Notas para combatir el aislamiento. Séptimo lunes.

Poco a poco los insectos y otros bichos livianos van abandonando su cuarentena. Las moscas, muchas de las cuales pasan el invierno en Benidorm, comienzan a volver de sus recintos acristalados y derrochan la vida que les queda en los manteles aún por recoger. En mi casa, que tengo de todo, el moscardón me intimida con su vuelo acerado y veloz; las avispas, avispadas desde hace ya semanas, entran y salen de su cartón carcelario a intervalos de sol; la mariposa atolondrada suicida su belleza en el agua de las acequias y la escolopendra, que bebe de la madera húmeda, estremece en su convulsa agitación. De la tierra emergen orugas peludas que trepan hasta mi dormitorio, donde el geco las atrapará, y escarabajos lentos y mortuorios arriesgan sus carcasas en la penumbra del zaguán -ay, ese crujir doloroso bajo mis pies! Garrapatas que erizan el tejido capilar arden en los rastrojos, arañas del polvo tejen sus redes de niebla sucia en las que cae el moscardón y choca contra la ventana iluminada, cabezonamente, la polilla testaruda. Poco a poco, la vida y la muerte recuperan su normalidad.

 

 

 

Notas para combatir el aislamiento. Séptimo domingo.

Me dijo una madre amiga un día que me imaginara un mundo sin niños. Me lo imaginé. Terrible, casi como ahora: calles vacías, parques vacíos, escuelas vacías. Así que he ído hoy expresamente al pueblo vecino para presenciar esa explosión de alegría. Comprar el periódico, ponérmelo bajo el brazo y hacer como que vuelvo a casa. Tal vez salí demasiado pronto porque no había ni un solo niño. Yo pensaba que la ansiedad del encierro provocaría un aluvión temprano de multitudes enanas. Qué poco conozco la rutina doméstica de las familias. Pero mantenía la ilusión. Giro sobre mis pasos, compro otro periódico y espero a ver, la experiencia bien vale una multa. Nada. Al final, decepcionado por las expectativas, ya me íba. Espera, allí, al fondo, en aquella desolada explanada de tierra se ve algo. Un niño pequeñín protegido con mascarilla circulaba en su bicicleta mientras el padre consultaba su móvil. Ni un sólo ruido, nada, todo tan en silencio como los rastrojos secos y el aire triste y quieto del pueblo. Me he ído enseguida, cariacontecido. Le diré a mi amiga que se imagine el mundo con un solo niño, a ver qué le parece.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto viernes.

Me digo al iniciar el paseo que tal vez esté allí la misma luz. Era la luz de un cambio de era, cuando emergía aquel silencio magmático que era también heraldo de un estado de excepción. Los corazones confinados en su caja torácica por tiempo indefinido y las almas pegadas al paladar, donde el miedo deja su rastro áspero al pasar. Pensaba encontrar allí la misma luz de aquel día, hoy, porque empiezan poco a poco a oirse los latidos enjaulados y sabe la boca un poco mejor, a miedo aún, al fondo de un trago largo de esperanza, pero miedo aún. Allí en el camino en alto estaba aquella luz, sobre un matojo de hierba verde que la contenía. Un verde que ya era de alegría, aunque fuese incipiente, imposible de ver. Creía que al volver allí la encontraría, la misma luz y el mismo tesoro escondido en esa luz. A la misma hora en que todo estaba igual, menos la luz, estaba también yo allí, contento de que una parecida luz habitara en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto miércoles.

Esta mañana me he encontrado un pez volador en la puerta de mi casa, tirado, muerto. Largo y transparente como un hilo eléctrico, con el sombrero deforme, tuerto de un ojo. El pez volador arriesga mucho en sus saltos de frontera, el mar de donde vienen se les queda pequeño y trasponen los montes, anhelan colonizar los mares de otras tierras. Muchos de los que lo intentan sucumben por una fatalidad de cálculo. El pez volador desorientado en la oscuridad encontró mi casa cerrada, mientras yo dormía, y, agotado, prefirió morir antes de volver a su mar de origen. Ningún pez volador está dispuesto a volver y reconocer su fracaso. En la antigüedad, a los hombres y mujeres que cumplían cuarentena sanitaria se les reconocía por el pez volador que, a modo de pasador, sujetaba sus cabellos. Lo del sombrero es más moderno, pero no está demostrado al cien por cien que lo usen sólo cuando viajan.

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto martes.

Algunas tardes cuando salgo a dar mi caminata oigo el sonido de un saxo. Esto no es de ahora. El verano pasado, quien quiera que sea, ya prodigaba sus conciertos. Las canciones eran siempre las mismas y llegaban lentas, empujadas por la marinada a través de los viñedos en todo su verdor. Eran melodías suaves y un tanto agónicas a las que le costaba enhebrar sus notas, una falta de respiración presumiblemente debida al ejercício costoso del aprendizaje. No importaba. Era música que coloreaba el aire del territorio del mismo modo que lo colorea el cielo azul o el aroma del tomillo. Ni entonces sabía ni ahora sé quién sopla el instrumento con tanto afán y sin desmayo, como si la supervivencia le fuera en ello. Tampoco importa. Había tardes en que la melodía iniciaba su carrera detrás de mí, cuando yo salía, y detrás de mí seguía como un perrillo con cascabeles trotando por los caminos, hasta que volvía, casi entrada la noche. Allí, a la puerta de mi casa, la dejaba y poco a poco se extinguía como se extinguía la luz. Estos días esa música tiene una variante dinámica y convincente que se ha hecho universal, si es que ya no lo era, tal vez por un afán que reside más en la potencia de un deseo colectivo que en el dominio de un instrumento. Las notas siguen llegando como de lejos, pero su voz la siento muy cerca, como si yo mismo la generara en mi interior. Porque es lo que tiene lo universal cuando millones de almas sintonizan un mismo canto de lucha y resistencia. Lo más emocionante llega al final, cuando oigo el aplauso de las montañas.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer martes.

La lluvia sigue hablando sola, imparable y lenta. Su voz no te molesta porque es una voz de frases cortas y cálidas, como si del cielo cayeran aforismos. No como otras, furiosas y hostiles, cuyos vozarrones vomitan datos y cifras devastadores. La lluvia de hoy te retiene aquí, encerrado en casa, más tiempo del que tú quisieras, pero acabas por acostumbrarte enseguida a los fenómenos maternales. Como ninguna otra, esta lluvia es maternal. Envuelve la casa sin apenas ruido, calzada con zapatillas afelpadas para que sientas sin alarmarte su presencia protectora. Estoy aquí, te dice, en un susurro de voz tan íntimo que tus temores se desvanecen. La ves caer por la ventana difuminando el paisaje fusionada con la niebla, otro caballo protector que despliega sus crines sobre la tierra fértil. Y canta sobre el tejado con alegría seca y sostenida, una nana que mece tu sueño hasta que tus ojos se cierran y tu corazón late al compás. En mitad de la noche, en el centro de esa oscuridad vasta que te rodea, tal vez despiertes y creas no sentirla sobre tí, a tu lado. Madre! -dirás entonces, llamándola. Estoy aquí, hijo, estoy aquí…

Notas para combatir el aislamiento. Tercer sábado.

La lluvia de ayer no es una lluvia cualquiera, ni el trozo de cielo azul enmarcado entre nubes de hoy, tampoco. El sol hoy calienta de otra manera, nunca había calentado así, y en el camino la tierra roja siempre ha sido roja, impregnada de un hierro fino y polvoriento cambiante y permanente. Pero la tierra no es la misma porque conserva aún la humedad de ayer y la calienta el sol de hoy. Todo lo verde, o azul o rojo hoy es distinto, y lo será también mañana y para siempre. Porque el sol o la lluvia de mañana también lo serán. Oigo mis pasos, reconozco el sonido de la presión de mis pies sobre la tierra mojada, pero es un sonido nuevo, distinto, un crujir germinado en el suelo que piso y transformado en la pureza inédita del aire que atraviesa. No puede ser esta corteza del árbol que ahora toco, la misma corteza que fue ayer, ni el vuelo del pájaro al que mi vista alcanza en el aire diáfano, es el mismo vuelo. En el vuelo del pájaro y en la corteza del árbol que ahora toco, son invisibles las huellas de lo extraordinario que acontece, porque en ellos no acontece nada extraordinario, pero son lo que son, nuevos y distintos, por las huellas que dejan en lo extraordinario que acontece en mí.

Carpeta de sueños. 6

Viene la bibliotecaria del pueblo con un policia para requisar mis libros. La cocina está manga por hombro, hay cacharros sin fregar en el suelo y un montón de bombonas de butano encima de la mesa. El policia señala dos guantes de boxeo que cuelgan de la pared y la bibliotecaria toma nota. Esto también, dice, abriendo de par en par una caja de herramientas. Aprovecho para decirle al policia que todos los días entra alguien y me roba comida, pero la bibliotecaria dice que eso no hay que apuntarlo. Entonces aparece mi madre con una olla llena de garbanzos y la bibliotecaria dice que vale la pena probarlo, que esa señora escribe muy bien.

El presidente de un tribunal de justicia, desde el estrado, ordena que me levante. Yo estoy sentado en el banco de una iglesia, leyendo en el móvil las noticias de un periódico digital. Me levanto y me sumo a una cola de hombres y mujeres que esperan su turno para coger sopa bendita de un dispensador. La iglesia es monumental, de bóvedas cuadradas y columnas de hormigón, y huele fuertemente a neumático quemado o algo así. Tienes que confesar antes, me dice Ada Colau, que está delante de mí, mientras se gira para pasarme un bebé muerto que lleva en los brazos. Le digo que no pasa nada, que de todas formas subiré las fotos a Facebook cuando me suelten.

Entro a hacerme unas gafas en una óptica de mostrador altísimo. Desde arriba, uno de los empleados me dice que vaya antes a la embajada española, donde me darán el permiso. Enfadado, le grito al empleado, que es joven y expresa con gesto desagradable lo inaceptable de mis quejas. Yo insisto en que no me moveré de allí hasta que me hagan las gafas. Sí, como todos, dice mientras me entrega un formulario. El papel es una hoja escrita a mano donde aparece el menú del día. Al fondo oscuro del establecimiento, entre pequeñas mesas con hules de plástico donde comen universitarios japoneses, hay un médico operando a un paciente tumbado sobre una camilla. Me acerco a él y me dice que no hable muy fuerte, que está a punto de dar a luz.

Bestiario íntimo. La babosa.

Tengo amigos que la adoran. Yo no. Basta con haberla cogido con los dedos una vez, sin querer, para verificar la repulsión que existía cuando sólo la miraba. No, no y mil veces no. Posee este animal enfático la facultad de destruir el deseo. La aversión que transmite, su humedad fría, su lento y blando silencio inhibe la líbido de quien se cruza con ella. Si sales a medianoche al jardín de tu casa, nervioso porque el sueño no te acoge, las babosas en la hierba harán que te preguntes quién eres, qué fuiste, qué podras ser. Llegas a la conclusión de que es la tuya una vida que se cae, que se viene abajo, sin esqueleto. Lo sabía Carver y lo sabían muchos hombres y mujeres antes que Carver. No creo que haya alguien que no lo sepa. Incluso aquellos que sobre un fondo oscuro y cenagoso arrastran con ellos su última esperanza.