Crónica general. El amor y la muerte

El cerro sobre el que se asienta el pueblo es una más de las modestas elevaciones rocosas que configuran la sierra de Zafra, cuyo nombre comparte también con el ˋpueblo mismo, y, a pesar de la opinión en contra de la Nieves, Octavio Cano* escribe en su libro que estos montes con sus pequeños valles constituyen las agónicas estribaciones de la serranía conquense. Como quiera que es un área elevada unos cientos de metros por encima del nivel medio de la gran meseta castellana, los veranos suelen ser extremadamente calurosos y los inviernos aterradoramente fríos. El viajero esto también lo sabe porque tiene recuerdos de lejanas visitas en que el helado viento o el frío cortaban el resuello incluso en algunas noches de verano, donde había que proveerse de mantas y abrigos para asistir a los festejos en la plaza. Novecientos metros son muchos metros. Pero los días de octubre recogidos en esta crónica fueron días apacibles y templados, de cielos prácticamente límpios y tardes bondadosas y serenas que invitaban al paseo. El viajero salía con sus hermanas por la parte trasera del corral y flanqueaba la torre del castillo, que quedaba a la derecha. A la izquierda, desde otro mirador con sombra y poyetes de piedra, la vista planeaba sobre la extensa vega y alcanzaba horizontes hechizados por las lejanas primeras sombras de poniente. Después descendían una pequeña cuesta y enfilaban sus pasos  por una estrecha senda en dirección a los Asentillos y más allá. Todavía es posible encontrar de vez en cuando algún grupo de jóvenes charlando al abrigo de ese mirador rocoso en cuya base la erosión o la diligencia árabe labraron los escaños que le dan su nombre. Pero no tanto como antes, ni tanto como mucho antes. Y mucho antes, las mozas del pueblo elegían ese lugar para reunirse y confiarse secretos mientras enhebraban labores de costura o bordado o ensayaban, como señala Octavio Cano, las canciones que posteriormente cantarían en los corros de la plaza. Mirando un poco más atrás, una comitiva acompañaba a las parejas recién casadas hasta allí entre cantos, bailes y el deseo de un futuro feliz y próspero. Eran otros tiempos. El viajero no los conoció ni pudo conocerlos pero constata por lo que oye y por lo que ve que ese lugar rocoso que fue en tiempos árabes una atalaya de vigilancia preventiva hoy es el guardián del secreto corazón de varias generaciones. Y guardián eterno de otras muchas es el cementerio, que Octavio Cano emplaza, en el siglo XVIII, al pie de la iglesia en una ladera entre las calles del Algibe y la del Arco. A los muertos, entonces, no se les enterraba como ahora. Ni en ese ladera, porque el cementerio hace ya muchos años que trasladó su negocio y buscó mayor y mejor emplazamiento en la costanera oeste del molino, donde ahora se encuentra. Allí, bajo un montículo de tierra con una cruz de hierro negro encima enterraron al abuelo del viajero. Él no puede recordarlo porque no estuvo, pero retiene la imágen del montículo y la cruz de un día también soleado en que lo visitó, no mucho tiempo después. Ahora es más difícil que entonces hallar su tumba. Está, sí, y su hermana Reme desde el otro lado del muro encalado que protege el recinto se la señala, pero cuesta distinguirla entre tanta riqueza de mármol y piedra lujosamente esculpida. Nada que ver. Con el paso de los años, el pacto con la muerte ha variado formalmente sus condiciones de contrato, los pobres del pueblo mueren igual pero más tarde y descansan en paz como los ricos que nunca fueron. Muertos de aquí y muertos de otros lugares traídos aquí, para ser enterrados en el pueblo que les vio nacer. Mejor que antes, mejor que como su abuelo, descansan para siempre bajo el manto de una lápida digna y honrosa. Con ellos están enterrados también los tiempos que ya han muerto.

Leyendas y hechos reales de Zafra.  Octavio Cano.

La Reme. La casa

…era una casa que tenía un corral muy grande que caía un poco hacia abajo y luego estaba la cuadra, con dos burros que teníamos porque los animales daban mucho calor, y las cuadras por eso estaban pegás a las casas, se entraba por la cuadra a la habitación de madre y padre y luego al comedor y la cocina que estaba todo junto, pero más animales no teníamos menos las gallinas, claro, y el cerdo que estaba en la corte en el corral, que se llamaba la corte donde estaba el cerdo, un cuadrado bajo de piedras con su puerta y su techo, y luego las gallinas que estaban por allí, y antes de entrar a la cuadra, a la derecha, pues estaba el pajar con paja y arriba que se guardaban las cosas o de la comida o el trigo o la harina y las cosas, como una despensa a lo mejor, para guardar lo que fuese…eeeso es…arriba estaba todo mejor guardado, de los ratones o los bichos que hubiese…eeeso es…pero no, pero se entraba arriba por arriba por la casa, y en la casa, que a la habitación de madre y padre se entraba por la cuadra, y era una habitación grande, con una cama y sin armario, que entonces no había armarios, y un baúl que era donde se guardaba la ropa, pues por una ventana chica que daba a la calle por arriba, la ventana era pequeña pero daba al ras, entraron a robar, y dicen, porque lo vieron y alguno lo reconoció subiendo calle arriba pero claro, demostrar no se podía demostrar, que había sido el tío Damián, que se enteraría, o quien fuese, porque pudo haber sido otro, que había llegado un giro de padre, porque padre ya sabes que antes de irnos ya estuvo dos o tres años trabajando en Madrid y mandaba cuando podía un giro, y digo yo que alguno se enteraría y por eso entraron a robar, pero se ve que no le dió tiempo porque entonces aparecieron la Mercedes y la Nieves y se ve que con los ruidos pues el que fuese se fue, no le dio tiempo, fuimos a llamar al abuelo que estaba jugando a las cartas, el abuelo siempre estaba jugando a las cartas, en una casa a la vuelta de la nuestra y vino con otros que estaban jugando a las cartas con él, y que creemos que fue el tío Damián no porque lo sepamos, pero es que a ver quién si no, si era capaz de jugarse hasta la mujer, el caso es que cerró la puerta de madre y padre por dentro, que tenía un cerrojo bueno para cerrarla por dentro, y que no podíamos pasar, de eso me acuerdo yo y de que tú estabas con madre en Madrid que estaba con la tía Otilia, que fue a ver a padre, claro, y tú como a lo mejor tú tendrías meses, si serías chico muy chico, meses, no te quería dejar allí por eso y estábais los dos en Madrid cuando pasó, y a la habitación de madre y padre se pasaba también por el comedor que también era la cocina y se pasaba desde la calle y a la derecha estaba la banca, la que teníamos allí, que luego nos la llevamos a Madrid, tú a lo mejor yo no sé si te acuerdas, estaba la banca según se entraba a la derecha y en el centro pues estaban la mesa y las sillas, el comedor era también grande y arriba había una habitación y allí dormíamos nosotras, bueno en la habitación de madre y padre había también una cama más pequeña y ahí dormí yo y a lo mejor ahí dormirías tú también, hasta que nos mudamos a Madrid, la Angelita con un mes, ella, claro, no se puede acordar, asi que…

Crónica general. El mirador del vallejuelo

La casa donde el viajero se hospeda lleva el nombre de El Mirador del Vallejuelo y es propiedad de su hermana Reme, que la compró y la restauró convirtiéndola más tarde en casa rural. Es una casa de planta alargada, de dos alturas, con un patio y una pequeña terraza elevada que es también un mirador. No hace falta acceder a él para contemplar la hondura de ese pequeño valle encajado entre discretos cerros, más allá de los cuales se extiende la llanura manchega en dirección sur. A la derecha, el río aprovecha la ligera depresión de los montes para encauzar su curso y la carretera discurre paralela a él. En sentido sur desemboca en la Autovia Madrid-Valencia y en sentido inverso asciende por las laderas del pueblo hasta darle alcance. Al otro lado del río levanta sus sedimentos rocosos el cerro de Galumbarde. Esas son las referencias básicas que desde el Mirador del Vallejuelo es posible contemplar, probablemente el único lujo que podían permitirse quienes lo contemplaran en los largos y penosos períodos de escasez, que fueron muchos. Pero al viajero no le faltan casas en las que poderse hospedar. Pared con pared de aquélla se levanta, de construcción nueva en gran parte, la casa de su hermana Nieves, una casa de estructura también singular asentada sobre la roca que conserva, en su parte más elevada, el viejo corral, otra atalaya para disfrutar de la belleza de un paisaje seco y duro en su entorno más amˋplio y algo más generoso en esta vertiente con olivos, almendros, encinas y la estrecha línea del arbolado fluvial. El viajero no puede decir mucho más porque no sabe mucho más. Sabe que el pueblo fue un enclave importante durante la ocupación árabe, que aprovechó su emˋplazamiento elevado para constituirse en una fuerte plaza de defensa. En lo más alto del crestón, a treinta metros escasos del corral, quedan los rastros pedregosos de lo que fue una alcazaba y restos, en la loma más baja, de la muralla que circunvalaba el asentamiento. Lo que ahora atraviesa el pueblo es un período de despoblamiento muy común en amplias zonas de la meseta castellana. Los residentes censados alcanzan un número aproximado de ciento cuarenta, la mayoría de los cuales vive de la agricultura. El viajero sí sabe, por tanto, que el moderado bullício que llega desde la plaza es puntual y acordado, porque en fechas de fiestas y efemérides acuden familiares y parientes o forasteros para encontrarse y celebrar el acontecimiento. Muchos de ellos tienen casas, nuevas o restauradas y pasan en ellas sus vacaciones y fines de semana. Lo normal. La casa donde el viajero se hospeda y la contigua, es un ejemplo, y suele ocurrir que en días así se junten en ellas veinte y más personas pertenecientes a las diferentes ramas de la familia, de por sí muy extensa. En esta ocasión, incluyéndole a él, el viajero cuenta dieciséis. No son muchos. La mañana en que llegó hacía sol y era agradabilísimo dejarse acariciar por la brisa fresca y suave que movía las ramas del almendro en el corral. La comida la preparaban, como siempre, las mujeres, una costumbre reprochable cuyas raíces alcanzan el tuétano de la cultura rural y patriarcal. Se turnaban moviendo el palo en la olla la Nieves, la mayor de las hemanas del viajero y la Esperanza, que aprovechó una pausa para contar en medio de risas y cachondeos la noche en que mano a mano con Sole, su sobrina, se pimplaron ellas solas dos botellas de vino mientras su marido lanzaba a través del ventanuco de la habitación que da al corral su colección de bragas. Momentos como ese no son pocos ni aislados en la familia del viajero. Es normal que alrededor de la mesa y entre los gritos de unos y otros la risa reparta una suerte de saludable alegría entre los comensales. Reirse es bueno, y la familia Redondo se ríe mucho. Lo normal, después de comer, es que la tertulia continúe acompañando los cafés y se prolongue de forma natural sin que las acostumbradas disidencias de los más jóvenes la alteren.

Bando

Dentro de la sección Escrito a mano, início el próximo martes una serie de carpetas de viaje que indagan a través de la ficción y la crónica en los laberintos de la memoria personal. Esta primera carpeta contiene trece entradas cuyos títulos encontraréis a modo de índice al final de este aviso. Las entradas han sido escritas con la vista puesta en el formato del blog, de modo que puedan leerse con cierta independencia unas de otras en las sucesivas entregas. A pesar de ello, es la lectura completa en su conjunto lo que otorga unidad y sentido a la misma. Pensando en el tipo de lectores que acostumbráis a visitar el blog, he organizado el calendario de su publicación de manera que ni sature ni distraiga esencialmente el hilo narrativo. Desde un punto de vista administrativo, esa tarea ha sido fácil, falta por saber si los textos imponen con la misma facilidad sus fundamentos literarios.

El viajero

La Reme. La mesa camilla

Crónica general. El mirador del Vallejuelo

La Reme. La casa

Crónica general. El amor y la muerte

La Reme. La mudanza

Crónica general. La larga sombra del Ánima

Crónica negra. La confesión. 1

Crónica negra. La confesión. 2

Crónica negra. La confesión. 3

El almirez

Distintas formas de mirar el agua. Pág 100.

Coda

 

El caso Marosa

Como Marosa seguía sin aparecer por mi casa, el otro día la llamé para tomar un café, pero me dijo que no podía. Le ocupaba un caso difícil y desagradable, más que ninguno de los que había investigado hasta ahora. No me podía contar nada, me dijo, ya nos veríamos más adelante. La encontré extraña, rara, sin el entusiasmo y la alegría que normalmente suele expresar, más allá de cualquier caso que tenga que resolver. Nos dijimos adiós y quedamos en que me llamaría ella. De modo que me extrañó cuando a la noche, a punto ya de acostarme, llamó a mi puerta y me pidió permiso para entrar. Sin preámbulos, Marosa se abalanzó sobre mí, me abrazó y me besó con pasión. Atribuí ese furor a su estado, un deprimido talante originado tal vez por el caso que tenía entre manos, pero no encontré argumentos para aquel impulso inédito que convertía su furia sexual en algo cercano a lo reprochable. No hubo tiempo para hablar. A la mañana siguiente, cuando desperté helado de frío sobre el suelo de la cocina, mi cerebro era un mecanismo desordenado y torpe en el que la memoria tardó en ajustar su engranaje. Y a mi cuerpo le costó alzarse y recomponer su estatura. Me vino de golpe la resaca de una ola de placer delirante, en cuyo remolino, el cuerpo de Marosa y el mío circulaban de un éxtasis a otro sin modificar su posición, ella siempre encima de mí. A ratos, sentía la dulce asfixia de sus pechos sobre mi cara, el roce de sus cabellos, un susurro ronco y lascivo de palabras soeces que avivaban su gozo de posesión. Más no recordaba, salvo la certeza de que el exceso de placer me estaba vaciando. La misma sensación que tuve al despertar, incorporado definitivamente a la vigilia del día nublado y ceniciento enmarcado en la ventana. La llamé, teníamos que vernos y hablar, aclararlo, no podía contener la impaciencia. Me dijo lo mismo que me había dicho la tarde anterior, tenía que colgar, ya nos veríamos. Pasaron dos o más semanas. En ese intervalo, viví con el recuerdo de Marosa atormentado por un deseo voraz, incontenible, del que en vano pretendía escapar lanzándome a correr por los montes entre matorrales y zarzas espinosas. Nos vimos por fin una tarde lluviosa, en el mismo café. Marosa se había teñido el pelo de un brillante color caoba que ni le quitaba años ni le añadía belleza. Estaba más delgada, más triste, una vez más, poco comunicativa. Dejé que el silencio hablara primero por los dos, por si acaso, pero era un silencio áspero y espeso que se cerraba en sí mismo. Iba a hablar yo, pero lo hizo Marosa con un tono que rompía radicalmente la ambigua rareza de la atmósfera que ambos compartíamos. Sabes que este mes me he estado follando a todo el pueblo? Me quedé sin respuesta. Y sin habla. Marosa se echó a reir, como tantas otras veces en los que el humor y la alegría se muestran en ella con espontaneidad y soltura. A mí, sin embargo, la risa no me salió. Seguí sin reaccionar, inerme, maniatado aún por la confusión y la duda. Vale, vale ya, se dijo a sí misma. Y paró de reir. El caso Marosa, empezó diciendo, y ya no paró hasta que el relato de su propio caso, como ella lo llamaba, llegó a su final. Lo pasó muy mal. Empezaron, como tantas veces y tantas otras cosas a oirse rumores en los bares y en los corrillos de las plazas y las calles. La jefa de AAMM se tiraba cada noche a un tío del pueblo, sin reparos, joven o viejo, casado o soltero, le daba igual. Esto, que en un principio le parecía una broma de mal gusto de alguien que tenía interés en herirla, fue cobrando poco a poco forma de verdad a los ojos de la gente. Y esto es un pueblo, un pueblo pequeño de mentalidades en su mayoría anticuadas y pobres, articuladas en torno a costumbres y hábitos heredados. En la calle, los gestos y las miradas la señalaban, se ignoraban sus saludos o recibía desplantes y hasta insultos de mujeres o esposas ofendidas por su actitud libertina y deshonrosa. Hubo también denuncias y advertencias oficiales de sus mismos superiores. Acorralada, entristecida y también decepcionada por la falta de comprensión y de apoyo, se le pasó por la cabeza dimitir de su cargo y abandonar el Cuerpo, pedir traslado a cualquier departamento administrativo, a ser posible fuera de la comarca. Y lo iba a hacer, estaba decidida, iba a abandonar el Cuerpo cuando la experiencia de su oficio asociada a su poderosa intuición encontró en esa frase, abandonar el Cuerpo, el por qué y el cómo de lo que venía sucediendo. Súcubo!, gritó, para sí misma y ahora ante mí. Era un súcubo, me dijo, me estaba suplantando un súcubo. Revisó archivos, desempolvó legajos, viejos casos similares al suyo sucedidos en el pasado y reunió pruebas, recogió testimonios de algunos de los poseídos. Presentó todo ese conjunto de documentos a su superior y le convenció para aplicar la única solución posible en sucesos semejantes. Una avioneta del departamento de incendios de la región fumigó con ceniza el pueblo en una madrugada neblinosa. La ceniza, me dijo, funciona ante el demonio como antídoto libidinoso y fecundativo. Era cuestión de esperar. Y hemos esperado, ha desaparecido, se ha ido. Quise, como otras veces, reir y encontrarle la gracia al misterio de esos asuntos en los que ni creo ni tengo voluntad de creer, pero seguía la risa sin salirme y la imagen de Marosa cabalgando sobre mí se superponía a la Marosa de carne y hueso que tenía enfrente. Iba a decirle que yo también… que a mí, el súcubo… pero no le dije nada, me callé y esperé que fuera ella la que se levantara de la silla para despedirnos. Me alegraba de que estuviera bien, le dije, y era verdad, pero esperaba, deseaba, que el remedio de la ceniza no tuviera efecto ninguno sobre el detestable poder de ese demonio y que cuanto antes, cuanto antes, cuanto antes volviera a tomar dominio del pueblo. Pero eso no se lo dije.

Escrito a mano. Vínculos

Después de aquel primer viaje hubo otros no menos difusos y menos inasibles, el mundo al que acababas de llegar se ensanchaba palmo a palmo a veces con descubrimientos veloces. La luz de los patios iba poco a poco sedimentándose en tu interior, las escaleras te llevaban a regiones altas y cuartos estrechos en los que sobre las cosas reinaba un orden modesto e imperturbable. Ese recogido silencio de cuarto de estar que en tu casa no era posible hallar lo encontrabas arriba, en el tercer piso en el que vivía tu tía Gloria. La luz de los patios y la penumbra de los cuartos amasaban la secreta esencia de una añoranza que después, en tu vida adulta, te produciría dolor no saber reconocer. Ese dolor se transformaba en goce y en misterio cuando viajas a una ciudad y a un país nuevo, al hospedarte en un humilde cuarto de una pensión, en una calle estrecha por la que entraba una espada de luz. O cuando en esa misma ciudad atravesabas en silencio plazas que recogían una tenue y delicada luz de barreño. Era tu primera visita a la ciudad, también allí llegabas por primera vez y, sin embargo, te envolvía una sensación antigua e íntima a la que no podías dar nombre ni podías con acierto señalar. Venía de fuera pero estaba ya dentro de tí, manifiesta y sin embargo irreconocible. Cuando después de unos días abandonabas aquella ciudad, se apoderaba de tí una nostalgia triste y rara, y un leve dolor que tenía también algo de dicha aparecía de nuevo. Tardaste mucho en llegar a saber que lo que entonces con pesar dejabas atrás era un sentimiento de pérdida vinculado a la luz de aquellos patios y a la penumbra de aquellos cuartos.

primer párrafo

Paloma Mozo San Juan es la autora de Primer Párrafo, un conjunto de textos primorosos en los que la escritora recrea algunos periodos de su infancia a modo de cuadros o escenas ensambladas con arquitectura de novela. Pero el libro, que desde un punto de vista literario colma las expectativas del lector, es mucho más que eso, es el resultado del amor por la literatura y el arte en su forma más pura, que viene a ser lo mismo que decir que es el resultado del amor. A secas. No hay producto artístico que no lo sea, pero Patricia Lodín y sus colegas de PIEZAS AZULES demuestran andando que poseen un alma en movimiento constante, desinteresada y generosa, y que de su aportación al arte y la cultura les basta recibir como único premio la satisfacción del sueño que se cumple. El libro, que tiene mucho de objeto artesanal, está hecho para que vibre en nuestro interior a través de nuestra piel, porque se lee y se vive también tocándolo, deslizando el dedo por la suave textura de sus páginas y deleitando al ojo con la maravillosa colección de collages que le acompañan, obras singulares  e imaginativas de un grupo de mujeres que cortan y pegan. En Primer párrafo se entienden a la perfección la pluma y el taller, la literatura y el arte, la soledad creativa y el trabajo en equipo, y es en ese soporte inmejorable donde la literatura de Paloma se engendra por segunda vez como si fuera la primera. Quienes seguimos a Paloma a través de su blog y estamos familiarizados con sus registros y sus habilidades narrativas despertamos de nuevo, también como si fuera por primera vez, a un mundo que en parte ya conocemos. La delicadeza, el humor impregnado de leves e inofensivas ironías, la mucha, muchísima y modesta inteligencia, la frescura y una mirada sutil y desconcertante que es su mejor marca personal. En general, la escritura de Paloma responde a la imágen de una caricia íntima en el corazón de un sueño compartido. En Primer párrafo, es la voz de una narradora adulta la que transmite sucesos de su propia infancia, pero lo que trasciende, lo que se filtra a través de esa voz es el alma aún inocente y sin impurezas de la niña contenida en esa voz. Ese es el logro y al mismo tiempo la herramienta esencial de Paloma en la elaboración de Primer párrafo. A todos los lectores que aún les quedan sueños por cumplir, les recomiendo este libro. Yo ya lo he leído, pero mi sueño hubiera sido escribirlo.

Encontraréis una hermosa reseña de primer párrafo en la vida debería llevar un sic entre paréntesis

            Primer párrafo    Paloma Mozo San Juan   Editorial PIEZAS AZULES  2019

Escrito a mano. Correspondencias

En un cuento de la escritora suiza Fleur Jaeggy, los gemelos protagonistas consideraban un don del cielo su desventura, una desventura sin dolor. Habían nacido de una madre muerta y hasta los dieciocho años vivieron en un orfelinato. Despreciaban el afecto de los demás y en consecuencia negaban también el suyo. No lo necesitaban, no lo querían, no lo deseaban. Sentían nostalgia de la casa donde habían nacido, soñaban con ella, querían volver a aquel lugar que nunca conocieron. Querían sólo eso. Vivir y morir allí, sin traspasar una sola vez sus limites. Fuertes y salvajes, un poco animales, fabricaron sillas, mesas y muebles, tarazearon cabezales y ataúdes. Los viejos del lugar miraban con alegría el trabajo de los gemelos y admiraban los preciosos cajones para muertos. Ellos mismos se hicieron también viejos pero aún les sobraban fuerzas y ese exceso les volvía melancólicos, recordaban sus años en el orfelinato, agradecían el favor de aquella desventura. Un día una mujer llamó a su puerta y dijo que venía a protegerlos en nombre de la Confederación. La Confederación protegió su orfandad y ahora protegería su vejez y su muerte, pero ellos no querían, no deseaban nada, sólo escuchar música en su vieja radio, en la oscuridad o en la penumbra.

Escrito a mano. Lacan y Proust

Algo se empezó a quebrar cuando te fuiste a estudiar fuera, lejos, niño aún. Se fragmentó un mundo, tu mundo, que hasta el momento de tu marcha conservaba un orden: los afectos sin condiciones, la seguridad intacta, la vida sin amenazas. Fue un paréntesis largo, tan largo que podría decirse que aún no se ha cerrado. Estudiar fuera constituyó una especie de exilio. O de destierro. Trajo algunas recompensas, sin duda, pero no alcanzaban el dolor de la pérdida. Las perdidas en la niñez son para siempre, definitivas, y el único paraiso, como decía Proust, es el paraíso perdido. Mandabas cartas a tu madre desde allí como si lanzases una desesperada botella al mar que os separaba, mensajes que a cambio de socorro ofrecían mentiras en forma de verdad, cuentos, inocentes patrañas urdidas para sobrevivir al frío silencio de la lejanía. Fueron tu primera tabla de salvación, aquellas historias, y te regocijaba imaginarlas en la voz de tu hermana leyéndolas en voz alta, sonriente y alegre. Ignorabas entonces y durante demasiado tiempo después que aquellas cartas representaban un símbolo de lucha contra el abandono. En palabras de Lacan, el intento a través de la escritura de recuperar lo perdido, la unión con la madre.