Notas para combatir el aislamiento. Segundo sábado.

C me regalaba libros a menudo. Comprados por él mismo, para mí, o usados, de su propia biblioteca o de las de otros. A ninguno de ellos les faltaba nunca una dedicatoria o una frase en la que me expresara su cariño o un deseo de felicidad o de mejora cuando los días florecían turbios. Me conocía bien y sabía de la capacidad que los libros tienen para animarme, pero aquello no suponía que el libro acabara gustándome ni tan sólo que acabara leyéndolo. Era el libro, el objeto, y el afecto contenido en su gesto, lo que hacía sentirme bien. Ahora, cuando entre amaneceres y ocasos planean sombras de amenaza, C ya no está aquí para restablecer mi ánimo con su fórmula mágica y sencilla. Por eso, ayer, me dio por buscar en los estantes de mi biblioteca aquellos ejemplares que formaron parte de un presente esperanzador. Por tenerlos en las manos, por ojearlos y por hacer con ellos un balance fragmentario de una memoria común. Y por leerlos, también por leerlos, confiado de hallar en sus páginas el aliento de lo vital. Entonces ocurre que de entre esos libros abiertos ahora al azar emergen pruebas que confirman hechos corrientes olvidados: tikets de alguna compra, billetes de tren y de autobús, entradas de algún concierto, cosas así. Restos de un antiguo naufragio cotidiano apresados en la ordenada vorágine de la letra impresa.Con algún esfuerzo, la memoria podría hurgar en esos restos, rascar en su costra desgastada o pulida y extraer de ellos el débil hilo que marque la ruta de un deseado viaje atrás en el tiempo. Así que, con pausado afán, tomo los libros de uno en uno y escudriño en su interior y extraigo y deposito sobre la mesa esas arqueologías pobres entrañadas de secretos. Entre los puntos de libro, hay uno que destaca porque es grande y blanco, con un grabado en relieve de suaves geometrías orientales sobre el que hay una frase, escrita por la mano de C, en tinta azul. Pertenece a un cuento de William Goyen, incluído en un volumen de sus cuentos completos, editados en castellano por Seix Barral. ” Porque ahora estaba seguro de que todo sucedería después de un largo silencio y una espera de los sentidos”.  Recuerdo la tarde en que me lo regaló porque llovía y llovía, y eran para nosotros tiempos de tristeza impaciente en cuerpos plenos de deseo pero ya no tan jóvenes. Parecía una frase escogida para aquél momento, y no parecía tener más virtud que aliviar aquel instante. Pero no. Hoy, esa frase se abre y se extiende, crece, construye un gran paraguas en el que cobijarnos de este diluvio cuya fuerza se incrementa día a día. Un regalo que C me hizo hace años, pero que me volvió a entregar ayer.