Conocidos y saludados. 2

Este, sin embargo, es un hombre que suele gritar para demostrar que tiene razón, y siempre quiere tener razón. En cualquier cosa, de importancia menor o mayor, le da igual. Por lo general, debate a gritos sobre tonterías y argumenta tonterías con las que demostrar que está de su parte la verdad. Con sus gritos y sus malas maneras de hombre resentido reduce a polvo lo que para él, cuando alguien le lleva la contraria, no son otra cosa que auténticas tonterias. Y cuando no lo son, o cuando la verdad o la razón pueden estar de su parte, el modo despreciativo o zafio de manifestarlo las desvirtúan. A veces, para dar por concluída cualquier refutación a sus razonamientos, golpea con agresividad la mesa y saltan por el aire todas las migas del pan. O se pone rojo y aliña la bandeja del pescado y la carne con salpicaduras de saliva. Antes tenía algo de gracia, pero ahora ya no, y, sin embargo, aprovecha la menor oportunidad para decir cualquier barbaridad con tal de llamar la atención y provocar. Desgraciadamente, la semana pasada despertó la ira de Tasio, un joven devoto de la música de Haendel que no soportó sus mamarrachadas mientras sonaba el Aleluya en su equipo de sonido analógico. Fuera de sí, después de gritar él también y ponerse a su mismo nivel extrajo el vinilo del aparato y lo lanzó con fuerza como si fuera un plato de frisbee, con tan mala fortuna que le rebanó una oreja. La familia emitió una nota reprobando el hecho.

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Carpeta de sueños. (4)

Me esperan mis once hijos en el patio en formación de revista porque quieren enseñarme sus tatuajes. Al fondo, contra una espesa pared de matorrales, se amontonan cajas espachurradas de comida para avispas. El mayor, el primero de la fila, tiene un salvavidas de patito enrrollado a la cintura y la cara llena de granos. Me dice con lágrimas en los ojos que soy un mal padre que no se acuerda nunca de sus hijos. Desde el otro extremo de la fila, la más pequeña me tira un ladrillo de plástico a la cabeza mientras el resto se ríe. Mi  hermana Angelita asoma desde el interior de un contenedor y pregunta de donde ha salido toda esa chusma.

Veo a través del móvil unas montañas altas y hermosas cuyo nombre desconozco. Le digo a Fran que como él sabe de estas cosas quizás pueda acercarlas un poco más. Me dice que no puede porque tiene entreno, pero me escribe en un papel, con su cepillo de dientes, una dirección de confianza. Diles que vas de mi parte, dice, mientras hace ejercícios en la rueda giratoria de una jaula para hamsters.

Miguel y Eduard cocinan arroz en una perola grande, sobre un fogón pequeño al que Miguel zarandea con fuerza. Eduard lleva una cinta o un pañuelo alrededor de la cabeza y sonríe al verme entrar. En un rincón, sobre un suelo atestado de serrín, se amontonan huesos de jamón y cabezas enteras de vaca con la lengua fuera. Oigo la música o el ronroneo confuso de un transistor o algo similar que viene del exterior, de un jardín o de un patio. La perola está llena de burbujas grasientas y emite una música similar. Qué bonito, le digo a Miguel. Y Miguel me dice que es el último tema de Julio.

Danilo Manso, el fingidor

Danilo Manso también era un fingidor, como Pessoa: “Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”. Muchas veces la vida de un poeta y su obra son indisolubles, y el arte de fingir se domina a todas horas, frente al papel o frente a un vaso de vino, en compañía de hombres o mujeres inventados o reales, de carne y hueso. Muchas veces, el poeta no hace diferencias entre esas dos realidades. El poeta, en cualquier caso, finge porque no conoce otra manera más noble de decir la verdad. Danilo Manso fingía, pero en la vida real era un mentiroso entrañable que no quería engañar a nadie. Era un poeta solitario e introvertido que fingía ser un hombre sociable y parlanchín. Si bebía, se entonaba, y entonces fingía ser un poeta expansivo y hasta seductor, pero en realidad era un hombre retraído y serio. Fingía seriedad y fingía campechanía, pero en realidad era zurdo y fingía escribir con la derecha. Para muchos, lo mejor de la obra de Danilo Manso está en los poemas que escribió con la izquierda, su mano de verdad. Yo discrepo, pero no soy un experto en Danilo Manso. A mi parecer, el texto que adjunto a continuación está escrito con la mano derecha, y debería ser bueno, pero Danilo Manso fingió escribirlo con la mano izquierda, su mano buena, y eso le quita la razón a sus defensores. En todo caso, a la vista está que el fingimiento lo borda:

Hoy estoy nervioso, será porque es martes y trece. Nervioso, como si una primavera no deseada me hubiera pillado a traición pintando una rosa de plástico. O porque veré esta noche a mis amigos y me contarán cosas de Berlìn y me hablarán de lechugas y tomates eléctricos y de círculos de tierra inundados de periferias. O porque he visto a una mujer que escondía su belleza en las páginas de un libro y he sido seducido por su sombra. O porque no puedo desprenderme tanto como quisiera de los avances de la vulgaridad, o porque no puedo llorar tanto como quisiera por aquello que no pude retener, o porque no puedo reir sin herirme de los fantasmas de un cierto amor. O porque ha hecho calor y ahora no, o porque no llueve y ojalá lloviera, o porque hace frío y yo siempre tengo frío, o porque yo siempre tengo frío…

El piso ciento y pico

A E, esa forma segura y rápida de subir le aburría. Reconocía el mérito de HR, que, en cuestión de semanas, había dado un impulso extraordinario al ascenso. Sin apenas esfuerzo, los pisos se sucedían unos a otros a velocidad de vértigo. Quince, veinte, treinta, ya había perdido la cuenta. Sin duda, era meritorio, pero también aburrido. Para HR no, porque, mientras tanto, aplicaba cálculos rentables a corto plazo, perfeccionaba los sistemas de riego y registraba minuciosamente el avance de los edificios más altos, cuyo ascenso duplicaba el suyo con materiales a simple vista más endebles. Eso, a HR, le tenía permanentemente preocupado. Pero E se aburría. La nueva aplicación permitía un ascenso riguroso y automático. Abajo, la hierba crecía a ritmo constante alimentada por los aspersores binarios y el control ordenado de los materiales necesitaba una atención mínima. Pensaba dejarlo. Si el sistema no fallaba, HR podría subir solo, sin su ayuda. Ahora, la altura alcanzada permitía ver más lejos, y más allá de ese horizonte flanqueado por edificios resplandecientes, se atisbaba la destrucción que el cansancio o la falta de éxito habia provocado en tantas ambiciones: edificios altos o más altos que el suyo, abandonados a sus suerte, caían solos formando ruinosas montañas de desolación y tristeza. Si la disciplina se mantenía, eso no les pasaría a ellos. HR podría seguir así siempre, pero E se aburría. Con la vista fija en aquel insólito paisaje de escombros y ruinas, E se quedó un momento pensativo. ¿Acaso no era también su aburrimiento un signo de desolación y fracaso? Si el sistema era bueno, como el mismo reconocía, ¿entonces era él?, ¿el aburrimiento era una cosa de él? Antes de dejarlo, hablaría de ello con HR.

Y treinta y dos

La cama es pequeña, el colchón es ligero, las sábanas se salen y dejan los pies al descubierto. He pasado la noche más o menos bien, con el susurro martilleante y amortiguado de un generador o un aparato eléctrico de gran potencia funcionando a pleno rendimiento, en algún remoto lugar de esta casa de más de quinientos metros habitables. Un mal olor puede llegar a hacerse soportable, pero un ruido regular y constante alecciona nuestra irritación. No importa. El ambiente es más frío aquí, la luz más tímida y las vistas más aburridas. No importa. Tengo dónde sentarme cómodamente y una mesita sobre la que apoyar los pies y el mando a distancia de la tele. El escritorio, blanco como el color de una antígua colonia, hace juego con los bolígrafos que no tengo y las libretas que guardo en el cajón. Si me siento bien, con la cabeza previamente apoyada en el respaldo de la butaca, puedo incluso pensar mejor sobre el frío que está haciendo estos días y el inolvidable calor del verano pasado. Pensamiento y memoria juntos, qué más se puede desear.

No pocas veces los pequeños afectos y los apegos lastran la urgencia y la necesidad de un cambio. Yo mismo, sin ir más lejos, de haberme aferrado a la cama y a la luz de la otra habitación, no hubiera dado el gran salto hasta esta butaca pródiga en impaciencias y desasosiegos.

Treinta y uno

Ya estoy instalado en mi nueva habitación. Le he pedido a María Villa que limpie la alfombra y he quemado un poco de sándalo. El sándalo ayuda a descifrar el mensaje encriptado que encierran los olores de los fugitivos. D y E no lo son, pero eso no lo sabré del todo hasta que el mensaje no esté descifrado. Por lo demás, todos huímos de algo. Este aroma que flota en el aire ha estado encerrado demasiado tiempo aquí, huele a monte bajo perfumado por un río de frambuesas puestas a secar, es intenso y penetrante, tiene algo de adormecedor. Me disgusta porque es un artifício que borra las huellas sensoriales de los cuerpos, disimula su carga, pero no destruye su amenaza. Y tiene el color romántico y apastelado de la lamparita de la mesa, de las fundas de los cojines y los adornos de las cortinas, un color afeminado y pasivo, prácticamente descatalogado. En su vertiente más añeja, es un olor asociado a largas horas de espera sin amor. Lo que me revela su secreto confirma la ausencia de amor físico: un padre y un hijo no combinan bien. Un olfato más fino que el mío hallaría quizás matices de aromas algo más groseros, insultantes u ofensivos. Los de la cocina. Platos de carne guisada, potajes, plátanos fritos. D era aficionado a comer en su cuarto. Pero yo no los encuentro. Una prueba más del fugitivo experto en borrar las huellas que delatan su biografía interior, de confundir a sus perseguidores. La contribución de E despierta una primera impresión de afeites melosos y coquetos, una fragancia de alcoholes excesivamente gastados por un deseo de triunfo. Se desvanece enseguida, cuando el ojo alcanza a ver las paredes sucias, los pomos algo pegajosos de los cajones del escritorio, la fina capa de polvo en las láminas sin brillo de Van Gogh. Esa es la grandeza de los olores, que no huelen nunca a lo que somos, pero pueden ayudar a construir lo que fuimos. Me hubiera gustado que oliese a naranjas, no sé por qué.

Treinta

Mañana me cambiaré de habitación, probablemente. Podría hacerlo hoy mismo, pero me da pereza abandonar esta cama y despedirme de la maravillosa luz que cada mañana la inunda. A lo demás le he cogido poco afecto. Ninguno. El viejo sillón de orejas en el rincón no es suficiente, los libros los coloco mal, donde puedo, no tengo un espacio decente donde poner el ordenador (ahora escribo en la cama), y la decoración es rancia, anticuada: el armario, la cómoda, las mesitas de noche, el crucifijo…Y además, los ruidos de la cocina, que no pocas veces molestan. O los portazos imperdonables de C cuando cierra la puerta de su habitación y el chirrido enervante de no sé qué armarito de baño. Pese a todo, esa otra habitación que promete un mejor ordenamiento de propósitos, más comodidad y holgura, la habitación que han dejado D y E, no me acaba de convencer. Ha quedado en el aire un olor a la vida de otros que mi nostalgia no necesita. Meterse ya en alguna de sus camas es como arroparse con la piel de los que aún ayer dormían en ellas.

En aquella foto que ví en El País , Nelson Mandela, sentado en el suelo, se cosía un pantalón o una camisa en el patio de la prisión de Robenn Island, donde llevaba preso casi veintisiete años. El pie de foto anunciaba la probable liberación del lider del ANC. El impacto de la fotografía fue tan intenso que la imágen me quedó grabada para siempre en la memoria. Ayer fuí a ver Invictus, la película de Clint Eastwood que narra el triunfo de la selección sudafricana de rugbi en el campeonato del mundo y de cómo la capacidad de liderazgo, el carisma y el talento político de Mandela impulsa la reconciliación entre blancos y negros a través del deporte. La película, bueno… Comprendo que llevar a la pantalla un acontecimiento aún reciente, en el que la emoción desborda las fronteras de lo histórico y lo político es una tarea un tanto imposible para un creador. La grandeza de aquel acontecimiento es una obra de arte en sí misma, una obra original ante la que cualquier otra réplica artística está destinada a fracasar. Por eso, la película puede no emocionar al espectador, aunque sí emocione al admirador del lider sudafricano. Yo, que soy tanto un admirador del cine de Eastwood como de la figura política y humana de Mandela, me sentí simultáneamente frío y emocionado. El calor que recibía no me lo daba el personaje que interpreta Morgan Freeman, sino el espíritu y la personalidad de Mandela, esa obra de arte única y original, antepuesta a su representación o a su copia.

Veintinueve

No digo que me encuentre mal, una cierta rutina me favorece, una dosis moderada de tedio me concede o me regala inspiración, un poco de aburrimiento o normaliza mi vacío o es un atajo rápido y seguro hacia el sentido común. Un poco de cada cosa está bien, se ordena el inmediato pasado, va cayendo la fina arena del tiempo sobre el tamiz del olvido, gana el pensamiento en silencios y el corazón agradece esa calma y esa propuesta de paz. Instalado en esa tregua de condiciones pactadas -con la vida, o con sus representantes, no lo sé- las emociones, las fuertes, exhiben sus nuevos disfraces en escenarios de virtualidad. Entre un público anónimo que grita los goles frente al televisor o en el corazón de una plaza, entre un público bullicioso y alegre que espera un pregón. Camuflada, confundida entre las masas, la emoción sublima su necesidad de presencia. Mientras tanto, el amor está en la reserva. La pasión carnal, con un ojo abierto, duerme y despierta al vaivén de roces imaginarios, percibe la alusión de una mirada, se deja algunas noches convencer. Forzosamente, lo intenso no siempre tiene razones para ser dañino. Y sin embargo, sueño a veces con una intensidad que duela, con un deseo punzante, con un amor que hiera y rompa este pacto, plácido pero agonizante, con la indiferencia y la monotonía.

Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”