Notas para combatir el aislamiento. Séptimo domingo.

Me dijo una madre amiga un día que me imaginara un mundo sin niños. Me lo imaginé. Terrible, casi como ahora: calles vacías, parques vacíos, escuelas vacías. Así que he ído hoy expresamente al pueblo vecino para presenciar esa explosión de alegría. Comprar el periódico, ponérmelo bajo el brazo y hacer como que vuelvo a casa. Tal vez salí demasiado pronto porque no había ni un solo niño. Yo pensaba que la ansiedad del encierro provocaría un aluvión temprano de multitudes enanas. Qué poco conozco la rutina doméstica de las familias. Pero mantenía la ilusión. Giro sobre mis pasos, compro otro periódico y espero a ver, la experiencia bien vale una multa. Nada. Al final, decepcionado por las expectativas, ya me íba. Espera, allí, al fondo, en aquella desolada explanada de tierra se ve algo. Un niño pequeñín protegido con mascarilla circulaba en su bicicleta mientras el padre consultaba su móvil. Ni un sólo ruido, nada, todo tan en silencio como los rastrojos secos y el aire triste y quieto del pueblo. Me he ído enseguida, cariacontecido. Le diré a mi amiga que se imagine el mundo con un solo niño, a ver qué le parece.

Notas para combatir el aislamiento. Séptimo sábado.

Hace dos días las rosas, y hoy los claveles. Forman un buen equipo en una temporada donde la competencia es feroz. Hablo de naturaleza y símbolos, de memoria y sentimientos, la economía no produce ni flores artificiales. La rosa es el emblema de lo que siempre es y acompaña al libro para fortalecer un lazo de unión afectivo. Los claveles florecieron en la boca de los fusiles y Portugal se revolucionó. Dos fechas en el corazón de una estación que cada año promete futuro, un futuro que renueva su riesgo y la incertidumbre, en el mejor de los casos, promociona su vacío. Llenar ese hueco por venir de pétalos de esperanza mientras haya flores lo haremos siempre, y no había habido nunca tantas flores como en este mes de abril.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto viernes.

Me digo al iniciar el paseo que tal vez esté allí la misma luz. Era la luz de un cambio de era, cuando emergía aquel silencio magmático que era también heraldo de un estado de excepción. Los corazones confinados en su caja torácica por tiempo indefinido y las almas pegadas al paladar, donde el miedo deja su rastro áspero al pasar. Pensaba encontrar allí la misma luz de aquel día, hoy, porque empiezan poco a poco a oirse los latidos enjaulados y sabe la boca un poco mejor, a miedo aún, al fondo de un trago largo de esperanza, pero miedo aún. Allí en el camino en alto estaba aquella luz, sobre un matojo de hierba verde que la contenía. Un verde que ya era de alegría, aunque fuese incipiente, imposible de ver. Creía que al volver allí la encontraría, la misma luz y el mismo tesoro escondido en esa luz. A la misma hora en que todo estaba igual, menos la luz, estaba también yo allí, contento de que una parecida luz habitara en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto jueves.

Mi tablet parece que tiene síntomas, está rara, hace tiempo que estaba rara, lo de ahora parece más grave. Cada vez en menor número de horas se queda sin fuerzas, sus defensas bajan rápidamente a cero y sólo conectándola con urgencia a un proveedor de energía responde provisionalmente. En ocasiones se reanima con una celeridad que invita al optimismo, pero es engañosa: cae de sopetón en una flojera que me obliga a pensar lo peor. Es una tablet, no se va a acabar el mundo, pero aplico sobre ella los cuidados de quien se aferra a la supervivencia. De algún modo, también ella me está ayudando a mí a sobrevivir, o, para no exagerar los dramatismos, a sobrellevarlo. Ayer tuvo que estar todo el día acoplada a una salida de alimentación, sin lo cual no hubiera podido ni parpadear. Hoy se ha levantado con ganas y parecía querer andar sola, ha salido al porche, ha tomado un poco el sol. Un poco, y en poco tiempo de nuevo al enchufe para reanimarse. Al abrir una página de notas para escribir, se ha resentido. No me escribas mucho, sólo frases cortas, me ha pedido con apenada resignación. Haré lo que ella me pida, lo que haga falta, pero creo, ojalá me equivoque, que en breve ya no podrá moverse. Con el fin de aliviar el esfuerzo que para ella supone mantenerse despierta, desconecto sus circuitos y durante la noche permanecerá en coma. Pero le cuesta, tarda en apagarse. He cenado mucho, me sobran cien palabras, ha dicho, antes de sumirse en la oscuridad. Ya veremos mañana.

 

Notas para combatir el aislamiento. Sexto miércoles.

Esta mañana me he encontrado un pez volador en la puerta de mi casa, tirado, muerto. Largo y transparente como un hilo eléctrico, con el sombrero deforme, tuerto de un ojo. El pez volador arriesga mucho en sus saltos de frontera, el mar de donde vienen se les queda pequeño y trasponen los montes, anhelan colonizar los mares de otras tierras. Muchos de los que lo intentan sucumben por una fatalidad de cálculo. El pez volador desorientado en la oscuridad encontró mi casa cerrada, mientras yo dormía, y, agotado, prefirió morir antes de volver a su mar de origen. Ningún pez volador está dispuesto a volver y reconocer su fracaso. En la antigüedad, a los hombres y mujeres que cumplían cuarentena sanitaria se les reconocía por el pez volador que, a modo de pasador, sujetaba sus cabellos. Lo del sombrero es más moderno, pero no está demostrado al cien por cien que lo usen sólo cuando viajan.

Notas para combatir el aislamiento. sexto martes.

Dicen que mañana el parlamento aprobará una prórroga del estado de alarma y se anunciará una disposición que permitirá salir a los niños a la calle a partir del día 26. Esta mañana he ido a comprar y he visto a una niña que íba con su madre. En realidad, no sólo las he visto, he hablado también con la madre. Es una conocida a la que veo de tarde en tarde. La hija, que no tendrá más de trece años, llevaba puesta una mascarilla y las manos en los bolsillos de la sudadera. No la podía reconocer, pero si se hubiera quitado la mascarilla tampoco porque no la he visto más de tres veces en todos sus años de vida. Nos hemos encontrado a la puerta de una frutería en la que la gente guardaba rigurosamente las distancias y esperaba con paciencia su turno para entrar. La conocida, a la que, por cierto, admiro en su faceta profesional, es además una persona de trato afectuoso y cordial. Sin embargo, no llevaba guantes, llevaba a modo de mascarilla un trapo sujeto con unas cuerdas que se bajaba al hablar y cuando llegó su turno entró acompañada de la niña. Vale, los guantes yo mismo he comprobado que cuesta encontrarlos y las mascarillas también, hasta el día de ayer, pero la niña llevaba puesta una que no era ningún trapo y además estaba ahí, en la calle, y luego en el interior de un establecimiento en el que tampoco debería entrar. Nos saludamos, nos interpelamos brevemente el uno al otro acerca de nuestras vidas y luego yo seguí con mis naranjas. Es verdad que estamos en un área donde el índice de contagios es pequeño, porque estamos en una área donde el censo de población es reducido con respecto a las más afectadas y porque la movilidad de sus habitantes también lo es, pero la mayoría de las personas cumplen los requisitos de distanciamiento social recomendados por las autoridades sanitarias, y también es muy probable que ese rigor haya permitido que el índice menor de contagios se haya controlado. Lo digo porque no sé qué clase de convencimiento o de seguridad o de lo que sea hace que una persona pueda decretar, en este estado de cosas, que es invulnerable y a través de ella no peligra la vulnerabilidad de los demás. Porque no soy capaz de interpretar de otro modo una actitud así. Y porque tal actitud se refleja  no tan sólo en la desatención de un protocolo que ha de proteger a uno mismo y a los demás, sino también en la expresión del rostro y en los gestos que indican cierto alarde de…superioridad, no lo sé, tal vez sea otra cosa, una muestra que quiere ser pública de su falta de miedo que es a su vez producto de su escepticismo o de su ingenuidad. Lo que escribo no nace de un afán de recriminación, aunque lo sugiera. Quien más quien menos posee sus errores o sus negligencias. Escribo lo que escribo apelando al sentido de responsabilidad. Desde las instituciones, muchas cosas no se están haciendo bien y la información no pocas veces es confusa y los conocimientos aún incompletos, pero tal vez sean esas algunas de las razones que obligan a extremar la responsabilidad. Ayudaría en esa tarea un gobierno absolutamente transparente. En Singapur, un país de cinco millones de habitantes que estaba siendo un modelo de control de la epidemia, los contagiados han alcanzado la cifra de 10000. Ese modelo incluía, incluye, medidas de distanciamiento social semejantes entre las que se encontraban, se encuentran, el uso obligatorio de guantes, mascarillas y la distancia de no menos de un metro entre ciudadanos. Obligatorio. Los agentes debían, deben, multar a los infractores y los ciudadanos tienen  a su disposición una aplicación móvil para denunciar al infractor. No estamos en eso, ni nos gustaría llegar a eso, pero hay que elegir, o perseveramos en la responsabilidad o nos rendimos a la represión y el control.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto lunes.

He decidido empezar a fumar estos días para poder ir al estanco. Es como si empezara uno a cansarse de hacer sólo la que está estrictamente permitido y vence el deseo de romper con todo. A un hombre de orden como yo, una actitud rebelde resultado de un deseo incontrolado puede resultarle cara. Incluso amenazar gravemente y para siempre el futuro de sus rutinas. No vale la pena. Hay que dejar a los valientes que hagan ese papel, aunque el papel del antihéroe está muy mal visto estos días. Pero puestos a elegir, absolvería al joven infractor que acude a una cita sexual y condenaría al que adopta un perrito como excusa para salir a pasear por las tardes. Sobre todo porque el segundo ni siquiera es valiente, más bien al contrario. En ese sentido, yo soy de los de más bien al contrario, pero al menos no adopto un perrito como excusa. Sí que hay en esta rebeldía mía un poco de chulería, tonta, porque hay que ser tonto para volver a fumar, pero por lo menos puedo ir al estanco sin quebrantar la norma y de paso veo mundo, que falta me hace. Voy de viaje una vez a la semana al súper y una tarde me dejé caer por la farmacia, pero estos lugares son monótonos o acelerados e incómodos, y tropieza uno siempre con gente triste y aprensiva que tiene sus razones para estarlo, o con insolidarios legales que vacían los estantes de las marcas blancas, que todavía los hay. En cambio, el estanco es el mundo turbio de los rufianes y los decadentes, mucho más interesante que una tienda de alimentación. Y el de los maridos que bajan a por tabaco y ya no vuelven, aunque hoy sí vuelven porque no tienen otro sítio a dónde ir. Allí me he encontrado precisamente a Ernesto, que no es fumador pero ha vuelto a fumar hace poco, y a Luismi y a Jero, que no habían fumado en su vida, lo que me ha decepcionado enormemente porque gente más aprensiva y triste que ellos no hay nadie. Tendrían que estar en la farmacia. Y sin embargo, los que tendrían que estar, los turbios y los malandros, me ha dicho el marido de la estanquera que no vienen porque están aprovechando la cuarentena para regenerarse. El marido de la estanquera, que además me cae mal. Creo que voy a dejar de fumar, aunque rebelarme de alguna manera tengo que rebelarme. No me va a quedar más remedio que concertar una cita sexual. O éso o adoptar un perro, pero no me gustaría ser tan cobarde.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto domingo.

A veces los hermanos de la gente llaman a sus hermanos y se interesan por ellos y por su salud, conversaciones cortas que indican una falta de costumbre, sólo el hecho de llamar, el hecho de pensar en llamar o incluso el hecho de acordarse de un hermano a quien llamar es también una falta de costumbre que se da entre hermanos, hermanos que han estado ahí siempre, toda la vida cada uno con sus vidas a distancias remotas o cerca, los hay que cerca, los hay que a la vuelta de la esquina, y se han llamado nunca y cada mucho tiempo han dedicado un pensamiento el uno al otro, un pensamiento breve, fugaz, la imágen del hermano aparece en el recuerdo de uno y rápido, sin dar tiempo a que cuaje una mínima añoranza se va, desaparece, si acaso y no sin lenta frecuencia saben el uno del otro por notícias que otros parientes o conocidos difunden, ni siquiera mensajes en forma de abrazos o besos que a través de intermediarios transmitan que el afecto sigue ahí, no, simplemente notícias escuetas que recuerdan simplemente que simplemente están ahí, uno allí y el otro aquí, desacostumbrados a requerirse sin saber mucho en qué momento y por qué empezaron sus vidas a difuminarse en un olvido mutuo sin causas aparentes, vaciando la memoria antes de tiempo, llenando antes de tiempo la vida de ausencias que nadie puede llenar porque cada amor perdido u olvidado o no requerido es una ausencia irrellenable, y ahora, sin saber cómo ni por qué ni hasta cuándo, entre el abismo abierto entre los dos por los dos, entre el abismo que los separaba, un nuevo abismo en forma de puente une a ambos y desde la vuelta de la esquina o dede la remota distancia regresa a cada uno de ellos el recuerdo del otro, y permanece más tiempo y a pesar de la falta de costumbre, del vacío y de la ausencia mutua, vencen su pudor y se llaman, hablan corto y poco, no saben decirlo y pese a no saber y contra la falta de costumbre se dicen que se quieren.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto sábado

Sueño que estoy en una cocina pequeña, como la de mi hermana Nieves en el pueblo, atando unos chorizos de la matanza. Detrás de mí está el rey emérito, apoyado en la pila del fregadero. Lleva un jersey roto y descosido y se le nota al reir que le faltan algunos dientes. Tiene los labios llenos de grasa y churretes en la cara. Entonces, por la puerta sin cortinillas, entra mi hermana con una palangana llena de moscas muertas y le dice que las lave con agua y lejía. Afuera, en el corral, se oyen gritos de niños que juegan en la nieve.

Sueño que voy de la mano por un descampado con un hijo de seis años que me ha otorgado el Estado. Le digo que todo aquel montón de hierros y chatarra que se ve allí es un cementerio de aviones. Más adelante, un hombre con mascarilla en una garita pequeña controla el mecanismo de una barrera al otro lado de la cual está el desierto de Argelia. Me acerco a la ventanilla y le pido dos billetes sencillos, pero el hombre, que ha resultado ser una mujer, me dice que el niño tiene que quedarse porque ha caducado.

Sueño que voy al mercadona a comprar una cabina telefónica que está de oferta. El supermercado es una especie de hangar enorme al que se entra por un agujero abierto en la parte trasera. Hay mucha luz y centenares de estanterías completamente vacías. Le pregunto a un guardia civil que empuja un carrito repleto de armas y munición de fogueo dónde puedo comprar un pasaporte. Estira una mano enguantada y me señala una cabina de fotomatón que en realidad es un cajero automático. Cuando marco el número secreto de la libreta, aparece en la pantalla el rostro de una antigua novia solicitándome una videoconferencia.