Notas para combatir el aislamiento. Tercer jueves.

Hay libros que mueren en nuestras manos apenas nacer, al cabo de unos días. Libros que mueren sin ser enterrados piadosamente en estantes polvorientos, al lado de otros libros tambien muertos entre los que puedan encontrar el consuelo de los siglos vacios. Se dejan por ahí, en cualquier sitio, a la intemperie o no, expuestos en cualquier caso a una inclemencia injusta. La lluvia moja sus hojas y el viento las arrastra hasta el horizonte del olvido. Un libro es siempre el resultado de un parto doloroso, y si su destino ha de ser morir pronto, merece cuando menos un entierro digno. Además, dice mucho de nuestra humanidad lectora darles la oportunidad de la resurrección. Que estén en sus tumbas, tranquilos, alineados en la oscuridad hueca del estante sin la esperanza ya de nada, hasta que una mano redentora los devuelve de nuevo a la vida. A veces, la resurrección demuestra que aquel libro fue enterrado prematuramente, que el libro, aunque de un modo casi imperceptible, respiraba, pero le prestamos poca atención porque había mucho donde elegir. En el mejor de los casos, no lo dejamos ahí, tirado, en medio de la indiferencia y el desconsuelo. Con el tiempo, alguno de esos libros, desde su tumba, un día nos reclama sin que sepamos por qué. Lo cogemos, lo abrimos y sólo con leer un párrafo ya nos damos cuenta que los muertos éramos nosotros, que seguimos muertos y que es el libro el que ha venido a rescatarnos y no nosotros a él. Que esperaba este momento, aguantaba en su nicho la ágonica respiración de unas frases que quería entregárnoslas hoy, ahora, con una humildad que nunca aprendimos al leer. Ha venido a rescatarnos, qué ironía, justo cuando el viento nos arrastra también hacia un horizonte de pesar. Para que nos enfrentemos a él. Murió pronto, nada más nacer, pero viejo y arrugado, y lo enterramos sin más. Era sólo un libro.

Notas para combatir el aislamiento. Jueves

Al parecer, la gente de los huertos está cumpliendo rigurosamente el confinamiento. Son casi todos hombres mayores, jubilados que con toda probabilidad no sin amarga desazón se someten a restricciones tan severas. El huerto es su vida, y si este período de aislamiento se alarga más de lo deseable, a muchos de ellos el encierro en sus casas les convertirá en seres mustios y apáticos, algo que el trato diario con la tierra consigue evitar. Sólo a uno de ellos le he visto llegar alguna vez, bajarse del coche, abrir la puerta de la cerca y sin parsimonia, como apurado por una necesidad perentoria, mover unos cubos, desplazar unos troncos o cortar unas cañas y largarse. Un hombre, precisamente, acostumbrado a pensar de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente el crecimiento lento de una mata o el manso correr del agua en las acequias. O, apoyado en el extremo de una azada, penetrar con la mirada el aire, como si en él fuera a encontrar una desconocida semilla de sabiduria. Un hombre que no me cae ni bien ni mal porque es seco, frío y parco en el trato, pero que desde lejos, cuando centra su pensamiento en la resolución de algún misterio, cuando le veo desde lejos parado y sumido en un interior desentrañable, siento irresistible la tentación de acercarme a él y preguntarle qué piensa, qué imagina, que rumia. Hoy ha demorado más su tiempo porque cumplía un requisito tolerado. Quemaba, en el rincón más apartado de su huerto, unos rastrojos de humo horizontal y espeso que, fiel a su costumbre, atravesaba con su mirada de filósofo ausente. En otras circunstancias, el alcance indefinido de esa mirada podría traer a su cabeza, pongamos por caso, la desoladora plaga de langostas que asola África, sin yo sospechar remotamente nada. O algo más simple como, por decir algo, la construcción de un aforismo. Como otras veces, le habría observado y, desde lejos, seducido por esa pose de Aristóteles rural, reprimiría la curiosidad que me despierta su figura pensante. Pero hoy no hacía falta. Hoy, en estas circunstancias, su pensamiento era transparente, y ni siquiera el humo espeso y turbio de la hoguera podía encubrir esa única preocupación latente en todos nosotros.

Conocidos y saludados. 3

Este es un joven alto y delgado de palabras las justas y de cariño justo y contenido. Se sienta a la mesa a comer y come como los demás o más, quizás un poco más, pero no visiblemente mucho más. Nunca pide que le pasen el pan, ni el agua ni la sal. Alarga él el brazo y él mismo se sirve agua de la jarra y coge la sal o el pan o lo que tenga que coger. Muy raramente participa en una conversación. Se mantiene callado y digno en su silla y cuando lo cree conveniente activa el móvil. Lo apaga y lo deposita sobre la mesa si la tertulia entra en terreno deportivo. En ese caso, interviene con discreta pasión. Cuando el debate abandona esa senda y entra en una parcela que no es de su interés, lo que casi siempre ocurre, activa de nuevo el móvil y amasa pantallas. Antes de que la sobremesa termine, él ya se ha sentado cómodamente en un sofá y sigue sin inmutarse concentrado en su móvil, nunca más allá. En ninguna circunstancia, ni siquiera de un modo excepcional, ayuda a quitar la mesa. Entre sus reconocimientos está el de hombre trabajador y responsable, y es respetado por ello, quizá en demasía. En honor a la verdad hay que decir que lleva ese triunfo con modestia. Los halagos no le afectan, ni le alteran los escasos reproches que muy pero muy ocasionalmente afean su conducta doméstica. Arruga el morro, eleva un instante la vista desde el sofá en el que está sentado y sigue con su móvil. Según él, trabajando, haciendo dinero. Consigue, de ese modo frío y neutral, un tanto apático, mantener las distancias entre los que sienten cierto afecto hacia él y los que no le tienen ninguno. Para los primeros, es la clara manifestación de una persona segura de sí misma. Para los segundos, la prueba evidente de su indiferencia y su ingratitud. Hace poco, sin embargo, causó mucho desconcierto su modo de reaccionar. Cayó en la cuenta de que no llevaba el móvil y dijo hostias en voz alta, casi gritando, mientras al mismo tiempo daba un manotazo en la mesa. A continuación dijo que la comida no estaba muy buena y pidió a alguien que le alcanzara el pan, y luego el agua y luego la sal. A esto le falta sal, dijo. Y después se puso a discutir con éste, con aquél y con el de más allá, con el de más allá incluso de malos modos. Y a un niño, en tono tan impertinente como imperativo le mandó bajar el volumen del televisor y luego apagarlo. Cuando desde un extremo de la mesa, la persona de más edad reconvino su actitud, se levantó y cogió su plato y su vaso y lo dejó en el fregadero de la cocina. Estoy perdiendo un montón de dinero, imbéciles¡, dijo desde allí, completamente fuera de sí. Luego se oyó un portazo. La familia espera aún sus disculpas.

Crónica negra. La confesión. 3

Por eso digo que no fue el Damián, porque el Damián tuvo la idea enseguida, como él era, que era muy rápido en pensar lo que había que hacer. Pero el que entró en la casa fui yo, yo fui el que dió la patada en el ventanuco que gracias a que el viento empezó a arreciar aún más yo creo que fue por eso que no se oyó ná. Entré y a oscuras fuí tentando y toqueteando en el colchón por debajo y mira, muchas veces pasa que no das con lo que buscas aunque tengas toda la luz del día a tu favor pero otras, no sé por qué, tiene que ser la suerte, encuentras lo que quieres a la primera, y me dio un poco hasta la risa pensando que la maldad me daba un premio cuando tuve entre las manos aquel paquetón de billetes envueltos en un cacho papel marrón y áspero, como de tela de saco, que era lo que era. No lo conté ni lo ví cuánto había, pero yo creía que allí tenía que haber muchos jornales y muchos giros amontonaos, y hasta los recibos justificantes pensé que tenía que haber porque aquello hacía mucho bulto. Pero para salir salí por la puerta del corral, que estaba atrancá con un trozo grande de madera y me salté para la banda de un sendero de roca. Debió ser allí en un montículo que sobresalía por encima de otro corral que me debieron ver desde abajo, desde alguna casa a la contraluz de alguna estrella, digo yo, porque a esa hora todo eran sombras. Me verían pero luego se dijo y eso se creyó ya siempre, que era el Damián, porque teníamos ese parecido, y en la oscuridad más, y quedó la cosa siempre así, en esa sospecha, porque quién íba a ser si no. Así que desde la senda me fuí andando hasta coger el trozo de camino que va al cementerio, donde había quedao con el Damián para repartir, por la parte de la valla que da al molino. Y en cuanto me vió y antes de ver ni saber ná ya estaba diciendo que a él le tenía que tocar más porque a él se le había ocurrío y eso era lo que más valía. Entonces no sé que me pasó, que si sería porque llevaba el paquete pegao contra el pecho, por debajo de la camisa y muy ajustao que me tocaba casi el corazón que me entró un deseo que nunca me había entrao y le dije que no había encontrao ná, y que me tuve que salir corriendo por el corral porque oí que alguien entraba por el comedor. Yo ya me imaginaba que el Damián, como no es tonto, y de siempre me conocía muy bien como yo a él, no sería de creérselo. Y eso pasó, que me dijo empujándome contra la valla que me iba a mirar para ver si eso era verdad. No le dejé y yo también le empujé. Yo entonces y si hay Dios bien lo tiene que saber no tenía ná pensao en la cabeza, pero el Damián me empujó y yo le empujé otra vez y él al irse para atrás se torcería en una de las tantas piedras que había y cayó para atrás y la cabeza le chocó contra un saliente de roca. Muchas veces he pensao luego, porque he tenío tiempo pa pensarlo, de dónde me salió a mí aquella maldad tan mala, que debía creo yo tenerla muy adentro pa no verla como no la ví entonces. El caso es que viendo caído al Damián y ya herido cogí un peñasco de peso que había a un costao, y con todas las fuerzas que tenía que en ese momento eran muchas, otra cosa igual, le aplasté la cabeza como si fuera un melón. Cómo estaría tan fuera de mi control que todavía quería buscar otra piedra más gorda y estrellársela contra la cabeza otra vez. No era ansia tampoco de matar por matar, no sé cómo decirlo, fue una cosa que me salió que parecía que hasta no estaba siendo yo el que hacía aquello. En ese momento estaba como nublao, no sé, el caso es que ya la cabeza iba tan rápido que luego, esto también lo he pensao mucho después, yo creo que era así de rápido como íba muchas veces la cabeza del Damián, y que hasta en eso teníamos también la traza de ser hermanos. Así que me cargué con su cuerpo y como había en el cementerio muchas tumbas viejas sobre la tierra que a saber de quién serían ya aquellos huesos, sin cruces y sin señales ni ná, con una azada vieja que había apoyada en la valla de piedra, junto a la puerta, fui quitando la tierra de una y allí lo enterré. No recuerdo ahora muy bien si entonces emˋpezó también a llover, creo que sí, me parece que dije mejor, si llueve mejor, y me eché a andar por el monte sin un remordimiento ninguno y como si fuese al revés, como si por lo que había hecho me hubiese yo ganado un perdón, como cuando te sacas una china de la alpargata y sientes al final un gran alivio.

El viajero

El viajero entra en el pueblo por donde siempre, por donde entraba cuando era niño en algún verano y por donde todos entran, ahora en coche o a pie o a los lomos de un burro o de una mula antes, dejando la venta a la derecha y el río a la izquierda, una línea de agua escondida entre chopos por la que ya apenas circula como antaño vida alguna. Ahora entra el viajero mirando quizás con una curiosidad mayor el alcance de los campos abigarrándose en la vega, troceados, zurcidos y manoseados como un ajuar de rústicas sábanas. Dejando que la vista se nuble sobre el horizonte quebrado de aquellas lomas secas en las que se esconden los rumores aún latentes del hambre y la fatiga. Ahora es distinto. Ahora se sube por las calles sin la torsión y el peligro de piedras y cantos polvorientos, sobre el suave asfalto quemado el vehículo alcanza enseguida cumbres y miradores que en otros tiempos eran arduos o imposibles. El viajero llega a una plaza en forzado rectángulo que siempre le pareció fea y fría y desolada, circundada de remolques y pertrechos que le dan forma de coso, arenada toda ella con tierra traída de no sabe dónde para que los toros hinquen sus hocicos antes y después de ser mareados con alegría y cruel desenfado. El pueblo en fiestas. El viajero se siente allí extranjero, aunque no lo es. De la plaza hacia arriba y hacia abajo hay casas cuyas cortinas echadas en las épocas de más calor son como mantas de sombra y silencio, aromas secos y profundos que su memoria recupera en un instante y en un instante se vuelcan y se desmigajan solos, sobre el suelo de su extraña extranjería. Calles hacia arriba y hacia abajo y callejones y retorcidas y empinadas cuestas algunas de las cuales conservan aún el sudor de sus animales y el aliento cansado de sus campesinos. Recovecos rocosos que huyen hacia rocosas hendiduras por las que asoma una rala y humillada vegetación, esqueletos de tiempo, fósiles cenicientos en los que puede leerse la tardanza y la quimera. Restos, residuos de viejos corrales apresados entre rugosos riscos cierran sus salidas al mundo con maderas y travesaños inflados de agua y vueltos a secar por el frío cierzo, requemados y vueltos a quemar por el poderoso e inmisericorde calor de la llanura. Sobre las peñas y bajo las peñas y entre ellas, casas que fueron tumbas de pueblos hace siglos muertos resplandecen ahora en desordenado estilo con la cal fresca y nueva de los tiempos nuevos, vistosas fachadas de ladrillos, balconadas inéditas, enrejados primorosos y austera monocromía de tiempo detenido. Y arriba, en lo más alto de los montañosos cerros, ruina estricta en su definición, la torre de un siempre llamado castillo derrama su ciega mirada sobre el vallejuelo inalterado y magnético, olivos, almendros, explanadas extintas de mieses y sueños aventados entre sendas de tomillo y retama. El viajero desciende a pie ahora por una calle larga y tuerce y sube hasta una placeta con un centro de piedra y un banco contra la fachada de una casa, una de esas casas nuevas levantadas sobre las ruinas de antiguas viviendas con corrales y cuadras devorados por la oscuridad del tiempo. Sobre la casa que dicen que fue la suya y donde nació se levanta ahora ésta, pero el viajero no ve, no siente, y aunque quisiera sentirse parte no se siente parte ni halla sombras o arrimo de sombras que dibujen o trasmitan o deshagan su confusa convicción de forastero y errante. No halla nada allí en aquella casa enterrada aunque luche desde sus ocultos escombros la lenta y pesada memoria por emerger y agarrarse y sostenerse a algo vivo y presente.

Carpeta de sueños. 5

Me llama Pau para decirme que le lleve en un camión, que el pueblo le ha echado. Cuando llego está en su casa delante de un porche alto como el de una catedral, vestido con un abrigo largo de militar que le llega hasta los pies y un gorro ruso. Por los bolsillos del abrigo asoman manojos de tomates y berenjenas. Me enseña el terreno seco y pedregoso donde tiene ajos plantados y extiende la mano hacia la linea del horizonte, de la que cuelgan barbas puestas a secar. Y aquí quiero construir un colegio suizo, me dice, poniendo la mano sobre un mapa extendido en el suelo. Es mejor que no te vean mucho, le digo yo entonces, no sea que te pidan más petróleo.

Me invitan a la inauguración de un pantano lleno de sopa hirviendo al fondo de un valle. Hay una larga cola de hombres con abrigos negros entre los que están mi tio José y el escritor Enrique Vila-Matas. Llevan bajo el brazo una olla y en la mano un cazo con agujeros. Sobre las aguas del pantano flotan muebles y enseres domésticos y abajo, al otro lado del muro, hay un campamento de gitanos con burros en torno a una hoguera gigantesca. Es la realidad, me dice Vila-Matas, señalándome la nieve que cubre sus zapatos. Mi tío se quita la boina y me arrastra de la mano hasta una garita de piedra donde venden pollos. Toma, coge, a ver si esta semana nos toca la quiniela, me dice, agitando frente a mí la boina llena de papelitos.

Mi hermana Angelita está en un patio llenando un barreño de agua. Sobre la valla de ladrillo que limita con un descampado hay una hilera de enanos de piedra escrutando el horizonte. Me siento en un diminuto taburete de corcho a su lado y le digo que el vino que hice ayer está lleno de errores. Ella entonces se pone de pie y da vueltas con un palo a un montón de trapos que acaba de meter en el agua. Esto no nos lo vamos a poder comer nunca, me dice, llevándose a la boca un trozo de madera enrrollado en una cuerda. “Haz el favor de no comerte eso o se lo digo a madre”, le digo, muy enfadado.

 

La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

Despertares. 1

Te levantas con la sensación de que un terremoto en el interior de tu cuerpo ha desplazado sus órganos. Te sientas en la cama con cuidado y aprisionas la cabeza entre las manos, también con cuidado, mientras inícias unos lentos ejercícios de respiración. El amanecer es brumoso y gris, la luz aún escasa, la masa boscosa extiende más allá de las alambradas sus sombras impenetrables. Tienes taponados los oídos. Abres la boca y la cierras con fuerza con el fin de hacer saltar algún resorte que te libere de esa prisión. El corazón te late, pero un poco más a la izquierda, un poco más abajo de su lugar habitual. Hoy todavía no ha venido el mirlo a picar contra la ventana. Buscas las gafas sobre la mesita de noche pero no las encuentras porque estás sentado sobre ellas. Respiras pausadamente otra vez, mueves la cabeza a izquierda y derecha y te pones en pie. Los pies están en los pies, la  cabeza aún sobre sus hombros, o eso crees. Te tambaleas ligeramente hacia la izquierda. Vaya. En contrapartida, el corazón, con ligeras arritmias, vuelve a emitir sus latidos desde su centro original. Un primer pensamiento agorero practica ejecícios de vuelo en torno a tu desequilibrio interno. Tambaleante, también, como tú, busca una salida eficaz hacia la luz lenta donde anhela posarse y enturbiarla. Torpemente, le cierras la salida a medias y enciendes la radio: buenos días, son las siete de la mañana, las ocho en Canarias, el pueblo de Madrid ha culminado con éxito el asalto a la Bastilla. Como resultado de los incidentes, cuatro reos han sido liberados y muerto de un disparo el alcalde de la Villa, cuya cabeza cortada se exhibe a estas horas clavada en una pica. Ampliamos la noticia en unos minutos.

Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.