Diecinueve

Hace tiempo que Amina no venía. Me ha dicho que estaba trabajando en X, haciendo jornales. No le desaparece del rostro, con todo, el pesar y la incertidumbre. La tristeza. A veces, cuando me habla de sus cosas, me da la sensación de que espera encontrar en mí una ayuda que resuelva en parte esa incertidumbre y ese pesar. Pero yo no sé cómo. La última vez sacó una carterita del bolso que siempre le cuelga del hombro y me enseñó algunas fotos. De ella y de sus dos hijos, que están en Marruecos, con su madre. En una de ellas Amina, más joven pero no menos guapa, posa sonriente, envuelta en velos. El escenario son los espejos y el modesto mobiliario de la peluquería que regentaba en Larache. La relación con su marido es turbia porque me da a entender que no lo es, pero no revela más detalles y está en su derecho. Yo me hago cábalas y deduzco narraciones paralelas que vale más que permanezcan en secreto. Sé, porque me lo dice ella, que su situación crea muchas dudas entre los paisanos que la conocen, y me imagino que para sobrevivir tiene que guardar celosamente esa parte de su vida. A mí me dice que se separó de su marido, pero no consigo hacer encajar ese relato en su contexto cultural. Barrunto que hay detrás un drama complejo y doloroso, pero no me meto.

Once

El hombre que ayer por la tarde entró en la tienda llevaba dos bolígrafos en la mano, uno azul y otro rojo. Al princípio, me asustó. Abrió la puerta despacio, la cerró suavemente y luego se abalanzó hacia el mostrador, donde yo estaba. Una vez frente a mí, esbozó una sonrisa franca y confiada y agitó los dos bolígrafos en el aire. Le dejé hablar. Se presentó como un honrado trabajador golpeado por la crisis. Desde que cerró su empresa, algo más de un año, trabaja donde puede y como puede. Ahora atraviesa un crítico momento sin dónde ni cómo. Va de aquí para allá, se hospeda en albergues municipales y come en comedores solidarios. Con los bolígrafos se gana algo. Tiene familia pero no quiere saber nada de ellos. No le comprenden. Su actual compañera, una mujer de cuarenta y dos años sin trabajo como él y con la que le gustaría compartir su vida, es una buena persona, aunque sus hermanos digan que no. Si tuviera trabajo, podría alquilar un piso y llevarla a vivir con él. Sus hermanos dicen que ella es la mujer que ha echado a perder su vida, que es mejor que se olvide, que la deje y que se olvide. Sus hermanos dicen que las mujeres ahora sólo buscan su propio interés. Que no sea tonto. Dicen que la mujer de la que él está enamorado es una caprichosa, y eso no es verdad. Bebe los vientos por él. Por eso no quiere saber nada de ellos. Para él, la familia es una mierda. Bah, la familia. No tiene una sola cosa buena que decir de la familia. Le dije que yo estaba empezando a escribir de la mía por orden alfabético. Ah, entonces no le vendrán mal un par de bolígrafos! Es la voluntad.

Dos

Coincidí el domingo con X en casa de mi hermana. La presencia de X me alegra y me es indiferente a partes iguales. Me alegra porque es una mujer de entusiasmo casi permanente y cariñosa en las formas, sensible y creativa. Como me ocurre con otras, la amistad de X no es ni una elección personal ni una imposición ajena. Entre los dos no ha cristalizado un afecto que nos impulse a llamarnos o nos obligue a interesarnos el uno por el otro. Hay un afecto construído sobre la base de una buena voluntad de sentimientos, ciertas afinidades y el reconocimiento mutuo de una ausencia de maldad. Nos vemos cuando nos vemos y punto. La indiferencia que me provoca deriva de su marcado egocentrismo, superior a la suma de su entusiasmo, el cariño y la sensibilidad que la distingue. Paradójicamente, ese rasgo de su personalidad la convierte en una persona fría y desinteresada. La contradicción es tan irresoluble como real. X es generosa, desprendida e inquieta en la medida en que lo requiere su entusiasmo, pero en torno a su persona ha trazado un círculo de prioridades que empiezan y acaban en ella misma. Los asuntos de los demás, los proyectos, los planes, las intenciones o los deseos de los otros, tengan la importancia que tengan, ocupan un mínimo espacio en el périmetro de sus preocupaciones. Por todo ello, cuando la veo, me alegro, pero si no la veo, me da igual.

(B no provoca, asiente a todo, no se enfada con nada. Dice sí o dice no, lo que su interlocutor desee, le gusta complacer. En ocasiones, casi siempre, si alguien le ofende -hay mil maneras diferentes de ofender- no se indigna, no protesta, no lucha, adopta una posición pasiva y comprensiva, se esfuerza -eso dice él -en empatizar. B es cordial, afectuoso, mantiene por lo general un trato formal y accesible, habla lo justo pero a veces no escucha o parece no escuchar. Sin embargo, es atento y considerado y siente preocupación y sincero interés por los demás. Por sus amigos y por quienes no lo son. B es una persona que no desea mal a nadie y pese a aquella cuestionable indolencia ante los ataques a su persona, no es esencialmente indiferente ante las ofensas a los otros, más bien al contrario, porque reconoce en esas afrentas el abuso y la injustícia y se rebela, se pone del lado del ofendido e incluso delante, sin temor. B y yo, aunque nos vemos poco, nos tenemos cariño y respeto, pero me pasa con B lo contrario de lo que me pasa con X cuando coincidimimos en la casa de algún amigo común. B carece de entusiasmo, de alegría y no pocas veces de vitalidad. Le llamo poco, es verdad, y él a mí menos, pero ambos sabemos que de manera recíproca están nuestros pensamientos conectados. Sin embargo, cuando de tarde en tarde nos encontramos y conversamos, me invade un agonizante y culpable sopor. Sin que se sienta ofendido -hay mil maneras- podría decirle que me aburre, si no fuera porque a lo mejor -me pongo en su lugar- el aburrido soy yo.)

La Diada, la fiesta de la nación catalana. Yo no tengo patrias a las que celebrar. Me apunto a un verso de García Montero: vivir es ir doblando las banderas.

Uno

Por la mañana, se me acumulan las visitas. A la tienda ha regresado otra vez esa temporada poco deseable que ejemplifica la crisis. Los colegios tienen sus gastos, la lluvia pide zapatos nuevos, ropa de abrigo, no hay dinero para caprichos. Así que una mañana como la de hoy está bien para recibir visitas. A M, que hoy descansa de su trabajo, le forraré una mesita con papel japonés para que ponga encima su pequeño televisor. Amina tiene hoy el semblante oscuro, la disposición cansada. Se echa sobre el mostrador como si se tumbara sobre la arena del desierto, a la sombra de una roca calcinante. Lleva un caftán de paño recio, bermellón, y un pañuelo negro que ensombrece aún más su ánimo. Hoy no bien, me dice, y arranca a relatarme su pesar con las cuatro pedregosas palabras de castellano que conoce. No trabajo, no bien en casa con marroquina, difícil, vida dura. Para disimular que está confesándose con un infiel a los ojos de algún paisano que pasa frente a la tienda, mira los anillos, se los prueba, amaga algún disimulado comentario. Siempre lo hace. Aparece, a última hora, una mujer que está ya a punto de aburrirme. Bien pintada, bien vestida, obesa y reluciente. Sin trabajo. Me dejó, pese a sus reticencias, sus books, “por si alguien estuviera interesado”. Son acuarelas pintadas con poca destreza, con voluntad de gusto, pero de resultados raquíticos. Me parecía inncesario declarar con sinceridad lo que sentía hacia esos trabajos, pero supe encontrar la manera de decir que no me interesaban. Insistí en rechazarlos y durante algún tiempo lo logré. Que no me pregunte nadie por qué los tengo ahora al fondo de mi cajón, porque no lo sé. Así que, de vez en cuando, me pregunta por ellos y, últimamente, me pide dinero prestado. Yo se lo doy. Hay en esa mujer un fondo seguro de honestidad que convive a disgusto con la falsa mundanidad de su estilo. Y tiene algo de áspero y empalagoso, de pastel seco y duro. La frecuencia de sus visitas empieza a incomodarme.

Bando

El verano se acerca y las ocupaciones que impone también, de modo que para dedicarme a ellas y mantener activo este blog, he preparado un cuaderno de verano especial que empezaré a publicar en un par de semanas, con programa automático. Así me dejo de lios. A lo largo de estos meses aparecerán a un ritmo de tres posts por semana entradas de un diario escrito entre los años 2009-2010. Es un diario personal de perfil bajo porque no compromete seriamente a terceros y donde el narrador aguanta respirando plácidamente en la superficie. Algunos de esos fragmentos, pocos, ya se han publicado anteriormente en este blog; eso da una idea de lo que en líneas generales aquellos que estéis interesados en leerlo vais a encontrar. La mayoría de las entradas se escribieron en la tienda de artesanía que durante ese período mantuvo ocupado al autor y aparecerán, cuando inicie su publicación, numeradas correlativa y cronológicamente, lo que no supone que un día determinado dé paso al siguiente en el calendario. Os deseo por adelantado un feliz verano.

Danilo Manso lo deja

En sus aspectos esenciales, los del vicio, Danilo Manso era un incorregible. El tabaco, la bebida y la escritura podían siempre más que él. Era, por lo que sabemos, un hombre de voluntades interesadas, como en general casi todos los hombres. Pero él más. Y, cuando se le antojaba, persona de variables opiniones, según su estado de ánimo. “A partir de mañana, lo dejo”, solía decir o escribir en las dispersadas hojas de su diario, algunas de las cuales han sido desafortunadamente halladas. Se refería al tabaco que le entumecía, a la bebida que le entristecía y debilitaba o a la escritura que le elevaba o que le deprimía. Tardaba en dejarlo, tardaba ese mañana en llegar, pero llegaba. Y lo dejaba. Naturalmente, ninguna de las tres cosas a la vez, ni para siempre. Sabiamente, las iba alternando. De la época más larga y más oscura, en la que fumó y bebió como un cosaco, el testigo más fiable de su obra es el silencio. En algún lugar debió decir que mañana lo dejaba y la promesa la cumplió. Queremos imaginar que durante ese tiempo Danilo alimentó la ingenua ilusión de haberle dado esquinazo a la literatura, de haberse liberado, sin ayuda de terceros, del espantoso vicio de escribir, “el más espantoso de los tres”, como nos consta que alguna vez escribió. Ahora sabemos que no. El siguiente fragmento, enviado a mi correo por un anónimo amigo de mi juventud, demostraría que para Danilo, además de espantoso, el de escribir era un vicio preñado de fatalidad. No es un texto bueno, ni siquiera un texto pasable, pero encontramos en él las primeras señales de aquel espanto y la primera tentativa de eludirlo, cuando no la perdonable vanidad de un poeta que, para convocar la atención que no tenía, proclamaba una y otra vez su renuncia imposible. Para los adictos a Danilo, la nula importancia del texto es irrelevante: su valor es puramente testimonial.

“El deber es rellenar esta página. La disciplina exige ese mínimo esfuerzo. Me gustaría saber por qué. Por qué me empeño tanto en hacer algo tan inútil como escribir una página absurda. No tengo nada que decir, disciplina para no decir nada, esfuerzo para extraer nada de la nada. Absurdo. Preso de una agonía creativa, falto de luz, escaso de aire, cuando podría vivir feliz si no pensara tanto en ello. La escritura no tiene por qué ser mi tabla de salvación, pero me agarro a ella, (al esfuerzo, esfuerzo?) como si fuera la única posibilidad que tengo de trascender mi inutilidad. Ya es hora de que abra los ojos. A partir de mañana, lo dejo.”