Escrito a mano. El otro gemelo

De la vida del otro gemelo muerto después de muerto llegamos a saber poco. En mi casa recibíamos cada cierto tiempo cartas de él en blanco que yo leía a mi madre. Eran siempre las mismas cartas, o parecidas, en las que mi hermano daba pocos o ningún detalle del lugar en el que se encontraba ni de cómo se encontraba. A veces, mientras leía despacio y muy atento aquellas letras a mi madre, tenía la impresión de que la vida de mi hermano transcurría fuera del curso temporal convencional y, por lo tanto, ajeno al ciclo histórico y vital, que pasaba por él sin dejar el poso que deja en todos los demás las horas, los días y los años que transcurren. Como una congelación. Tenía la impresión, sobre todo al principio, de que mi hermano construía su vida en un espacio blanco y helado con noches y días indiferenciados, sin un paisaje referencial más allá de esas extensas llanuras polares por las que decía moverse sin transición. Durante algunos años esas cartas, aunque muy espaciadas, fueron llegando con regularidad casi sistemática, coincidiendo muchss veces con celebraciones onomásticas o relativas al calendario anual de festejos, como Navidad o Semana Santa. Pero siempre iguales, siempre con el mismo tono, siempre con el mismo contenido. Luego, no recuerdo a partir de qué momento ni de qué año, el envío se cartas pareció detenerse, llegaban con una demora de años y siempre en circunstancias en las que en el país se producían disturbios de protesta o manifestaciones de adhesión al régimen. Paradójicamente, eran también más ricas en detalles y daban cuenta, aunque no de forma pormenorizada, de su estado de salud y de sus inalteradas condiciones de vida, que seguían siendo inciertas. Inciertas para nosotros, y duras, porque nos parecía imposible que alguien pudiera sobrevivir en un medio hostil extremo, sobre un trozo de hielo a la deriva en un mar de aguas heladas durante un periodo de vida indeterminado. Aislado y solo, como todo parecía indicar. Sobre todo al principio. Nuestro modo de vivir aquí era el que era, precario y doloroso, construído con el esfuerzo y el sacrificio que exigía la limitación de recursos, pero nos teníamos los unos a los otros, estaban el afecto familiar y el cariño y la solidaridad de los vecinos y amigos. No estábamos solos, como parecía estarlo mi hermano. No pocas veces dudábamos entre nosotros de que aquella existencia fuera cierta, que la vida de nuestro hermano tras su muerte, como algunos maliciosamente insinuaban, no tenía ninguna base real. Las cartas, más que el testimonio de una verdad, venían a demostrar que esas regiones frías y desoladas por las que vagaba no eran otras que las regiones de la muerte, por donde vagan las almas ya sin sus cuerpos. Pero no era así. La verdad que nos dolía no es que existiera o no, lo que nos dolía era no conocerlo, no saber cómo era, y lo que era aún peor, que no hubiera nada digno de descubrir en él. Esto hacía que, para mi madre, la preocupación pasase a ser un tormento. Las últimas cartas antes de su silencio definitivo despejaron algunas dudas y aliviaron en parte esa preocupación. Nuestro hermano se explicaba mejor y con más claridad, las descripciones del ambiente que le rodeaba eran más precisas y sus narraciones más extensas. No le faltaba comida ni abrigo, tenía amistades y había encontrado por fin lo que definía como su lugar en el mundo, aunque no supiéramos exactamente cuál era ese mundo. Cuando, un par de días después de que Franco muriera llegó su última carta y yo leí ante mi madre que, después de tantos años, le había llegado la caja con galletas, se echó a llorar. Para ella era la señal de que el exilio, ese exilio con el que creía estar protegiéndolo, había llegado a su fin.

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Bestiario íntimo. El ratón

Soy poco amigo de las largas colas que se arrastran, no me dan confianza. Algo más de los amantes del queso. Hay personas tan parecidas a los ratones que huyo de ellas cuando me asomo a sus simpatías. La simpatía de muchos es como el hocico de estos roedores: entre sus bigotes se esconde una máquina trituradora. Lo peor es cómo te devuelven lo que acaban de quitarte: hecho mierda. En eso consiste su agradecimiento singular y detestable. No es agradable encontrarse charquitos de orina y excrementos en lugar de un simple gracias. Esa falta de educación asombrosa es tan real como el mito de su indefensión. Compagina esta criatura a la perfección su gracia menuda y su intolerable rapiña. Con ese pánico ciego que en ciertas sensibilidades femeninas genera, ha conseguido que sea la silla doméstica atalaya de salvación. Y un logro suplementario en tiempos de revuelta lila: estrado desde el que lanzar consignas y mensajes igualitarios.

Escrito a mano. “Bélgica”, Chantal Maillard. Pág. 75

Hubo un tiempo en el que las historias contaban el pasado de un pueblo. Se contaba para recordar, o para crear raíces y fundar el suelo común en el que hubiesen arraigado. Hoy, inventamos historias para ocupar el presente, para ocuparlo entre todos con historias ajenas. Contar es procurarse una continuidad. Argumentos prestados, historias con las que se hace el tiempo para ocupar la extensión inmensa, aterradora, que sin él se abre.

Escrito a mano. Raíces

Puede que fuese en El Médano, en Tenerife, donde vistes a aquel anciano solitario en su rectángulo de sol. Estaba alojado, como tú, en aquella pensión barata desde cuyas terrazas se divisaba milagrosamente el mar. Antes de llegar a él la vista tropezaba con una desordenada extensión de edificios sembrados de antenas, trastos y conductos de aire acondicionado. Veias al viejo cada mañana al salir y al mediodía, cuando volvías con el pensamiento cargado de fósforos mojados y el corazón envuelto en un manto de calima. El viejo estaba siempre sentado en una silla blanca de plástico sucio a juego con su indefensión y su canoso pelo revuelto, de espaldas a tí, frente al inalcanzable océano. Parecía extranjero, aunque eso nunca lo supiste. Supiste sólo que estaba solo y que estando de espaldas a tí estaba también de espaldas al mundo, solo con su pensamiento y su mirada perdida, echada como una red sobre aquel mar en el que parecía haber naufragado su vida. Quizás, pensabas entonces, había llegado demasiado tarde a una isla en la que a cambio de una dicha imposible encontraba el consuelo de un rectángulo de sol con vistas a un océano inalcanzable, su último sueño. Y a tí te llegaba a través de él un sentimiento de soledad y desarraigo identificado en tu interior como otra forma de naufragio. Entonces no sospechabas que ese hombre había llegado allí para que tú pudieras en el futuro cerrar una historia en la que tu identidad pudiera hallar su raiz. La historia la cerraba un hombre ya viejo que después de morir al poco de nacer huía de destino en destino, con el azar siempre a su favor pero con la suerte siempre en contra. Una historia que en los pasillos y los rellanos del vecindario de tu casa hubieras podido cambiar por cualquier otra, con escenas y escenarios distintos, tramas más complejas o más simples, con el personaje sujeto a los condicionamientos históricos y las imposiciones de su clase e insertado en un contexto familiar coherente, el tuyo. Pero éso, ahora lo sabes, no es lo relevante. El relato puede tener mil formas, mil maneras de ser contado, y poco importa lo que se diga o se deje de decir en él. Tus raíces no están en lo que el relato cuente, tus raíces son el relato.

Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.

Banderas y puertas

Paso cada día por la casa de T, cuando bajo del monte. Vivirá ahí, cuando esté acabada. Está acabada, el edificio está levantado y la bandera ondea en su tejado en señal de culminación. Falta el interior. El forastero que llegue a casa de T puede entrar por la puerta o por la bandera. No importa que la puerta esté cerrada. Las personas, sin que lo sepamos, la dejamos siempre abierta. Cuando entres por su puerta, te encontrarás con el hombre que es, que vive y que siente. Pasa con todos los hombres. Con casi todos los hombres. Si uno se empeña en entrar por la bandera, sólo conocerá una parte de ese hombre, sólo conocerá lo que la bandera le quiera dejar conocer, o lo que él quiera conocer a través de esa bandera. A veces porque la bandera ciega el conocimiento, otras porque las personas no quieren ver más allá de una bandera. Lo mejor, para conocer a un hombre que vive en su casa, es entrar por la puerta y esperar que no te haga salir por la bandera.

Conocidos y saludados. 2

Este, sin embargo, es un hombre que suele gritar para demostrar que tiene razón, y siempre quiere tener razón. En cualquier cosa, de importancia menor o mayor, le da igual. Por lo general, debate a gritos sobre tonterías y argumenta tonterías con las que demostrar que está de su parte la verdad. Con sus gritos y sus malas maneras de hombre resentido reduce a polvo lo que para él, cuando alguien le lleva la contraria, no son otra cosa que auténticas tonterias. Y cuando no lo son, o cuando la verdad o la razón pueden estar de su parte, el modo despreciativo o zafio de manifestarlo las desvirtúan. A veces, para dar por concluída cualquier refutación a sus razonamientos, golpea con agresividad la mesa y saltan por el aire todas las migas del pan. O se pone rojo y aliña la bandeja del pescado y la carne con salpicaduras de saliva. Antes tenía algo de gracia, pero ahora ya no, y, sin embargo, aprovecha la menor oportunidad para decir cualquier barbaridad con tal de llamar la atención y provocar. Desgraciadamente, la semana pasada despertó la ira de Tasio, un joven devoto de la música de Haendel que no soportó sus mamarrachadas mientras sonaba el Aleluya en su equipo de sonido analógico. Fuera de sí, después de gritar él también y ponerse a su mismo nivel extrajo el vinilo del aparato y lo lanzó con fuerza como si fuera un plato de frisbee, con tan mala fortuna que le rebanó una oreja. La familia emitió una nota reprobando el hecho.

Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”