Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

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El piso ciento y pico

A E, esa forma segura y rápida de subir le aburría. Reconocía el mérito de HR, que, en cuestión de semanas, había dado un impulso extraordinario al ascenso. Sin apenas esfuerzo, los pisos se sucedían unos a otros a velocidad de vértigo. Quince, veinte, treinta, ya había perdido la cuenta. Sin duda, era meritorio, pero también aburrido. Para HR no, porque, mientras tanto, aplicaba cálculos rentables a corto plazo, perfeccionaba los sistemas de riego y registraba minuciosamente el avance de los edificios más altos, cuyo ascenso duplicaba el suyo con materiales a simple vista más endebles. Eso, a HR, le tenía permanentemente preocupado. Pero E se aburría. La nueva aplicación permitía un ascenso riguroso y automático. Abajo, la hierba crecía a ritmo constante alimentada por los aspersores binarios y el control ordenado de los materiales necesitaba una atención mínima. Pensaba dejarlo. Si el sistema no fallaba, HR podría subir solo, sin su ayuda. Ahora, la altura alcanzada permitía ver más lejos, y más allá de ese horizonte flanqueado por edificios resplandecientes, se atisbaba la destrucción que el cansancio o la falta de éxito habia provocado en tantas ambiciones: edificios altos o más altos que el suyo, abandonados a sus suerte, caían solos formando ruinosas montañas de desolación y tristeza. Si la disciplina se mantenía, eso no les pasaría a ellos. HR podría seguir así siempre, pero E se aburría. Con la vista fija en aquel insólito paisaje de escombros y ruinas, E se quedó un momento pensativo. ¿Acaso no era también su aburrimiento un signo de desolación y fracaso? Si el sistema era bueno, como el mismo reconocía, ¿entonces era él?, ¿el aburrimiento era una cosa de él? Antes de dejarlo, hablaría de ello con HR.

Y treinta y dos

La cama es pequeña, el colchón es ligero, las sábanas se salen y dejan los pies al descubierto. He pasado la noche más o menos bien, con el susurro martilleante y amortiguado de un generador o un aparato eléctrico de gran potencia funcionando a pleno rendimiento, en algún remoto lugar de esta casa de más de quinientos metros habitables. Un mal olor puede llegar a hacerse soportable, pero un ruido regular y constante alecciona nuestra irritación. No importa. El ambiente es más frío aquí, la luz más tímida y las vistas más aburridas. No importa. Tengo dónde sentarme cómodamente y una mesita sobre la que apoyar los pies y el mando a distancia de la tele. El escritorio, blanco como el color de una antígua colonia, hace juego con los bolígrafos que no tengo y las libretas que guardo en el cajón. Si me siento bien, con la cabeza previamente apoyada en el respaldo de la butaca, puedo incluso pensar mejor sobre el frío que está haciendo estos días y el inolvidable calor del verano pasado. Pensamiento y memoria juntos, qué más se puede desear.

No pocas veces los pequeños afectos y los apegos lastran la urgencia y la necesidad de un cambio. Yo mismo, sin ir más lejos, de haberme aferrado a la cama y a la luz de la otra habitación, no hubiera dado el gran salto hasta esta butaca pródiga en impaciencias y desasosiegos.

Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”

Veintitrés

Para colmar una vida de materia narrativa no basta con salir de la rutina. Para salir de la rutina basta con adelantar una hora los quehaceres cotidianos, cambiar la disposición de las intenciones o renovarse más a menudo el DNI. Salir de vez en cuando de la rutina es provechoso si todavía no hemos perdido una mínima capacidad de asombro. La vida, desprevenida, regala pequeñas sorpresas en forma de emociones alentadoras o de pensamientos reparadores. Lo que complace es la novedad. Un negro tristemente esposado en una comisaría no es alentador, pero desencadena reflexiones compasivas o reacciones indignadas. La realidad cotidiana pliega sobre sí misma infinitos negros tristemente esposados por el rigor de nuestros horarios o nuestros afanes insustanciales. Desdoblar esos pliegues puede convertirse en un juego con el que ahuyentar el hastío o el tedio, pero no llenará de materia narrativa nuestra vida. A la visión del negro esposado sobrepondrá nuestra imaginación la secuencia de un furgón que, en la silenciosa mañana, lo traslada a un recinto carcelario donde permanecerá sin libertad hasta ser un día expulsado. Y ahí se queda, el negro, en ese otro pliegue sombrío que no detiene nuestro derrotero banal.

Veintidos

Por lo visto, la identidad la conforman estos tres objetos de amor, según el filósofo argelino Sidi Mohamed Barkat: la pertenencia a una comunidad nacional, a una civilización y a un territorio. Entonces es que no puede hablarse de la individualidad del sujeto sin el marcaje de lo colectivo, y que ese sentimiento de desarraigo que desde el início de los tiempos arrastro, ese impulso nómada que deja atrás territorios y afectos, ese vacío de emoción ante las gestas de la patria indican que ni fuí ni soy nada. O, pura y simplemente, que no hace falta que me renueve el DNI.

Veintiuno

Para renovar el DNI me hacen falta dos fotos, con el miedo que me dan. Ahora me veré en la obligación de observar mi rostro, de observar en él las huellas que deja el paso del tiempo, de comprobar si permanece o no intacta mi identidad en esos ojos interinos, que las arrugas en el cuello ya estaban en mí cuando todavía no eran, que he venido a parecer lo que estaba previsto que fuera. El paso del tiempo tiene en la fotografía uno de sus aliados más implacables. La realidad asusta menos que su reflejo o, mejor dicho, que su fijación. Pese a que huyo de mi rostro cada día, a que evito mi mirada en el espejo, cada vez que caigo dominado por su encantamiento un coyuntural estado de ánimo positivo puede ayudar a conjurarlo. Como instrumento para medir los estragos que el tiempo ejerce sobre nuestros rostros, el espejo es menos intimidatorio porque su bondad consiste en reflejar lo inmediato, es una realidad que refleja lo que somos en una dimensión paralela. La fotografía, sin embargo, es rotunda, y si provoca en nosotros ese temor al tiempo que ha pasado es porque nos hace recordar cómo éramos antes. El espejo, no. Su artifício es tan reversible que a veces hasta nos refleja más jóvenes, da un paso atrás en el tiempo. Por lo demás, la diferencia entre esas dos miradas es una cuestión de grueso matiz: en el espejo tememos ver lo que somos. En la fotografía, lo que hemos perdido.

Dieciséis

Por la mañana, resuelvo desayunar en esa cafetería neutra donde el café lo sirve una muchacha tímida y sigilosa. Las revistas, invariablemente atrasadas, hablan del corazón. No hay periódicos ni música. El local está casi siempre vacío. Me siento al fondo, pegado a la pared, y si me gusta ir allí cada cierto tiempo no es por los pequeños y económicos bocadillos de jamón que tan espléndidamente preparan, sino por leer a Alejandro Rossi, para llenar ese espacio de silenciosa y aséptica rutina con sus inteligentes distracciones. Es mi performance particular, siempre el mismo libro. Si leyera a Borges, también me lo pasaría bien aquí. Los dos compiten en inteligencia y en síntesis. Sin ser iguales, construyen sus prosas con cálculo hermoso y desenvuelta erudición. Y por la elegancia y la pulcritud de la frase, que resume conceptos y minimiza descripciones, los dos abocados al formato breve. Por eso me gustan. Si hubieran escrito novelones, no les invitaría a desayunar aquí.

Por la tarde, en la tienda, dedico las horas al estudio y la investigación del paso del tiempo.

Escrito a mano. Los Medrano.

La casa de Los Medrano no tenía mesa camilla. Allí usaban el salón. En aquel salón aprendimos a ensuciarnos un poco por dentro los amigos, bajando de los estantes impolutos un libro gordo y pesado con ilustraciones informativas sobre sexo y procreación. Cuando se quedaba solo, Camilito nos llamaba a los tres y los tres acudíamos, veloces y excitados. Sin embargo, aquel primer idilio con la pornografía cientifica no nos ensuciaba tanto como queríamos. Por el ambiente. Era un ambiente aséptico y ordenado que ni inspiraba ni sugería lo que deseábamos desentrañar. La señora Flora y el señor Camilo cultivaban con ambición legítima un modo fino y educado de pobreza que contradecía nuestro contexto social. La señora Flora se dirigía a nosotros con respeto y amabilidad, eso siempˋre, pero marcaba, probablemente sin pretenderlo, o sin pretenderlo del todo, una frontera en el aire, un signo invisible de algo que nos distanciaba, un rango. Traducido a términos inexactos, una élite: desclasada, rebajada o condenada a una vida menestral. De aquel fingido status quedaba en la señora Flora un triste remilgo en la manera de vestir y en el andar, algo miedoso o preventivo, poco acostumbrado a los charcos embarrados. Sin duda, la parte alta de ese matrimonio simbiótico era la señora Flora. El señor Camilo tenía cuerpo y sonrisa de pícaro bonachón, de hombre tranquilo que viene cansado de la fábrica, con la cabeza puesta en los números de los negocios que más tarde emprenderá. Era callado, o poco hablador, y solo a través de una mirada finamente velada por un recóndito secreto trascendía su inteligencia natural. A veces, con aquella pose desganada válida para un hola y un adiós, parecía un agente de la clase media infiltrado en el extrarradio, o, yendo aún más lejos, un banquero sin puro disfrazado de comunista en la clandestinidad. No lo sabíamos. No sabíamos lo que teníamos que saber. Luego vimos que, sin perder la sonrisa ni el aire bonachón, tuvo garage y coche grande y autonomía empresarial. El libro gordo debió de formar parte de ese pasado misterioso y ambiguo que la apariencia de Los Medrano configuraba. Tampoco sabíamos, ni nos lo preguntábamos, si era una manda que la parte alta de la señora Flora legó al matrimonio o un artículo confiscado por el señor Camilo en alguna turbia operación. Da igual, estaba allí, en el estante aséptico e impoluto, y en sus asépticas páginas los asépticos dibujos de los órganos genitales nos dejaban casi indiferentes, casi decepcionados, con la excitación desinflada y la conciencia sucia de tanta limpieza. De modo que aquél era también un libro falso, solapado, como la doble apariencia de sus dueños, pero nosotros nunca supimos encontrar su lado guarro. Y mira que lo intentábamos.