Conocidos y saludados. 1

Entre los que se interesan por mí de un modo inexplicable, está el joven L, de sobrenombre P. Siempre que me ve me saluda y me pregunta por mi estado de salud. Si estoy tomando una cerveza y él acaba de entrar en el bar, coge un taburete y se sienta a mi lado, en la barra, como si fuéramos amigos que se han citado para conversar. Por lo general, cuando eso ocurre, él insiste en pagar la consumición de los dos, aunque yo con franqueza no lo desee. Yo no quiero que me pague nada y mucho menos deseo pagarle yo nada a él. Sin embargo, él acaba pagando. En nuestro barrio el joven L, de sobrenombre P, tiene fama de ocioso y hasta de rufián. No se le conocen delitos imputables, pero todo el mundo da por hecho que malvive de hurtos y de estratagemas ilegales. Al princípio, cuando le veía de lejos y aún no había reparado en mí, llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y tenía bigote, uno de esos bigotes anchos y tupidos que a los rateros bajitos les queda tan horrendamente bien. Ahora tiene el pelo corto y se ha dejado crecer la barba, como yo. Sin embargo, ese detalle no justifica que entre él y yo haya semejanzas de carácter o de personalidad, ni mucho menos. Para demostrarle que entre los dos ese tipo de parecidos no existe, cuando nos cruzamos por la calle y me pide un pequeño favor, se lo niego. Le miro seramente a los ojos y le digo: no. O: no, no tengo. O: no, no me da la gana. Sólo cuando se sienta a mi lado y me invita a una cerveza soy incapaz de impedir que lo haga. Una vez le dije: estate quieto, suéltame el brazo, mi cerveza me la pago yo. No hubo manera. Eso demuestra que el joven L, de sobrenombre P, sabe imponer su criterio por la fuerza de los hechos, y que yo, que en absoluto guardo el más mínimo parecido con él, acabo resignándome a la imposición de los hechos. Pero en mi terreno mando yo. Ayer me lo encontré a la puerta de un bar en el que iba a entrar. Quieres una cerveza? me preguntó. Le miré directamente a los ojos y le dije: no, no me apetece. Y me fuí a mi casa sin tomarme una cerveza.

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El poeta

Allí vive un hombre que es aún muy joven. Alquiló ese pequeño ático hace unos meses, en un barrio de una gran ciudad que no llegará a conocer ni siquiera mal, un barrio de reconocido prestigio popular, con playa propia, chiringuitos de comida y almacenes industriales de servicios portuarios. Del ático, que pasa por ser su vivienda, hace un uso muy precario. Viene a dormir, algunas veces se ducha y una vez, por motivos que no vienen al caso, calentó comida en el fogón. La cama donde duerme tiene el nombre común de colchón en el suelo, con aparato de radio incorporado. Los pocos sueños que tiene, todos de una callada grandeza, los alimenta una emisora que difunde música y cultura popular. Esa comida intangible la administra el joven en dosis pormenorizadas dos veces al día, una por la mañana, al despertarse, y otra por la noche, antes de no poder dormir. Le cuesta dormir porque siempre viene tarde, cargado de las preocupaciones propias de un joven despreocupado, con los signos de un cansancio urbano forjado en alcanzar quimeras poco nutritivas. Otros alimentos, algo más sólidos, le vienen al joven en forma de cenas solidarias, piscolabis alternativos y pan con chorizo en el gallego. Allí también le dan caldos y morriñas que endurecerán para siempre su espíritu de nómada melancólico. De los amigos que tiene, que son cuatro, dos le tienen en mucha estima y él a los otros dos, también. Por decirlo de alguna manera, comparten esa clase de amistad sustentada en un sueño común regado con cervezas medio calientes y atmósferas de tabaco barato. Admite que la diferencia con ellos estriba en su soledad restringida y en su reserva, una sustancia íntima que tira a gris y de cálculo torpe. De esa soledad se desprende un matiz que el futuro resolverá en estaciones lluviosas, y tendrá sexo y afecto como los que ellos ahora tienen, pero a plazos. Eso hace que en noches de turbulencia bohemia, en casa de uno del otro horneen una pizza o un tocino y regrese a casa cenado, sin otra fantasía que la de seguir tirando. Como es perezoso, no le sirve de nada el cacho tabla que cogió abajo para usar como mesa. Allí encima tiene aún todos los papeles en blanco, ideas de versos sin escribir, apuntes sin registrar, una novela larga que el día que se siente la redactará de un tirón, a lo Balzac. Porque está convencido de que su destino tiene esa forma imprecisa de los que quieren y no pueden, trabaja en lo que sale, casi siempre poca cosa, faenas sin oficio con poco beneficio. Con esos prácticos resultados cumple su objetivo de vivir a base de bien sin pagar el alquiler un solo mes. Y se lleva a la terraza, cuando hace sol, pensamientos graves y profundos con los que alcanza alturas y regiones con aspecto de trastero. Así, pasan dos meses de abril y el infortunio del amor le expulsa del paraíso tantas veces anunciado. Entonces le viene un ansia sin nombre de crecer al margen de futuros peores porque le cortan la luz y el agua y la poesía no acaba de arrancar. De modo que cierra la puerta, entrega las llaves y baja esas escaleras estrechas como si volara, a la velocidad del olvido.

Ritulata. 2

Entre nosotros hay un hombre de profesión pastelero que aún carga con el viejo sueño de abandonar su oficio, abandonar el pueblo y abandonarlo todo. En las tabernas donde se junta con otros de su misma edad lo dice bien alto y poco claro, añora la breve felicidad que tuvo cuando la música , los libros y el amor eran más que promesas y abandonarlo todo una decisión firme y llena de futuro. Ahora mira el ataúd cerrado con alegría, convencido de que algún día lo abandonará todo.

Entre nosotros hay un hombre fatigado por cada hora que pasa sin dejar ninguna esperanza, que son todas. Va con su melena suelta y gris de tasca en tasca ansioso de hallar una modesta pasión que haga crecer la vida que le empequeñece. Ya no tiene edad para más, dice él, y todo lo que necesita es una hora, una sola hora intensa que colme su modesta ambición. Pero mira el ataúd cerrado sin esperanza: la eternidad tampoco le satisface.

Entre nosotros hay un artista que ambiciona todo y pone en ello una voluntad indomable, de hierro. Sobre ese eje indestructible construye este hombre que aún es joven sus castillos de arena y con insistencia despliega sus proyectos sobre las mesas encharcadas de cerveza. Tiene arte, maña, fuerza y habilidades que muchos de nosotros quisiéramos. Y valentía y empuje, pero es vulgar y barato el material con el que pretende levantar sus imperios legítimos. Con franco pesar, mira el ataúd cerrado y calcula cuánto costará uno a la medida de su grandeza.

Entre nosotros hay un hombre que ya lo tiene todo, familia, coche, trabajo y vicios. Se peina hacia atrás, tiene barriga y fuma sus cigarrillos en una boquilla ridícula. Pero no tiene encanto y el dinero acumulado no es un pedestal seguro, hilvana frases hechas de lugares comunes, se ríe por lo bajo para ocultar su desengaño y anhela una soledad que le dé el honroso prestigio que cree merecer. Adscrito al ritual del café, soporta con polvorienta dignidad el paso de las estaciones. Al mirar con fijeza el ataúd cerrado, su discreta felicidad se marchita.

Entre nosotros hay un hombre cuyo anonimato ha dejado de serlo para siempre. Se presenta con barba y bajito, mirando a muestro alrededor con ojos medio sueltos, como los botones mal cosidos de una chaqueta mil veces usada. Y habla lento, débil, con prosa vieja y carcomida, ensayada en el silencio de su cuarto para la ocasión. La tristeza que le posee es sincera y las lágrimas a punto de estallar también. Mirando el ataúd se ve que desearía regresar cuanto antes al anonimato definitivamente perdido.

Entre nosotros hay un muerto que quería ser un muerto. Descanse en paz.

Marosa en Agraria

Ayer me llamó Marosa y me dijo que echaba de menos mis arroces, que cuando volviera de Agraria, la región limítrofe con la nuestra en su lado norte, pasaría por mi casa y se quedaría unos días. No se atrevía a darme fechas, me dijo, porque le ocupaba un caso que había entrado en aguas sumariales algo turbias y no había garantías de abandonarlas a corto plazo. Era raro que la investigación extendiese su radio de acción tan lejos, incluso fuera del ámbito de su control administrativo, que era la región, pero Marosa lo explicó todo muy bien cuando narró para mí los hechos. Por mi parte, desconocía que en la ermita del niño Jesús de Faros, en la rocosa serranía de Las Frías, hubiera un santo que sangraba. San Astenio. La alarma saltó cuando uno de los cabreros encargado de restañar las heridas del santo, descubrió una mañana que la hornacina de piedra que ocupaba estaba vacía. El cabrero dio parte a las autoridades locales y la desaparición de la figura pasó a manos de Marosa, la jefa de Asuntos Misteriosos. Descartada la primera hipótesis, que contenía un insostenible argumento de desaparición por arte de magia, Marosa y su equipo concluyeron que se trataba de un robo. El valor artístico de la talla era nulo, pero la escultura sangrante del santo sostenía la fe de los lugareños y la marca identitaria de la zona, que atraía cada cierto tiempo a peregrinos y devotos de San Astenio. Como las pesquisas efectuadas en el territorio resultaron infructuosas, Marosa solicitó ayuda exterior. La información se hizo esperar, pero una mañana llegó a la comandancia un documento policial en el que se daba cuenta del hallazgo. Lo firmaba S. Marcos, homólogo de Marosa en la delegación agrariense, donde se había encontrado la figura. A partir de ahí, el caso entraba en los espesos fanganales de la justicia devocional y su resolución parecía dificil. Los lugareños de Jolín, el pequeño pueblo de Agraria en cuya ermita de San Astenio había sido encontrada la pieza, negaron que se tratara de un robo. Los pies llagados del santo, las magulladuras en los brazos y su ropa de peregrino hecha jirones demostraban que San Astenio había llegado a Jolín por su propio pie, y que había elegido la ermita que lleva su nombre como residencia por voluntad propia. Argumentaban, además, que Jolín sufría los atrasos de un pueblo abandonado por sus gobernantes y San Astenio, abogado y protector de los desvalidos, había llegado para auxiliarlo. De modo que el pueblo entero, con su alcalde a la cabeza, defendía que el santo sangrante era ahora propiedad de Jolín y ahí debería quedarse para siempre. El debate estaba abierto, pero la Iglesia, a quien competía en última instancia la emisión de un parecer justo e irrevocable, declaró no estar ya para perder el tiempo en semejantes naderías. Cuando me llamó Marosa, el santo se encontraba en las dependencias policiales de Herniado, la capital comarcal, sometido a interrogatorio. Si hablara, sus palabras podrían aclarar de forma definitiva el misterio de su desaparición, por lo que no se descarta que ese milagro también se produzca. Pero va para largo, me dijo Marosa, no eches todavía el arroz.

Danilo Manso, el fingidor

Danilo Manso también era un fingidor, como Pessoa: “Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”. Muchas veces la vida de un poeta y su obra son indisolubles, y el arte de fingir se domina a todas horas, frente al papel o frente a un vaso de vino, en compañía de hombres o mujeres inventados o reales, de carne y hueso. Muchas veces, el poeta no hace diferencias entre esas dos realidades. El poeta, en cualquier caso, finge porque no conoce otra manera más noble de decir la verdad. Danilo Manso fingía, pero en la vida real era un mentiroso entrañable que no quería engañar a nadie. Era un poeta solitario e introvertido que fingía ser un hombre sociable y parlanchín. Si bebía, se entonaba, y entonces fingía ser un poeta expansivo y hasta seductor, pero en realidad era un hombre retraído y serio. Fingía seriedad y fingía campechanía, pero en realidad era zurdo y fingía escribir con la derecha. Para muchos, lo mejor de la obra de Danilo Manso está en los poemas que escribió con la izquierda, su mano de verdad. Yo discrepo, pero no soy un experto en Danilo Manso. A mi parecer, el texto que adjunto a continuación está escrito con la mano derecha, y debería ser bueno, pero Danilo Manso fingió escribirlo con la mano izquierda, su mano buena, y eso le quita la razón a sus defensores. En todo caso, a la vista está que el fingimiento lo borda:

Hoy estoy nervioso, será porque es martes y trece. Nervioso, como si una primavera no deseada me hubiera pillado a traición pintando una rosa de plástico. O porque veré esta noche a mis amigos y me contarán cosas de Berlìn y me hablarán de lechugas y tomates eléctricos y de círculos de tierra inundados de periferias. O porque he visto a una mujer que escondía su belleza en las páginas de un libro y he sido seducido por su sombra. O porque no puedo desprenderme tanto como quisiera de los avances de la vulgaridad, o porque no puedo llorar tanto como quisiera por aquello que no pude retener, o porque no puedo reir sin herirme de los fantasmas de un cierto amor. O porque ha hecho calor y ahora no, o porque no llueve y ojalá lloviera, o porque hace frío y yo siempre tengo frío, o porque yo siempre tengo frío…

Treinta y uno

Ya estoy instalado en mi nueva habitación. Le he pedido a María Villa que limpie la alfombra y he quemado un poco de sándalo. El sándalo ayuda a descifrar el mensaje encriptado que encierran los olores de los fugitivos. D y E no lo son, pero eso no lo sabré del todo hasta que el mensaje no esté descifrado. Por lo demás, todos huímos de algo. Este aroma que flota en el aire ha estado encerrado demasiado tiempo aquí, huele a monte bajo perfumado por un río de frambuesas puestas a secar, es intenso y penetrante, tiene algo de adormecedor. Me disgusta porque es un artifício que borra las huellas sensoriales de los cuerpos, disimula su carga, pero no destruye su amenaza. Y tiene el color romántico y apastelado de la lamparita de la mesa, de las fundas de los cojines y los adornos de las cortinas, un color afeminado y pasivo, prácticamente descatalogado. En su vertiente más añeja, es un olor asociado a largas horas de espera sin amor. Lo que me revela su secreto confirma la ausencia de amor físico: un padre y un hijo no combinan bien. Un olfato más fino que el mío hallaría quizás matices de aromas algo más groseros, insultantes u ofensivos. Los de la cocina. Platos de carne guisada, potajes, plátanos fritos. D era aficionado a comer en su cuarto. Pero yo no los encuentro. Una prueba más del fugitivo experto en borrar las huellas que delatan su biografía interior, de confundir a sus perseguidores. La contribución de E despierta una primera impresión de afeites melosos y coquetos, una fragancia de alcoholes excesivamente gastados por un deseo de triunfo. Se desvanece enseguida, cuando el ojo alcanza a ver las paredes sucias, los pomos algo pegajosos de los cajones del escritorio, la fina capa de polvo en las láminas sin brillo de Van Gogh. Esa es la grandeza de los olores, que no huelen nunca a lo que somos, pero pueden ayudar a construir lo que fuimos. Me hubiera gustado que oliese a naranjas, no sé por qué.

Veintinueve

No digo que me encuentre mal, una cierta rutina me favorece, una dosis moderada de tedio me concede o me regala inspiración, un poco de aburrimiento o normaliza mi vacío o es un atajo rápido y seguro hacia el sentido común. Un poco de cada cosa está bien, se ordena el inmediato pasado, va cayendo la fina arena del tiempo sobre el tamiz del olvido, gana el pensamiento en silencios y el corazón agradece esa calma y esa propuesta de paz. Instalado en esa tregua de condiciones pactadas -con la vida, o con sus representantes, no lo sé- las emociones, las fuertes, exhiben sus nuevos disfraces en escenarios de virtualidad. Entre un público anónimo que grita los goles frente al televisor o en el corazón de una plaza, entre un público bullicioso y alegre que espera un pregón. Camuflada, confundida entre las masas, la emoción sublima su necesidad de presencia. Mientras tanto, el amor está en la reserva. La pasión carnal, con un ojo abierto, duerme y despierta al vaivén de roces imaginarios, percibe la alusión de una mirada, se deja algunas noches convencer. Forzosamente, lo intenso no siempre tiene razones para ser dañino. Y sin embargo, sueño a veces con una intensidad que duela, con un deseo punzante, con un amor que hiera y rompa este pacto, plácido pero agonizante, con la indiferencia y la monotonía.

Veintiocho

Camino por la calle con un bocadillo en la mano. En la acera, una cría de gorrión abre la boca y pía. Le doy unos trocitos de pan y embutido. Luego lo dejo sobre el escalón de un portal, esperanzado de que algún vecino después lo recoja. Si en vez de aplicar la lástima hubiera aplicado la inteligencia, hubiera mirado hacia arriba y descubierto el nido del cual probablemente había caído. Y probablemente le hubiera salvado. Pero estamos habituados a aplicar aquello que más arraigado está en nuestras costumbres, cuando nuestras costumbres están dominadas por el corazón y el corazón gira sólo en torno a nosostros mismos, a nuestra propia salvación. Se hace necesario, pues, un cambio de costumbres y anteponer más a menudo el espíritu científico a las inclinaciones piadosas. Tiene resultados más prácticos.

Leo algunos fragmentos del diario de Yves Klein cuando estuvo en España, anotaciones más bien secas sobre el trabajo que no encuentra, su aprendizaje del español o las clases de judo con las que finalmente logra sacar algunas pesetas. Me gusta esto: “Para luchar contra todo en la vida, creo que el único medio es tomar un poco de infinito y utilizarlo.”

Veintidos

Por lo visto, la identidad la conforman estos tres objetos de amor, según el filósofo argelino Sidi Mohamed Barkat: la pertenencia a una comunidad nacional, a una civilización y a un territorio. Entonces es que no puede hablarse de la individualidad del sujeto sin el marcaje de lo colectivo, y que ese sentimiento de desarraigo que desde el início de los tiempos arrastro, ese impulso nómada que deja atrás territorios y afectos, ese vacío de emoción ante las gestas de la patria indican que ni fuí ni soy nada. O, pura y simplemente, que no hace falta que me renueve el DNI.