Conocidos y saludados. 4

A Juliet, la carnicera, casi nunca la veo. Yo no como carne y en su pequeño establecimiento de salchichas y lomos no vende alimentos envasados. Juliet es una mujer rolliza y hermosa que no se desprende de su mandil floreado. Lo sé por mis pocos encuentros con ella en correos o en el lavadero de la fuente. Con motivo de no recuerdo qué gestión en el ayuntamiento, en el que ella se encontraba, escuché sus alegatos contra una amenaza expropiatoria. Con indiferente dramatismo, acusaba a su hermano de la dejadez de las granjas. Su hermano, desastrado y destructor hasta donde le era permitido, recorría con su camioneta decrépita los caminos entre las explotaciones. Talaba árboles de propiedades ajenas, inundaba con aguas residuales pastos comunales o pisoteaba él mismo con sus botas llenas de mierda los pequeños huertos de los jubilados. Durante mucho tiempo, sus fechorías estuvieron a cubierto por la autoridad sanitaria, que diagnosticó insanía mental. Más tarde, rehabilitado con terapias severas, se incorporó a la plantilla de la empresa familiar ayudando a los gorrineros. Su comportamiento ejemplar no duró mucho. De él se decían barbaridades acerca de sus prácticas reprobables con animales hembras de la cabaña. Volvió a un centro de rehabilitación y en el intervalo murieron sus progenitores. La carnicera, a la que casi nunca veo, asumió la responsabilidad tutorial a su regreso sin perder el carmesí esplendoroso de sus mejillas y abrió el establecimiento de carne al que nunca voy. Está registrado que sus proveedores suministran la mercancia al negocio a cambio de la explotación sin reservas de las propiedades familiares. Uno de ellos, un tal Fabián Ilustre, ambiciona apropiarse del total de las posesiones y señorear las tierras casándose con ella, quien de momento le niega todo amor. Se habla mucho de un complaciente trato con su hermano, cuyos nervios tranquiliza dejándose bajar por él las bragas. Eso le mantiene a raya y asegura su independencia. Viven los dos en la gran mansión inacabada de ladrillo amarillo, rodeados del permanente tufo a orines y podredumbre. Para muchos, entre los que me incluyo, tiene algo de milagroso verla siempre tan aseada y tan limpia, tan lustrosa, con su inmaculado mandil floreado.

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Conocidos y saludados. 3

Este es un joven alto y delgado de palabras las justas y de cariño justo y contenido. Se sienta a la mesa a comer y come como los demás o más, quizás un poco más, pero no visiblemente mucho más. Nunca pide que le pasen el pan, ni el agua ni la sal. Alarga él el brazo y él mismo se sirve agua de la jarra y coge la sal o el pan o lo que tenga que coger. Muy raramente participa en una conversación. Se mantiene callado y digno en su silla y cuando lo cree conveniente activa el móvil. Lo apaga y lo deposita sobre la mesa si la tertulia entra en terreno deportivo. En ese caso, interviene con discreta pasión. Cuando el debate abandona esa senda y entra en una parcela que no es de su interés, lo que casi siempre ocurre, activa de nuevo el móvil y amasa pantallas. Antes de que la sobremesa termine, él ya se ha sentado cómodamente en un sofá y sigue sin inmutarse concentrado en su móvil, nunca más allá. En ninguna circunstancia, ni siquiera de un modo excepcional, ayuda a quitar la mesa. Entre sus reconocimientos está el de hombre trabajador y responsable, y es respetado por ello, quizá en demasía. En honor a la verdad hay que decir que lleva ese triunfo con modestia. Los halagos no le afectan, ni le alteran los escasos reproches que muy pero muy ocasionalmente afean su conducta doméstica. Arruga el morro, eleva un instante la vista desde el sofá en el que está sentado y sigue con su móvil. Según él, trabajando, haciendo dinero. Consigue, de ese modo frío y neutral, un tanto apático, mantener las distancias entre los que sienten cierto afecto hacia él y los que no le tienen ninguno. Para los primeros, es la clara manifestación de una persona segura de sí misma. Para los segundos, la prueba evidente de su indiferencia y su ingratitud. Hace poco, sin embargo, causó mucho desconcierto su modo de reaccionar. Cayó en la cuenta de que no llevaba el móvil y dijo hostias en voz alta, casi gritando, mientras al mismo tiempo daba un manotazo en la mesa. A continuación dijo que la comida no estaba muy buena y pidió a alguien que le alcanzara el pan, y luego el agua y luego la sal. A esto le falta sal, dijo. Y después se puso a discutir con éste, con aquél y con el de más allá, con el de más allá incluso de malos modos. Y a un niño, en tono tan impertinente como imperativo le mandó bajar el volumen del televisor y luego apagarlo. Cuando desde un extremo de la mesa, la persona de más edad reconvino su actitud, se levantó y cogió su plato y su vaso y lo dejó en el fregadero de la cocina. Estoy perdiendo un montón de dinero, imbéciles¡, dijo desde allí, completamente fuera de sí. Luego se oyó un portazo. La familia espera aún sus disculpas.

Coda

No ahí, ni entre las piedras, ni entre esos matojos de hierba supurantes en la roca, ni en las sombras áridas y circulares del molino. Ni en el agua embalsada en la ciénaga ni en los cestos rebosantes de frutas maduras. En el cielo o allá en lo alto entre aquellos peñascos en los que las aves del dolor anidan, tampoco. En el horizonte de mortecina luz o en el otro, en el resplandor o en la ceguera no, ahí no, y en el otro tampoco. No dentro de la tempestad que atormenta el silencio. Ni en el silencio mismo ni en la música que suena entre lo que no suena. Ni entre lo que más suena, en esas faldas de lino en cuyos bolsillos aún duermen las tijeras que al despertar serán guadañas. En la tinaja secreta en el oscuro rincón secreto, en la hogaza de pan con el trapo cubierta, en los ajos en el almirez o en los armarios ya desnudos de tiempo y colmados de melancolía, no. En esos suelos duros de piedra traída en noches frías, tampoco. Ponte en el lugar del humo.

El almirez

El viajero no puede contradecir los hechos. La pequeña Reme se subió al autobús de línea en Saelices y viajó a a Madrid con el resto de la familia. El viajero no puede alterar el pasado a su gusto, no puede cambiar acontecimientos, ni fechas, ni decir cosas que no fueron en lugar de aquello que sucedió. Los testimonios se escuchan, se cotejan y se respetan. Con la ayuda del tío Ángel, el padre cargó días antes un camión con todos los enseres que eran propiedad de la familia y efectuó la mudanza. La mudanza sería irreversible, el éxodo culminó con exito. Con el paso de los años, la familia extendió sus  ramas por el páramo suburbial de la capital y consolidó su asentamiento. Eso es un hecho. El pueblo, con todo su pasado de extremas carencias, por fortuna, quedó atrás. Al viajero, sin embargo, le gusta imaginar a la pequeña Reme subida al remolque del camión, entre muebles, baúles y cajas y bolsas llenas de ropa y utensilios. La imágen de la pequeña Reme esperando la llegada del coche de línea también le gusta, porque hay ternura e incertidumbre, y alegría y esperanza y la nerviosa inquietud que provoca en una niña de doce años el desconocido porvenir. Le gusta mucho, pero el viajero necesita que la pequeña Reme viaje en el remolque del camión, debajo de una mesa camilla con la parte inferior de sus patas labradas, y que el destartalado y largo viaje por carreteraas precarias lo entretenga canturreando mientras hace sonar un almirez. El almirez es de bronce, no muy grande, su tacto es muy suave y tiene un brillo dorado mate que le hace parecer oro de verdad. La pequeña Reme, durante el trayecto, canta y saca del almirez sonidos que acompañan sus cantos, una música cristalina perlada de notas limpias y claras que suena también a monedas bailando la danza de la riqueza. La música del almirez puebla de sueños fecundos el trayecto hasta Madrid de la pequeña Reme. Ella no piensa entonces que generaciones anteriores a la suya lo usaron para machacar ajos y especias, como lo hace su madre ahora e incluso alguna vez ella misma. No coloca el objeto en el plano o la dimensión que el viajero le quiere otorgar, el plano de la memoria y la dimensión mítica de los hechos. Para la pequeña Reme, es un instrumento de su presente y lo usa para convocar la alegría que siente y disipar la incertidumbre que le acecha. La pequeña Reme canta y sueña y acaba por dormirse sobre el entarimado de madera del camión, bajo una mesa camilla de patas labradas, envuelta entre trapos y mantas y bolsas y cajas con ropa y utensílios. Para la imaginación del viajero, que la pequeña Reme viaje, cante, duerma y sueñe en la caja de un camión que la conduce a un futuro incierto, pero así mismo esperanzador, constituye también un hecho. En el plano de lo simbólico y lo mítico, un objeto arrastrado a lo largo de años por la corriente de lo cotidiano contiene por igual todos los hechos y todas las historias, las reales y las que no lo son, y todas conforman el mapa verdadero de una trayectoria colectiva. Por eso el viajero, cuando ve el almirez en la casa rural de el Mirador del Vallejuelo, se siente menos extraño y menos extranjero, porque el almirez, que ha vuelto, como él, al mismo lugar del que ambos un día salieron, contiene también una historia fundacional, el relato de los hechos que identifican su raíz, el início de su periplo.

Crónica negra. La confesión. 2

Pero lo otro que pasó no fue el Damián. Fue cuando teníamos los dos unas noviejas de un pueblo cercano que eran hermanas y que si encontrábamos a a alguien que nos llevase en su carro o en su remolque íbamos a verlas. O muchas veces andando si nos pillaba cerca cuando estábamos con el ganado. Entonces ya éramos hombres, pero el Damián y yo seguíamos haciendo jornales con las cosas del campo que salieran, y como no teníamos familia hecha, el poco dinero que ganábamos nos lo gastábamos en lo que más nos gustaba, que eran las cartas y lo otro. Digo por eso lo de las noviejas, que eran hermanas y nos entendíamos muy bien con ellas, pero cobraban. Fue un día que no se me olvidará por lo frío y escarchado que estaba el campo a aquella hora tan de mañana. Me lo dijo el Damián, que había estado jugando a las cartas con el gallego, el rubio y el abuelo Cosme en la tabernilla del lagar, la vieja. Esos y nosotros pasábamos muchos ratos sentaos a la mesa con las cartas cuando era invierno, pegaos al fuego de leña que hacía el rubio en un rincón con piedras recalentás, pero esa tarde yo no estaba, no sé qué estaría haciendo. El caso es que el Damián le oyó decir al abuelo Cosme que el Julián, su yerno que estaba en Madrid en la construcción, mandaba tos los meses un giro con los dineros de los jornales a su mujer, que hacía bien poco que había parido, el cuarto creo que era, el cuarto o el quinto, eran muchos y más que fueron, entonces todos muy pequeños porque venían todos unos detrás de otros. Y que su mujer se había ido con el recién nacido a Madrid para no sé qué de unos papeles y visitar de paso a un familiar. El Damián cuando tenía esas ideas a mí me daba un poco de miedo porque ya otras veces, con poca cosa, porque era poco si robábamos en Villares o en Saelices unas perras de algún canastillo en los poyos de la venta, mientras la gente esperaba el autobús, a mí se me hacía de mal, pero luego con los dineros en el bolsillo, que siempre eran menos que los que se quedaba el Damián, se me olvidaba, y más cuando ya nos metíamos en la taberna y con el vino todas las cosas se dejan perdonar. Así que me lo dijo y me dijo que él no podía ser el que entrara en la casa porque era un medio pariente y era mejor que quien entrara fuera yo, que de mí iba a ser difícil que pudieran sospechar y que tenía que haber allí un buen dinero, me dijo. Era fácil, decía el Damián, porque había un ventanuco a ras del suelo en la calle para poderse colar que daba a la habitación del matrimonio, y allí entre las mantas o en el colchón o en el baúl tenía que estar el dinero. No era nada más que entrar y rebuscar y cogerlo porque sabía él que a esas horas las criaturas estarían con la más mayor en la otra casa por encima del corral, con la Sabina. Era también eso, que el Damián sabía convencerme o que yo no sabía nunca decirle que no y echarme atrás, por no acobardarme ni ser menos que él. Así que esa misma noche fue, más bien de atardecío, pero ya no se veía ná, y a esas horas con el frío y el viento que se levantó no quedaba en la calle ni la mismísima Ánima del purgatorio, las calles estaban más vacías y más quietas que las risqueras del cerro en una fría madrugá.

Crónica general. La larga sombra del Ánima

La mañana del último día el aire corría un poco más fresco, pero el sol seguía brillante y el cielo limpio y azul. Cuando el viajero se levantó, en la penumbra de la cocina su hermana Esperanza estaba preparando café. Como es el único café que se toma al día, le gusta tomárselo en taza grande y muy caliente y demorarse en el placer de esos primeros instantes sin que nadie ni nada la perturbe. En la intimidad de su casa de Madrid es así, pero ahora compartirá con el viajero y con la Reme ese gusto por los placeres cotidianos alrededor de una mesa bien surtida de embutidos y quesos, tostadas y rosquillas caseras. Luego saldrán a pasear por el pueblo. La Reme, como es conocedora de todas las casas y de los nombres de sus vecinos, las enumera y relata sin cansarse ni olvidarse de nimguna de ellas a lo largo del recorrido. En eso cree ver el viajero la huella del abuelo, porque era obligación del cartero hacer memoria no sólo de los nombres de calles y plazas, también de los de sus vecinos y de los hábitos de los mismos. Será eso o será que la Reme posee una curiosidad natural casi cansina, y no para de indagar aquí o allá, preguntando, escuchando y leyendo sobre todo aquello que cae en el perímetro de sus intereses. Más bien será eso. Que no para ni quiere parar ni tiene por qué. En definitiva, que conoce todas  las casas y muchas de las cosas que pasan en ellas. También de las que están permanentemente cerradas o las que están construidas a medias o abandonadas por una u otra razón. Y hay unas cuantas. Pasa aquí lo que pasa en otros lugares del interior peninsular, que el campo se abandona y los pueblos envejecen sin que nadie ponga remedio para evitarlo. El despoblamiento rural es una muerte lenta y de oculto dolor que en algunos pueblos como éste intentan paliar con implantes en la piel. El ayuntamiento ha ido cediendo terrenos para que quienes lo deseen construyan y planifiquen un asentamiento que frene la desbandada general, pero el censo anual a la baja lo desmiente. Las casas se construyen para que el verano la plaza esté llena durante las fiestas y el único bar que hay en el pueblo no cierre. Y sin asentamientos no hay recursos y sin recursos no hay servicios y sin servicios no hay gente. Hasta una tal Karmele que goza de fama en televisión ha levantado aquí una casa que ha dejado a medias, vete tú a saber por qué. A lo mejor porque ya no queda muralla de la que coger las piedras para construirla, como hicieron en el pasado sus habitantes cuando el árabe quedó definitivamente derrotado y ya no había recinto que defender. A lo mejor porque la visitó una noche el Ánima del purgatorio en su recorrido existencial y le dió pavor la calavera que le pedía como tributo la parte que aún quedaba por construir. Aunque es difícil acogerse a esta razón porque hoy el Ánima ya no tiene tanto ánimo. El viajero ignora si esa costumbre de siglos aún mantiene su arraigo y lo tendrá que averiguar. Por lo leído, es una tradición que marca y define en mucho el carácter y la cultura de un pueblo respetuoso con la religión y temerosa de ella al mismo tiempo. Ese penitente encapirotado que en compañía de otros cofrades va de casa en casa la noche del Martes de Carnaval remite a una plástica expresionista cruzada de sombras y amenazas. El escenario es idóneo: callejuelas pedregosas, estrechas y empinadas envueltas en la más absoluta oscuridad, y silencios planetarios, profundos, puntualmente alternados con oraciones e inquietantes sonidos de pisadas sobre las piedras. Y el fulgor seco y tétrico de la calavera, que los anfitriones besaban tras los rezos en memoria de las ánimas familiares y la dádiva monetaria. Nadie negaba la entrada del Ánima en su casa, lo que indica el grado alcanzado por el temor o el miedo y la culpa como armas de presión religiosa. Con este argumento y otros que documentos históricos avalan, el enriquecimiento del clero progresaba. Por lo demás, todo estaba enmarcado en un ambiente de austeridad y recato que poco tiene que ver con la idea que tenemos de un carnaval. El origen de estas liturgias queda lejos, pero el manto de su influencia llega hasta nuestros días. El viajero, mientras contempla el olivar mandado plantar por el Ilustrado zafreño José Casado Torres, apodado el Rusiano, en las laderas del Galumbarde, se pregunta cuánto hay de aquel miedo, de aquella culpa y de aquella austeridad en ese fantasma sin aparente identidad que recorre su interior.

La Reme. La mudanza

…y tú tampoco, claro, tú tampoco te puedes acordar, tú tendrías tres años, si la Angelita tenía un mes, tú tendrías tres años, y yo te llevo a tí nueve pues yo tendría once o doce cuando la mudanza, pero la mudanza la hizo padre que vino con un camión que le ayudó el tío Ángel, que se fueron con los muebles a Madrid con el camión, y a mí me dijeron, como estaba en Saelices que me había ido antes, unos meses antes, cinco o seis meses antes, que había ido a cuidar un niño de una familia que tenían una tienda y un bar en una esquina de la plaza, y como yo estaba allí en Saelices, me dijeron, cuando ya nos mudamos todos, que me esperara donde paraba el coche de línea, y nos fuimos a Madrid, pero yo estaba en Saelices, a mí me cogieron en Saelices y padre ya se había ido antes con los muebles en un camión, y a mí, me acuerdo igual que si lo viera, la familia del bar le decían a madre que me dejara allí con ellos, uy, si me querían mucho y decían que me dejara madre allí, que ya irían ellos algunas veces a Madrid y me llevarían para que nos viéramos, pero yo no quería, a mí aquel matrimonio me quería mucho pero yo no quería, y los que me trajeron del pueblo a Saelices, que fueron dos hermanos que vendían gaseosas con un camión, me trajeron a mí del pueblo a Saelices en su camioneta, yo iba entre medias de los dos me acuerdo, tenían la fábrica o donde hacían la gaseosa allí en Saelices y les decían o les llamaban los Pilarines o los Pilines algo así, y me querían también mucho, se cuidaban mucho de mí, como me habían traído, pues cuidaban mucho de mí, asi que…

Crónica general. El amor y la muerte

El cerro sobre el que se asienta el pueblo es una más de las modestas elevaciones rocosas que configuran la sierra de Zafra, cuyo nombre comparte también con el ˋpueblo mismo, y, a pesar de la opinión en contra de la Nieves, Octavio Cano* escribe en su libro que estos montes con sus pequeños valles constituyen las agónicas estribaciones de la serranía conquense. Como quiera que es un área elevada unos cientos de metros por encima del nivel medio de la gran meseta castellana, los veranos suelen ser extremadamente calurosos y los inviernos aterradoramente fríos. El viajero esto también lo sabe porque tiene recuerdos de lejanas visitas en que el helado viento o el frío cortaban el resuello incluso en algunas noches de verano, donde había que proveerse de mantas y abrigos para asistir a los festejos en la plaza. Novecientos metros son muchos metros. Pero los días de octubre recogidos en esta crónica fueron días apacibles y templados, de cielos prácticamente límpios y tardes bondadosas y serenas que invitaban al paseo. El viajero salía con sus hermanas por la parte trasera del corral y flanqueaba la torre del castillo, que quedaba a la derecha. A la izquierda, desde otro mirador con sombra y poyetes de piedra, la vista planeaba sobre la extensa vega y alcanzaba horizontes hechizados por las lejanas primeras sombras de poniente. Después descendían una pequeña cuesta y enfilaban sus pasos  por una estrecha senda en dirección a los Asentillos y más allá. Todavía es posible encontrar de vez en cuando algún grupo de jóvenes charlando al abrigo de ese mirador rocoso en cuya base la erosión o la diligencia árabe labraron los escaños que le dan su nombre. Pero no tanto como antes, ni tanto como mucho antes. Y mucho antes, las mozas del pueblo elegían ese lugar para reunirse y confiarse secretos mientras enhebraban labores de costura o bordado o ensayaban, como señala Octavio Cano, las canciones que posteriormente cantarían en los corros de la plaza. Mirando un poco más atrás, una comitiva acompañaba a las parejas recién casadas hasta allí entre cantos, bailes y el deseo de un futuro feliz y próspero. Eran otros tiempos. El viajero no los conoció ni pudo conocerlos pero constata por lo que oye y por lo que ve que ese lugar rocoso que fue en tiempos árabes una atalaya de vigilancia preventiva hoy es el guardián del secreto corazón de varias generaciones. Y guardián eterno de otras muchas es el cementerio, que Octavio Cano emplaza, en el siglo XVIII, al pie de la iglesia en una ladera entre las calles del Algibe y la del Arco. A los muertos, entonces, no se les enterraba como ahora. Ni en ese ladera, porque el cementerio hace ya muchos años que trasladó su negocio y buscó mayor y mejor emplazamiento en la costanera oeste del molino, donde ahora se encuentra. Allí, bajo un montículo de tierra con una cruz de hierro negro encima enterraron al abuelo del viajero. Él no puede recordarlo porque no estuvo, pero retiene la imágen del montículo y la cruz de un día también soleado en que lo visitó, no mucho tiempo después. Ahora es más difícil que entonces hallar su tumba. Está, sí, y su hermana Reme desde el otro lado del muro encalado que protege el recinto se la señala, pero cuesta distinguirla entre tanta riqueza de mármol y piedra lujosamente esculpida. Nada que ver. Con el paso de los años, el pacto con la muerte ha variado formalmente sus condiciones de contrato, los pobres del pueblo mueren igual pero más tarde y descansan en paz como los ricos que nunca fueron. Muertos de aquí y muertos de otros lugares traídos aquí, para ser enterrados en el pueblo que les vio nacer. Mejor que antes, mejor que como su abuelo, descansan para siempre bajo el manto de una lápida digna y honrosa. Con ellos están enterrados también los tiempos que ya han muerto.

Leyendas y hechos reales de Zafra.  Octavio Cano.

La Reme. La casa

…era una casa que tenía un corral muy grande que caía un poco hacia abajo y luego estaba la cuadra, con dos burros que teníamos porque los animales daban mucho calor, y las cuadras por eso estaban pegás a las casas, se entraba por la cuadra a la habitación de madre y padre y luego al comedor y la cocina que estaba todo junto, pero más animales no teníamos menos las gallinas, claro, y el cerdo que estaba en la corte en el corral, que se llamaba la corte donde estaba el cerdo, un cuadrado bajo de piedras con su puerta y su techo, y luego las gallinas que estaban por allí, y antes de entrar a la cuadra, a la derecha, pues estaba el pajar con paja y arriba que se guardaban las cosas o de la comida o el trigo o la harina y las cosas, como una despensa a lo mejor, para guardar lo que fuese…eeeso es…arriba estaba todo mejor guardado, de los ratones o los bichos que hubiese…eeeso es…pero no, pero se entraba arriba por arriba por la casa, y en la casa, que a la habitación de madre y padre se entraba por la cuadra, y era una habitación grande, con una cama y sin armario, que entonces no había armarios, y un baúl que era donde se guardaba la ropa, pues por una ventana chica que daba a la calle por arriba, la ventana era pequeña pero daba al ras, entraron a robar, y dicen, porque lo vieron y alguno lo reconoció subiendo calle arriba pero claro, demostrar no se podía demostrar, que había sido el tío Damián, que se enteraría, o quien fuese, porque pudo haber sido otro, que había llegado un giro de padre, porque padre ya sabes que antes de irnos ya estuvo dos o tres años trabajando en Madrid y mandaba cuando podía un giro, y digo yo que alguno se enteraría y por eso entraron a robar, pero se ve que no le dió tiempo porque entonces aparecieron la Mercedes y la Nieves y se ve que con los ruidos pues el que fuese se fue, no le dio tiempo, fuimos a llamar al abuelo que estaba jugando a las cartas, el abuelo siempre estaba jugando a las cartas, en una casa a la vuelta de la nuestra y vino con otros que estaban jugando a las cartas con él, y que creemos que fue el tío Damián no porque lo sepamos, pero es que a ver quién si no, si era capaz de jugarse hasta la mujer, el caso es que cerró la puerta de madre y padre por dentro, que tenía un cerrojo bueno para cerrarla por dentro, y que no podíamos pasar, de eso me acuerdo yo y de que tú estabas con madre en Madrid que estaba con la tía Otilia, que fue a ver a padre, claro, y tú como a lo mejor tú tendrías meses, si serías chico muy chico, meses, no te quería dejar allí por eso y estábais los dos en Madrid cuando pasó, y a la habitación de madre y padre se pasaba también por el comedor que también era la cocina y se pasaba desde la calle y a la derecha estaba la banca, la que teníamos allí, que luego nos la llevamos a Madrid, tú a lo mejor yo no sé si te acuerdas, estaba la banca según se entraba a la derecha y en el centro pues estaban la mesa y las sillas, el comedor era también grande y arriba había una habitación y allí dormíamos nosotras, bueno en la habitación de madre y padre había también una cama más pequeña y ahí dormí yo y a lo mejor ahí dormirías tú también, hasta que nos mudamos a Madrid, la Angelita con un mes, ella, claro, no se puede acordar, asi que…