Veintitrés

Para colmar una vida de materia narrativa no basta con salir de la rutina. Para salir de la rutina basta con adelantar una hora los quehaceres cotidianos, cambiar la disposición de las intenciones o renovarse más a menudo el DNI. Salir de vez en cuando de la rutina es provechoso si todavía no hemos perdido una mínima capacidad de asombro. La vida, desprevenida, regala pequeñas sorpresas en forma de emociones alentadoras o de pensamientos reparadores. Lo que complace es la novedad. Un negro tristemente esposado en una comisaría no es alentador, pero desencadena reflexiones compasivas o reacciones indignadas. La realidad cotidiana pliega sobre sí misma infinitos negros tristemente esposados por el rigor de nuestros horarios o nuestros afanes insustanciales. Desdoblar esos pliegues puede convertirse en un juego con el que ahuyentar el hastío o el tedio, pero no llenará de materia narrativa nuestra vida. A la visión del negro esposado sobrepondrá nuestra imaginación la secuencia de un furgón que, en la silenciosa mañana, lo traslada a un recinto carcelario donde permanecerá sin libertad hasta ser un día expulsado. Y ahí se queda, el negro, en ese otro pliegue sombrío que no detiene nuestro derrotero banal.

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Veintidos

Por lo visto, la identidad la conforman estos tres objetos de amor, según el filósofo argelino Sidi Mohamed Barkat: la pertenencia a una comunidad nacional, a una civilización y a un territorio. Entonces es que no puede hablarse de la individualidad del sujeto sin el marcaje de lo colectivo, y que ese sentimiento de desarraigo que desde el início de los tiempos arrastro, ese impulso nómada que deja atrás territorios y afectos, ese vacío de emoción ante las gestas de la patria indican que ni fuí ni soy nada. O, pura y simplemente, que no hace falta que me renueve el DNI.

Veintiuno

Para renovar el DNI me hacen falta dos fotos, con el miedo que me dan. Ahora me veré en la obligación de observar mi rostro, de observar en él las huellas que deja el paso del tiempo, de comprobar si permanece o no intacta mi identidad en esos ojos interinos, que las arrugas en el cuello ya estaban en mí cuando todavía no eran, que he venido a parecer lo que estaba previsto que fuera. El paso del tiempo tiene en la fotografía uno de sus aliados más implacables. La realidad asusta menos que su reflejo o, mejor dicho, que su fijación. Pese a que huyo de mi rostro cada día, a que evito mi mirada en el espejo, cada vez que caigo dominado por su encantamiento un coyuntural estado de ánimo positivo puede ayudar a conjurarlo. Como instrumento para medir los estragos que el tiempo ejerce sobre nuestros rostros, el espejo es menos intimidatorio porque su bondad consiste en reflejar lo inmediato, es una realidad que refleja lo que somos en una dimensión paralela. La fotografía, sin embargo, es rotunda, y si provoca en nosotros ese temor al tiempo que ha pasado es porque nos hace recordar cómo éramos antes. El espejo, no. Su artifício es tan reversible que a veces hasta nos refleja más jóvenes, da un paso atrás en el tiempo. Por lo demás, la diferencia entre esas dos miradas es una cuestión de grueso matiz: en el espejo tememos ver lo que somos. En la fotografía, lo que hemos perdido.

Veinte

Como D y C hacen tanto ruido en la cocina y me despiertan, decido abandonar la cama y entrar en la ducha. Luego, cuando ya se han ido, me preparo tranquilamente el té y desayuno al calor del tibio sol que inunda la cocina. En una revista leo el fragmento del viaje de un tal L. Simon a bordo de un velero. No soy de mar, pero anhelo aventuras cuyo trazado puedan convertirme en otro. La literatura hace posible ese cambio de realidad, pero la materia narrativa está en el agua. Si fuera de mar le pediría a Kike, mi cuñado, que me llevara con él, en su barco de verdad, a escribir esas páginas. Pero para ello necesitaría primero renovar el DNI que hace algunos años me robaron y comprobar si aún sigo siendo el mismo de antes. Mientras me dirijo a la comisaría intento recordar qué fuí yo antes de lo que soy ahora, dónde vivía y a qué inútiles trajines me dedicaba. Para qué, si no fuera posible algún día navegar, contra viento y marea, necesita uno un carné de identidad. Para qué, para cambiar la titularidad del coche que me dieron T y C? Para eso sólo no hace falta tener identidad. La identidad hay que tenerla cuando menos para atravesar de parte a parte un océano. Las vidas grises, las existencias mediocres, los hábitos y costumbres rutinarios se acomodan perfectamente al anonimato. El desarraigo, el destierro y el exilio la precisan. La vida nómada, también. Una identidad que el viento difunda por las cuatro esquinas de la realidad y el sueño, que la haga visible. Una identidad sin rostro, sin firma, sin oficio. Sin plástico.

Dieciocho

Me relajé anoche viendo un poco de televisión. Una orquesta de músicos con una cantante de larga melena al frente magnetizó mi oido y mi mirada. Eran Pink Martini. Interpretaban la canción Tiempo Perdido, un tema tristemente dulce y melancólico que me acompañó en los aciagos días de S, cuando en mi corazón resonaban los ecos de un caballo desbocado por la decepción y el dolor. Por entonces yo ignoraba el título y la letra de aquella canción, pero era un refugio de belleza y un pañuelo cálido con el que aliviaba mi pesar. Ahora sé también que era el emblema de una despedida, la divisa de una historia de amor con un triste final. Un tiempo perdido. Lo sé ahora, lo supe anoche, viendo un poco de televisión.

Trato de imaginar la ciudad donde esa mujer vive, las periferias desoladas, las largas avenidas de luces amarillas, los parques vacíos, la noche fría, el portal oscuro…Subir las escaleras angostas me cuesta, me agota la humedad del aire viciado, los rellanos malolientes, la vigilancia de los ojos…Abrir la puerta es fácil, y es franca la entrada, que tiene una alfombra raída de recio bermellón. En el pasillo, al fondo, una luz blanca decide por mí. La puerta, despintada, deja pasar un delgado mensaje de sombras, la cama está deshecha, las ventanas cerradas. La mujer ha escrito algo en ese papel que ahora tengo en mi mano, unas palabras donde la urgencia de la ausencia no se concreta. Hay unas bragas en el suelo, al fondo, en un rincón donde a veces duerme un gato. Por encima de la noche planean silenciosos los sonidos urbanos. La sombra de sus alas adormece mi determinación. Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Sueño otra vez con su cuerpo. Hoy no vendo nada.

Diecisiete

Para bien o para mal, soy aficionado a esa clase de películas de carácter intimista en las que la música, el silencio y los breves diálogos demoran la belleza de las escenas sin alcanzar un éxtasis. Dicen que en cierto cine francés esa belleza arriesgada hasta el límite es una seña de identidad reconocible. Por desgracia, me faltan ejemplos. Más allá de ese umbral que marca el riesgo calculado, una sencilla historia de amor rica en matices sensoriales pierde su gracia original: la atmósfera se espesa, fermenta, se enturbia la luz. Los diálogos se oscurecen. Si su estructura narrativa es sólida, la película no se derrumba. Si está bien urdida la trama, no se desvanece. Si los personajes se quieren, el amor no se gasta. Y pese a todo, nada puede ya salvarnos del aburrimiento. No sé qué tiene que ver todo esto con la película que ayer ví en el Auditórium, pero de Tres días con la familia, la ópera prima de Mar Coll, dicen sus críticos que bebe del cine francés más reciente. Aquí, en la historia de Lea, una joven estudiante que regresa a casa al entierro de su abuelo, hay también una historia de amor no narrada que esconde sus dramas bajo el llanto de una almohada. Pero es una historia periférica, como las que viven sus personajes, ocultos en un juego permanente de apariencias e imposturas. El retrato es el de una familia de la burguesía catalana de sentimientos envasados al vacío. En la película no hay trama, los personajes generan secuencias encadenadas en torno al hecho luctuoso que los convoca, observan complacientes el engaño de los rostros que los reflejan. Bien vestidos, circulan en torno al muerto en el velatorio, en el funeral, en el entierro y en los postres, mientras la mirada de Lea los desnuda. Y sí, hay diálogos que son breves y no matan, silencios que llenan a medias un vacío necesario y música que irrita cuando el corazón no la pide. Pero no aburre. No da tiempo. Todo aquello que ocurre en una hora y quince minutos puede ser hasta divertido. Incluso un entierro.

Dieciséis

Por la mañana, resuelvo desayunar en esa cafetería neutra donde el café lo sirve una muchacha tímida y sigilosa. Las revistas, invariablemente atrasadas, hablan del corazón. No hay periódicos ni música. El local está casi siempre vacío. Me siento al fondo, pegado a la pared, y si me gusta ir allí cada cierto tiempo no es por los pequeños y económicos bocadillos de jamón que tan espléndidamente preparan, sino por leer a Alejandro Rossi, para llenar ese espacio de silenciosa y aséptica rutina con sus inteligentes distracciones. Es mi performance particular, siempre el mismo libro. Si leyera a Borges, también me lo pasaría bien aquí. Los dos compiten en inteligencia y en síntesis. Sin ser iguales, construyen sus prosas con cálculo hermoso y desenvuelta erudición. Y por la elegancia y la pulcritud de la frase, que resume conceptos y minimiza descripciones, los dos abocados al formato breve. Por eso me gustan. Si hubieran escrito novelones, no les invitaría a desayunar aquí.

Por la tarde, en la tienda, dedico las horas al estudio y la investigación del paso del tiempo.

Quince

Esta tarde he ido a la estación de autobuses a hacer retratos de mujeres. Es un viejo proyecto que inicié en Montevideo, en la terminal de Tres Cruces. Mientras esperaba la llegada del colectivo, tomaba como modelo la mujer que esperaba frente a mí y la describía a mi manera, esperando que el perfil que diseñara inspirara a su vez una historia, una escena o una secuencia y su potencial desarrollo. Esos apuntes, pocos, están ahí, en una libreta que contiene inutilidades diversas. Con ese fin, el de recuperar aquel viejo proyecto, he ido esta tarde a la estación de autobuses de T. Luego he caído en la cuenta de que es una iniciativa tonta. Cuando estaba de viaje, encontraba natural apuntar y escribir de todo aquello que encontraba al alcance de mi mirada. El contexto lo permitía. Ahora, sentado allí, en un banco vacío frente a otro banco vacío esperando a alguien a quien mirar me ha hecho sentir ridículo e involuntariamente perverso. Además, la estación de T no tiene el colorido, la diversidad y el trajín de la de Tres Cruces, y la inspiración puede llegar sin moverse del sillón de casa, basta con tener un proyecto bien definido. Al menos, para eso sí ha servido. He corregido un par de retratos de los que ya tenía escritos y apuntado algunas ideas nuevas que iré desarrollando, a ver que sale. Este es uno de ellos:

“Se sienta frente a mí una mujer vestida de militar. Tiene los brazos cruzados y mira con mucha seriedad al frente, sacando el poco pecho que le permite la holgura de su camisa caqui, abotonada con rigidez hasta el cuello. Ha dejado su gorra de plato en el asiento de al lado, sobre un manojo de papeles envuelto en un plástico transparente, una carpeta de cuero, un móvil y unas llaves. En la muñeca izquierda lleva un reloj cronómetro con la correa de caúcho. De vez en cuando, baja la vista y hace girar la muñeca con el probable fin de consultar la hora. Cuando, por los altavoces, una voz femenina anuncia el retraso indefinido de un autobús con destino al norte, arruga el sombrío entrecejo, libera los brazos y pulsa con el índice de la mano derecha uno de los botones del reloj cronómetro. Luego, saca del bolsillo de la camisa un pintalabios de reluciente funda plateada en forma de bala y un espejito redondo y empieza a pintarse. Son las nueve horas, dos minutos, siete segundos y cuarenta y ocho centésimas de segundo de un día lluvioso en tiempos de paz.”

Catorce

Siempre he sentido debilidad por las mujeres sin pintar, en pijama, con el pelo recogido en una improvisada coleta, o suelto, acariciado por una mano lenta marcada por el sueño, los ojos medio cerrados, los labios mohínos, casi pedigüeños. En pijama o en bata, una bata rosa y zapatillas de felpa del mismo color, arrastradas con pesadez por un cálido suelo de madera gastado por la rutina o por el amor. En pijama, en bata o desarregladas, vestidas con informalidad doméstica, con camisetas largas y anchas que marcan muy levemente sus pechos y distraen o acercan a contraluz sus formas, con camisetas cortas, agujereadas en las mangas, con pantalones anchos, descuidados, con sandalias, con calcetines gruesos, descalzas. La intimidad es la marca de su belleza, el sello de su sensualidad. Luego, cuando se visten, se pintan o se arreglan la marca de esa belleza secreta desaparece. Son otras. Veo a otras. Y a mi me gusta ver a A abriendo la nevera mientras bosteza, con el pelo despeinado sobre los hombros, y a C, que recoge su resplandeciente belleza nocturna en las rayas de su cálido pijama, vuelta hacia la ventana, recibiendo el primer sol de la mañana, y a M, en malla negra, desaliñada, siempre siendo lo que es, esté dentro o esté fuera.