Notas para combatir el aislamiento. Viernes

Como estoy casi aislado, vino mi cuñado ayer a traerme unos encargos y fui a darle un abrazo, pero dio un paso atrás y con cara de susto me dijo que no me acercara, que era peligroso estar a menos de un metro. Nada, nada que si no no pararemos nunca este virus. Me quedé extrañado porque precisamente acababa de enterarme que entre cuñados el virus no se propaga, que un cuñado puede contagiar a cualquier otro miembro de la familia, a conocidos o a amigos, pero que es prácticamente imposible, vamos, imposible, que contagie a otro cuñado. Se lo dije y me preguntó que dónde lo había leído, que quién me lo había dicho, en qué fuente. En la del pueblo, le contesté. Que había ido esta mañana a por agua, como todos los jueves, y me encontré con Roberto, el cuñado de Raúl, que se lo había dicho el cuñado de María, la de la sierra, que a un cuñado vecino suyo, del pueblo de al lado, se lo había dicho el facebook. Que en China no se había dado ningún caso, ni en Corea ni no sé en cuántas partes del mundo más. Anda, anda…me dijo con cariño pero con algo de malos modos, venga, coge las bolsas y entra en tu casa, que eso son todo mentiras y fakes news, es que no te das cuenta? Y cogí las bolsas y entré en casa, triste y afligido, con un montón de natillas y arroz con leche que me mandaba mi hermana. Pero no tenía ganas. Para qué quiere uno tantas natillas si ni siquiera puedes darle un abrazo a tu cuñado…

Conocidos y saludados. 4

A Juliet, la carnicera, casi nunca la veo. Yo no como carne y en su pequeño establecimiento de salchichas y lomos no vende alimentos envasados. Juliet es una mujer rolliza y hermosa que no se desprende de su mandil floreado. Lo sé por mis pocos encuentros con ella en correos o en el lavadero de la fuente. Con motivo de no recuerdo qué gestión en el ayuntamiento, en el que ella se encontraba, escuché sus alegatos contra una amenaza expropiatoria. Con indiferente dramatismo, acusaba a su hermano de la dejadez de las granjas. Su hermano, desastrado y destructor hasta donde le era permitido, recorría con su camioneta decrépita los caminos entre las explotaciones. Talaba árboles de propiedades ajenas, inundaba con aguas residuales pastos comunales o pisoteaba él mismo con sus botas llenas de mierda los pequeños huertos de los jubilados. Durante mucho tiempo, sus fechorías estuvieron a cubierto por la autoridad sanitaria, que diagnosticó insanía mental. Más tarde, rehabilitado con terapias severas, se incorporó a la plantilla de la empresa familiar ayudando a los gorrineros. Su comportamiento ejemplar no duró mucho. De él se decían barbaridades acerca de sus prácticas reprobables con animales hembras de la cabaña. Volvió a un centro de rehabilitación y en el intervalo murieron sus progenitores. La carnicera, a la que casi nunca veo, asumió la responsabilidad tutorial a su regreso sin perder el carmesí esplendoroso de sus mejillas y abrió el establecimiento de carne al que nunca voy. Está registrado que sus proveedores suministran la mercancia al negocio a cambio de la explotación sin reservas de las propiedades familiares. Uno de ellos, un tal Fabián Ilustre, ambiciona apropiarse del total de las posesiones y señorear las tierras casándose con ella, quien de momento le niega todo amor. Se habla mucho de un complaciente trato con su hermano, cuyos nervios tranquiliza dejándose bajar por él las bragas. Eso le mantiene a raya y asegura su independencia. Viven los dos en la gran mansión inacabada de ladrillo amarillo, rodeados del permanente tufo a orines y podredumbre. Para muchos, entre los que me incluyo, tiene algo de milagroso verla siempre tan aseada y tan limpia, tan lustrosa, con su inmaculado mandil floreado.

Carpeta de sueños. 6

Viene la bibliotecaria del pueblo con un policia para requisar mis libros. La cocina está manga por hombro, hay cacharros sin fregar en el suelo y un montón de bombonas de butano encima de la mesa. El policia señala dos guantes de boxeo que cuelgan de la pared y la bibliotecaria toma nota. Esto también, dice, abriendo de par en par una caja de herramientas. Aprovecho para decirle al policia que todos los días entra alguien y me roba comida, pero la bibliotecaria dice que eso no hay que apuntarlo. Entonces aparece mi madre con una olla llena de garbanzos y la bibliotecaria dice que vale la pena probarlo, que esa señora escribe muy bien.

El presidente de un tribunal de justicia, desde el estrado, ordena que me levante. Yo estoy sentado en el banco de una iglesia, leyendo en el móvil las noticias de un periódico digital. Me levanto y me sumo a una cola de hombres y mujeres que esperan su turno para coger sopa bendita de un dispensador. La iglesia es monumental, de bóvedas cuadradas y columnas de hormigón, y huele fuertemente a neumático quemado o algo así. Tienes que confesar antes, me dice Ada Colau, que está delante de mí, mientras se gira para pasarme un bebé muerto que lleva en los brazos. Le digo que no pasa nada, que de todas formas subiré las fotos a Facebook cuando me suelten.

Entro a hacerme unas gafas en una óptica de mostrador altísimo. Desde arriba, uno de los empleados me dice que vaya antes a la embajada española, donde me darán el permiso. Enfadado, le grito al empleado, que es joven y expresa con gesto desagradable lo inaceptable de mis quejas. Yo insisto en que no me moveré de allí hasta que me hagan las gafas. Sí, como todos, dice mientras me entrega un formulario. El papel es una hoja escrita a mano donde aparece el menú del día. Al fondo oscuro del establecimiento, entre pequeñas mesas con hules de plástico donde comen universitarios japoneses, hay un médico operando a un paciente tumbado sobre una camilla. Me acerco a él y me dice que no hable muy fuerte, que está a punto de dar a luz.

Danilo Manso y las mujeres.

Poco se sabe de las relaciones de Danilo Manso con las mujeres. Las tuvo, quizás aún las tiene. Si pincho por aquí y por allá, si cuelgo preguntas, si indago en respuestas, si entro en páginas y archivos más profusos o más claros que sus propios escritos, quizás halle el número de mujeres que le quisieron bien y de las que lo recuerdan porque le quisieron mal. Lo que será más difícil es encontrar testimomios suyos que contradigan o admitan lo que fue o no fue esa relación: en base a la prodigalidad de sus confidencias, ninguno. Lo que uno pueda deducir de sus textos será siempre parcial. La literatura no evita la realidad, pero la sublima o la recrea en función de un interés poético. Uno tras otro, los poemas y los fragmentos de Danilo en materia de amor son polvo de desamor, arena sucia, tela gastada. Como escribió Sándor Marái, una persona enamorada no escribe poemas, el poeta más bien está enamorado del poema que escribe sobre el amor. Escribiendo sobre el desamor, Danilo Manso también habla del amor. El siguiente fragmento es un fragmento triste, un texto de nostalgia anticipada, de prevista decepción. Lo recibieron en sus correos todos sus conocidos. Porque no decía nada, porque estaba lejos o porque pulsó por error en la tecla de envío. Porque estaba lejos, probablemente no.

“LLueve en Montevideo.

Veo caer las gruesas cortinas de agua sobrte los tejados de amianto.

El viento arrastra en las calles las ramas arrebatadas a sus árboles, corren con alegre desesperación los bañistas, vuelan los pareos. Fluyen al pie de las veredas improvisados arroyos donde navegan chinelas, frascos de protección solar y pamelas.

Nadie me conoce aquí. No estoy solo, pero nadie me conoce aquí. 

A mi lado, una mujer con la que acabo de hacer el amor se pinta las uñas y espera. Me ha hecho una pregunta y espera. Es morena y menuda, tiene el pelo largo y una belleza de un extraño magnetismo virginal, aunque corriente.

La rambla está cerca, y el mate, cebado, ni con el fragor del agua demora su plática, que se instala a cubierto entre las terrazas entoldadas y sonoras.

Me gustaría contestar que sí, tocar sus muslos pequeños otra vez y poner dentro de su boca mi lengua, que sabe todavía a incienso y a rosas.

Pero está cayendo la noche, no para de llover y mis palabras, como estas hojas, están siendo devoradas ya por el aguacero.”

 

 

 

 

es guionista de cine

Se sienta frente a mí una mujer. Es guionista de cine. Durante un tiempo, fuimos amantes. Cuando nos conocimos era joven, guapa y ambiciosa. Estaba casada con un hombre por el que sentía un afecto fundamentalmente paternal, un hombre mayor, casi un anciano, que conservaba una mínima vitalidad y un encanto enternecedor, pero vivía atado a una silla de ruedas y tenía mucho dinero. “Mátalo”, me dijo un día. Me lo pensé, era complicado, tenía que parecer un accidente. “Está bien, lo haré -le dije. Lo haré por tí, porque te quiero”. Así que lo maté. Cogí un cuchillo de la cocina, el de la carne, y, como por descuido, equivocadamente, se lo clavé tres veces en el corazón. “Oh, es horrible”, dijo ella, cuando vio la silla de ruedas cubierta de sangre. “Pero ahora somos libres. Ricos y libres. Ésperame abajo, mientras limpio un poco todo esto”. Naturalmente, no la volví a ver: se fugó con su productor. Como amante fue, sí, una decepción, pero hemos de reconocer que escribiendo guiones tampoco es que tuviera un don.

Mujeres sentadas   2012   Eladio Redondo   ed. Beltrónica

Bestiario íntimo. La babosa.

Tengo amigos que la adoran. Yo no. Basta con haberla cogido con los dedos una vez, sin querer, para verificar la repulsión que existía cuando sólo la miraba. No, no y mil veces no. Posee este animal enfático la facultad de destruir el deseo. La aversión que transmite, su humedad fría, su lento y blando silencio inhibe la líbido de quien se cruza con ella. Si sales a medianoche al jardín de tu casa, nervioso porque el sueño no te acoge, las babosas en la hierba harán que te preguntes quién eres, qué fuiste, qué podras ser. Llegas a la conclusión de que es la tuya una vida que se cae, que se viene abajo, sin esqueleto. Lo sabía Carver y lo sabían muchos hombres y mujeres antes que Carver. No creo que haya alguien que no lo sepa. Incluso aquellos que sobre un fondo oscuro y cenagoso arrastran con ellos su última esperanza.

Coda

No ahí, ni entre las piedras, ni entre esos matojos de hierba supurantes en la roca, ni en las sombras áridas y circulares del molino. Ni en el agua embalsada en la ciénaga ni en los cestos rebosantes de frutas maduras. En el cielo o allá en lo alto entre aquellos peñascos en los que las aves del dolor anidan, tampoco. En el horizonte de mortecina luz o en el otro, en el resplandor o en la ceguera no, ahí no, y en el otro tampoco. No dentro de la tempestad que atormenta el silencio. Ni en el silencio mismo ni en la música que suena entre lo que no suena. Ni entre lo que más suena, en esas faldas de lino en cuyos bolsillos aún duermen las tijeras que al despertar serán guadañas. En la tinaja secreta en el oscuro rincón secreto, en la hogaza de pan con el trapo cubierta, en los ajos en el almirez o en los armarios ya desnudos de tiempo y colmados de melancolía, no. En esos suelos duros de piedra traída en noches frías, tampoco. Ponte en el lugar del humo.

El almirez

El viajero no puede contradecir los hechos. La pequeña Reme se subió al autobús de línea en Saelices y viajó a a Madrid con el resto de la familia. El viajero no puede alterar el pasado a su gusto, no puede cambiar acontecimientos, ni fechas, ni decir cosas que no fueron en lugar de aquello que sucedió. Los testimonios se escuchan, se cotejan y se respetan. Con la ayuda del tío Ángel, el padre cargó días antes un camión con todos los enseres que eran propiedad de la familia y efectuó la mudanza. La mudanza sería irreversible, el éxodo culminó con exito. Con el paso de los años, la familia extendió sus  ramas por el páramo suburbial de la capital y consolidó su asentamiento. Eso es un hecho. El pueblo, con todo su pasado de extremas carencias, por fortuna, quedó atrás. Al viajero, sin embargo, le gusta imaginar a la pequeña Reme subida al remolque del camión, entre muebles, baúles y cajas y bolsas llenas de ropa y utensilios. La imágen de la pequeña Reme esperando la llegada del coche de línea también le gusta, porque hay ternura e incertidumbre, y alegría y esperanza y la nerviosa inquietud que provoca en una niña de doce años el desconocido porvenir. Le gusta mucho, pero el viajero necesita que la pequeña Reme viaje en el remolque del camión, debajo de una mesa camilla con la parte inferior de sus patas labradas, y que el destartalado y largo viaje por carreteraas precarias lo entretenga canturreando mientras hace sonar un almirez. El almirez es de bronce, no muy grande, su tacto es muy suave y tiene un brillo dorado mate que le hace parecer oro de verdad. La pequeña Reme, durante el trayecto, canta y saca del almirez sonidos que acompañan sus cantos, una música cristalina perlada de notas limpias y claras que suena también a monedas bailando la danza de la riqueza. La música del almirez puebla de sueños fecundos el trayecto hasta Madrid de la pequeña Reme. Ella no piensa entonces que generaciones anteriores a la suya lo usaron para machacar ajos y especias, como lo hace su madre ahora e incluso alguna vez ella misma. No coloca el objeto en el plano o la dimensión que el viajero le quiere otorgar, el plano de la memoria y la dimensión mítica de los hechos. Para la pequeña Reme, es un instrumento de su presente y lo usa para convocar la alegría que siente y disipar la incertidumbre que le acecha. La pequeña Reme canta y sueña y acaba por dormirse sobre el entarimado de madera del camión, bajo una mesa camilla de patas labradas, envuelta entre trapos y mantas y bolsas y cajas con ropa y utensílios. Para la imaginación del viajero, que la pequeña Reme viaje, cante, duerma y sueñe en la caja de un camión que la conduce a un futuro incierto, pero así mismo esperanzador, constituye también un hecho. En el plano de lo simbólico y lo mítico, un objeto arrastrado a lo largo de años por la corriente de lo cotidiano contiene por igual todos los hechos y todas las historias, las reales y las que no lo son, y todas conforman el mapa verdadero de una trayectoria colectiva. Por eso el viajero, cuando ve el almirez en la casa rural de el Mirador del Vallejuelo, se siente menos extraño y menos extranjero, porque el almirez, que ha vuelto, como él, al mismo lugar del que ambos un día salieron, contiene también una historia fundacional, el relato de los hechos que identifican su raíz, el início de su periplo.

Crónica general. La larga sombra del Ánima

La mañana del último día el aire corría un poco más fresco, pero el sol seguía brillante y el cielo limpio y azul. Cuando el viajero se levantó, en la penumbra de la cocina su hermana Esperanza estaba preparando café. Como es el único café que se toma al día, le gusta tomárselo en taza grande y muy caliente y demorarse en el placer de esos primeros instantes sin que nadie ni nada la perturbe. En la intimidad de su casa de Madrid es así, pero ahora compartirá con el viajero y con la Reme ese gusto por los placeres cotidianos alrededor de una mesa bien surtida de embutidos y quesos, tostadas y rosquillas caseras. Luego saldrán a pasear por el pueblo. La Reme, como es conocedora de todas las casas y de los nombres de sus vecinos, las enumera y relata sin cansarse ni olvidarse de nimguna de ellas a lo largo del recorrido. En eso cree ver el viajero la huella del abuelo, porque era obligación del cartero hacer memoria no sólo de los nombres de calles y plazas, también de los de sus vecinos y de los hábitos de los mismos. Será eso o será que la Reme posee una curiosidad natural casi cansina, y no para de indagar aquí o allá, preguntando, escuchando y leyendo sobre todo aquello que cae en el perímetro de sus intereses. Más bien será eso. Que no para ni quiere parar ni tiene por qué. En definitiva, que conoce todas  las casas y muchas de las cosas que pasan en ellas. También de las que están permanentemente cerradas o las que están construidas a medias o abandonadas por una u otra razón. Y hay unas cuantas. Pasa aquí lo que pasa en otros lugares del interior peninsular, que el campo se abandona y los pueblos envejecen sin que nadie ponga remedio para evitarlo. El despoblamiento rural es una muerte lenta y de oculto dolor que en algunos pueblos como éste intentan paliar con implantes en la piel. El ayuntamiento ha ido cediendo terrenos para que quienes lo deseen construyan y planifiquen un asentamiento que frene la desbandada general, pero el censo anual a la baja lo desmiente. Las casas se construyen para que el verano la plaza esté llena durante las fiestas y el único bar que hay en el pueblo no cierre. Y sin asentamientos no hay recursos y sin recursos no hay servicios y sin servicios no hay gente. Hasta una tal Karmele que goza de fama en televisión ha levantado aquí una casa que ha dejado a medias, vete tú a saber por qué. A lo mejor porque ya no queda muralla de la que coger las piedras para construirla, como hicieron en el pasado sus habitantes cuando el árabe quedó definitivamente derrotado y ya no había recinto que defender. A lo mejor porque la visitó una noche el Ánima del purgatorio en su recorrido existencial y le dió pavor la calavera que le pedía como tributo la parte que aún quedaba por construir. Aunque es difícil acogerse a esta razón porque hoy el Ánima ya no tiene tanto ánimo. El viajero ignora si esa costumbre de siglos aún mantiene su arraigo y lo tendrá que averiguar. Por lo leído, es una tradición que marca y define en mucho el carácter y la cultura de un pueblo respetuoso con la religión y temerosa de ella al mismo tiempo. Ese penitente encapirotado que en compañía de otros cofrades va de casa en casa la noche del Martes de Carnaval remite a una plástica expresionista cruzada de sombras y amenazas. El escenario es idóneo: callejuelas pedregosas, estrechas y empinadas envueltas en la más absoluta oscuridad, y silencios planetarios, profundos, puntualmente alternados con oraciones e inquietantes sonidos de pisadas sobre las piedras. Y el fulgor seco y tétrico de la calavera, que los anfitriones besaban tras los rezos en memoria de las ánimas familiares y la dádiva monetaria. Nadie negaba la entrada del Ánima en su casa, lo que indica el grado alcanzado por el temor o el miedo y la culpa como armas de presión religiosa. Con este argumento y otros que documentos históricos avalan, el enriquecimiento del clero progresaba. Por lo demás, todo estaba enmarcado en un ambiente de austeridad y recato que poco tiene que ver con la idea que tenemos de un carnaval. El origen de estas liturgias queda lejos, pero el manto de su influencia llega hasta nuestros días. El viajero, mientras contempla el olivar mandado plantar por el Ilustrado zafreño José Casado Torres, apodado el Rusiano, en las laderas del Galumbarde, se pregunta cuánto hay de aquel miedo, de aquella culpa y de aquella austeridad en ese fantasma sin aparente identidad que recorre su interior.