Conocidos y saludados. 3

Este es un joven alto y delgado de palabras las justas y de cariño justo y contenido. Se sienta a la mesa a comer y come como los demás o más, quizás un poco más, pero no visiblemente mucho más. Nunca pide que le pasen el pan, ni el agua ni la sal. Alarga él el brazo y él mismo se sirve agua de la jarra y coge la sal o el pan o lo que tenga que coger. Muy raramente participa en una conversación. Se mantiene callado y digno en su silla y cuando lo cree conveniente activa el móvil. Lo apaga y lo deposita sobre la mesa si la tertulia entra en terreno deportivo. En ese caso, interviene con discreta pasión. Cuando el debate abandona esa senda y entra en una parcela que no es de su interés, lo que casi siempre ocurre, activa de nuevo el móvil y amasa pantallas. Antes de que la sobremesa termine, él ya se ha sentado cómodamente en un sofá y sigue sin inmutarse concentrado en su móvil, nunca más allá. En ninguna circunstancia, ni siquiera de un modo excepcional, ayuda a quitar la mesa. Entre sus reconocimientos está el de hombre trabajador y responsable, y es respetado por ello, quizá en demasía. En honor a la verdad hay que decir que lleva ese triunfo con modestia. Los halagos no le afectan, ni le alteran los escasos reproches que muy pero muy ocasionalmente afean su conducta doméstica. Arruga el morro, eleva un instante la vista desde el sofá en el que está sentado y sigue con su móvil. Según él, trabajando, haciendo dinero. Consigue, de ese modo frío y neutral, un tanto apático, mantener las distancias entre los que sienten cierto afecto hacia él y los que no le tienen ninguno. Para los primeros, es la clara manifestación de una persona segura de sí misma. Para los segundos, la prueba evidente de su indiferencia y su ingratitud. Hace poco, sin embargo, causó mucho desconcierto su modo de reaccionar. Cayó en la cuenta de que no llevaba el móvil y dijo hostias en voz alta, casi gritando, mientras al mismo tiempo daba un manotazo en la mesa. A continuación dijo que la comida no estaba muy buena y pidió a alguien que le alcanzara el pan, y luego el agua y luego la sal. A esto le falta sal, dijo. Y después se puso a discutir con éste, con aquél y con el de más allá, con el de más allá incluso de malos modos. Y a un niño, en tono tan impertinente como imperativo le mandó bajar el volumen del televisor y luego apagarlo. Cuando desde un extremo de la mesa, la persona de más edad reconvino su actitud, se levantó y cogió su plato y su vaso y lo dejó en el fregadero de la cocina. Estoy perdiendo un montón de dinero, imbéciles¡, dijo desde allí, completamente fuera de sí. Luego se oyó un portazo. La familia espera aún sus disculpas.

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El viajero

El viajero entra en el pueblo por donde siempre, por donde entraba cuando era niño en algún verano y por donde todos entran, ahora en coche o a pie o a los lomos de un burro o de una mula antes, dejando la venta a la derecha y el río a la izquierda, una línea de agua escondida entre chopos por la que ya apenas circula como antaño vida alguna. Ahora entra el viajero mirando quizás con una curiosidad mayor el alcance de los campos abigarrándose en la vega, troceados, zurcidos y manoseados como un ajuar de rústicas sábanas. Dejando que la vista se nuble sobre el horizonte quebrado de aquellas lomas secas en las que se esconden los rumores aún latentes del hambre y la fatiga. Ahora es distinto. Ahora se sube por las calles sin la torsión y el peligro de piedras y cantos polvorientos, sobre el suave asfalto quemado el vehículo alcanza enseguida cumbres y miradores que en otros tiempos eran arduos o imposibles. El viajero llega a una plaza en forzado rectángulo que siempre le pareció fea y fría y desolada, circundada de remolques y pertrechos que le dan forma de coso, arenada toda ella con tierra traída de no sabe dónde para que los toros hinquen sus hocicos antes y después de ser mareados con alegría y cruel desenfado. El pueblo en fiestas. El viajero se siente allí extranjero, aunque no lo es. De la plaza hacia arriba y hacia abajo hay casas cuyas cortinas echadas en las épocas de más calor son como mantas de sombra y silencio, aromas secos y profundos que su memoria recupera en un instante y en un instante se vuelcan y se desmigajan solos, sobre el suelo de su extraña extranjería. Calles hacia arriba y hacia abajo y callejones y retorcidas y empinadas cuestas algunas de las cuales conservan aún el sudor de sus animales y el aliento cansado de sus campesinos. Recovecos rocosos que huyen hacia rocosas hendiduras por las que asoma una rala y humillada vegetación, esqueletos de tiempo, fósiles cenicientos en los que puede leerse la tardanza y la quimera. Restos, residuos de viejos corrales apresados entre rugosos riscos cierran sus salidas al mundo con maderas y travesaños inflados de agua y vueltos a secar por el frío cierzo, requemados y vueltos a quemar por el poderoso e inmisericorde calor de la llanura. Sobre las peñas y bajo las peñas y entre ellas, casas que fueron tumbas de pueblos hace siglos muertos resplandecen ahora en desordenado estilo con la cal fresca y nueva de los tiempos nuevos, vistosas fachadas de ladrillos, balconadas inéditas, enrejados primorosos y austera monocromía de tiempo detenido. Y arriba, en lo más alto de los montañosos cerros, ruina estricta en su definición, la torre de un siempre llamado castillo derrama su ciega mirada sobre el vallejuelo inalterado y magnético, olivos, almendros, explanadas extintas de mieses y sueños aventados entre sendas de tomillo y retama. El viajero desciende a pie ahora por una calle larga y tuerce y sube hasta una placeta con un centro de piedra y un banco contra la fachada de una casa, una de esas casas nuevas levantadas sobre las ruinas de antiguas viviendas con corrales y cuadras devorados por la oscuridad del tiempo. Sobre la casa que dicen que fue la suya y donde nació se levanta ahora ésta, pero el viajero no ve, no siente, y aunque quisiera sentirse parte no se siente parte ni halla sombras o arrimo de sombras que dibujen o trasmitan o deshagan su confusa convicción de forastero y errante. No halla nada allí en aquella casa enterrada aunque luche desde sus ocultos escombros la lenta y pesada memoria por emerger y agarrarse y sostenerse a algo vivo y presente.

Bando

Dentro de la sección Escrito a mano, início el próximo martes una serie de carpetas de viaje que indagan a través de la ficción y la crónica en los laberintos de la memoria personal. Esta primera carpeta contiene trece entradas cuyos títulos encontraréis a modo de índice al final de este aviso. Las entradas han sido escritas con la vista puesta en el formato del blog, de modo que puedan leerse con cierta independencia unas de otras en las sucesivas entregas. A pesar de ello, es la lectura completa en su conjunto lo que otorga unidad y sentido a la misma. Pensando en el tipo de lectores que acostumbráis a visitar el blog, he organizado el calendario de su publicación de manera que ni sature ni distraiga esencialmente el hilo narrativo. Desde un punto de vista administrativo, esa tarea ha sido fácil, falta por saber si los textos imponen con la misma facilidad sus fundamentos literarios.

El viajero

La Reme. La mesa camilla

Crónica general. El mirador del Vallejuelo

La Reme. La casa

Crónica general. El amor y la muerte

La Reme. La mudanza

Crónica general. La larga sombra del Ánima

Crónica negra. La confesión. 1

Crónica negra. La confesión. 2

Crónica negra. La confesión. 3

El almirez

Distintas formas de mirar el agua. Pág 100.

Coda

 

El caso Marosa

Como Marosa seguía sin aparecer por mi casa, el otro día la llamé para tomar un café, pero me dijo que no podía. Le ocupaba un caso difícil y desagradable, más que ninguno de los que había investigado hasta ahora. No me podía contar nada, me dijo, ya nos veríamos más adelante. La encontré extraña, rara, sin el entusiasmo y la alegría que normalmente suele expresar, más allá de cualquier caso que tenga que resolver. Nos dijimos adiós y quedamos en que me llamaría ella. De modo que me extrañó cuando a la noche, a punto ya de acostarme, llamó a mi puerta y me pidió permiso para entrar. Sin preámbulos, Marosa se abalanzó sobre mí, me abrazó y me besó con pasión. Atribuí ese furor a su estado, un deprimido talante originado tal vez por el caso que tenía entre manos, pero no encontré argumentos para aquel impulso inédito que convertía su furia sexual en algo cercano a lo reprochable. No hubo tiempo para hablar. A la mañana siguiente, cuando desperté helado de frío sobre el suelo de la cocina, mi cerebro era un mecanismo desordenado y torpe en el que la memoria tardó en ajustar su engranaje. Y a mi cuerpo le costó alzarse y recomponer su estatura. Me vino de golpe la resaca de una ola de placer delirante, en cuyo remolino, el cuerpo de Marosa y el mío circulaban de un éxtasis a otro sin modificar su posición, ella siempre encima de mí. A ratos, sentía la dulce asfixia de sus pechos sobre mi cara, el roce de sus cabellos, un susurro ronco y lascivo de palabras soeces que avivaban su gozo de posesión. Más no recordaba, salvo la certeza de que el exceso de placer me estaba vaciando. La misma sensación que tuve al despertar, incorporado definitivamente a la vigilia del día nublado y ceniciento enmarcado en la ventana. La llamé, teníamos que vernos y hablar, aclararlo, no podía contener la impaciencia. Me dijo lo mismo que me había dicho la tarde anterior, tenía que colgar, ya nos veríamos. Pasaron dos o más semanas. En ese intervalo, viví con el recuerdo de Marosa atormentado por un deseo voraz, incontenible, del que en vano pretendía escapar lanzándome a correr por los montes entre matorrales y zarzas espinosas. Nos vimos por fin una tarde lluviosa, en el mismo café. Marosa se había teñido el pelo de un brillante color caoba que ni le quitaba años ni le añadía belleza. Estaba más delgada, más triste, una vez más, poco comunicativa. Dejé que el silencio hablara primero por los dos, por si acaso, pero era un silencio áspero y espeso que se cerraba en sí mismo. Iba a hablar yo, pero lo hizo Marosa con un tono que rompía radicalmente la ambigua rareza de la atmósfera que ambos compartíamos. Sabes que este mes me he estado follando a todo el pueblo? Me quedé sin respuesta. Y sin habla. Marosa se echó a reir, como tantas otras veces en los que el humor y la alegría se muestran en ella con espontaneidad y soltura. A mí, sin embargo, la risa no me salió. Seguí sin reaccionar, inerme, maniatado aún por la confusión y la duda. Vale, vale ya, se dijo a sí misma. Y paró de reir. El caso Marosa, empezó diciendo, y ya no paró hasta que el relato de su propio caso, como ella lo llamaba, llegó a su final. Lo pasó muy mal. Empezaron, como tantas veces y tantas otras cosas a oirse rumores en los bares y en los corrillos de las plazas y las calles. La jefa de AAMM se tiraba cada noche a un tío del pueblo, sin reparos, joven o viejo, casado o soltero, le daba igual. Esto, que en un principio le parecía una broma de mal gusto de alguien que tenía interés en herirla, fue cobrando poco a poco forma de verdad a los ojos de la gente. Y esto es un pueblo, un pueblo pequeño de mentalidades en su mayoría anticuadas y pobres, articuladas en torno a costumbres y hábitos heredados. En la calle, los gestos y las miradas la señalaban, se ignoraban sus saludos o recibía desplantes y hasta insultos de mujeres o esposas ofendidas por su actitud libertina y deshonrosa. Hubo también denuncias y advertencias oficiales de sus mismos superiores. Acorralada, entristecida y también decepcionada por la falta de comprensión y de apoyo, se le pasó por la cabeza dimitir de su cargo y abandonar el Cuerpo, pedir traslado a cualquier departamento administrativo, a ser posible fuera de la comarca. Y lo iba a hacer, estaba decidida, iba a abandonar el Cuerpo cuando la experiencia de su oficio asociada a su poderosa intuición encontró en esa frase, abandonar el Cuerpo, el por qué y el cómo de lo que venía sucediendo. Súcubo!, gritó, para sí misma y ahora ante mí. Era un súcubo, me dijo, me estaba suplantando un súcubo. Revisó archivos, desempolvó legajos, viejos casos similares al suyo sucedidos en el pasado y reunió pruebas, recogió testimonios de algunos de los poseídos. Presentó todo ese conjunto de documentos a su superior y le convenció para aplicar la única solución posible en sucesos semejantes. Una avioneta del departamento de incendios de la región fumigó con ceniza el pueblo en una madrugada neblinosa. La ceniza, me dijo, funciona ante el demonio como antídoto libidinoso y fecundativo. Era cuestión de esperar. Y hemos esperado, ha desaparecido, se ha ido. Quise, como otras veces, reir y encontrarle la gracia al misterio de esos asuntos en los que ni creo ni tengo voluntad de creer, pero seguía la risa sin salirme y la imagen de Marosa cabalgando sobre mí se superponía a la Marosa de carne y hueso que tenía enfrente. Iba a decirle que yo también… que a mí, el súcubo… pero no le dije nada, me callé y esperé que fuera ella la que se levantara de la silla para despedirnos. Me alegraba de que estuviera bien, le dije, y era verdad, pero esperaba, deseaba, que el remedio de la ceniza no tuviera efecto ninguno sobre el detestable poder de ese demonio y que cuanto antes, cuanto antes, cuanto antes volviera a tomar dominio del pueblo. Pero eso no se lo dije.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Escrito a mano. Correspondencias

En un cuento de la escritora suiza Fleur Jaeggy, los gemelos protagonistas consideraban un don del cielo su desventura, una desventura sin dolor. Habían nacido de una madre muerta y hasta los dieciocho años vivieron en un orfelinato. Despreciaban el afecto de los demás y en consecuencia negaban también el suyo. No lo necesitaban, no lo querían, no lo deseaban. Sentían nostalgia de la casa donde habían nacido, soñaban con ella, querían volver a aquel lugar que nunca conocieron. Querían sólo eso. Vivir y morir allí, sin traspasar una sola vez sus limites. Fuertes y salvajes, un poco animales, fabricaron sillas, mesas y muebles, tarazearon cabezales y ataúdes. Los viejos del lugar miraban con alegría el trabajo de los gemelos y admiraban los preciosos cajones para muertos. Ellos mismos se hicieron también viejos pero aún les sobraban fuerzas y ese exceso les volvía melancólicos, recordaban sus años en el orfelinato, agradecían el favor de aquella desventura. Un día una mujer llamó a su puerta y dijo que venía a protegerlos en nombre de la Confederación. La Confederación protegió su orfandad y ahora protegería su vejez y su muerte, pero ellos no querían, no deseaban nada, sólo escuchar música en su vieja radio, en la oscuridad o en la penumbra.

Seducción

Cuando me dijo que le gustaba mucho el chocolate, enseguida le dije, sin saber por qué, que el chocolate era una metáfora del deseo. Sus ojos negros de oscuro e intenso misterio me miraron fijamente. Como llevaba alguna copa de más, aquella mirada de cálculos ambiguos no clarificaba su determinación. La mía intentó abrirse paso torpemente, avanzando a ciegas en lo desconocido. Le hablé de la taleguilla con semillas de cacao que Napoleón llevaba siempre consigo, de los calientes chocolates de los prostíbulos parisinos y de los rituales incas con pasta de xocoatl. Aquellos artificios de seducción parecieron despertar su interés. Pidió otra copa y se acercó un poco más a mí. Algo más seguro y confiado, alabé la exótica hermosura de sus ojos, donde ahora parecía haber dulzura e insinuación. Dí un paso más y le relaté las deliciosas perversiones del marqués de Sade, cuya imaginación febril responsabilizaba a las grandes cantidades de chocolate, vainilla y canela que tenía por costumbre tomar. Estreché su cintura con un abrazo sin rigideces y al oído le susurré las viejas recetas de las chocolaterías suizas, origen, para Calvino, de las tentaciones de la carne y los pecados de la lujuria. Nuestros labios, por fin, se rozaron, y de los de ella salieron las palabras rendidas que tanto deseaba escuchar. Y entonces me pasó lo que tantas otras veces, que esa victoria narcisista me dejó exhausto y sin apetito, saciado, y la única verdad que me quedaba, antes de disculparme y marcharme, fue confesarle que no me gustaba el chocolate.

Banderas y puertas

Paso cada día por la casa de T, cuando bajo del monte. Vivirá ahí, cuando esté acabada. Está acabada, el edificio está levantado y la bandera ondea en su tejado en señal de culminación. Falta el interior. El forastero que llegue a casa de T puede entrar por la puerta o por la bandera. No importa que la puerta esté cerrada. Las personas, sin que lo sepamos, la dejamos siempre abierta. Cuando entres por su puerta, te encontrarás con el hombre que es, que vive y que siente. Pasa con todos los hombres. Con casi todos los hombres. Si uno se empeña en entrar por la bandera, sólo conocerá una parte de ese hombre, sólo conocerá lo que la bandera le quiera dejar conocer, o lo que él quiera conocer a través de esa bandera. A veces porque la bandera ciega el conocimiento, otras porque las personas no quieren ver más allá de una bandera. Lo mejor, para conocer a un hombre que vive en su casa, es entrar por la puerta y esperar que no te haga salir por la bandera.

Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.