Papeles perdidos. 1

A la memoria de Antonio Pavón Leal

Cuenta J.L. Borges en una entrevista que una televisión mexicana invitó a dos escritores y los sentó a una mesa, frente a frente, para que hablaran de literatura. Uno era él: el otro, Juan Rulfo. “En realidad -decía Borges- el único que hablaba allí era yo. Rulfo intervenía de vez en cuando con algún que otro silencio”. Las palabras de Borges, que se declaraba un admirador de la obra del escritor mexicano, señalaban con cariñosa ironía la fama de hombre callado que desde siempre había perseguido a Rulfo. Así contado, parecería que detrás de esa forma inocente de organizar un programa sobre libros, se tejía una misteriosa trama de complicidades. Literarias, naturalmente. Reunir en una misma mesa a dos de los mejores escritores del continente, que no sólo habían elaborado una obra distante y distinta en temática y estilo, sino que representaban dos modos opuestos de exteriorizar una personalidad, complacería, sin duda, los deseos de juego y paradoja de los seguidores del programa.

Rulfo prodigaba sus silencios en acontecimientos públicos, pero también en sus encuentros cotidianos con amigos y conocidos, y a ese silencio se oponía la rica locuacidad de Borges, un apasionado de la palabra y, por descontado, un excelente conversador. Hasta el punto de que hoy no puede faltar en la biblioteca de un lector borgiano alguno de los libros de conversaciones y entrevistas que el autor mantuvo con sus críticos y estudiosos. La obra del escritor argentino fue creciendo y extendiendo su influencia a lo largo de su vida, pero el personaje público crecía también imparablemente, sus apariciones generaban expectación y de sus palabras se esperaba recibir también el placer y el conocimiento que podían obtenerse en sus libros.

A los dos escritores les unía su genialidad. Cada uno de ellos, desde territorios temáticos muy alejados, construyó una obra que renovó radicalmente la literatura latinoamericana. Borges, que comenzó su carrera como poeta, publica Historia universal de la infamia, su primera colección de cuentos, en 1935. El llano en llamas, el primer y único libro de cuentos de Juan Rulfo, ve la luz en 1953, pero mientras el escritor argentino incrementó su obra con la aparición posterior de otros volúmenes, y siguió cultivando la poesía y el ensayo hasta su muerte, Rulfo, en 1955, publica su segundo libro, la novela Pedro Páramo, y en coherencia íntima con la reserva y la discreción de su verbo, guarda un absoluto silencio literario que dura hasta su muerte, en el año 1986. El mismo año en el que, para redondear este juego de espejos y paradojas, muere, en la ciudad de Ginebra, J.L. Borges.

Tanto El llano en llamas como Pedro Páramo son obras cumbres de la literatura mexicana y universal, y las dos contienen en su brevedad toda la soledad, el fatalismo y la mitología de una cultura que extrae de la muerte su contínua regeneración vital. Sus estructuras se construyen con vertiginosos silencios, y el estilo, como expresa con acierto Jorge Volpi, trata de acercarse una y otra vez a esa forma sublime y completa de expresión. Se diría que entre la obra y el autor hay una absoluta identificación de voluntades. De manera recurrente, a Rulfo se le preguntaba cuándo volvería a escribir un nuevo libro, algo que parecía lógico tras el éxito de sus dos primeras obras. Rulfo, naturalmente, callaba. Con los años, quizás por sortear los aburridos inconvenientes de una pregunta que llegó a ser insidiosa, o porque aprendió, como Borges, que la ironía sirve para crear una distancia con la realidad que no deseamos, contestaba, como recoge E. Vila-Matas: “Nunca, porque se murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”.

Artículo publicado en el número cero y último de la revista d.o.beltrónica. 2007

Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 3

Tres libros de la biblioteca que tenía que devolver, tuvieron síntomas. Dos de ellos muy leves, casi inapreciables, que puse en cuarentena en un estante superior, aislados del resto. El tercero con un grado de fiebre tan alta que muchas de sus palabras acabaron borrándose. Estuvo realmente mal. Contribuyó a su agravamiento la numerosa cantidad de páginas y la letra pequeña y apretada, una novela pesada que hubiera enfrentado mejor la enfermedad en forma de relato corto. Con una economía del lenguaje más sostenible la historia hubiera respirado sin necesidad de asistencia artificial. Demasiadas descripciones superfluas o injustificadas que impidieron una reacción rápida de anticuerpos. Los anticuerpos en los libros se desarrollan mal entre la paja y la maleza. Sobrevivió gracias a mis cuidados. Durante más de un mes, me mantuve alejado completamente de su trama infectada, abriéndolo sólo de vez en cuando para comprobar que sus personajes seguían vivos. Ilusionado también de pensar que sanos y salvos podrían iniciar una mejor historia en la novela de un autor más maduro. Ahora los tres libros están bien y pude devolverlos ayer a su sede original, la biblioteca comarcal, donde, de cualquier modo, permanecerán catorce días en cuarentena antes de ser prestados nuevamente, según me han dicho. Mejor cien días, estamos hablando de seres vivos, como acabo de demostrar. Cosas más ridículas se están viendo en esta desescalada.

Entre los libros que devolví y no enfermaron estaba Un día cualquiera, el último libro de relatos de Hebe Uhart. Libros como ése salen de la imprenta vacunados, aunque hay peligro de que su literatura contagie un modo de mirar y de decir. El lector que quiera permanecer inmutable, lo que iría contra natura, no debería acercarse nunca a los libros de Hebe Uhart, una escritora argentina que filosofa y cuenta como si nada, sin sobresaltos, el insondable cotidiano que sobresalta al lector. Mi curiosidad encuentra a esta escritora en su casa, en un apartamento de una novena planta del barrio de Almagro, en Buenos Aires, preparándose un café en su cocinilla de tres fuegos y regando las plantas en el modesto balcón. Todo en esta casa es modesto, como sus cuentos, y al mirarla con su modo de mirar es fácil deducir que ni la figura ni el entorno doméstico contradicen su perspicacia literaria. Por la cajetilla de tabaco medio abierta sobre una mesita estrecha arriesgo decir que fuma, y que algún licor bebe en ese vasito de cristal al lado del cenicero, del mechero y un paquete de klinex, todo bien apretado entre un manojo de cuadernos y un par de libros, todo lo que de necesario pide un día cualquiera.  Que muriera en el 2018 no quiere decir que Hebe Uhart no esté viva, y que su obra sea ya un poco conocida no quiere decir que haya estado hasta ahora muerta. En esas fotografías, con el pelo corto arreglado y teñido, una modesta señora de su casa ordena sus grandes pequeñeces antes de prepararse para salir. Si la mirase como ella mira, vería a una mujer mayor confinada, un confinamiento que empieza a hacérsele largo aunque haya aprendido a esperar. Hoy podría salir un poco, hay una franja horaria con la libertad restringida que no deja de ser una oportunidad para alcanzar la vida corriente que se va. Pero la señora Hebe Uhart ya no está, aunque siga viva, y ahora que “todo es como si fuese importante e irrelevante a la vez”, comprendo que la vida es apenas nada sin un día cualquiera, ese que tanto echamos de menos.

Jesús M. Tibau, un escritor ebrenc, venía de vez en cuando a mi tienda. En realidad, le arrastraba de la mano un niño pequeño de dos años que quería ver las lunas, unas lámparas con mucho colorido que llamaban la atención del pequeño. De hecho, acabó teniendo una, pero siempre que pasaban por delante de la puerta el niño, que era su hijo, quería entrar. De esa insistencia devino entre nosotros un trato cordial, de conversaciones breves sobre asuntos neutrales que no propició una amistad pero incentivó un afecto. Tengo ahora en mis manos su primer libro de cuentos, Postres de músic, del 2005, el ejemplar que un día me regalo para certificar ese afecto desinteresado. Para la botiga de les llunes, rezaba su dedicatoria. Lo tengo entre mis manos porque en el primer cuento de la serie, Virginitat, un libro relata en primera persona la angustia de vivir en un estante, completamente nuevo, sin abrir, y la esperanza nunca perdida de que algún día alguien le rescate de sus tinieblas. Al menos para la literatura, los libros son seres vivos que sufren en muchos casos el mal de la eterna soledad, una pandemia silenciosa.

Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 2

Un amigo mío al que visito poco me transmite su estado de ánimo. Desde que le conozco, tiende a la depresión, una clase de tristeza gris y lúcida enfrentada a la realidad vista siempre como un enemigo. El confinamiento no le duele, la zona oscura que le da cobijo no es acogedora en sí, pero goza a ratos de una indolencia balsámica que teme perder cuando la desescalada marque el final de algo, aunque él no lo cree. A su modo de ver, abandonaremos nuestras casas, saldremos a la calle y veremos a la gente que queremos atados a una cuerda mental que nos costará romper, que no romperemos. Seremos el perro de nosotros mismos, un animal sometido a las estrictas normas de su amo. Veremos pasar sin poder asirlas las cosas cuyo tacto materializa la sedimentación de la memoria, perderemos ese tacto válido, el que reconoce la dimensión en la que caben los otros, olvidaremos las texturas de un vaso que no sea el nuestro, de un cojín o de un cortauñas. Ya somos censores de los actos de los demás y reprimimos con severidad los nuestros. Poco a poco, el estado de alarma irá creando una necesidad de prevención permanente ante un peligro permanente, real o ficticio. Tal estado desaparecerá cuando el ciudadano lo haya hecho suyo por completo, cuando lo haya incorporado a su propio sistema mental y al Estado le salga gratis su mantenimiento. Es el sueño de cualquier Estado. A su modo de ver y de sentir, en voz queda me lo cuenta.

Unas calles más abajo vive otro amigo al que solía visitar con más frecuencia. Es un hombre bondadoso y frágil con escaso apego a los bienes materiales. Vive con poco y aspira a vivir con menos. Me dice que el confinamiento está poniendo a prueba los límites entre los cuales acostumbra a perimetrar sus necesidades. Tiene claro que ese perímetro personal puede reducirlo al mínimo, pero duda del todo que ese estrecho espacio sea respirable si por tiempo indefinido confiscasen su libertad y el contacto con los otros. Ve en la desescalada una puerta abierta cuyo peligro se duplica al traspasarla con temor. Él no quiere sentirlo pero acaba por aceptar que los largos días de confinamiento en gran parte han secuestrado sus sensibilidades primarias. Resumiendo mucho, desea lo que teme, y entre el salir o no salir alimenta una aprensión llevadera en la vida normal convertida ahora en hipocondria. Con pena constato que este amigo mío que ha resistido solo el confinamiento impuesto por el exterior, se somete no sin dolor al suyo propio, y que se perderá, si no vence el miedo, en los desolados laberintos de su mente.

Me la encuentro después de varias semanas en su pequeña parcela arbolada, donde hay una balsa con terraza en la que está tomando el sol. Una conversación con ella siempre trae alguna incomodidad postrera, pero me entretiene y es saludable su sonrisa y su simpatía singular. Tiene sobre el virus ideas sacadas de manuales esotéricos adaptables a su naturaleza parcialmente ingenua, ideas que aplica exenta de malícia al cosmos en su totalidad. Deriva de su argumentación una suerte de escarmiento al ser humano por su temeridad endiosada. El cambio climático, por supuesto, fruto de sus agresiones al medio, pero también el exceso de consumo y el afán de poseer y acumular. El alejamiento de la espiritualidad. Nos conviene regresar a ella, dice, y el confinamiento es una oportunidad para reflexionar sobre lo que somos y cambiar sustancialmente nuestro modelo de vida. Más importante que las vacunas y los tratamiento médicos es la conciencia de sentir el universo en cada uno de nosotros y utilizar su energía regeneradora como única fuente de salud. Confinarse propicia el viaje a ese misterio original cuya recompensa es la paz interior y su gozo. La desescalada es inútil si nos devuelve antes de tiempo al mismo patrón de realidad, termina diciendo. Cuando me encuentro con ella y hablamos, todo empieza bien y parece que nos entendemos, pero al final abandono mi asiento y con la excusa de las muchas cosas que tengo que hacer, me voy. Más que nada, por la sensación de que vivimos en mundos diferentes.

Notas para combatir el aislamiento. Séptimo sábado.

Hace dos días las rosas, y hoy los claveles. Forman un buen equipo en una temporada donde la competencia es feroz. Hablo de naturaleza y símbolos, de memoria y sentimientos, la economía no produce ni flores artificiales. La rosa es el emblema de lo que siempre es y acompaña al libro para fortalecer un lazo de unión afectivo. Los claveles florecieron en la boca de los fusiles y Portugal se revolucionó. Dos fechas en el corazón de una estación que cada año promete futuro, un futuro que renueva su riesgo y la incertidumbre, en el mejor de los casos, promociona su vacío. Llenar ese hueco por venir de pétalos de esperanza mientras haya flores lo haremos siempre, y no había habido nunca tantas flores como en este mes de abril.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto miércoles.

Esta mañana me he encontrado un pez volador en la puerta de mi casa, tirado, muerto. Largo y transparente como un hilo eléctrico, con el sombrero deforme, tuerto de un ojo. El pez volador arriesga mucho en sus saltos de frontera, el mar de donde vienen se les queda pequeño y trasponen los montes, anhelan colonizar los mares de otras tierras. Muchos de los que lo intentan sucumben por una fatalidad de cálculo. El pez volador desorientado en la oscuridad encontró mi casa cerrada, mientras yo dormía, y, agotado, prefirió morir antes de volver a su mar de origen. Ningún pez volador está dispuesto a volver y reconocer su fracaso. En la antigüedad, a los hombres y mujeres que cumplían cuarentena sanitaria se les reconocía por el pez volador que, a modo de pasador, sujetaba sus cabellos. Lo del sombrero es más moderno, pero no está demostrado al cien por cien que lo usen sólo cuando viajan.

Notas para combatir el aislamiento. sexto martes.

Dicen que mañana el parlamento aprobará una prórroga del estado de alarma y se anunciará una disposición que permitirá salir a los niños a la calle a partir del día 26. Esta mañana he ido a comprar y he visto a una niña que íba con su madre. En realidad, no sólo las he visto, he hablado también con la madre. Es una conocida a la que veo de tarde en tarde. La hija, que no tendrá más de trece años, llevaba puesta una mascarilla y las manos en los bolsillos de la sudadera. No la podía reconocer, pero si se hubiera quitado la mascarilla tampoco porque no la he visto más de tres veces en todos sus años de vida. Nos hemos encontrado a la puerta de una frutería en la que la gente guardaba rigurosamente las distancias y esperaba con paciencia su turno para entrar. La conocida, a la que, por cierto, admiro en su faceta profesional, es además una persona de trato afectuoso y cordial. Sin embargo, no llevaba guantes, llevaba a modo de mascarilla un trapo sujeto con unas cuerdas que se bajaba al hablar y cuando llegó su turno entró acompañada de la niña. Vale, los guantes yo mismo he comprobado que cuesta encontrarlos y las mascarillas también, hasta el día de ayer, pero la niña llevaba puesta una que no era ningún trapo y además estaba ahí, en la calle, y luego en el interior de un establecimiento en el que tampoco debería entrar. Nos saludamos, nos interpelamos brevemente el uno al otro acerca de nuestras vidas y luego yo seguí con mis naranjas. Es verdad que estamos en un área donde el índice de contagios es pequeño, porque estamos en una área donde el censo de población es reducido con respecto a las más afectadas y porque la movilidad de sus habitantes también lo es, pero la mayoría de las personas cumplen los requisitos de distanciamiento social recomendados por las autoridades sanitarias, y también es muy probable que ese rigor haya permitido que el índice menor de contagios se haya controlado. Lo digo porque no sé qué clase de convencimiento o de seguridad o de lo que sea hace que una persona pueda decretar, en este estado de cosas, que es invulnerable y a través de ella no peligra la vulnerabilidad de los demás. Porque no soy capaz de interpretar de otro modo una actitud así. Y porque tal actitud se refleja  no tan sólo en la desatención de un protocolo que ha de proteger a uno mismo y a los demás, sino también en la expresión del rostro y en los gestos que indican cierto alarde de…superioridad, no lo sé, tal vez sea otra cosa, una muestra que quiere ser pública de su falta de miedo que es a su vez producto de su escepticismo o de su ingenuidad. Lo que escribo no nace de un afán de recriminación, aunque lo sugiera. Quien más quien menos posee sus errores o sus negligencias. Escribo lo que escribo apelando al sentido de responsabilidad. Desde las instituciones, muchas cosas no se están haciendo bien y la información no pocas veces es confusa y los conocimientos aún incompletos, pero tal vez sean esas algunas de las razones que obligan a extremar la responsabilidad. Ayudaría en esa tarea un gobierno absolutamente transparente. En Singapur, un país de cinco millones de habitantes que estaba siendo un modelo de control de la epidemia, los contagiados han alcanzado la cifra de 10000. Ese modelo incluía, incluye, medidas de distanciamiento social semejantes entre las que se encontraban, se encuentran, el uso obligatorio de guantes, mascarillas y la distancia de no menos de un metro entre ciudadanos. Obligatorio. Los agentes debían, deben, multar a los infractores y los ciudadanos tienen  a su disposición una aplicación móvil para denunciar al infractor. No estamos en eso, ni nos gustaría llegar a eso, pero hay que elegir, o perseveramos en la responsabilidad o nos rendimos a la represión y el control.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto domingo.

A veces los hermanos de la gente llaman a sus hermanos y se interesan por ellos y por su salud, conversaciones cortas que indican una falta de costumbre, sólo el hecho de llamar, el hecho de pensar en llamar o incluso el hecho de acordarse de un hermano a quien llamar es también una falta de costumbre que se da entre hermanos, hermanos que han estado ahí siempre, toda la vida cada uno con sus vidas a distancias remotas o cerca, los hay que cerca, los hay que a la vuelta de la esquina, y se han llamado nunca y cada mucho tiempo han dedicado un pensamiento el uno al otro, un pensamiento breve, fugaz, la imágen del hermano aparece en el recuerdo de uno y rápido, sin dar tiempo a que cuaje una mínima añoranza se va, desaparece, si acaso y no sin lenta frecuencia saben el uno del otro por notícias que otros parientes o conocidos difunden, ni siquiera mensajes en forma de abrazos o besos que a través de intermediarios transmitan que el afecto sigue ahí, no, simplemente notícias escuetas que recuerdan simplemente que simplemente están ahí, uno allí y el otro aquí, desacostumbrados a requerirse sin saber mucho en qué momento y por qué empezaron sus vidas a difuminarse en un olvido mutuo sin causas aparentes, vaciando la memoria antes de tiempo, llenando antes de tiempo la vida de ausencias que nadie puede llenar porque cada amor perdido u olvidado o no requerido es una ausencia irrellenable, y ahora, sin saber cómo ni por qué ni hasta cuándo, entre el abismo abierto entre los dos por los dos, entre el abismo que los separaba, un nuevo abismo en forma de puente une a ambos y desde la vuelta de la esquina o dede la remota distancia regresa a cada uno de ellos el recuerdo del otro, y permanece más tiempo y a pesar de la falta de costumbre, del vacío y de la ausencia mutua, vencen su pudor y se llaman, hablan corto y poco, no saben decirlo y pese a no saber y contra la falta de costumbre se dicen que se quieren.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto viernes.

Yo también quiero hablar de Montaigne, es un sueño que desde siempre he tenido. Cuando algunos de mis escritores favoritos, y otros que no lo son, hablan de él o citan algún fragmento de su Essais, siento la gran envidia de no tener una obra donde citarlo yo también. Montaigne es uno de los grandes confinados de la historia, un confinado voluntario que como todo el mundo sabe se encerró en su castillo a los treinta y ocho años y dedicó el resto de su vida a escribir sus ensayos. Estos días viene bien acordarse de él por las pequeñas semejanzas que guardan la época que él vivió y la nuestra, no sé cual de las dos es peor: la peste también es muy mala. Yo le he leído poco, si he de confesarlo. Me compré los tres volúmenes en falsa piel que editó Cátedra, y por ahí deben andar, entre otros enterrados en vida. Al primer volumen le hice un estuche especial y me lo llevé a Lisboa, es el que más suerte ha tenido. Por la tarde salía a pasear por las calles de Alfama próximas al Panteón Nacional y sentado en la baranda de piedra de su gran atrio leía algunas páginas. Lo leí también algunas mañanas, en un café pequeño a los pies del castillo de san Jorge, un poco por tontez, por pensar que el castillo que a mí me daba sombra tenía algún vínculo con el chateau de Saint Michel de Montaigne, donde nuestro escritor nació y donde también murió, cincuenta y nueve años después. Yo creo que fue la selección que hizo Gide lo que me hizo olvidar aquellos volúmenes de estética clasicista. A Gide, otro de los grandes que no he leído, debía parecerle poco citarle de vez en cuando y prefirió reunir todo lo que le gustaba del filósofo en un libro aparte. También me lo compré, era mi época de ansiedad, la momtaignemanía, y me lo leí, aunque parezca mentira. Era una forma un poco tramposa de leer a Montaigne, para poder citarlo algún día, pero nadie se íba a dar cuenta. El original lo hubiera leído entero, de pe a pa, si hubiera sabido que su confinamiento y el mío, salvando las distancias de los siglos, estarian hermanados. Pero como iba a saber yo éso. Cuando se me pasó la ansiedad aquella, me olvidé por un tiempo de Montaigne, pero no mucho, porque tarde o temprano encontraba sus sabias palabras entrecomilladas en algún libro que tuviera entre manos. Entonces descubrí que la mejor manera de leer a Montaigne es a través de las citas que te deparan los libros de los otros, y ya no lo leo de otra manera. Yo creo que todos los días leo a Montaigne. O casi todos. A Montaigne, que en sus ensayos citaba una y otra vez a clásicos grecolatinos y omitía los pensamientos propios porque ya lo habían dicho otros de “mejor manera”, le sorprendería la múltiple profusión de los suyos más de cuatrocientos años después. Lo que viene a decir que hoy, por mucho que se hable y se hable, todo lo dijo él ya de mejor manera. Humildemente, para sumarme a esta confusa babel de citas y frases que han de salvarnos, traduzco del francés lo que el humanista escribió aquel lejano día en que decidió su reclusión: quédate en casa.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto jueves.

7.45 a.m. Anoche, cuando me acosté, se metió conmigo en la cama una inquietud que los sueños no han podido disipar. A veces, para evitar pensar sobre lo que nos preocupa, nos vamos a la cama con la esperanza de encontrar resuelto el asunto al despertar, sin implicaciones y sin esfuerzo. Es una variante más o menos plácida de la consulta con la almohada. La cama es el lugar donde las batallas parecen librarse solas. Pero cuando te despiertas y abres los ojos , o sin abrir los ojos, sientes que el dinosaurio de Monterroso aún sigue ahí. De modo que tomas una primera nota, a vuela pluma, y bajas a desayunar.

9.20 a.m. Parte del asunto es que para un aficionado a escribir, dos cosas son necesarias, mejor dicho, tres: tiempo, aislamiento y tema del que poder hablar. Vendrán luego las ideas, el tono, el género y todo lo demás, pero si no hay tema, no hay nada sobre lo que escribir. Desde esa perspectiva, el Confinamiento proporciona las bases para la creatividad.

10.35 a.m. Lo sabemos muy bien. EL Confinamiento es la consecuencia de una situación dramática que afecta a unos más (muchos) y a otros menos. En el fondo, la sociedad carga con todo, vamos a decirlo así, pero el sufrimiento se reparte de modo desigual entre las capas que conforman su esfera. Y por extensión, el Confinamiento también es desigual. Cuando a un aficionado a escribir se le regalan las herramientas para hacerlo en un clima de tragedia y desigualdad, aún no siendo insensible e indiferente a lo que acontece, o tal vez por no serlo, tiene entre sus manos un problema moral: escribo o no cuando los demás sufren?

1.10 p.m. El clima de tragedia y desigualdad no es sólo de ahora, es de siempre, y si no había reparos en escribir sin perjuicio de la moral, no debería haberlos tampoco ahora. Esa línea de argumentación podría llevarnos lejos, y quizás darnos la razón al final, así que la abandonamos. Por primera vez creemos que “nuestro mundo” se tambalea, porque por primera vez todos compartimos una sensibilidad única hacia un drama que desigualmente nos afecta por igual. En cierto modo, pero sólo en cierto modo, ha explotado la burbuja de la individualidad. La del aficionado a escribir, también, lo que nos lleva de nuevo a preguntarnos: no es el aficionado a escribir que escribe sobre lo que pasa alguien que aprovecha el drama de todos para satisfacer su necesidad de escribir?

4.30 p.m. Entre la pregunta de las 10.35 a.m. y la de la 1.10 a. m., aunque son parecidas, hay una diferencia de grueso matiz. Escribir mientras las cosas suceden no es lo mismo que aprovecharse de las cosas que suceden para escribir. Se puede entonces escribir de otras cosas, hablar de algo distinto a lo que sucede y resolver por el camino corto la solución al problema. Pero es un camino muy corto y a lo mejor no aguantaría el largo plazo. Vamos a escribir de cualquier cosa mientras está sucediendo lo que está sucediendo?

6.10 p.m. El resultado de lo que uno escriba, dependerá mucho de su talento. Escribir no es sólo una cosa de voluntad. La necesidad de escribir se siente, pero alcanzar un grado aceptable de calidad no depende de querer escribir, sin más. Ni la cantidad ni el contenido, aquello de lo que se escribe. Más allá de eso, la escritura se ha de abordar siempre, sea cual sea el tema que se aborde, sin sentimiento de culpa. Al producto literario, independientemente de su calidad, lo salva su honestidad.

6.50 p.m. El aficionado a escribir que no escribe porque pesa sobre él el sentimiento de culpa, hace bien en no escribir. Cuando la decisión de escribir está tomada, está tomada, y la decisión es de riesgo porque el texto honesto exige respeto, consideración y empatía, sea cual sea el género que elijamos. Tales virtudes circulan también al margen de la escritura, y, si no las poseemos, podemos adquirirlas dando valientemente el salto.

8.40 p.m. En estas circunstancias, lo más perdonable de un producto literario serìa que fuese banal. Si el manejo inhábil de los conocimientos que tengamos provoca heridas en la dignidad de los que sufren, eso ya sería más difícil de perdonar. Apelar a nuestra falta de intencionalidad no sería suficiente. La única disculpa suficiente sería saltar de nuevo, con mayor riesgo si cabe, hasta demostrar que, pese a los errores, el acto de escribir es para nosotros un acto de amor.

10.05 p.m. Acabo de cenar. Poco, no tenía mucha hambre. Ahora que paso estas notas a limpio y estoy a punto de programar su publicación, una nueva inquietud me asalta. Es la misma y no lo es. Sea como sea, cae sobre mí como una niebla que emergiera de las heladas aguas de un lago. Tengo la impresión de que estas reflexiones están justificando un sentimiento de culpa, y que el sentimiento de culpa es incompatible con la honestidad. Entonces, a quién estoy engañando? Lo tendré que resolver. Pero ya es tarde, lo consultaré con la almohada.