Notas para combatir el aislamiento. Segundo jueves.

Por asociación de ideas, la entrada de ayer me trajo a la memoria un apólogo, o un cuento, vamos a llamarlo así, recogido en diferentes folklores populares de Oriente. Y de rebote, el cuento en sí me trajo a la memoria el nombre de Danilo Manso. Ambas cosas están relacionadas por un hecho puramente casual y literario. En su etapa de Serés, esa etapa entre dulce y rutinaria que confinó a Danilo en una comarca entonces muy cerrada al tránsito forastero, el poeta colaboró en una revista local de versos y melancolía que incluía cuentos y crónicas más o menos construidos con entusiasmo. La revista tuvo un solo número, el cero, y tardó varios años en componerse y llevarse a imprenta. Decir que se llevó a imprenta es demasiado solemne si tenemos en cuenta que sólo se imprimieron dos ejemplares y, hasta día de hoy, no hay datos que le atribuyan más de tres o cuatro lectores. Por lo dicho, una iniciativa así tenía que interesar forzosamente a Danilo Manso. De modo que, cuando le fue cursada una invitación para que se sumara al proyecto como colaborador, en contra de lo que se presentía, no se hizo de rogar. En ese ánimo colaborativo, tan alejado de las rumias introspectivas que desprenden algunos de sus poemas, intervino con toda seguridad su decidido propósito de incorporarse a lo real. De incorporarse por fin a una realidad en la que pudiera fusionarse como materia. Tal vez cansado de viajes, de dar tumbos y ser siempre un fugitivo de lo acechante y lo temporal, Danilo acordó un confinamiento territorial a través del cual pudiera trascender y enraizarse. Sabemos que no lo consiguió, pero hay pruebas, como la que ahora presento, que demuestran un honrado esfuerzo por intentarlo. Su sección reunía, a modo de antología, media docena de cuentos brevísimos de todas las épocas, seleccionados y comentados muy brevemente también por él. Ese apólogo al que hacía referencia al principio lleva por título Una buena protección, y Danilo presentaba a su personaje de esta manera: “La tradición cuentística de Oriente Próximo relata historias de un personaje ingenuo, en ocasiones estúpido, portador de todos los defectos del hombre, que da consejos tan absurdos como lógicos. Con nombres distintos aparece en recopilaciones turcas, persas, sírias o egípcias. El más conocido es el de Mulá Nasrudín. En la tradición popular judía el personaje se llama Ch’ha”. Y éste es el cuento:

Mulá Nasrudín estaba un día rodeando su casa con un círculo de migajas de pan. Un paseante se detuvo y le preguntó la razón de aquel singular proceder. 

-Es para protegerme de los tigres- contestó Nasrudín.

– Pero si aquí no hay tigres?

– Sí, dijo Nasrudín- ya ves que esto funciona.