Notas para combatir el aislamiento. Sexto viernes.

Me digo al iniciar el paseo que tal vez esté allí la misma luz. Era la luz de un cambio de era, cuando emergía aquel silencio magmático que era también heraldo de un estado de excepción. Los corazones confinados en su caja torácica por tiempo indefinido y las almas pegadas al paladar, donde el miedo deja su rastro áspero al pasar. Pensaba encontrar allí la misma luz de aquel día, hoy, porque empiezan poco a poco a oirse los latidos enjaulados y sabe la boca un poco mejor, a miedo aún, al fondo de un trago largo de esperanza, pero miedo aún. Allí en el camino en alto estaba aquella luz, sobre un matojo de hierba verde que la contenía. Un verde que ya era de alegría, aunque fuese incipiente, imposible de ver. Creía que al volver allí la encontraría, la misma luz y el mismo tesoro escondido en esa luz. A la misma hora en que todo estaba igual, menos la luz, estaba también yo allí, contento de que una parecida luz habitara en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer jueves.

Hay libros que mueren en nuestras manos apenas nacer, al cabo de unos días. Libros que mueren sin ser enterrados piadosamente en estantes polvorientos, al lado de otros libros tambien muertos entre los que puedan encontrar el consuelo de los siglos vacios. Se dejan por ahí, en cualquier sitio, a la intemperie o no, expuestos en cualquier caso a una inclemencia injusta. La lluvia moja sus hojas y el viento las arrastra hasta el horizonte del olvido. Un libro es siempre el resultado de un parto doloroso, y si su destino ha de ser morir pronto, merece cuando menos un entierro digno. Además, dice mucho de nuestra humanidad lectora darles la oportunidad de la resurrección. Que estén en sus tumbas, tranquilos, alineados en la oscuridad hueca del estante sin la esperanza ya de nada, hasta que una mano redentora los devuelve de nuevo a la vida. A veces, la resurrección demuestra que aquel libro fue enterrado prematuramente, que el libro, aunque de un modo casi imperceptible, respiraba, pero le prestamos poca atención porque había mucho donde elegir. En el mejor de los casos, no lo dejamos ahí, tirado, en medio de la indiferencia y el desconsuelo. Con el tiempo, alguno de esos libros, desde su tumba, un día nos reclama sin que sepamos por qué. Lo cogemos, lo abrimos y sólo con leer un párrafo ya nos damos cuenta que los muertos éramos nosotros, que seguimos muertos y que es el libro el que ha venido a rescatarnos y no nosotros a él. Que esperaba este momento, aguantaba en su nicho la ágonica respiración de unas frases que quería entregárnoslas hoy, ahora, con una humildad que nunca aprendimos al leer. Ha venido a rescatarnos, qué ironía, justo cuando el viento nos arrastra también hacia un horizonte de pesar. Para que nos enfrentemos a él. Murió pronto, nada más nacer, pero viejo y arrugado, y lo enterramos sin más. Era sólo un libro.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer martes.

La lluvia sigue hablando sola, imparable y lenta. Su voz no te molesta porque es una voz de frases cortas y cálidas, como si del cielo cayeran aforismos. No como otras, furiosas y hostiles, cuyos vozarrones vomitan datos y cifras devastadores. La lluvia de hoy te retiene aquí, encerrado en casa, más tiempo del que tú quisieras, pero acabas por acostumbrarte enseguida a los fenómenos maternales. Como ninguna otra, esta lluvia es maternal. Envuelve la casa sin apenas ruido, calzada con zapatillas afelpadas para que sientas sin alarmarte su presencia protectora. Estoy aquí, te dice, en un susurro de voz tan íntimo que tus temores se desvanecen. La ves caer por la ventana difuminando el paisaje fusionada con la niebla, otro caballo protector que despliega sus crines sobre la tierra fértil. Y canta sobre el tejado con alegría seca y sostenida, una nana que mece tu sueño hasta que tus ojos se cierran y tu corazón late al compás. En mitad de la noche, en el centro de esa oscuridad vasta que te rodea, tal vez despiertes y creas no sentirla sobre tí, a tu lado. Madre! -dirás entonces, llamándola. Estoy aquí, hijo, estoy aquí…

Notas para combatir el aislamiento. Tercer sábado.

La lluvia de ayer no es una lluvia cualquiera, ni el trozo de cielo azul enmarcado entre nubes de hoy, tampoco. El sol hoy calienta de otra manera, nunca había calentado así, y en el camino la tierra roja siempre ha sido roja, impregnada de un hierro fino y polvoriento cambiante y permanente. Pero la tierra no es la misma porque conserva aún la humedad de ayer y la calienta el sol de hoy. Todo lo verde, o azul o rojo hoy es distinto, y lo será también mañana y para siempre. Porque el sol o la lluvia de mañana también lo serán. Oigo mis pasos, reconozco el sonido de la presión de mis pies sobre la tierra mojada, pero es un sonido nuevo, distinto, un crujir germinado en el suelo que piso y transformado en la pureza inédita del aire que atraviesa. No puede ser esta corteza del árbol que ahora toco, la misma corteza que fue ayer, ni el vuelo del pájaro al que mi vista alcanza en el aire diáfano, es el mismo vuelo. En el vuelo del pájaro y en la corteza del árbol que ahora toco, son invisibles las huellas de lo extraordinario que acontece, porque en ellos no acontece nada extraordinario, pero son lo que son, nuevos y distintos, por las huellas que dejan en lo extraordinario que acontece en mí.

Danilo Manso y las mujeres.

Poco se sabe de las relaciones de Danilo Manso con las mujeres. Las tuvo, quizás aún las tiene. Si pincho por aquí y por allá, si cuelgo preguntas, si indago en respuestas, si entro en páginas y archivos más profusos o más claros que sus propios escritos, quizás halle el número de mujeres que le quisieron bien y de las que lo recuerdan porque le quisieron mal. Lo que será más difícil es encontrar testimomios suyos que contradigan o admitan lo que fue o no fue esa relación: en base a la prodigalidad de sus confidencias, ninguno. Lo que uno pueda deducir de sus textos será siempre parcial. La literatura no evita la realidad, pero la sublima o la recrea en función de un interés poético. Uno tras otro, los poemas y los fragmentos de Danilo en materia de amor son polvo de desamor, arena sucia, tela gastada. Como escribió Sándor Marái, una persona enamorada no escribe poemas, el poeta más bien está enamorado del poema que escribe sobre el amor. Escribiendo sobre el desamor, Danilo Manso también habla del amor. El siguiente fragmento es un fragmento triste, un texto de nostalgia anticipada, de prevista decepción. Lo recibieron en sus correos todos sus conocidos. Porque no decía nada, porque estaba lejos o porque pulsó por error en la tecla de envío. Porque estaba lejos, probablemente no.

“LLueve en Montevideo.

Veo caer las gruesas cortinas de agua sobrte los tejados de amianto.

El viento arrastra en las calles las ramas arrebatadas a sus árboles, corren con alegre desesperación los bañistas, vuelan los pareos. Fluyen al pie de las veredas improvisados arroyos donde navegan chinelas, frascos de protección solar y pamelas.

Nadie me conoce aquí. No estoy solo, pero nadie me conoce aquí. 

A mi lado, una mujer con la que acabo de hacer el amor se pinta las uñas y espera. Me ha hecho una pregunta y espera. Es morena y menuda, tiene el pelo largo y una belleza de un extraño magnetismo virginal, aunque corriente.

La rambla está cerca, y el mate, cebado, ni con el fragor del agua demora su plática, que se instala a cubierto entre las terrazas entoldadas y sonoras.

Me gustaría contestar que sí, tocar sus muslos pequeños otra vez y poner dentro de su boca mi lengua, que sabe todavía a incienso y a rosas.

Pero está cayendo la noche, no para de llover y mis palabras, como estas hojas, están siendo devoradas ya por el aguacero.”

 

 

 

 

Veintinueve

No digo que me encuentre mal, una cierta rutina me favorece, una dosis moderada de tedio me concede o me regala inspiración, un poco de aburrimiento o normaliza mi vacío o es un atajo rápido y seguro hacia el sentido común. Un poco de cada cosa está bien, se ordena el inmediato pasado, va cayendo la fina arena del tiempo sobre el tamiz del olvido, gana el pensamiento en silencios y el corazón agradece esa calma y esa propuesta de paz. Instalado en esa tregua de condiciones pactadas -con la vida, o con sus representantes, no lo sé- las emociones, las fuertes, exhiben sus nuevos disfraces en escenarios de virtualidad. Entre un público anónimo que grita los goles frente al televisor o en el corazón de una plaza, entre un público bullicioso y alegre que espera un pregón. Camuflada, confundida entre las masas, la emoción sublima su necesidad de presencia. Mientras tanto, el amor está en la reserva. La pasión carnal, con un ojo abierto, duerme y despierta al vaivén de roces imaginarios, percibe la alusión de una mirada, se deja algunas noches convencer. Forzosamente, lo intenso no siempre tiene razones para ser dañino. Y sin embargo, sueño a veces con una intensidad que duela, con un deseo punzante, con un amor que hiera y rompa este pacto, plácido pero agonizante, con la indiferencia y la monotonía.

Diez

Durante la cena, anoche, A me habla de la última historia de amor que aún arrastra. Como me pide mi opinión, en tono dramático y jocoso le conmino a que abandone para siempre a ese hombre. No sé, no le conozco. A me ha hablado de él poco, pocas veces, sin muchas ganas, no tiene por qué. Anoche se extendió algo más. Atraviesa uno de esos momentos de duda que sólo los resuelve el temperamento frío o el muy indiferente. A es risueña y alegre e inteligente, y si algunas veces cae en la ingenuidad es porque no tiene nada de fría y menos aún de indiferente. No voy a entrar en detalles. Las historias de amor son de cada uno, los consejos valen poco o nada y si te los dan estando aturdido es probable que los apliques al revés, a riesgo de acertar, y nadie le asegura a nadie que lo mejor para uno es acertar. Con el amor, nunca se sabe.

 

 

 

 

Escrito a mano. La vida interior

Una calle anónima para la historia pero populosa y rica en recuerdos, no todos felices. Teníamos las explanadas embarradas y los charcos, los solares vacíos, el sol sobre las fachadas desnudas y las esquinas sin vuelta. La vida era triste y alegre a la vez y el hambre de la esperanza pronto sería sólo esperanza. No teníamos bicicletas, ni pistolas ni chicles sin azúcar y, hasta que llegó el asfalto, éramos pobres pero concurridos y el pasado mandaba callar a los hombres de más edad. Era un silencio de pacto sumiso e insolente que daba a habitaciones oscuras y tétricas, con panes escasos y mesas sin limpiar. Y los fusiles todavía humeantes no quedaban tan lejos, y quedaban fusiles y muertos por enterrar y muertos por desenterrar. Nosotros vivíamos con el fuego de los numerosos brazos familiares, sin contrabandos, atados los unos a los otros a la mesa camilla del cuarto de estar. Y entre el barro anónimo de la calle anónima los regueros del carbón conducían a sótanos irrespirables y barreños sin jabón. Con el tiempo, la calle populosa dejó también de serlo, los recuerdos mermaron y el anonimato se consolidó. La vida interior aún tardaría en llegar.

Arte poética

Es algo tarde, es lunes, me resisto no ya a saltar de la cama, me resisto a abandonar el sueño, prolongo unos minutos más esa vida atada sin cabos. No oigo ruidos, no hay murmullos, no oigo ecos de voces ni ladridos de perros ni zumbidos. Planea sobre el campo casi escarchado un silencio fósil. Me resisto, me aguanto, me arropo y me defiendo de la mañana fría. Me quedo un poco más, soñando, escuchando una voz de ensayada declamatoria, grave, profunda, una voz con rostro de barba rala, una cara perfumada por noches de wisky, un rostro que no conozco y que no me conoce, alguien que me mira cerrando los ojos, que habla para mí, que arroja sus versos preciosos y absurdos sobre la almohada, alguien que me instiga, que me advierte, que me hace feliz…el sol se elevaba, gracioso, sobre la nuca del inodoro…inclinada sobre los picos de los pájaros, la bella señora recogió el peinado de su moño en la funda del paraguas…versos que se pierden en la nada íntima y caliente de la madrugada, hermosas frases sin sentido que morirán para siempre sin memoria. Quién las hace? Dónde está? Después, ya en la mesa, con una taza de café caliente en la mano, me acuerdo de la frase que anoche, antes de dormir, leí en un cuento de Benedetti: para Kant, los sueños son un arte poética involuntario.

2017-03-14 15.00.12

Collage: papel japonés sobre papel natural    Contacto: eladiore@yahoo.es