Seducción

Cuando me dijo que le gustaba mucho el chocolate, enseguida le dije, sin saber por qué, que el chocolate era una metáfora del deseo. Sus ojos negros de oscuro e intenso misterio me miraron fijamente. Como llevaba alguna copa de más, aquella mirada de cálculos ambiguos no clarificaba su determinación. La mía intentó abrirse paso torpemente, avanzando a ciegas en lo desconocido. Le hablé de la taleguilla con semillas de cacao que Napoleón llevaba siempre consigo, de los calientes chocolates de los prostíbulos parisinos y de los rituales incas con pasta de xocoatl. Aquellos artificios de seducción parecieron despertar su interés. Pidió otra copa y se acercó un poco más a mí. Algo más seguro y confiado, alabé la exótica hermosura de sus ojos, donde ahora parecía haber dulzura e insinuación. Dí un paso más y le relaté las deliciosas perversiones del marqués de Sade, cuya imaginación febril responsabilizaba a las grandes cantidades de chocolate, vainilla y canela que tenía por costumbre tomar. Estreché su cintura con un abrazo sin rigideces y al oído le susurré las viejas recetas de las chocolaterías suizas, origen, para Calvino, de las tentaciones de la carne y los pecados de la lujuria. Nuestros labios, por fin, se rozaron, y de los de ella salieron las palabras rendidas que tanto deseaba escuchar. Y entonces me pasó lo que tantas otras veces, que esa victoria narcisista me dejó exhausto y sin apetito, saciado, y la única verdad que me quedaba, antes de disculparme y marcharme, fue confesarle que no me gustaba el chocolate.

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Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

LARGO DE TRINDADE

Me estaba tomando un café en un bar del Largo de Trindade cuando entró mi padre. En el bar no había nadie, sólo yo y un mozo de reparto que colocaba unas cajas en un armario chiquitín, junto a la puerta. Olía un poco a orines, el suelo un poco pegajoso, la penumbra un poco triste. Mi padre, que había entrado muy silenciosamente, iba en zapatillas de andar por casa, las de siempre, con el agujero que se hizo él para liberar el doloroso juanete. Llevaba también una gabardina azul y una boina, calada al modo rústico como se calan las boinas algunos artistas e intelectuales. Yo tenía abierta mi libreta sobre la mesa y apuntaba algunas cosas tontas que se me estaban ocurriendo. Pese a que había muerto hacía más de diez años, no me sorprendió verle. En todo caso, si algo me sorprendió fue que estuviera en Lisboa. “Hola, hijo”, me dijo, quitándose la boina con las dos manos. El saludo me llenó de ternura porque nunca me había llamado hijo. Le pedí que se sentara y le pregunté que estaba haciendo por aquí. “Me voy ya, me dijo, he venido solo para regalarte esta historia”. Me sorprendió la razón de su visita sí y no. Desde siempre, hubo en mi padre una inclinación natural al ingenio y las ocurrencias, al modo rústico, casi labriego, como las que tienen los intelectuales de hoy en día. No le pregunté nada más. Cogí el bolígrafo y escribí ansioso la revelación del regalo. Cuando terminé de escribir la última frase, alcé la cabeza decidido a manifestarle mi entusiasmo, pero ya no estaba. La boina, sin embargo, sí. De modo que me la calé, al modo rústico, y abandoné el café.

Ulises en Lisboa   Eladio Redondo   Ed. Beltónica    2013

Ritulata.1

Entre nosotros hay un hombre que fuma puros con los pasos contados, la mano siempre puesta en el corazón. Va y viene por la terraza empedrada mientras expulsa el humo en forma de pequeñas salpicaduras de conciencia, no sabemos cual.

Entre nosotros hay un ciclista que sueña con la gloria de un mayor deseo. Se recoge el pelo en una redecilla de alambre envuelta en mustio laurel y exhibe a modo de oferta muslos, torso y brazos embadurnados de sudor de héroe de barranco, mientras con ojos tristes de minero mira el efecto de la luz en la felicidad de los niños.

Entre nosotros hay una mujer que quiere tener menos años y menos hijos. Quiere crecer hacia atrás y hacia adentro, con el vientre lleno de ambiciones puras y pecados limpios, y desgastar poco los anillos y abandonar el ajuar y mancharse de inquina y de gritos que enjuaguen la tediosa honradez de las lágrimas.

Entre nosotros hay un anciano con manchas secas de anciano cansado ya de ser sombra sin forma, palo seco entre la seca pinaza, maldito corazón sin sueño y negra venda en la memoria. Sin embargo está ahí, sentado entre nosotros, y sonríe como sonreímos nosotros.

Entre nosotros hay un hombre de ceño fruncido y cejas espesas que cuenta dinero sobre la mesa, sobre el mantel lleno de migas deposita sacos de monedas que primero manosea y luego abrillanta y ordena en columnas perfectas. Como no sirve para nada, ni él ni el dinero que amasa con contemporánea ceguera, nos olvidamos de que está ahí, de que existe, y algún día pagaremos caro ese olvido.

Entre nosotros hay una mujer de lujo echada a perder, una tontaina consentida que vende cinturones y pieles de manatí, antes imbécil y ahora también cruel. De ella aplaudimos sus coquetos patetismos con imperdonable comprensión, aprobamos sus soseces, su estilo caduco, su impostada tos invernal. El error de haber deseado en mejores tiempos su carne ahora nos condena a muchos al silencio.

Entre nosotros hay un artista con talento prematuramente adelantado al éxito. Galerias de Nueva York y Tokio exponen o arrebatan o esquilman su patrimonio inmaduro. La calle lo jalea, la familia le admira, el dinero le convence. Su obra podrá ser o no perdurable, pero su corrupción es segura.

Ayer, en el modesto hospital de la provincia nació Roque. Gritó al salir, como todos, y llora como todos y ya, sin él saberlo, es afán y esperanza y tragedia, aunque eso poco importa, lo que importa es que ya está entre nosotros.

La nueva vida

Me sentía angustiado, terriblemente angustiado, uno de esos días en que el abatimiento y la soledad, por no decir el dolor, se te clavan en el alma y ves tu presente lleno de nubarrones. Me senté en una terraza, al sol, y pedí un café con leche. Hice una foto del cruasán y la subí al facebook: “Desayunando, con un café calentito!!!” No encontraba sentido a la vida, ni encontraba tampoco razones para esperanzarme. Los días pasaban, uno tras otro, y no traían más presagios que desventuras y decepciones. Entré en el centro comercial y me entretuve viendo escaparates. Al final, me compré un par de camisetas, unos zapatos y un yo-yo, por comprar algo. Hice unas fotos de las camisetas y los zapatos y las subí al facebook. “De compritas!!!” Salí de nuevo a la calle y crucé la gran avenida. El zumbido de los coches es insoportable. Los ruidos, el jaleo, los humos. Me ponen histérico. En días así, se te pasan por la cabeza los peores pensamientos, los más siniestros. Por distraerme un poco, entré en el parque y me senté en un banco, de espaldas al lago. Me hice un selfie y lo subí al facebook: “De relax con los patitos, más feliz que una perdiz!!!” Sólo de pensar que mañana, otra vez, tendría que volver al trabajo, me entraban náuseas. Ocho horas allí, encerrado, viendo todas esas caras tristes y amargadas de gente haciendo las mismas cosas aburridas que tú. Sólo de pensarlo, me deprimía. Pasé luego por delante de un puesto con libros y me detuve. Me aburre leer, pero me aburre más tener que hacer la comida, así que les eché una ojeada y acabé comprando el último libro de Paulo Coelho, aunque seguro que es una mierda. Mientras preparaba la comida, hice una foto de la portada y la subí al facebook: “La felicidad no te busca, te encuentra”. Después de comer, me eché la siesta, que fue larga. No me gusta porque luego te levantas mal, con pesadez de todo, apático, sin ganas de hacer nada, ni siquiera soy capaz de distraerme con las tonterias y las gilipolleces que pone la gente en facebook. Mi foto de Paulo Coelho tenía 500 me gusta, casi tantos como la del cruasán. Y eso que yo creía que la gente no leía. Pero no se me iba de la cabeza lo mal que estaba. Qué sentido tiene vivir seguir así, sin Ana, sin los niños, sin las comidas de mi suegra. Salir a la calle me ayudaba, pero no lo suficiente. Todo es tan igual, tan gris, tan insípido. Mandé un guasat a Juanan y otro a Pedro y quedamos en el café nuevo. Hacía algún tiempo que no los veía, pero ví que les seguían yendo bien las cosas. Nos pedimos unas cervezas y charlamos un poco, pero la conversación la interrumpían a menudo los mensajes en los móviles. Al final, era al revés, y sólo de tarde en tarde los mensajes en los móviles eran interrumpidos por la conversación. Así que nos despedimos y nos fuimos, pero antes nos hicimos una foto, los tres sonrientes y felices. Esperé un poco hasta llegar a casa y cenar, porque arrastraba todavía un vago sentimiento de tristeza o de pesar. Antes de irme a dormir, la subí al facebook: “Con Juanan y con Pedro, disfrutando de la nueva vida”.

Arte poética

Es algo tarde, es lunes, me resisto no ya a saltar de la cama, me resisto a abandonar el sueño, prolongo unos minutos más esa vida atada sin cabos. No oigo ruidos, no hay murmullos, no oigo ecos de voces ni ladridos de perros ni zumbidos. Planea sobre el campo casi escarchado un silencio fósil. Me resisto, me aguanto, me arropo y me defiendo de la mañana fría. Me quedo un poco más, soñando, escuchando una voz de ensayada declamatoria, grave, profunda, una voz con rostro de barba rala, una cara perfumada por noches de wisky, un rostro que no conozco y que no me conoce, alguien que me mira cerrando los ojos, que habla para mí, que arroja sus versos preciosos y absurdos sobre la almohada, alguien que me instiga, que me advierte, que me hace feliz…el sol se elevaba, gracioso, sobre la nuca del inodoro…inclinada sobre los picos de los pájaros, la bella señora recogió el peinado de su moño en la funda del paraguas…versos que se pierden en la nada íntima y caliente de la madrugada, hermosas frases sin sentido que morirán para siempre sin memoria. Quién las hace? Dónde está? Después, ya en la mesa, con una taza de café caliente en la mano, me acuerdo de la frase que anoche, antes de dormir, leí en un cuento de Benedetti: para Kant, los sueños son un arte poética involuntario.

2017-03-14 15.00.12

Collage: papel japonés sobre papel natural    Contacto: eladiore@yahoo.es

Una carta apócrifa

Ampanan, 2 de agosto de 1993

Querido Carlos:

Empiezo a sentir de nuevo la falta de gravedad necesaria. La poesía nos sirve para que nuestra atención hacia las cosas profundice en ellas. No pocas veces una palabra precisa, o un vocablo sugerente, nos procura una idea que trae consigo cierta inquietud, un áspero desasosiego. La belleza se resiste. Hay como una dureza de pedernal en lo que leemos. De repente nos damos cuenta de que es imposible atacar de frente un verso. Sufrimos. Sabemos que hay que golpear una y otra vez hasta que la piedra se abra y nos muestre la herida que encierra dentro. Su matriz, la generación de un mundo que intuíamos y al que no estábamos dispuestos a renunciar. La poesía no nos hace la vida más cómoda, pero sentimos, con lo que nos da, que la gravedad no nos arrastra hacia abismos sin fondo. La vida gana en materia y luz, y pierde el peso que le sobra. Nos acerca más al centro de lo que somos. Nos da conocimiento.

Leo cada mañana en los jardines del losmen, mientras desayuno. En los pétalos de las flores se mantiene aún el rocío glorioso que aporta el aire húmedo. No hay ruidos, ni sombra de ruidos. Los viajeros que aquí se hospedan duermen hasta tarde, los propietaros van al mercado. Me acompaña, como un manso animal que pide solo estar presente, el lento murmullo del agua que corre por las acequias. La mirada se me va, sin yo quererlo, del libro a la fronda verde y espesa que nos aisla de la calle. Del libro a los recuerdos. Los recuerdos me ven a mí, también, y se posan en mis manos. Yo, que siempre mantuve que la nostalgia es reaccionaria, tendría ahora que discutirlo contigo. Tú eres uno de los recuerdos que se me posan en las manos. Mi viaje está siendo ya muy largo. Boraima, melsuca, caliguan. Las palabras se me hacen brisa de agua en la boca. Viajo y no estoy. La escritura navega dentro de mí. Una corriente serena, de mar lejano y próximo, busca huecos y redondeces a los que dar forma. Lejos de tí la forma sacia su sed de perfiles. La gravedad es una esfera y en la palmera está el sueño único. Y la vida única. Viajo, y sin embargo, estoy más cerca de tí que cuando nos despedimos en la plaza. Los espacios. El corazón y los espacios. Por hoy ya es bastante. Recibe, amigo, el abrazo de quien te quiere.

Tablex para escritorios.   Contacto: eladiore@yahoo.es

 

Diciembre, 2016.Notas a pie de feria.(y 3)

Un conocido me ha dicho esta mañana que tiene la cabeza llena de grillos. Yo creo que la tiene llena de grilletes.

De la mujer que acaba de hablar conmigo, veinticinco años después me siguen gustando: la belleza imperfecta, la inteligencia esforzada, el carácter sin gobierno, el erotismo blindado, el hondo silencio que habita en su deseo. Por lo que se ve, no he cambiado nada en todos estos años.

No podemos evitarle ningún dolor ni aliviarle ningún sufrimiento: tiene demasiada imaginación.

Podemos seducir, día tras día, noche tras noche, y acabar agotados de la belleza de los artifícios, exhaustos y vacíos. Porque podemos seducir, pero sólo el SER enamora.

T me cuenta que su amigo L es callado, una clase de silencio próxima al atontamiento. No lo era, dice T, hasta hace dos años, cuando se separó de su mujer porque la encontró en la cama con su hermano, que ahora está liado con T, a quien ha dejado embarazada, pero L no lo sabe. Es mejor que no lo sepa, dice T, por lo menos hasta que pase Navidad. Claro.

Amar en Islandia

Aunque era de Paris, vivía en Islandia, y allí la conocí un verano, en un glaciar. Me gustó de ella su bien cortado pelo negro y las cejas, de espesura varonil. Se llamaba Marie y hablaba español con gracia, sin imperfecciones, pero su acento francés conservaba una seductora sensualidad. Viajamos juntos hasta Reykiavik. En el céntrico café Paris, precisamente, nos declaramos nuestro amor. Llovió, hizo sol y un vendaval helado arrasó las indefensas calles de la capital. Bajo el silencio de la nieve, esa misma noche, hicimos el amor. Me habló de sus proyectos y ella escuchó los míos con enamorada atención. Al amanecer, granizó. Desayunamos en la cama, mientras la lluvia azotaba los cristales de las ventanas, e hicimos nuevamente el amor. El sol salió y volvió a ocultarse con rapidez. Quiso que me quedara en Reykiavik, con ella, pero yo le propuse que viniera conmigo a Madrid. No la convencí. Una cortina de aguanieve oscureció las calles como una niebla. Te quiero, le dije, impetuosamente, mientras imaginábamos proyectos en común. Salió el sol un rato y después un viento helado y feroz barrió las calles de la ciudad. Quise besarla y acariciar sus pechos, pero no me dejó. Quizás sea mejor que no volvamos a vernos. Me atraes mucho, pero, no sé, dijo, mientras una niebla espesa se comía la poca luz del día. Con una moderada dosis de cansancio, hicimos otra vez el amor. Luego nos dormimos. Nos despertó un aguacero. Después salió el sol y ella me habló en francés. No la entendí mucho. Se vistió, antes que yo, y me dijo alegremente que sí, que vendría conmigo a Madrid. Por la ventana veíamos caer densos copos de nieve al tiempo que el sol luchaba por abrirse paso entre las nubes. Piénsatelo bien, le dije. Te quiero, pero piénsatelo bien. Pese a todo, el sol no salió. Llovió con fuerza y sobre la ciudad cayó un manto aplastante de oscuridad. Me quedo yo, le dije. No, me voy yo contigo, dijo ella. Bajaron las temperaturas de repente y las calles se llenaron de hielo. Nos metimos vestidos entre las sábanas e hicimos el amor. Te quiero, me dijo, pero es mejor que te vayas solo, necesito pensármelo bien. La densa niebla volvía a cubrirlo todo otra vez. Quizá sea lo mejor, sí, le dije, te llamo desde Madrid. No, ya te llamo yo, me dijo. Tengo frío, tú no? Tengo calor, le dije. Afuera, en la calle, las temperaturas subían y bajaban como una montaña rusa. Por fin, volví a Madrid y al cabo de unos días la llamé. Cómo estás?, le pregunté. Llueve y hace sol, pero esta mañana nevaba mucho. En breve el cielo se nublará. Y tú, qué tal? Bien, hace calor, el anticiclón durará dos semanas. Le dije que la llamaría otra vez, cuando acabase el anticiclón, pero no la he llamado, y  me parece que ella a mí tampoco.

Colección completa en menú. Contacto: eladiore@yahoo.es