Notas para combatir el aislamiento. Sexto sábado

Sueño que estoy en una cocina pequeña, como la de mi hermana Nieves en el pueblo, atando unos chorizos de la matanza. Detrás de mí está el rey emérito, apoyado en la pila del fregadero. Lleva un jersey roto y descosido y se le nota al reir que le faltan algunos dientes. Tiene los labios llenos de grasa y churretes en la cara. Entonces, por la puerta sin cortinillas, entra mi hermana con una palangana llena de moscas muertas y le dice que las lave con agua y lejía. Afuera, en el corral, se oyen gritos de niños que juegan en la nieve.

Sueño que voy de la mano por un descampado con un hijo de seis años que me ha otorgado el Estado. Le digo que todo aquel montón de hierros y chatarra que se ve allí es un cementerio de aviones. Más adelante, un hombre con mascarilla en una garita pequeña controla el mecanismo de una barrera al otro lado de la cual está el desierto de Argelia. Me acerco a la ventanilla y le pido dos billetes sencillos, pero el hombre, que ha resultado ser una mujer, me dice que el niño tiene que quedarse porque ha caducado.

Sueño que voy al mercadona a comprar una cabina telefónica que está de oferta. El supermercado es una especie de hangar enorme al que se entra por un agujero abierto en la parte trasera. Hay mucha luz y centenares de estanterías completamente vacías. Le pregunto a un guardia civil que empuja un carrito repleto de armas y munición de fogueo dónde puedo comprar un pasaporte. Estira una mano enguantada y me señala una cabina de fotomatón que en realidad es un cajero automático. Cuando marco el número secreto de la libreta, aparece en la pantalla el rostro de una antigua novia solicitándome una videoconferencia.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto viernes.

Yo también quiero hablar de Montaigne, es un sueño que desde siempre he tenido. Cuando algunos de mis escritores favoritos, y otros que no lo son, hablan de él o citan algún fragmento de su Essais, siento la gran envidia de no tener una obra donde citarlo yo también. Montaigne es uno de los grandes confinados de la historia, un confinado voluntario que como todo el mundo sabe se encerró en su castillo a los treinta y ocho años y dedicó el resto de su vida a escribir sus ensayos. Estos días viene bien acordarse de él por las pequeñas semejanzas que guardan la época que él vivió y la nuestra, no sé cual de las dos es peor: la peste también es muy mala. Yo le he leído poco, si he de confesarlo. Me compré los tres volúmenes en falsa piel que editó Cátedra, y por ahí deben andar, entre otros enterrados en vida. Al primer volumen le hice un estuche especial y me lo llevé a Lisboa, es el que más suerte ha tenido. Por la tarde salía a pasear por las calles de Alfama próximas al Panteón Nacional y sentado en la baranda de piedra de su gran atrio leía algunas páginas. Lo leí también algunas mañanas, en un café pequeño a los pies del castillo de san Jorge, un poco por tontez, por pensar que el castillo que a mí me daba sombra tenía algún vínculo con el chateau de Saint Michel de Montaigne, donde nuestro escritor nació y donde también murió, cincuenta y nueve años después. Yo creo que fue la selección que hizo Gide lo que me hizo olvidar aquellos volúmenes de estética clasicista. A Gide, otro de los grandes que no he leído, debía parecerle poco citarle de vez en cuando y prefirió reunir todo lo que le gustaba del filósofo en un libro aparte. También me lo compré, era mi época de ansiedad, la momtaignemanía, y me lo leí, aunque parezca mentira. Era una forma un poco tramposa de leer a Montaigne, para poder citarlo algún día, pero nadie se íba a dar cuenta. El original lo hubiera leído entero, de pe a pa, si hubiera sabido que su confinamiento y el mío, salvando las distancias de los siglos, estarian hermanados. Pero como iba a saber yo éso. Cuando se me pasó la ansiedad aquella, me olvidé por un tiempo de Montaigne, pero no mucho, porque tarde o temprano encontraba sus sabias palabras entrecomilladas en algún libro que tuviera entre manos. Entonces descubrí que la mejor manera de leer a Montaigne es a través de las citas que te deparan los libros de los otros, y ya no lo leo de otra manera. Yo creo que todos los días leo a Montaigne. O casi todos. A Montaigne, que en sus ensayos citaba una y otra vez a clásicos grecolatinos y omitía los pensamientos propios porque ya lo habían dicho otros de “mejor manera”, le sorprendería la múltiple profusión de los suyos más de cuatrocientos años después. Lo que viene a decir que hoy, por mucho que se hable y se hable, todo lo dijo él ya de mejor manera. Humildemente, para sumarme a esta confusa babel de citas y frases que han de salvarnos, traduzco del francés lo que el humanista escribió aquel lejano día en que decidió su reclusión: quédate en casa.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto miércoles.

Abelio Antolin, un hombre en la sesentena oriundo de Extremadura, permanece encerrado en sus casa por voluntad propia desde hace más de treinta años. Dicen algunos del pueblo que guarda un esqueleto con todos sus huesos en una caja de cartón, debajo de la butaca en la que se sienta. Es un confinamiento muy particular, del que las autoridades no han podido levantar acta. Misteriosamente, cuando con orden judicial acceden a la vivienda y proceden a su inspección, los agentes encargados de la misma encuentran la casa ordenada y limpia, con aromas aún recientes a sofrito y el televisor encendido, sin volumen. De Abelio y de la caja con los huesos el minucioso registro no halla nada. Hace unos días, dos o tres semanas desde el início del confinamiento pandémico, avisó un vecino de la presencia de un hombre, cargado de espaldas y torpe en el andar, que rondaba por las afueras del pueblo de la mano de un esqueleto, a la hora más o menos de la caída del sol. Ayer, un dispositivo del cuerpo de la policia apostado en los bajos de una cuadra, le dió el alto y determinó su identificación. El paseante, hombre también mayor vecino de un pueblo próximo, poseía permiso de su consistorio para sacar la osamenta una hora al día, pero se le aplicó una multa severa por trascender los límites del municipio. Preguntado por su posible relación con Abelio Antolín, el infractor negó conocimiento alguno del susodicho, cuyo nombre oía por primera vez. La policía sospecha, aunque sin pruebas, que uno y otro hombre son el mismo.

notas para combatir el aislamiento. quinto lunes.

Soy uno de los muchos aficionados a leer prospectos de medicamentos. Los leo, los guardo y los colecciono. Tengo muchos. Cada cierto tiempo, voy a la farmacia del pueblo y le pido a la farmacéutica mi dosis de literatura científica, prospectos, hojas informativas y hasta publicidad de productos y remedios medicinales. Pero sobre todo prospectos. Como hay muchas medicinas que por caducidad o deterioro acaban en sus manos, me guarda siempre que puede las hojitas y luego me las da. Todas las mañanas, lo primero que hago, a veces incluso antes de desayunar, es leer un prospecto. Es como si me tomara una pastilla, una defensa regular y preventiva contra el desánimo y la dejadez. Sobre todo ahora, en este tiempo de confinamiento, cuando es más necesario que nunca mantener rutinas y dinámicas mentales que eviten la corrosión y la atrofia. El orden y el equilibrio de nuestra salud mental depende mucho del mantenimiento de una disciplina. Además, en tanto que pastilla, el prospecto te relaja porque sea cual sea el fármaco al que se refiere, siempre hay un síntoma en el que te reconoces, o un efecto secundario que te señala algún pequeño malestar, porque malestares y dolorcillos los tenemos todos los días, aunque creamos estar sanos. Yo recomiendo a todos aquellos que se inicien en esta actividad intelectual abandonar miedos y aprensiones. De hecho, la lectura de prospectos tiene efectos secundarios graves en quien padece de pánico o hipocondría, y, sin duda, si no estamos preparados, estos días no son los mejores para ponerla en práctica. Es mejor esperar. Últimamente, para prevenir insomnios o saturación de sueños que impiden el descanso necesario, he comenzado a leer por la noche, antes de dormir, una antología de prospectos de somníferos que me está gustando mucho. Mi ilusión es poder escribir algún día uno, aunque sea sobre pastillas juanola, empezar por ahí, por algo sencillo, como Borges y Bioy Casares, que escribieron su primer texto conjunto sobre un yogur o un queso fresco, no me acuerdo ahora muy bien, marca propiedad de un pariente de Bioy. Luego, como todos sabemos, ambos escritores alcanzaron la cumbre literaria. Nunca se sabe lo que nos deparará el destino. Espero con impaciencia la aparición de una vacuna contra el coronavirus, como todos, para que de una vez se detenga esta expansión maléfica, pero creo que va a tardar. Mientras tanto, no sé quién me ha dicho, a lo mejor es un bulo, que si las farmacéuticas compartieran su información con laboratorios y equipos de investigación, si abrieran para su consulta las bases de datos de sus fármacos, se aceleraría la obtención de un tratamiento con el que reducir la gravedad del impacto. Pero se muestran muy remisas porque temen que unas y otras, competidoras entre sí, transformen el intercambio de información en un saqueo de la confidencialidad, lo que en el fondo es una excusa para decir que no, yo no doy nada, es todo para mí. Personalmente me duele que gente que escribe tan bien los prospectos de los medicamentos, y a la que por ello admiro, tenga ese poco de avarícia, con lo necesitado que está el mundo de solidaridad.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto domingo.

Fue a la gasolinera a por gas y de paso compró el periódico. Hacía mucho que no lo compraba. Le dieron también el suplemento del domingo y la empleada le miró de malos modos cuando pagó todo con monedas de dos euros. Quizás fue una venganza por haberle dado la llave de la jaula sin guantes. No fue una buena idea comprar el periódico porque estaba saliendo el sol y reservaba esa actividad para un día de lluvia monótono y gris, un domingo monótono y gris que le permitiera leer con solidario pesimismo las notícias sobre la pandemia. Sentado en el poyo del porche, con tanta luz y tanto cielo azul, resultaba imposible convocar la tristeza adecuada. Tenía que hacer el esfuerzo de leerlo porque las notícias en papel vienen con un día de retraso. Lo intentó, pero le distraía el zumbido de los avispones revoloteando en torno al lilar. Que, por cierto, estaba precioso y no se había dado cuenta. Se levantó para observarlo de cerca y comprobó que el rosal empezaba también a despuntar. Parecía que todos los elementos de la naturaleza se confabularan para amargarle la existencia, con lo caro que es el periódico. Por suerte, las nubes retenidas en el macizo de la Peña conseguían salvar la barrera y acudían en tropel hacia donde él se encontraba. Su esperanza renacía de nuevo. Poco a poco, el sol fue desapareciendo entre aquellas y él a notar en su interior un dulce abatimiento. Entró rapidamente en la casa, se puso las pantuflas y la bata y se sentó en la butaca con el periódico entre las manos, frente a la ventana, dispuesto a empaparse de malestar. Pero no duró mucho. Otra vez el cielo se despejó y la luz del sol vibró en las alas de un pájaro albinegro cuyo vuelo acentuaba la hermosura dispuesta a arrebatarle su triste regocijo. Y más arriba, circulando majestuosa sobre los peñascos elevados, un ave rapaz mandaba un flujo de señales intermitentes y misteriosas, el probable aviso de una epifanía en el momento que menos lo necesitaba. Todo le llegaba puntual, todo, al instante, como hecho a propósito para despertar su sentimiento de culpa. Dobló el periódico y cerró los ojos, resignado, esperando que la mañana siguiente las cosas mejoraran, aunque fuese con un día de retraso.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto sábado.

Ayer me atacó un perro. Dicho así, de una manera tan corta y directa, parece que no explico nada, pero es que no sé si sabría hacerlo. Lo más difícil de explicar son las cosas que nos pasan de verdad. Si el perro no me hubiera atacado y el suceso ocurriera en mi imaginación, daría detalles reales de la parálisis y el miedo, de mi cuerpo acorralado contra el muro de piedra seca o del roce de sus fauces húmedas en mi pantalón. Pero estoy bloqueado porque la experiencia ha ocurrido en el exterior, fuera de mí, y por lo que a mí respecta, ya está escrita. Ayer me atacó un perro y no hay nada más que decir. Ocurriría lo mismo si alguien me contara que le atacó un perro. A mi manera, describiría su parálisis y su miedo, su cuerpo acorralado contra el muro de piedra seca o el roce de las fauces húmedas en su pantalón. Incluso me atrevería a narrarlo en primera persona. Con el fin de asimilar la realidad y hacerla mía, yo sería el protagonista, haría de aquella parálisis mi parálisis y haría que aquel miedo fuese también el mío. De esa manera, lo que puedo imaginarme y lo que le pasa de verdad a los otros acaba por pasarme también a mí. Después de veintiocho días de confinamiento, tengo parecida sensación. No sé si alguien me lo está contando o está ocurriendo en mi imaginación y, al hacerlo mío, se convierte en algo completamente real. Porque si me pasara de verdad, no sé si sabría explicarlo.

(Hoy, de vuelta a mi casa por la carretera, he encontrado un perro muerto al lado del arcén, medio cubierto entre las hierbas. Tenía un charco de sangre seca en el costado y olía. No era el perro que me atacó, pero el azar se las apaña para cerrar las historias a su modo. Aunque esto es otra historia.)

 

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto viernes.

He ido a la parcela de Amancio a ver si había fresas. Me lo dijo él antes de que empezara el confinamiento, ve y coge las que quieras. Pero no hay nada, ya no hay fresas por ningún lado. Lamentablemente, y me sabe mal decirlo, hay mucha basura en forma de plástico. No está amontonada, está repartida por la parcela en sublime abstracción, como manchas matéricas sobre un fondo de verdor espeso y umbrío. Hay plásticos hasta en las ramas de los avellanos. Desde el camino, el huerto de Amancio se ve como una tentación edénica. Levantas la vista al cielo, por encima del monte arbolado y su corona rocosa, y cuando la vuelves a dejar caer, aunque lo hayas visto mil veces, sufres el impacto de su revelación. La casetilla está medio hundida, comida por la hiedra y envuelta en las sombras de los nogales y la masa sutil y aérea de los almendros, como esos cuadros románticos que evocan paraísos perdidos. Hechiza ese vergel pegado casi a la montaña, protegido por ella como un dios, al que se accede por un caminillo descendente abierto entre cultivos de alfalfa, ahora verdes como la lujuria. Si lo ves por primera vez, te arrodillas sobre la tierra roja y dejas que la luz derrame sobre tí su bendición, dicho sea sin exagerar. A izquierda y derecha el valle se pliega como una concha y dan ganas de quedarse encerrado allí, entre la fronda y los surcos húmedos, a cumplir confinamiento infinito. Y una vez dentro, y pese a los plásticos, es un lugar de calma que acoge como a un peregrino hambriento y cansado de tanto andar. Un banco hecho con piedras, una mesa hecha con tablas, un techo hecho con paja y algo de suciedad hecha sombra, no se puede pedir más. Se puede pedir más, pero no está Amancio y las fresas no hay dios que las vea. No hay fresas, solo una frase, a lo mejor es que yo le entendí mal. La serpiente puede caer en cualquier momento. Está escrita en trazos gruesos sobre un papel clavado en la puerta enana. Tal vez la señal de que efectivamente aquí estuvo el paraíso. Por lo que sabemos, la serpiente ya ha caído.

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto jueves.

Van viniendo. No sé por qué, si aún es pronto, pero van viniendo. Se coge confianza, es lo malo. Basta que el ayuntamiento diga que se pueden coger cebollas o acelgas, para que todos salgan corriendo a pisar parcela. Llevan ya dos o tres días así, con el buen tiempo a su favor, haciendo apañitos con las cañas o roturando el terreno. O segando la hierba que empieza a estar alta, es verdad. Yo lo entiendo, y no debería exacerbar mis críticas que bastante tenemos cada uno con lo nuestro. No lo digo por eso. Más que nada lo digo  porque son la muestra de una confianza de la que quizás no habría que abusar. Lo noto ya en el aire, en ese silencio puro que poco a poco va encogiendo su manto de seda ante el incipiente run run de los motores calentando. Y yo creo que es pronto, y no porque lo crea yo. Son embargo, la confianza, la impaciencia…Ellos están a gusto, yo los veo, y qué felicidad observar sus rostros ansiosos de sudar, de llevarse un puñado de tierra, la misma tierra tal cual es, con hierbajos y tropezones secos, a la boca y masticarla con placer tras tantos días de ayuno forzoso. Claro que entiendo esa felicidad, quién no. Y la tolero. Ellos aquí, juntos pero separados, cada uno con su cubo y su azada qué mal pueden hacer a nadie. Y no lo hacen. Tal vez ellos no. Por qué, a ver, dime por qué iban a hacer ellos mal a nadie. Y en eso estoy de acuerdo. Pero la confianza, la impaciencia…F segó ayer, pasa hoy el motocultor y está abriendo con la ayuda de un paleta una compuerta en la acequia. T lleva dos días limpiando el canal, R está llegando a las ocho como en los viejos tiempos y no se va hasta las dos, orgulloso y hasta las cejas de barro y estiércol. J aprovecha para decirle a S que le pase el tractor, y se lo pasa. Por no hablar de M y L, míralos, qué contentos van empujando sus carretillas de grava. De verdad, que no es por nada. El ayuntamiento lo ha dicho: coger las cebollas, coger las acelgas, coger lo que os haga falta para comer y ya está. Sin embargo, la confianza, la impaciencia…

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto miércoles.

Pienso ahora en Lisboa, en la plaza de la Figueira y en la terraza del bar en la que me solía sentar los días de sol, al mediodía, cuando las mesas empezaban a llenarse y el gentío joven y forastero se deshacía de sus jerseys. Desde donde estaba alcanzaba a ver las viejas buhardillas y el plantel desordenado y polvoriento de las flores en los balcones. Y alrededor de mí, en toda la extensión de la plaza, el bullício a la vez melancólico y alegre de la multitud sin prisas. Y pienso también y también ahora en Buenos Aires y en aquella cafetería de la calle Corrientes, donde me citó Claudia una tarde de lluvia plana, y, a pesar de todo, las aceras estaban intransitables y las librerías y los teatros estaban llenos y era a pesar de todo posible y hasta necesario besarse en medio de la muchedumbre. Y en París pienso también ahora, en la estación de Saint-Lazare, joven como nunca antes había sido, fumando de pie un gauloises para celebrar la angustia feliz de mi existencialismo recién estrenado, sumergido en aquella luz horizontal y ruidosa por la que se desplazaban compactos y apremiantes los menestrales, los oficinistas y los trasnochadores. Y en Montevideo y en su plaza Matriz donde Adriana me cantaba sus tangos pienso ahora, en el centro de aquel círculo de gente desorientada nos disolvíamos y corríamos después para alcanzarnos entre coches que pitaban y tumultos que vociferaban consignas y realidades y decirnos no, basta, esto es el final. Y, sin embargo, si los fantasmas del pasado quisieran, hoy, ahora, pasearían a sus anchas por esos escenarios simultáneamente deshabitados.