su hermana Esperanza estaba preparando café. Como es el único café que se toma al día, le gusta tomárselo en taza grande y muy caliente y demorarse en el placer de esos primeros instantes sin que nadie ni nada la perturbe. En la intimidad de su casa de Madrid es así, pero ahora compartirá con el viajero y con la Reme ese gusto por los placeres cotidianos alrededor de una mesa bien surtida de embutidos y quesos, tostadas y rosquillas caseras. Luego saldrán a pasear por el pueblo. La Reme, como es conocedora de todas las casas y de los nombres de sus vecinos, las enumera y relata sin cansarse ni olvidarse de nimguna de ellas a lo largo del recorrido. En eso cree ver el viajero la huella del abuelo, porque era obligación del cartero hacer memoria no sólo de los nombres de calles y plazas, también de los de sus vecinos y de los hábitos de los mismos. Será eso o será que la Reme posee una curiosidad natural casi cansina, y no para de indagar aquí o allá, preguntando, escuchando y leyendo sobre todo aquello que cae en el perímetro de sus intereses. Más bien será eso. Que no para ni quiere parar ni tiene por qué. En definitiva, que conoce todas  las casas y muchas de las cosas que pasan en ellas. También de las que están permanentemente cerradas o las que están construidas a medias o abandonadas por una u otra razón. Y hay unas cuantas. Pasa aquí lo que pasa en otros lugares del interior peninsular, que el campo se abandona y los pueblos envejecen sin que nadie ponga remedio para evitarlo. El despoblamiento rural es una muerte lenta y de oculto dolor que en algunos pueblos como éste intentan paliar con implantes en la piel. El ayuntamiento ha ido cediendo terrenos para que quienes lo deseen construyan y planifiquen un asentamiento que frene la desbandada general, pero el censo anual a la baja lo desmiente. Las casas se construyen para que el verano la plaza esté llena durante las fiestas y el único bar que hay en el pueblo no cierre. Y sin asentamientos no hay recursos y sin recursos no hay servicios y sin servicios no hay gente. Hasta una tal Karmele que goza de fama en televisión ha levantado aquí una casa que ha dejado a medias, vete tú a saber por qué. A lo mejor porque ya no queda muralla de la que coger las piedras para construirla, como hicieron en el pasado sus habitantes cuando el árabe quedó definitivamente derrotado y ya no había recinto que defender. A lo mejor porque la visitó una noche el Ánima del purgatorio en su recorrido existencial y le dió pavor la calavera que le pedía como tributo la parte que aún quedaba por construir. Aunque es difícil acogerse a esta razón porque hoy el Ánima ya no tiene tanto ánimo. El viajero ignora si esa costumbre de siglos aún mantiene su arraigo y lo tendrá que averiguar. Por lo leído, es una tradición que marca y define en mucho el carácter y la cultura de un pueblo respetuoso con la religión y temerosa de ella al mismo tiempo. Ese penitente encapirotado que en compañía de otros cofrades va de casa en casa la noche del Martes de Carnaval remite a una plástica expresionista cruzada de sombras y amenazas. El escenario es idóneo: callejuelas pedregosas, estrechas y empinadas envueltas en la más absoluta oscuridad, y silencios planetarios, profundos, puntualmente alternados con oraciones e inquietantes sonidos de pisadas sobre las piedras. Y el fulgor seco y tétrico de la calavera, que los anfitriones besaban tras los rezos en memoria de las ánimas familiares y la dádiva monetaria. Nadie negaba la entrada del Ánima en su casa, lo que indica el grado alcanzado por el temor o el miedo y la culpa como armas de presión religiosa. Con este argumento y otros que documentos históricos avalan, el enriquecimiento del clero progresaba. Por lo demás, todo estaba enmarcado en un ambiente de austeridad y recato que poco tiene que ver con la idea que tenemos de un carnaval. El origen de estas liturgias queda lejos, pero el manto de su influencia llega hasta nuestros días. El viajero, mientras contempla el olivar mandado plantar por el Ilustrado zafreño José Casado Torres, apodado el Rusiano, en las laderas del Galumbarde, se pregunta cuánto hay de aquel miedo, de aquella culpa y de aquella austeridad en ese fantasma sin aparente identidad que recorre su interior.

La Reme. La mudanza

…y tú tampoco, claro, tú tampoco te puedes acordar, tú tendrías tres años, si la Angelita tenía un mes, tú tendrías tres años, y yo te llevo a tí nueve pues yo tendría once o doce cuando la mudanza, pero la mudanza la hizo padre que vino con un camión que le ayudó el tío Ángel, que se fueron con los muebles a Madrid con el camión, y a mí me dijeron, como estaba en Saelices que me había ido antes, unos meses antes, cinco o seis meses antes, que había ido a cuidar un niño de una familia que tenían una tienda y un bar en una esquina de la plaza, y como yo estaba allí en Saelices, me dijeron, cuando ya nos mudamos todos, que me esperara donde paraba el coche de línea, y nos fuimos a Madrid, pero yo estaba en Saelices, a mí me cogieron en Saelices y padre ya se había ido antes con los muebles en un camión, y a mí, me acuerdo igual que si lo viera, la familia del bar le decían a madre que me dejara allí con ellos, uy, si me querían mucho y decían que me dejara madre allí, que ya irían ellos algunas veces a Madrid y me llevarían para que nos viéramos, pero yo no quería, a mí aquel matrimonio me quería mucho pero yo no quería, y los que me trajeron del pueblo a Saelices, que fueron dos hermanos que vendían gaseosas con un camión, me trajeron a mí del pueblo a Saelices en su camioneta, yo iba entre medias de los dos me acuerdo, tenían la fábrica o donde hacían la gaseosa allí en Saelices y les decían o les llamaban los Pilarines o los Pilines algo así, y me querían también mucho, se cuidaban mucho de mí, como me habían traído, pues cuidaban mucho de mí, asi que…

Crónica general. El amor y la muerte

El cerro sobre el que se asienta el pueblo es una más de las modestas elevaciones rocosas que configuran la sierra de Zafra, cuyo nombre comparte también con el ˋpueblo mismo, y, a pesar de la opinión en contra de la Nieves, Octavio Cano* escribe en su libro que estos montes con sus pequeños valles constituyen las agónicas estribaciones de la serranía conquense. Como quiera que es un área elevada unos cientos de metros por encima del nivel medio de la gran meseta castellana, los veranos suelen ser extremadamente calurosos y los inviernos aterradoramente fríos. El viajero esto también lo sabe porque tiene recuerdos de lejanas visitas en que el helado viento o el frío cortaban el resuello incluso en algunas noches de verano, donde había que proveerse de mantas y abrigos para asistir a los festejos en la plaza. Novecientos metros son muchos metros. Pero los días de octubre recogidos en esta crónica fueron días apacibles y templados, de cielos prácticamente límpios y tardes bondadosas y serenas que invitaban al paseo. El viajero salía con sus hermanas por la parte trasera del corral y flanqueaba la torre del castillo, que quedaba a la derecha. A la izquierda, desde otro mirador con sombra y poyetes de piedra, la vista planeaba sobre la extensa vega y alcanzaba horizontes hechizados por las lejanas primeras sombras de poniente. Después descendían una pequeña cuesta y enfilaban sus pasos  por una estrecha senda en dirección a los Asentillos y más allá. Todavía es posible encontrar de vez en cuando algún grupo de jóvenes charlando al abrigo de ese mirador rocoso en cuya base la erosión o la diligencia árabe labraron los escaños que le dan su nombre. Pero no tanto como antes, ni tanto como mucho antes. Y mucho antes, las mozas del pueblo elegían ese lugar para reunirse y confiarse secretos mientras enhebraban labores de costura o bordado o ensayaban, como señala Octavio Cano, las canciones que posteriormente cantarían en los corros de la plaza. Mirando un poco más atrás, una comitiva acompañaba a las parejas recién casadas hasta allí entre cantos, bailes y el deseo de un futuro feliz y próspero. Eran otros tiempos. El viajero no los conoció ni pudo conocerlos pero constata por lo que oye y por lo que ve que ese lugar rocoso que fue en tiempos árabes una atalaya de vigilancia preventiva hoy es el guardián del secreto corazón de varias generaciones. Y guardián eterno de otras muchas es el cementerio, que Octavio Cano emplaza, en el siglo XVIII, al pie de la iglesia en una ladera entre las calles del Algibe y la del Arco. A los muertos, entonces, no se les enterraba como ahora. Ni en ese ladera, porque el cementerio hace ya muchos años que trasladó su negocio y buscó mayor y mejor emplazamiento en la costanera oeste del molino, donde ahora se encuentra. Allí, bajo un montículo de tierra con una cruz de hierro negro encima enterraron al abuelo del viajero. Él no puede recordarlo porque no estuvo, pero retiene la imágen del montículo y la cruz de un día también soleado en que lo visitó, no mucho tiempo después. Ahora es más difícil que entonces hallar su tumba. Está, sí, y su hermana Reme desde el otro lado del muro encalado que protege el recinto se la señala, pero cuesta distinguirla entre tanta riqueza de mármol y piedra lujosamente esculpida. Nada que ver. Con el paso de los años, el pacto con la muerte ha variado formalmente sus condiciones de contrato, los pobres del pueblo mueren igual pero más tarde y descansan en paz como los ricos que nunca fueron. Muertos de aquí y muertos de otros lugares traídos aquí, para ser enterrados en el pueblo que les vio nacer. Mejor que antes, mejor que como su abuelo, descansan para siempre bajo el manto de una lápida digna y honrosa. Con ellos están enterrados también los tiempos que ya han muerto.

Leyendas y hechos reales de Zafra.  Octavio Cano.

La Reme. La casa

…era una casa que tenía un corral muy grande que caía un poco hacia abajo y luego estaba la cuadra, con dos burros que teníamos porque los animales daban mucho calor, y las cuadras por eso estaban pegás a las casas, se entraba por la cuadra a la habitación de madre y padre y luego al comedor y la cocina que estaba todo junto, pero más animales no teníamos menos las gallinas, claro, y el cerdo que estaba en la corte en el corral, que se llamaba la corte donde estaba el cerdo, un cuadrado bajo de piedras con su puerta y su techo, y luego las gallinas que estaban por allí, y antes de entrar a la cuadra, a la derecha, pues estaba el pajar con paja y arriba que se guardaban las cosas o de la comida o el trigo o la harina y las cosas, como una despensa a lo mejor, para guardar lo que fuese…eeeso es…arriba estaba todo mejor guardado, de los ratones o los bichos que hubiese…eeeso es…pero no, pero se entraba arriba por arriba por la casa, y en la casa, que a la habitación de madre y padre se entraba por la cuadra, y era una habitación grande, con una cama y sin armario, que entonces no había armarios, y un baúl que era donde se guardaba la ropa, pues por una ventana chica que daba a la calle por arriba, la ventana era pequeña pero daba al ras, entraron a robar, y dicen, porque lo vieron y alguno lo reconoció subiendo calle arriba pero claro, demostrar no se podía demostrar, que había sido el tío Damián, que se enteraría, o quien fuese, porque pudo haber sido otro, que había llegado un giro de padre, porque padre ya sabes que antes de irnos ya estuvo dos o tres años trabajando en Madrid y mandaba cuando podía un giro, y digo yo que alguno se enteraría y por eso entraron a robar, pero se ve que no le dió tiempo porque entonces aparecieron la Mercedes y la Nieves y se ve que con los ruidos pues el que fuese se fue, no le dio tiempo, fuimos a llamar al abuelo que estaba jugando a las cartas, el abuelo siempre estaba jugando a las cartas, en una casa a la vuelta de la nuestra y vino con otros que estaban jugando a las cartas con él, y que creemos que fue el tío Damián no porque lo sepamos, pero es que a ver quién si no, si era capaz de jugarse hasta la mujer, el caso es que cerró la puerta de madre y padre por dentro, que tenía un cerrojo bueno para cerrarla por dentro, y que no podíamos pasar, de eso me acuerdo yo y de que tú estabas con madre en Madrid que estaba con la tía Otilia, que fue a ver a padre, claro, y tú como a lo mejor tú tendrías meses, si serías chico muy chico, meses, no te quería dejar allí por eso y estábais los dos en Madrid cuando pasó, y a la habitación de madre y padre se pasaba también por el comedor que también era la cocina y se pasaba desde la calle y a la derecha estaba la banca, la que teníamos allí, que luego nos la llevamos a Madrid, tú a lo mejor yo no sé si te acuerdas, estaba la banca según se entraba a la derecha y en el centro pues estaban la mesa y las sillas, el comedor era también grande y arriba había una habitación y allí dormíamos nosotras, bueno en la habitación de madre y padre había también una cama más pequeña y ahí dormí yo y a lo mejor ahí dormirías tú también, hasta que nos mudamos a Madrid, la Angelita con un mes, ella, claro, no se puede acordar, asi que…

Crónica general. El mirador del vallejuelo

La casa donde el viajero se hospeda lleva el nombre de El Mirador del Vallejuelo y es propiedad de su hermana Reme, que la compró y la restauró convirtiéndola más tarde en casa rural. Es una casa de planta alargada, de dos alturas, con un patio y una pequeña terraza elevada que es también un mirador. No hace falta acceder a él para contemplar la hondura de ese pequeño valle encajado entre discretos cerros, más allá de los cuales se extiende la llanura manchega en dirección sur. A la derecha, el río aprovecha la ligera depresión de los montes para encauzar su curso y la carretera discurre paralela a él. En sentido sur desemboca en la Autovia Madrid-Valencia y en sentido inverso asciende por las laderas del pueblo hasta darle alcance. Al otro lado del río levanta sus sedimentos rocosos el cerro de Galumbarde. Esas son las referencias básicas que desde el Mirador del Vallejuelo es posible contemplar, probablemente el único lujo que podían permitirse quienes lo contemplaran en los largos y penosos períodos de escasez, que fueron muchos. Pero al viajero no le faltan casas en las que poderse hospedar. Pared con pared de aquélla se levanta, de construcción nueva en gran parte, la casa de su hermana Nieves, una casa de estructura también singular asentada sobre la roca que conserva, en su parte más elevada, el viejo corral, otra atalaya para disfrutar de la belleza de un paisaje seco y duro en su entorno más amˋplio y algo más generoso en esta vertiente con olivos, almendros, encinas y la estrecha línea del arbolado fluvial. El viajero no puede decir mucho más porque no sabe mucho más. Sabe que el pueblo fue un enclave importante durante la ocupación árabe, que aprovechó su emˋplazamiento elevado para constituirse en una fuerte plaza de defensa. En lo más alto del crestón, a treinta metros escasos del corral, quedan los rastros pedregosos de lo que fue una alcazaba y restos, en la loma más baja, de la muralla que circunvalaba el asentamiento. Lo que ahora atraviesa el pueblo es un período de despoblamiento muy común en amplias zonas de la meseta castellana. Los residentes censados alcanzan un número aproximado de ciento cuarenta, la mayoría de los cuales vive de la agricultura. El viajero sí sabe, por tanto, que el moderado bullício que llega desde la plaza es puntual y acordado, porque en fechas de fiestas y efemérides acuden familiares y parientes o forasteros para encontrarse y celebrar el acontecimiento. Muchos de ellos tienen casas, nuevas o restauradas y pasan en ellas sus vacaciones y fines de semana. Lo normal. La casa donde el viajero se hospeda y la contigua, es un ejemplo, y suele ocurrir que en días así se junten en ellas veinte y más personas pertenecientes a las diferentes ramas de la familia, de por sí muy extensa. En esta ocasión, incluyéndole a él, el viajero cuenta dieciséis. No son muchos. La mañana en que llegó hacía sol y era agradabilísimo dejarse acariciar por la brisa fresca y suave que movía las ramas del almendro en el corral. La comida la preparaban, como siempre, las mujeres, una costumbre reprochable cuyas raíces alcanzan el tuétano de la cultura rural y patriarcal. Se turnaban moviendo el palo en la olla la Nieves, la mayor de las hemanas del viajero y la Esperanza, que aprovechó una pausa para contar en medio de risas y cachondeos la noche en que mano a mano con Sole, su sobrina, se pimplaron ellas solas dos botellas de vino mientras su marido lanzaba a través del ventanuco de la habitación que da al corral su colección de bragas. Momentos como ese no son pocos ni aislados en la familia del viajero. Es normal que alrededor de la mesa y entre los gritos de unos y otros la risa reparta una suerte de saludable alegría entre los comensales. Reirse es bueno, y la familia Redondo se ríe mucho. Lo normal, después de comer, es que la tertulia continúe acompañando los cafés y se prolongue de forma natural sin que las acostumbradas disidencias de los más jóvenes la alteren.

La Reme. La mesa camilla

…la mesa que teníamos en el cuarto de estar, la mesa camilla, la que teníamos en el cuarto de estar, esa mesa fuímos madre y yo a encargarla a Villares, porque entonces en Villares es donde estaban todas las tiendas y allí comprábamos lo que nos faltaba, que en el pueblo no había, aunque el pueblo no sé cuántos años hará ya de eso, pero que creo, vamos, que no es que lo crea, es que lo sé, hubo un hospital, te hablo de no sé cuántos años, a lo mejor siglos, y una cárcel, que entonces el pueblo no era como luego fue, a lo mejor la iglesia se hizo después, si lo que te digo es ya de hace mucho, y de cura estuvo una vez un chico joven, no me acuerdo ahora el nombre, que le echaron del pueblo porque se ponía a trabajar en las carreteras con los obreros, eso ha pasao aquí en el pueblo, y entonces, que lo que te decía, que fuímos madre y yo a Villares a encargar la mesa camilla, la que teníamos en el cuarto de estar, y como íbamos en el burro, por caminos por el llano, claro, no es como los que luego las carreteras que han hecho, cuando llegamos a Villares se ve que como la calle estaba muy húmeda, no sé si porque habían regao o no sé por qué, el caso es que había como agua, el burro se resbaló y se asustó y madre, pa no caerse, se ve que apoyó la mano mal o se apoyó mal, y se hizo daño en la muñeca, y de eso me acuerdo, si era yo mu chica, no sé cuántos años podía tener, pero era yo mu chica, y era una mesa que tenía abajo las patas labradas, ¿tú no te acuerdas?, donde se ponía el brasero, abajo…sí, hombre, te tienes que acordar, abajo tenía como un…claro, si la de Madrid era la misma que fuimos madre y yo a encargar a Villares, que estaba en el comedor de la casa donde vivíamos, ¿no la has visto?, la que hay ahora no, porque la nuestra la tiraron y la hicieron nueva los que la compraron, estando ya nosotros en Madrid, la nuestra estaba en lo que ahora es esa casa, que hasta que murió la abuela de madre y repartieron nosotros todavía vivíamos allí, asi que…

El viajero

El viajero entra en el pueblo por donde siempre, por donde entraba cuando era niño en algún verano y por donde todos entran, ahora en coche o a pie o a los lomos de un burro o de una mula antes, dejando la venta a la derecha y el río a la izquierda, una línea de agua escondida entre chopos por la que ya apenas circula como antaño vida alguna. Ahora entra el viajero mirando quizás con una curiosidad mayor el alcance de los campos abigarrándose en la vega, troceados, zurcidos y manoseados como un ajuar de rústicas sábanas. Dejando que la vista se nuble sobre el horizonte quebrado de aquellas lomas secas en las que se esconden los rumores aún latentes del hambre y la fatiga. Ahora es distinto. Ahora se sube por las calles sin la torsión y el peligro de piedras y cantos polvorientos, sobre el suave asfalto quemado el vehículo alcanza enseguida cumbres y miradores que en otros tiempos eran arduos o imposibles. El viajero llega a una plaza en forzado rectángulo que siempre le pareció fea y fría y desolada, circundada de remolques y pertrechos que le dan forma de coso, arenada toda ella con tierra traída de no sabe dónde para que los toros hinquen sus hocicos antes y después de ser mareados con alegría y cruel desenfado. El pueblo en fiestas. El viajero se siente allí extranjero, aunque no lo es. De la plaza hacia arriba y hacia abajo hay casas cuyas cortinas echadas en las épocas de más calor son como mantas de sombra y silencio, aromas secos y profundos que su memoria recupera en un instante y en un instante se vuelcan y se desmigajan solos, sobre el suelo de su extraña extranjería. Calles hacia arriba y hacia abajo y callejones y retorcidas y empinadas cuestas algunas de las cuales conservan aún el sudor de sus animales y el aliento cansado de sus campesinos. Recovecos rocosos que huyen hacia rocosas hendiduras por las que asoma una rala y humillada vegetación, esqueletos de tiempo, fósiles cenicientos en los que puede leerse la tardanza y la quimera. Restos, residuos de viejos corrales apresados entre rugosos riscos cierran sus salidas al mundo con maderas y travesaños inflados de agua y vueltos a secar por el frío cierzo, requemados y vueltos a quemar por el poderoso e inmisericorde calor de la llanura. Sobre las peñas y bajo las peñas y entre ellas, casas que fueron tumbas de pueblos hace siglos muertos resplandecen ahora en desordenado estilo con la cal fresca y nueva de los tiempos nuevos, vistosas fachadas de ladrillos, balconadas inéditas, enrejados primorosos y austera monocromía de tiempo detenido. Y arriba, en lo más alto de los montañosos cerros, ruina estricta en su definición, la torre de un siempre llamado castillo derrama su ciega mirada sobre el vallejuelo inalterado y magnético, olivos, almendros, explanadas extintas de mieses y sueños aventados entre sendas de tomillo y retama. El viajero desciende a pie ahora por una calle larga y tuerce y sube hasta una placeta con un centro de piedra y un banco contra la fachada de una casa, una de esas casas nuevas levantadas sobre las ruinas de antiguas viviendas con corrales y cuadras devorados por la oscuridad del tiempo. Sobre la casa que dicen que fue la suya y donde nació se levanta ahora ésta, pero el viajero no ve, no siente, y aunque quisiera sentirse parte no se siente parte ni halla sombras o arrimo de sombras que dibujen o trasmitan o deshagan su confusa convicción de forastero y errante. No halla nada allí en aquella casa enterrada aunque luche desde sus ocultos escombros la lenta y pesada memoria por emerger y agarrarse y sostenerse a algo vivo y presente.