Bestiario íntimo. La babosa.

Tengo amigos que la adoran. Yo no. Basta con haberla cogido con los dedos una vez, sin querer, para verificar la repulsión que existía cuando sólo la miraba. No, no y mil veces no. Posee este animal enfático la facultad de destruir el deseo. La aversión que transmite, su humedad fría, su lento y blando silencio inhibe la líbido de quien se cruza con ella. Si sales a medianoche al jardín de tu casa, nervioso porque el sueño no te acoge, las babosas en la hierba harán que te preguntes quién eres, qué fuiste, qué podras ser. Llegas a la conclusión de que es la tuya una vida que se cae, que se viene abajo, sin esqueleto. Lo sabía Carver y lo sabían muchos hombres y mujeres antes que Carver. No creo que haya alguien que no lo sepa. Incluso aquellos que sobre un fondo oscuro y cenagoso arrastran con ellos su última esperanza.

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zap

Me he cruzado hace un rato con el bueno de ZAP, siempre tan amable y tan cortés conmigo. Acaba de inaugurar el CSA, el Círculo de Solteros Activos, y es presidente del CBM, el Club de Bricolage y Manualidad que él mismo fundó hace poco más de un año. Durante mi breve encuentro con él, ZAP me ha dicho que en la FUI, la Federación de Usuarios Inusuales, de la que es miembro de su directiva, necesitan dos abrillantadores de metal. Los que había lo han dejado, y en el SUAM, el Sindicato Unificado de Abrillantadores de Metal, al que él pertenece, no tienen bolsa de suplencias. Como no tengo trabajo, me ha ofrecido hacer un curso en los TSADP, los Talleres Sociales de Ayuda al Desempleado y al Pusilánime, un centro de formación solidario que ha puesto en marcha con fondos del consistorio, ahora que es el alcalde. Le he dicho que lo de abrillantar metales no es lo mío, pero que me lo pensaría. Me ha insistido también, como otras veces, que vaya con él algún domingo a los ensayos de la FAF, la Federación de Amigos de la Farándula, de la que ZAP es socio y coordinador de bolos. Le he dicho a ZAP que los domingos no puedo, al menos de momento, ya veremos más adelante. Como siempre, ha expresado la alegría que siente de verme, pero tenía un poco de prisa porque le esperaban en el local de la HNDMDVYLP, la Hermandad Nazarena del Milagro del Vino y de los Peces, y como cofrade miembro de su junta está obligado a dar ejemplo de puntualidad, pero que un día, si me va bien, podemos quedar en la SGV, la Sociedad Gastronómica de la Villa -la nueva- y charlar tranquilamente mientras nos tomamos unos vinos. Ah, sí, estaría bien, le he dicho. Luego nos hemos despedido, no sin antes recordarme que el GEII, el Grupo de Excursionistas Independientes e Intrépidos, que él comanda, organizará este año la ruta de los lagos. Anímate y aprovecha la oportunidad, hombre, ha exclamado, eufórico. A lo mejor me apunto, le he contestado, ya desde lejos, pero tendría que comprarme unas botas!!!…El bueno de ZAP…si no fuera por él, este pueblo olvidado del mundo en el que ya sólo quedamos los dos, hace tiempo que estaría muerto.

Coda

No ahí, ni entre las piedras, ni entre esos matojos de hierba supurantes en la roca, ni en las sombras áridas y circulares del molino. Ni en el agua embalsada en la ciénaga ni en los cestos rebosantes de frutas maduras. En el cielo o allá en lo alto entre aquellos peñascos en los que las aves del dolor anidan, tampoco. En el horizonte de mortecina luz o en el otro, en el resplandor o en la ceguera no, ahí no, y en el otro tampoco. No dentro de la tempestad que atormenta el silencio. Ni en el silencio mismo ni en la música que suena entre lo que no suena. Ni entre lo que más suena, en esas faldas de lino en cuyos bolsillos aún duermen las tijeras que al despertar serán guadañas. En la tinaja secreta en el oscuro rincón secreto, en la hogaza de pan con el trapo cubierta, en los ajos en el almirez o en los armarios ya desnudos de tiempo y colmados de melancolía, no. En esos suelos duros de piedra traída en noches frías, tampoco. Ponte en el lugar del humo.

El almirez

El viajero no puede contradecir los hechos. La pequeña Reme se subió al autobús de línea en Saelices y viajó a a Madrid con el resto de la familia. El viajero no puede alterar el pasado a su gusto, no puede cambiar acontecimientos, ni fechas, ni decir cosas que no fueron en lugar de aquello que sucedió. Los testimonios se escuchan, se cotejan y se respetan. Con la ayuda del tío Ángel, el padre cargó días antes un camión con todos los enseres que eran propiedad de la familia y efectuó la mudanza. La mudanza sería irreversible, el éxodo culminó con exito. Con el paso de los años, la familia extendió sus  ramas por el páramo suburbial de la capital y consolidó su asentamiento. Eso es un hecho. El pueblo, con todo su pasado de extremas carencias, por fortuna, quedó atrás. Al viajero, sin embargo, le gusta imaginar a la pequeña Reme subida al remolque del camión, entre muebles, baúles y cajas y bolsas llenas de ropa y utensilios. La imágen de la pequeña Reme esperando la llegada del coche de línea también le gusta, porque hay ternura e incertidumbre, y alegría y esperanza y la nerviosa inquietud que provoca en una niña de doce años el desconocido porvenir. Le gusta mucho, pero el viajero necesita que la pequeña Reme viaje en el remolque del camión, debajo de una mesa camilla con la parte inferior de sus patas labradas, y que el destartalado y largo viaje por carreteraas precarias lo entretenga canturreando mientras hace sonar un almirez. El almirez es de bronce, no muy grande, su tacto es muy suave y tiene un brillo dorado mate que le hace parecer oro de verdad. La pequeña Reme, durante el trayecto, canta y saca del almirez sonidos que acompañan sus cantos, una música cristalina perlada de notas limpias y claras que suena también a monedas bailando la danza de la riqueza. La música del almirez puebla de sueños fecundos el trayecto hasta Madrid de la pequeña Reme. Ella no piensa entonces que generaciones anteriores a la suya lo usaron para machacar ajos y especias, como lo hace su madre ahora e incluso alguna vez ella misma. No coloca el objeto en el plano o la dimensión que el viajero le quiere otorgar, el plano de la memoria y la dimensión mítica de los hechos. Para la pequeña Reme, es un instrumento de su presente y lo usa para convocar la alegría que siente y disipar la incertidumbre que le acecha. La pequeña Reme canta y sueña y acaba por dormirse sobre el entarimado de madera del camión, bajo una mesa camilla de patas labradas, envuelta entre trapos y mantas y bolsas y cajas con ropa y utensílios. Para la imaginación del viajero, que la pequeña Reme viaje, cante, duerma y sueñe en la caja de un camión que la conduce a un futuro incierto, pero así mismo esperanzador, constituye también un hecho. En el plano de lo simbólico y lo mítico, un objeto arrastrado a lo largo de años por la corriente de lo cotidiano contiene por igual todos los hechos y todas las historias, las reales y las que no lo son, y todas conforman el mapa verdadero de una trayectoria colectiva. Por eso el viajero, cuando ve el almirez en la casa rural de el Mirador del Vallejuelo, se siente menos extraño y menos extranjero, porque el almirez, que ha vuelto, como él, al mismo lugar del que ambos un día salieron, contiene también una historia fundacional, el relato de los hechos que identifican su raíz, el início de su periplo.

Crónica negra. La confesión. 3

Por eso digo que no fue el Damián, porque el Damián tuvo la idea enseguida, como él era, que era muy rápido en pensar lo que había que hacer. Pero el que entró en la casa fui yo, yo fui el que dió la patada en el ventanuco que gracias a que el viento empezó a arreciar aún más yo creo que fue por eso que no se oyó ná. Entré y a oscuras fuí tentando y toqueteando en el colchón por debajo y mira, muchas veces pasa que no das con lo que buscas aunque tengas toda la luz del día a tu favor pero otras, no sé por qué, tiene que ser la suerte, encuentras lo que quieres a la primera, y me dio un poco hasta la risa pensando que la maldad me daba un premio cuando tuve entre las manos aquel paquetón de billetes envueltos en un cacho papel marrón y áspero, como de tela de saco, que era lo que era. No lo conté ni lo ví cuánto había, pero yo creía que allí tenía que haber muchos jornales y muchos giros amontonaos, y hasta los recibos justificantes pensé que tenía que haber porque aquello hacía mucho bulto. Pero para salir salí por la puerta del corral, que estaba atrancá con un trozo grande de madera y me salté para la banda de un sendero de roca. Debió ser allí en un montículo que sobresalía por encima de otro corral que me debieron ver desde abajo, desde alguna casa a la contraluz de alguna estrella, digo yo, porque a esa hora todo eran sombras. Me verían pero luego se dijo y eso se creyó ya siempre, que era el Damián, porque teníamos ese parecido, y en la oscuridad más, y quedó la cosa siempre así, en esa sospecha, porque quién íba a ser si no. Así que desde la senda me fuí andando hasta coger el trozo de camino que va al cementerio, donde había quedao con el Damián para repartir, por la parte de la valla que da al molino. Y en cuanto me vió y antes de ver ni saber ná ya estaba diciendo que a él le tenía que tocar más porque a él se le había ocurrío y eso era lo que más valía. Entonces no sé que me pasó, que si sería porque llevaba el paquete pegao contra el pecho, por debajo de la camisa y muy ajustao que me tocaba casi el corazón que me entró un deseo que nunca me había entrao y le dije que no había encontrao ná, y que me tuve que salir corriendo por el corral porque oí que alguien entraba por el comedor. Yo ya me imaginaba que el Damián, como no es tonto, y de siempre me conocía muy bien como yo a él, no sería de creérselo. Y eso pasó, que me dijo empujándome contra la valla que me iba a mirar para ver si eso era verdad. No le dejé y yo también le empujé. Yo entonces y si hay Dios bien lo tiene que saber no tenía ná pensao en la cabeza, pero el Damián me empujó y yo le empujé otra vez y él al irse para atrás se torcería en una de las tantas piedras que había y cayó para atrás y la cabeza le chocó contra un saliente de roca. Muchas veces he pensao luego, porque he tenío tiempo pa pensarlo, de dónde me salió a mí aquella maldad tan mala, que debía creo yo tenerla muy adentro pa no verla como no la ví entonces. El caso es que viendo caído al Damián y ya herido cogí un peñasco de peso que había a un costao, y con todas las fuerzas que tenía que en ese momento eran muchas, otra cosa igual, le aplasté la cabeza como si fuera un melón. Cómo estaría tan fuera de mi control que todavía quería buscar otra piedra más gorda y estrellársela contra la cabeza otra vez. No era ansia tampoco de matar por matar, no sé cómo decirlo, fue una cosa que me salió que parecía que hasta no estaba siendo yo el que hacía aquello. En ese momento estaba como nublao, no sé, el caso es que ya la cabeza iba tan rápido que luego, esto también lo he pensao mucho después, yo creo que era así de rápido como íba muchas veces la cabeza del Damián, y que hasta en eso teníamos también la traza de ser hermanos. Así que me cargué con su cuerpo y como había en el cementerio muchas tumbas viejas sobre la tierra que a saber de quién serían ya aquellos huesos, sin cruces y sin señales ni ná, con una azada vieja que había apoyada en la valla de piedra, junto a la puerta, fui quitando la tierra de una y allí lo enterré. No recuerdo ahora muy bien si entonces emˋpezó también a llover, creo que sí, me parece que dije mejor, si llueve mejor, y me eché a andar por el monte sin un remordimiento ninguno y como si fuese al revés, como si por lo que había hecho me hubiese yo ganado un perdón, como cuando te sacas una china de la alpargata y sientes al final un gran alivio.

La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Escrito a mano. Lacan y Proust

Algo se empezó a quebrar cuando te fuiste a estudiar fuera, lejos, niño aún. Se fragmentó un mundo, tu mundo, que hasta el momento de tu marcha conservaba un orden: los afectos sin condiciones, la seguridad intacta, la vida sin amenazas. Fue un paréntesis largo, tan largo que podría decirse que aún no se ha cerrado. Estudiar fuera constituyó una especie de exilio. O de destierro. Trajo algunas recompensas, sin duda, pero no alcanzaban el dolor de la pérdida. Las perdidas en la niñez son para siempre, definitivas, y el único paraiso, como decía Proust, es el paraíso perdido. Mandabas cartas a tu madre desde allí como si lanzases una desesperada botella al mar que os separaba, mensajes que a cambio de socorro ofrecían mentiras en forma de verdad, cuentos, inocentes patrañas urdidas para sobrevivir al frío silencio de la lejanía. Fueron tu primera tabla de salvación, aquellas historias, y te regocijaba imaginarlas en la voz de tu hermana leyéndolas en voz alta, sonriente y alegre. Ignorabas entonces y durante demasiado tiempo después que aquellas cartas representaban un símbolo de lucha contra el abandono. En palabras de Lacan, el intento a través de la escritura de recuperar lo perdido, la unión con la madre.