Escrito a mano. La vida interior

Una calle anónima para la historia pero populosa y rica en recuerdos, no todos felices. Teníamos las explanadas embarradas y los charcos, los solares vacíos, el sol sobre las fachadas desnudas y las esquinas sin vuelta. La vida era triste y alegre a la vez y el hambre de la esperanza pronto sería sólo esperanza. No teníamos bicicletas, ni pistolas ni chicles sin azúcar y, hasta que llegó el asfalto, éramos pobres pero concurridos y el pasado mandaba callar a los hombres de más edad. Era un silencio de pacto sumiso e insolente que daba a habitaciones oscuras y tétricas, con panes escasos y mesas sin limpiar. Y los fusiles todavía humeantes no quedaban tan lejos, y quedaban fusiles y muertos por enterrar y muertos por desenterrar. Nosotros vivíamos con el fuego de los numerosos brazos familiares, sin contrabandos, atados los unos a los otros a la mesa camilla del cuarto de estar. Y entre el barro anónimo de la calle anónima los regueros del carbón conducían a sótanos irrespirables y barreños sin jabón. Con el tiempo, la calle populosa dejó también de serlo, los recuerdos mermaron y el anonimato se consolidó. La vida interior aún tardaría en llegar.

Reciclajes

Lunes , 9 de agosto. 2010

En el portal de al lado vive una negra. Es joven, más bien baja, viste faldas cortas. La he oído hablar y habla un castellano nítido, fluído, coloquial, pero no sé de donde es. No me llama la atención su belleza, ni me siento atraído por su cuerpo, de piernas musculadas y espaldas masculinas. Me gusta el color de su piel. Es de un negro pulido y seco, como gastado, como erosionado. La piel, no. El color. La piel es joven, tersa y fina. Parece el color de su piel el de una de esas guerreras subsaharianas que fecundan las ensoñaciones de los opiómanos, seres incorpóreos, fabricados con arena, que habitan insólitos laberintos excavados en inestables dunas. Desde arriba, desde mi balcón, en las noches de farolas llenas, su figura encarna una composición metálica, ardiente y magnetizante. Alrededor de ella, de su falda blanca y de su camiseta de tirantes también blanca, bailan los ciegos aspirantes del deseo. A ellos los pongo aparte. Son gritones, exhibicionistas, provocadores pasivos. El afortunado es un grandote de camisa sin botones, probablemente más alto que pesado. De todos, el más callado. Escupe despacio y fuma sin avisar. Con ese se va siempre, luego, más tarde, al final, cuando la plaza empieza a entregarse a la silenciosa voracidad de la noche. De día, apenas se les ve.

 

Martes, 10 de agosto. 2010.

En el mismo portal donde vive la negra viven también unos marroquíes. Por debajo de mi balcón, su terraza queda expuesta al escrutínio de mi mirada, pocas veces inocente. Pero los veo poco. A veces juntos, cuando toman té o huyen del sofocante calor del interior. Pocas. El verano no aprieta. En solitario, tienden la ropa o se apoyan en la vieja baranda de obra y hablan por el móvil o  extienden una esterilla y rezan. Con corrección, sin aspavientos, discretamente. Uno de ellos duerme ahí. Por la mañana, cuando me levanto y salgo al balcón, lo veo. Veo una sábana que cubre lo que parece ser un cuerpo, como un sudario escondiendo una materia que no puede ser revelada, sólo intuída, las marcas leves de un muslo, las de un hombro, el duro contorno de una espalda. Por detrás de la cabeza, un teléfono móvil, rojo. Lo que sería a los pies, unas zapatillas. Como un muerto perfectamente preparado para resucitar. O como un nuevo pasajero del tiempo, una aparición sin papeles, un fantasma sin fronteras.

OPERACION TORTOSA.UN DIARIO     Eladio Redondo    Ed. Beltrónica. 2012

 

Lámparas recicladas.  Madera y papel japonés.  Contacto: eladiore@yahoo.es

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Entre nosotros hay un hombre que fuma puros con los pasos contados, la mano siempre puesta en el corazón. Va y viene por la terraza empedrada mientras expulsa el humo en forma de pequeñas salpicaduras de conciencia, no sabemos cual.

Entre nosotros hay un ciclista que sueña con la gloria de un mayor deseo. Se recoge el pelo en una redecilla de alambre envuelta en mustio laurel y exhibe a modo de oferta muslos, torso y brazos embadurnados de sudor de héroe de barranco, mientras con ojos tristes de minero mira el efecto de la luz en la felicidad de los niños.

Entre nosotros hay una mujer que quiere tener menos años y menos hijos. Quiere crecer hacia atrás y hacia adentro, con el vientre lleno de ambiciones puras y pecados limpios, y desgastar poco los anillos y abandonar el ajuar y mancharse de inquina y de gritos que enjuaguen la tediosa honradez de las lágrimas.

Entre nosotros hay un anciano con manchas secas de anciano cansado ya de ser sombra sin forma, palo seco entre la seca pinaza, maldito corazón sin sueño y negra venda en la memoria. Sin embargo está ahí, sentado entre nosotros, y sonríe como sonreímos nosotros.

Entre nosotros hay un hombre de ceño fruncido y cejas espesas que cuenta dinero sobre la mesa, sobre el mantel lleno de migas deposita sacos de monedas que primero manosea y luego abrillanta y ordena en columnas perfectas. Como no sirve para nada, ni él ni el dinero que amasa con contemporánea ceguera, nos olvidamos de que está ahí, de que existe, y algún día pagaremos caro ese olvido.

Entre nosotros hay una mujer de lujo echada a perder, una tontaina consentida que vende cinturones y pieles de manatí, antes imbécil y ahora también cruel. De ella aplaudimos sus coquetos patetismos con imperdonable comprensión, aprobamos sus soseces, su estilo caduco, su impostada tos invernal. El error de haber deseado en mejores tiempos su carne ahora nos condena a muchos al silencio.

Entre nosotros hay un artista con talento prematuramente adelantado al éxito. Galerias de Nueva York y Tokio exponen o arrebatan o esquilman su patrimonio inmaduro. La calle lo jalea, la familia le admira, el dinero le convence. Su obra podrá ser o no perdurable, pero su corrupción es segura.

Ayer, en el modesto hospital de la provincia nació Roque. Gritó al salir, como todos, y llora como todos y ya, sin él saberlo, es afán y esperanza y tragedia, aunque eso poco importa, lo que importa es que ya está entre nosotros.

De lo artesano bajo los efectos del metamizol, paracetamol, diazepam, pantoprazol y tramadol.

El trabajo en el taller es por lo general gratificante. La monotonía de cortar, pegar, coser o ensamblar encierra un pausado ritmo a modo de mantra que facilita la reflexión tranquila y el curso plácido de la memoria. En la fase previa, cuando hierven las ideas y la imaginación dispara sus ambiciones, el estímulo de la creatividad procura sentimientos y emociones sobre los que el trabajo del artesano encuentra un segundo fundamento a su bienestar. Entre una fase y otra no hay pausas, las ideas no pueden esperar, no deben esperar, no saben esperar. Esperar es cosa de las herramientas. Una herramienta noble alcanza ese grado altísimo de utilidad cuando duerme en paz sobre la mesa, cuando está quieta, inerte, a la espera pertinente de su movilización. La idea la pone en movimiento, y conservar esa nobleza es entonces responsabilidad del artesano. Sobre la mesa de trabajo, el oficio establece entre una y otra un princípio de fusión, y cuando lo creado surge, el objeto encarna las virtudes y las imperfecciones de un ritual no por repetitivo, menos único, pero en sentido estricto, no original. Algo así lo es cuando el hecho creativo devuelve su resultado al origen, al caos del que es hijo. No es la prioridad de la artesanía. Al contrario, en la belleza de su funcionalidad hay un pacto permanente con el orden vivo de las cosas y de los hombres. Y así como el arte sublima la materia para hacerla menos alcanzable, la artesanía opera su transformación para convertirla en necesaria.

De la colección de Herméticamente Recto  Contacto: eladiore@yahoo.es

La música de la memoria

Lo de mi madre fue distinto. No vienen al caso las horas de aquel lento y doloroso trajín. El afán de todos nosotros era sostener su renuncia, vigilar sus insomnios, procurarle un alivio. Los días y las noches eran todos iguales, una tormenta de arena que nos dejaba ciegos y exhaustos. Las últimas palabras de mi madre no las recuerdo, no sé cuales fueron sus últimas palabras. Las últimas palabras no son siempre lo último que oimos, lo último que oimos es siempre lo primero que recordamos. No se me olvidarán nunca porque le negué el único alivio que verdaderamente necesitaba, las tengo todavía aquí, dentro, como una música, vigilando constantemente los insomnios que le debo, fortaleciendo la renuncia que no supe sostener. Morir en su casa. No tenía ya fuerzas para desear otra cosa que no fuese morir en su casa. Esas fueron para mí sus últimas palabras. Dicen que lo primero que olvidamos de un muerto es su voz, pero no es verdad. Yo todavía las oigo. Como una música.

Marosa entra en mi vida

Me he acostumbrado a recibir la visita de Marosa un día a la semana, a la hora de comer. Al princípio, cuando empezamos a vernos, Marosa aparecía por la linde de mi casa de manera irregular, siempre acompañada de su subalterno, en horas de faena, cumpliendo alguno de los cometidos de su rutina diaria. De hecho, nos conocimos porque traía una orden de detención derivada de una acusación que luego se demostró errónea. Se me acusaba, a mí, que centro mis intereses en asuntos de carácter puramente material, de ser el fantasma que deambulaba en la casa abandonada de las Frías, la comarca fronteriza. Que había voces, registros sonoros obtenidos por el cuerpo especializado que ella dirigía, en los que se habían detectado pausas y silencios reconocibles en los míos. Yo, que no creo en esas paparruchas, acompañé a Marosa hasta la comisaría y grabé, como prueba de cotejo que luego resultaría exculpatoria, un fragmento del Frisorium, aquel famoso diálogo que mantienen dos fantasmas sordomudos. Como era de esperar, ni mis pausas ni mis silencios se correspondían con los registrados en la casa abandonada. Más tarde se descubrió, en el sótano, un espectro masculino proveniente de una antigua mansión en Las Templadas, a más de cien km de aquí, de la que había huido por los malos tratos que recibía de sus actuales moradores, cartesianos convictos. Fue devuelto a su circunscripción de origen y el caso quedó cerrado. Como el error exigía un grado de disculpas acorde con la dimensión del mismo, Marosa y su ayudante se presentaron en mi casa y reconocieron humildemente su precipitación. A partir de entonces, la jefa de Asuntos Misteriosos de la Policia de la Región, como soy de carne y hueso, inauguró sin mi consentimiento un período de amistad que rompe en mil pedazos la fama de mi trato escaso y esquivo. Mañana, a lo mejor, viene. Ya la irán ustedes conociendo.

Diciembre, 2016.Notas a pie de feria.(y 3)

Un conocido me ha dicho esta mañana que tiene la cabeza llena de grillos. Yo creo que la tiene llena de grilletes.

De la mujer que acaba de hablar conmigo, veinticinco años después me siguen gustando: la belleza imperfecta, la inteligencia esforzada, el carácter sin gobierno, el erotismo blindado, el hondo silencio que habita en su deseo. Por lo que se ve, no he cambiado nada en todos estos años.

No podemos evitarle ningún dolor ni aliviarle ningún sufrimiento: tiene demasiada imaginación.

Podemos seducir, día tras día, noche tras noche, y acabar agotados de la belleza de los artifícios, exhaustos y vacíos. Porque podemos seducir, pero sólo el SER enamora.

T me cuenta que su amigo L es callado, una clase de silencio próxima al atontamiento. No lo era, dice T, hasta hace dos años, cuando se separó de su mujer porque la encontró en la cama con su hermano, que ahora está liado con T, a quien ha dejado embarazada, pero L no lo sabe. Es mejor que no lo sepa, dice T, por lo menos hasta que pase Navidad. Claro.

Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.2

Un hombre tropieza y cae de bruces en la acera. Del bolsillo de su chaqueta sale rodando un puñado de monedas que, la gente, se apresura a recoger para entregárselas…antes incluso de ayudarle a que se levante.

Curioso. Carson McCullers se casa con un tal Reeves, también escritor, con el que establece el siguiente pacto: un año se dedica uno por entero al cuidado de la casa mientras el otro lo dedica a la escritura. Empieza ella, pero el relevo no llega a producirse: solo hay espacio para un talento, y Reeves no es el agraciado. Se suicida en 1953.

Tenía ilusiones, pero ha ído tantas veces a comprar el pan, que ya las ha perdido.

Dos muletas en la calle, tiradas, abandonadas, indefensas, parecían como muertas.

Me compra una libreta un hombre de una cincuentena años, suizo, afincado aquí. Trabajaba en un banco y lo dejó, abandonó un modo de vida que le resultaba vulgar. Se separó, también. Abandonó a su mujer y a sus hijos y comenzó a viajar. Al cabo de un tiempo, se instaló aquí, y vive en el campo, solo, cultivando sus tomates. No pocas veces, como personas escapamos de una vida vulgar, pero como personajes no dejamos de ser un caso típico.

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el pakistaní encendió las lámparas (RL3)

Hasta que un día la pareja dejó de venir. O al menos, mi amigo no la veía. Podían estar en otra mesa, más lejos, fuera del alcance de su vista, pero no era probable, se había acostumbrado a tenerlos cerca y de un modo inconsciente, casi mecánico, encontraba cada día un hueco donde sentarse, muy próximo a ellos. A las personas que están muy solas a veces les ocurre, la ironía es un disparo que no siempre cruza el aire en línea recta, su velocidad es lenta, caracolea o sortea atajos o tropieza consigo misma y vuelve atrás, a su lugar de origen, a la mano que apretó el gatillo. Cuando dejó de verlos, mi amigo sintió que su soledad era mayor de lo que era antes, de modo que se alegró mucho al ver que un día, a pocos metros de donde él estaba comía, solo, el hombre días atrás felizmente enamorado. Comer es una manera como otra cualquiera de decir que se come, pero el hombre no comía. O comía poco, muy poco. En su bandeja, el pequeño plato de arroz hervido estaba intacto y la carne de pollo desmigajada, extendida aquí y allá en pequeños trozos apenas mordisqueados. La botella de vino, sin embargo, estaba casi vacía, y el semblante del hombre, triste y apesadumbrado. Los días siguientes fueron una repetición casi calcada de esa imágen, con la variante única de que las botellas de vino iban progresivamente aumentando. Un día quiso la casualidad que ambos se sentaran frente a frente. El hombre seguía sin comer, cada vez más pálido, cada vez más triste y ojeroso, cada vez más borracho. Es lo que tiene el amor, que te embriaga de alegría o te emborracha de pena. Porque el hombre estaba borracho de amor, le dijo a mi amigo. La confianza entre los dos se dio de manera natural, sin apenas prólogo, una intimidad surgida de repente al calor de dos necesidades complementarias: la de hablar y la de escuchar. Por lo general, la naturaleza de mi amigo tiende a inclinarse hacia la segunda, en eso consiste para él el placer de estar en buena compañía. En cambio, la naturaleza del enamorado triste o dichoso pide el monólogo, la perorata exultante o la retahíla desconsolada. Como la del borracho. Por uno de esos azares extraños que muy pocas veces en la vida se dan, mi amigo y el hombre iniciaron una amistad que duraría muchos años, toda la vida, pero eso nos aleja ahora de lo esencial, no nos vayamos por las ramas…”En ese punto, el pakistaní me interrumpió. No quería ni mucho menos ser ingrato, la historia le estaba interesando mucho y le entretenía mucho mi manera de contarla, es más, esperaba obtener de ella, dijo por cuarta vez, mucho. Yo creo que sus palabras exageraban en todo, pero como estaban dirigidas a abrir una pausa de avituallamiento, agradecí su amabilidad. Sin levantarse del sofá, dió un par de sonoras palmadas en el aire y al poco rato se abrió la puerta. Descalzos, vestidos con chalecos de seda sin abotonar y pantalones bombachos, entraron un par de jóvenes con turbante y depositaron sobre la mesita una bandeja colmada de manjares, varias botellas de vino caliente y humeantes tortas de pan recién hecho. Después, se desplazaron por diferentes rincones del cuarto y encendieron un sinfín de lamparitas estratégicamente colocadas en zonas de penumbra, un enjambre de luces de colores que embriagaba dulcemente los sentidos. El pakistaní me dijo que comiera a mi antojo, sin ningún pudor, estaba convencido de que el proyecto, del cual ya me podía considerar parte integrante, no tendría efectos indeseables sobre mi persona como, al parecer, daba a entender la historia que estaba contando sobre mi amigo. “Pero bueno, no es conveniente dictaminar un juicio sobre un desenlace que aún desconocemos. Siga, siga con su historia, por favor, le escucharé con mucha atención”.

Continuará (Cuando terminemos de comer)

Lámparitas de mesa. Medidas variadas. Malla metálica , cartón y papel japonés. Contacto eladiore@yahoo.es