Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.2

Un hombre tropieza y cae de bruces en la acera. Del bolsillo de su chaqueta sale rodando un puñado de monedas que, la gente, se apresura a recoger para entregárselas…antes incluso de ayudarle a que se levante.

Curioso. Carson McCullers se casa con un tal Reeves, también escritor, con el que establece el siguiente pacto: un año se dedica uno por entero al cuidado de la casa mientras el otro lo dedica a la escritura. Empieza ella, pero el relevo no llega a producirse: solo hay espacio para un talento, y Reeves no es el agraciado. Se suicida en 1953.

Tenía ilusiones, pero ha ído tantas veces a comprar el pan, que ya las ha perdido.

Dos muletas en la calle, tiradas, abandonadas, indefensas, parecían como muertas.

Me compra una libreta un hombre de una cincuentena años, suizo, afincado aquí. Trabajaba en un banco y lo dejó, abandonó un modo de vida que le resultaba vulgar. Se separó, también. Abandonó a su mujer y a sus hijos y comenzó a viajar. Al cabo de un tiempo, se instaló aquí, y vive en el campo, solo, cultivando sus tomates. No pocas veces, como personas escapamos de una vida vulgar, pero como personajes no dejamos de ser un caso típico.

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Avellanos

Arsenio Miró, en su blog de poesía, habla de una antología de poetas itinerantes, intermitentes y torpes publicada por un editor aficionado a las rarezas y a la poesía de la mediocridad en la década de los ochenta. La lista es larga. Como me he aficionado a rastrear con lupa todas las entradas que posibiliten el hallazgo de algo relacionado con Danilo Manso, la perseverancia, por una vez, ha dado suz frutos. El editor declara haber tomado el poema de un libro que Danilo escribió, pero no publicó, durante su estancia en Ferés, un periodo voluntario de aislamiento y meditación en la campiña sierense. Es el único poema en prosa de toda la antología. Copio y pego. “Es invierno, aunque no hayamos entrado del todo en él. Del otoño va quedando una extensa colección de hojas secas que se amontonan en los márgenes de los campos de avellanos, y que luego arden con una fiebre lenta y fría, y el humo de su fuego, azul y silencioso, busca una salida a la luz entre la niebla, donde hay gritos sordos de aves que batallan con el frío de la escarcha. Están los campos ahora límpios, y los árboles solos, desnudos y bellos. El invierno regala a sus esqueletos la hermosura de los desiertos, y el árbol despliega su verdadera grandeza porque resiste. Sólo de ese modo podrá luego dar”.

Es mi vecina

Se sienta frente a mí una mujer. Es mi vecina, cría aves de corral. Gallinas, pollos, pavos y otras especies. Su escalera está llena de plumas, cagadas, maiz  y verduras secas y podridas. Hay un olor que tira para atrás. Cría también gallos de pelea. Les ata una cuerda a una pata y los deja colgados del balcón unos cuantos días. “Para entrenarlos”, dice ella. El techo de su casa está lleno de lámparas adornadas con palomas, cuerdas tendidas de un extremo a otro de las habitaciones, pequeños corrales alambrados, comederos de metal y cazos con agua. Ahora tiene el ambicioso proyecto de incorporar patos y gansos. “Tengo la bañera desaprovechada”, me dice, cuando coincido con ella en el maloliente rellano. Naturalmente, no come la carne de las aves que cria, ni de otras aves. Sigue una estricta dieta a base únicamente de huevos. Naturalmente, los suyos propios. “Si es que los encuentro, me dice, que a veces no sé ni donde pongo las cosas”. Tiene en su dormitorio una cama grande donde duerme todas las noches con cinco pavos americanos, menos los meses de octubre a marzo, que se acuesta con Marco Antonio Rosales, “Gallito”, traficante de golondrinas. Y en la mesita de noche, atado con una cuerda a la base de una lámpara de papel japonés, Morón, el gallo que la despierta siempre a las seis. Algunas veces caen de su balcón al mío polluelos o pichones sin orientación, y baja a buscarlos. “¿Por qué no te los quedas?, me dice siempre, así te hacen compañía”. Cómo le digo que no, se los mete en el bolsillo de la bata y se va. Es una buena mujer.

Mujeres Sentadas   ed. Beltronica  2012    Eladio Redondo

 

Lámparas mesita de noche  Papel japonés  Contacto: eladiore@yahoo.es

Fue mi mujer

Se sienta frente a mí una mujer. Fue mi mujer. Ahora está muerta, pero de tanto en tanto me visita. Trae con ella una lista de todo aquello que no debo olvidar hacer. Cosas de carácter doméstico, sobre todo. Tirar la fruta y la verdura podrida, fregar las pilas de platos y cacharros acumulados en la cocina, poner una bombilla nueva en el cuarto de baño, vaciar todos los ceniceros con colillas, lanzar al contenedor todas las botellas de cerveza y las de whisky. Intenta también animarme y consolarme. Me trae paquetes de pañuelos perfumados, galletas de chocolate, fruta en almibar y películas del gordo y el flaco. Si me ve muy mal muy mal, hasta me da un paquete de cigarrillos y las cervezas que con tanto rigor me recomienda no tomar. Luego se queda un rato conmigo, no mucho, no es bueno malacostumbrarme. Qué harás el día que yo te falte? me dice, mientras pone agua en una palangana, me moja el pelo y me peina, con la raya en medio. Cuando me echa colonia, invariablemente, me pongo a llorar

Mujeres sentadas    Eladio Redondo   ed. Beltronica    2012

Cajas para pañuelos  Nuevos modelos   Contacto: eladiore@yahoo.es

La mujer transparente

Rosario Jarro es autora de un solo cuento. Danilo Manso, socio fundador de la revista D.O. BELTRONICA, le pidió una colaboración para el ya mítico número 0 de aquella publicación. La escritora accedió a la demanda a cambio de que el propio Danilo instalara unos visillos de Holanda en el salón de su casa, conseguidos en un intercambio similar con un editor de Rotterdam, interesado en incorporar a la autora a una nómina antológica de cuentistas de un solo cuento. Desde entonces, el relato ha sido publicado innumerables veces en distintos medios y en soportes variados, lo que ha permitido a Rosario Jarro obtener recompensas con las que incrementar su patrimonio doméstico. Para su publicación en HERMETICAMENTE RECTO, la ya casi octogenaria escritora ha solicitado un par de apliques de pared, con flores y mucho color, con los que alegremente iluminará el sombrío pasillo de su casa. El acuerdo ha sido inmediato. El relato de Rosario ensaya un tema universal, presumiblemente contado aquí y allá de mil maneras diferentes, pero escrito de un modo sencillo, original y único, en su juventud, por esta dama venerable. Como creemos por encima de todo en el valor de lo inútil, porque creemos en la literatura, es fácil adivinar cual de las dos partes ha salido más  beneficiada con el cambio. El relato lleva el título que da nombre a esta entrada, y esta es la transcripción del manuscrito original:

Una mujer vivía sola. Su mundo era muy pequeño, una pequeña campana de cristal hecha de rutina en la que como una autómata flotaba cada día. Hacía mucho tiempo que había decidido algo: no encontrarse nunca con sus ojos en los espejos. Pero una mañana, sin saber por qué, no cumplió esta norma. Y sus ojos se encontraron con sus ojos. Notó algo extraño, algo impreciso, como si su figura no tuviera una línea definida, como si su silueta se difuminara ligeramente. En los días siguientes fue estudiando este extraño cambio, al que siguieron otros más: poco a poco, y sin saber por qué, notó que sus compañeros de trabajo cada día se dirigían menos a ella, apenas sí la saludaban cuando cada mañana se deslizaba como un pequeño fantasma por la oficina; en los comercios, los dependientes nunca parecían oir lo que les pedía y siempre era la última en ser atendida; el autobús que cogía a diario dejó de parar si ella era la única persona que esperaba en la parada. Su voz se volvía más y más débil, apenas un susurro, como el del viento que rozaba las ramas vacías de los árboles aquel invierno, igual de gris y triste. Cada día, la imagen que le devolvía el espejo era más translúcida, más difuminada, casi transparente. Una tarde salió a la calle. Llovía y en las aceras la gente se apresuraba. Algunos la flanqueaban, otros la empujaban, había quienes incluso pasaban a través de ella. Nadie la veía. Ella se buscaba en los ojos de los demás y sólo encontraba miradas vacías. Fue entonces cuando comenzó a llorar. Lloraba como nadie había llorado antes y al llorar ella misma se convertía en lágrimas. Al final solo quedó un pequeño charco en el suelo, hecho de lágrimas y lluvia, que los peatones esquivaban para no mojarse los zapatos.

Apliques de pared   MEDIDAS: 3ocm×30cm  MATERIALES: papel natural sobre hierro.     Contacto: eladiore@yahoo.es

 

 

 

mujeres sentadas

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MUJERES SENTADAS  ha sido impreso, cosido y encuadernado a mano por el autor, quien es también responsable del diseño gráfico y de la maquetación. La ilustración de la portada es de Joel Valls, artista gráfico, viajero y activista cultural. Puedes acceder a su obra clicando aquí.

Contacto:eladiore@yahoo.es

 

 

 

 

 

La rutina en lisboa a las diez y diez

Poco a poco, entra uno sin darse cuenta en la ciudad y se adhiere a sus rutinas. El placer de descubrirla día a día persiste, hay novedades, pequeñas o grandes, que el ojo ayer no vio, un olor, otro matiz más del blanco o del gris, un azulejo: a azulejo por día, necesitarías varias vidas para ver toda Lisboa. Incorporado a esas rutinas, la ciudad despliega también encantos mecánicos. Se perciben sin destellos, sin luces aparatosas, son más bien corrientes de conocimiento que entran y salen de tí sin avisar, silenciosamente. Esos posos van quedando sedimentados ahí, en un doble fondo que la memoria tiene, y hacen su trabajo sin decírselo a nadie. El aparato rutinario estabiliza ritos que marcan tiempos, ordena las sensaciones, facilita un descanso cuando el descanso es deseable. Que las rutinas aletarguen no es culpa de la rutina, se adormece para siempre quien quiere. Y es posible encontrar en ellas ciertas armonias. Sabemos que estamos en su interior porque hay cosas, signos y señales que la delatan con minuciosa puntualidad. Una sirena al mediodía, el camión de la basura a medianoche, una puerta que se abre siempre a las diez y diez. Gracias a las rutinas, sabemos al menos que existimos. Lo de vivir es otra cosa, pero al menos existimos. Existimos, somos tiempo. Y tenemos que ser tiempo, si aspiramos a ser eternos.

“ULISES EN LISBOA”.  Eladio Redondo.  Editorial Beltrónica. 2014.

Relojes de pared. Diámetro:30cm  MATERIALES: vinilo y papel nobel

Contacto: eladiore@yahoo.es

 

 

los lapiceros de Danilo Manso

Danilo Manso dejó, al abandonar Lisboa en 1982, una disparatada cantidad de làpices desparramados por la habitación del ático que ocupó durante dos meses, en la rua dos Fanqueiros. Lápices la mayoría de ellos aún sin estrenar, de calibres diversos, de carbones y grafitos diferentes, algunos plastificados, otros cortos, apurados al máximo, con huellas de haber sido mordidos en su extremo, o masticados, como si hubiera estado sólo comiendo lápices. En la habitación no había más muebles que una cama y un estrecho armario desmontable, de cartón aragonés. Podemos suponer que Danilo viajaba entonces ligero de equipaje, y que los lapiceros allí abandonados imponían una carga. Es sólo una hipótesis, nada sabemos con certeza. El hecho de que las cuatro estrechas paredes de la habitación estuvieran saturadas de frases y fragmentos indican el precario desapego de Danilo ante lo material. O una falta de papel o un exceso de delirio. O ambas cosas a la vez. Sabiendo lo poco que aún sabemos de él, no es difícil imaginarlo escribiendo enfebrecidamente en noches dominadas por el insomnio. Astrid Rubio, una amiga del poeta acostumbrada a llegar tarde al lugar del crimen, visitó pocos días después esa habitación, alertada ante la falta de noticias. Antes de que las paredes terminaran de ser blanqueadas, tuvo tiempo de anotar parte de lo allí escrito y memorizar el resto. En su opinión, ese material fundamenta una antología. La editorial Beltrónica, con su asesoramiento, publicará en breve una corta selección de aquellos fragmentos y aforismos. Adelantamos en primicia uno de ellos, y nos adelantamos, también, a los juicios equivocados que puedan derivarse de su lectura. Es previsible que la mala digestión del carbón y la madera inspiraran en grado pésimo al poeta, más, creemos nosotros, que el comprobado empacho de sus lecturas nihilistas. Con todo, el aforismo mantiene, para quien lo sepa ver, el tono de humor resignado y levemente irónico empleado por el poeta en algunos de sus textos más conocidos. En el peor de los casos, una píldora que nos protege del irracional aprecio que hoy el éxito tiene: “Si lo que deseáis es prolongar la agonía del fracaso, no perdáis nunca la esperanza”.

BOTES PARA LÁPICES. Cartón y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es

 

 

nostalgia de lisboa

Hay en Lisboa un jardín donde van a llorar las mujeres que lloran. Es una tapada, un jardín cerrado. Abre de once de la mañana a siete de la tarde, todos los días, menos los domingos. Para las mujeres cuya pena sobrepasa el límite de lo tolerable, han habilitado en el recinto un palacio de cristal, completamente circular, donde es posible expresar a través del llanto los sentimientos menos transparentes. Las mujeres que lloran por poca cosa, por costumbre, o las que lloran por primera vez, por experimentar, tienen que comprar ellas con su dinero los pañuelos. Para las mujeres que lloran con convencimiento y causa justificada se ha instalado en la garita de la entrada un dispensador de moqueros corrientes. Si están perfumados o son de lino, de seda o de algodón, tienen que pagar un suplemento. Es la norma no penetrar en el recinto sin pañuelo, sea de la clase que sea, y está permitido dejarlos abandonados en los bancos, o en el suelo, después de acabado el llanto. Ha ocurrido alguna vez que una mujer que venía al jardín por experimentar, luego no ha llorado. No pasa nada, la primera vez no cuenta. Si otro día vuelve y reincide tiene vedada su entrada al recinto para siempre, una medida correcta y acertada que evita malos ejemplos. Tampoco está prohibido que las mujeres hablen entre sí mientras practican el llanto, pero han de hacer para ello uso de los senderos, en los bancos hay que sentarse exclusivamente para llorar. Y para quienes desean un lloro íntimo y reservado, están las pequeñas capillas individuales, con reclinatorio y escabel, a un precio algo superior a lo que vale un pañuelo. Consta en el libro de registro que es en los días de sol cuando el jardín está lleno, cosa que es razonable y al mismo tiempo no lo es. Si alguien ve llorar a una mujer en las calles de Lisboa, es porque es domingo.

Eladio Redondo.  “ULISES EN LISBOA”.   Editorial Beltrónica. 2014

Cajas para pañuelos

MEDIDAS: 25cm×12cm×8cm

MATERIALES: cartón gris y papel nobel