La Reme. La casa

…era una casa que tenía un corral muy grande que caía un poco hacia abajo y luego estaba la cuadra, con dos burros que teníamos porque los animales daban mucho calor, y las cuadras por eso estaban pegás a las casas, se entraba por la cuadra a la habitación de madre y padre y luego al comedor y la cocina que estaba todo junto, pero más animales no teníamos menos las gallinas, claro, y el cerdo que estaba en la corte en el corral, que se llamaba la corte donde estaba el cerdo, un cuadrado bajo de piedras con su puerta y su techo, y luego las gallinas que estaban por allí, y antes de entrar a la cuadra, a la derecha, pues estaba el pajar con paja y arriba que se guardaban las cosas o de la comida o el trigo o la harina y las cosas, como una despensa a lo mejor, para guardar lo que fuese…eeeso es…arriba estaba todo mejor guardado, de los ratones o los bichos que hubiese…eeeso es…pero no, pero se entraba arriba por arriba por la casa, y en la casa, que a la habitación de madre y padre se entraba por la cuadra, y era una habitación grande, con una cama y sin armario, que entonces no había armarios, y un baúl que era donde se guardaba la ropa, pues por una ventana chica que daba a la calle por arriba, la ventana era pequeña pero daba al ras, entraron a robar, y dicen, porque lo vieron y alguno lo reconoció subiendo calle arriba pero claro, demostrar no se podía demostrar, que había sido el tío Damián, que se enteraría, o quien fuese, porque pudo haber sido otro, que había llegado un giro de padre, porque padre ya sabes que antes de irnos ya estuvo dos o tres años trabajando en Madrid y mandaba cuando podía un giro, y digo yo que alguno se enteraría y por eso entraron a robar, pero se ve que no le dió tiempo porque entonces aparecieron la Mercedes y la Nieves y se ve que con los ruidos pues el que fuese se fue, no le dio tiempo, fuimos a llamar al abuelo que estaba jugando a las cartas, el abuelo siempre estaba jugando a las cartas, en una casa a la vuelta de la nuestra y vino con otros que estaban jugando a las cartas con él, y que creemos que fue el tío Damián no porque lo sepamos, pero es que a ver quién si no, si era capaz de jugarse hasta la mujer, el caso es que cerró la puerta de madre y padre por dentro, que tenía un cerrojo bueno para cerrarla por dentro, y que no podíamos pasar, de eso me acuerdo yo y de que tú estabas con madre en Madrid que estaba con la tía Otilia, que fue a ver a padre, claro, y tú como a lo mejor tú tendrías meses, si serías chico muy chico, meses, no te quería dejar allí por eso y estábais los dos en Madrid cuando pasó, y a la habitación de madre y padre se pasaba también por el comedor que también era la cocina y se pasaba desde la calle y a la derecha estaba la banca, la que teníamos allí, que luego nos la llevamos a Madrid, tú a lo mejor yo no sé si te acuerdas, estaba la banca según se entraba a la derecha y en el centro pues estaban la mesa y las sillas, el comedor era también grande y arriba había una habitación y allí dormíamos nosotras, bueno en la habitación de madre y padre había también una cama más pequeña y ahí dormí yo y a lo mejor ahí dormirías tú también, hasta que nos mudamos a Madrid, la Angelita con un mes, ella, claro, no se puede acordar, asi que…

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Crónica general. El mirador del vallejuelo

La casa donde el viajero se hospeda lleva el nombre de El Mirador del Vallejuelo y es propiedad de su hermana Reme, que la compró y la restauró convirtiéndola más tarde en casa rural. Es una casa de planta alargada, de dos alturas, con un patio y una pequeña terraza elevada que es también un mirador. No hace falta acceder a él para contemplar la hondura de ese pequeño valle encajado entre discretos cerros, más allá de los cuales se extiende la llanura manchega en dirección sur. A la derecha, el río aprovecha la ligera depresión de los montes para encauzar su curso y la carretera discurre paralela a él. En sentido sur desemboca en la Autovia Madrid-Valencia y en sentido inverso asciende por las laderas del pueblo hasta darle alcance. Al otro lado del río levanta sus sedimentos rocosos el cerro de Galumbarde. Esas son las referencias básicas que desde el Mirador del Vallejuelo es posible contemplar, probablemente el único lujo que podían permitirse quienes lo contemplaran en los largos y penosos períodos de escasez, que fueron muchos. Pero al viajero no le faltan casas en las que poderse hospedar. Pared con pared de aquélla se levanta, de construcción nueva en gran parte, la casa de su hermana Nieves, una casa de estructura también singular asentada sobre la roca que conserva, en su parte más elevada, el viejo corral, otra atalaya para disfrutar de la belleza de un paisaje seco y duro en su entorno más amˋplio y algo más generoso en esta vertiente con olivos, almendros, encinas y la estrecha línea del arbolado fluvial. El viajero no puede decir mucho más porque no sabe mucho más. Sabe que el pueblo fue un enclave importante durante la ocupación árabe, que aprovechó su emˋplazamiento elevado para constituirse en una fuerte plaza de defensa. En lo más alto del crestón, a treinta metros escasos del corral, quedan los rastros pedregosos de lo que fue una alcazaba y restos, en la loma más baja, de la muralla que circunvalaba el asentamiento. Lo que ahora atraviesa el pueblo es un período de despoblamiento muy común en amplias zonas de la meseta castellana. Los residentes censados alcanzan un número aproximado de ciento cuarenta, la mayoría de los cuales vive de la agricultura. El viajero sí sabe, por tanto, que el moderado bullício que llega desde la plaza es puntual y acordado, porque en fechas de fiestas y efemérides acuden familiares y parientes o forasteros para encontrarse y celebrar el acontecimiento. Muchos de ellos tienen casas, nuevas o restauradas y pasan en ellas sus vacaciones y fines de semana. Lo normal. La casa donde el viajero se hospeda y la contigua, es un ejemplo, y suele ocurrir que en días así se junten en ellas veinte y más personas pertenecientes a las diferentes ramas de la familia, de por sí muy extensa. En esta ocasión, incluyéndole a él, el viajero cuenta dieciséis. No son muchos. La mañana en que llegó hacía sol y era agradabilísimo dejarse acariciar por la brisa fresca y suave que movía las ramas del almendro en el corral. La comida la preparaban, como siempre, las mujeres, una costumbre reprochable cuyas raíces alcanzan el tuétano de la cultura rural y patriarcal. Se turnaban moviendo el palo en la olla la Nieves, la mayor de las hemanas del viajero y la Esperanza, que aprovechó una pausa para contar en medio de risas y cachondeos la noche en que mano a mano con Sole, su sobrina, se pimplaron ellas solas dos botellas de vino mientras su marido lanzaba a través del ventanuco de la habitación que da al corral su colección de bragas. Momentos como ese no son pocos ni aislados en la familia del viajero. Es normal que alrededor de la mesa y entre los gritos de unos y otros la risa reparta una suerte de saludable alegría entre los comensales. Reirse es bueno, y la familia Redondo se ríe mucho. Lo normal, después de comer, es que la tertulia continúe acompañando los cafés y se prolongue de forma natural sin que las acostumbradas disidencias de los más jóvenes la alteren.

La Reme. La mesa camilla

…la mesa que teníamos en el cuarto de estar, la mesa camilla, la que teníamos en el cuarto de estar, esa mesa fuímos madre y yo a encargarla a Villares, porque entonces en Villares es donde estaban todas las tiendas y allí comprábamos lo que nos faltaba, que en el pueblo no había, aunque el pueblo no sé cuántos años hará ya de eso, pero que creo, vamos, que no es que lo crea, es que lo sé, hubo un hospital, te hablo de no sé cuántos años, a lo mejor siglos, y una cárcel, que entonces el pueblo no era como luego fue, a lo mejor la iglesia se hizo después, si lo que te digo es ya de hace mucho, y de cura estuvo una vez un chico joven, no me acuerdo ahora el nombre, que le echaron del pueblo porque se ponía a trabajar en las carreteras con los obreros, eso ha pasao aquí en el pueblo, y entonces, que lo que te decía, que fuímos madre y yo a Villares a encargar la mesa camilla, la que teníamos en el cuarto de estar, y como íbamos en el burro, por caminos por el llano, claro, no es como los que luego las carreteras que han hecho, cuando llegamos a Villares se ve que como la calle estaba muy húmeda, no sé si porque habían regao o no sé por qué, el caso es que había como agua, el burro se resbaló y se asustó y madre, pa no caerse, se ve que apoyó la mano mal o se apoyó mal, y se hizo daño en la muñeca, y de eso me acuerdo, si era yo mu chica, no sé cuántos años podía tener, pero era yo mu chica, y era una mesa que tenía abajo las patas labradas, ¿tú no te acuerdas?, donde se ponía el brasero, abajo…sí, hombre, te tienes que acordar, abajo tenía como un…claro, si la de Madrid era la misma que fuimos madre y yo a encargar a Villares, que estaba en el comedor de la casa donde vivíamos, ¿no la has visto?, la que hay ahora no, porque la nuestra la tiraron y la hicieron nueva los que la compraron, estando ya nosotros en Madrid, la nuestra estaba en lo que ahora es esa casa, que hasta que murió la abuela de madre y repartieron nosotros todavía vivíamos allí, asi que…

La nostalgia de Danilo Manso

Quienes lo han tratado, aquéllos que tienen el hábito de prodigarse en la red y establecer vínculos o divulgar notícias por el placer de virtualizar lo inane, atribuyen a Danilo Manso un concierto de manías y futilidades inseparables de su condición de poeta, de la condición que en él suponen como poeta. Amigos que ayer lo fueron y hoy ya no lo son, amigos que todavía lo son, conocidos y rastreadores de anécdotas coinciden en una sospecha: Danilo aborrecía el mes de abril. Lo temía y, al parecer, tenía sus razones, por tontas que fueran. Quizás por ello a nadie le extrañe que el fragmento siguiente lo escribiera en ese mes, en un año cualquiera, para confundir a sus inquisidores.

“Ayer me sentía seguro. Decía no, no quiero, no voy, no me apetece. Ayer estaba serenamente feliz: pensaba con orden, sentía con intensidad, respiraba con armonía. Ayer trabajé. Con método, con disciplina, con gusto. Ayer era un ser completo, una totalidad única, una criatura en paz con Dios y con el mundo. Ayer lloré, ayer reí, ayer soñé. Y dormí. Ayer dormí sin miedos, estirado plácidamente, sin arrugas, en la cálida penumbra de una noche sin pesadillas. Pero eso fue ayer. Hoy sólo soy un hombre con profunda nostalgia del día de ayer”.

Despertares. 1

Te levantas con la sensación de que un terremoto en el interior de tu cuerpo ha desplazado sus órganos. Te sientas en la cama con cuidado y aprisionas la cabeza entre las manos, también con cuidado, mientras inícias unos lentos ejercícios de respiración. El amanecer es brumoso y gris, la luz aún escasa, la masa boscosa extiende más allá de las alambradas sus sombras impenetrables. Tienes taponados los oídos. Abres la boca y la cierras con fuerza con el fin de hacer saltar algún resorte que te libere de esa prisión. El corazón te late, pero un poco más a la izquierda, un poco más abajo de su lugar habitual. Hoy todavía no ha venido el mirlo a picar contra la ventana. Buscas las gafas sobre la mesita de noche pero no las encuentras porque estás sentado sobre ellas. Respiras pausadamente otra vez, mueves la cabeza a izquierda y derecha y te pones en pie. Los pies están en los pies, la  cabeza aún sobre sus hombros, o eso crees. Te tambaleas ligeramente hacia la izquierda. Vaya. En contrapartida, el corazón, con ligeras arritmias, vuelve a emitir sus latidos desde su centro original. Un primer pensamiento agorero practica ejecícios de vuelo en torno a tu desequilibrio interno. Tambaleante, también, como tú, busca una salida eficaz hacia la luz lenta donde anhela posarse y enturbiarla. Torpemente, le cierras la salida a medias y enciendes la radio: buenos días, son las siete de la mañana, las ocho en Canarias, el pueblo de Madrid ha culminado con éxito el asalto a la Bastilla. Como resultado de los incidentes, cuatro reos han sido liberados y muerto de un disparo el alcalde de la Villa, cuya cabeza cortada se exhibe a estas horas clavada en una pica. Ampliamos la noticia en unos minutos.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Seducción

Cuando me dijo que le gustaba mucho el chocolate, enseguida le dije, sin saber por qué, que el chocolate era una metáfora del deseo. Sus ojos negros de oscuro e intenso misterio me miraron fijamente. Como llevaba alguna copa de más, aquella mirada de cálculos ambiguos no clarificaba su determinación. La mía intentó abrirse paso torpemente, avanzando a ciegas en lo desconocido. Le hablé de la taleguilla con semillas de cacao que Napoleón llevaba siempre consigo, de los calientes chocolates de los prostíbulos parisinos y de los rituales incas con pasta de xocoatl. Aquellos artificios de seducción parecieron despertar su interés. Pidió otra copa y se acercó un poco más a mí. Algo más seguro y confiado, alabé la exótica hermosura de sus ojos, donde ahora parecía haber dulzura e insinuación. Dí un paso más y le relaté las deliciosas perversiones del marqués de Sade, cuya imaginación febril responsabilizaba a las grandes cantidades de chocolate, vainilla y canela que tenía por costumbre tomar. Estreché su cintura con un abrazo sin rigideces y al oído le susurré las viejas recetas de las chocolaterías suizas, origen, para Calvino, de las tentaciones de la carne y los pecados de la lujuria. Nuestros labios, por fin, se rozaron, y de los de ella salieron las palabras rendidas que tanto deseaba escuchar. Y entonces me pasó lo que tantas otras veces, que esa victoria narcisista me dejó exhausto y sin apetito, saciado, y la única verdad que me quedaba, antes de disculparme y marcharme, fue confesarle que no me gustaba el chocolate.

Escrito a mano. Puntos suspensivos

La señora Lorenzo se las apañó siempre sola, no necesitaba de nadie, pero los inviernos eran largos y las noches frías y solitarias. Después de cenar, bajaba a nuestra casa y se sentaba en el sofá, como una reina, bajo las cálidas faldas de la mesa camilla. Mi madre hacía ganchillo y mi padre cruzaba los brazos. Ya está aquí la vieja pelandusca, decía cuando oía arrastrar sus pasos por el patio. Lo decía con un cariño raro que mi madre le reprochaba a medias, en parte porque compartía con él esa misma desconfianza cariñosa y en parte porque convenía tener hacia su persona un respetuoso miramiento, por si acaso. En su condición de agente doble, la señora Lorenzo traía de los Medrano notícias que nos regocijaban, aunque no siempre fueran verdaderas, y nosotros le contábamos cosas muy verdaderas para que los Medrano las consideraran inciertas y regocijantes. Como la señora Lorenzo tenía el don de la acritud y de la presorbebia muy acentuado, todo lo que contaba poseía un revestimiento de reproche o de censura, y hacía uso de palabras cortas y tajantes cuando emitía un juicio concluyente sobre actitudes que no aprobaba. Es verdad que nunca elevaba la voz y hablaba de una manera tranquila y reposada, pero acumulaba sin ella percibirlo una tensión interior delatada en sus labios fruncidos, secos y apergaminados. Una noche dijo sin venir a cuento que lo más importante en la vida no era el amor. Mi madre y mi padre no dijeron nada probablemente porque la frase carecía de contexto y escapaba a su comprensión. La señora Lorenzo había estado diciendo que los Medrano harían de Camilín un niño caprichoso y un consentido. Luego calló un largo rato, suspiró y dijo como si lo dijera entre puntos suspensivos que el amor no era lo más importante en la vida. Volvió a callar y reanudó su relato sobre la incorrecta forma de educar que los Medrano estaban aplicando sobre Camilín. Ella con su hija no había sido así. A los hijos, dijo, hay que prohibirles y castigarles más, y que no se crea nadie que por eso van a salir peor que los otros. Su hija se había casado y vivía en Francia muy bien y no le faltaba de nada y ella, la señora Lorenzo, había educado a su hija con rigor y autoridad, y más mano dura todavía porque era una mujer. Lo más importante, dijo la señora Lorenzo, es esto. Esta vez, mi padre y mi madre sí entendieron lo que la señora Lorenzo quería decir. La prohibición y el castigo eran importantes para que los hijos no saliesen blandos, eso ellos también lo sabían. Ninguna madre y mucho menos ningún padre desea que sus hijos salgan blandos, era una cosa que no se podía discutir. Mi madre dijo, además, que ese consentimiento de los Medrano con Camilín no podía traer nada bueno. Y poco a poco, como cada noche, la conversación iba lentamente rindiéndose a la hipnosis de la televisión, hasta que la señora Lorenzo decidía irse porque no echaban nada que valiera la pena. Muchas veces era yo quien la acompañaba hasta la puerta y formalizaba educadamente la despedida. Luego volvía al cuarto de estar y me sentaba junto a mi madre, en el hueco que había dejado la señora Lorenzo. “Ay que joderse, la vieja pendona, decía mi padre, y que el amor no es lo más importante…”, “Vaya ocurrencias…”, añadía mi madre, sin apartar la vista del ganchillo. Entonces yo me quedaba mirando la televisión, fuera de contexto, porque todavía no comprendía muy bien la función de una frase entre puntos suspensivos, pero mis padres, sí. Y yo creía que era al revés.

Escrito a mano. El primer recuerdo

El día que yo nací tenía tres años, lo recuerdo perfectamente. Era una mañana de sol tibio prematuramente otoñal, la puerta estaba abierta, el patio vacío, no habia nadie en el portal. La calle intransitable y la acera sin fronteras el escenario de mi primer viaje. Con una mano tanteaba la pared que parecía estar caliente y con torpeza avanzaba hacia un horizonte indiviso, esa esquina sin vuelta de la que nadie lograba volver. Entonces una mano grande cogió la mía y sonaron palabras que no recuerdo y risas que todavía oigo y mi primer viaje, el mismo día que yo nací, llegó a su fin. Luego, en los patios y en los rellanos se decían cosas sobre lo que había sido mi vida antes de mi nacimiento. Decían que mi familia era pobre y numerosa y yo era el séptimo de ocho hermanos y que podían haber sido más. Que veníamos de un pueblo que estaba lejos, en un cerro con muchos riscos y calles pedregosas y polvorientas. Decían también que por uno de aquellos riscos quiso una hermana mía tirarme al vacío compasivamente para reducir el número de bocas. Decían más cosas, tan inverosímiles y tan poco creíbles como el resto de los rumores que corrían en aquel vecindario. Yo, con sólo tres años, tenía ya un pasado brillante y esplendoroso pese aque acababa de nacer. Y conmigo, el mundo. Porque existir probablemente existimos antes, pero nacemos con nuestro primer recuerdo.

 

ANEXO

No olvides que desde el instante en el que tu yo es el personaje, tu existencia ya no te pertenece. Has entrado en el mundo por una calle flanqueada por un sol débil y tibio donde poco importa el destino que te espere al final de la misma. Sobre lo que te acontezca antes o después no tienes tú potestad ni control porque ahora eres un personaje a la deriva, con una conciencia aún sin forma, un suceso narrativo embrionario. Has renunciado a lo que eres para poder saber quién te representa, qué voluntad te guía, qué acontecimientos te determinan. La literatura es un mar que te devolverá de nuevo a la orilla en la que te sumergiste, pero no esperes ser el mismo.