Notas para combatir el aislamiento. Sexto sábado

Sueño que estoy en una cocina pequeña, como la de mi hermana Nieves en el pueblo, atando unos chorizos de la matanza. Detrás de mí está el rey emérito, apoyado en la pila del fregadero. Lleva un jersey roto y descosido y se le nota al reir que le faltan algunos dientes. Tiene los labios llenos de grasa y churretes en la cara. Entonces, por la puerta sin cortinillas, entra mi hermana con una palangana llena de moscas muertas y le dice que las lave con agua y lejía. Afuera, en el corral, se oyen gritos de niños que juegan en la nieve.

Sueño que voy de la mano por un descampado con un hijo de seis años que me ha otorgado el Estado. Le digo que todo aquel montón de hierros y chatarra que se ve allí es un cementerio de aviones. Más adelante, un hombre con mascarilla en una garita pequeña controla el mecanismo de una barrera al otro lado de la cual está el desierto de Argelia. Me acerco a la ventanilla y le pido dos billetes sencillos, pero el hombre, que ha resultado ser una mujer, me dice que el niño tiene que quedarse porque ha caducado.

Sueño que voy al mercadona a comprar una cabina telefónica que está de oferta. El supermercado es una especie de hangar enorme al que se entra por un agujero abierto en la parte trasera. Hay mucha luz y centenares de estanterías completamente vacías. Le pregunto a un guardia civil que empuja un carrito repleto de armas y munición de fogueo dónde puedo comprar un pasaporte. Estira una mano enguantada y me señala una cabina de fotomatón que en realidad es un cajero automático. Cuando marco el número secreto de la libreta, aparece en la pantalla el rostro de una antigua novia solicitándome una videoconferencia.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer martes.

La lluvia sigue hablando sola, imparable y lenta. Su voz no te molesta porque es una voz de frases cortas y cálidas, como si del cielo cayeran aforismos. No como otras, furiosas y hostiles, cuyos vozarrones vomitan datos y cifras devastadores. La lluvia de hoy te retiene aquí, encerrado en casa, más tiempo del que tú quisieras, pero acabas por acostumbrarte enseguida a los fenómenos maternales. Como ninguna otra, esta lluvia es maternal. Envuelve la casa sin apenas ruido, calzada con zapatillas afelpadas para que sientas sin alarmarte su presencia protectora. Estoy aquí, te dice, en un susurro de voz tan íntimo que tus temores se desvanecen. La ves caer por la ventana difuminando el paisaje fusionada con la niebla, otro caballo protector que despliega sus crines sobre la tierra fértil. Y canta sobre el tejado con alegría seca y sostenida, una nana que mece tu sueño hasta que tus ojos se cierran y tu corazón late al compás. En mitad de la noche, en el centro de esa oscuridad vasta que te rodea, tal vez despiertes y creas no sentirla sobre tí, a tu lado. Madre! -dirás entonces, llamándola. Estoy aquí, hijo, estoy aquí…

Notas para combatir el aislamiento. Tercer domingo.

Me paso la noche entera soñando, no hay quién lo entienda. O no duermes y pasas la noche en vela, contando ovejitas hasta aburrirte sin que suceda nada, o te duermes y empieza enseguida un torbellino de secuencias que no se detiene hasta que al tiovivo se le acaba la cuerda. Por lo general, salvo excepciones en las que me apresuro a dejar constancia escrita de ellos, no me acuerdo de los sueños. Dicen los expertos, los que han leído a Freud, maestro de esta disciplina, que la ausencia de los mismos se traduce en la experiencia de un buen descanso. No lo sé, yo sólo sé que esta noche no he parado y me he levantado a la hora de todos los días, con un regusto levemente amargo en la boca, pero feliz. Tal vez un poco cansado, sí, pero correspondía a ese tipo de cansancio que llega al final de un día colmado de satisfacciones. Estoy tentado de llamar a un amigo aficionado a estas fantasías, como él las llama, y dejarme convencer por los múltiples significados que hallaría, pero no sé si lo haré. Otras veces sí, otras veces se las transmito y él las redacta y construye una novela de aventuras con todas las interpretaciones posibles: las ortodoxas, aquéllas a las que él llama de manual, y las personales, las suyas propias, llevado por su desbordante imaginación. No me suelo decantar por ninguna de las dos, pero nos lo pasamos bien y así él poco a poco va acumulando material con el que rellenar los cuadernos que me compra. No quiero alargarme, pero es un personaje curioso, flaco y desaliñado, de permanentes ojeras, con ese aspecto fantasmagórico del que se pasa las noches enteras en vela, escribiendo sin parar los sueños de los otros porque él no los puede soñar. Yo creo que estos días le estará superando el trabajo, que ni dormirá de día ni dormirá de noche, ante la avalancha inédita de conocidos y amigos que querrán encontrar una solución al enigma de las pesadillas que padecen. Los expertos dicen que a un tiempo de pesadilla, sueños de pesadilla. Tal vez por eso me da un poco de cosa confesar que he tenido una noche tranquila y reposada, nada delirante, en la que no aparecían absurdos surreales poniendo el mundo al revés. De muchas cosas no me acuerdo, pero en algunos sueños estaban las terrazas de los bares llenas, las personas se abrazaban en medio de la calle, se conocieran o no, sonaban con estrépito y alegre tintineo las cajas registradoras de los establecimientos, como en los viejos tiempos, y en las plazas y en los parques jugaban a gritos los niños, corrían jóvenes vestidos con chandals luminosos y brillantes. Había en el aire una secreta transparencia de dicha que todos parecían compartir. Como era un sueño fácil, me ha parecido innecesaria la consulta de alguien experto como mi amigo o la de un tratado clásico y clarificador. Aunque no había, ahora que lo pienso, gente mayor o ancianos, eran todos rostros de jóvenes o personas maduras de fuerte o resistente complexión. Y es ahora, al recordarlo, cuando siento en la boca la incipiente expansión de aquel depósito amargo que originaba mi inquietud, al levantarme, y que poco a poco, sin resistencia, está invadiendo mi estimulado bienestar.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo martes.

Tercer día de lluvia intermitente, cielo encapotado, aumenta la sensación de frío, cambio. Recibido. Ni caminar ni salir al camino. Como mucho, a ratos, cúbrase bien y merodee en torno a la casa, lo más cerca posible de la puerta. Póngase las botas de suela gorda, las gastadas, y espere nuevas instrucciones, cambio. Recibido. Suministro de agua óptimo, energía solar débil, reservas de gas escasas, leña mojada, cambio. Recibido. Apague la tablet, desconecte la radio, minimice el uso del móvil, extraiga el paquete de velas azules del cajón del escritorio. Ese no, el otro, el de abajo, cambio. Recibido. Despensa semivacia, paquete de arroz empezado, harina rancia, lata de atún caducada, cambio. Recibido. Movilice recursos de emergencia, desprenda con cuidado las suelas de zapatos viejos, triture periódicos atrasados y amáselos con harina. Espere pacientemente la hora de la cena, cambio. Recibido. Efectos sanitarios insuficientes, guante roto, mascarillas sin elásticos, orujo de baja graduación, cambio. Recibido, cambio. Recibido. Productos de higiene precarios, pastilla de jabón pequeña, champú sin huevo, seiscientos rollos de papel higiénico, cambio. Recibido. Manténgase alejado un metro de sí mismo, no toque objetos innecesarios ni se ensucie las manos caprichosamente. Controle el esfinter, cambio. Recibido. 7.30 pm. Listo para merodear, botas de suela gorda gastada calzadas, cazadora de piel de borrego puesta, gorro de lana en la cabeza, cambio. Recibido. Demasiado tarde. Quédese en casa, siéntese en la butaca de cojines, envuélvase en una manta y manténgase en la oscuridad con los brazos cruzados. De acuerdo con su rito confesional, rece, rece mucho. Cambio y corto.

Conocidos y saludados. 4

A Juliet, la carnicera, casi nunca la veo. Yo no como carne y en su pequeño establecimiento de salchichas y lomos no vende alimentos envasados. Juliet es una mujer rolliza y hermosa que no se desprende de su mandil floreado. Lo sé por mis pocos encuentros con ella en correos o en el lavadero de la fuente. Con motivo de no recuerdo qué gestión en el ayuntamiento, en el que ella se encontraba, escuché sus alegatos contra una amenaza expropiatoria. Con indiferente dramatismo, acusaba a su hermano de la dejadez de las granjas. Su hermano, desastrado y destructor hasta donde le era permitido, recorría con su camioneta decrépita los caminos entre las explotaciones. Talaba árboles de propiedades ajenas, inundaba con aguas residuales pastos comunales o pisoteaba él mismo con sus botas llenas de mierda los pequeños huertos de los jubilados. Durante mucho tiempo, sus fechorías estuvieron a cubierto por la autoridad sanitaria, que diagnosticó insanía mental. Más tarde, rehabilitado con terapias severas, se incorporó a la plantilla de la empresa familiar ayudando a los gorrineros. Su comportamiento ejemplar no duró mucho. De él se decían barbaridades acerca de sus prácticas reprobables con animales hembras de la cabaña. Volvió a un centro de rehabilitación y en el intervalo murieron sus progenitores. La carnicera, a la que casi nunca veo, asumió la responsabilidad tutorial a su regreso sin perder el carmesí esplendoroso de sus mejillas y abrió el establecimiento de carne al que nunca voy. Está registrado que sus proveedores suministran la mercancia al negocio a cambio de la explotación sin reservas de las propiedades familiares. Uno de ellos, un tal Fabián Ilustre, ambiciona apropiarse del total de las posesiones y señorear las tierras casándose con ella, quien de momento le niega todo amor. Se habla mucho de un complaciente trato con su hermano, cuyos nervios tranquiliza dejándose bajar por él las bragas. Eso le mantiene a raya y asegura su independencia. Viven los dos en la gran mansión inacabada de ladrillo amarillo, rodeados del permanente tufo a orines y podredumbre. Para muchos, entre los que me incluyo, tiene algo de milagroso verla siempre tan aseada y tan limpia, tan lustrosa, con su inmaculado mandil floreado.

Carpeta de sueños. 6

Viene la bibliotecaria del pueblo con un policia para requisar mis libros. La cocina está manga por hombro, hay cacharros sin fregar en el suelo y un montón de bombonas de butano encima de la mesa. El policia señala dos guantes de boxeo que cuelgan de la pared y la bibliotecaria toma nota. Esto también, dice, abriendo de par en par una caja de herramientas. Aprovecho para decirle al policia que todos los días entra alguien y me roba comida, pero la bibliotecaria dice que eso no hay que apuntarlo. Entonces aparece mi madre con una olla llena de garbanzos y la bibliotecaria dice que vale la pena probarlo, que esa señora escribe muy bien.

El presidente de un tribunal de justicia, desde el estrado, ordena que me levante. Yo estoy sentado en el banco de una iglesia, leyendo en el móvil las noticias de un periódico digital. Me levanto y me sumo a una cola de hombres y mujeres que esperan su turno para coger sopa bendita de un dispensador. La iglesia es monumental, de bóvedas cuadradas y columnas de hormigón, y huele fuertemente a neumático quemado o algo así. Tienes que confesar antes, me dice Ada Colau, que está delante de mí, mientras se gira para pasarme un bebé muerto que lleva en los brazos. Le digo que no pasa nada, que de todas formas subiré las fotos a Facebook cuando me suelten.

Entro a hacerme unas gafas en una óptica de mostrador altísimo. Desde arriba, uno de los empleados me dice que vaya antes a la embajada española, donde me darán el permiso. Enfadado, le grito al empleado, que es joven y expresa con gesto desagradable lo inaceptable de mis quejas. Yo insisto en que no me moveré de allí hasta que me hagan las gafas. Sí, como todos, dice mientras me entrega un formulario. El papel es una hoja escrita a mano donde aparece el menú del día. Al fondo oscuro del establecimiento, entre pequeñas mesas con hules de plástico donde comen universitarios japoneses, hay un médico operando a un paciente tumbado sobre una camilla. Me acerco a él y me dice que no hable muy fuerte, que está a punto de dar a luz.

Pessoa y el boxeo

Aclara Fernando Pessoa en su Libro de Reclamaciones apócrifo que tuvo poca o ninguna afición por el boxeo, pero sí por las enseñanzas que encierra una carrera de éxitos construida a base de puñetazos. Por José Santa Camarao, un púgil gigantón de más de dos metros que vivía con su hermana en el barrio de la Alfama tuvo, pese a todo, un respeto reverencial, aunque no quiso reconocerlo. De manera rotunda y risiblemente obvia, aclara Pessoa en un pasaje del libro que hay entre la gloria de un escritor y la de un boxeador una diferencia apenas inapreciable. Y pese al desinterés que dice observar por el tema, antes de exponer el argumento de esa diferencia, pone al corriente al lector de las andanzas del campeón portugués contemporáneo suyo, del que sabe casi todo. Ahora que tanto el púgil victorioso en vida como el poeta tras cuya muerte vino el triunfo comparten la gloria de los seres superiores, a Pesssoa no le parece envidiable que tenga José Santa a su nombre una calle en Lisboa y unos azulejos en el beco donde estuvo su casa. Él tiene otra calle, y dos estatuas, y cafés donde se le recuerda y nombra, y librerías donde se le cita, y casas en las que se le rememora, y postales, y chapas y llaveros y libros que pocos leen. Demasiadas cosas para alguien que desdeñó lo que no estuviese al alcance del pensamiento y los sueños de la imaginación. No le envidia a José Santa que tenga calles y azulejos, pero sí el que goce de una gloria discreta y tranquila tras una vida de fama y constante agitación. Le envidia también que fuera su voz de habla portuguesa la que estrenara el idioma de la nación en los cines del mundo, en un film alemán donde Max Schmeling, el boxeador a quien Hitler idolatraba, le noqueaba en los rings en blanco y negro de los años treinta. Confiesa Pessoa en el Libro de Reclamaciones tener el convencimiento íntimo de que escribía para la posteridad, y que la gloria que habría de venirle se gestaba, a diferencia de la de Santa, sin la fama innecesaria del presente, pero como la de él, en el remolino de una agitación permanente. Sólo que la suya era silenciosa, invisible, interior y con la diferencia, para algunos menor, de que él dejó a su muerte un baúl lleno de papeles y documentos manuscritos y el púgil un cofre atiborrado de guantes.

Ulises en Lisboa   Eladio Redondo.   Ed Beltrónica   2013

despertares. 2

Te despiertas a medianoche obsesionado con el final de la novela que estás escribiendo. La empezaste a escribir hace siete años, pero llevas casi seis buscando un final que nunca te satisface. Te da la sensación, esta vez, de que por fín lo has encontrado, de que la novela estará por fin terminada. A partir de entonces, como te ha ocurrido otras veces, ya no puedes dormir. Le das vueltas a la idea una y otra vez, tratas de desarrollarla, de encajarla en el relato de acuerdo con su función. También como te ha ocurrido otras veces, es decir, siempre, al cabo de varias horas de darle vueltas y más vueltas la buena idea empieza a desinflarse y el sueño sigue sin llegar. El sueño no llega y la idea no vale absolutamente para nada. La novela que empezaste hace siete años sigue sin tener un final. Ahora, lo único que deseas es dormir un poco y descansar. Pero no puedes, se te acaba de ocurrir una idea para arreglar de una vez por todas el problema de las hormigas, con el que llevas más de siete años, casi los mismos que los que llevas con la novela, luchando por encontrar una solución. La idea es buena, y, después de moverte alrededor de ella buscando los pros y los contras, concluyes que, por lo bestia, en el marco de la realidad no es aplicable, pero sería el excelente final de una novela, aunque no de la que empezaste a escribir hace siete años. Finalmente, resignado a no dormir, te levantas, te lavas la cara y te vistes. Lo mejor de empezar el día es que él solito se las apaña para encontrar un final. Te guste o no.

Carpeta de sueños. 5

Me llama Pau para decirme que le lleve en un camión, que el pueblo le ha echado. Cuando llego está en su casa delante de un porche alto como el de una catedral, vestido con un abrigo largo de militar que le llega hasta los pies y un gorro ruso. Por los bolsillos del abrigo asoman manojos de tomates y berenjenas. Me enseña el terreno seco y pedregoso donde tiene ajos plantados y extiende la mano hacia la linea del horizonte, de la que cuelgan barbas puestas a secar. Y aquí quiero construir un colegio suizo, me dice, poniendo la mano sobre un mapa extendido en el suelo. Es mejor que no te vean mucho, le digo yo entonces, no sea que te pidan más petróleo.

Me invitan a la inauguración de un pantano lleno de sopa hirviendo al fondo de un valle. Hay una larga cola de hombres con abrigos negros entre los que están mi tio José y el escritor Enrique Vila-Matas. Llevan bajo el brazo una olla y en la mano un cazo con agujeros. Sobre las aguas del pantano flotan muebles y enseres domésticos y abajo, al otro lado del muro, hay un campamento de gitanos con burros en torno a una hoguera gigantesca. Es la realidad, me dice Vila-Matas, señalándome la nieve que cubre sus zapatos. Mi tío se quita la boina y me arrastra de la mano hasta una garita de piedra donde venden pollos. Toma, coge, a ver si esta semana nos toca la quiniela, me dice, agitando frente a mí la boina llena de papelitos.

Mi hermana Angelita está en un patio llenando un barreño de agua. Sobre la valla de ladrillo que limita con un descampado hay una hilera de enanos de piedra escrutando el horizonte. Me siento en un diminuto taburete de corcho a su lado y le digo que el vino que hice ayer está lleno de errores. Ella entonces se pone de pie y da vueltas con un palo a un montón de trapos que acaba de meter en el agua. Esto no nos lo vamos a poder comer nunca, me dice, llevándose a la boca un trozo de madera enrrollado en una cuerda. “Haz el favor de no comerte eso o se lo digo a madre”, le digo, muy enfadado.