Pessoa y el boxeo

Aclara Fernando Pessoa en su Libro de Reclamaciones apócrifo que tuvo poca o ninguna afición por el boxeo, pero sí por las enseñanzas que encierra una carrera de éxitos construida a base de puñetazos. Por José Santa Camarao, un púgil gigantón de más de dos metros que vivía con su hermana en el barrio de la Alfama tuvo, pese a todo, un respeto reverencial, aunque no quiso reconocerlo. De manera rotunda y risiblemente obvia, aclara Pessoa en un pasaje del libro que hay entre la gloria de un escritor y la de un boxeador una diferencia apenas inapreciable. Y pese al desinterés que dice observar por el tema, antes de exponer el argumento de esa diferencia, pone al corriente al lector de las andanzas del campeón portugués contemporáneo suyo, del que sabe casi todo. Ahora que tanto el púgil victorioso en vida como el poeta tras cuya muerte vino el triunfo comparten la gloria de los seres superiores, a Pesssoa no le parece envidiable que tenga José Santa a su nombre una calle en Lisboa y unos azulejos en el beco donde estuvo su casa. Él tiene otra calle, y dos estatuas, y cafés donde se le recuerda y nombra, y librerías donde se le cita, y casas en las que se le rememora, y postales, y chapas y llaveros y libros que pocos leen. Demasiadas cosas para alguien que desdeñó lo que no estuviese al alcance del pensamiento y los sueños de la imaginación. No le envidia a José Santa que tenga calles y azulejos, pero sí el que goce de una gloria discreta y tranquila tras una vida de fama y constante agitación. Le envidia también que fuera su voz de habla portuguesa la que estrenara el idioma de la nación en los cines del mundo, en un film alemán donde Max Schmeling, el boxeador a quien Hitler idolatraba, le noqueaba en los rings en blanco y negro de los años treinta. Confiesa Pessoa en el Libro de Reclamaciones tener el convencimiento íntimo de que escribía para la posteridad, y que la gloria que habría de venirle se gestaba, a diferencia de la de Santa, sin la fama innecesaria del presente, pero como la de él, en el remolino de una agitación permanente. Sólo que la suya era silenciosa, invisible, interior y con la diferencia, para algunos menor, de que él dejó a su muerte un baúl lleno de papeles y documentos manuscritos y el púgil un cofre atiborrado de guantes.

Ulises en Lisboa   Eladio Redondo.   Ed Beltrónica   2013

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Danilo Manso y las mujeres.

Poco se sabe de las relaciones de Danilo Manso con las mujeres. Las tuvo, quizás aún las tiene. Si pincho por aquí y por allá, si cuelgo preguntas, si indago en respuestas, si entro en páginas y archivos más profusos o más claros que sus propios escritos, quizás halle el número de mujeres que le quisieron bien y de las que lo recuerdan porque le quisieron mal. Lo que será más difícil es encontrar testimomios suyos que contradigan o admitan lo que fue o no fue esa relación: en base a la prodigalidad de sus confidencias, ninguno. Lo que uno pueda deducir de sus textos será siempre parcial. La literatura no evita la realidad, pero la sublima o la recrea en función de un interés poético. Uno tras otro, los poemas y los fragmentos de Danilo en materia de amor son polvo de desamor, arena sucia, tela gastada. Como escribió Sándor Marái, una persona enamorada no escribe poemas, el poeta más bien está enamorado del poema que escribe sobre el amor. Escribiendo sobre el desamor, Danilo Manso también habla del amor. El siguiente fragmento es un fragmento triste, un texto de nostalgia anticipada, de prevista decepción. Lo recibieron en sus correos todos sus conocidos. Porque no decía nada, porque estaba lejos o porque pulsó por error en la tecla de envío. Porque estaba lejos, probablemente no.

“LLueve en Montevideo.

Veo caer las gruesas cortinas de agua sobrte los tejados de amianto.

El viento arrastra en las calles las ramas arrebatadas a sus árboles, corren con alegre desesperación los bañistas, vuelan los pareos. Fluyen al pie de las veredas improvisados arroyos donde navegan chinelas, frascos de protección solar y pamelas.

Nadie me conoce aquí. No estoy solo, pero nadie me conoce aquí. 

A mi lado, una mujer con la que acabo de hacer el amor se pinta las uñas y espera. Me ha hecho una pregunta y espera. Es morena y menuda, tiene el pelo largo y una belleza de un extraño magnetismo virginal, aunque corriente.

La rambla está cerca, y el mate, cebado, ni con el fragor del agua demora su plática, que se instala a cubierto entre las terrazas entoldadas y sonoras.

Me gustaría contestar que sí, tocar sus muslos pequeños otra vez y poner dentro de su boca mi lengua, que sabe todavía a incienso y a rosas.

Pero está cayendo la noche, no para de llover y mis palabras, como estas hojas, están siendo devoradas ya por el aguacero.”

 

 

 

 

es guionista de cine

Se sienta frente a mí una mujer. Es guionista de cine. Durante un tiempo, fuimos amantes. Cuando nos conocimos era joven, guapa y ambiciosa. Estaba casada con un hombre por el que sentía un afecto fundamentalmente paternal, un hombre mayor, casi un anciano, que conservaba una mínima vitalidad y un encanto enternecedor, pero vivía atado a una silla de ruedas y tenía mucho dinero. “Mátalo”, me dijo un día. Me lo pensé, era complicado, tenía que parecer un accidente. “Está bien, lo haré -le dije. Lo haré por tí, porque te quiero”. Así que lo maté. Cogí un cuchillo de la cocina, el de la carne, y, como por descuido, equivocadamente, se lo clavé tres veces en el corazón. “Oh, es horrible”, dijo ella, cuando vio la silla de ruedas cubierta de sangre. “Pero ahora somos libres. Ricos y libres. Ésperame abajo, mientras limpio un poco todo esto”. Naturalmente, no la volví a ver: se fugó con su productor. Como amante fue, sí, una decepción, pero hemos de reconocer que escribiendo guiones tampoco es que tuviera un don.

Mujeres sentadas   2012   Eladio Redondo   ed. Beltrónica

crónica negra. la confesión. 1

No, no fue el Damián, lo que pasa que el Damián y yo teníamos muchas cosas igual, nos parecíamos mucho, en el parecido mismo y en otras cosas peores. En el juego por ejemplo, y en lo de las mujeres. Nos gustaban a los dos, pero a mí casi más que a él, no sé de dónde nos venía pero siendo que teníamos la misma edad y que nos criamos juntos bastaba con que uno de los dos tuviera gusto de algo para que el otro ya lo tuviera también. Ya desde chicos nos gustaba mucho el gamberreo. No es que hiciéramos ná, porque aquí en el pueblo de conocernos nos conocíamos tós, es un pueblo mu chico, y poco podías hacer sin que en poco se enterara nadie, pero trastadas hacíamos todos los días y algunos bien grandes si nos alejábamos un poco, a otras pedanías y a otras majadas cuando llevábamos las cabras o las ovejas del tío Justo. Entonces sí nos despachábamos a gusto. Brutalidades de críos que eran eso, pero algunas muy malas, y el Damián en eso si que era peor que yo. Bueno, en eso y en todo, el Damián de to aprendía enseguida muy rápido, listo sí que era, pero tenía ya desde pequeño y mira si lo conocí bien, porque lo conocí bien, unas ganas siempre de ser más que muchas veces me emtraban ganas de no ir más con él. To lo repartíamos siempre, y ya cuando crecimos y con los pocos dineros que íbamos juntando y nos los gastábamos en vino y en cosas de hombres, ya entonces ya él seguía igual, como si fuese él más que yo. Que sí que nos entendíamos y nos arreglábamos en muchas cosas como si fuéramos hermanos, igual que hermanos, si hasta creo, porque nos llevábamos días, ná, poco, si hasta creo que mi madre le daba de mamar a él la leche que le sobraba, bueno, pues no, él tenía que quedarse si no siempre casi siempre con más o con lo mejor, como si fuera una revancha conmigo por haberle dejao de mamar sobras. Que se creía que él era mejor que yo y eso siempre lo tuve yo ahí dentro de mí con molestia, como una piedra en un zapato, pa entendernos. Como la vez que casi la liamos gorda, pero gorda de verdad. Entonces ya no éramos tan críos, que ya seríamos bien mozos, pero la cabeza y los sesos no los teníamos todavía en sazón ni los tuvimos nunca y yo menos. Que a mí no se me ocurrió, que fue a Damián, pero yo le seguí la gracia y gracias a que el percance no acabó en desgracia, porque metimos en un canastillo de paja que encontramos en un corral al recién nacío de la Dore y lo echamos al río pa dejarlo correr como le hicieron a Moisés. Mira, venía entonces el río mu lleno porque había llovido dos días antes, y no sé por qué tuvo esa ocurrencia el Damián, si sería porque le tenía tírria a la Dore o por lo que fuese, el caso es que fuimos corriendo a la vera del río hasta llegar al puente y cogerlo otra vez para que no pasara ná, na más que para divertirnos, pero poco antes el canastillo dio un vuelco y el niño cayó al agua. Dios mio, la que pasemos. Que menos mal que en llegar al puente, que ya quedaba poco, se metió el Damián y yo arriba como pude y entre los dos lo agarramos al pasar. Yo no sé luego la de cosas que tuvimos que inventar porque aquello no tenía justificación ninguna. Y eso tampoco se me olvida porque el Damián andaba diciendo entre unos y otros que el niño lo había cogido yo y que él lo había salvado en el puente, o eso decían algunos que a lo mejor querían malmeterse y ponernos entre nosotros a mal, no sé, el caso es que cuando ya eso pasó íbamos siempre juntos a todas partes como siempre, pero también eso me quedó dentro y como otra piedra en el zapato, pero más gorda.

Crónica general. La larga sombra del Ánima

La mañana del último día el aire corría un poco más fresco, pero el sol seguía brillante y el cielo limpio y azul. Cuando el viajero se levantó, en la penumbra de la cocina su hermana Esperanza estaba preparando café. Como es el único café que se toma al día, le gusta tomárselo en taza grande y muy caliente y demorarse en el placer de esos primeros instantes sin que nadie ni nada la perturbe. En la intimidad de su casa de Madrid es así, pero ahora compartirá con el viajero y con la Reme ese gusto por los placeres cotidianos alrededor de una mesa bien surtida de embutidos y quesos, tostadas y rosquillas caseras. Luego saldrán a pasear por el pueblo. La Reme, como es conocedora de todas las casas y de los nombres de sus vecinos, las enumera y relata sin cansarse ni olvidarse de nimguna de ellas a lo largo del recorrido. En eso cree ver el viajero la huella del abuelo, porque era obligación del cartero hacer memoria no sólo de los nombres de calles y plazas, también de los de sus vecinos y de los hábitos de los mismos. Será eso o será que la Reme posee una curiosidad natural casi cansina, y no para de indagar aquí o allá, preguntando, escuchando y leyendo sobre todo aquello que cae en el perímetro de sus intereses. Más bien será eso. Que no para ni quiere parar ni tiene por qué. En definitiva, que conoce todas  las casas y muchas de las cosas que pasan en ellas. También de las que están permanentemente cerradas o las que están construidas a medias o abandonadas por una u otra razón. Y hay unas cuantas. Pasa aquí lo que pasa en otros lugares del interior peninsular, que el campo se abandona y los pueblos envejecen sin que nadie ponga remedio para evitarlo. El despoblamiento rural es una muerte lenta y de oculto dolor que en algunos pueblos como éste intentan paliar con implantes en la piel. El ayuntamiento ha ido cediendo terrenos para que quienes lo deseen construyan y planifiquen un asentamiento que frene la desbandada general, pero el censo anual a la baja lo desmiente. Las casas se construyen para que el verano la plaza esté llena durante las fiestas y el único bar que hay en el pueblo no cierre. Y sin asentamientos no hay recursos y sin recursos no hay servicios y sin servicios no hay gente. Hasta una tal Karmele que goza de fama en televisión ha levantado aquí una casa que ha dejado a medias, vete tú a saber por qué. A lo mejor porque ya no queda muralla de la que coger las piedras para construirla, como hicieron en el pasado sus habitantes cuando el árabe quedó definitivamente derrotado y ya no había recinto que defender. A lo mejor porque la visitó una noche el Ánima del purgatorio en su recorrido existencial y le dió pavor la calavera que le pedía como tributo la parte que aún quedaba por construir. Aunque es difícil acogerse a esta razón porque hoy el Ánima ya no tiene tanto ánimo. El viajero ignora si esa costumbre de siglos aún mantiene su arraigo y lo tendrá que averiguar. Por lo leído, es una tradición que marca y define en mucho el carácter y la cultura de un pueblo respetuoso con la religión y temerosa de ella al mismo tiempo. Ese penitente encapirotado que en compañía de otros cofrades va de casa en casa la noche del Martes de Carnaval remite a una plástica expresionista cruzada de sombras y amenazas. El escenario es idóneo: callejuelas pedregosas, estrechas y empinadas envueltas en la más absoluta oscuridad, y silencios planetarios, profundos, puntualmente alternados con oraciones e inquietantes sonidos de pisadas sobre las piedras. Y el fulgor seco y tétrico de la calavera, que los anfitriones besaban tras los rezos en memoria de las ánimas familiares y la dádiva monetaria. Nadie negaba la entrada del Ánima en su casa, lo que indica el grado alcanzado por el temor o el miedo y la culpa como armas de presión religiosa. Con este argumento y otros que documentos históricos avalan, el enriquecimiento del clero progresaba. Por lo demás, todo estaba enmarcado en un ambiente de austeridad y recato que poco tiene que ver con la idea que tenemos de un carnaval. El origen de estas liturgias queda lejos, pero el manto de su influencia llega hasta nuestros días. El viajero, mientras contempla el olivar mandado plantar por el Ilustrado zafreño José Casado Torres, apodado el Rusiano, en las laderas del Galumbarde, se pregunta cuánto hay de aquel miedo, de aquella culpa y de aquella austeridad en ese fantasma sin aparente identidad que recorre su interior.

Crónica general. El amor y la muerte

El cerro sobre el que se asienta el pueblo es una más de las modestas elevaciones rocosas que configuran la sierra de Zafra, cuyo nombre comparte también con el ˋpueblo mismo, y, a pesar de la opinión en contra de la Nieves, Octavio Cano* escribe en su libro que estos montes con sus pequeños valles constituyen las agónicas estribaciones de la serranía conquense. Como quiera que es un área elevada unos cientos de metros por encima del nivel medio de la gran meseta castellana, los veranos suelen ser extremadamente calurosos y los inviernos aterradoramente fríos. El viajero esto también lo sabe porque tiene recuerdos de lejanas visitas en que el helado viento o el frío cortaban el resuello incluso en algunas noches de verano, donde había que proveerse de mantas y abrigos para asistir a los festejos en la plaza. Novecientos metros son muchos metros. Pero los días de octubre recogidos en esta crónica fueron días apacibles y templados, de cielos prácticamente límpios y tardes bondadosas y serenas que invitaban al paseo. El viajero salía con sus hermanas por la parte trasera del corral y flanqueaba la torre del castillo, que quedaba a la derecha. A la izquierda, desde otro mirador con sombra y poyetes de piedra, la vista planeaba sobre la extensa vega y alcanzaba horizontes hechizados por las lejanas primeras sombras de poniente. Después descendían una pequeña cuesta y enfilaban sus pasos  por una estrecha senda en dirección a los Asentillos y más allá. Todavía es posible encontrar de vez en cuando algún grupo de jóvenes charlando al abrigo de ese mirador rocoso en cuya base la erosión o la diligencia árabe labraron los escaños que le dan su nombre. Pero no tanto como antes, ni tanto como mucho antes. Y mucho antes, las mozas del pueblo elegían ese lugar para reunirse y confiarse secretos mientras enhebraban labores de costura o bordado o ensayaban, como señala Octavio Cano, las canciones que posteriormente cantarían en los corros de la plaza. Mirando un poco más atrás, una comitiva acompañaba a las parejas recién casadas hasta allí entre cantos, bailes y el deseo de un futuro feliz y próspero. Eran otros tiempos. El viajero no los conoció ni pudo conocerlos pero constata por lo que oye y por lo que ve que ese lugar rocoso que fue en tiempos árabes una atalaya de vigilancia preventiva hoy es el guardián del secreto corazón de varias generaciones. Y guardián eterno de otras muchas es el cementerio, que Octavio Cano emplaza, en el siglo XVIII, al pie de la iglesia en una ladera entre las calles del Algibe y la del Arco. A los muertos, entonces, no se les enterraba como ahora. Ni en ese ladera, porque el cementerio hace ya muchos años que trasladó su negocio y buscó mayor y mejor emplazamiento en la costanera oeste del molino, donde ahora se encuentra. Allí, bajo un montículo de tierra con una cruz de hierro negro encima enterraron al abuelo del viajero. Él no puede recordarlo porque no estuvo, pero retiene la imágen del montículo y la cruz de un día también soleado en que lo visitó, no mucho tiempo después. Ahora es más difícil que entonces hallar su tumba. Está, sí, y su hermana Reme desde el otro lado del muro encalado que protege el recinto se la señala, pero cuesta distinguirla entre tanta riqueza de mármol y piedra lujosamente esculpida. Nada que ver. Con el paso de los años, el pacto con la muerte ha variado formalmente sus condiciones de contrato, los pobres del pueblo mueren igual pero más tarde y descansan en paz como los ricos que nunca fueron. Muertos de aquí y muertos de otros lugares traídos aquí, para ser enterrados en el pueblo que les vio nacer. Mejor que antes, mejor que como su abuelo, descansan para siempre bajo el manto de una lápida digna y honrosa. Con ellos están enterrados también los tiempos que ya han muerto.

Leyendas y hechos reales de Zafra.  Octavio Cano.

Carpeta de sueños. 5

Me llama Pau para decirme que le lleve en un camión, que el pueblo le ha echado. Cuando llego está en su casa delante de un porche alto como el de una catedral, vestido con un abrigo largo de militar que le llega hasta los pies y un gorro ruso. Por los bolsillos del abrigo asoman manojos de tomates y berenjenas. Me enseña el terreno seco y pedregoso donde tiene ajos plantados y extiende la mano hacia la linea del horizonte, de la que cuelgan barbas puestas a secar. Y aquí quiero construir un colegio suizo, me dice, poniendo la mano sobre un mapa extendido en el suelo. Es mejor que no te vean mucho, le digo yo entonces, no sea que te pidan más petróleo.

Me invitan a la inauguración de un pantano lleno de sopa hirviendo al fondo de un valle. Hay una larga cola de hombres con abrigos negros entre los que están mi tio José y el escritor Enrique Vila-Matas. Llevan bajo el brazo una olla y en la mano un cazo con agujeros. Sobre las aguas del pantano flotan muebles y enseres domésticos y abajo, al otro lado del muro, hay un campamento de gitanos con burros en torno a una hoguera gigantesca. Es la realidad, me dice Vila-Matas, señalándome la nieve que cubre sus zapatos. Mi tío se quita la boina y me arrastra de la mano hasta una garita de piedra donde venden pollos. Toma, coge, a ver si esta semana nos toca la quiniela, me dice, agitando frente a mí la boina llena de papelitos.

Mi hermana Angelita está en un patio llenando un barreño de agua. Sobre la valla de ladrillo que limita con un descampado hay una hilera de enanos de piedra escrutando el horizonte. Me siento en un diminuto taburete de corcho a su lado y le digo que el vino que hice ayer está lleno de errores. Ella entonces se pone de pie y da vueltas con un palo a un montón de trapos que acaba de meter en el agua. Esto no nos lo vamos a poder comer nunca, me dice, llevándose a la boca un trozo de madera enrrollado en una cuerda. “Haz el favor de no comerte eso o se lo digo a madre”, le digo, muy enfadado.

 

Bestiario íntimo. El gato

Algunas tardes de otoño, sin venir a cuento, siento dentro de mí la ausencia del gato que nunca he tenido. Una melancolía cubierta de lianas trepa en mi interior, me araña, me roza, enternece húmedos vacíos. El gato que nunca he tenido está ahí, sentado en su viejo cojín, ejercitando su higiénico instinto de animal enigma. Su mirada es un aviso veloz, una marca lenta, la hora muerta de un día cualquiera, también muerto. Todos los rincones de esta casa que nunca fue suya lloran su ausencia con dolor, como una pérdida. Los muebles, las lámparas, los libros no son ahora nada sin el gato que nunca tuve. También yo lloro hoy su ausencia con el dolor de una pérdida. La pérdida del gato que nunca fue es como el nacimiento de una memoria muerta. Y esa pérdida le cambia la vida a cualquiera.

Escrito a mano. Correspondencias

En un cuento de la escritora suiza Fleur Jaeggy, los gemelos protagonistas consideraban un don del cielo su desventura, una desventura sin dolor. Habían nacido de una madre muerta y hasta los dieciocho años vivieron en un orfelinato. Despreciaban el afecto de los demás y en consecuencia negaban también el suyo. No lo necesitaban, no lo querían, no lo deseaban. Sentían nostalgia de la casa donde habían nacido, soñaban con ella, querían volver a aquel lugar que nunca conocieron. Querían sólo eso. Vivir y morir allí, sin traspasar una sola vez sus limites. Fuertes y salvajes, un poco animales, fabricaron sillas, mesas y muebles, tarazearon cabezales y ataúdes. Los viejos del lugar miraban con alegría el trabajo de los gemelos y admiraban los preciosos cajones para muertos. Ellos mismos se hicieron también viejos pero aún les sobraban fuerzas y ese exceso les volvía melancólicos, recordaban sus años en el orfelinato, agradecían el favor de aquella desventura. Un día una mujer llamó a su puerta y dijo que venía a protegerlos en nombre de la Confederación. La Confederación protegió su orfandad y ahora protegería su vejez y su muerte, pero ellos no querían, no deseaban nada, sólo escuchar música en su vieja radio, en la oscuridad o en la penumbra.