Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

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Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”

Veintiuno

Para renovar el DNI me hacen falta dos fotos, con el miedo que me dan. Ahora me veré en la obligación de observar mi rostro, de observar en él las huellas que deja el paso del tiempo, de comprobar si permanece o no intacta mi identidad en esos ojos interinos, que las arrugas en el cuello ya estaban en mí cuando todavía no eran, que he venido a parecer lo que estaba previsto que fuera. El paso del tiempo tiene en la fotografía uno de sus aliados más implacables. La realidad asusta menos que su reflejo o, mejor dicho, que su fijación. Pese a que huyo de mi rostro cada día, a que evito mi mirada en el espejo, cada vez que caigo dominado por su encantamiento un coyuntural estado de ánimo positivo puede ayudar a conjurarlo. Como instrumento para medir los estragos que el tiempo ejerce sobre nuestros rostros, el espejo es menos intimidatorio porque su bondad consiste en reflejar lo inmediato, es una realidad que refleja lo que somos en una dimensión paralela. La fotografía, sin embargo, es rotunda, y si provoca en nosotros ese temor al tiempo que ha pasado es porque nos hace recordar cómo éramos antes. El espejo, no. Su artifício es tan reversible que a veces hasta nos refleja más jóvenes, da un paso atrás en el tiempo. Por lo demás, la diferencia entre esas dos miradas es una cuestión de grueso matiz: en el espejo tememos ver lo que somos. En la fotografía, lo que hemos perdido.

Siete

Me ha pedido tantas veces dinero que ya me he cansado de decirle que sí. Es un caso extraño, el de esta mujer, porque su apariencia contradice su relato. Primero fueron diez euros, luego otros diez y otros diez y ahora veinte. Me los ha devuelto siempre, es verdad, pero por experiencia sé que hay una última vez en que el dinero ya no vuelve, y antes de que eso suceda, me he negado. Además, le he dicho que no soy un banco, ni un prestamista ni no sé cuántas cosas más. Su decepción ha sido enorme, pero aún así ha insistido, como si de la amistad que no hay entre nosotros dependiera su dignidad. Y no, no puede ser que yo, un desconocido al fin y al cabo, sea la única persona en el mundo que pueda dejarle dinero. Lo más sorprendente es que me habla con absoluta naturalidad de un marido que hace trabajillos esporádicamente, en lo que sale, y de una madre ingrata, “podrida de dinero”, que nunca ha llevado bien tener una hija que va a su aire. A mí todas esas cosas no me cuadran, pero a ella parecer ser que sí, y se ve que, en su conjunto, el mundo ha de agradecer que existan personas sensibles y comprensivas como ella, quien, a pesar de todo, no guarda a nadie ningún rencor. No, se acabó, ni un euro más, así que me ha pedido su book de acuarelas y, muy ofendida, ha salido de la tienda sin decir adiós.

En cambio, a mí, su actitud me ha dejado un denso poso de irritación. Por dentro, que no sé si es peor. Me ha pasado otras veces, lo de prestar dinero, así, a cualquiera, deben de ver en mi cara de tontaina o bobalicón. Como el joven aquél, pocos meses después de abrir la tienda. Entró una mañana a comprar unas barritas de incienso para su novia, “que le gustan mucho todas estas cosas”. Su desaliño no hacía desconfiar, su barba descuidada tampoco, su pelo revuelto o sin peinar menos porque le colgaba del brazo un viejo casco para la moto que seguramente acababa de aparcar. Lo dijo luego, además. Trabajaba de no sé qué, por temporadas breves, en el ayuntamiento, y venía desde no sé donde en la motillo de no sé quién. Bueno, era simpático y entretenía, y a lo mejor vendría un día con esa novia a la que tanto le gustaban aquellas cosas. Vino él, otro día, con no sé qué reclamo a cuenta de no sé qué asunto. Charlamos, me entretuvo, seguía sin afeitar. Que si le dejaba cinco euros, me dijo al final. Para la gasolina, que esa mañana se le había olvidado coger algo suelto. Me los devolvería, dijo. Y me los devolvió, pero no sé cuándo, ni cuánto, no conté aquel puñado de diminutas monedas que dejó sobre el mostrador. Con la misma camisa y el mismo pantalón, pero mojados, porque aquella mañana llovía bien, entró otro día en la tienda y con apremio y como con humilde necesidad, casi dando lástima, me pidió diez euros. Que ya no tenía la moto y tenía que ir en autobús, pero sólo unos días, hasta que le dejaran otra. Cómo no se los íba a dejar, así como estaba, empapado y triste, sin moto y a lo mejor ya también sin novia, si alguna vez la tuvo. No lo llegué a saber porque ni vino ni le he vuelto a ver más, desapareció para siempre y los diez euros desaparecieron con él, pero eso ya no importa, creo que en el fondo me gustaría verle aparecer, por verle aparecer, incluso estaría dispuesto a darle diez euros sólo por verle aparecer.

Bando

El verano se acerca y las ocupaciones que impone también, de modo que para dedicarme a ellas y mantener activo este blog, he preparado un cuaderno de verano especial que empezaré a publicar en un par de semanas, con programa automático. Así me dejo de lios. A lo largo de estos meses aparecerán a un ritmo de tres posts por semana entradas de un diario escrito entre los años 2009-2010. Es un diario personal de perfil bajo porque no compromete seriamente a terceros y donde el narrador aguanta respirando plácidamente en la superficie. Algunos de esos fragmentos, pocos, ya se han publicado anteriormente en este blog; eso da una idea de lo que en líneas generales aquellos que estéis interesados en leerlo vais a encontrar. La mayoría de las entradas se escribieron en la tienda de artesanía que durante ese período mantuvo ocupado al autor y aparecerán, cuando inicie su publicación, numeradas correlativa y cronológicamente, lo que no supone que un día determinado dé paso al siguiente en el calendario. Os deseo por adelantado un feliz verano.

El ombligo de Danilo Manso

Nadie más lejos que Danilo Manso de ser un poeta social o comprometido. Lo que se difunde de su obra está en las antípodas de ese género, lo que se deduce de su vida no revela implicaciones en la política o en las mudanzas de la sociedad, él va a lo suyo. Cuando llega a un sitio pregunta, se interesa, se informa. Cuando por un tiempo se establece en un lugar rastrea acontecimientos, desde su falta de implicación los sigue, intercambia informaciones y se construye una opinión, nunca original, siempre lastrada por periódicos que no son de su confianza, por revistas o por tonterías que oye por ahí. Para los pocos amigos que hizo en Caracas es un indiferente, para los exaltados chilenos, un soso polemista, para los de Madrid, un pasota. Tiene que irse a las montañas para escribir algo que hable de las cosas del mundo: el que se levanta en el centro de su ombligo. En las paredes de una cueva en la sierra de Tramontana escribió esto:

Varias bombas, cientos de muertos, mercados reventados,

edifícios destruídos

en el país de un solo miedo. Interminables caravanas de

fantasmas atravesando

desiertos de hambre, niños a merced de ogros y mocos, animales

muertos, cosechas

aarrasadas en un continente a la deriva. Insurrecciones sangrientas,

torturas enmascaradas,

deportaciones clandestinas, penas de muerte desoídas por gritos

de clemencia en regímenes

inhumanos. Además, son notícia, mis pequeños miedos porque

anuncian debilidades,

mis pequeñas mentiras porque proclaman grandes cobardías,

mis mezquinas esperanzas

porque desnudan miserables proyectos.

 

Escrito a mano. Fábula y verdad.

En aluvión llegaban, no sólo a nuestro patio de vecinos, a otros muchos, a barrios y suburbios que acordonaban la gran ciudad por el sur desnudo y desnutrido, familias enteras que huían de la miseria rural. El éxodo y la carencia eran dos de las realidades colectivas de aquel tiempo. Las historias de cada grupo o de cada individuo se tejían con retales más o menos arrancados al mismo vestido generacional, la escasez y la represión moral y política. Renacer y sobrevivir eran palabras de afinidades semánticas. Y trabajar, la necesidad con la que alimentar el hambre de otras necesidades primarias. De modo que cuando, por fín, los asentamientos estuvieron más o menos completos y el flujo de rumores empezaba definitivamente a remitir, de entre todo ese barullo de invenciones y realidades que quería adquirir foma y cuerpo propios emergió, con respecto a la señora Lorenzo, una última verdad: tenía una hija, sí, pero no vivía en Francia, sino en Granada y que estuviera casada o no con un alférez que hizo la guerra en Rusia y obtuviera como consecuencia de ello míseras prebendas a las que su orgullo renunció, no era seguro. Se decía, decían, oíamos decir que no, que el marido ni era alférez ni batalló en Rusia. Fue soldado de algo, en el bando republicano primero y luego en el nacional, pero raso, y una herida de bala en el pecho casi le cuesta la vida. Para unos, cuando todavía defendía la República, en los primeros días del alzamiento. Para otros, en el bando nacional, que por eso fue nombrado alférez. Un hombre ya maduro, mayor, que se casa casi casi con una niña cuya madre, la señora Lorenzo, no puede tenerla en custodia vaya usted a saber por qué razones imaginables. Estas y otras parecidas fábulas sobre la señora Lorenzo o cualquier otro vecino no tenían la impugnación de los interesados. Corrían con autonomía por escaleras y rellanos y se dejaban hacer hasta que por sí solas se desinflaban, quizás porque el mero intento de corregirlas o censurarlas consolidaría su verdad o su realidad. Existían familias para quienes el pasado era un negro pozo de pobreza y abatimiento, y convenía sustraerse a él y al relato anónimo e intencionado que de él se diera. Subsistir, salir adelante, era la única consigna. Bajo el paraguas de esa consigna universal, para otras familias la tergiversación de su pasado era una conveniencia más oportuna que el conocimiento de la verdad. Si en la fábula había elementos punibles, o indeseables, se la dejaba correr. Si no los había, también, pero de modo indirecto se hacía llegar un consentimiento con el que era posible ocultar secretos mayores. En eso, la señora Lorenzo demostró tener un talento especial, una habilidad de agente doble, lo que hizo creer a algunos que tuvo compromisos de espionaje militar durante la guerra, al servicio simultáneo de los dos bandos. Una verdadera fábula.

Escrito a mano. Introducción a la señora Lorenzo.

La señora Lorenzo era viuda y amiga y confidente de los Medrano. De su pasado de mujer casada circulaban rumores difusos y poco confiables. Oímos decir que su marido murió muy joven, al acabar la guerra, y que la señora Lorenzo trabajó como gobernanta en haciendas administradas por antepasados de su marido y por su propio marido, de profesión contable. Se decía que su única hija, que, a la sazón, vivía en Francia, fue el fruto bastardo de una relación proscrita. El cruce de habladurías se alimentaba de versiones peor intencionadas y fundamentos menos sólidos. Según estas, la señora Lorenzo gobernó o fue patrona de casas poco nobles y muy transitadas y requeridas por sus servicios venéreos. De su matrimonio con Anibal Lorenzo, que fue apuntador de teatro y no contable, nació Silvia, la primera y única hija del matrimonio, quien, a la muerte de su padre, al acabar la guerra, los poderes nacionales dieron en custodia a una familia de fabricantes de queso franceses,  conniventes con la ocupación alemana. Fue entonces cuando la señora Lorenzo, apoyada económicamente por la jerarquía falangista, regentó una hospedería para señoritas complacientes. Otras voces, menos creíbles aún, alimentaban un romance con el anónimo redactor de los discursos del caudillo, falangista entonces de primera linea, que la sacó del burdel en el que ejercía no de gobernanta, sino de pupila. Como eran rumores aderezados en los patios y en los rellanos del vecindario, pronto, al cabo de una semana de su llegada, fueron sustituidos por otros, horneados con masas semejantes, que aludían a la vida y a la obra de vecinos que, en aquel invierno de frío y cansancio, iban tomando posesión de sus viviendas. Instalada en el tercero B, del pasado pecaminoso y novelesco de la señora Lorenzo ni se habló ni oímos nunca nada más. Era viuda, sobrepasaba visiblemente la edad madura y tenía una hija en Francia, esa era toda la verdad.

Escrito a mano. Los Medrano.

La casa de Los Medrano no tenía mesa camilla. Allí usaban el salón. En aquel salón aprendimos a ensuciarnos un poco por dentro los amigos, bajando de los estantes impolutos un libro gordo y pesado con ilustraciones informativas sobre sexo y procreación. Cuando se quedaba solo, Camilito nos llamaba a los tres y los tres acudíamos, veloces y excitados. Sin embargo, aquel primer idilio con la pornografía cientifica no nos ensuciaba tanto como queríamos. Por el ambiente. Era un ambiente aséptico y ordenado que ni inspiraba ni sugería lo que deseábamos desentrañar. La señora Flora y el señor Camilo cultivaban con ambición legítima un modo fino y educado de pobreza que contradecía nuestro contexto social. La señora Flora se dirigía a nosotros con respeto y amabilidad, eso siempˋre, pero marcaba, probablemente sin pretenderlo, o sin pretenderlo del todo, una frontera en el aire, un signo invisible de algo que nos distanciaba, un rango. Traducido a términos inexactos, una élite: desclasada, rebajada o condenada a una vida menestral. De aquel fingido status quedaba en la señora Flora un triste remilgo en la manera de vestir y en el andar, algo miedoso o preventivo, poco acostumbrado a los charcos embarrados. Sin duda, la parte alta de ese matrimonio simbiótico era la señora Flora. El señor Camilo tenía cuerpo y sonrisa de pícaro bonachón, de hombre tranquilo que viene cansado de la fábrica, con la cabeza puesta en los números de los negocios que más tarde emprenderá. Era callado, o poco hablador, y solo a través de una mirada finamente velada por un recóndito secreto trascendía su inteligencia natural. A veces, con aquella pose desganada válida para un hola y un adiós, parecía un agente de la clase media infiltrado en el extrarradio, o, yendo aún más lejos, un banquero sin puro disfrazado de comunista en la clandestinidad. No lo sabíamos. No sabíamos lo que teníamos que saber. Luego vimos que, sin perder la sonrisa ni el aire bonachón, tuvo garage y coche grande y autonomía empresarial. El libro gordo debió de formar parte de ese pasado misterioso y ambiguo que la apariencia de Los Medrano configuraba. Tampoco sabíamos, ni nos lo preguntábamos, si era una manda que la parte alta de la señora Flora legó al matrimonio o un artículo confiscado por el señor Camilo en alguna turbia operación. Da igual, estaba allí, en el estante aséptico e impoluto, y en sus asépticas páginas los asépticos dibujos de los órganos genitales nos dejaban casi indiferentes, casi decepcionados, con la excitación desinflada y la conciencia sucia de tanta limpieza. De modo que aquél era también un libro falso, solapado, como la doble apariencia de sus dueños, pero nosotros nunca supimos encontrar su lado guarro. Y mira que lo intentábamos.