Bando

Dentro de la sección Escrito a mano, início el próximo martes una serie de carpetas de viaje que indagan a través de la ficción y la crónica en los laberintos de la memoria personal. Esta primera carpeta contiene trece entradas cuyos títulos encontraréis a modo de índice al final de este aviso. Las entradas han sido escritas con la vista puesta en el formato del blog, de modo que puedan leerse con cierta independencia unas de otras en las sucesivas entregas. A pesar de ello, es la lectura completa en su conjunto lo que otorga unidad y sentido a la misma. Pensando en el tipo de lectores que acostumbráis a visitar el blog, he organizado el calendario de su publicación de manera que ni sature ni distraiga esencialmente el hilo narrativo. Desde un punto de vista administrativo, esa tarea ha sido fácil, falta por saber si los textos imponen con la misma facilidad sus fundamentos literarios.

El viajero

La Reme. La mesa camilla

Crónica general. El mirador del Vallejuelo

La Reme. La casa

Crónica general. El amor y la muerte

La Reme. La mudanza

Crónica general. La larga sombra del Ánima

Crónica negra. La confesión. 1

Crónica negra. La confesión. 2

Crónica negra. La confesión. 3

El almirez

Distintas formas de mirar el agua. Pág 100.

Coda

 

Bando

El verano se acerca y las ocupaciones que impone también, de modo que para dedicarme a ellas y mantener activo este blog, he preparado un cuaderno de verano especial que empezaré a publicar en un par de semanas, con programa automático. Así me dejo de lios. A lo largo de estos meses aparecerán a un ritmo de tres posts por semana entradas de un diario escrito entre los años 2009-2010. Es un diario personal de perfil bajo porque no compromete seriamente a terceros y donde el narrador aguanta respirando plácidamente en la superficie. Algunos de esos fragmentos, pocos, ya se han publicado anteriormente en este blog; eso da una idea de lo que en líneas generales aquellos que estéis interesados en leerlo vais a encontrar. La mayoría de las entradas se escribieron en la tienda de artesanía que durante ese período mantuvo ocupado al autor y aparecerán, cuando inicie su publicación, numeradas correlativa y cronológicamente, lo que no supone que un día determinado dé paso al siguiente en el calendario. Os deseo por adelantado un feliz verano.

Escrito a mano. Introducción a la señora Lorenzo.

La señora Lorenzo era viuda y amiga y confidente de los Medrano. De su pasado de mujer casada circulaban rumores difusos y poco confiables. Oímos decir que su marido murió muy joven, al acabar la guerra, y que la señora Lorenzo trabajó como gobernanta en haciendas administradas por antepasados de su marido y por su propio marido, de profesión contable. Se decía que su única hija, que, a la sazón, vivía en Francia, fue el fruto bastardo de una relación proscrita. El cruce de habladurías se alimentaba de versiones peor intencionadas y fundamentos menos sólidos. Según estas, la señora Lorenzo gobernó o fue patrona de casas poco nobles y muy transitadas y requeridas por sus servicios venéreos. De su matrimonio con Anibal Lorenzo, que fue apuntador de teatro y no contable, nació Silvia, la primera y única hija del matrimonio, quien, a la muerte de su padre, al acabar la guerra, los poderes nacionales dieron en custodia a una familia de fabricantes de queso franceses,  conniventes con la ocupación alemana. Fue entonces cuando la señora Lorenzo, apoyada económicamente por la jerarquía falangista, regentó una hospedería para señoritas complacientes. Otras voces, menos creíbles aún, alimentaban un romance con el anónimo redactor de los discursos del caudillo, falangista entonces de primera linea, que la sacó del burdel en el que ejercía no de gobernanta, sino de pupila. Como eran rumores aderezados en los patios y en los rellanos del vecindario, pronto, al cabo de una semana de su llegada, fueron sustituidos por otros, horneados con masas semejantes, que aludían a la vida y a la obra de vecinos que, en aquel invierno de frío y cansancio, iban tomando posesión de sus viviendas. Instalada en el tercero B, del pasado pecaminoso y novelesco de la señora Lorenzo ni se habló ni oímos nunca nada más. Era viuda, sobrepasaba visiblemente la edad madura y tenía una hija en Francia, esa era toda la verdad.

Escrito a mano. La vida interior

Una calle anónima para la historia pero populosa y rica en recuerdos, no todos felices. Teníamos las explanadas embarradas y los charcos, los solares vacíos, el sol sobre las fachadas desnudas y las esquinas sin vuelta. La vida era triste y alegre a la vez y el hambre de la esperanza pronto sería sólo esperanza. No teníamos bicicletas, ni pistolas ni chicles sin azúcar y, hasta que llegó el asfalto, éramos pobres pero concurridos y el pasado mandaba callar a los hombres de más edad. Era un silencio de pacto sumiso e insolente que daba a habitaciones oscuras y tétricas, con panes escasos y mesas sin limpiar. Y los fusiles todavía humeantes no quedaban tan lejos, y quedaban fusiles y muertos por enterrar y muertos por desenterrar. Nosotros vivíamos con el fuego de los numerosos brazos familiares, sin contrabandos, atados los unos a los otros a la mesa camilla del cuarto de estar. Y entre el barro anónimo de la calle anónima los regueros del carbón conducían a sótanos irrespirables y barreños sin jabón. Con el tiempo, la calle populosa dejó también de serlo, los recuerdos mermaron y el anonimato se consolidó. La vida interior aún tardaría en llegar.

Marosa no viene

Hace tiempo que Marosa no viene. Casi mejor. Más o menos desde que está a cargo del caso de los dobles, una serie de apariciones constantes que están trastornando la región, réplicas exactas de vecinos y nativos que aprovechando la identidad falseada cometen hurtos y pequeños robos en establecimientos de la comarca, ensucian el mobiliario urbano o se van de los bares sin pagar. Como es lógico, esta serie de delitos y faltas ha generado tremendas confusiones, en el vecindario y en la policía, que encuentra dificultades inéditas en la investigación y la acusación de los mismos. Cada vez más. Incluso en Las Brasas, la comarca más pobre y despoblada del territorio se han dado casos de burlas y cortes de mangas nunca vistos. Y los refuerzos policiales llegados de departamentos aledaños están siendo insuficientes. Lugareños cuya honradez y conducta ejemplar eran emblemáticos, se ven ahora envueltos en requerimientos y denuncias judiciales que empañan provisionalmente su probidad. En ocasiones, con razón, porque las aguas revueltas de este improvisado caos, ampara la resurrección de viejas rencillas y venganzas. La proliferación de dobles es tan abundante y se extiende con tanta rapidez, que, prácticamente, la mayoría de los ciudadanos tiene el suyo, y se sospecha de algunas identidades que han alcanzado ya una tercera réplica. En declaraciones a un periódico local, Marosa, la jefa de AAMM de la policía de la región, sostiene que esta circunstancia abre la vía a una posible resolución del caso, porque descarta la aparición del fenómeno como hecho natural y apunta a una causa insostenible: los devastadores efectos del cambio climático, que impulsan  a grandes masas de dobles repartidas por las antípodas del planeta a encontrarse con su original. Sin embargo, en declaraciones a un periódico local, Marosa, la jefa de AAMM de la policía de la región, acusa a Marosa, la jefa de AAMM de la policía de la región, de alarmista y antipatriota, porque este tipo de oleadas, sujetas a ciclos naturales a veces de siglos, desaparecen con el mismo misterio que producen su aparición. Y cuando desaparezcan, desaparecerán con ellas los altercados, los disturbios y la confusión, dice Marosa: no conviene actuar con precipitación. Pero volverán, con más intensidad y un mayor número de réplicas, dice Marosa: hay que actuar, actuar ya, cuanto antes. Y mientras tanto, aplicar la ley, dice Marosa. Y aplicar la ley, mientras tanto, dice Marosa. Bueno, ahí parece que hay un princípio de acuerdo, a lo mejor las cosas no están tan mal. De todas formas, hasta que los dobles no desaparezcan del todo, es mejor que Marosa no venga. Por si acaso, que Marosa no venga.

Reciclajes

Lunes , 9 de agosto. 2010

En el portal de al lado vive una negra. Es joven, más bien baja, viste faldas cortas. La he oído hablar y habla un castellano nítido, fluído, coloquial, pero no sé de donde es. No me llama la atención su belleza, ni me siento atraído por su cuerpo, de piernas musculadas y espaldas masculinas. Me gusta el color de su piel. Es de un negro pulido y seco, como gastado, como erosionado. La piel, no. El color. La piel es joven, tersa y fina. Parece el color de su piel el de una de esas guerreras subsaharianas que fecundan las ensoñaciones de los opiómanos, seres incorpóreos, fabricados con arena, que habitan insólitos laberintos excavados en inestables dunas. Desde arriba, desde mi balcón, en las noches de farolas llenas, su figura encarna una composición metálica, ardiente y magnetizante. Alrededor de ella, de su falda blanca y de su camiseta de tirantes también blanca, bailan los ciegos aspirantes del deseo. A ellos los pongo aparte. Son gritones, exhibicionistas, provocadores pasivos. El afortunado es un grandote de camisa sin botones, probablemente más alto que pesado. De todos, el más callado. Escupe despacio y fuma sin avisar. Con ese se va siempre, luego, más tarde, al final, cuando la plaza empieza a entregarse a la silenciosa voracidad de la noche. De día, apenas se les ve.

 

Martes, 10 de agosto. 2010.

En el mismo portal donde vive la negra viven también unos marroquíes. Por debajo de mi balcón, su terraza queda expuesta al escrutínio de mi mirada, pocas veces inocente. Pero los veo poco. A veces juntos, cuando toman té o huyen del sofocante calor del interior. Pocas. El verano no aprieta. En solitario, tienden la ropa o se apoyan en la vieja baranda de obra y hablan por el móvil o  extienden una esterilla y rezan. Con corrección, sin aspavientos, discretamente. Uno de ellos duerme ahí. Por la mañana, cuando me levanto y salgo al balcón, lo veo. Veo una sábana que cubre lo que parece ser un cuerpo, como un sudario escondiendo una materia que no puede ser revelada, sólo intuída, las marcas leves de un muslo, las de un hombro, el duro contorno de una espalda. Por detrás de la cabeza, un teléfono móvil, rojo. Lo que sería a los pies, unas zapatillas. Como un muerto perfectamente preparado para resucitar. O como un nuevo pasajero del tiempo, una aparición sin papeles, un fantasma sin fronteras.

OPERACION TORTOSA.UN DIARIO     Eladio Redondo    Ed. Beltrónica. 2012

 

Lámparas recicladas.  Madera y papel japonés.  Contacto: eladiore@yahoo.es

Lecturas rápidas. “Correr”, de Jean Echenoz

En Correr, Jean Echenoz novela en ciento cuarenta páginas la vida de Emil Zátopek, el gran atleta checo ganador de tres medallas de oro en los Juegos de Helsinki de 1952. Es un libro que se lee bien, al trote, en el que la aventura y la pasión por la carrera en un hombre sencillo brota y se desarrolla con la naturalidad de una planta al borde de una carretera, con alegría salvaje, a merced de inclemencias que estorban o estimulan su crecimiento, asfixiada por los gases de los vehículos que la flanquean pero firme, ascendiendo al cielo desde la invariable voluntad de su semilla. La metáfora encaja más o menos en el contexto en que Zátopek tuvo que desarrollar su vida deportiva, sometida, como la privada, a las presiones y las represiones del régimen comunista, que mimaba su figura para rentabilizar su política local, por un lado, y, por otro, sometía a controles y vigilancias constantes, alejándole en ocasiones de calendarios internacionales con el fin de frenar la creciente influencia de su fama. Y encaja también con ese modo de correr suyo descuidado, con entrenamientos muy duros y personales que desoía consejos técnicos o médicos. Un estilo sin elegancia, sin cultivo estético, echado siempre hacia adelante con la voluntad de resistir cada vez más y mejor. Algo que, por otro lado, le convertía en un personaje singular y entrañable. Con idénticas dosis de ironía y ternura, Echenoz deja al personaje que corra prácticamente solo a lo largo de la narración. Los vaivenes del mundo político y su vida personal, reflejados en breves pero certeros brochazos, no cortan la carrera de Emil, que va a lo suyo, y asiente o disiente al modo de sus largas pruebas de fondo, dosificando las estrategias, fragmentando la carrera con intensos acelerones y volviéndola a romper recuperando ritmos ligeros, hasta que sus rivales se desmoralizan, se cansan o se humillan. A la vista de lo descrito, la lectura de Correr atraerá a dos tipos de lectores: a los que corren para escapar (de la realidad, de sí mismos o del bochornoso verano), y a los que corren para resistir. El protagonista del relato reúne en su condición de personaje las dos alternativas. De algún modo oculto e íntimo corre porque desea huir (de la realidad, de sí mismo, de los fríos inviernos), pero corre también porque está obligado a resistir y permanecer y luchar. A su estilo descuidado e informal le van bien las dos.

Danilo Manso, íntimo

De su período en Ferés, que no sabemos cuánto duró, que no sabemos por qué duró, hay testimonios más o menos creibles que legitiman la felicidad de Danilo. Caminaba mucho, exploraba sin descanso el entorno inmediato, compartía con facilidad desacostumbrada sus entusiasmos y leía hasta el hartazgo. En la biblioteca del municipio se puede rastrear su historial de lectura y comprobar la disparatada variedad de menús con los que satisfacía su dieta. Fue allí donde escribió, a manera de diario, las notas que luego le servirían para alimentar el fuego del último invierno antes de regresar a Sausalito. El enlace que me ha llevado hasta algunas de ellas no garantiza que sean de Danilo, salvo que creamos en el milagro de que se salvaran de la quema. Para algunas cosas, yo tengo fe. He encontrado esto:

“El campo de mi vecino está siempre limpio, bien ordenado, no hay nunca ni una sola hierba. Ni en invierno ni en verano. Sólo en otoño se le amontonan las hojas secas caídas de los avellanos, pero duran poco. En primavera planta habas, lechugas, zanahorias y cebollas. Patatas y pimientos. Más adelante, tomates. A mí me falta aún adquirir ese grado notable de civilización, que no consiste en desprenderse de lo natural salvaje sino ser un poco más cuidadoso con las cosas, mantener un orden mínimo de belleza suficiente, tener fe en las formas elementales de la vida. En contraste con el mío, el suyo contiene todo lo que de deseable me sugieren mis libros. Ese orden interior que parece mantenerme distanciado de lo anodino, alimentado por las voces silenciosas y múltiples que emergen de la memoria escrita, es un orden inútil, una pasión encadenada a sí misma, en torno a la cual gravitan virtudes, habilidades o destrezas de cuya falsedad da cuenta el abandono de mi jardín: medroso, desordenado, implorante.”

El vacío

Ayer nos levantamos algo más tarde. El sol estaba muy alto y cruzaba el cielo una negra bandada de panderetas. Desayunamos en la cocina, como siempre, mientras leíamos los periódico digitales y escuchábamos la radio. Antes de comer nos dimos un chapuzón en la balsa y tomamos el aperitivo a la sombra de las moreras, junto a la jaula de los urogallos. Y también como siempre, tras la dulce siesta al compás de las hamacas, el largo paseo hasta la roca negra. Vanos fueron nuestros esfuerzos para ponernos de acuerdo sobre el malestar que nos aflige, y aunque en lo esencial tenemos sentimientos convergentes, nos distancian puntos de vista distintos, pero no insalvables. En contra de nuestra costumbre, prolongamos el paseo hasta más allá de la encrucijada y, también en contra de nuestra costumbre, regresamos por un camino inédito que se nos hizo pesado y largo. Como era demasiado tarde y ya había poca luz, acordamos suspender el habitual partido de tenis. De modo que nos dimos una ducha rápida y luego nos sentamos en el porche a beber cerveza. Estamos seguros de que lo que nos perturba no es necesariamente grave. Nos une ese criterio común, y un deseo tambien común de que las cosas acaben arreglándose solas. Con ese deseo, y ya frente al televisor, acompañamos la ensalada, el pan tostado, el queso y la fruta con unas copas de vino blanco, bien frio. Por las ventanas abiertas entraba el aire tibio de la noche perfumada, y llegaban, de lejos, del otro lado de la valla prendada de enredaderas, los sonidos amortiguados de la ciudad. A esas horas, ambos compartimos el indefinido cansancio que los placeres indolentes imprimen, pero no tanto para renunciar al que mejor nos distrae y más nos une, así que después de ver un capítulo de la serie en la tablet, tumbados en la cama, nos dormimos enseguida. Pasa cada vez más a menudo que en mitad de la noche uno de nosotros se despierte, agitado, y el otro, sin encender la luz, oiga sus pasos y adivine su presencia frente a la ventana en penumbra, atento a esas alegres voces de niños que vienen no sabemos de donde y cuyo misterio nos apesadumbra o nos inquieta. El resto de la noche no transcurre nunca ni del todo en paz, entre nuestros cuerpos maduros se abre un hueco frío y tenso donde conviven sin entenderse la amenaza y el anhelo, quizás porque sentimos que somos felices, pero no soportamos ya esta dicha que empieza y termina aquí, en nosotros.

2017-07-16 12.33.10

El vacío Collage.  Papel japonés sobre papel natural.  Contacto: eladiore@yahoo.es