Notas para combatir el aislamiento. quinto martes.

Cuando no se me ocurre nada sobre lo que escribir y tengo ganas de escribir, no me puedo poner a escribir lo que sea, tengo que esperar. No sentado, sería una mala costumbre, pero tengo que esperar a que mi cuerpo hable y después prestar atención a lo que dice. Digo cuerpo por llamar de alguna manera a ese conjunto que engloba la materia de la que estamos hechos y los flujos emocionales que emergen de su funcionamiento. Porque tener una idea, si llega, tampoco es suficiente. A veces sobran ideas. Por eso digo que tengo que esperar a que el cuerpo hable y prestarle mucha atención, porque esa información contiene el tono y el registro por la que esa idea, si la hay, ha de conducirse. Hay días en que las ideas que me llegan, pocas o muchas, no encajan en el estado de ánimo que me transmite, y otros en los que las ideas no parecen llegar, ni pocas ni muchas, pero viajan ocultas en el mensaje cifrado de esa transmisión. Quizás sea la poesia el género que mejor sabe detectarlas, no lo sé, y el poeta el artista capaz de darle un sentido de totalidad con justas y pocas palabras, tampoco lo sé. Sin ese talento, los días en los que no se te ocurre nada y tienes ganas de escribir, son difíciles. Pero incluso sin talento es posible que el azar, el último comodín de la inspiración, venga en tu ayuda y ponga en marcha el motor del teclado. El azar tiene, además, el poder de mezclarlo todo, cualquier cosa, un estado de ánimo con una idea incompatible con ese estado de ánimo, por ejemplo. El riesgo es mucho y el peor de los resultados puede engendrar un monstruo, creativamente hablando. Eso podría parecer Filosofía, porno y gatitos, una mezcla arriesgada de conceptos aparentemente incompatibles agrupados por el azar. El libro es un recopilatorio de los artículos escritos y publicados por Stoya para algunos medios de comunicación americanos durante los últimos años. Stoya, para quien no lo sepa, es una actriz porno estadounidense que, por lo leído, y no es un juego tonto y soso de palabras, sabe escuchar a su cuerpo. El título puede parecer caprichoso o dislocado pero el interior guarda un orden y la cabeza de Stoya sabe encontrar el perfecto equilibrio entre lo que siente y lo que quiere transmitir. Lo cogí de la biblioteca porque me interesan los gatitos, claro, pero por azar lo he abierto hoy en las páginas calientes, o sea, en las de filosofía, y al azar agradezco una vez más que venga a prestar socorro a un poeta sin talento. Estaba yo ahí esta mañana, sentado y todo, con ganas de escribir, dándole vueltas a una idea que no se definía y en un estado de ánimo que no se manifestaba. Quería expresar algo, como todos los días, un pensamiento que recogiera los peligros y enseñanzas de olvidar la experiencia que está cambiando nuestras vidas. Me rondaba algo, pero no sabía bien qué ni cómo escribirlo. Y mira tú por donde, viene el porno ilustrado y me regala lo que me faltaba para escribir un texto monstruoso producto del azar. Stoya cita a un sabio escritor de ciencia ficción para decir que lo real es todo aquello que no desaparece cuando dejas de prestarle atención. Si me dejaran hacer una aportación personal a este texto que no le debe nada a su autor, le pondría un título: peligros y enseñanzas del porno.

notas para combatir el aislamiento. quinto lunes.

Soy uno de los muchos aficionados a leer prospectos de medicamentos. Los leo, los guardo y los colecciono. Tengo muchos. Cada cierto tiempo, voy a la farmacia del pueblo y le pido a la farmacéutica mi dosis de literatura científica, prospectos, hojas informativas y hasta publicidad de productos y remedios medicinales. Pero sobre todo prospectos. Como hay muchas medicinas que por caducidad o deterioro acaban en sus manos, me guarda siempre que puede las hojitas y luego me las da. Todas las mañanas, lo primero que hago, a veces incluso antes de desayunar, es leer un prospecto. Es como si me tomara una pastilla, una defensa regular y preventiva contra el desánimo y la dejadez. Sobre todo ahora, en este tiempo de confinamiento, cuando es más necesario que nunca mantener rutinas y dinámicas mentales que eviten la corrosión y la atrofia. El orden y el equilibrio de nuestra salud mental depende mucho del mantenimiento de una disciplina. Además, en tanto que pastilla, el prospecto te relaja porque sea cual sea el fármaco al que se refiere, siempre hay un síntoma en el que te reconoces, o un efecto secundario que te señala algún pequeño malestar, porque malestares y dolorcillos los tenemos todos los días, aunque creamos estar sanos. Yo recomiendo a todos aquellos que se inicien en esta actividad intelectual abandonar miedos y aprensiones. De hecho, la lectura de prospectos tiene efectos secundarios graves en quien padece de pánico o hipocondría, y, sin duda, si no estamos preparados, estos días no son los mejores para ponerla en práctica. Es mejor esperar. Últimamente, para prevenir insomnios o saturación de sueños que impiden el descanso necesario, he comenzado a leer por la noche, antes de dormir, una antología de prospectos de somníferos que me está gustando mucho. Mi ilusión es poder escribir algún día uno, aunque sea sobre pastillas juanola, empezar por ahí, por algo sencillo, como Borges y Bioy Casares, que escribieron su primer texto conjunto sobre un yogur o un queso fresco, no me acuerdo ahora muy bien, marca propiedad de un pariente de Bioy. Luego, como todos sabemos, ambos escritores alcanzaron la cumbre literaria. Nunca se sabe lo que nos deparará el destino. Espero con impaciencia la aparición de una vacuna contra el coronavirus, como todos, para que de una vez se detenga esta expansión maléfica, pero creo que va a tardar. Mientras tanto, no sé quién me ha dicho, a lo mejor es un bulo, que si las farmacéuticas compartieran su información con laboratorios y equipos de investigación, si abrieran para su consulta las bases de datos de sus fármacos, se aceleraría la obtención de un tratamiento con el que reducir la gravedad del impacto. Pero se muestran muy remisas porque temen que unas y otras, competidoras entre sí, transformen el intercambio de información en un saqueo de la confidencialidad, lo que en el fondo es una excusa para decir que no, yo no doy nada, es todo para mí. Personalmente me duele que gente que escribe tan bien los prospectos de los medicamentos, y a la que por ello admiro, tenga ese poco de avarícia, con lo necesitado que está el mundo de solidaridad.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto sábado.

Ayer me atacó un perro. Dicho así, de una manera tan corta y directa, parece que no explico nada, pero es que no sé si sabría hacerlo. Lo más difícil de explicar son las cosas que nos pasan de verdad. Si el perro no me hubiera atacado y el suceso ocurriera en mi imaginación, daría detalles reales de la parálisis y el miedo, de mi cuerpo acorralado contra el muro de piedra seca o del roce de sus fauces húmedas en mi pantalón. Pero estoy bloqueado porque la experiencia ha ocurrido en el exterior, fuera de mí, y por lo que a mí respecta, ya está escrita. Ayer me atacó un perro y no hay nada más que decir. Ocurriría lo mismo si alguien me contara que le atacó un perro. A mi manera, describiría su parálisis y su miedo, su cuerpo acorralado contra el muro de piedra seca o el roce de las fauces húmedas en su pantalón. Incluso me atrevería a narrarlo en primera persona. Con el fin de asimilar la realidad y hacerla mía, yo sería el protagonista, haría de aquella parálisis mi parálisis y haría que aquel miedo fuese también el mío. De esa manera, lo que puedo imaginarme y lo que le pasa de verdad a los otros acaba por pasarme también a mí. Después de veintiocho días de confinamiento, tengo parecida sensación. No sé si alguien me lo está contando o está ocurriendo en mi imaginación y, al hacerlo mío, se convierte en algo completamente real. Porque si me pasara de verdad, no sé si sabría explicarlo.

(Hoy, de vuelta a mi casa por la carretera, he encontrado un perro muerto al lado del arcén, medio cubierto entre las hierbas. Tenía un charco de sangre seca en el costado y olía. No era el perro que me atacó, pero el azar se las apaña para cerrar las historias a su modo. Aunque esto es otra historia.)

 

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto viernes.

He ido a la parcela de Amancio a ver si había fresas. Me lo dijo él antes de que empezara el confinamiento, ve y coge las que quieras. Pero no hay nada, ya no hay fresas por ningún lado. Lamentablemente, y me sabe mal decirlo, hay mucha basura en forma de plástico. No está amontonada, está repartida por la parcela en sublime abstracción, como manchas matéricas sobre un fondo de verdor espeso y umbrío. Hay plásticos hasta en las ramas de los avellanos. Desde el camino, el huerto de Amancio se ve como una tentación edénica. Levantas la vista al cielo, por encima del monte arbolado y su corona rocosa, y cuando la vuelves a dejar caer, aunque lo hayas visto mil veces, sufres el impacto de su revelación. La casetilla está medio hundida, comida por la hiedra y envuelta en las sombras de los nogales y la masa sutil y aérea de los almendros, como esos cuadros románticos que evocan paraísos perdidos. Hechiza ese vergel pegado casi a la montaña, protegido por ella como un dios, al que se accede por un caminillo descendente abierto entre cultivos de alfalfa, ahora verdes como la lujuria. Si lo ves por primera vez, te arrodillas sobre la tierra roja y dejas que la luz derrame sobre tí su bendición, dicho sea sin exagerar. A izquierda y derecha el valle se pliega como una concha y dan ganas de quedarse encerrado allí, entre la fronda y los surcos húmedos, a cumplir confinamiento infinito. Y una vez dentro, y pese a los plásticos, es un lugar de calma que acoge como a un peregrino hambriento y cansado de tanto andar. Un banco hecho con piedras, una mesa hecha con tablas, un techo hecho con paja y algo de suciedad hecha sombra, no se puede pedir más. Se puede pedir más, pero no está Amancio y las fresas no hay dios que las vea. No hay fresas, solo una frase, a lo mejor es que yo le entendí mal. La serpiente puede caer en cualquier momento. Está escrita en trazos gruesos sobre un papel clavado en la puerta enana. Tal vez la señal de que efectivamente aquí estuvo el paraíso. Por lo que sabemos, la serpiente ya ha caído.

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto jueves.

Van viniendo. No sé por qué, si aún es pronto, pero van viniendo. Se coge confianza, es lo malo. Basta que el ayuntamiento diga que se pueden coger cebollas o acelgas, para que todos salgan corriendo a pisar parcela. Llevan ya dos o tres días así, con el buen tiempo a su favor, haciendo apañitos con las cañas o roturando el terreno. O segando la hierba que empieza a estar alta, es verdad. Yo lo entiendo, y no debería exacerbar mis críticas que bastante tenemos cada uno con lo nuestro. No lo digo por eso. Más que nada lo digo  porque son la muestra de una confianza de la que quizás no habría que abusar. Lo noto ya en el aire, en ese silencio puro que poco a poco va encogiendo su manto de seda ante el incipiente run run de los motores calentando. Y yo creo que es pronto, y no porque lo crea yo. Son embargo, la confianza, la impaciencia…Ellos están a gusto, yo los veo, y qué felicidad observar sus rostros ansiosos de sudar, de llevarse un puñado de tierra, la misma tierra tal cual es, con hierbajos y tropezones secos, a la boca y masticarla con placer tras tantos días de ayuno forzoso. Claro que entiendo esa felicidad, quién no. Y la tolero. Ellos aquí, juntos pero separados, cada uno con su cubo y su azada qué mal pueden hacer a nadie. Y no lo hacen. Tal vez ellos no. Por qué, a ver, dime por qué iban a hacer ellos mal a nadie. Y en eso estoy de acuerdo. Pero la confianza, la impaciencia…F segó ayer, pasa hoy el motocultor y está abriendo con la ayuda de un paleta una compuerta en la acequia. T lleva dos días limpiando el canal, R está llegando a las ocho como en los viejos tiempos y no se va hasta las dos, orgulloso y hasta las cejas de barro y estiércol. J aprovecha para decirle a S que le pase el tractor, y se lo pasa. Por no hablar de M y L, míralos, qué contentos van empujando sus carretillas de grava. De verdad, que no es por nada. El ayuntamiento lo ha dicho: coger las cebollas, coger las acelgas, coger lo que os haga falta para comer y ya está. Sin embargo, la confianza, la impaciencia…

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto miércoles.

Pienso ahora en Lisboa, en la plaza de la Figueira y en la terraza del bar en la que me solía sentar los días de sol, al mediodía, cuando las mesas empezaban a llenarse y el gentío joven y forastero se deshacía de sus jerseys. Desde donde estaba alcanzaba a ver las viejas buhardillas y el plantel desordenado y polvoriento de las flores en los balcones. Y alrededor de mí, en toda la extensión de la plaza, el bullício a la vez melancólico y alegre de la multitud sin prisas. Y pienso también y también ahora en Buenos Aires y en aquella cafetería de la calle Corrientes, donde me citó Claudia una tarde de lluvia plana, y, a pesar de todo, las aceras estaban intransitables y las librerías y los teatros estaban llenos y era a pesar de todo posible y hasta necesario besarse en medio de la muchedumbre. Y en París pienso también ahora, en la estación de Saint-Lazare, joven como nunca antes había sido, fumando de pie un gauloises para celebrar la angustia feliz de mi existencialismo recién estrenado, sumergido en aquella luz horizontal y ruidosa por la que se desplazaban compactos y apremiantes los menestrales, los oficinistas y los trasnochadores. Y en Montevideo y en su plaza Matriz donde Adriana me cantaba sus tangos pienso ahora, en el centro de aquel círculo de gente desorientada nos disolvíamos y corríamos después para alcanzarnos entre coches que pitaban y tumultos que vociferaban consignas y realidades y decirnos no, basta, esto es el final. Y, sin embargo, si los fantasmas del pasado quisieran, hoy, ahora, pasearían a sus anchas por esos escenarios simultáneamente deshabitados.

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto sábado.

Le doy vueltas a la idea de expresar cómo y qué cambiará en nosotros cuando -éso también, cuándo- todo esto acabe. También le doy vueltas a la idea de expresar qué es todo esto. Porque todo esto qué es? La respuesta puede que esté en las mascarillas, en ese intervalo que hay entre restarle importancia a su uso, incluso a desaconsejarla, y la inminente obligación de ponérsela. Es urgente saber todo esto para cuando llegue el cuándo saber contestar a la pregunta después de abrazarnos: todo bien? Todo bien, y abrazarnos otra vez pero sabiendo ya qué es todo esto. Sin lo cual tampoco es posible saber cómo y qué cambiará en nosotros. No podemos estar resistiendo así, sin más, sin saber si todo esto es lo que es o es otra cosa de lo que es. Alguien lo tiene que saber. Hay alguien? El que lo sepa de verdad, que lo diga. Queremos cambiar, queremos hacer cambiar todo esto antes de que todo esto nos imponga cambios para siempre. No queremos un para siempre, queremos de verdad saber y cambiar de verdad, pero nos importa mucho el cómo. Cómo? No lo sé, le doy vueltas a la idea de cómo expresarlo, pero estoy confundido.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer miércoles.

Un decreto que suprimiera los libros de los servicios esenciales no cuesta imaginarlo. Se ha hecho. Por decreto o no, en plazas públicas, en universidades y hasta en casas particulares los libros han sido consumidos por las llamas de incendiarios fanáticos. Las hogueras de la historia son muchas. Aún se ven, como el fulgor de una estrella hace millones de años muerta, las llamas del papiro de Ipuur en el Egipto del año 2175 a. de C., la hoguera que más lejos nos queda. Las más cercana aún nos quema. Nos queman, ardemos todavía en las llamas de Vijećnica, la biblioteca de Sarajevo, en 1992, o en las de la Biblioteca Nacional de Bagdad, en el 2003. Y un poquito más lejos, pero cerca todavía, sentimos los aplausos de la quemas colectivas de libros durante las dictaduras argentina y chilena de los años 70. Las de Hitler las dejamos aparte porque Hitler lo quemó todo. Se quemaban porque para los bibliófobos asesinos los libros eran portadores de virus, contaminaban, contribuían a la expansión del pensamiento y el saber. Eran peligrosos. Guantes y mascarillas eran innecesarios porque entraban por los ojos. Los incendios cegaban, y cuando los incendios no bastaban, el decreto se aplicaba directamente sobre ellos. Hay también casos, muchos casos. Poetas, escritores, filósofos, médicos, astrónomos, periodistas…fueron quemados, enterrados vivos o asesinados a balazos por ser autores de semejantes engendros. El pensamiento, el saber, el conocimiento en manos de la plebe sometida generaba y genera rebeliones, motines y revueltas y, en manos de sus hacedores, herejías y disidencias, ideas que cuestinaban y cuestionan la verdad autorizada. Hubo quienes encajaron con ironía y humor la biblioclastia pública y en particular la de su obra, como Sigmund Freud, quien manifestó al enterarse de la quema de sus libros que la sociedad avanzaba porque en la edad media lo hubieran quemado a él. Pero eso fue en 1933 -ignorante aún de lo que después vendría- cuando los nazis levantaron en la Bebelplatz de Berlín una hoguera que devoró miles de libros. Sin duda, la mayor revuelta es la del hambre, pero puede contenerse repartiendo un poco de pan. La de las ideas y su transmisión es más peligrosa porque reivindica libertad, y no tiene límites, el más extremo de los cuales alcanzaría la destrucción de todo. Para evitar ese apocalipsis, personas formadas e inteligentes, cultas, si viene al caso, como los pueblos de los que son parte y cómplices, eliminan con violencia el patrimonio cultural de pueblos vecinos, su memoria escrita colectiva. Y sobre las ruinas de esa masacre patrimonial, elevan a categoría de verdad única sus valores y creencias. Nada ha de quedar en pie, sólo lo suyo. Estas cosas pasaron y aún pasan. Hoy, los supermercados están abiertos y las bibliotecas cerradas, y así ha de ser, porque no hay que transigir ante la amenaza vírica, pero no deja de ser un símbolo. Sin sociedad digital sería mucho más que un símbolo. Yo ahí lo dejo.

Notas para combatir el ailamiento. Tercer lunes.

Los amigos y conocidos con los que hablo están bien (toco madera). La familia, también ( más madera). Más o menos todos tienen sus historias que contar. Como este maldito día de lluvia no me deja salir al camino a recoger material de inspiración, cruzo datos y analizo cuidadosamente las conversaciones mantenidas hasta ahora con ellos (lo tengo todo grabado, por su seguridad). No doy nombres por secreto profesional. Es lo menos importante. Lo que importa es el muestreo, la finalidad última de esta crónica (hoy toca crónica), es valorar el estado de ánimo general de aquellos a los que queremos. Ya adelanto una conclusión: están las cosas muy mal. Uno de mis amigos se queja de no tener calle. Vive en el campo, como yo, y sus ventanas dan a un extenso y arbolado terreno por donde no pasa ni dios. Tiene todo lo necesario, luz, agua, comida y televisión, pero se queja de no tener una calle y vecinos en los balcones con los que poder compartir jolgorio solidario y aplaudir. Dice que es lo que echa de menos, compartir jolgorio y solidaridad. No hay derecho, se lamenta. A los que se suben por las paredes les digo que aprovechen la oportunidad, que se fijen en su primo, que es escalador, y tiene toda la casa acondicionada para la práctica alpina. No se van a encontrar en otra. A los de los niño los comprendo, pero no tengo ningún consejo que darles. Que prueben con la tablet o con la play, a ver si se entretienen en algo, pero lo dudo mucho, los niños de hoy en día lo úmico que quieren es estudiar. Estudiar, estudiar y estudiar. Habría que tomar medidas. Los que sí me parecen admirables son aquellos que hacen en sus casas lo que hacen todos los días, se las apañan para marcarse unas rutinas y cumplirlas, luchan por no caer en la atrofia y la desesperación. Se levantan, se sientan en el sofá delante de la tele y no se vuelven a levantar en todo el día, ni para beber un vaso de agua, salvo los fines de semana, que no tienen nada que hacer. Son los únicos que teletrabajan. Tendríamos que aprender todos de ellos. No me parece bien, pero se lo perdono porque en el fondo tiene buen corazón, el caso de una sobrina que colabora en tareas solidarias repartiendo comida a ancianos confinados y pocos recursos: se queda con las tabletas de chocolate. “Es mejor que no se las coman, me dice, que tienen mucha azúcar”. Casi me convence, siempre pensando en los demás. Y siento decirlo, pero esta crónica no sería una cronica si no denuncio un caso familiar muy cercano, por muy doloroso que me resulte: el primer día de confinamiento, mi hermana pequeña le dijo a un empleado del súper que arrastraba una hilera de carros que no los colocara, que le iban a hacer falta. ¡Veinte carros! Con su acción, muchos clientes tuvieron que hacer la compra guardando los artículos en los bolsillos. Eso no está bien, hermana pequeña. La buena noticia es que ayer mismo me llamó otra sobrina de Madrid diciendo que habían encontrado a la niña. Llevaba dos días perdida porque habían estado jugando al escondite. Me sorprendió mucho porque viven todos juntos en una sola habitación, pero no le quise preguntar nada porque bastante tiene con lo que tiene. Y luego están los que se aburren, los que no saben qué hacer y desaprovechan el tiempo. Lo único que se les ocurre es escribir crónicas tontas y no hablan de los problemas reales. Si al menos escribieran poesías bonitas…