Sin azúcar

Me quedé sin azúcar. Me ha pasado otras veces. Preparo el café, caliento la leche, saco el embutido de la nevera y me siento a la mesa. Entonces alzo la tapa del azucarero y lo encuentro vacío. Mira que lo sabía. Llevaba días diciéndomelo, no he hecho caso y al final ha pasado lo que tenía que pasar. Es una torpeza, ya lo sé, pero ayuda poco a mi temperamento perezoso y olvidadizo el presente poco esperanzador de la economía. La crisis. Vivo en el campo y siempre calculo mal, o no calculo, en el pueblo todo es más caro, ya lo compraré, me digo, mientras añado un nuevo agujero al cinturón. Hasta que pasa lo que pasa. Entonces, me quedo un rato mirando cómo se enfría el café y hago intentos inútiles por bebérmelo sin endulzar. Es imposible, sin azúcar no soy capaz de arrancar. A duras penas sí puedo levantarme de la silla y alcanzar el móvil, hoy, precisamente hoy, en el extremo más alejado de la mesa. Me da rabia porque situaciones así obligan a una movilización de recursos que implica a terceros, y eso me entristece. Me abruma, me desespera, me hunde. Debería cambiar, tener presente siempre, siempre, siempre y en todo momento esa circunstancia, pensar en los demás, ir al pueblo, comprar el azúcar, pagarlo un poco más caro y evitarles molestias a terceros. Pero no aprendo. Vienen los terceros, me traen el azúcar y, al cabo del tiempo, me olvido de ese siempre, siempre, siempre y en todo momento y me vuelve a pasar. Vergonzoso. El otro día, por eludir ese compromiso, llamé al seguro. Por muy poco dinero, pensando que los efectos de la crisis no dan señales claras de acabar, contraté una póliza de subsistencia básica: azúcar, aceite y sal. Siempre es mucho mejor que la vergüenza frente a terceros, pero igualmente es doloroso mostrar esas miserias íntimas a desconocidos. Esto es negligencia, fue lo primero que me dijo el amable profesional que acudió en mi ayuda. Bueno, sí, el azucarero estaba vacío y en el recipiente no había señales o indícios de fuga que acreditaran un desperfecto técnico, como se especificaba en el contrato, pero me había quedado sin azúcar. La culpa es suya, insistió, sin perder la amabilidad, así que no le podré abastecer. Yo bajé la cabeza y miré al suelo, tratando de hallar en las baldosas del suelo sin fregar un recurso que argumentara una remota posibilidad de justificar causas ajenas a mi voluntad, pero no me alcanzó la imaginación. Le llevo hasta el colmado más próximo, me dijo entonces el profesional, que era joven y parecía comprender la difícil situación en la que me hallaba, inmovilizado, allí, en la oscura cocina, frente al café frío. Me ayudó a subir al coche y me dejó en el surtidor de la carretera, a tres kilómetros de mi casa, donde venden el azúcar más caro de toda la comarca. No me hicieron descuento porque los benefícios de mi contrato se obtienen a partir de un año, aunque el surtidor es propiedad de la entidad aseguradora. Además, tuve que tomarme un horrible café azucarado de la máquina, porque si no a ver cómo íba a hacer, andando, los tres kilómetros para volver a mi casa.

2016-11-10-11-04-14

Surtidor de azúcar  pieza única   contacto: eladiore@yahoo.es

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El piso 51

Convencido a medias de la necesidad de subir más, E siguió los pasos de HR y alcanzó con él el piso 51, donde nuevamente se detuvo. Pasó por alto la inconveniencia de mirar abajo otra vez y luego miró a HR con amistoso recelo. Cómo era posible que de un piso a otro, en un intervalo tan corto, la hierba que amarilleaba estuviese completamente seca y la hierba, poca, pero esplendorosa, que rodeaba el inmediato centro de subida, empezara también a marchitarse. No se lo podía explicar. La conquista de cada nuevo piso exigía un consumo de agua inversamente proporcional al retroceso manifiesto del suelo fértil. Para E, subir más constituía una inutilidad. HR, que no deseaba oscurecer aún más el ánimo de su amigo, no gastó palabras en reproches. Mira allá, a lo lejos, le dijo, señalando con el brazo extendido el horizonte brumoso. Por encima de aquella linea inestable hecha de polvo y arena, asomaban los extremos de edificios similares al que ellos ascendían. Hacia allí, hacia el frente, es adonde debemos mirar, no hacia abajo, dijo HR. E mantuvo la vista fija en aquellas moles rectangulares y firmes, pero la visión provocó en él un efecto contrario al deseado: una leve decepción se sumó a su ánimo abatido. Aquellos edificios, invisibles desde el piso 50, debían de ser por lo tanto altísimos. De cuatrocientos, quinientos e incluso mil pisos. Cómo lo hacían? Hay que subir, hay que subir! insistía HR. Hasta dónde!?, hasta cuándo!? gritaba E, que pateaba sin control unas papeleras similares a las que había en el piso 5. No lo sé, dijo HR, no lo sé, pero hay que subir, hay que subir!

Papeleras   Nuevos modelos   Contacto: eladiore@yahoo.es

cuaderno de verano. kafkiana

Comenzó siendo un rumor, pero en nuestro reino todo aquello que acaba finalmente sucediendo empieza siendo un rumor. El rumor decía que vendrían a detenerlos. Nuestra familia estaba asustada, de manera que nos preparamos para lo peor. Los rumores decían que a nuestros hermanos los sacarían de sus casas de noche, amordazados, atados de pies y manos a cadenas ferruginosas, con los ojos vendados, acusados de atemorizar a la población con falsos rumores. Como consecuencia de ello serían llevados ante la Corte de Justícia, donde se les juzgaría y condenaría de acuerdo con la ley, que establece penas máximas para los súbditos que con rumores ilícitos la desacreditan. En nuestro reino, sólo a la ley compete la difusión oficial del rumor. Quien la incumple, es severamente castigado por ello, y según todos los rumores, es la ley quien hizo correr el rumor de que nuestros hermanos son culpables de un delito contra la autoridad de la ley. Es previsible que una legión de temerosos testigos otorgue al rumor carta de veracidad, y más que previsible que la democrática y justa defensa de nuestros hermanos no sea otra cosa que un rumor. La ciudad ha asumido como cierto el cargo de culpabilidad que sobre ellos pesa, y el rumor de que no nos resignamos a aceptar tal injusticia ha comenzado ya a rodar. En este sentido, la ley establece penas muy duras para los cómplices de aquellos que rumorean contra la ley, por lo que todo hace pensar que en breve vendrán a sacarnos de nuestras casas, nos amordazarán, nos encadenarán y seremos llevados a rastras ante un Tribunal de Justicia, que nos considerará culpables de los delitos de colaboración y conspiración. A veces ocurre que un rumor, venido no sabemos de donde, hace creer que son falsos los rumores que acusan a ciudadanos inocentes de generar falsos rumores. Cuando eso ocurre, los afectados mantienen una íntima esperanza de salvación, pero se ven obligados a no manisfestar su regocijo en público. La ley lo prohibe. Si bien con menos dureza, la creencia supersticiosa en esa clase de rumores está igualmente penalizada. Solo cabe esperar, como esperamos nosotros ahora, que en el aplastante silencio de la noche, los golpes que oímos en la puerta sean solo un rumor. En caso contrario, deberemos prepararnos para lo peor.

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