Carpeta de sueños. 6

Viene la bibliotecaria del pueblo con un policia para requisar mis libros. La cocina está manga por hombro, hay cacharros sin fregar en el suelo y un montón de bombonas de butano encima de la mesa. El policia señala dos guantes de boxeo que cuelgan de la pared y la bibliotecaria toma nota. Esto también, dice, abriendo de par en par una caja de herramientas. Aprovecho para decirle al policia que todos los días entra alguien y me roba comida, pero la bibliotecaria dice que eso no hay que apuntarlo. Entonces aparece mi madre con una olla llena de garbanzos y la bibliotecaria dice que vale la pena probarlo, que esa señora escribe muy bien.

El presidente de un tribunal de justicia, desde el estrado, ordena que me levante. Yo estoy sentado en el banco de una iglesia, leyendo en el móvil las noticias de un periódico digital. Me levanto y me sumo a una cola de hombres y mujeres que esperan su turno para coger sopa bendita de un dispensador. La iglesia es monumental, de bóvedas cuadradas y columnas de hormigón, y huele fuertemente a neumático quemado o algo así. Tienes que confesar antes, me dice Ada Colau, que está delante de mí, mientras se gira para pasarme un bebé muerto que lleva en los brazos. Le digo que no pasa nada, que de todas formas subiré las fotos a Facebook cuando me suelten.

Entro a hacerme unas gafas en una óptica de mostrador altísimo. Desde arriba, uno de los empleados me dice que vaya antes a la embajada española, donde me darán el permiso. Enfadado, le grito al empleado, que es joven y expresa con gesto desagradable lo inaceptable de mis quejas. Yo insisto en que no me moveré de allí hasta que me hagan las gafas. Sí, como todos, dice mientras me entrega un formulario. El papel es una hoja escrita a mano donde aparece el menú del día. Al fondo oscuro del establecimiento, entre pequeñas mesas con hules de plástico donde comen universitarios japoneses, hay un médico operando a un paciente tumbado sobre una camilla. Me acerco a él y me dice que no hable muy fuerte, que está a punto de dar a luz.

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Bestiario íntimo. La babosa.

Tengo amigos que la adoran. Yo no. Basta con haberla cogido con los dedos una vez, sin querer, para verificar la repulsión que existía cuando sólo la miraba. No, no y mil veces no. Posee este animal enfático la facultad de destruir el deseo. La aversión que transmite, su humedad fría, su lento y blando silencio inhibe la líbido de quien se cruza con ella. Si sales a medianoche al jardín de tu casa, nervioso porque el sueño no te acoge, las babosas en la hierba harán que te preguntes quién eres, qué fuiste, qué podras ser. Llegas a la conclusión de que es la tuya una vida que se cae, que se viene abajo, sin esqueleto. Lo sabía Carver y lo sabían muchos hombres y mujeres antes que Carver. No creo que haya alguien que no lo sepa. Incluso aquellos que sobre un fondo oscuro y cenagoso arrastran con ellos su última esperanza.

Carpeta de sueños. 5

Me llama Pau para decirme que le lleve en un camión, que el pueblo le ha echado. Cuando llego está en su casa delante de un porche alto como el de una catedral, vestido con un abrigo largo de militar que le llega hasta los pies y un gorro ruso. Por los bolsillos del abrigo asoman manojos de tomates y berenjenas. Me enseña el terreno seco y pedregoso donde tiene ajos plantados y extiende la mano hacia la linea del horizonte, de la que cuelgan barbas puestas a secar. Y aquí quiero construir un colegio suizo, me dice, poniendo la mano sobre un mapa extendido en el suelo. Es mejor que no te vean mucho, le digo yo entonces, no sea que te pidan más petróleo.

Me invitan a la inauguración de un pantano lleno de sopa hirviendo al fondo de un valle. Hay una larga cola de hombres con abrigos negros entre los que están mi tio José y el escritor Enrique Vila-Matas. Llevan bajo el brazo una olla y en la mano un cazo con agujeros. Sobre las aguas del pantano flotan muebles y enseres domésticos y abajo, al otro lado del muro, hay un campamento de gitanos con burros en torno a una hoguera gigantesca. Es la realidad, me dice Vila-Matas, señalándome la nieve que cubre sus zapatos. Mi tío se quita la boina y me arrastra de la mano hasta una garita de piedra donde venden pollos. Toma, coge, a ver si esta semana nos toca la quiniela, me dice, agitando frente a mí la boina llena de papelitos.

Mi hermana Angelita está en un patio llenando un barreño de agua. Sobre la valla de ladrillo que limita con un descampado hay una hilera de enanos de piedra escrutando el horizonte. Me siento en un diminuto taburete de corcho a su lado y le digo que el vino que hice ayer está lleno de errores. Ella entonces se pone de pie y da vueltas con un palo a un montón de trapos que acaba de meter en el agua. Esto no nos lo vamos a poder comer nunca, me dice, llevándose a la boca un trozo de madera enrrollado en una cuerda. “Haz el favor de no comerte eso o se lo digo a madre”, le digo, muy enfadado.

 

La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.

Seducción

Cuando me dijo que le gustaba mucho el chocolate, enseguida le dije, sin saber por qué, que el chocolate era una metáfora del deseo. Sus ojos negros de oscuro e intenso misterio me miraron fijamente. Como llevaba alguna copa de más, aquella mirada de cálculos ambiguos no clarificaba su determinación. La mía intentó abrirse paso torpemente, avanzando a ciegas en lo desconocido. Le hablé de la taleguilla con semillas de cacao que Napoleón llevaba siempre consigo, de los calientes chocolates de los prostíbulos parisinos y de los rituales incas con pasta de xocoatl. Aquellos artificios de seducción parecieron despertar su interés. Pidió otra copa y se acercó un poco más a mí. Algo más seguro y confiado, alabé la exótica hermosura de sus ojos, donde ahora parecía haber dulzura e insinuación. Dí un paso más y le relaté las deliciosas perversiones del marqués de Sade, cuya imaginación febril responsabilizaba a las grandes cantidades de chocolate, vainilla y canela que tenía por costumbre tomar. Estreché su cintura con un abrazo sin rigideces y al oído le susurré las viejas recetas de las chocolaterías suizas, origen, para Calvino, de las tentaciones de la carne y los pecados de la lujuria. Nuestros labios, por fin, se rozaron, y de los de ella salieron las palabras rendidas que tanto deseaba escuchar. Y entonces me pasó lo que tantas otras veces, que esa victoria narcisista me dejó exhausto y sin apetito, saciado, y la única verdad que me quedaba, antes de disculparme y marcharme, fue confesarle que no me gustaba el chocolate.

Escrito a mano. “Bélgica”, Chantal Maillard. Pág. 75

Hubo un tiempo en el que las historias contaban el pasado de un pueblo. Se contaba para recordar, o para crear raíces y fundar el suelo común en el que hubiesen arraigado. Hoy, inventamos historias para ocupar el presente, para ocuparlo entre todos con historias ajenas. Contar es procurarse una continuidad. Argumentos prestados, historias con las que se hace el tiempo para ocupar la extensión inmensa, aterradora, que sin él se abre.

Escrito a mano. Vidas paralelas

Decían que éramos ocho hermanos y que podíamos haber sido más, diez u once. Que dos, gemelos, habían muerto al nacer y otro al poco. Sobre la vida que vivieron después de morir tanto mi padre como mi madre guardaron un silencio riguroso. Casi todo en nuestra casa, como en tantas otras, se silenciaba. Se mantenían ocultos episodios del pasado por temor a ser descubiertos en una falta de culpa, por miedo a la sinrazón y a la arbitrariedad que reinaba o por obligada obediencia. La obligación del pobre era comer, ni más ni menos. Así que tuve que salir yo mismo en busca de la información que no tenía. A los corrillos en las terrazas y en los rellanos, donde los vecinos intercambiaban memorias ajenas a cambio de otras que consideraban propias, con las que podías construir el mundo que te faltaba o devolverlo de nuevo a la oscuridad de los tiempos si ese mundo no te convencía. Ahí fue donde oí todo lo que tenía que saber sobre la vida de mis hermanos muertos después de muertos. Unas vidas que luego yo mismo olvidé o que he callado porque el olvido me ha hecho callar. Gemelos. Y separados de vidas separadas. El que primero murió, Julián, fue arriero y capataz de poca fortuna en los campos de ajos. Tenía de joven un genio peleón que le dio fama y popularidad y muchas enemistades. Luego, después de mandar en los ajos, le calmó el genio el amor de una mujer que no fue para toda la vida. Durante un tiempo tuvo con ella un trato y un discurso parejos, casi exactos, y parecía que la labranza y la posesión de tierras explotables pasaría a sus manos y su destino sería el de ser esposo y propietario respetado. Pero no. El amor podía ser verdadero pero él era un intruso en la saga de los poderosos. El padre de la mujer a la que se atrevió a amar sí era poseedor de ese poder legítimo y lo usó contra él, torció la voluntad provocadora de un desheredado y puso freno a sus sueños de grandeza. Dónde se había visto. Mi hermano quemó los corrales y las caballerizas de los hacendados y juró una venganza mayor que estuvo muy lejos de cumplir. Escapó de la comarca a pie, de noche, y atravesó luego la raya de la provincia oculto en un tanque de agua tirado por un tractor renqueante. Del país salió embarcándose en el Saler, sin que nadie sepa cómo, y llegó a Marsella casi muerto el mismo día en que las radios del mundo anunciaban el hundimiento de un imperio. Como no era hombre de puerto ni quería serlo, pronto abandonó Marsella y se trasladó a la campiña en Vegués, más acorde con su condición natural. Conoció de nuevo el amor y el amor le dió a conocer como hombre bueno y provechoso y afortunado. Otra vez bajo las faldas de una mujer con paraguas económico, hija de un ganadero que comenzaba a invertir fuerte en la industria del queso. Se le aceptó mejor que en su tierra de origen aunque no le concedieran prebendas con las que poder enarbolar un orgullo ajeno a su casta. Lo que se ganó lo ganó con trabajo y humildad y durante csi veinte años llevó una vida dura y dulce que era otra forma de enarbolar orgullo. Sin hijos, porque la vida no le dio hijos y los hubiera querido. Cuando, inesperedamente, murió su mujer de un derrame fulminante, la atávica costumbre de agredir contra la injusticia de algo se reencarnó en su ser. No aceptó la pérdida y arremetió contra el mismo destino por arrebatarle un modo pactado de vivir en paz. Dicen que para ello, para confraternizar el argumento de su desdicha, inventó delitos de estafa que le llenaron de pagarés los bolsillos y también de perseguidores y nuevos enemigos. Parecía que lo de huir era su sello o una marca de nacimiento porque abandonó la República Francesa, de estrangis otra vez, disfrazado de predicador negro. Se le vió luego por el Cono Sur buscando nuevas fórmulas de arraigo, todas ellas naufragadas, y cuando parecía no encontrar su fin el impuesto infringimiento de la norma, otra vez el amor, tardío, le promete bonanzas que también naufragan. Los años acumulados pesan tanto como la suma de sus frustaciones, quizás más, y deja el Cono Sur tampoco se sabe exactamente cuando ni por dónde. Lo que dicen es que, en sentido inverso, los Alisios le traen hasta Canarias, donde desaparece su rastro entre barrancos colmados de helechos.

Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.