Pessoa y el boxeo

Aclara Fernando Pessoa en su Libro de Reclamaciones apócrifo que tuvo poca o ninguna afición por el boxeo, pero sí por las enseñanzas que encierra una carrera de éxitos construida a base de puñetazos. Por José Santa Camarao, un púgil gigantón de más de dos metros que vivía con su hermana en el barrio de la Alfama tuvo, pese a todo, un respeto reverencial, aunque no quiso reconocerlo. De manera rotunda y risiblemente obvia, aclara Pessoa en un pasaje del libro que hay entre la gloria de un escritor y la de un boxeador una diferencia apenas inapreciable. Y pese al desinterés que dice observar por el tema, antes de exponer el argumento de esa diferencia, pone al corriente al lector de las andanzas del campeón portugués contemporáneo suyo, del que sabe casi todo. Ahora que tanto el púgil victorioso en vida como el poeta tras cuya muerte vino el triunfo comparten la gloria de los seres superiores, a Pesssoa no le parece envidiable que tenga José Santa a su nombre una calle en Lisboa y unos azulejos en el beco donde estuvo su casa. Él tiene otra calle, y dos estatuas, y cafés donde se le recuerda y nombra, y librerías donde se le cita, y casas en las que se le rememora, y postales, y chapas y llaveros y libros que pocos leen. Demasiadas cosas para alguien que desdeñó lo que no estuviese al alcance del pensamiento y los sueños de la imaginación. No le envidia a José Santa que tenga calles y azulejos, pero sí el que goce de una gloria discreta y tranquila tras una vida de fama y constante agitación. Le envidia también que fuera su voz de habla portuguesa la que estrenara el idioma de la nación en los cines del mundo, en un film alemán donde Max Schmeling, el boxeador a quien Hitler idolatraba, le noqueaba en los rings en blanco y negro de los años treinta. Confiesa Pessoa en el Libro de Reclamaciones tener el convencimiento íntimo de que escribía para la posteridad, y que la gloria que habría de venirle se gestaba, a diferencia de la de Santa, sin la fama innecesaria del presente, pero como la de él, en el remolino de una agitación permanente. Sólo que la suya era silenciosa, invisible, interior y con la diferencia, para algunos menor, de que él dejó a su muerte un baúl lleno de papeles y documentos manuscritos y el púgil un cofre atiborrado de guantes.

Ulises en Lisboa   Eladio Redondo.   Ed Beltrónica   2013

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es guionista de cine

Se sienta frente a mí una mujer. Es guionista de cine. Durante un tiempo, fuimos amantes. Cuando nos conocimos era joven, guapa y ambiciosa. Estaba casada con un hombre por el que sentía un afecto fundamentalmente paternal, un hombre mayor, casi un anciano, que conservaba una mínima vitalidad y un encanto enternecedor, pero vivía atado a una silla de ruedas y tenía mucho dinero. “Mátalo”, me dijo un día. Me lo pensé, era complicado, tenía que parecer un accidente. “Está bien, lo haré -le dije. Lo haré por tí, porque te quiero”. Así que lo maté. Cogí un cuchillo de la cocina, el de la carne, y, como por descuido, equivocadamente, se lo clavé tres veces en el corazón. “Oh, es horrible”, dijo ella, cuando vio la silla de ruedas cubierta de sangre. “Pero ahora somos libres. Ricos y libres. Ésperame abajo, mientras limpio un poco todo esto”. Naturalmente, no la volví a ver: se fugó con su productor. Como amante fue, sí, una decepción, pero hemos de reconocer que escribiendo guiones tampoco es que tuviera un don.

Mujeres sentadas   2012   Eladio Redondo   ed. Beltrónica

El caso Marosa

Como Marosa seguía sin aparecer por mi casa, el otro día la llamé para tomar un café, pero me dijo que no podía. Le ocupaba un caso difícil y desagradable, más que ninguno de los que había investigado hasta ahora. No me podía contar nada, me dijo, ya nos veríamos más adelante. La encontré extraña, rara, sin el entusiasmo y la alegría que normalmente suele expresar, más allá de cualquier caso que tenga que resolver. Nos dijimos adiós y quedamos en que me llamaría ella. De modo que me extrañó cuando a la noche, a punto ya de acostarme, llamó a mi puerta y me pidió permiso para entrar. Sin preámbulos, Marosa se abalanzó sobre mí, me abrazó y me besó con pasión. Atribuí ese furor a su estado, un deprimido talante originado tal vez por el caso que tenía entre manos, pero no encontré argumentos para aquel impulso inédito que convertía su furia sexual en algo cercano a lo reprochable. No hubo tiempo para hablar. A la mañana siguiente, cuando desperté helado de frío sobre el suelo de la cocina, mi cerebro era un mecanismo desordenado y torpe en el que la memoria tardó en ajustar su engranaje. Y a mi cuerpo le costó alzarse y recomponer su estatura. Me vino de golpe la resaca de una ola de placer delirante, en cuyo remolino, el cuerpo de Marosa y el mío circulaban de un éxtasis a otro sin modificar su posición, ella siempre encima de mí. A ratos, sentía la dulce asfixia de sus pechos sobre mi cara, el roce de sus cabellos, un susurro ronco y lascivo de palabras soeces que avivaban su gozo de posesión. Más no recordaba, salvo la certeza de que el exceso de placer me estaba vaciando. La misma sensación que tuve al despertar, incorporado definitivamente a la vigilia del día nublado y ceniciento enmarcado en la ventana. La llamé, teníamos que vernos y hablar, aclararlo, no podía contener la impaciencia. Me dijo lo mismo que me había dicho la tarde anterior, tenía que colgar, ya nos veríamos. Pasaron dos o más semanas. En ese intervalo, viví con el recuerdo de Marosa atormentado por un deseo voraz, incontenible, del que en vano pretendía escapar lanzándome a correr por los montes entre matorrales y zarzas espinosas. Nos vimos por fin una tarde lluviosa, en el mismo café. Marosa se había teñido el pelo de un brillante color caoba que ni le quitaba años ni le añadía belleza. Estaba más delgada, más triste, una vez más, poco comunicativa. Dejé que el silencio hablara primero por los dos, por si acaso, pero era un silencio áspero y espeso que se cerraba en sí mismo. Iba a hablar yo, pero lo hizo Marosa con un tono que rompía radicalmente la ambigua rareza de la atmósfera que ambos compartíamos. Sabes que este mes me he estado follando a todo el pueblo? Me quedé sin respuesta. Y sin habla. Marosa se echó a reir, como tantas otras veces en los que el humor y la alegría se muestran en ella con espontaneidad y soltura. A mí, sin embargo, la risa no me salió. Seguí sin reaccionar, inerme, maniatado aún por la confusión y la duda. Vale, vale ya, se dijo a sí misma. Y paró de reir. El caso Marosa, empezó diciendo, y ya no paró hasta que el relato de su propio caso, como ella lo llamaba, llegó a su final. Lo pasó muy mal. Empezaron, como tantas veces y tantas otras cosas a oirse rumores en los bares y en los corrillos de las plazas y las calles. La jefa de AAMM se tiraba cada noche a un tío del pueblo, sin reparos, joven o viejo, casado o soltero, le daba igual. Esto, que en un principio le parecía una broma de mal gusto de alguien que tenía interés en herirla, fue cobrando poco a poco forma de verdad a los ojos de la gente. Y esto es un pueblo, un pueblo pequeño de mentalidades en su mayoría anticuadas y pobres, articuladas en torno a costumbres y hábitos heredados. En la calle, los gestos y las miradas la señalaban, se ignoraban sus saludos o recibía desplantes y hasta insultos de mujeres o esposas ofendidas por su actitud libertina y deshonrosa. Hubo también denuncias y advertencias oficiales de sus mismos superiores. Acorralada, entristecida y también decepcionada por la falta de comprensión y de apoyo, se le pasó por la cabeza dimitir de su cargo y abandonar el Cuerpo, pedir traslado a cualquier departamento administrativo, a ser posible fuera de la comarca. Y lo iba a hacer, estaba decidida, iba a abandonar el Cuerpo cuando la experiencia de su oficio asociada a su poderosa intuición encontró en esa frase, abandonar el Cuerpo, el por qué y el cómo de lo que venía sucediendo. Súcubo!, gritó, para sí misma y ahora ante mí. Era un súcubo, me dijo, me estaba suplantando un súcubo. Revisó archivos, desempolvó legajos, viejos casos similares al suyo sucedidos en el pasado y reunió pruebas, recogió testimonios de algunos de los poseídos. Presentó todo ese conjunto de documentos a su superior y le convenció para aplicar la única solución posible en sucesos semejantes. Una avioneta del departamento de incendios de la región fumigó con ceniza el pueblo en una madrugada neblinosa. La ceniza, me dijo, funciona ante el demonio como antídoto libidinoso y fecundativo. Era cuestión de esperar. Y hemos esperado, ha desaparecido, se ha ido. Quise, como otras veces, reir y encontrarle la gracia al misterio de esos asuntos en los que ni creo ni tengo voluntad de creer, pero seguía la risa sin salirme y la imagen de Marosa cabalgando sobre mí se superponía a la Marosa de carne y hueso que tenía enfrente. Iba a decirle que yo también… que a mí, el súcubo… pero no le dije nada, me callé y esperé que fuera ella la que se levantara de la silla para despedirnos. Me alegraba de que estuviera bien, le dije, y era verdad, pero esperaba, deseaba, que el remedio de la ceniza no tuviera efecto ninguno sobre el detestable poder de ese demonio y que cuanto antes, cuanto antes, cuanto antes volviera a tomar dominio del pueblo. Pero eso no se lo dije.

Treinta

Mañana me cambiaré de habitación, probablemente. Podría hacerlo hoy mismo, pero me da pereza abandonar esta cama y despedirme de la maravillosa luz que cada mañana la inunda. A lo demás le he cogido poco afecto. Ninguno. El viejo sillón de orejas en el rincón no es suficiente, los libros los coloco mal, donde puedo, no tengo un espacio decente donde poner el ordenador (ahora escribo en la cama), y la decoración es rancia, anticuada: el armario, la cómoda, las mesitas de noche, el crucifijo…Y además, los ruidos de la cocina, que no pocas veces molestan. O los portazos imperdonables de C cuando cierra la puerta de su habitación y el chirrido enervante de no sé qué armarito de baño. Pese a todo, esa otra habitación que promete un mejor ordenamiento de propósitos, más comodidad y holgura, la habitación que han dejado D y E, no me acaba de convencer. Ha quedado en el aire un olor a la vida de otros que mi nostalgia no necesita. Meterse ya en alguna de sus camas es como arroparse con la piel de los que aún ayer dormían en ellas.

En aquella foto que ví en El País , Nelson Mandela, sentado en el suelo, se cosía un pantalón o una camisa en el patio de la prisión de Robenn Island, donde llevaba preso casi veintisiete años. El pie de foto anunciaba la probable liberación del lider del ANC. El impacto de la fotografía fue tan intenso que la imágen me quedó grabada para siempre en la memoria. Ayer fuí a ver Invictus, la película de Clint Eastwood que narra el triunfo de la selección sudafricana de rugbi en el campeonato del mundo y de cómo la capacidad de liderazgo, el carisma y el talento político de Mandela impulsa la reconciliación entre blancos y negros a través del deporte. La película, bueno… Comprendo que llevar a la pantalla un acontecimiento aún reciente, en el que la emoción desborda las fronteras de lo histórico y lo político es una tarea un tanto imposible para un creador. La grandeza de aquel acontecimiento es una obra de arte en sí misma, una obra original ante la que cualquier otra réplica artística está destinada a fracasar. Por eso, la película puede no emocionar al espectador, aunque sí emocione al admirador del lider sudafricano. Yo, que soy tanto un admirador del cine de Eastwood como de la figura política y humana de Mandela, me sentí simultáneamente frío y emocionado. El calor que recibía no me lo daba el personaje que interpreta Morgan Freeman, sino el espíritu y la personalidad de Mandela, esa obra de arte única y original, antepuesta a su representación o a su copia.

Diecisiete

Para bien o para mal, soy aficionado a esa clase de películas de carácter intimista en las que la música, el silencio y los breves diálogos demoran la belleza de las escenas sin alcanzar un éxtasis. Dicen que en cierto cine francés esa belleza arriesgada hasta el límite es una seña de identidad reconocible. Por desgracia, me faltan ejemplos. Más allá de ese umbral que marca el riesgo calculado, una sencilla historia de amor rica en matices sensoriales pierde su gracia original: la atmósfera se espesa, fermenta, se enturbia la luz. Los diálogos se oscurecen. Si su estructura narrativa es sólida, la película no se derrumba. Si está bien urdida la trama, no se desvanece. Si los personajes se quieren, el amor no se gasta. Y pese a todo, nada puede ya salvarnos del aburrimiento. No sé qué tiene que ver todo esto con la película que ayer ví en el Auditórium, pero de Tres días con la familia, la ópera prima de Mar Coll, dicen sus críticos que bebe del cine francés más reciente. Aquí, en la historia de Lea, una joven estudiante que regresa a casa al entierro de su abuelo, hay también una historia de amor no narrada que esconde sus dramas bajo el llanto de una almohada. Pero es una historia periférica, como las que viven sus personajes, ocultos en un juego permanente de apariencias e imposturas. El retrato es el de una familia de la burguesía catalana de sentimientos envasados al vacío. En la película no hay trama, los personajes generan secuencias encadenadas en torno al hecho luctuoso que los convoca, observan complacientes el engaño de los rostros que los reflejan. Bien vestidos, circulan en torno al muerto en el velatorio, en el funeral, en el entierro y en los postres, mientras la mirada de Lea los desnuda. Y sí, hay diálogos que son breves y no matan, silencios que llenan a medias un vacío necesario y música que irrita cuando el corazón no la pide. Pero no aburre. No da tiempo. Todo aquello que ocurre en una hora y quince minutos puede ser hasta divertido. Incluso un entierro.

Nueve

Veo Los abrazos rotos en el Auditori Felip Pedrell. Me siento identificado con aquéllos que exigen la perfección en cada película de Almodóvar. Como es mucho pedir, no encontrarla constituye una decepción. La estética es siempre brillante, escenografías, cuadros, canciones y escenarios que son la firma incuestionable de un modo muy personal de hacer cine. Y sus historias también. Pero en Los abrazos…hay para mí un exceso de secuencias “secas”, inútiles, y falta puntería en la emoción. Abandoné enseguida la sala cuando la película terminó, salí rápido, no me demoré, como lo hago siempre que una película me gusta, leyendo minuciosamente los créditos (soy de ésos), aprendiéndome el reparto, los títulos de las canciones, las localizaciones…además, estaba harto de abanicos que se abrían y se cerraban y de suspiros y sofocos exagerados por un calor que yo no percibía. La importancia de Almodóvar ha colonizado los espíritus de esos matrimonios maduros adictos a los melodramas barrocos, el de esas señoras de floreados vestidos económicos que viajan solas a los escenarios de la cultura popular, con legados pobres en literatura, sin herencias cinéfilas, aficionadas a un cine de lágrimas y sentimientos donde brotan lazos de sangre desde el centro de una materia oscura o corrupta. Poco atentos, quizás, a una estética de línes perfectas, extrañados de una música no pocas veces superior a las secuencias que la inspiran, indiferentes a la luz, a las sombras, con convincente criterio (éso es lo que vale) centran todo su interés en la historia, en el choque, la colisión, la lucha cuerpo a cuerpo entre personajes tantas veces al límite de sus emociones. Adaptados ya a las nuevas formas que contiene la modernidad de su cine, asimilado su otrora escándalo, despliegan sus abanicos en las salas abarrotadas de congéneres, confiadamente, como en casa frente al televisor cuando miran cine de barrio. El de Almodóvar es cada vez más un cine para adultos, como el que abarrotaba la sala del  Auditori Felip Pedrell el pasado lunes. Un cine para pensionistas.

Polgar, a 1 euro.

La vida en minúscula es el título de una recopilación de relatos y fragmentos de Alfred Polgar (Viena, 1875-Zurich, 1955). Lo compré en la mesita de saldos de una papelería y me costó un euro. Antes miraba mucho las mesitas de saldos y los puestos de rastros con libros viejos y usados. Ahora ya no, incluso huyo de ellas porque me cansan y me aburren los libros huérfanos, porque tiene uno la sensación de que son siempre los mismos libros, y porque, de hecho, lo son. Durante un tiempo, me divertía hacer listas top ten de los títulos que más aparecían en esas mesitas, y, hasta hace muy poco, retirado definitivamente de ese mal vicio, el primer lugar lo ocupó Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, por méritos propios. Los gozos y las sombras fue, probablemente, uno de los libros que más proliferaron en los estantes de la gente que no suele leer, porque hubo una edición gratuita de una entidad bancaria que coincidió con la emisión de la serie y las librerías de todos los comedores familiares se llenaron de esa edición en tres volúmenes. Y fueron también, probablemente, los años de más gozos y más sombras de nuestra historia reciente.  Sobraban libros, la nación vivió una hermosa época excedentaria. La novela será buena, como lo debió ser también la serie, pero de tanto verla tirada por el suelo, sobre mantitas y trapos gastados, rodeada de tantas porquerías inservibles a precios mendigantes, cuesta asimilar que nos encontremos ante una obra de calidad notable. No me importa decir que, aunque no la he leído, ni la leeré nunca, Los gozos y las sombras y la coleccción rtv de Salvat constituyen el fundamento de mi rastreadora educación sentimental. Sin haberla leído, digo, sé que uno de sus protagonistas, Carlos Deza, decide regresar a su tierruca natal y abandonar Viena, donde ha experimentado la decepción de un asunto amoroso y el fracaso como psiquiatra. Tanto Deza como Polgar, el primero en el plano de la ficción y el segundo en el de la realidad, fueron testigos de la descomposición anímica y social de la capital centroeuropea. Sin ese esplendor del pasado en el que tantas melancolías burguesas se reconocen, no había sitio para la esperanza. Con más o menos determinación, huir era una necesidad. Carlos Deza lo tenía más fácil, porque le esperaba una inconmensurable novela de tres tochos en cuya trama podría desarrollar su vida y realizarse como personaje principal. Pero Alfred Polgar, no, porque era judio además de escritor y escapar del acoso nazi era tan imprescindible o más que escribir sus obras completas en seis volúmenes. El tedio y el cansancio de una Viena sin luces, muerta, que arrastraba como una cadena su gloria fenecida tras el desastre de la Gran Guerra, le llevó primero a Berlín en 1925, luego a Zurich y a París y finalmente a EEUU, país que sistemáticamente negó a Hitler el visado de invasión. Los treinta breves, algunos brevísimos, relatos de La vida en minúscula están diseminados entre esas miles de páginas que forman sus obras completas. El criterio de la selección será arbitrario o no, poco importa, como lector me vale el argumento de su talento y el ejercício magistral de una literatura que registra las decadencias morales de su presente sin el recurso al género novelístico, que el escritor austríaco consideraba inservible. Para Polgar la forma breve era la única forma en que la vida, también breve, podía encajar. Un relato como El abrigo, por ejemplo, es ya demasiado largo. Tiene dieciséis páginas y es el más extenso de todo el repertorio, una obra maestra larga que contradice el gusto ponderado del autor por la simplificación de las tramas, pero perdonable por su excepcionalidad. Si no lo hubiera escrito Polgar, un ruso llamado Chéjov hubiera asumido muy gustoso su autoría. Para ser de Polgar, cuya esperanza en el progreso moral del ser humano es poco menos que irrisoria, en El abrigo la hay, y se sustenta en un personaje ridículo, de involuntaria ternura, que consigue hacerse perdonar por el lector. Y si el lector perdona, hay salvación. La ironía, la inteligencia, el elegante y transparente estilo, todas esas cosas que se encuentran con merecida fortuna en el resto de los relatos, se encuentran también en éste, una suerte de economía del espíritu que cultivó escribiendo en postales su colega contemporáneo, Peter Altenberg. Si se conocieron, no lo sé, pero es muy probable que coincidieran e intercambiaran estampas en alguno de los muchos cafés que Viena puso a disposición de sus artistas e intelectuales. En uno de ellos, uno importante, hacía su vida el bohemio Altenberg, que tuvo talento para escribir y vivir por la patilla hasta el día de su muerte. Ambas cosas, con mucho mérito. Las prosas y fragmentos breves de Altenberg alcanzaron popularidad y obtuvieron el aplauso de escritores y críticos coleccionistas, en unos años, el fin de siglo, en el que las postales hacían furor entre las familias burguesas. Fue una hermosa época excedentaria en postales. Los relatos y fragmentos de La vida en minúscula son también una especie de postales, escenas, escenarios y personajes encuadrados en el reverso a veces burlesco, a veces cínico, siempre agudo e inteligente, de un marco social burgués compˋlacido con su grandeza. La lectura de cualquiera de ellos es gozosa, y quien desee extraer enseñanzas y pareceres que cuestionen sus sólidas convicciones, puede empezar abriendo el libro por cualquiera de sus páginas. Si el azar nos concede la sesenta y tres, en un plis plas El globo desmonta la estructura evanescente y distraída de la clase social sobre la que el imperio austro-húngaro se sostenía. Una delícia de narración y una metáfora cariñosa en unos tiempos en que la producción de imperios también era -inútilmente- excedentaria. Como ahora. Como siempre.

Feriantes

No me extrañó encontrarme con Paco en la Feria de Ladra. Hacía mucho tiempo que no le veía. Estaba muy cambiado. Lo corriente, la típica transformación que deja el paso de los años. Cuando éramos jóvenes me llevaba con él a vender globos por el Alentejo. Vendíamos unos globos en forma de salchicha de dos metros  de largo que se vendían como churros. Era fácil inflarlo. Se agitaba un poco en el aire y el globo prácticamente se hinchaba solo. Luego se le hacía un nudo en el extremo y al botarlo en el suelo salía disparado como un cohete. El globo valía diez escudos y por cada globo vendido Paco me daba cinco. Cuando llegábamos a un pueblo que estaba en fiestas los primero que hacíamos era alquilar una habitación en una pensión barata y llamar por teléfono. Paco siempre estaba llamando por teléfono. Lo que más le gustaba era meterse en una cabina con una cajetilla de tabaco y hablar por teléfono. Eso y trabajar era lo que más le gustaba. Las mujeres aparte. Paco y yo no nos parecemos en nada, ni ahora ni entonces, pero nos entendíamos muy bien porque yo estaba conforme con él en todo. Y tengo que estarle agradecido siempre porque él me enseñó a trabajar. Si no hubiera conocido a Paco, yo aún no sabría cómo se trabaja. Del asunto de la compra de los globos, las ferias y la gestión logística se encargaba él, yo no me tenía que preocupar de nada. Yo era la primera vez que salía de Lisboa y fue entonces cuando el mundo empezó a parecerme grande de verdad. Echaba de menos a mi madre y a mis hermanas, pero estando con Paco me encontraba seguro y bien. La primera vez que yo crucé el mar fue con Paco. Fuimos a las islas Madeira. Yo me enamoré de esas islas. Paco también, pero menos porque como todo el tiempo estaba pensando en trabajar, las mujeres aparte, no le motivaba conocer lugares nuevos si no había una feria donde poder vender los globos. Si no había nada que hacer, él prefería quedarse en un bar tomando carajillos o llamando por teléfono. Por entonces, las islas de Madeira eran unas islas prácticamente llenas de Vírgenes. Había Vírgenes por todas partes, no había un sólo rincón que no tuviera la suya. A mí me gustaban mucho. Allí fue donde yo tuve mi primera novia. La conocí en Funchal, la capital. Era muy guapa. Me enamoré de ella enseguida porque lo necesitaba. Cuando vivía en Lisboa tener cubierto ese aspecto de mi vida no me parecía importante, pero después de dos meses de estar en Madeira y con tanta lluvia tuve un acceso de melancolía que no pude superar y decidí enamorarme. Además, se nos habían acabado los globos y Paco estaba muy nervioso porque su contacto de Lisboa le había cortado el suministro.Se pasó días y días en una cabina fumando y llamando por teléfono sin parar, hablando con el hombre aquél. La verdad es que pasamos un momento malo. Yo lo llevé más o menos bien porque mi novia me presentó a su familia y me invitaban a comer todos los domingos, aunque al princípio me resistía. Además, me daba cosa dejar solo a Paco. Los domingos en Madeira son muy tristes y tenía miedo de que si se le acababa el tabaco o se estropeaban las cabinas pudiera cometer una locura. Al final convencí a mi novia de que le invitasen a comer también a él y poco a poco las cosas fueron mejorando. Luego lo que pasó fue que el padre de mi novia se cayó por un barranco cuando buscaba setas y tuvo la mala leche de matarse. Por un lado, fue una desgracia, pero por otro fue una suerte porque Paco le cogió cariño a la madre de mi novia y al final poco a poco la fue enamorando. A Paco le vino bien estar un poco sujeto. Aprovechó para comer bien todos los días y olvidarse un tiempo de los globos. Así que durante la semana no nos veíamos, salvo los domingos. Pero dos o tres meses después yo ya me empecé a cansar de Madeira. Por si fuera poco, mi novia cada vez me besaba menos, y cuando yo le preguntaba por qué decía que no era verdad. Pero era verdad. Poco a poco fui pensando que lo mejor era irme de allí y volver a Lisboa. Echaba mucho de menos a mi madre y a mis hermanas. Yo me vine y Paco se quedó allí un tiempo más. Luego no nos volvimos a ver en muchos años y cuando nos vimos me dijo que al poco de irme yo a la madre de mi novia le entró humedad en los huesos y murió. Ahora, cuando le he vuelto a ver, la verdad es que me ha dado alegría encontrarlo porque me ha hecho recordar todas aquellas aventuras.

ULISES EN LISBOA      Eladio Redondo     ed.Beltronica 2013  

Carpeta de sueños. 2

Recibo una carta que me informa de la hora y el lugar donde he de pelearme. El rival es un conocido de mi infancia, entonces un joven abogado que ahora cría ovejas y vende agua. Cuando llego al portal, surge de entre las sombras y se echa a llorar en mis brazos. Yo le abrazo también y elogio su jersey de lana, aunque está húmedo. Su madre se acerca a nosotros y nos dice que ya está bien de besos y que peleemos como los hombres.

Voy al lavadero de coches porque allí hay un mecánico que me está arreglando el brazo. La oficina es pequeña, un cuarto estrecho sin más muebles que una mesa de despacho, muy baja. Sentado en el suelo, contra la pared, hay un hombre del pueblo haciendo crucigramas. Siempre he sospechado que es un confidente, un chivato de la policía. Mi brazo está sobre la mesa, doblado y en mangas de camisa, con un juego de esposas rodeando la muñeca. Al otro lado de la mesa, un joven pelirrojo con tupé me dice que son cuarenta euros, y que ahora me lo explica.

Voy en un tren con alguien que no sé quién es, solo que es un hombre sin edad y va vestido de militar, o de soldado porque le caen sobre la camisa caqui unos tirantes y tiene el pelo grasiento o sucio, salpicado de barro y sangre seca. Está sentado frente a mí, con las manos entrelazadas, y me pregunta, más bien afirma, que tengo pinta de no haber estado nunca en la guerra. Yo le contesto que sí, que una vez, pero solo de paso.

2017-07-04 08.57.50

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