Diciembre, 2016.Notas a pie de feria.(y 3)

Un conocido me ha dicho esta mañana que tiene la cabeza llena de grillos. Yo creo que la tiene llena de grilletes.

De la mujer que acaba de hablar conmigo, veinticinco años después me siguen gustando: la belleza imperfecta, la inteligencia esforzada, el carácter sin gobierno, el erotismo blindado, el hondo silencio que habita en su deseo. Por lo que se ve, no he cambiado nada en todos estos años.

No podemos evitarle ningún dolor ni aliviarle ningún sufrimiento: tiene demasiada imaginación.

Podemos seducir, día tras día, noche tras noche, y acabar agotados de la belleza de los artifícios, exhaustos y vacíos. Porque podemos seducir, pero sólo el SER enamora.

T me cuenta que su amigo L es callado, una clase de silencio próxima al atontamiento. No lo era, dice T, hasta hace dos años, cuando se separó de su mujer porque la encontró en la cama con su hermano, que ahora está liado con T, a quien ha dejado embarazada, pero L no lo sabe. Es mejor que no lo sepa, dice T, por lo menos hasta que pase Navidad. Claro.

Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.2

Un hombre tropieza y cae de bruces en la acera. Del bolsillo de su chaqueta sale rodando un puñado de monedas que, la gente, se apresura a recoger para entregárselas…antes incluso de ayudarle a que se levante.

Curioso. Carson McCullers se casa con un tal Reeves, también escritor, con el que establece el siguiente pacto: un año se dedica uno por entero al cuidado de la casa mientras el otro lo dedica a la escritura. Empieza ella, pero el relevo no llega a producirse: solo hay espacio para un talento, y Reeves no es el agraciado. Se suicida en 1953.

Tenía ilusiones, pero ha ído tantas veces a comprar el pan, que ya las ha perdido.

Dos muletas en la calle, tiradas, abandonadas, indefensas, parecían como muertas.

Me compra una libreta un hombre de una cincuentena años, suizo, afincado aquí. Trabajaba en un banco y lo dejó, abandonó un modo de vida que le resultaba vulgar. Se separó, también. Abandonó a su mujer y a sus hijos y comenzó a viajar. Al cabo de un tiempo, se instaló aquí, y vive en el campo, solo, cultivando sus tomates. No pocas veces, como personas escapamos de una vida vulgar, pero como personajes no dejamos de ser un caso típico.

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Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.

Abro la cortina, un día más. Al tajo. La falta de madurez consiste en no acabar de entender, ni de aceptar, que haya que trabajar para vivir.

Por las mañanas me encuentro casi a diario con ese hombre calvo, presumiblemente viudo, jubilado, cumpliendo su riguroso programa de actividad fisica. Caminando deprisa, con diminutos auriculares en las orejas, los dientes apretados, como si no viera a nadie. Siempre he pensado en él como en un hombre que huye de la muerte, de una muerte tan avara como él mismo, y en ese andar constante, diario y afanoso, el rencor de un hombre cuya venganza sobre los demás se satisface siendo el último en morir.

Si algo no le podemos reprochar a las manifestaciones de odio es su falta de franqueza.

“No tengo capacidad, no reuno condiciones, no soy apto para…” Tranquilo, hombre, para fracasar no se necesita ser virtuoso de nada.

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Avellanos

Arsenio Miró, en su blog de poesía, habla de una antología de poetas itinerantes, intermitentes y torpes publicada por un editor aficionado a las rarezas y a la poesía de la mediocridad en la década de los ochenta. La lista es larga. Como me he aficionado a rastrear con lupa todas las entradas que posibiliten el hallazgo de algo relacionado con Danilo Manso, la perseverancia, por una vez, ha dado suz frutos. El editor declara haber tomado el poema de un libro que Danilo escribió, pero no publicó, durante su estancia en Ferés, un periodo voluntario de aislamiento y meditación en la campiña sierense. Es el único poema en prosa de toda la antología. Copio y pego. “Es invierno, aunque no hayamos entrado del todo en él. Del otoño va quedando una extensa colección de hojas secas que se amontonan en los márgenes de los campos de avellanos, y que luego arden con una fiebre lenta y fría, y el humo de su fuego, azul y silencioso, busca una salida a la luz entre la niebla, donde hay gritos sordos de aves que batallan con el frío de la escarcha. Están los campos ahora límpios, y los árboles solos, desnudos y bellos. El invierno regala a sus esqueletos la hermosura de los desiertos, y el árbol despliega su verdadera grandeza porque resiste. Sólo de ese modo podrá luego dar”.

los diarios de Danilo Manso

Las huellas que de su vida deja Danilo Manso en la red no son comprobables. Sus versos, los poemas que se le atribuyen, los cuentos que dicen que escribe, tampoco. Danilo se pasea y circula entre los que le seguimos como lo que es, un ser simultáneamente verídico y conjetural. Sólo para los que firmemente no creen en él, no existe. Para nosotros, los que no existen, son los que no creen en él. Va y viene, aparece y se esconde, estuvo aquí y ahora no está. Yo recojo de él lo que me sirve y lo que se me antoja, me gusta encontrarlo allí donde algún día a mí me hubiera gustado estar, en travesías, en hoteles, en ciudades grandes, en autobuses nocturnos, en paises remotos, en parajes montañosos. El siguientre fragmento forma parte de su diario. Como de la mayoría de sus textos, existe la sospecha de que hablando abiertamente sobre él, camufla sus múltiples huídas. O no. A lo mejor no y esta vez era el amor quien de verdad huía, y no él.

“En esta casa en la que ahora estoy no duermo. Comer, tampoco como mucho. Hago algunas cosas, casi todas sin provecho, y el día se me pasa con una tensión paralizante, de largo recorrido. Pese al silencio, oigo de manera constante el ruido de motores, máquinas y vehículos que no son imaginarios. A veces un avión marca en el cielo los límites de esa realidad. Más arriba, en los montes, obreros embarrados trabajan con cables bajo una lluvia invariable. Por los caminos enfangados suben y bajan las vacas, lentas, con ese paso de plomo como animales hechizados. El paisaje, entre tanta nube, es de un verde doliente, de pastos exuberantes, bosques de eucaliptos en sacrificio temporal y cabañas de piedra de soledad milenaria. Una violencia indefinida late, subyace bajo esa idílica estampa pastoril. Abajo, en el pueblo, la vida se hace con las sobras del día anterior, como algunas de mis comidas, como los sueños de este amor que va languideciendo…”

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Es mi vecina

Se sienta frente a mí una mujer. Es mi vecina, cría aves de corral. Gallinas, pollos, pavos y otras especies. Su escalera está llena de plumas, cagadas, maiz  y verduras secas y podridas. Hay un olor que tira para atrás. Cría también gallos de pelea. Les ata una cuerda a una pata y los deja colgados del balcón unos cuantos días. “Para entrenarlos”, dice ella. El techo de su casa está lleno de lámparas adornadas con palomas, cuerdas tendidas de un extremo a otro de las habitaciones, pequeños corrales alambrados, comederos de metal y cazos con agua. Ahora tiene el ambicioso proyecto de incorporar patos y gansos. “Tengo la bañera desaprovechada”, me dice, cuando coincido con ella en el maloliente rellano. Naturalmente, no come la carne de las aves que cria, ni de otras aves. Sigue una estricta dieta a base únicamente de huevos. Naturalmente, los suyos propios. “Si es que los encuentro, me dice, que a veces no sé ni donde pongo las cosas”. Tiene en su dormitorio una cama grande donde duerme todas las noches con cinco pavos americanos, menos los meses de octubre a marzo, que se acuesta con Marco Antonio Rosales, “Gallito”, traficante de golondrinas. Y en la mesita de noche, atado con una cuerda a la base de una lámpara de papel japonés, Morón, el gallo que la despierta siempre a las seis. Algunas veces caen de su balcón al mío polluelos o pichones sin orientación, y baja a buscarlos. “¿Por qué no te los quedas?, me dice siempre, así te hacen compañía”. Cómo le digo que no, se los mete en el bolsillo de la bata y se va. Es una buena mujer.

Mujeres Sentadas   ed. Beltronica  2012    Eladio Redondo

 

Lámparas mesita de noche  Papel japonés  Contacto: eladiore@yahoo.es

Amar en Islandia

Aunque era de Paris, vivía en Islandia, y allí la conocí un verano, en un glaciar. Me gustó de ella su bien cortado pelo negro y las cejas, de espesura varonil. Se llamaba Marie y hablaba español con gracia, sin imperfecciones, pero su acento francés conservaba una seductora sensualidad. Viajamos juntos hasta Reykiavik. En el céntrico café Paris, precisamente, nos declaramos nuestro amor. Llovió, hizo sol y un vendaval helado arrasó las indefensas calles de la capital. Bajo el silencio de la nieve, esa misma noche, hicimos el amor. Me habló de sus proyectos y ella escuchó los míos con enamorada atención. Al amanecer, granizó. Desayunamos en la cama, mientras la lluvia azotaba los cristales de las ventanas, e hicimos nuevamente el amor. El sol salió y volvió a ocultarse con rapidez. Quiso que me quedara en Reykiavik, con ella, pero yo le propuse que viniera conmigo a Madrid. No la convencí. Una cortina de aguanieve oscureció las calles como una niebla. Te quiero, le dije, impetuosamente, mientras imaginábamos proyectos en común. Salió el sol un rato y después un viento helado y feroz barrió las calles de la ciudad. Quise besarla y acariciar sus pechos, pero no me dejó. Quizás sea mejor que no volvamos a vernos. Me atraes mucho, pero, no sé, dijo, mientras una niebla espesa se comía la poca luz del día. Con una moderada dosis de cansancio, hicimos otra vez el amor. Luego nos dormimos. Nos despertó un aguacero. Después salió el sol y ella me habló en francés. No la entendí mucho. Se vistió, antes que yo, y me dijo alegremente que sí, que vendría conmigo a Madrid. Por la ventana veíamos caer densos copos de nieve al tiempo que el sol luchaba por abrirse paso entre las nubes. Piénsatelo bien, le dije. Te quiero, pero piénsatelo bien. Pese a todo, el sol no salió. Llovió con fuerza y sobre la ciudad cayó un manto aplastante de oscuridad. Me quedo yo, le dije. No, me voy yo contigo, dijo ella. Bajaron las temperaturas de repente y las calles se llenaron de hielo. Nos metimos vestidos entre las sábanas e hicimos el amor. Te quiero, me dijo, pero es mejor que te vayas solo, necesito pensármelo bien. La densa niebla volvía a cubrirlo todo otra vez. Quizá sea lo mejor, sí, le dije, te llamo desde Madrid. No, ya te llamo yo, me dijo. Tengo frío, tú no? Tengo calor, le dije. Afuera, en la calle, las temperaturas subían y bajaban como una montaña rusa. Por fin, volví a Madrid y al cabo de unos días la llamé. Cómo estás?, le pregunté. Llueve y hace sol, pero esta mañana nevaba mucho. En breve el cielo se nublará. Y tú, qué tal? Bien, hace calor, el anticiclón durará dos semanas. Le dije que la llamaría otra vez, cuando acabase el anticiclón, pero no la he llamado, y  me parece que ella a mí tampoco.

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Un café, no muy lejos de aquí.

Para C., que se sabe la otra historia.

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a pisar este bar porque siento añoranza de los cafés largos que con tanta diligencia prepara Mohamed, el de las manos de algodón, pero también por los periódicos, las nubes de humo de los cigarrillos rubios que fuman las chicas desprevenidas, el silencio marfileño de los negros -un silencio de música roto a veces por cortas palabras de madera que suenan y se encadenan como los collares de ébano que cuelgan de sus cuellos-, y la sonrisa de Hannah, enmarcada en la puerta vidriada que separa la barra de la cocina, donde desarrolla, entre constantes vapores de caldos que hierven y mantequilla que se funde, el arte poco común de la cocina gozosa y lúbrica. Arriba, en una salita con biombos, Tessa sirve los ricos platos especiados a funcionarios de curriculos todavía breves, mujeres jóvenes y hombres también jóvenes que intercalan proyectos de ocio en secas y ajadas conversaciones sobre trámites, archivos y registros. Normalmente, cuando yo llego para tomarme mi primer café, ya se han extinguido los últimos ruidos de cubiertos. Entonces, bañada en un sudor mineral de sales picantes, aparece Hannah con su sonrisa blanca, se sienta en mi mesa y enciende un cigarrillo, que fuma con insobornable deleite. Hannah, fervor y mito, oscuro e incombustible carbón vegetal ardiendo siempre en su vientre, gorda y desbordada, abundante, pícara, dulce y hermosa. Inalcanzable, quimérica Hannah. Un safari, su vida. Seis hijos, dos maridos muertos y una ristra de amantes crápulas y viciosos con los que satisface su secreta condición de santa y mártir. Con cincuenta años, Hannah es el estímulo cardinal del aburrimiento que me persigue. Ahora está aquí, sentada a mi lado, y mientras reorganiza su larga, dura y apelmazada cabellera negra, como si la fatiga fuese la única elegancia que la naturaleza ha negado a su distinción natural, me habla sin parar de un gitano, de varios robos, de la policia implacable, de la cada vez más acuciante necesidad de arrebatar el fuego de las manos de esos dioses codiciosos que gobiernan nuestras vidas. Y a renglón seguido, sin pausas, de alguno de sus hijos, o de los inmigrantes que acuden cada día a su casa buscando un lugar caliente donde dormir o con papeles a medio cumplimentar. No sé de donde saca el tiempo, y menos aún las ganas y la energía y esa incansable disposición para vivir una vida con semejante entrega. Me sorprende que, al final del día, le queden todavía fuerzas y voluntad para invitar a una ronda de copas, y de follar, rápidamente, con el amante de turno, en el portal de su casa o en cualquier otro, antes de que comience su ronda de ángel de la noche curando las heridas de los borrachos que son apaleados y robados por jóvenes miserables, o de acudir a las comisarías para auxiliar a las mujeres escapadas vete tú a saber de qué clase de infierno. En realidad, yo la llamo Hannah, y se llama Hannah, pero podría llamarse también ser maravilloso. Sé que algunas madrugadas, para poder alcanzar el sueño, tiene que sentarse frente a una mesa repleta de limones, en la diminuta cocina de su casa, y descargar las energías aún sobrantes exprimiéndolos en sus manos, al máximo, hasta la sequedad. Sin ese vacío físico, total, el descanso no encuentra acomodo en su cuerpo. Y el sueño, que incomprensiblemente no la mantiene más de tres o cuatro horas en la cama. Cuando Hannah se fuma su segundo cigarro, ya con más prisa que con pausa, y vuelve a la cocina, yo sigo todavía tomando cafés y leyendo periódicos, hasta que la tarde se hace muy tarde, casi de noche, y la barra y las mesas multiplican por mucho la bulliciosa babel de lenguas y nacionalidades que en este café concurren.

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Sin azúcar

Me quedé sin azúcar. Me ha pasado otras veces. Preparo el café, caliento la leche, saco el embutido de la nevera y me siento a la mesa. Entonces alzo la tapa del azucarero y lo encuentro vacío. Mira que lo sabía. Llevaba días diciéndomelo, no he hecho caso y al final ha pasado lo que tenía que pasar. Es una torpeza, ya lo sé, pero ayuda poco a mi temperamento perezoso y olvidadizo el presente poco esperanzador de la economía. La crisis. Vivo en el campo y siempre calculo mal, o no calculo, en el pueblo todo es más caro, ya lo compraré, me digo, mientras añado un nuevo agujero al cinturón. Hasta que pasa lo que pasa. Entonces, me quedo un rato mirando cómo se enfría el café y hago intentos inútiles por bebérmelo sin endulzar. Es imposible, sin azúcar no soy capaz de arrancar. A duras penas sí puedo levantarme de la silla y alcanzar el móvil, hoy, precisamente hoy, en el extremo más alejado de la mesa. Me da rabia porque situaciones así obligan a una movilización de recursos que implica a terceros, y eso me entristece. Me abruma, me desespera, me hunde. Debería cambiar, tener presente siempre, siempre, siempre y en todo momento esa circunstancia, pensar en los demás, ir al pueblo, comprar el azúcar, pagarlo un poco más caro y evitarles molestias a terceros. Pero no aprendo. Vienen los terceros, me traen el azúcar y, al cabo del tiempo, me olvido de ese siempre, siempre, siempre y en todo momento y me vuelve a pasar. Vergonzoso. El otro día, por eludir ese compromiso, llamé al seguro. Por muy poco dinero, pensando que los efectos de la crisis no dan señales claras de acabar, contraté una póliza de subsistencia básica: azúcar, aceite y sal. Siempre es mucho mejor que la vergüenza frente a terceros, pero igualmente es doloroso mostrar esas miserias íntimas a desconocidos. Esto es negligencia, fue lo primero que me dijo el amable profesional que acudió en mi ayuda. Bueno, sí, el azucarero estaba vacío y en el recipiente no había señales o indícios de fuga que acreditaran un desperfecto técnico, como se especificaba en el contrato, pero me había quedado sin azúcar. La culpa es suya, insistió, sin perder la amabilidad, así que no le podré abastecer. Yo bajé la cabeza y miré al suelo, tratando de hallar en las baldosas del suelo sin fregar un recurso que argumentara una remota posibilidad de justificar causas ajenas a mi voluntad, pero no me alcanzó la imaginación. Le llevo hasta el colmado más próximo, me dijo entonces el profesional, que era joven y parecía comprender la difícil situación en la que me hallaba, inmovilizado, allí, en la oscura cocina, frente al café frío. Me ayudó a subir al coche y me dejó en el surtidor de la carretera, a tres kilómetros de mi casa, donde venden el azúcar más caro de toda la comarca. No me hicieron descuento porque los benefícios de mi contrato se obtienen a partir de un año, aunque el surtidor es propiedad de la entidad aseguradora. Además, tuve que tomarme un horrible café azucarado de la máquina, porque si no a ver cómo íba a hacer, andando, los tres kilómetros para volver a mi casa.

2016-11-10-11-04-14

Surtidor de azúcar  pieza única   contacto: eladiore@yahoo.es