La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

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Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Escrito a mano. Lacan y Proust

Algo se empezó a quebrar cuando te fuiste a estudiar fuera, lejos, niño aún. Se fragmentó un mundo, tu mundo, que hasta el momento de tu marcha conservaba un orden: los afectos sin condiciones, la seguridad intacta, la vida sin amenazas. Fue un paréntesis largo, tan largo que podría decirse que aún no se ha cerrado. Estudiar fuera constituyó una especie de exilio. O de destierro. Trajo algunas recompensas, sin duda, pero no alcanzaban el dolor de la pérdida. Las perdidas en la niñez son para siempre, definitivas, y el único paraiso, como decía Proust, es el paraíso perdido. Mandabas cartas a tu madre desde allí como si lanzases una desesperada botella al mar que os separaba, mensajes que a cambio de socorro ofrecían mentiras en forma de verdad, cuentos, inocentes patrañas urdidas para sobrevivir al frío silencio de la lejanía. Fueron tu primera tabla de salvación, aquellas historias, y te regocijaba imaginarlas en la voz de tu hermana leyéndolas en voz alta, sonriente y alegre. Ignorabas entonces y durante demasiado tiempo después que aquellas cartas representaban un símbolo de lucha contra el abandono. En palabras de Lacan, el intento a través de la escritura de recuperar lo perdido, la unión con la madre.

Escrito a mano. El otro gemelo

De la vida del otro gemelo muerto después de muerto llegamos a saber poco. En mi casa recibíamos cada cierto tiempo cartas de él en blanco que yo leía a mi madre. Eran siempre las mismas cartas, o parecidas, en las que mi hermano daba pocos o ningún detalle del lugar en el que se encontraba ni de cómo se encontraba. A veces, mientras leía despacio y muy atento aquellas letras a mi madre, tenía la impresión de que la vida de mi hermano transcurría fuera del curso temporal convencional y, por lo tanto, ajeno al ciclo histórico y vital, que pasaba por él sin dejar el poso que deja en todos los demás las horas, los días y los años que transcurren. Como una congelación. Tenía la impresión, sobre todo al principio, de que mi hermano construía su vida en un espacio blanco y helado con noches y días indiferenciados, sin un paisaje referencial más allá de esas extensas llanuras polares por las que decía moverse sin transición. Durante algunos años esas cartas, aunque muy espaciadas, fueron llegando con regularidad casi sistemática, coincidiendo muchss veces con celebraciones onomásticas o relativas al calendario anual de festejos, como Navidad o Semana Santa. Pero siempre iguales, siempre con el mismo tono, siempre con el mismo contenido. Luego, no recuerdo a partir de qué momento ni de qué año, el envío se cartas pareció detenerse, llegaban con una demora de años y siempre en circunstancias en las que en el país se producían disturbios de protesta o manifestaciones de adhesión al régimen. Paradójicamente, eran también más ricas en detalles y daban cuenta, aunque no de forma pormenorizada, de su estado de salud y de sus inalteradas condiciones de vida, que seguían siendo inciertas. Inciertas para nosotros, y duras, porque nos parecía imposible que alguien pudiera sobrevivir en un medio hostil extremo, sobre un trozo de hielo a la deriva en un mar de aguas heladas durante un periodo de vida indeterminado. Aislado y solo, como todo parecía indicar. Sobre todo al principio. Nuestro modo de vivir aquí era el que era, precario y doloroso, construído con el esfuerzo y el sacrificio que exigía la limitación de recursos, pero nos teníamos los unos a los otros, estaban el afecto familiar y el cariño y la solidaridad de los vecinos y amigos. No estábamos solos, como parecía estarlo mi hermano. No pocas veces dudábamos entre nosotros de que aquella existencia fuera cierta, que la vida de nuestro hermano tras su muerte, como algunos maliciosamente insinuaban, no tenía ninguna base real. Las cartas, más que el testimonio de una verdad, venían a demostrar que esas regiones frías y desoladas por las que vagaba no eran otras que las regiones de la muerte, por donde vagan las almas ya sin sus cuerpos. Pero no era así. La verdad que nos dolía no es que existiera o no, lo que nos dolía era no conocerlo, no saber cómo era, y lo que era aún peor, que no hubiera nada digno de descubrir en él. Esto hacía que, para mi madre, la preocupación pasase a ser un tormento. Las últimas cartas antes de su silencio definitivo despejaron algunas dudas y aliviaron en parte esa preocupación. Nuestro hermano se explicaba mejor y con más claridad, las descripciones del ambiente que le rodeaba eran más precisas y sus narraciones más extensas. No le faltaba comida ni abrigo, tenía amistades y había encontrado por fin lo que definía como su lugar en el mundo, aunque no supiéramos exactamente cuál era ese mundo. Cuando, un par de días después de que Franco muriera llegó su última carta y yo leí ante mi madre que, después de tantos años, le había llegado la caja con galletas, se echó a llorar. Para ella era la señal de que el exilio, ese exilio con el que creía estar protegiéndolo, había llegado a su fin.

Bestiario íntimo. El ratón

Soy poco amigo de las largas colas que se arrastran, no me dan confianza. Algo más de los amantes del queso. Hay personas tan parecidas a los ratones que huyo de ellas cuando me asomo a sus simpatías. La simpatía de muchos es como el hocico de estos roedores: entre sus bigotes se esconde una máquina trituradora. Lo peor es cómo te devuelven lo que acaban de quitarte: hecho mierda. En eso consiste su agradecimiento singular y detestable. No es agradable encontrarse charquitos de orina y excrementos en lugar de un simple gracias. Esa falta de educación asombrosa es tan real como el mito de su indefensión. Compagina esta criatura a la perfección su gracia menuda y su intolerable rapiña. Con ese pánico ciego que en ciertas sensibilidades femeninas genera, ha conseguido que sea la silla doméstica atalaya de salvación. Y un logro suplementario en tiempos de revuelta lila: estrado desde el que lanzar consignas y mensajes igualitarios.

Escrito a mano. “Bélgica”, Chantal Maillard. Pág. 75

Hubo un tiempo en el que las historias contaban el pasado de un pueblo. Se contaba para recordar, o para crear raíces y fundar el suelo común en el que hubiesen arraigado. Hoy, inventamos historias para ocupar el presente, para ocuparlo entre todos con historias ajenas. Contar es procurarse una continuidad. Argumentos prestados, historias con las que se hace el tiempo para ocupar la extensión inmensa, aterradora, que sin él se abre.

Escrito a mano. Raíces

Puede que fuese en El Médano, en Tenerife, donde vistes a aquel anciano solitario en su rectángulo de sol. Estaba alojado, como tú, en aquella pensión barata desde cuyas terrazas se divisaba milagrosamente el mar. Antes de llegar a él la vista tropezaba con una desordenada extensión de edificios sembrados de antenas, trastos y conductos de aire acondicionado. Veias al viejo cada mañana al salir y al mediodía, cuando volvías con el pensamiento cargado de fósforos mojados y el corazón envuelto en un manto de calima. El viejo estaba siempre sentado en una silla blanca de plástico sucio a juego con su indefensión y su canoso pelo revuelto, de espaldas a tí, frente al inalcanzable océano. Parecía extranjero, aunque eso nunca lo supiste. Supiste sólo que estaba solo y que estando de espaldas a tí estaba también de espaldas al mundo, solo con su pensamiento y su mirada perdida, echada como una red sobre aquel mar en el que parecía haber naufragado su vida. Quizás, pensabas entonces, había llegado demasiado tarde a una isla en la que a cambio de una dicha imposible encontraba el consuelo de un rectángulo de sol con vistas a un océano inalcanzable, su último sueño. Y a tí te llegaba a través de él un sentimiento de soledad y desarraigo identificado en tu interior como otra forma de naufragio. Entonces no sospechabas que ese hombre había llegado allí para que tú pudieras en el futuro cerrar una historia en la que tu identidad pudiera hallar su raiz. La historia la cerraba un hombre ya viejo que después de morir al poco de nacer huía de destino en destino, con el azar siempre a su favor pero con la suerte siempre en contra. Una historia que en los pasillos y los rellanos del vecindario de tu casa hubieras podido cambiar por cualquier otra, con escenas y escenarios distintos, tramas más complejas o más simples, con el personaje sujeto a los condicionamientos históricos y las imposiciones de su clase e insertado en un contexto familiar coherente, el tuyo. Pero éso, ahora lo sabes, no es lo relevante. El relato puede tener mil formas, mil maneras de ser contado, y poco importa lo que se diga o se deje de decir en él. Tus raíces no están en lo que el relato cuente, tus raíces son el relato.

Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.