Notas para combatir el aislamiento. Sexto viernes.

Me digo al iniciar el paseo que tal vez esté allí la misma luz. Era la luz de un cambio de era, cuando emergía aquel silencio magmático que era también heraldo de un estado de excepción. Los corazones confinados en su caja torácica por tiempo indefinido y las almas pegadas al paladar, donde el miedo deja su rastro áspero al pasar. Pensaba encontrar allí la misma luz de aquel día, hoy, porque empiezan poco a poco a oirse los latidos enjaulados y sabe la boca un poco mejor, a miedo aún, al fondo de un trago largo de esperanza, pero miedo aún. Allí en el camino en alto estaba aquella luz, sobre un matojo de hierba verde que la contenía. Un verde que ya era de alegría, aunque fuese incipiente, imposible de ver. Creía que al volver allí la encontraría, la misma luz y el mismo tesoro escondido en esa luz. A la misma hora en que todo estaba igual, menos la luz, estaba también yo allí, contento de que una parecida luz habitara en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto jueves.

Mi tablet parece que tiene síntomas, está rara, hace tiempo que estaba rara, lo de ahora parece más grave. Cada vez en menor número de horas se queda sin fuerzas, sus defensas bajan rápidamente a cero y sólo conectándola con urgencia a un proveedor de energía responde provisionalmente. En ocasiones se reanima con una celeridad que invita al optimismo, pero es engañosa: cae de sopetón en una flojera que me obliga a pensar lo peor. Es una tablet, no se va a acabar el mundo, pero aplico sobre ella los cuidados de quien se aferra a la supervivencia. De algún modo, también ella me está ayudando a mí a sobrevivir, o, para no exagerar los dramatismos, a sobrellevarlo. Ayer tuvo que estar todo el día acoplada a una salida de alimentación, sin lo cual no hubiera podido ni parpadear. Hoy se ha levantado con ganas y parecía querer andar sola, ha salido al porche, ha tomado un poco el sol. Un poco, y en poco tiempo de nuevo al enchufe para reanimarse. Al abrir una página de notas para escribir, se ha resentido. No me escribas mucho, sólo frases cortas, me ha pedido con apenada resignación. Haré lo que ella me pida, lo que haga falta, pero creo, ojalá me equivoque, que en breve ya no podrá moverse. Con el fin de aliviar el esfuerzo que para ella supone mantenerse despierta, desconecto sus circuitos y durante la noche permanecerá en coma. Pero le cuesta, tarda en apagarse. He cenado mucho, me sobran cien palabras, ha dicho, antes de sumirse en la oscuridad. Ya veremos mañana.

 

Notas para combatir el aislamiento. Sexto miércoles.

Esta mañana me he encontrado un pez volador en la puerta de mi casa, tirado, muerto. Largo y transparente como un hilo eléctrico, con el sombrero deforme, tuerto de un ojo. El pez volador arriesga mucho en sus saltos de frontera, el mar de donde vienen se les queda pequeño y trasponen los montes, anhelan colonizar los mares de otras tierras. Muchos de los que lo intentan sucumben por una fatalidad de cálculo. El pez volador desorientado en la oscuridad encontró mi casa cerrada, mientras yo dormía, y, agotado, prefirió morir antes de volver a su mar de origen. Ningún pez volador está dispuesto a volver y reconocer su fracaso. En la antigüedad, a los hombres y mujeres que cumplían cuarentena sanitaria se les reconocía por el pez volador que, a modo de pasador, sujetaba sus cabellos. Lo del sombrero es más moderno, pero no está demostrado al cien por cien que lo usen sólo cuando viajan.

Notas para combatir el aislamiento. sexto martes.

Dicen que mañana el parlamento aprobará una prórroga del estado de alarma y se anunciará una disposición que permitirá salir a los niños a la calle a partir del día 26. Esta mañana he ido a comprar y he visto a una niña que íba con su madre. En realidad, no sólo las he visto, he hablado también con la madre. Es una conocida a la que veo de tarde en tarde. La hija, que no tendrá más de trece años, llevaba puesta una mascarilla y las manos en los bolsillos de la sudadera. No la podía reconocer, pero si se hubiera quitado la mascarilla tampoco porque no la he visto más de tres veces en todos sus años de vida. Nos hemos encontrado a la puerta de una frutería en la que la gente guardaba rigurosamente las distancias y esperaba con paciencia su turno para entrar. La conocida, a la que, por cierto, admiro en su faceta profesional, es además una persona de trato afectuoso y cordial. Sin embargo, no llevaba guantes, llevaba a modo de mascarilla un trapo sujeto con unas cuerdas que se bajaba al hablar y cuando llegó su turno entró acompañada de la niña. Vale, los guantes yo mismo he comprobado que cuesta encontrarlos y las mascarillas también, hasta el día de ayer, pero la niña llevaba puesta una que no era ningún trapo y además estaba ahí, en la calle, y luego en el interior de un establecimiento en el que tampoco debería entrar. Nos saludamos, nos interpelamos brevemente el uno al otro acerca de nuestras vidas y luego yo seguí con mis naranjas. Es verdad que estamos en un área donde el índice de contagios es pequeño, porque estamos en una área donde el censo de población es reducido con respecto a las más afectadas y porque la movilidad de sus habitantes también lo es, pero la mayoría de las personas cumplen los requisitos de distanciamiento social recomendados por las autoridades sanitarias, y también es muy probable que ese rigor haya permitido que el índice menor de contagios se haya controlado. Lo digo porque no sé qué clase de convencimiento o de seguridad o de lo que sea hace que una persona pueda decretar, en este estado de cosas, que es invulnerable y a través de ella no peligra la vulnerabilidad de los demás. Porque no soy capaz de interpretar de otro modo una actitud así. Y porque tal actitud se refleja  no tan sólo en la desatención de un protocolo que ha de proteger a uno mismo y a los demás, sino también en la expresión del rostro y en los gestos que indican cierto alarde de…superioridad, no lo sé, tal vez sea otra cosa, una muestra que quiere ser pública de su falta de miedo que es a su vez producto de su escepticismo o de su ingenuidad. Lo que escribo no nace de un afán de recriminación, aunque lo sugiera. Quien más quien menos posee sus errores o sus negligencias. Escribo lo que escribo apelando al sentido de responsabilidad. Desde las instituciones, muchas cosas no se están haciendo bien y la información no pocas veces es confusa y los conocimientos aún incompletos, pero tal vez sean esas algunas de las razones que obligan a extremar la responsabilidad. Ayudaría en esa tarea un gobierno absolutamente transparente. En Singapur, un país de cinco millones de habitantes que estaba siendo un modelo de control de la epidemia, los contagiados han alcanzado la cifra de 10000. Ese modelo incluía, incluye, medidas de distanciamiento social semejantes entre las que se encontraban, se encuentran, el uso obligatorio de guantes, mascarillas y la distancia de no menos de un metro entre ciudadanos. Obligatorio. Los agentes debían, deben, multar a los infractores y los ciudadanos tienen  a su disposición una aplicación móvil para denunciar al infractor. No estamos en eso, ni nos gustaría llegar a eso, pero hay que elegir, o perseveramos en la responsabilidad o nos rendimos a la represión y el control.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto lunes.

He decidido empezar a fumar estos días para poder ir al estanco. Es como si empezara uno a cansarse de hacer sólo la que está estrictamente permitido y vence el deseo de romper con todo. A un hombre de orden como yo, una actitud rebelde resultado de un deseo incontrolado puede resultarle cara. Incluso amenazar gravemente y para siempre el futuro de sus rutinas. No vale la pena. Hay que dejar a los valientes que hagan ese papel, aunque el papel del antihéroe está muy mal visto estos días. Pero puestos a elegir, absolvería al joven infractor que acude a una cita sexual y condenaría al que adopta un perrito como excusa para salir a pasear por las tardes. Sobre todo porque el segundo ni siquiera es valiente, más bien al contrario. En ese sentido, yo soy de los de más bien al contrario, pero al menos no adopto un perrito como excusa. Sí que hay en esta rebeldía mía un poco de chulería, tonta, porque hay que ser tonto para volver a fumar, pero por lo menos puedo ir al estanco sin quebrantar la norma y de paso veo mundo, que falta me hace. Voy de viaje una vez a la semana al súper y una tarde me dejé caer por la farmacia, pero estos lugares son monótonos o acelerados e incómodos, y tropieza uno siempre con gente triste y aprensiva que tiene sus razones para estarlo, o con insolidarios legales que vacían los estantes de las marcas blancas, que todavía los hay. En cambio, el estanco es el mundo turbio de los rufianes y los decadentes, mucho más interesante que una tienda de alimentación. Y el de los maridos que bajan a por tabaco y ya no vuelven, aunque hoy sí vuelven porque no tienen otro sítio a dónde ir. Allí me he encontrado precisamente a Ernesto, que no es fumador pero ha vuelto a fumar hace poco, y a Luismi y a Jero, que no habían fumado en su vida, lo que me ha decepcionado enormemente porque gente más aprensiva y triste que ellos no hay nadie. Tendrían que estar en la farmacia. Y sin embargo, los que tendrían que estar, los turbios y los malandros, me ha dicho el marido de la estanquera que no vienen porque están aprovechando la cuarentena para regenerarse. El marido de la estanquera, que además me cae mal. Creo que voy a dejar de fumar, aunque rebelarme de alguna manera tengo que rebelarme. No me va a quedar más remedio que concertar una cita sexual. O éso o adoptar un perro, pero no me gustaría ser tan cobarde.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto domingo.

A veces los hermanos de la gente llaman a sus hermanos y se interesan por ellos y por su salud, conversaciones cortas que indican una falta de costumbre, sólo el hecho de llamar, el hecho de pensar en llamar o incluso el hecho de acordarse de un hermano a quien llamar es también una falta de costumbre que se da entre hermanos, hermanos que han estado ahí siempre, toda la vida cada uno con sus vidas a distancias remotas o cerca, los hay que cerca, los hay que a la vuelta de la esquina, y se han llamado nunca y cada mucho tiempo han dedicado un pensamiento el uno al otro, un pensamiento breve, fugaz, la imágen del hermano aparece en el recuerdo de uno y rápido, sin dar tiempo a que cuaje una mínima añoranza se va, desaparece, si acaso y no sin lenta frecuencia saben el uno del otro por notícias que otros parientes o conocidos difunden, ni siquiera mensajes en forma de abrazos o besos que a través de intermediarios transmitan que el afecto sigue ahí, no, simplemente notícias escuetas que recuerdan simplemente que simplemente están ahí, uno allí y el otro aquí, desacostumbrados a requerirse sin saber mucho en qué momento y por qué empezaron sus vidas a difuminarse en un olvido mutuo sin causas aparentes, vaciando la memoria antes de tiempo, llenando antes de tiempo la vida de ausencias que nadie puede llenar porque cada amor perdido u olvidado o no requerido es una ausencia irrellenable, y ahora, sin saber cómo ni por qué ni hasta cuándo, entre el abismo abierto entre los dos por los dos, entre el abismo que los separaba, un nuevo abismo en forma de puente une a ambos y desde la vuelta de la esquina o dede la remota distancia regresa a cada uno de ellos el recuerdo del otro, y permanece más tiempo y a pesar de la falta de costumbre, del vacío y de la ausencia mutua, vencen su pudor y se llaman, hablan corto y poco, no saben decirlo y pese a no saber y contra la falta de costumbre se dicen que se quieren.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto sábado

Sueño que estoy en una cocina pequeña, como la de mi hermana Nieves en el pueblo, atando unos chorizos de la matanza. Detrás de mí está el rey emérito, apoyado en la pila del fregadero. Lleva un jersey roto y descosido y se le nota al reir que le faltan algunos dientes. Tiene los labios llenos de grasa y churretes en la cara. Entonces, por la puerta sin cortinillas, entra mi hermana con una palangana llena de moscas muertas y le dice que las lave con agua y lejía. Afuera, en el corral, se oyen gritos de niños que juegan en la nieve.

Sueño que voy de la mano por un descampado con un hijo de seis años que me ha otorgado el Estado. Le digo que todo aquel montón de hierros y chatarra que se ve allí es un cementerio de aviones. Más adelante, un hombre con mascarilla en una garita pequeña controla el mecanismo de una barrera al otro lado de la cual está el desierto de Argelia. Me acerco a la ventanilla y le pido dos billetes sencillos, pero el hombre, que ha resultado ser una mujer, me dice que el niño tiene que quedarse porque ha caducado.

Sueño que voy al mercadona a comprar una cabina telefónica que está de oferta. El supermercado es una especie de hangar enorme al que se entra por un agujero abierto en la parte trasera. Hay mucha luz y centenares de estanterías completamente vacías. Le pregunto a un guardia civil que empuja un carrito repleto de armas y munición de fogueo dónde puedo comprar un pasaporte. Estira una mano enguantada y me señala una cabina de fotomatón que en realidad es un cajero automático. Cuando marco el número secreto de la libreta, aparece en la pantalla el rostro de una antigua novia solicitándome una videoconferencia.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto viernes.

Yo también quiero hablar de Montaigne, es un sueño que desde siempre he tenido. Cuando algunos de mis escritores favoritos, y otros que no lo son, hablan de él o citan algún fragmento de su Essais, siento la gran envidia de no tener una obra donde citarlo yo también. Montaigne es uno de los grandes confinados de la historia, un confinado voluntario que como todo el mundo sabe se encerró en su castillo a los treinta y ocho años y dedicó el resto de su vida a escribir sus ensayos. Estos días viene bien acordarse de él por las pequeñas semejanzas que guardan la época que él vivió y la nuestra, no sé cual de las dos es peor: la peste también es muy mala. Yo le he leído poco, si he de confesarlo. Me compré los tres volúmenes en falsa piel que editó Cátedra, y por ahí deben andar, entre otros enterrados en vida. Al primer volumen le hice un estuche especial y me lo llevé a Lisboa, es el que más suerte ha tenido. Por la tarde salía a pasear por las calles de Alfama próximas al Panteón Nacional y sentado en la baranda de piedra de su gran atrio leía algunas páginas. Lo leí también algunas mañanas, en un café pequeño a los pies del castillo de san Jorge, un poco por tontez, por pensar que el castillo que a mí me daba sombra tenía algún vínculo con el chateau de Saint Michel de Montaigne, donde nuestro escritor nació y donde también murió, cincuenta y nueve años después. Yo creo que fue la selección que hizo Gide lo que me hizo olvidar aquellos volúmenes de estética clasicista. A Gide, otro de los grandes que no he leído, debía parecerle poco citarle de vez en cuando y prefirió reunir todo lo que le gustaba del filósofo en un libro aparte. También me lo compré, era mi época de ansiedad, la momtaignemanía, y me lo leí, aunque parezca mentira. Era una forma un poco tramposa de leer a Montaigne, para poder citarlo algún día, pero nadie se íba a dar cuenta. El original lo hubiera leído entero, de pe a pa, si hubiera sabido que su confinamiento y el mío, salvando las distancias de los siglos, estarian hermanados. Pero como iba a saber yo éso. Cuando se me pasó la ansiedad aquella, me olvidé por un tiempo de Montaigne, pero no mucho, porque tarde o temprano encontraba sus sabias palabras entrecomilladas en algún libro que tuviera entre manos. Entonces descubrí que la mejor manera de leer a Montaigne es a través de las citas que te deparan los libros de los otros, y ya no lo leo de otra manera. Yo creo que todos los días leo a Montaigne. O casi todos. A Montaigne, que en sus ensayos citaba una y otra vez a clásicos grecolatinos y omitía los pensamientos propios porque ya lo habían dicho otros de “mejor manera”, le sorprendería la múltiple profusión de los suyos más de cuatrocientos años después. Lo que viene a decir que hoy, por mucho que se hable y se hable, todo lo dijo él ya de mejor manera. Humildemente, para sumarme a esta confusa babel de citas y frases que han de salvarnos, traduzco del francés lo que el humanista escribió aquel lejano día en que decidió su reclusión: quédate en casa.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto jueves.

7.45 a.m. Anoche, cuando me acosté, se metió conmigo en la cama una inquietud que los sueños no han podido disipar. A veces, para evitar pensar sobre lo que nos preocupa, nos vamos a la cama con la esperanza de encontrar resuelto el asunto al despertar, sin implicaciones y sin esfuerzo. Es una variante más o menos plácida de la consulta con la almohada. La cama es el lugar donde las batallas parecen librarse solas. Pero cuando te despiertas y abres los ojos , o sin abrir los ojos, sientes que el dinosaurio de Monterroso aún sigue ahí. De modo que tomas una primera nota, a vuela pluma, y bajas a desayunar.

9.20 a.m. Parte del asunto es que para un aficionado a escribir, dos cosas son necesarias, mejor dicho, tres: tiempo, aislamiento y tema del que poder hablar. Vendrán luego las ideas, el tono, el género y todo lo demás, pero si no hay tema, no hay nada sobre lo que escribir. Desde esa perspectiva, el Confinamiento proporciona las bases para la creatividad.

10.35 a.m. Lo sabemos muy bien. EL Confinamiento es la consecuencia de una situación dramática que afecta a unos más (muchos) y a otros menos. En el fondo, la sociedad carga con todo, vamos a decirlo así, pero el sufrimiento se reparte de modo desigual entre las capas que conforman su esfera. Y por extensión, el Confinamiento también es desigual. Cuando a un aficionado a escribir se le regalan las herramientas para hacerlo en un clima de tragedia y desigualdad, aún no siendo insensible e indiferente a lo que acontece, o tal vez por no serlo, tiene entre sus manos un problema moral: escribo o no cuando los demás sufren?

1.10 p.m. El clima de tragedia y desigualdad no es sólo de ahora, es de siempre, y si no había reparos en escribir sin perjuicio de la moral, no debería haberlos tampoco ahora. Esa línea de argumentación podría llevarnos lejos, y quizás darnos la razón al final, así que la abandonamos. Por primera vez creemos que “nuestro mundo” se tambalea, porque por primera vez todos compartimos una sensibilidad única hacia un drama que desigualmente nos afecta por igual. En cierto modo, pero sólo en cierto modo, ha explotado la burbuja de la individualidad. La del aficionado a escribir, también, lo que nos lleva de nuevo a preguntarnos: no es el aficionado a escribir que escribe sobre lo que pasa alguien que aprovecha el drama de todos para satisfacer su necesidad de escribir?

4.30 p.m. Entre la pregunta de las 10.35 a.m. y la de la 1.10 a. m., aunque son parecidas, hay una diferencia de grueso matiz. Escribir mientras las cosas suceden no es lo mismo que aprovecharse de las cosas que suceden para escribir. Se puede entonces escribir de otras cosas, hablar de algo distinto a lo que sucede y resolver por el camino corto la solución al problema. Pero es un camino muy corto y a lo mejor no aguantaría el largo plazo. Vamos a escribir de cualquier cosa mientras está sucediendo lo que está sucediendo?

6.10 p.m. El resultado de lo que uno escriba, dependerá mucho de su talento. Escribir no es sólo una cosa de voluntad. La necesidad de escribir se siente, pero alcanzar un grado aceptable de calidad no depende de querer escribir, sin más. Ni la cantidad ni el contenido, aquello de lo que se escribe. Más allá de eso, la escritura se ha de abordar siempre, sea cual sea el tema que se aborde, sin sentimiento de culpa. Al producto literario, independientemente de su calidad, lo salva su honestidad.

6.50 p.m. El aficionado a escribir que no escribe porque pesa sobre él el sentimiento de culpa, hace bien en no escribir. Cuando la decisión de escribir está tomada, está tomada, y la decisión es de riesgo porque el texto honesto exige respeto, consideración y empatía, sea cual sea el género que elijamos. Tales virtudes circulan también al margen de la escritura, y, si no las poseemos, podemos adquirirlas dando valientemente el salto.

8.40 p.m. En estas circunstancias, lo más perdonable de un producto literario serìa que fuese banal. Si el manejo inhábil de los conocimientos que tengamos provoca heridas en la dignidad de los que sufren, eso ya sería más difícil de perdonar. Apelar a nuestra falta de intencionalidad no sería suficiente. La única disculpa suficiente sería saltar de nuevo, con mayor riesgo si cabe, hasta demostrar que, pese a los errores, el acto de escribir es para nosotros un acto de amor.

10.05 p.m. Acabo de cenar. Poco, no tenía mucha hambre. Ahora que paso estas notas a limpio y estoy a punto de programar su publicación, una nueva inquietud me asalta. Es la misma y no lo es. Sea como sea, cae sobre mí como una niebla que emergiera de las heladas aguas de un lago. Tengo la impresión de que estas reflexiones están justificando un sentimiento de culpa, y que el sentimiento de culpa es incompatible con la honestidad. Entonces, a quién estoy engañando? Lo tendré que resolver. Pero ya es tarde, lo consultaré con la almohada.