Notas para combatir el aislamiento. Cuarto sábado.

Le doy vueltas a la idea de expresar cómo y qué cambiará en nosotros cuando -éso también, cuándo- todo esto acabe. También le doy vueltas a la idea de expresar qué es todo esto. Porque todo esto qué es? La respuesta puede que esté en las mascarillas, en ese intervalo que hay entre restarle importancia a su uso, incluso a desaconsejarla, y la inminente obligación de ponérsela. Es urgente saber todo esto para cuando llegue el cuándo saber contestar a la pregunta después de abrazarnos: todo bien? Todo bien, y abrazarnos otra vez pero sabiendo ya qué es todo esto. Sin lo cual tampoco es posible saber cómo y qué cambiará en nosotros. No podemos estar resistiendo así, sin más, sin saber si todo esto es lo que es o es otra cosa de lo que es. Alguien lo tiene que saber. Hay alguien? El que lo sepa de verdad, que lo diga. Queremos cambiar, queremos hacer cambiar todo esto antes de que todo esto nos imponga cambios para siempre. No queremos un para siempre, queremos de verdad saber y cambiar de verdad, pero nos importa mucho el cómo. Cómo? No lo sé, le doy vueltas a la idea de cómo expresarlo, pero estoy confundido.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo martes.

Tercer día de lluvia intermitente, cielo encapotado, aumenta la sensación de frío, cambio. Recibido. Ni caminar ni salir al camino. Como mucho, a ratos, cúbrase bien y merodee en torno a la casa, lo más cerca posible de la puerta. Póngase las botas de suela gorda, las gastadas, y espere nuevas instrucciones, cambio. Recibido. Suministro de agua óptimo, energía solar débil, reservas de gas escasas, leña mojada, cambio. Recibido. Apague la tablet, desconecte la radio, minimice el uso del móvil, extraiga el paquete de velas azules del cajón del escritorio. Ese no, el otro, el de abajo, cambio. Recibido. Despensa semivacia, paquete de arroz empezado, harina rancia, lata de atún caducada, cambio. Recibido. Movilice recursos de emergencia, desprenda con cuidado las suelas de zapatos viejos, triture periódicos atrasados y amáselos con harina. Espere pacientemente la hora de la cena, cambio. Recibido. Efectos sanitarios insuficientes, guante roto, mascarillas sin elásticos, orujo de baja graduación, cambio. Recibido, cambio. Recibido. Productos de higiene precarios, pastilla de jabón pequeña, champú sin huevo, seiscientos rollos de papel higiénico, cambio. Recibido. Manténgase alejado un metro de sí mismo, no toque objetos innecesarios ni se ensucie las manos caprichosamente. Controle el esfinter, cambio. Recibido. 7.30 pm. Listo para merodear, botas de suela gorda gastada calzadas, cazadora de piel de borrego puesta, gorro de lana en la cabeza, cambio. Recibido. Demasiado tarde. Quédese en casa, siéntese en la butaca de cojines, envuélvase en una manta y manténgase en la oscuridad con los brazos cruzados. De acuerdo con su rito confesional, rece, rece mucho. Cambio y corto.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo lunes.

Lo que había escrito ayer ya no vale para publicarlo hoy. Lo que escribí ayer es una toma falsa que, en el mejor de los casos, puede arrancarnos unas risas no mañana, ni pasado ni al otro ni al otro, con mucha suerte al final, cuando acabe esta pesadilla indeseable. Pero hoy no. De un día para otro la realidad, como nunca, siendo machaconamente igual, es distinta, y hoy, lo que escribí ayer, ya no tiene gracia, incluso tiene poca gracia, incluso tengo cierta vergüenza de que haga gracia, no quiero ser gracioso. Incluso ahora que escribir se ha convertido en algo urgente y las ideas son precarias y las palabras también lo son. El texto es una materia frágil e inflamable que puede arder hoy, instantáneamente, aunque haya estado expuesto ayer a la lluvia y al granizo. Lo de ayer ya no vale para hoy y lo de hoy es muy poco probable que valga para mañana. Instante a instante se diluye en su propio significado la frase recién engendrada, se come a sí misma y se destruye. Veo retorcerse esa frase y ser devorada por su propia agonía, muerta antes de nacer, enterrada antes de ver la luz y, sin embargo, qué otra cosa puedo hacer que no sea escribir, qué esperanza me queda si no es escribir.

Notas para combatir el aislamiento. Miércoles

Salgo cada tarde a caminar una hora antes de que anochezca. Cierro los periódicos, apago la radio, me alejo por un rato de la realidad viciosa que procura el enclaustramiento. Tengo el hábito de cruzar el río y seguir su curso adentrándome en el bosque espeso, flanquaer una finca donde siempre me ladran dos perros y volver a casa por la carretera tranquila, entre campos de viñedos, de olivos, de almendros y de avellanos. Caminar ordena mis pensamientos, por lo general débiles, y fortalece mi optimismo, cuando mi optimismo está amenazado. A veces y por variar, como hoy, cojo desde la carretera una senda empinada y tortuosa y alcanzo con cierto sofoco una planicie ondulada y alineada de vides hasta un infinito tolerable. De tanto an tanto, me detengo a contemplar las montañas, las desafiantes crestas rocosas, mientras el pueblo, a mi espalda y en la lejanía, sumerge su perfil vacilante en un pigmento crepuscular. Frente a mí, más allá de unos terrenos arenosos poco productivos, paralelo a un amontonamiento de casas que fueron señoriales, corre un tren. Es un convoy largo, de vagones interminables, en cuyos nichos abiertos como carcasas viajan impecablemente ordenados los flamantes coches de serie, todos iguales. De repente, siento que la abrumadora pesadilla de datos y cifras que he querido dejar atrás, en el silencio mudo de mi casa, florece de modo lúgubre en mi imaginación, que ve un convoy inacabable de féretros atravesando un paisaje de tragedia. A veces ocurre, a veces, por variar, mis paseos desordenan aún más mis pensamientos, debilitan del todo mi optimismo y estimulan mi oscura imaginación.

Carpeta de sueños. 6

Viene la bibliotecaria del pueblo con un policia para requisar mis libros. La cocina está manga por hombro, hay cacharros sin fregar en el suelo y un montón de bombonas de butano encima de la mesa. El policia señala dos guantes de boxeo que cuelgan de la pared y la bibliotecaria toma nota. Esto también, dice, abriendo de par en par una caja de herramientas. Aprovecho para decirle al policia que todos los días entra alguien y me roba comida, pero la bibliotecaria dice que eso no hay que apuntarlo. Entonces aparece mi madre con una olla llena de garbanzos y la bibliotecaria dice que vale la pena probarlo, que esa señora escribe muy bien.

El presidente de un tribunal de justicia, desde el estrado, ordena que me levante. Yo estoy sentado en el banco de una iglesia, leyendo en el móvil las noticias de un periódico digital. Me levanto y me sumo a una cola de hombres y mujeres que esperan su turno para coger sopa bendita de un dispensador. La iglesia es monumental, de bóvedas cuadradas y columnas de hormigón, y huele fuertemente a neumático quemado o algo así. Tienes que confesar antes, me dice Ada Colau, que está delante de mí, mientras se gira para pasarme un bebé muerto que lleva en los brazos. Le digo que no pasa nada, que de todas formas subiré las fotos a Facebook cuando me suelten.

Entro a hacerme unas gafas en una óptica de mostrador altísimo. Desde arriba, uno de los empleados me dice que vaya antes a la embajada española, donde me darán el permiso. Enfadado, le grito al empleado, que es joven y expresa con gesto desagradable lo inaceptable de mis quejas. Yo insisto en que no me moveré de allí hasta que me hagan las gafas. Sí, como todos, dice mientras me entrega un formulario. El papel es una hoja escrita a mano donde aparece el menú del día. Al fondo oscuro del establecimiento, entre pequeñas mesas con hules de plástico donde comen universitarios japoneses, hay un médico operando a un paciente tumbado sobre una camilla. Me acerco a él y me dice que no hable muy fuerte, que está a punto de dar a luz.

Bestiario íntimo. La babosa.

Tengo amigos que la adoran. Yo no. Basta con haberla cogido con los dedos una vez, sin querer, para verificar la repulsión que existía cuando sólo la miraba. No, no y mil veces no. Posee este animal enfático la facultad de destruir el deseo. La aversión que transmite, su humedad fría, su lento y blando silencio inhibe la líbido de quien se cruza con ella. Si sales a medianoche al jardín de tu casa, nervioso porque el sueño no te acoge, las babosas en la hierba harán que te preguntes quién eres, qué fuiste, qué podras ser. Llegas a la conclusión de que es la tuya una vida que se cae, que se viene abajo, sin esqueleto. Lo sabía Carver y lo sabían muchos hombres y mujeres antes que Carver. No creo que haya alguien que no lo sepa. Incluso aquellos que sobre un fondo oscuro y cenagoso arrastran con ellos su última esperanza.

zap

Me he cruzado hace un rato con el bueno de ZAP, siempre tan amable y tan cortés conmigo. Acaba de inaugurar el CSA, el Círculo de Solteros Activos, y es presidente del CBM, el Club de Bricolage y Manualidad que él mismo fundó hace poco más de un año. Durante mi breve encuentro con él, ZAP me ha dicho que en la FUI, la Federación de Usuarios Inusuales, de la que es miembro de su directiva, necesitan dos abrillantadores de metal. Los que había lo han dejado, y en el SUAM, el Sindicato Unificado de Abrillantadores de Metal, al que él pertenece, no tienen bolsa de suplencias. Como no tengo trabajo, me ha ofrecido hacer un curso en los TSADP, los Talleres Sociales de Ayuda al Desempleado y al Pusilánime, un centro de formación solidario que ha puesto en marcha con fondos del consistorio, ahora que es el alcalde. Le he dicho que lo de abrillantar metales no es lo mío, pero que me lo pensaría. Me ha insistido también, como otras veces, que vaya con él algún domingo a los ensayos de la FAF, la Federación de Amigos de la Farándula, de la que ZAP es socio y coordinador de bolos. Le he dicho a ZAP que los domingos no puedo, al menos de momento, ya veremos más adelante. Como siempre, ha expresado la alegría que siente de verme, pero tenía un poco de prisa porque le esperaban en el local de la HNDMDVYLP, la Hermandad Nazarena del Milagro del Vino y de los Peces, y como cofrade miembro de su junta está obligado a dar ejemplo de puntualidad, pero que un día, si me va bien, podemos quedar en la SGV, la Sociedad Gastronómica de la Villa -la nueva- y charlar tranquilamente mientras nos tomamos unos vinos. Ah, sí, estaría bien, le he dicho. Luego nos hemos despedido, no sin antes recordarme que el GEII, el Grupo de Excursionistas Independientes e Intrépidos, que él comanda, organizará este año la ruta de los lagos. Anímate y aprovecha la oportunidad, hombre, ha exclamado, eufórico. A lo mejor me apunto, le he contestado, ya desde lejos, pero tendría que comprarme unas botas!!!…El bueno de ZAP…si no fuera por él, este pueblo olvidado del mundo en el que ya sólo quedamos los dos, hace tiempo que estaría muerto.

Coda

No ahí, ni entre las piedras, ni entre esos matojos de hierba supurantes en la roca, ni en las sombras áridas y circulares del molino. Ni en el agua embalsada en la ciénaga ni en los cestos rebosantes de frutas maduras. En el cielo o allá en lo alto entre aquellos peñascos en los que las aves del dolor anidan, tampoco. En el horizonte de mortecina luz o en el otro, en el resplandor o en la ceguera no, ahí no, y en el otro tampoco. No dentro de la tempestad que atormenta el silencio. Ni en el silencio mismo ni en la música que suena entre lo que no suena. Ni entre lo que más suena, en esas faldas de lino en cuyos bolsillos aún duermen las tijeras que al despertar serán guadañas. En la tinaja secreta en el oscuro rincón secreto, en la hogaza de pan con el trapo cubierta, en los ajos en el almirez o en los armarios ya desnudos de tiempo y colmados de melancolía, no. En esos suelos duros de piedra traída en noches frías, tampoco. Ponte en el lugar del humo.

El almirez

El viajero no puede contradecir los hechos. La pequeña Reme se subió al autobús de línea en Saelices y viajó a a Madrid con el resto de la familia. El viajero no puede alterar el pasado a su gusto, no puede cambiar acontecimientos, ni fechas, ni decir cosas que no fueron en lugar de aquello que sucedió. Los testimonios se escuchan, se cotejan y se respetan. Con la ayuda del tío Ángel, el padre cargó días antes un camión con todos los enseres que eran propiedad de la familia y efectuó la mudanza. La mudanza sería irreversible, el éxodo culminó con exito. Con el paso de los años, la familia extendió sus  ramas por el páramo suburbial de la capital y consolidó su asentamiento. Eso es un hecho. El pueblo, con todo su pasado de extremas carencias, por fortuna, quedó atrás. Al viajero, sin embargo, le gusta imaginar a la pequeña Reme subida al remolque del camión, entre muebles, baúles y cajas y bolsas llenas de ropa y utensilios. La imágen de la pequeña Reme esperando la llegada del coche de línea también le gusta, porque hay ternura e incertidumbre, y alegría y esperanza y la nerviosa inquietud que provoca en una niña de doce años el desconocido porvenir. Le gusta mucho, pero el viajero necesita que la pequeña Reme viaje en el remolque del camión, debajo de una mesa camilla con la parte inferior de sus patas labradas, y que el destartalado y largo viaje por carreteraas precarias lo entretenga canturreando mientras hace sonar un almirez. El almirez es de bronce, no muy grande, su tacto es muy suave y tiene un brillo dorado mate que le hace parecer oro de verdad. La pequeña Reme, durante el trayecto, canta y saca del almirez sonidos que acompañan sus cantos, una música cristalina perlada de notas limpias y claras que suena también a monedas bailando la danza de la riqueza. La música del almirez puebla de sueños fecundos el trayecto hasta Madrid de la pequeña Reme. Ella no piensa entonces que generaciones anteriores a la suya lo usaron para machacar ajos y especias, como lo hace su madre ahora e incluso alguna vez ella misma. No coloca el objeto en el plano o la dimensión que el viajero le quiere otorgar, el plano de la memoria y la dimensión mítica de los hechos. Para la pequeña Reme, es un instrumento de su presente y lo usa para convocar la alegría que siente y disipar la incertidumbre que le acecha. La pequeña Reme canta y sueña y acaba por dormirse sobre el entarimado de madera del camión, bajo una mesa camilla de patas labradas, envuelta entre trapos y mantas y bolsas y cajas con ropa y utensílios. Para la imaginación del viajero, que la pequeña Reme viaje, cante, duerma y sueñe en la caja de un camión que la conduce a un futuro incierto, pero así mismo esperanzador, constituye también un hecho. En el plano de lo simbólico y lo mítico, un objeto arrastrado a lo largo de años por la corriente de lo cotidiano contiene por igual todos los hechos y todas las historias, las reales y las que no lo son, y todas conforman el mapa verdadero de una trayectoria colectiva. Por eso el viajero, cuando ve el almirez en la casa rural de el Mirador del Vallejuelo, se siente menos extraño y menos extranjero, porque el almirez, que ha vuelto, como él, al mismo lugar del que ambos un día salieron, contiene también una historia fundacional, el relato de los hechos que identifican su raíz, el início de su periplo.