Reciclajes

Lunes , 9 de agosto. 2010

En el portal de al lado vive una negra. Es joven, más bien baja, viste faldas cortas. La he oído hablar y habla un castellano nítido, fluído, coloquial, pero no sé de donde es. No me llama la atención su belleza, ni me siento atraído por su cuerpo, de piernas musculadas y espaldas masculinas. Me gusta el color de su piel. Es de un negro pulido y seco, como gastado, como erosionado. La piel, no. El color. La piel es joven, tersa y fina. Parece el color de su piel el de una de esas guerreras subsaharianas que fecundan las ensoñaciones de los opiómanos, seres incorpóreos, fabricados con arena, que habitan insólitos laberintos excavados en inestables dunas. Desde arriba, desde mi balcón, en las noches de farolas llenas, su figura encarna una composición metálica, ardiente y magnetizante. Alrededor de ella, de su falda blanca y de su camiseta de tirantes también blanca, bailan los ciegos aspirantes del deseo. A ellos los pongo aparte. Son gritones, exhibicionistas, provocadores pasivos. El afortunado es un grandote de camisa sin botones, probablemente más alto que pesado. De todos, el más callado. Escupe despacio y fuma sin avisar. Con ese se va siempre, luego, más tarde, al final, cuando la plaza empieza a entregarse a la silenciosa voracidad de la noche. De día, apenas se les ve.

 

Martes, 10 de agosto. 2010.

En el mismo portal donde vive la negra viven también unos marroquíes. Por debajo de mi balcón, su terraza queda expuesta al escrutínio de mi mirada, pocas veces inocente. Pero los veo poco. A veces juntos, cuando toman té o huyen del sofocante calor del interior. Pocas. El verano no aprieta. En solitario, tienden la ropa o se apoyan en la vieja baranda de obra y hablan por el móvil o  extienden una esterilla y rezan. Con corrección, sin aspavientos, discretamente. Uno de ellos duerme ahí. Por la mañana, cuando me levanto y salgo al balcón, lo veo. Veo una sábana que cubre lo que parece ser un cuerpo, como un sudario escondiendo una materia que no puede ser revelada, sólo intuída, las marcas leves de un muslo, las de un hombro, el duro contorno de una espalda. Por detrás de la cabeza, un teléfono móvil, rojo. Lo que sería a los pies, unas zapatillas. Como un muerto perfectamente preparado para resucitar. O como un nuevo pasajero del tiempo, una aparición sin papeles, un fantasma sin fronteras.

OPERACION TORTOSA.UN DIARIO     Eladio Redondo    Ed. Beltrónica. 2012

 

Lámparas recicladas.  Madera y papel japonés.  Contacto: eladiore@yahoo.es

De lo artesano bajo los efectos del metamizol, paracetamol, diazepam, pantoprazol y tramadol.

El trabajo en el taller es por lo general gratificante. La monotonía de cortar, pegar, coser o ensamblar encierra un pausado ritmo a modo de mantra que facilita la reflexión tranquila y el curso plácido de la memoria. En la fase previa, cuando hierven las ideas y la imaginación dispara sus ambiciones, el estímulo de la creatividad procura sentimientos y emociones sobre los que el trabajo del artesano encuentra un segundo fundamento a su bienestar. Entre una fase y otra no hay pausas, las ideas no pueden esperar, no deben esperar, no saben esperar. Esperar es cosa de las herramientas. Una herramienta noble alcanza ese grado altísimo de utilidad cuando duerme en paz sobre la mesa, cuando está quieta, inerte, a la espera pertinente de su movilización. La idea la pone en movimiento, y conservar esa nobleza es entonces responsabilidad del artesano. Sobre la mesa de trabajo, el oficio establece entre una y otra un princípio de fusión, y cuando lo creado surge, el objeto encarna las virtudes y las imperfecciones de un ritual no por repetitivo, menos único, pero en sentido estricto, no original. Algo así lo es cuando el hecho creativo devuelve su resultado al origen, al caos del que es hijo. No es la prioridad de la artesanía. Al contrario, en la belleza de su funcionalidad hay un pacto permanente con el orden vivo de las cosas y de los hombres. Y así como el arte sublima la materia para hacerla menos alcanzable, la artesanía opera su transformación para convertirla en necesaria.

De la colección de Herméticamente Recto  Contacto: eladiore@yahoo.es

Ave de paso

Se sienta frente a mí una mujer. Es un ave de paso. Viene, come de mi mano, y se va. Antes de que se vaya, mucho antes de que se vaya, yo ya la espero. La espero mientras llueve, mientras nieva, mientras tengo las manos frias. Vuelve en abril y trae tormentas que no deseo. Aún así, le limpio las alas, le lavo el pelo, duerme feliz en mi cama de barro. Pero se cansa. Se cansa pronto y de todo. De las tardes lentas, de las noches largas, de los besos densos. Añora el cielo y añora las distancias, los meses sin mí. Me ama mientras vuela.

MUJERES SENTADAS   Eladio Redondo  ed. Beltrónica   2012

 

 

La memoria de la música

Al final de su vida, cuando las carencias empezaron a manifestarse y el deterioro fue gradualmente extendiendo sus dominios, a mi padre sólo le quedaba la voluntad y la capacidad de un canto, una cancioncilla en forma de copla que durante sus últimos días tarareaba, cada vez de manera menos audible. Había que darle de comer, vestirle, lavarle…Mis hermanas lo sentaban en el sillón, frente a una ventana de visillos corridos, y en él se pasaba las horas, quieto, sin solicitar conversación, ni socorros, ni siquiera inmerso en los monólogos propios de un hombre que ya ha perdido casi todo. Sólo cantaba, cantaba esa canción en la que se hablaba de trigo, de promesas y de amor. Una canción, ahora que lo pienso, que lo contenía todo, el fruto de la esperanza y del deseo de vivir y la añoranza sin dolor de lo que se ha vivido, un fruto que sólo la música es capaz de conservar hasta el último instante de nuestras vidas. La música es lo último que se pierde.

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Cajas de música   Contacto: eladiore@yahoo.es

Marosa entra en mi vida

Me he acostumbrado a recibir la visita de Marosa un día a la semana, a la hora de comer. Al princípio, cuando empezamos a vernos, Marosa aparecía por la linde de mi casa de manera irregular, siempre acompañada de su subalterno, en horas de faena, cumpliendo alguno de los cometidos de su rutina diaria. De hecho, nos conocimos porque traía una orden de detención derivada de una acusación que luego se demostró errónea. Se me acusaba, a mí, que centro mis intereses en asuntos de carácter puramente material, de ser el fantasma que deambulaba en la casa abandonada de las Frías, la comarca fronteriza. Que había voces, registros sonoros obtenidos por el cuerpo especializado que ella dirigía, en los que se habían detectado pausas y silencios reconocibles en los míos. Yo, que no creo en esas paparruchas, acompañé a Marosa hasta la comisaría y grabé, como prueba de cotejo que luego resultaría exculpatoria, un fragmento del Frisorium, aquel famoso diálogo que mantienen dos fantasmas sordomudos. Como era de esperar, ni mis pausas ni mis silencios se correspondían con los registrados en la casa abandonada. Más tarde se descubrió, en el sótano, un espectro masculino proveniente de una antigua mansión en Las Templadas, a más de cien km de aquí, de la que había huido por los malos tratos que recibía de sus actuales moradores, cartesianos convictos. Fue devuelto a su circunscripción de origen y el caso quedó cerrado. Como el error exigía un grado de disculpas acorde con la dimensión del mismo, Marosa y su ayudante se presentaron en mi casa y reconocieron humildemente su precipitación. A partir de entonces, la jefa de Asuntos Misteriosos de la Policia de la Región, como soy de carne y hueso, inauguró sin mi consentimiento un período de amistad que rompe en mil pedazos la fama de mi trato escaso y esquivo. Mañana, a lo mejor, viene. Ya la irán ustedes conociendo.

Danilo Manso: orígenes.

El siguiente texto, que no es un poema, ni un fragmento de sus diarios, ni hay constancia de que lo haya escrito con otra finalidad que no sea la de fabricarse una patria en la que no podrá arraigar, un mapa escrito donde nacer, lo ha colgado en su página web un notario, coleccionista de poetas transeúntes y sospechosos. Asegura haberlo recibido de manos de Danilo Manso, quien agradeció con ello la hospitalidad que durante unos días le dispensó. Como de otros de los muchos textos que voy encontrando por aquí y por allá, que aseguran ser de Danilo, y a lo mejor no lo son, de este también podría o debería dudar. Pero si a los demás he acabado otorgándoles fe de verdad, a éste, que lo certifica un notario, aún más.

“Aquí he nacido yo, por lo visto, en este pueblo que si no tiene ya apenas nada de lo que fue, no sé por qué habría de tenerlo yo. Callejones estrechos y callejuelas que suben y bajan entre hileras de casas, unas blanqueadas y otras no. Tengo aún algún recuerdo feliz de una infancia que huye de su definición: el agua fresca de un cántaro cayendo sobre mis rodillas, el trote de una mula sobre un pavimento de cantos y polvo, algunas siestas dulces en desvanes donde el cereal se amontona, la poza de un río sombreada de árboles. Y otros asociados a amaneceres duros, a una madre sin rostro que espolea mi sueño, a una travesía en burro hacia una huerta dominada por el imperio generoso de una higuera. Nada me ata aquí, sin embargo. Esos recuerdos flotan solos, sin arraigo, como secuencias imposibles de una vida sin unidad. Miro con atención, desde la altura del cerro donde el pueblo se levanta, esos campos labrados con esmero y trabajo sin descanso y sé, pese a todo, que un trozo de mi alma es la herencia del espíritu que reina en ellos. El hecho de que yo haya nacido en este pueblo, no tiene mucha importancia, me siento más cerca de aquellas espigas que crecen amarillas, secas, desafiantes y promisorias en los extensos campos que se pierden en estos cuatro horizontes de intensa luz”.

Estuches para notarías, despachos y escritorios.   Contacto: eladiore@yahoo.es

Arte poética

Es algo tarde, es lunes, me resisto no ya a saltar de la cama, me resisto a abandonar el sueño, prolongo unos minutos más esa vida atada sin cabos. No oigo ruidos, no hay murmullos, no oigo ecos de voces ni ladridos de perros ni zumbidos. Planea sobre el campo casi escarchado un silencio fósil. Me resisto, me aguanto, me arropo y me defiendo de la mañana fría. Me quedo un poco más, soñando, escuchando una voz de ensayada declamatoria, grave, profunda, una voz con rostro de barba rala, una cara perfumada por noches de wisky, un rostro que no conozco y que no me conoce, alguien que me mira cerrando los ojos, que habla para mí, que arroja sus versos preciosos y absurdos sobre la almohada, alguien que me instiga, que me advierte, que me hace feliz…el sol se elevaba, gracioso, sobre la nuca del inodoro…inclinada sobre los picos de los pájaros, la bella señora recogió el peinado de su moño en la funda del paraguas…versos que se pierden en la nada íntima y caliente de la madrugada, hermosas frases sin sentido que morirán para siempre sin memoria. Quién las hace? Dónde está? Después, ya en la mesa, con una taza de café caliente en la mano, me acuerdo de la frase que anoche, antes de dormir, leí en un cuento de Benedetti: para Kant, los sueños son un arte poética involuntario.

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Collage: papel japonés sobre papel natural    Contacto: eladiore@yahoo.es

El tesoro

Finalmente, nuestro sueño se cumplió. Allí estaba, bajo la arena, en el centro de un inmenso desierto abrasado por el sol. Ahora que lo habíamos encontrado, qué podíamos hacer con él? Lo enterramos de nuevo. El tesoro es el excremento de los sueños de los hombres.

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Collage. Título: excreción   Papel japonés sobre papel natural   Contacto: eladiore@yahoo.es

La literatura viaja en regional express

Cuando la mujer con el perrito baja del tren y se pierde en el horizonte definitivo del paso subterráneo, yo sigo con la imaginación sus pasos y la acompaño hasta el autobús urbano en que ha de subirse, bajo con ella en un barrio periférico, entro en un portal oscuro y maloliente y accedo, a su lado, a un estrecho apartamento de dos habitaciones, discretamente higiénico y decorado con gusto pobre. Imagino comidas rancias, visitas muy esporádicas, una radio encendida, una televisión apagada, una bata siempre puesta, olor a café, olor a flores marchitas, olor a perro encerrado. Sé que cuanto más imagino, más me alejo de la mujer que viajaba en el tren con un perrito, más lejos estoy de la verdad de esa vida definitivamente disuelta en un paso subterráneo. Y, sin embargo, tengo el convencimiento de haber creado, a partir del alejamiento de esa verdad, la vida de una mujer que existe, una mujer que vive en un barrio periférico, en un apartamento estrecho y oscuro de escaleras malolientes y penumbras ácidas. Una mujer madura cuya soledad comparte poco, que gasta poco dinero porque no lo tiene, que no sale de casa porque tiene pocos sítios a donde ir, que intenta reirse y no puede, que llorar también le cuesta, y que a veces también sonríe, involuntariamente, sonríe, y no sabe por qué. Una mujer que no tiene gatos pero tiene un perrito al que un día, mientras sonríe sin saber por qué, introduce en una cesta y abandona la casa y se sube con él a un tren, a cualquier tren.

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Libretas para escribir en un regional express. Contacto: eladiore@yahoo.es