La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

Despertares. 1

Te levantas con la sensación de que un terremoto en el interior de tu cuerpo ha desplazado sus órganos. Te sientas en la cama con cuidado y aprisionas la cabeza entre las manos, también con cuidado, mientras inícias unos lentos ejercícios de respiración. El amanecer es brumoso y gris, la luz aún escasa, la masa boscosa extiende más allá de las alambradas sus sombras impenetrables. Tienes taponados los oídos. Abres la boca y la cierras con fuerza con el fin de hacer saltar algún resorte que te libere de esa prisión. El corazón te late, pero un poco más a la izquierda, un poco más abajo de su lugar habitual. Hoy todavía no ha venido el mirlo a picar contra la ventana. Buscas las gafas sobre la mesita de noche pero no las encuentras porque estás sentado sobre ellas. Respiras pausadamente otra vez, mueves la cabeza a izquierda y derecha y te pones en pie. Los pies están en los pies, la  cabeza aún sobre sus hombros, o eso crees. Te tambaleas ligeramente hacia la izquierda. Vaya. En contrapartida, el corazón, con ligeras arritmias, vuelve a emitir sus latidos desde su centro original. Un primer pensamiento agorero practica ejecícios de vuelo en torno a tu desequilibrio interno. Tambaleante, también, como tú, busca una salida eficaz hacia la luz lenta donde anhela posarse y enturbiarla. Torpemente, le cierras la salida a medias y enciendes la radio: buenos días, son las siete de la mañana, las ocho en Canarias, el pueblo de Madrid ha culminado con éxito el asalto a la Bastilla. Como resultado de los incidentes, cuatro reos han sido liberados y muerto de un disparo el alcalde de la Villa, cuya cabeza cortada se exhibe a estas horas clavada en una pica. Ampliamos la noticia en unos minutos.

El caso Marosa

Como Marosa seguía sin aparecer por mi casa, el otro día la llamé para tomar un café, pero me dijo que no podía. Le ocupaba un caso difícil y desagradable, más que ninguno de los que había investigado hasta ahora. No me podía contar nada, me dijo, ya nos veríamos más adelante. La encontré extraña, rara, sin el entusiasmo y la alegría que normalmente suele expresar, más allá de cualquier caso que tenga que resolver. Nos dijimos adiós y quedamos en que me llamaría ella. De modo que me extrañó cuando a la noche, a punto ya de acostarme, llamó a mi puerta y me pidió permiso para entrar. Sin preámbulos, Marosa se abalanzó sobre mí, me abrazó y me besó con pasión. Atribuí ese furor a su estado, un deprimido talante originado tal vez por el caso que tenía entre manos, pero no encontré argumentos para aquel impulso inédito que convertía su furia sexual en algo cercano a lo reprochable. No hubo tiempo para hablar. A la mañana siguiente, cuando desperté helado de frío sobre el suelo de la cocina, mi cerebro era un mecanismo desordenado y torpe en el que la memoria tardó en ajustar su engranaje. Y a mi cuerpo le costó alzarse y recomponer su estatura. Me vino de golpe la resaca de una ola de placer delirante, en cuyo remolino, el cuerpo de Marosa y el mío circulaban de un éxtasis a otro sin modificar su posición, ella siempre encima de mí. A ratos, sentía la dulce asfixia de sus pechos sobre mi cara, el roce de sus cabellos, un susurro ronco y lascivo de palabras soeces que avivaban su gozo de posesión. Más no recordaba, salvo la certeza de que el exceso de placer me estaba vaciando. La misma sensación que tuve al despertar, incorporado definitivamente a la vigilia del día nublado y ceniciento enmarcado en la ventana. La llamé, teníamos que vernos y hablar, aclararlo, no podía contener la impaciencia. Me dijo lo mismo que me había dicho la tarde anterior, tenía que colgar, ya nos veríamos. Pasaron dos o más semanas. En ese intervalo, viví con el recuerdo de Marosa atormentado por un deseo voraz, incontenible, del que en vano pretendía escapar lanzándome a correr por los montes entre matorrales y zarzas espinosas. Nos vimos por fin una tarde lluviosa, en el mismo café. Marosa se había teñido el pelo de un brillante color caoba que ni le quitaba años ni le añadía belleza. Estaba más delgada, más triste, una vez más, poco comunicativa. Dejé que el silencio hablara primero por los dos, por si acaso, pero era un silencio áspero y espeso que se cerraba en sí mismo. Iba a hablar yo, pero lo hizo Marosa con un tono que rompía radicalmente la ambigua rareza de la atmósfera que ambos compartíamos. Sabes que este mes me he estado follando a todo el pueblo? Me quedé sin respuesta. Y sin habla. Marosa se echó a reir, como tantas otras veces en los que el humor y la alegría se muestran en ella con espontaneidad y soltura. A mí, sin embargo, la risa no me salió. Seguí sin reaccionar, inerme, maniatado aún por la confusión y la duda. Vale, vale ya, se dijo a sí misma. Y paró de reir. El caso Marosa, empezó diciendo, y ya no paró hasta que el relato de su propio caso, como ella lo llamaba, llegó a su final. Lo pasó muy mal. Empezaron, como tantas veces y tantas otras cosas a oirse rumores en los bares y en los corrillos de las plazas y las calles. La jefa de AAMM se tiraba cada noche a un tío del pueblo, sin reparos, joven o viejo, casado o soltero, le daba igual. Esto, que en un principio le parecía una broma de mal gusto de alguien que tenía interés en herirla, fue cobrando poco a poco forma de verdad a los ojos de la gente. Y esto es un pueblo, un pueblo pequeño de mentalidades en su mayoría anticuadas y pobres, articuladas en torno a costumbres y hábitos heredados. En la calle, los gestos y las miradas la señalaban, se ignoraban sus saludos o recibía desplantes y hasta insultos de mujeres o esposas ofendidas por su actitud libertina y deshonrosa. Hubo también denuncias y advertencias oficiales de sus mismos superiores. Acorralada, entristecida y también decepcionada por la falta de comprensión y de apoyo, se le pasó por la cabeza dimitir de su cargo y abandonar el Cuerpo, pedir traslado a cualquier departamento administrativo, a ser posible fuera de la comarca. Y lo iba a hacer, estaba decidida, iba a abandonar el Cuerpo cuando la experiencia de su oficio asociada a su poderosa intuición encontró en esa frase, abandonar el Cuerpo, el por qué y el cómo de lo que venía sucediendo. Súcubo!, gritó, para sí misma y ahora ante mí. Era un súcubo, me dijo, me estaba suplantando un súcubo. Revisó archivos, desempolvó legajos, viejos casos similares al suyo sucedidos en el pasado y reunió pruebas, recogió testimonios de algunos de los poseídos. Presentó todo ese conjunto de documentos a su superior y le convenció para aplicar la única solución posible en sucesos semejantes. Una avioneta del departamento de incendios de la región fumigó con ceniza el pueblo en una madrugada neblinosa. La ceniza, me dijo, funciona ante el demonio como antídoto libidinoso y fecundativo. Era cuestión de esperar. Y hemos esperado, ha desaparecido, se ha ido. Quise, como otras veces, reir y encontrarle la gracia al misterio de esos asuntos en los que ni creo ni tengo voluntad de creer, pero seguía la risa sin salirme y la imagen de Marosa cabalgando sobre mí se superponía a la Marosa de carne y hueso que tenía enfrente. Iba a decirle que yo también… que a mí, el súcubo… pero no le dije nada, me callé y esperé que fuera ella la que se levantara de la silla para despedirnos. Me alegraba de que estuviera bien, le dije, y era verdad, pero esperaba, deseaba, que el remedio de la ceniza no tuviera efecto ninguno sobre el detestable poder de ese demonio y que cuanto antes, cuanto antes, cuanto antes volviera a tomar dominio del pueblo. Pero eso no se lo dije.

Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Escrito a mano. Correspondencias

En un cuento de la escritora suiza Fleur Jaeggy, los gemelos protagonistas consideraban un don del cielo su desventura, una desventura sin dolor. Habían nacido de una madre muerta y hasta los dieciocho años vivieron en un orfelinato. Despreciaban el afecto de los demás y en consecuencia negaban también el suyo. No lo necesitaban, no lo querían, no lo deseaban. Sentían nostalgia de la casa donde habían nacido, soñaban con ella, querían volver a aquel lugar que nunca conocieron. Querían sólo eso. Vivir y morir allí, sin traspasar una sola vez sus limites. Fuertes y salvajes, un poco animales, fabricaron sillas, mesas y muebles, tarazearon cabezales y ataúdes. Los viejos del lugar miraban con alegría el trabajo de los gemelos y admiraban los preciosos cajones para muertos. Ellos mismos se hicieron también viejos pero aún les sobraban fuerzas y ese exceso les volvía melancólicos, recordaban sus años en el orfelinato, agradecían el favor de aquella desventura. Un día una mujer llamó a su puerta y dijo que venía a protegerlos en nombre de la Confederación. La Confederación protegió su orfandad y ahora protegería su vejez y su muerte, pero ellos no querían, no deseaban nada, sólo escuchar música en su vieja radio, en la oscuridad o en la penumbra.

Escrito a mano. El otro gemelo

De la vida del otro gemelo muerto después de muerto llegamos a saber poco. En mi casa recibíamos cada cierto tiempo cartas de él en blanco que yo leía a mi madre. Eran siempre las mismas cartas, o parecidas, en las que mi hermano daba pocos o ningún detalle del lugar en el que se encontraba ni de cómo se encontraba. A veces, mientras leía despacio y muy atento aquellas letras a mi madre, tenía la impresión de que la vida de mi hermano transcurría fuera del curso temporal convencional y, por lo tanto, ajeno al ciclo histórico y vital, que pasaba por él sin dejar el poso que deja en todos los demás las horas, los días y los años que transcurren. Como una congelación. Tenía la impresión, sobre todo al principio, de que mi hermano construía su vida en un espacio blanco y helado con noches y días indiferenciados, sin un paisaje referencial más allá de esas extensas llanuras polares por las que decía moverse sin transición. Durante algunos años esas cartas, aunque muy espaciadas, fueron llegando con regularidad casi sistemática, coincidiendo muchss veces con celebraciones onomásticas o relativas al calendario anual de festejos, como Navidad o Semana Santa. Pero siempre iguales, siempre con el mismo tono, siempre con el mismo contenido. Luego, no recuerdo a partir de qué momento ni de qué año, el envío se cartas pareció detenerse, llegaban con una demora de años y siempre en circunstancias en las que en el país se producían disturbios de protesta o manifestaciones de adhesión al régimen. Paradójicamente, eran también más ricas en detalles y daban cuenta, aunque no de forma pormenorizada, de su estado de salud y de sus inalteradas condiciones de vida, que seguían siendo inciertas. Inciertas para nosotros, y duras, porque nos parecía imposible que alguien pudiera sobrevivir en un medio hostil extremo, sobre un trozo de hielo a la deriva en un mar de aguas heladas durante un periodo de vida indeterminado. Aislado y solo, como todo parecía indicar. Sobre todo al principio. Nuestro modo de vivir aquí era el que era, precario y doloroso, construído con el esfuerzo y el sacrificio que exigía la limitación de recursos, pero nos teníamos los unos a los otros, estaban el afecto familiar y el cariño y la solidaridad de los vecinos y amigos. No estábamos solos, como parecía estarlo mi hermano. No pocas veces dudábamos entre nosotros de que aquella existencia fuera cierta, que la vida de nuestro hermano tras su muerte, como algunos maliciosamente insinuaban, no tenía ninguna base real. Las cartas, más que el testimonio de una verdad, venían a demostrar que esas regiones frías y desoladas por las que vagaba no eran otras que las regiones de la muerte, por donde vagan las almas ya sin sus cuerpos. Pero no era así. La verdad que nos dolía no es que existiera o no, lo que nos dolía era no conocerlo, no saber cómo era, y lo que era aún peor, que no hubiera nada digno de descubrir en él. Esto hacía que, para mi madre, la preocupación pasase a ser un tormento. Las últimas cartas antes de su silencio definitivo despejaron algunas dudas y aliviaron en parte esa preocupación. Nuestro hermano se explicaba mejor y con más claridad, las descripciones del ambiente que le rodeaba eran más precisas y sus narraciones más extensas. No le faltaba comida ni abrigo, tenía amistades y había encontrado por fin lo que definía como su lugar en el mundo, aunque no supiéramos exactamente cuál era ese mundo. Cuando, un par de días después de que Franco muriera llegó su última carta y yo leí ante mi madre que, después de tantos años, le había llegado la caja con galletas, se echó a llorar. Para ella era la señal de que el exilio, ese exilio con el que creía estar protegiéndolo, había llegado a su fin.

Escrito a mano. Vidas paralelas

Decían que éramos ocho hermanos y que podíamos haber sido más, diez u once. Que dos, gemelos, habían muerto al nacer y otro al poco. Sobre la vida que vivieron después de morir tanto mi padre como mi madre guardaron un silencio riguroso. Casi todo en nuestra casa, como en tantas otras, se silenciaba. Se mantenían ocultos episodios del pasado por temor a ser descubiertos en una falta de culpa, por miedo a la sinrazón y a la arbitrariedad que reinaba o por obligada obediencia. La obligación del pobre era comer, ni más ni menos. Así que tuve que salir yo mismo en busca de la información que no tenía. A los corrillos en las terrazas y en los rellanos, donde los vecinos intercambiaban memorias ajenas a cambio de otras que consideraban propias, con las que podías construir el mundo que te faltaba o devolverlo de nuevo a la oscuridad de los tiempos si ese mundo no te convencía. Ahí fue donde oí todo lo que tenía que saber sobre la vida de mis hermanos muertos después de muertos. Unas vidas que luego yo mismo olvidé o que he callado porque el olvido me ha hecho callar. Gemelos. Y separados de vidas separadas. El que primero murió, Julián, fue arriero y capataz de poca fortuna en los campos de ajos. Tenía de joven un genio peleón que le dio fama y popularidad y muchas enemistades. Luego, después de mandar en los ajos, le calmó el genio el amor de una mujer que no fue para toda la vida. Durante un tiempo tuvo con ella un trato y un discurso parejos, casi exactos, y parecía que la labranza y la posesión de tierras explotables pasaría a sus manos y su destino sería el de ser esposo y propietario respetado. Pero no. El amor podía ser verdadero pero él era un intruso en la saga de los poderosos. El padre de la mujer a la que se atrevió a amar sí era poseedor de ese poder legítimo y lo usó contra él, torció la voluntad provocadora de un desheredado y puso freno a sus sueños de grandeza. Dónde se había visto. Mi hermano quemó los corrales y las caballerizas de los hacendados y juró una venganza mayor que estuvo muy lejos de cumplir. Escapó de la comarca a pie, de noche, y atravesó luego la raya de la provincia oculto en un tanque de agua tirado por un tractor renqueante. Del país salió embarcándose en el Saler, sin que nadie sepa cómo, y llegó a Marsella casi muerto el mismo día en que las radios del mundo anunciaban el hundimiento de un imperio. Como no era hombre de puerto ni quería serlo, pronto abandonó Marsella y se trasladó a la campiña en Vegués, más acorde con su condición natural. Conoció de nuevo el amor y el amor le dió a conocer como hombre bueno y provechoso y afortunado. Otra vez bajo las faldas de una mujer con paraguas económico, hija de un ganadero que comenzaba a invertir fuerte en la industria del queso. Se le aceptó mejor que en su tierra de origen aunque no le concedieran prebendas con las que poder enarbolar un orgullo ajeno a su casta. Lo que se ganó lo ganó con trabajo y humildad y durante csi veinte años llevó una vida dura y dulce que era otra forma de enarbolar orgullo. Sin hijos, porque la vida no le dio hijos y los hubiera querido. Cuando, inesperedamente, murió su mujer de un derrame fulminante, la atávica costumbre de agredir contra la injusticia de algo se reencarnó en su ser. No aceptó la pérdida y arremetió contra el mismo destino por arrebatarle un modo pactado de vivir en paz. Dicen que para ello, para confraternizar el argumento de su desdicha, inventó delitos de estafa que le llenaron de pagarés los bolsillos y también de perseguidores y nuevos enemigos. Parecía que lo de huir era su sello o una marca de nacimiento porque abandonó la República Francesa, de estrangis otra vez, disfrazado de predicador negro. Se le vió luego por el Cono Sur buscando nuevas fórmulas de arraigo, todas ellas naufragadas, y cuando parecía no encontrar su fin el impuesto infringimiento de la norma, otra vez el amor, tardío, le promete bonanzas que también naufragan. Los años acumulados pesan tanto como la suma de sus frustaciones, quizás más, y deja el Cono Sur tampoco se sabe exactamente cuando ni por dónde. Lo que dicen es que, en sentido inverso, los Alisios le traen hasta Canarias, donde desaparece su rastro entre barrancos colmados de helechos.

El soñador

Allí vive un hombre que es aún muy joven. Alquiló ese pequeño ático hace unos meses, en un barrio de una gran ciudad que no llegará a conocer ni siquiera mal, un barrio de reconocido prestigio popular, con playa propia, chiringuitos de comida y almacenes industriales de servicios portuarios. Del ático, que pasa por ser su vivienda, hace un uso muy precario. Viene a dormir, algunas veces se ducha y una vez, por motivos que no vienen al caso, calentó comida en el fogón. La cama donde duerme tiene el nombre común de colchón en el suelo, con aparato de radio incorporado. Los pocos sueños que tiene, todos de una callada grandeza, los alimenta una emisora que difunde música y cultura popular. Esa comida intangible la administra el joven en dosis pormenorizadas dos veces al día, una por la mañana, al despertarse, y otra por la noche, antes de no poder dormir. Le cuesta dormir porque siempre viene tarde, cargado de las preocupaciones propias de un joven despreocupado, con los signos de un cansancio urbano forjado en alcanzar quimeras poco nutritivas. Otros alimentos, algo más sólidos, le vienen al joven en forma de cenas solidarias, piscolabis alternativos y pan con chorizo en el gallego. Allí también le dan caldos y morriñas que endurecerán para siempre su espíritu de nómada melancólico. De los amigos que tiene, que son cuatro, dos le tienen en mucha estima y él a los otros dos, también. Por decirlo de alguna manera, comparten esa clase de amistad sustentada en un sueño común regado con cervezas medio calientes y atmósferas de tabaco barato. Admite que la diferencia con ellos estriba en su soledad restringida y en su reserva, una sustancia íntima que tira a gris y de cálculo torpe. De esa soledad se desprende un matiz que el futuro resolverá en estaciones lluviosas, y tendrá sexo y afecto como los que ellos ahora tienen, pero a plazos. Eso hace que en noches de turbulencia bohemia, en casa de uno del otro horneen una pizza o un tocino y regrese a casa cenado, sin otra fantasía que la de seguir tirando. Como es perezoso, no le sirve de nada el cacho tabla que cogió abajo para usar como mesa. Allí encima tiene aún todos los papeles en blanco, ideas de versos sin escribir, apuntes sin registrar, una novela larga que el día que se siente la redactará de un tirón, a lo Balzac. Porque está convencido de que su destino tiene esa forma imprecisa de los que quieren y no pueden, trabaja en lo que sale, casi siempre poca cosa, faenas sin oficio con poco beneficio. Con esos prácticos resultados cumple su objetivo de vivir a base de bien sin pagar el alquiler un solo mes. Y se lleva a la terraza, cuando hace sol, pensamientos graves y profundos con los que alcanza alturas y regiones con aspecto de trastero. Así, pasan dos meses de abril y el infortunio del amor le expulsa del paraíso tantas veces anunciado. Entonces le viene un ansia sin nombre de crecer al margen de futuros peores porque le cortan la luz y el agua y la poesía no acaba de arrancar. De modo que cierra la puerta, entrega las llaves y baja esas escaleras estrechas como si volara, a la velocidad del olvido.